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sábado, 19 de julio de 2008
sábado, 14 de junio de 2008
HERMANN HESSE - LA PARÁBOLA CHINA
HERMANN HESSE - LA PARÁBOLA CHINA
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Un anciano llamado Chunglang, que quiere decir «Maese La Roca», tenía una
pequeña propiedad en la montaña. Sucedió cierto día que se le escapó uno de sus
caballos y los vecinos se acercaron a manifestarle su condolencia.
Sin embargo el anciano replicó:
—¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!
Y hete aquí que varios días después el caballo regresó, y traía consigo toda una
manada de caballos cimarrones. De nuevo se presentaron los vecinos y lo
felicitaron por su buena suerte.
Pero el viejo de la montaña les dijo:
—¡Quién sabe si eso ha sido un suceso afortunado!
Como tenían tantos caballos, el hijo del anciano se aficionó a montarlos, pero
un día se cayó y se rompió una pierna. Otra vez los vecinos fueron a darle el
pésame, y nuevamente les replicó el viejo:
—¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!
Al año siguiente se presentaron en la montaña los comisionados de «los Varas
Largas». Reclutaban jóvenes fuertes para mensajeros del emperador y para llevar
su litera. Al hijo del anciano, que todavía estaba impedido de la pierna, no se
lo llevaron.
Chunglang sonreía.
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Un anciano llamado Chunglang, que quiere decir «Maese La Roca», tenía una
pequeña propiedad en la montaña. Sucedió cierto día que se le escapó uno de sus
caballos y los vecinos se acercaron a manifestarle su condolencia.
Sin embargo el anciano replicó:
—¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!
Y hete aquí que varios días después el caballo regresó, y traía consigo toda una
manada de caballos cimarrones. De nuevo se presentaron los vecinos y lo
felicitaron por su buena suerte.
Pero el viejo de la montaña les dijo:
—¡Quién sabe si eso ha sido un suceso afortunado!
Como tenían tantos caballos, el hijo del anciano se aficionó a montarlos, pero
un día se cayó y se rompió una pierna. Otra vez los vecinos fueron a darle el
pésame, y nuevamente les replicó el viejo:
—¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!
Al año siguiente se presentaron en la montaña los comisionados de «los Varas
Largas». Reclutaban jóvenes fuertes para mensajeros del emperador y para llevar
su litera. Al hijo del anciano, que todavía estaba impedido de la pierna, no se
lo llevaron.
Chunglang sonreía.
miércoles, 11 de junio de 2008
Miscelánea Budista -- POEMAS ZEN
Miscelánea Budista
Recopilación de poemas Zen
José L. Hernández
_
Como se trata de materiales clásicos y muy antiguos no siempre se
tienen los datos de los autores. Los poemas pertenecen a tres autores:
Suzuki, Watts y Deshimaru, los dos primeros son divulgadores a los
que, como mucho, se les debe atribuir la traducción de estos poemas, el
tercero Deshimaru era un monje dedicado a la difusión del budismo. La
primera edición inglesa de Suzuki es de 1949, hace más de cincuenta
años.
* * *
(Tung-shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cuidando de buscar la Verdad según los demás,
cada vez se retiraba más de mí …
Ahora ando sólo conmigo mismo,
y no hay otro más que yo;
no obstante, no soy él…
Una vez entendido esto,
estoy con Él cara a cara.
* * *
(Tozan, undécimo patriarca Zen (807-869).
La Práctica Del Zen, deTaisen Deshimaru)
No busquéis el camino en los otros,
en un lugar lejano;
el camino está bajo nuestros pies.
Ahora viajo solo…
Pero puede encontrarlo en todas partes;
ciertamente, él es ahora yo,
pero ahora yo no soy él.
Así también, cuando encuentro lo que encuentro,
Puedo obtener la verdadera libertad.
* * *
(Fu, de T´ai-yüan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Recuerdo la época en que no tenía visión (satori),
cada vez que oía la flauta mi corazón se afligía.
Ahora no tengo sueños vanos en mi almohada,
me limito a dejar que el flautista ejecute el son que le plazca.
* * *
(Poema haiku japonés. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡Oh! ¡Esto es Yoshino!
¿Qué más puedo decir?
¡La montaña ataviada con flores de cerezo!.
* * *
(Saigyó, periodo Kamamura (1168-1334).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡El aventado humo del monte Fuji
desapareciendo mucho más allá!.
¿Quién conduce el destino
de mi pensamiento, extraviándose con él?.
* * *
(Canción tradicional japonesa.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¿Llegó? ¿Llegó?
Voy a la orilla a encontrarme con él.
Mas en la orilla no hay nada salvo brisa
que canta entre los pinos.
* * *
(Bashó, poeta haiku. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Una rama despojada de hojas,
un cuervo posado en ella…
Este atardecer de otoño.
* * *
(Hsüeh-tou, compilador del Pi-yen-chi.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
La brisa primaveral se eleva suavemente sobre el distrito de Chang.
La perdiz canta tiernamente entre los arbustos cargados de flores.
La carpa que salta la turbulenta catarata que se parte en tres se convierte en dragón…
Y ¡qué necio es quien aun de noche la busca en la alberca!.
* * *
(Dogen. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Las flores se van cuando nos apena perderlas,
los yuyos llegan mientras nos apena verlos crecer.
* * *
(Budismo tibetano, tradición del Sendero Breve.
El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Nada de pensamiento, nada de reflexión, nada de análisis,
nada de cultivarse, nada de intención:
deja que se resuelva solo.
* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
No puedes conseguirlo poniéndote a pensar;
no puedes buscarlo sin ponerte a pensar.
* * *
(Cheng-tao Ke. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Como el cielo vacío, carece de límites,
pero está en su lugar, siempre profundo y claro.
Cuando tratas de conocerlo, no puedes verlo.
No puedes agarrarlo,
pero no puedes perderlo.
Al no poderlo tomar, lo tomas.
Cuando callas, habla;
cuando hablas, calla.
El gran portón esta abierto de par en par para dar limosnas,
y ninguna multitud bloquea el camino.
* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Una palabra establece el cielo y la tierra,
una espada nivela el mundo entero.
* * *
(Ikkyu, poema doka. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Comemos, evacuamos, nos acostamos y nos levantamos;
este es nuestro mundo.
Todo lo que tenemos que hacer después es morir.
* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Los gansos salvajes no se proponen reflejarse en el agua,
el agua no piensa recibir su imagen.
* * *
(Poema del Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Quietamente sentado, sin hacer nada,
llega la primavera y crece sola la hierba.
* * *
(El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El monte Lu en lluvia y niebla; el río Che muy crecido.
¡Antes de que fuera allí, no cesaba el dolor del deseo!
Fui allí y retorné… No fue nada en especial:
el monte Lu en lluvia y niebla; el río Che muy crecido.
* * *
(El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
La gloria matutina que florece una hora
no difiere en esencia del pino gigante
que vive un milenio.
* * *
(Gochiku, poema haiku. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
La larga noche;
el sonido del agua
dice lo que pienso.
* * *
(Hoyen (Fa-yen) de Gosozan (Wu-tso-shan) muerto en 1104.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Un lote de tierra labrantía yace en silencio, junto a la colina.
Cruzando mis manos sobre el pecho, pregunto gentilmente al viejo labriego:
"¿Con cuánta asiduidad lo vendiste y lo volviste a comprar?".
Me placen los pinos y bambúes que convidan con refrescante brisa.
* * *
(Poema popular japonés. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Así es la vida:
siete veces abajo,
¡ocho veces arriba!.
* * *
(Goso Hóyen. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cien años: treinta y seis mil mañanas.
¡Esto mismo, viejo amigo, sigue adelante por siempre!.
* * *
(Chuang-tzu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El cuerpo como hueso seco,
la mente como cenizas muertas;
eso es verdadero conocimiento:
no esforzarse en saber el porqué.
En la niebla, en la oscuridad,
el sin mente no puede planear.
¿Qué clase de hombre es ese?.
* * *
(Lao-tzu, El Tao. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
¡Suprimid el talento y acabaréis con las ansiedades…!
La gente, en general, es tan feliz como si estuviera de fiesta,
o como si subiera a una torre en primavera.
Yo solo estoy tranquilo, y no he hecho signos,
como un niño que aún no sabe sonreír;
desamparado como si no tuviera casa adonde ir.
Todos los otros tienen más que suficiente,
y solo yo parezco estar necesitado.
Posiblemente mi mente sea la de un tonto
¡que es tan ignorante…!.
Los vulgares son brillantes,
y solo yo parezco ser torpe.
El vulgo discrimina,
y solo yo parezco más que suficiente.
Soy negligente como si fuera oscuro;
a la deriva, como si no me apegase a nada.
La gente, en general, todos tienen algo que hacer,
y solo yo parezco carecer de habilidad y práctica.
Yo solo soy diferente de los otros,
pero valoro la búsqueda del sustento que viene de la Madre.
* * *
(Han-shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Pienso en los veinte años que pasaron,
cuando acostumbraba volver a casa tranquilamente desde el monasterio;
toda la gente que vivía en el monasterio decía:
"Han-Shan es un idiota".
Reflexiono: ¿soy realmente un idiota?.
Pero mis reflexiones no logran resolver la cuestión,
pues ni yo mismo sé quién es el yo.
Me limito a bajar la cabeza; no son necesarias más preguntas,
porque ¿de qué puede servir el preguntar?.
Que vengan y de mí se burlen todo cuanto gusten,
yo sé muy claramente qué quieren decir,
más no he de responder a sus befas,
pues eso se adapta admirablemente a mi vida.
* * *
(Chih-jôu discípulo de Yüan-t´ung. Hsü-chuan
(Transmisión de la lámpara), XX. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Durante veinte años peregriné
todo el camino de Este a Oeste;
y ahora, al encontrarme en Ch´i-hsien,
veo que jamás di ni un paso adelante.
* * *
(Hui-yüan. De Hsü-chuan (Transmisión de la lámpara).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡Oh, este raro suceso…!
¿Cómo no me alegraría dar por él diez mil piezas de oro?
Tengo un sombrero sobre mi cabeza, y un atado alrededor de mis ijares.
¡Y en mi cayado llevo la brisa refrescante y la luna llena!.
* * *
(Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Las sombras del bambú están barriendo las escaleras,
pero no se agita el polvo.
La luz de la luna penetra hondamente en el fondo del estanque,
pero en el agua no quedan rastros.
* * *
(Poema del Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Los árboles muestran la forma corporal del viento;
las olas dan energía vital a la luna.
* * *
(Mumon (Wu-mên). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cientos de flores primaverales; la luna otoñal.
Una refrescante brisa estival; la nieve invernal.
Libra tu mente de todo vano pensamiento
¡Y cuán agradable es para ti toda estación!.
* * *
(Nansen (Nanch´üan). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Bebiendo té, comiendo arroz,
paso mi tiempo tal como viene.
Observando el río, contemplando las montañas…
¡Cuán sereno y descansado verdaderamente me siento!.
* * *
(Suttanipáta, vers. 949 y 1099. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Lo que está ante ti, descártalo;
que nada quede detrás de ti.
Si luego no captas qué hay en medio,
en nada vagarás.
* * *
(Kena-Upanishad. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Lo concibe quien no lo concibe;
quien lo concibe, no lo conoce.
No lo entienden quienes lo entienden;
lo entienden quienes no lo entienden.
* * *
(Fa-yen de Wu-tsu Shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
La hoja de la espada de Chao-chou está fuera de su vaina.
¡Cuán fría como escarcha, cuán flamígera como llama!.
Si uno intenta preguntar: "¿Cómo es eso así?",
de inmediato aparece una división: esto y aquello.
* * *
(P´ing-t´ien el Mayor. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El resplandor celeste no se opaca,
la norma perdura por siempre jamás.
Para aquél que traspuso esta puerta,
no hay razonamiento, no hay erudición.
* * *
(Dhritaka, sexto patriarca Zen.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Penetra en la verdad última de la mente,
y no tendrás cosas y no-cosas.
Iluminados y no-iluminados… son lo mismo.
No hay mente ni cosa.
* * *
(Manura, vigésimosegundo patriarca Zen.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
La mente se desplaza con las diez mil cosas;
hasta cuando se mueve está serena.
Percibe su esencia a medida que se mueve,
Y no hay júbilo ni aficción.
* * *
(Fudaishi (Fu-ta-shih). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Ando con las manos vacías y con todo la espada está en mis manos;
marcho a pie, y con todo a grupas de un buey voy cabalgando:
cuando transpongo el puente,
he aquí que el agua no fluye, pero el puente sí.
* * *
(Hui-k´ai (1183-1260). El Paso Fronterizo Sin Puerta (Wu-mên-kuan).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El gran camino no tiene puertas,
(pero) ¡cuán entrecruzados son los pasajes!.
Una vez traspuesto este paso fronterizo,
recorres en real soledad el universo.
* * *
(Hui-k´ai (1183-1260). El Paso Fronterizo Sin Puerta (Wu-mên-kuan).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¿La naturaleza búdica en el perro? (“¡Wu!”)
La elevación es completa, el mandato inequívoco;
tan pronto vaciles entre ser y no-ser
ya eres cadáver inerte.
* * *
(Visuddhimagga, resumen de la doctrina budista.
El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El sufrimiento existe solo, ninguno que sufra;
el hecho existe, pero no quien lo haga;
Nirvana existe, pero nadie que lo busque;
el Sendero existe, pero nadie que lo recorra.
Sólo la miseria existe; no hay mísero,
ni hacedor; no se encuentra nada, salvo el acto.
El Nirvana existe, pero no el hombre que lo busca.
El Sendero existe, pero no el que viaje en él.
* * *
(P´ang, periodo Yüan-ho (806-821).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El viejo P´ang nada elige del mundo:
en lo que a él respecta, todo está vacío; ni siquiera tiene asiento,
pues en su casa reina el Vacío Absoluto;
¡En verdad, cuán vacío está sin tesoros!.
Cuando sale el sol, recorre el Vacío,
cuando el sol se pone, duerme en el Vacío;
sentado en el Vacío canta sus canciones vacías.
Y sus canciones vacías reverberan a través del Vacío.
No te sorprendas del Vacío tan integralmente vacío,
pues el Vacío es el asiento de todos los Budas.
Y los hombres del mundo no entienden el Vacío,
pero el Vacío es el tesoro real;
si dices: no hay Vacío,
cometes grave ofensa contra los Budas.
* * *
(Shuan (Shou-an). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
En Nantai me siento en silencio con incienso encendido.
En un día de arrobamiento, todas las cosas se olvidan.
No es que la mente se detenga y los pensamientos se aparten,
sino que en realidad nada hay que mi serenidad perturbe.
* * *
(Hokoji, discípulo de Baso (Ma-tsu).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡Cuán maravillosamente sobrenatural
y cuán milagroso es esto!
¡Sacar agua y llevar leña!.
* * *
INSCRITO EN LA MENTE CREYENTE (Hsin-hsin-ming)
(Sêng-ts´an, tercer patriarca Zen, muerto en 606.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El Método Perfecto no sabe de dificultades,
excepto que rehusa efectuar preferencias:
sólo cuando se libera de odio y amor
se revela plenamente sin disfraz.
Basta la diferencia de una décima de milímetro
para que el cielo y la tierra queden separados:
si quieres verlo manifiesto,
no asumas pensamiento en su favor ni en su contra.
Alzar lo que gustas contra lo que te disgusta…
Esta es la enfermedad de la mente.
Cuando no se entiende el profundo significado (del Método)
se perturba la paz de la mente y nada se gana.
El Método es perfecto como el vasto espacio,
sin faltarle nada, sin nada superfluo:
en verdad, se debe a efectuar elección
que su talidad se pierda de vista.
No persigas las complicaciones externas,
no mores en el vacío interior.
Cuando la mente reposa serena en la unidad de las cosas,
el dualismo se desvanece de por sí.
Y cuando no se entiende integralmente la unidad
de dos modos se sustenta la pérdida:
la negación de la realidad puede conducir a su negación absoluta,
mientras apoyar el vacío puede resultar en su contradicción.
Verbalismo e intelección…
Cuando más nos acompañamos de ellos, más nos descarriamos;
por tanto, fuera el verbalismo y la intelección
y no habrá lugar al que no puedas pasar libremente.
Cuando retornamos a la raíz, ganamos el significado;
cuando perseguimos los objetos externos, perdemos la razón.
En el momento en que nos iluminamos por dentro,
trascendemos el vacío y el mundo que nos enfrenta.
Las transformaciones que se suceden en un mundo vacío que nos enfrenta,
parecen todas reales debido a la Ignorancia:
procura no buscar lo verdadero,
cesa tan solo de abrigar opiniones.
No te entretengas con el dualismo,
evita cuidadosamente perseguirlo;
tan pronto tengas lo correcto y lo erróneo,
lo que se sigue es confusión, la mente se pierde.
Los dos existen debido al uno,
pero ni siquiera te aferres a este uno;
cuando la mente única no está perturbada,
las diez mil cosas no ofrecen ofensa.
Cuando ellas no ofrecen ofensa, es como si no existieran,
cuando la mente no es perturbada, es como si no hubiese mente.
El sujeto se aquieta cuando el objeto cesa,
el objeto cesa cuando el sujeto se aquieta.
El objeto es un objeto del sujeto,
el sujeto es un sujeto de un objeto:
conoce que la relatividad de los dos
reside únicamente en la unidad del vacío.
En la unidad del vacío los dos son uno,
y cada uno de los dos contiene en sí la totalidad de las diez mil cosas;
cuando no se efectúa discriminación entre esto y aquello,
¿cómo puede surgir un criterio unilateral y prejuicioso?.
El Gran Método es calmo y de espíritu abierto,
nada es fácil, nada es difícil:
los propósitos pequeños son irresolutos,
cuando más se apresuran más se demoran.
El apego jamás se mantiene dentro de los lazos,
es seguro que marche en sentido equivocado:
déjalo ir flojo, que las cosas sean como fueren,
mientras la esencia ni parte ni mora.
Obedece a la naturaleza de las cosas, y estarás en concordia con el Método,
calmo, cómodo y libre de molestia;
mas cuando tus pensamientos están atados, te alejas de la verdad,
se tornan más pesados y torpes, y de ningún modo son sensatos.
Cuando no son sensatos, el alma está turbada,
¿de qué sirve, entonces, ser parcial y unilateral?.
Si quieres recorrer el curso del Único Vehículo
no tengas prejuicios contra los objetos-de-los-seis-sentidos.
Cuando no tienes prejuicios contra los objetos-de-los-seis-sentidos,
a la vez te identificas con la Iluminación.
El sabio es no-activo,
mientras el ignorante se ata;
mientras que en el mismo Dharma, no hay individuación,
ignorantemente se apegan a objetos particulares.
Son sus propias mentes las que crean ilusiones,
¿no es esa la máxima de las contradicciones?.
La Ignorancia engendra el dualismo del reposo y del desasosiego.
Los iluminados carecen de gustos y disgustos.
Todas las formas de dualismo
medran ignorantemente por la mente misma,
son como visiones y flores en el aire:
¿por qué debemos perturbarnos tratando de agarrarlas?.
Ganancia y pérdida, correcto y erróneo…
¡fuera con ellos de una vez por todas!.
Si el ojo nunca se duerme
todos los sueños cesan de por sí:
si la mente retiene su unidad,
las diez mil cosas son de una sola talidad.
Cuando se sondea el hondo misterio de la talidad única,
de repente olvidamos las complicaciones externas:
Cuando se ve a las diez mil cosas en su unidad,
retornamos al origen y seguimos siendo lo que somos.
Olvida el porqué de las cosas,
y alcanzas un estado más allá de la analogía:
el movimiento detenido no es movimiento,
y el reposo puesto en movimiento no es reposo.
Cuando no se obtiene más el dualismo,
ni siquiera la unidad misma sigue siendo como tal.
El fin último de las cosas, donde no pueden ir más allá,
no está sujeto a reglas ni medidas:
la mente en armonía con el Método es el principio de la identidad,
en el que hallamos todas las acciones en un estado de quietud;
las irresoluciones son descartadas por completo,
y la fe recta es restablecida en su rectitud genuina.
Así nada es retenido,
nada es memorizado,
todos es vacío, lúcido, auto-iluminativo.
No hay mancha, ni ejercicio, ni derroche de energía:
he aquí donde jamás alcanza el pensamiento,
he aquí donde la imaginación fracasa en sus mediciones.
En el reino superior de la Talidad Verdadera
no hay "otro" ni "yo".
Cuando se pide una identificación directa
sólo podemos decir: "No dos".
Al no ser dos todo es lo mismo,
todo lo que es, está comprendido en ello:
los sabios de los diez sectores,
todos entran en esta fe absoluta.
Esta fe absoluta está más allá de la prisa (tiempo) y de la extensión (espacio).
Un instante es diez mil años.
No interesa cómo están condicionadas las cosas, ya sea con "ser" o "no ser",
eso se manifiesta por doquier ante ti.
Lo infinitamente pequeño es tan grande como grande puede ser,
cuando se olvidan las condiciones externas;
lo infinitamente grande es tan pequeño como pequeño puede ser,
cuando se ponen fuera de la vista límites objetivos.
Lo que es lo mismo con lo que no lo es,
lo que no es lo mismo con lo que es:
donde no pueda obtenerse este estado de cosas,
asegúrate de no entretenerte.
Uno en todos,
todos en uno…
Si sólo se comprende esto,
¡No te preocupes más por no ser perfecto!.
La mente creyente no está dividida,
e indivisa es la mente creyente…
He aquí donde fallan las palabras,
pues esto no pertenece al pasado, al futuro ni al presente.
* * *
HOKYO ZAN MAI (Samadhi del Espejo del Tesoro)
(Maestro Tozan, 807 – 869. La Práctica Del Zen, de Taisen Deshimaru).
Sin error, sin duda, así es el Dharma.
Buda y los maestros de la transmisión no hablaron de él.
Ahora podéis obtenerlo.
Por eso, os lo ruego, conservadlo intacto.
La nieve blanca
se amontona en la bandeja de plata.
La luz de la luna envuelve a la garza blanca.
Son parecidas,
pero no idénticas.
Se funden íntimamente,
pero cada una comprende su estado.
La conciencia no es lenguaje.
Si se presenta la ocasión
también hay que pasar por esto.
Turbado por las palabras,
te precipitas en el abismo.
En desacuerdo con las palabras,
topas con el límite de la duda.
Salir al encuentro,
tocar.
Ni una ni otra cosa valen,
es como una bola de fuego.
Expresarse
con lenguaje adornado
es desvirtuar.
La medianoche
es luz verdadera,
el alba
no es claro
Aun cuando no sea sin conciencia,
no es sin lenguaje.
Pero si es inconsciente,
se hace lenguaje.
Es como mirarte en un espejo:
la forma y el reflejo cara a cara.
Tú no eres el reflejo,
pero el reflejo es tú.
El bebé está en el mundo
bajo cinco condiciones:
no va ni viene,
no llega de pronto…
no es amo de quedarse….
no habla….baba wawa…
Por último, no puede obtener
el objeto deseado,
pues su lenguaje no es justo.
Las seis líneas del hexagrama del shuri
deciden el juego mutuo.
Sin embargo, la causa de se establezca
el tres resulta ser el cinco.
Como los cinco sabores de la planta chisso
Es igual que un cetro de diamante
Cuando lo derecho y lo oblicuo
se hallan y pellizcan
(como las piernas en loto),
danse maravillosamente
pregunta y respuesta confundidas.
Intimo con el origen
familiar con la Vía.
Si hay mezcla,
hay felicidad.
Pero no debemos cometer
error alguno.
Es inocente y misterioso,
no pertenece a la ilusión
ni al satori.
La ley de la interdependencia y la ocasión
pueden realizarse en la claridad
y el silencio del corazón.
El microcosmos penetra en el infinito.
El límite del macrocosmos
es el propio límite del cosmos.
La creación de una diferencia,
incluso ínfima,
no puede armonizarse
con el ritmo de la música.
Tenemos ahora lo súbito y lo gradual,
el Zen se hace sección,
una medida para las comparaciones.
A pesar de la comprensión a través de las sectas
y de la realización de la idea, hay una
mancha en el verdadero satori.
En el exterior, la calma.
En el interior, el movimiento.
Como el caballo trabado
y el ratón escondido.
Todos los maestros de la transmisión
se han afligido en lo tocante a este punto,
por eso sienten la necesidad de brindar el dharma.
Todos van tras ilusiones erróneas,
por eso se confunde el blanco con el negro.
Cuando la ilusión se desvanece, en el mismo
instante cada uno puede comprenderse a sí mismo.
Si deseáis adaptaros, pisad
las viejas huellas transmitidas.
Os lo ruego, estudiad con atención
el ejemplo de los ancianos precedentes.
El árbol ha sido observado durante diez millones de años
para alcanzar la vía de Buda.
Como la debilidad del tigre,
como los ojos nocturnos del caballo.
Por su complejo de inferioridad,
que les hace ver los objetos
como si fueran un raro tesoro,
y puesto que los hombres tienen el horror en su espíritu,
el maestro ha de convertirse en gato
o en buey blanco.
El maestro de tiro con arco,
gracias a su elevada y justa técnica
puede dar en el blanco
incluso a la mayor de las distancias.
Pero si flecha y lanza chocan en pleno vuelo,
la más elevada técnica pierde toda su eficacia.
Canta el hombre de madera,
la mujer de piedra se levanta y baila.
Los súbditos deben obedecer al rey,
el hijo ha de seguir al padre.
No seguir no es el deber filial del hijo,
no obedecer no es ser un verdadero seguidor.
La acción oculta, secreta,
íntimamente utilizada,
parecerá limitada y estúpida.
Su nombre es la causa de la causa,
y es lo único que triunfa.
* * *
MAHAMUDRA
(Niguma, monja tibetana, fundadora del linaje Shangpa de la orden Kagyu.)
No hagas absolutamente nada con la mente
Reside auténticamente, en un estado natural.
Nuestra mente, sin perturbaciones, es realidad.
La clave está en meditar sin flaquear;
Experimenta la gran realidad mas allá de los extremos.
En un Océano lúcido,
Las burbujas nacen y mueren una y otra vez.
De la misma forma, los pensamientos no son diferentes de la gran realidad.
No encuentres faltas; permanece tranquilo.
Cualquiera cosa que nazca, cualquiera cosa que ocurra,
No te apeges, déjala libre en el lugar.
Las apariencias, los sonidos, y los objetos son nuestra mente;
No existe; nada excepto nuestra mente.
La mente esta más allá de los extremos, del nacer y del morir.
La naturaleza de la mente es estar despierta,
Utiliza los cinco sentidos, pero no se aparta de la realidad.
En el estado de equilibrio cósmico
No hay nada que practicar o abandonar
No hay meditación o periodos de práctica.
* * *
EL SAMADHI DEL GRANERO DE LA GRAN SABIDURIA.
(Maestro Ejo. El Zen, de Dogen, de Taisen Deshimaru)
Siento un profundo respeto, que nace desde lo más recóndito de mi compasión, por
vosotros que continuáis la práctica de zazen en el estado de espíritu que voy a describir:
sin intentar obtener nada, sin ninguna meta; sin dejaros influir por vuestra inteligencia
personal; sin mostrar suficiencia por la experiencia que habéis adquirido en el doyo.
Con toda la energía de vuestro cuerpo y de vuestro espíritu, penetrad totalmente en
komyozo, sin daros vuelta hacia atrás para mirar el tiempo.
No busquéis el satori. No escuchéis los fenómenos ilusorios (mayoi):
No detestéis los pensamientos que aparecen, tampoco los améis, y, sobre todo, no los
mantengáis. De todas maneras, sea lo que sea, debéis practicar la gran postura sentada
aquí y ahora. Si no mantenéis los pensamientos, éstos no vendrán por sí mismos. Si os
abandonáis a la espiración y dejáis que la inspiración venga en un armonioso ir y venir,
no hay más que un zafú bajo el cielo vacío, pesado como una llama.
Si no esperáis nada de lo que hacéis, si no consideráis cosa alguna, podéis cortar con
todo, solamente por zazen.
Aunque los ochenta y cuatro mil bonno (deseos, ilusiones) vayan y vengan, si no les
dais importancia, si los abandonáis a sí mismos, en ese momento, de cada uno de ellos, de
uno tras otro y de todos juntos, podrá surgir el maravilloso misterio del granero de la gran
sabiduría.
No existe solamente el komyo del momento de zazen. También está aquel que, paso a
paso, acto tras acto, os hacer ver progresivamente que cada fenómeno puede realizarse
inmediata, automática, independientemente de vuestra inteligencia propia y de vuestros
pensamientos personales. Tal es la verdadera y auténtica certificación que existe sin molestar
la manifestación de komyo.
Es el poder espiritual del no actuar por la luz que se ilumina por sí misma. Este komyo
es originariamente no sustancia, no existencia. Por ello, aunque muchos Budas lo realicen
en este mundo, no son de este mundo. Y, estando en el nirvana, no están en el nirvana.
En el instante de vuestro nacimiento, komyo no existía. En el de vuestra muerte, no
desaparecerá.
Desde el punto de vista de Buda, no aumenta. Desde el punto de vista de los sentidos,
no disminuye.
Así como cuando tenéis ilusiones o dudas, no podéis hacer la pregunta correcta, cuando
tenéis el satori no podéis expresarlo. En ningún momento consideréis nada con vuestra
conciencia personal. Durante las veinticuatro horas del día, tened la calma y la gran tranquilidad
de los muertos. No penséis en nada por vosotros mismos. Así, al practicar la espiración
y la inspiración, vuestra naturaleza profunda y vuestra naturaleza sensitiva, inconsciente
y naturalmente, serán no saber, no comprensión.
Entonces, todo podrá volverse naturalmente calmo, esplendor de komyo, en la unidad
del espíritu y del cuerpo. Por eso, cuando lo llamamos, debería responder rápidamente.
Un solo y mismo komyo armoniza en un todo a la gente del satori y la de las ilusiones.
Así, aunque os pongáis en movimiento, este último no debería perturbaros. Y el bosque,
las flores, las briznas de hierba, los animales, los seres humanos, todos los fenómenos (ya
sean largos, cortos, cuadrados o redondos) podrán realizarse inmediata, automática,
pendientemente de vuestra inteligencia propia y de la acción personal de vuestro pensamiento.
No estéis apegados ni a las ropas ni al alimento ni a la casa. No sucumbáis al deseo
sensual o al apego del amor que son prácticas animales.
Inútil interrogar a los demás sobre komyo, pues su komyo no tiene utilidad alguna para
vosotros.
En el origen, este samadhi es el santo doyo, el océano de todos los Budas. Es entonces
el más grande y el más santo de todos los asientos transmitidos directamente de Buda en
Buda a través de la santa práctica universal. Puesto que ahora sois discípulos de Buda,
debéis hacer zazen tranquilamente en su asiento.
No os sentéis en el zafú infernal, el zafú gaki, animal o asura, ni tampoco en el de los
shomon o de los engaku. Practicad solamente shikantaza. No perdáis el tiempo. Es lo que
se llama el auténtico espíritu del doyo, el verdadero komyo samadhi, el maravilloso y espléndido
satori.
Este texto sólo debe ser leído por los verdaderos discípulos del Maestro Dogen, aquellos
que están autorizados a entrar en su habitación.
Lo he escrito para mis compañeros de zazen, para que no haya puntos de vista erróneos,
para perfeccionarme a mí mismo y para educar a los demás.
Escrito por Ejo, bajo el reinado del emperador Gouta. Con el más
profundo respeto, en el templo Eihei-ji el 28 de agosto de 1278.
* * *
MONDÓS ZEN
PREGUNTA TÓPICA: ¿Cuál es el significado de la llegada del Primer Patriarca
desde Oeste?
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTAS:
“¿Por qué no se lo preguntáis a vuestra propia mente?”. Respondió el maestro.
Pregunta: “¿Cuál es nuestra mente, señor?”.
Respuesta: “Debéis contemplar el accionar secreto?”.
Pregunta: “¿Cuál es el accionar secreto, señor?.”
El maestro se limitó a abrir y cerrar los ojos, en vez de dar alguna explicación verbal.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Cuando entiendes, no entiende; cuando dudas, no se duda”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Es aquello que ni se entiende ni se duda, además no se duda ni se entiende”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Si hubiese algún significado, nadie se salvaría siquiera a sí mismo”.
Pregunta: “Si aquí no hay significado alguno, ¿cuál es la verdad que se dice alcanzó el
segundo patriarca con Bodhidharma?”.
Respuesta: “Lo que se denomina ‘alcanzó’”, dijo el maestro, “en realidad en ‘no alcanzó’”.
Pregunta: “Si este es el caso, ¿cuál es el significad de ‘no alcanzó’?”.
Respuesta: “Precisamente porque tu mente está siempre corriendo detrás de todos los
objetos que se le presentan y no sabe dónde refrenarse, el patriarca declaró que eres el necio
que busca otra cabeza sobre la suya propia. Si vuelcas tu luz dentro de ti mismo, como
se te dijo que hagas, sin demora, y reflexionas, y cesas de buscar las cosas externas, comprenderás
que tu mente y las de los Budas y patriarcas no difieren recíprocamente. Cuando
llegues de esa manera a un estado de no hacer nada, se dice que alcanzaste la verdad”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Supón que un hombre está en el fondo de un pozo de mil pies de profundidad; si pudieses
sacarlo sin usar un trozo de soga, te daría la respuesta sobre el significado de la visita
de nuestro Patriarca aquí”.
Preguntado después acerca de la solución por un niño sirviente del templo, el maestro
dijo:
“¿Por qué, tonto, quién está en el pozo?”.
Vuelto a interrogar sobre el mismo punto, pasado el tiempo, por el mismo niño sirviente,
el maestro le respondió llamándole por su nombre:
“¡Hui-chi!”.
“¡Si, maestro!”. Respondió.
“¡Mira! ¡Estás afuera!”, le dijo el maestro.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTAS:
“Cuando pruebas vinagre, sabes que es ácido; cuando pruebas la sal, sabes que es salada”.
“En el lomo del asno moribundo hay demasiadas moscas”.
“Hoy y mañana”.
“El pelo de una tortuga de una pulgada de largo, pesa siete libras”.
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“El viento portador de escarcha hace que caigan las hojas del bosque”.
“¿Qué significa eso?, preguntó el discípulo.
“Cuando llega la primavera brotan de nuevo”. Fue la respuesta.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“¡Una piedra solitaria en el aire!”.
El discípulo hizo una reverencia en silencio, y el maestro le preguntó:
“¿Entiendes?”.
“No, señor”.
“Es afortunado que no entiendas, dijo el maestro; si hubieses entendido, es seguro que
tu cabeza se hubiese roto en pedazos”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Ahora precisamente estoy ocupado, oh venerable monje; ven en otra ocasión”.
Pero cuando el monje discípulo estaba a punto de marcharse, el maestro llamó: “¡Venerable
monje!”, y el monje se volvió.
“¿De qué se trata?”, preguntó el maestro.
De inmediato el discípulo entendió el significado e hizo reverencias, entonces el
maestro efectuó otra observación: “¿De qué sirve hacer reverencias, cofrade testarudo?”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“¿Qué es eso que llamas significado?”.
“De ser así, ¿no hay significado en esta llegada del Patriarca desde el Oeste?”, dijo el
consultante.
“Eso proviene de la punta de tu lengua”, dijo el maestro.
* * *
PREGUNTAS (MIENTRAS SE MUESTRA UN PALO O CAYADO):
“No llaméis palo a esto; si lo hacéis afirmáis. Tampoco neguéis que es un palo; si lo
hacéis, negáis. Aparte de la afirmación y la negación, ¡hablad, hablad!.”
Sólo un monje salió de entre la concurrencia y, quitándole el palo al maestro, lo arrojó
al suelo.
* * *
“¿Qué es esto?. Si decís que es un cayado, váis derecho al infierno; pero si no es un
cayado, ¿qué es?.”
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El maestro poniendo su vara ahorquillada en el cuello del discípulo:
“¿Qué demonio te enseñó a ser un monje sin hogar? ¿Qué demonio te enseñó a andar
errante?. Ya sea que digas algo o que no digas nada, lo mismo has de morir bajo mi horquilla:
¿habla, habla, sé rápido!”
* * *
El maestro blandiendo su vara, tras preguntar a un discípulo:
“¡No importa lo que digas o lo que no digas, lo mismo tendrás treinta golpes!”.
* * *
OTRAS:
Un discípulo y el maestro tomando té. El discípulo:
¿Qué significa cuando dicen que a pesar de tenerlo todo el día no lo conocemos?.
El maestro, en silencio, le ofreció un trozo de pastel de arroz. Después de comerlo, el
discípulo repitió la pregunta, y, entonces, le dijo el maestro:
No lo conocemos aunque lo usamos todos los días.
* * *
Preguntado acerca de cómo ingresar en el sendero de la verdad, el maestro respondió:
“¿Oyes el murmullo de la fuente?.”
“Si, lo oigo”, dijo el discípulo.
“Hay un modo de ingresar”, concluyó el maestro.
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Recopilación de poemas Zen
José L. Hernández
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Como se trata de materiales clásicos y muy antiguos no siempre se
tienen los datos de los autores. Los poemas pertenecen a tres autores:
Suzuki, Watts y Deshimaru, los dos primeros son divulgadores a los
que, como mucho, se les debe atribuir la traducción de estos poemas, el
tercero Deshimaru era un monje dedicado a la difusión del budismo. La
primera edición inglesa de Suzuki es de 1949, hace más de cincuenta
años.
* * *
(Tung-shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cuidando de buscar la Verdad según los demás,
cada vez se retiraba más de mí …
Ahora ando sólo conmigo mismo,
y no hay otro más que yo;
no obstante, no soy él…
Una vez entendido esto,
estoy con Él cara a cara.
* * *
(Tozan, undécimo patriarca Zen (807-869).
La Práctica Del Zen, deTaisen Deshimaru)
No busquéis el camino en los otros,
en un lugar lejano;
el camino está bajo nuestros pies.
Ahora viajo solo…
Pero puede encontrarlo en todas partes;
ciertamente, él es ahora yo,
pero ahora yo no soy él.
Así también, cuando encuentro lo que encuentro,
Puedo obtener la verdadera libertad.
* * *
(Fu, de T´ai-yüan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Recuerdo la época en que no tenía visión (satori),
cada vez que oía la flauta mi corazón se afligía.
Ahora no tengo sueños vanos en mi almohada,
me limito a dejar que el flautista ejecute el son que le plazca.
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(Poema haiku japonés. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡Oh! ¡Esto es Yoshino!
¿Qué más puedo decir?
¡La montaña ataviada con flores de cerezo!.
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(Saigyó, periodo Kamamura (1168-1334).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡El aventado humo del monte Fuji
desapareciendo mucho más allá!.
¿Quién conduce el destino
de mi pensamiento, extraviándose con él?.
* * *
(Canción tradicional japonesa.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¿Llegó? ¿Llegó?
Voy a la orilla a encontrarme con él.
Mas en la orilla no hay nada salvo brisa
que canta entre los pinos.
* * *
(Bashó, poeta haiku. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Una rama despojada de hojas,
un cuervo posado en ella…
Este atardecer de otoño.
* * *
(Hsüeh-tou, compilador del Pi-yen-chi.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
La brisa primaveral se eleva suavemente sobre el distrito de Chang.
La perdiz canta tiernamente entre los arbustos cargados de flores.
La carpa que salta la turbulenta catarata que se parte en tres se convierte en dragón…
Y ¡qué necio es quien aun de noche la busca en la alberca!.
* * *
(Dogen. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Las flores se van cuando nos apena perderlas,
los yuyos llegan mientras nos apena verlos crecer.
* * *
(Budismo tibetano, tradición del Sendero Breve.
El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Nada de pensamiento, nada de reflexión, nada de análisis,
nada de cultivarse, nada de intención:
deja que se resuelva solo.
* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
No puedes conseguirlo poniéndote a pensar;
no puedes buscarlo sin ponerte a pensar.
* * *
(Cheng-tao Ke. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Como el cielo vacío, carece de límites,
pero está en su lugar, siempre profundo y claro.
Cuando tratas de conocerlo, no puedes verlo.
No puedes agarrarlo,
pero no puedes perderlo.
Al no poderlo tomar, lo tomas.
Cuando callas, habla;
cuando hablas, calla.
El gran portón esta abierto de par en par para dar limosnas,
y ninguna multitud bloquea el camino.
* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Una palabra establece el cielo y la tierra,
una espada nivela el mundo entero.
* * *
(Ikkyu, poema doka. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Comemos, evacuamos, nos acostamos y nos levantamos;
este es nuestro mundo.
Todo lo que tenemos que hacer después es morir.
* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Los gansos salvajes no se proponen reflejarse en el agua,
el agua no piensa recibir su imagen.
* * *
(Poema del Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Quietamente sentado, sin hacer nada,
llega la primavera y crece sola la hierba.
* * *
(El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El monte Lu en lluvia y niebla; el río Che muy crecido.
¡Antes de que fuera allí, no cesaba el dolor del deseo!
Fui allí y retorné… No fue nada en especial:
el monte Lu en lluvia y niebla; el río Che muy crecido.
* * *
(El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
La gloria matutina que florece una hora
no difiere en esencia del pino gigante
que vive un milenio.
* * *
(Gochiku, poema haiku. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
La larga noche;
el sonido del agua
dice lo que pienso.
* * *
(Hoyen (Fa-yen) de Gosozan (Wu-tso-shan) muerto en 1104.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Un lote de tierra labrantía yace en silencio, junto a la colina.
Cruzando mis manos sobre el pecho, pregunto gentilmente al viejo labriego:
"¿Con cuánta asiduidad lo vendiste y lo volviste a comprar?".
Me placen los pinos y bambúes que convidan con refrescante brisa.
* * *
(Poema popular japonés. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Así es la vida:
siete veces abajo,
¡ocho veces arriba!.
* * *
(Goso Hóyen. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cien años: treinta y seis mil mañanas.
¡Esto mismo, viejo amigo, sigue adelante por siempre!.
* * *
(Chuang-tzu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El cuerpo como hueso seco,
la mente como cenizas muertas;
eso es verdadero conocimiento:
no esforzarse en saber el porqué.
En la niebla, en la oscuridad,
el sin mente no puede planear.
¿Qué clase de hombre es ese?.
* * *
(Lao-tzu, El Tao. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
¡Suprimid el talento y acabaréis con las ansiedades…!
La gente, en general, es tan feliz como si estuviera de fiesta,
o como si subiera a una torre en primavera.
Yo solo estoy tranquilo, y no he hecho signos,
como un niño que aún no sabe sonreír;
desamparado como si no tuviera casa adonde ir.
Todos los otros tienen más que suficiente,
y solo yo parezco estar necesitado.
Posiblemente mi mente sea la de un tonto
¡que es tan ignorante…!.
Los vulgares son brillantes,
y solo yo parezco ser torpe.
El vulgo discrimina,
y solo yo parezco más que suficiente.
Soy negligente como si fuera oscuro;
a la deriva, como si no me apegase a nada.
La gente, en general, todos tienen algo que hacer,
y solo yo parezco carecer de habilidad y práctica.
Yo solo soy diferente de los otros,
pero valoro la búsqueda del sustento que viene de la Madre.
* * *
(Han-shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Pienso en los veinte años que pasaron,
cuando acostumbraba volver a casa tranquilamente desde el monasterio;
toda la gente que vivía en el monasterio decía:
"Han-Shan es un idiota".
Reflexiono: ¿soy realmente un idiota?.
Pero mis reflexiones no logran resolver la cuestión,
pues ni yo mismo sé quién es el yo.
Me limito a bajar la cabeza; no son necesarias más preguntas,
porque ¿de qué puede servir el preguntar?.
Que vengan y de mí se burlen todo cuanto gusten,
yo sé muy claramente qué quieren decir,
más no he de responder a sus befas,
pues eso se adapta admirablemente a mi vida.
* * *
(Chih-jôu discípulo de Yüan-t´ung. Hsü-chuan
(Transmisión de la lámpara), XX. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Durante veinte años peregriné
todo el camino de Este a Oeste;
y ahora, al encontrarme en Ch´i-hsien,
veo que jamás di ni un paso adelante.
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(Hui-yüan. De Hsü-chuan (Transmisión de la lámpara).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡Oh, este raro suceso…!
¿Cómo no me alegraría dar por él diez mil piezas de oro?
Tengo un sombrero sobre mi cabeza, y un atado alrededor de mis ijares.
¡Y en mi cayado llevo la brisa refrescante y la luna llena!.
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(Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Las sombras del bambú están barriendo las escaleras,
pero no se agita el polvo.
La luz de la luna penetra hondamente en el fondo del estanque,
pero en el agua no quedan rastros.
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(Poema del Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Los árboles muestran la forma corporal del viento;
las olas dan energía vital a la luna.
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(Mumon (Wu-mên). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cientos de flores primaverales; la luna otoñal.
Una refrescante brisa estival; la nieve invernal.
Libra tu mente de todo vano pensamiento
¡Y cuán agradable es para ti toda estación!.
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(Nansen (Nanch´üan). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Bebiendo té, comiendo arroz,
paso mi tiempo tal como viene.
Observando el río, contemplando las montañas…
¡Cuán sereno y descansado verdaderamente me siento!.
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(Suttanipáta, vers. 949 y 1099. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Lo que está ante ti, descártalo;
que nada quede detrás de ti.
Si luego no captas qué hay en medio,
en nada vagarás.
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(Kena-Upanishad. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Lo concibe quien no lo concibe;
quien lo concibe, no lo conoce.
No lo entienden quienes lo entienden;
lo entienden quienes no lo entienden.
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(Fa-yen de Wu-tsu Shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
La hoja de la espada de Chao-chou está fuera de su vaina.
¡Cuán fría como escarcha, cuán flamígera como llama!.
Si uno intenta preguntar: "¿Cómo es eso así?",
de inmediato aparece una división: esto y aquello.
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(P´ing-t´ien el Mayor. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El resplandor celeste no se opaca,
la norma perdura por siempre jamás.
Para aquél que traspuso esta puerta,
no hay razonamiento, no hay erudición.
* * *
(Dhritaka, sexto patriarca Zen.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Penetra en la verdad última de la mente,
y no tendrás cosas y no-cosas.
Iluminados y no-iluminados… son lo mismo.
No hay mente ni cosa.
* * *
(Manura, vigésimosegundo patriarca Zen.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
La mente se desplaza con las diez mil cosas;
hasta cuando se mueve está serena.
Percibe su esencia a medida que se mueve,
Y no hay júbilo ni aficción.
* * *
(Fudaishi (Fu-ta-shih). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Ando con las manos vacías y con todo la espada está en mis manos;
marcho a pie, y con todo a grupas de un buey voy cabalgando:
cuando transpongo el puente,
he aquí que el agua no fluye, pero el puente sí.
* * *
(Hui-k´ai (1183-1260). El Paso Fronterizo Sin Puerta (Wu-mên-kuan).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El gran camino no tiene puertas,
(pero) ¡cuán entrecruzados son los pasajes!.
Una vez traspuesto este paso fronterizo,
recorres en real soledad el universo.
* * *
(Hui-k´ai (1183-1260). El Paso Fronterizo Sin Puerta (Wu-mên-kuan).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¿La naturaleza búdica en el perro? (“¡Wu!”)
La elevación es completa, el mandato inequívoco;
tan pronto vaciles entre ser y no-ser
ya eres cadáver inerte.
* * *
(Visuddhimagga, resumen de la doctrina budista.
El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El sufrimiento existe solo, ninguno que sufra;
el hecho existe, pero no quien lo haga;
Nirvana existe, pero nadie que lo busque;
el Sendero existe, pero nadie que lo recorra.
Sólo la miseria existe; no hay mísero,
ni hacedor; no se encuentra nada, salvo el acto.
El Nirvana existe, pero no el hombre que lo busca.
El Sendero existe, pero no el que viaje en él.
* * *
(P´ang, periodo Yüan-ho (806-821).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El viejo P´ang nada elige del mundo:
en lo que a él respecta, todo está vacío; ni siquiera tiene asiento,
pues en su casa reina el Vacío Absoluto;
¡En verdad, cuán vacío está sin tesoros!.
Cuando sale el sol, recorre el Vacío,
cuando el sol se pone, duerme en el Vacío;
sentado en el Vacío canta sus canciones vacías.
Y sus canciones vacías reverberan a través del Vacío.
No te sorprendas del Vacío tan integralmente vacío,
pues el Vacío es el asiento de todos los Budas.
Y los hombres del mundo no entienden el Vacío,
pero el Vacío es el tesoro real;
si dices: no hay Vacío,
cometes grave ofensa contra los Budas.
* * *
(Shuan (Shou-an). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
En Nantai me siento en silencio con incienso encendido.
En un día de arrobamiento, todas las cosas se olvidan.
No es que la mente se detenga y los pensamientos se aparten,
sino que en realidad nada hay que mi serenidad perturbe.
* * *
(Hokoji, discípulo de Baso (Ma-tsu).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡Cuán maravillosamente sobrenatural
y cuán milagroso es esto!
¡Sacar agua y llevar leña!.
* * *
INSCRITO EN LA MENTE CREYENTE (Hsin-hsin-ming)
(Sêng-ts´an, tercer patriarca Zen, muerto en 606.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El Método Perfecto no sabe de dificultades,
excepto que rehusa efectuar preferencias:
sólo cuando se libera de odio y amor
se revela plenamente sin disfraz.
Basta la diferencia de una décima de milímetro
para que el cielo y la tierra queden separados:
si quieres verlo manifiesto,
no asumas pensamiento en su favor ni en su contra.
Alzar lo que gustas contra lo que te disgusta…
Esta es la enfermedad de la mente.
Cuando no se entiende el profundo significado (del Método)
se perturba la paz de la mente y nada se gana.
El Método es perfecto como el vasto espacio,
sin faltarle nada, sin nada superfluo:
en verdad, se debe a efectuar elección
que su talidad se pierda de vista.
No persigas las complicaciones externas,
no mores en el vacío interior.
Cuando la mente reposa serena en la unidad de las cosas,
el dualismo se desvanece de por sí.
Y cuando no se entiende integralmente la unidad
de dos modos se sustenta la pérdida:
la negación de la realidad puede conducir a su negación absoluta,
mientras apoyar el vacío puede resultar en su contradicción.
Verbalismo e intelección…
Cuando más nos acompañamos de ellos, más nos descarriamos;
por tanto, fuera el verbalismo y la intelección
y no habrá lugar al que no puedas pasar libremente.
Cuando retornamos a la raíz, ganamos el significado;
cuando perseguimos los objetos externos, perdemos la razón.
En el momento en que nos iluminamos por dentro,
trascendemos el vacío y el mundo que nos enfrenta.
Las transformaciones que se suceden en un mundo vacío que nos enfrenta,
parecen todas reales debido a la Ignorancia:
procura no buscar lo verdadero,
cesa tan solo de abrigar opiniones.
No te entretengas con el dualismo,
evita cuidadosamente perseguirlo;
tan pronto tengas lo correcto y lo erróneo,
lo que se sigue es confusión, la mente se pierde.
Los dos existen debido al uno,
pero ni siquiera te aferres a este uno;
cuando la mente única no está perturbada,
las diez mil cosas no ofrecen ofensa.
Cuando ellas no ofrecen ofensa, es como si no existieran,
cuando la mente no es perturbada, es como si no hubiese mente.
El sujeto se aquieta cuando el objeto cesa,
el objeto cesa cuando el sujeto se aquieta.
El objeto es un objeto del sujeto,
el sujeto es un sujeto de un objeto:
conoce que la relatividad de los dos
reside únicamente en la unidad del vacío.
En la unidad del vacío los dos son uno,
y cada uno de los dos contiene en sí la totalidad de las diez mil cosas;
cuando no se efectúa discriminación entre esto y aquello,
¿cómo puede surgir un criterio unilateral y prejuicioso?.
El Gran Método es calmo y de espíritu abierto,
nada es fácil, nada es difícil:
los propósitos pequeños son irresolutos,
cuando más se apresuran más se demoran.
El apego jamás se mantiene dentro de los lazos,
es seguro que marche en sentido equivocado:
déjalo ir flojo, que las cosas sean como fueren,
mientras la esencia ni parte ni mora.
Obedece a la naturaleza de las cosas, y estarás en concordia con el Método,
calmo, cómodo y libre de molestia;
mas cuando tus pensamientos están atados, te alejas de la verdad,
se tornan más pesados y torpes, y de ningún modo son sensatos.
Cuando no son sensatos, el alma está turbada,
¿de qué sirve, entonces, ser parcial y unilateral?.
Si quieres recorrer el curso del Único Vehículo
no tengas prejuicios contra los objetos-de-los-seis-sentidos.
Cuando no tienes prejuicios contra los objetos-de-los-seis-sentidos,
a la vez te identificas con la Iluminación.
El sabio es no-activo,
mientras el ignorante se ata;
mientras que en el mismo Dharma, no hay individuación,
ignorantemente se apegan a objetos particulares.
Son sus propias mentes las que crean ilusiones,
¿no es esa la máxima de las contradicciones?.
La Ignorancia engendra el dualismo del reposo y del desasosiego.
Los iluminados carecen de gustos y disgustos.
Todas las formas de dualismo
medran ignorantemente por la mente misma,
son como visiones y flores en el aire:
¿por qué debemos perturbarnos tratando de agarrarlas?.
Ganancia y pérdida, correcto y erróneo…
¡fuera con ellos de una vez por todas!.
Si el ojo nunca se duerme
todos los sueños cesan de por sí:
si la mente retiene su unidad,
las diez mil cosas son de una sola talidad.
Cuando se sondea el hondo misterio de la talidad única,
de repente olvidamos las complicaciones externas:
Cuando se ve a las diez mil cosas en su unidad,
retornamos al origen y seguimos siendo lo que somos.
Olvida el porqué de las cosas,
y alcanzas un estado más allá de la analogía:
el movimiento detenido no es movimiento,
y el reposo puesto en movimiento no es reposo.
Cuando no se obtiene más el dualismo,
ni siquiera la unidad misma sigue siendo como tal.
El fin último de las cosas, donde no pueden ir más allá,
no está sujeto a reglas ni medidas:
la mente en armonía con el Método es el principio de la identidad,
en el que hallamos todas las acciones en un estado de quietud;
las irresoluciones son descartadas por completo,
y la fe recta es restablecida en su rectitud genuina.
Así nada es retenido,
nada es memorizado,
todos es vacío, lúcido, auto-iluminativo.
No hay mancha, ni ejercicio, ni derroche de energía:
he aquí donde jamás alcanza el pensamiento,
he aquí donde la imaginación fracasa en sus mediciones.
En el reino superior de la Talidad Verdadera
no hay "otro" ni "yo".
Cuando se pide una identificación directa
sólo podemos decir: "No dos".
Al no ser dos todo es lo mismo,
todo lo que es, está comprendido en ello:
los sabios de los diez sectores,
todos entran en esta fe absoluta.
Esta fe absoluta está más allá de la prisa (tiempo) y de la extensión (espacio).
Un instante es diez mil años.
No interesa cómo están condicionadas las cosas, ya sea con "ser" o "no ser",
eso se manifiesta por doquier ante ti.
Lo infinitamente pequeño es tan grande como grande puede ser,
cuando se olvidan las condiciones externas;
lo infinitamente grande es tan pequeño como pequeño puede ser,
cuando se ponen fuera de la vista límites objetivos.
Lo que es lo mismo con lo que no lo es,
lo que no es lo mismo con lo que es:
donde no pueda obtenerse este estado de cosas,
asegúrate de no entretenerte.
Uno en todos,
todos en uno…
Si sólo se comprende esto,
¡No te preocupes más por no ser perfecto!.
La mente creyente no está dividida,
e indivisa es la mente creyente…
He aquí donde fallan las palabras,
pues esto no pertenece al pasado, al futuro ni al presente.
* * *
HOKYO ZAN MAI (Samadhi del Espejo del Tesoro)
(Maestro Tozan, 807 – 869. La Práctica Del Zen, de Taisen Deshimaru).
Sin error, sin duda, así es el Dharma.
Buda y los maestros de la transmisión no hablaron de él.
Ahora podéis obtenerlo.
Por eso, os lo ruego, conservadlo intacto.
La nieve blanca
se amontona en la bandeja de plata.
La luz de la luna envuelve a la garza blanca.
Son parecidas,
pero no idénticas.
Se funden íntimamente,
pero cada una comprende su estado.
La conciencia no es lenguaje.
Si se presenta la ocasión
también hay que pasar por esto.
Turbado por las palabras,
te precipitas en el abismo.
En desacuerdo con las palabras,
topas con el límite de la duda.
Salir al encuentro,
tocar.
Ni una ni otra cosa valen,
es como una bola de fuego.
Expresarse
con lenguaje adornado
es desvirtuar.
La medianoche
es luz verdadera,
el alba
no es claro
Aun cuando no sea sin conciencia,
no es sin lenguaje.
Pero si es inconsciente,
se hace lenguaje.
Es como mirarte en un espejo:
la forma y el reflejo cara a cara.
Tú no eres el reflejo,
pero el reflejo es tú.
El bebé está en el mundo
bajo cinco condiciones:
no va ni viene,
no llega de pronto…
no es amo de quedarse….
no habla….baba wawa…
Por último, no puede obtener
el objeto deseado,
pues su lenguaje no es justo.
Las seis líneas del hexagrama del shuri
deciden el juego mutuo.
Sin embargo, la causa de se establezca
el tres resulta ser el cinco.
Como los cinco sabores de la planta chisso
Es igual que un cetro de diamante
Cuando lo derecho y lo oblicuo
se hallan y pellizcan
(como las piernas en loto),
danse maravillosamente
pregunta y respuesta confundidas.
Intimo con el origen
familiar con la Vía.
Si hay mezcla,
hay felicidad.
Pero no debemos cometer
error alguno.
Es inocente y misterioso,
no pertenece a la ilusión
ni al satori.
La ley de la interdependencia y la ocasión
pueden realizarse en la claridad
y el silencio del corazón.
El microcosmos penetra en el infinito.
El límite del macrocosmos
es el propio límite del cosmos.
La creación de una diferencia,
incluso ínfima,
no puede armonizarse
con el ritmo de la música.
Tenemos ahora lo súbito y lo gradual,
el Zen se hace sección,
una medida para las comparaciones.
A pesar de la comprensión a través de las sectas
y de la realización de la idea, hay una
mancha en el verdadero satori.
En el exterior, la calma.
En el interior, el movimiento.
Como el caballo trabado
y el ratón escondido.
Todos los maestros de la transmisión
se han afligido en lo tocante a este punto,
por eso sienten la necesidad de brindar el dharma.
Todos van tras ilusiones erróneas,
por eso se confunde el blanco con el negro.
Cuando la ilusión se desvanece, en el mismo
instante cada uno puede comprenderse a sí mismo.
Si deseáis adaptaros, pisad
las viejas huellas transmitidas.
Os lo ruego, estudiad con atención
el ejemplo de los ancianos precedentes.
El árbol ha sido observado durante diez millones de años
para alcanzar la vía de Buda.
Como la debilidad del tigre,
como los ojos nocturnos del caballo.
Por su complejo de inferioridad,
que les hace ver los objetos
como si fueran un raro tesoro,
y puesto que los hombres tienen el horror en su espíritu,
el maestro ha de convertirse en gato
o en buey blanco.
El maestro de tiro con arco,
gracias a su elevada y justa técnica
puede dar en el blanco
incluso a la mayor de las distancias.
Pero si flecha y lanza chocan en pleno vuelo,
la más elevada técnica pierde toda su eficacia.
Canta el hombre de madera,
la mujer de piedra se levanta y baila.
Los súbditos deben obedecer al rey,
el hijo ha de seguir al padre.
No seguir no es el deber filial del hijo,
no obedecer no es ser un verdadero seguidor.
La acción oculta, secreta,
íntimamente utilizada,
parecerá limitada y estúpida.
Su nombre es la causa de la causa,
y es lo único que triunfa.
* * *
MAHAMUDRA
(Niguma, monja tibetana, fundadora del linaje Shangpa de la orden Kagyu.)
No hagas absolutamente nada con la mente
Reside auténticamente, en un estado natural.
Nuestra mente, sin perturbaciones, es realidad.
La clave está en meditar sin flaquear;
Experimenta la gran realidad mas allá de los extremos.
En un Océano lúcido,
Las burbujas nacen y mueren una y otra vez.
De la misma forma, los pensamientos no son diferentes de la gran realidad.
No encuentres faltas; permanece tranquilo.
Cualquiera cosa que nazca, cualquiera cosa que ocurra,
No te apeges, déjala libre en el lugar.
Las apariencias, los sonidos, y los objetos son nuestra mente;
No existe; nada excepto nuestra mente.
La mente esta más allá de los extremos, del nacer y del morir.
La naturaleza de la mente es estar despierta,
Utiliza los cinco sentidos, pero no se aparta de la realidad.
En el estado de equilibrio cósmico
No hay nada que practicar o abandonar
No hay meditación o periodos de práctica.
* * *
EL SAMADHI DEL GRANERO DE LA GRAN SABIDURIA.
(Maestro Ejo. El Zen, de Dogen, de Taisen Deshimaru)
Siento un profundo respeto, que nace desde lo más recóndito de mi compasión, por
vosotros que continuáis la práctica de zazen en el estado de espíritu que voy a describir:
sin intentar obtener nada, sin ninguna meta; sin dejaros influir por vuestra inteligencia
personal; sin mostrar suficiencia por la experiencia que habéis adquirido en el doyo.
Con toda la energía de vuestro cuerpo y de vuestro espíritu, penetrad totalmente en
komyozo, sin daros vuelta hacia atrás para mirar el tiempo.
No busquéis el satori. No escuchéis los fenómenos ilusorios (mayoi):
No detestéis los pensamientos que aparecen, tampoco los améis, y, sobre todo, no los
mantengáis. De todas maneras, sea lo que sea, debéis practicar la gran postura sentada
aquí y ahora. Si no mantenéis los pensamientos, éstos no vendrán por sí mismos. Si os
abandonáis a la espiración y dejáis que la inspiración venga en un armonioso ir y venir,
no hay más que un zafú bajo el cielo vacío, pesado como una llama.
Si no esperáis nada de lo que hacéis, si no consideráis cosa alguna, podéis cortar con
todo, solamente por zazen.
Aunque los ochenta y cuatro mil bonno (deseos, ilusiones) vayan y vengan, si no les
dais importancia, si los abandonáis a sí mismos, en ese momento, de cada uno de ellos, de
uno tras otro y de todos juntos, podrá surgir el maravilloso misterio del granero de la gran
sabiduría.
No existe solamente el komyo del momento de zazen. También está aquel que, paso a
paso, acto tras acto, os hacer ver progresivamente que cada fenómeno puede realizarse
inmediata, automática, independientemente de vuestra inteligencia propia y de vuestros
pensamientos personales. Tal es la verdadera y auténtica certificación que existe sin molestar
la manifestación de komyo.
Es el poder espiritual del no actuar por la luz que se ilumina por sí misma. Este komyo
es originariamente no sustancia, no existencia. Por ello, aunque muchos Budas lo realicen
en este mundo, no son de este mundo. Y, estando en el nirvana, no están en el nirvana.
En el instante de vuestro nacimiento, komyo no existía. En el de vuestra muerte, no
desaparecerá.
Desde el punto de vista de Buda, no aumenta. Desde el punto de vista de los sentidos,
no disminuye.
Así como cuando tenéis ilusiones o dudas, no podéis hacer la pregunta correcta, cuando
tenéis el satori no podéis expresarlo. En ningún momento consideréis nada con vuestra
conciencia personal. Durante las veinticuatro horas del día, tened la calma y la gran tranquilidad
de los muertos. No penséis en nada por vosotros mismos. Así, al practicar la espiración
y la inspiración, vuestra naturaleza profunda y vuestra naturaleza sensitiva, inconsciente
y naturalmente, serán no saber, no comprensión.
Entonces, todo podrá volverse naturalmente calmo, esplendor de komyo, en la unidad
del espíritu y del cuerpo. Por eso, cuando lo llamamos, debería responder rápidamente.
Un solo y mismo komyo armoniza en un todo a la gente del satori y la de las ilusiones.
Así, aunque os pongáis en movimiento, este último no debería perturbaros. Y el bosque,
las flores, las briznas de hierba, los animales, los seres humanos, todos los fenómenos (ya
sean largos, cortos, cuadrados o redondos) podrán realizarse inmediata, automática,
pendientemente de vuestra inteligencia propia y de la acción personal de vuestro pensamiento.
No estéis apegados ni a las ropas ni al alimento ni a la casa. No sucumbáis al deseo
sensual o al apego del amor que son prácticas animales.
Inútil interrogar a los demás sobre komyo, pues su komyo no tiene utilidad alguna para
vosotros.
En el origen, este samadhi es el santo doyo, el océano de todos los Budas. Es entonces
el más grande y el más santo de todos los asientos transmitidos directamente de Buda en
Buda a través de la santa práctica universal. Puesto que ahora sois discípulos de Buda,
debéis hacer zazen tranquilamente en su asiento.
No os sentéis en el zafú infernal, el zafú gaki, animal o asura, ni tampoco en el de los
shomon o de los engaku. Practicad solamente shikantaza. No perdáis el tiempo. Es lo que
se llama el auténtico espíritu del doyo, el verdadero komyo samadhi, el maravilloso y espléndido
satori.
Este texto sólo debe ser leído por los verdaderos discípulos del Maestro Dogen, aquellos
que están autorizados a entrar en su habitación.
Lo he escrito para mis compañeros de zazen, para que no haya puntos de vista erróneos,
para perfeccionarme a mí mismo y para educar a los demás.
Escrito por Ejo, bajo el reinado del emperador Gouta. Con el más
profundo respeto, en el templo Eihei-ji el 28 de agosto de 1278.
* * *
MONDÓS ZEN
PREGUNTA TÓPICA: ¿Cuál es el significado de la llegada del Primer Patriarca
desde Oeste?
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTAS:
“¿Por qué no se lo preguntáis a vuestra propia mente?”. Respondió el maestro.
Pregunta: “¿Cuál es nuestra mente, señor?”.
Respuesta: “Debéis contemplar el accionar secreto?”.
Pregunta: “¿Cuál es el accionar secreto, señor?.”
El maestro se limitó a abrir y cerrar los ojos, en vez de dar alguna explicación verbal.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Cuando entiendes, no entiende; cuando dudas, no se duda”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Es aquello que ni se entiende ni se duda, además no se duda ni se entiende”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Si hubiese algún significado, nadie se salvaría siquiera a sí mismo”.
Pregunta: “Si aquí no hay significado alguno, ¿cuál es la verdad que se dice alcanzó el
segundo patriarca con Bodhidharma?”.
Respuesta: “Lo que se denomina ‘alcanzó’”, dijo el maestro, “en realidad en ‘no alcanzó’”.
Pregunta: “Si este es el caso, ¿cuál es el significad de ‘no alcanzó’?”.
Respuesta: “Precisamente porque tu mente está siempre corriendo detrás de todos los
objetos que se le presentan y no sabe dónde refrenarse, el patriarca declaró que eres el necio
que busca otra cabeza sobre la suya propia. Si vuelcas tu luz dentro de ti mismo, como
se te dijo que hagas, sin demora, y reflexionas, y cesas de buscar las cosas externas, comprenderás
que tu mente y las de los Budas y patriarcas no difieren recíprocamente. Cuando
llegues de esa manera a un estado de no hacer nada, se dice que alcanzaste la verdad”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Supón que un hombre está en el fondo de un pozo de mil pies de profundidad; si pudieses
sacarlo sin usar un trozo de soga, te daría la respuesta sobre el significado de la visita
de nuestro Patriarca aquí”.
Preguntado después acerca de la solución por un niño sirviente del templo, el maestro
dijo:
“¿Por qué, tonto, quién está en el pozo?”.
Vuelto a interrogar sobre el mismo punto, pasado el tiempo, por el mismo niño sirviente,
el maestro le respondió llamándole por su nombre:
“¡Hui-chi!”.
“¡Si, maestro!”. Respondió.
“¡Mira! ¡Estás afuera!”, le dijo el maestro.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTAS:
“Cuando pruebas vinagre, sabes que es ácido; cuando pruebas la sal, sabes que es salada”.
“En el lomo del asno moribundo hay demasiadas moscas”.
“Hoy y mañana”.
“El pelo de una tortuga de una pulgada de largo, pesa siete libras”.
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“El viento portador de escarcha hace que caigan las hojas del bosque”.
“¿Qué significa eso?, preguntó el discípulo.
“Cuando llega la primavera brotan de nuevo”. Fue la respuesta.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“¡Una piedra solitaria en el aire!”.
El discípulo hizo una reverencia en silencio, y el maestro le preguntó:
“¿Entiendes?”.
“No, señor”.
“Es afortunado que no entiendas, dijo el maestro; si hubieses entendido, es seguro que
tu cabeza se hubiese roto en pedazos”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Ahora precisamente estoy ocupado, oh venerable monje; ven en otra ocasión”.
Pero cuando el monje discípulo estaba a punto de marcharse, el maestro llamó: “¡Venerable
monje!”, y el monje se volvió.
“¿De qué se trata?”, preguntó el maestro.
De inmediato el discípulo entendió el significado e hizo reverencias, entonces el
maestro efectuó otra observación: “¿De qué sirve hacer reverencias, cofrade testarudo?”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“¿Qué es eso que llamas significado?”.
“De ser así, ¿no hay significado en esta llegada del Patriarca desde el Oeste?”, dijo el
consultante.
“Eso proviene de la punta de tu lengua”, dijo el maestro.
* * *
PREGUNTAS (MIENTRAS SE MUESTRA UN PALO O CAYADO):
“No llaméis palo a esto; si lo hacéis afirmáis. Tampoco neguéis que es un palo; si lo
hacéis, negáis. Aparte de la afirmación y la negación, ¡hablad, hablad!.”
Sólo un monje salió de entre la concurrencia y, quitándole el palo al maestro, lo arrojó
al suelo.
* * *
“¿Qué es esto?. Si decís que es un cayado, váis derecho al infierno; pero si no es un
cayado, ¿qué es?.”
* * *
El maestro poniendo su vara ahorquillada en el cuello del discípulo:
“¿Qué demonio te enseñó a ser un monje sin hogar? ¿Qué demonio te enseñó a andar
errante?. Ya sea que digas algo o que no digas nada, lo mismo has de morir bajo mi horquilla:
¿habla, habla, sé rápido!”
* * *
El maestro blandiendo su vara, tras preguntar a un discípulo:
“¡No importa lo que digas o lo que no digas, lo mismo tendrás treinta golpes!”.
* * *
OTRAS:
Un discípulo y el maestro tomando té. El discípulo:
¿Qué significa cuando dicen que a pesar de tenerlo todo el día no lo conocemos?.
El maestro, en silencio, le ofreció un trozo de pastel de arroz. Después de comerlo, el
discípulo repitió la pregunta, y, entonces, le dijo el maestro:
No lo conocemos aunque lo usamos todos los días.
* * *
Preguntado acerca de cómo ingresar en el sendero de la verdad, el maestro respondió:
“¿Oyes el murmullo de la fuente?.”
“Si, lo oigo”, dijo el discípulo.
“Hay un modo de ingresar”, concluyó el maestro.
* * *
viernes, 6 de junio de 2008
JAPON -- EL NACIMIENTO DEL JAPON
JAPON
EL NACIMIENTO DEL JAPON
_
En el principio, tras la formación del cielo y de la Tierra, tres dioses se crearon a sí mismos y se escondieron
en el cielo. Entre este y la Tierra apareció algo con aspecto de un brote de junco, y de él nacieron dos dioses,
que también se escondieron. Otros siete dioses nacieron de la misma manera, y los últimos se llamaron
Izanagi e Izanami.
_
IZANAGI E IZANAMI
Fueron encargados por los demás dioses de formar las islas japonesas. Estos hundieron una jabalina adornada
con piedras preciosas en el mar inferior, la agitaron y al sacarla, las gotas que de ella resbalaban formaron la
isla de Onokoro. Descendiendo de los cielos, Izanagi e Izanami resolvieron construir allí su hogar, así que
clavaron la jabalina en el suelo para formar el Pilar Celestial.
Descubrieron que sus cuerpos estaban formados de manera diferente, por lo que Izanagi preguntó a su esposa
Izanami si sería de su agrado concebir más tierra para que de ella nacieran más islas. Como ella accedió,
ambos inventaron un matrimonio ritual; cada uno tenía que rodear el Pilar Celestial andando en direcciones
opuestas. Cuando se encontraron, Izanami exclamó: "¡Que encantador! ¡He encontrado un hombre
atractivo!", y a continuación hicieron el amor.
En lugar de parir una isla, Izanami dio a luz a un malforme niño-sanguijuela al que lanzaron al mar sobre un
bote hecho de juncos. Después se dirigieron a los dioses para pedir consejo, y estos les explicaron que el error
estaba en el ritual del matrimonio, ya que ella no debía de haber hablado primero la encontrarse alrededor del
Pilar, pues no es propio de la mujer iniciar la conversación. Así pues, ambos repitieron el ritual, pero esta vez
Izanagi habló primero, y todo salió según sus deseos.
Con el tiempo, Izanagi concibió todas las islas que forman el Japón, creando, además, dioses para embellecer
las islas, y después hicieron dioses del viento, de los árboles, de los ríos y de las montañas, con lo que su obra
quedó completa. El último dios nacido de Izanami fue el dios del fuego, cuyo alumbramiento produjo tan
graves quemaduras en los genitales de la diosa que murió. Y todavía, mientras moría, nacieron más dioses a
partir de su vómito, su orina y sus excrementos. Izanagi estaba tan furioso que le cortó la cabeza al dios del
fuego, pero las gotas de sangre que cayeron a la Tierra dieron vida a nuevas deidades.
_
EL MAS ALLA
Tras la muerte de Izanami, Izanagi quiso seguirla en su viaje a Yomi, la región de los muertos, pero ya era
demasiado tarde. Cuando llegó allí, Izanami ya había comido en Yomi, lo que hacía imposible su vuelta al
mundo de los vivos. La diosa pidió a su esposo que esperase pacientemente mientras ella discutía con los
demás dioses si era o no posible su retorno al mundo, pero Izanagi no fue capaz; Impa ciente, rompió una
punta de la peineta que llevaba, la prendió fuego, para que le sirviese de antorcha y después entró en la sala.
Lo que vió allí fue espantoso: los gusanos se retorcían ruidosamente en el cuerpo putrefacto de Izanami.
Izanagi quedó aterrado al contemplar la visión del cuerpo de Izanami, por lo que dio media vuelta y salió
huyendo de allí. Encolerizada por la desobediencia de su marido, Izanami envió tras él a las brujas de Yomi y
a los fantasmas del lugar, pero Izanagi pudo despistarlos haciendo uso de sus trucos mágicos. Cuando por fin
llegó a la frontera que separa el mundo de los muertos del de los vivos, Izanagi lanzó a sus perseguidores tres
melocotones que allí encontró, retirándose las brujas y fantasmas a toda prisa.
Finalmente, fue la propia Izanami quien salió en persecución de Izanagi. Este colocó una gigantesca roca en
el paso que unía Yomi con el mundo de los vivos, de modo que Izanami y él se vieron uno a cada lado del
enorme obstáculo. Izanami dijo entonces: "Oh, mi amado marido, si así actuas haré que mueran cada dia mil
de los vasallos de tu reino", a lo que Izanagi contestó "Oh, mi amada esposa, si tales cosas haces yo daré
nacimiento cada día a mil quinientos". Finalmente llegaron a un acuerdo, mediante el cual la cifra de
nacimientos y fallecimientos se mantienen en la misma proporción. Ella le dijo que debía aceptar su muerte y
él prometió no volver a visitarla. Entonces ambos declararon el fín de su matrimonio. Esta separación
significó el comienzo de la muerte para todos los seres.
_
LA CREACION DE LOS DIOSES MAYORES
Izanagi se sometió entonces a un proceso de purificación para librarse de la suciedad que pudiera haber
contaminado su cuerpo durante el descenso al mundo inferior. Llegó a la llanura junto a la desembocadura del
río y se libró de sus ropas y de todo cuanto llevaba. Y allí donde dejaba caer una prenda o un objeto, del suelo
salía una deidad. Y nuevos dioses se iban creando a medidad que Izanagi entraba en el agua para limpiar su
cuerpo. Finalmente, cuando lavó su cara fueron creados los dioses más importantes del panteón japonés; Al
secar su ojo izquierdo apareció Amaterasu, la diosa Sol; de su ojo izquierdo nació la diosa Luna, Tsuki-yomi;
El dios de la tormenta, Susano, fue engendrado de su nariz.
Izanagi decidió entonces dividir el mundo entre sus hijos. Encargó a Amaterasu el gobierno del cielo, a
Tsuki-yomi el de la noche ya Susano el cuidado de los mares. Pero este último dijo que prefería ir al mundo
inferior con su madre, así que Izanagi lo desterró y después se retiró del mundo para vivir en el alto cielo.
_
EL ENGAÑO DE SUSANO
Antes de ser desterrado a Yomi, Susano quiso despedirse de Amaterasu, pero en realidad quería traicionarla
ya que estaba celoso de la belleza y preeminencia de su hermana. Amaterasu, recelosa de la actitud de su
hermano, se armó con un arco y flechas antes de acudir a la cita, pero Susano se mostró realmente encantador
y acabó cautivando a la diosa con la sugerencia de engendrar hijos juntos como prueba de buena fe.
Amaterasu accedió, pero antes exigió que le entregase su espada, que inmediatamente quebró con su boca en
tres pedazos, mientras de su aliento salían tres diosas. Susano pidió a Amaterasu cinco collares, los cuales
masticó para engendrar otros tantos dioses.
Al momento se entabló una discusión entre ambos por la custodia de los hijos, pues Amaterasu los reclamaba
como suyos al haber sido formados de sus propias joyas. Su hermano, sin embargo, creyó haber engañado a
la diosa y lo celebró rompiendo las paredes que contenían los campos de arroz, bloqueando los canales de
irrigación y defecando en el templo donde había de celebrarse el festival de la cosecha. Su desconcertante
comportamiento es el germen de la enemistad que nació entre los dos dioses. Susano, a pesar de haber sido
desterrado, se quedó merodeando por la Tierra y el cielo.
_
LA DESAPARICION DEL SOL
Un día, mientras Amaterasu se encontraba tejiendo ropas para los dioses, Susano arrojó un caballo desollado
que atravesó el tejado de la sala en la que la diosa y sus ayudantes trabajaban. Una de ellas se asustó de tal
modo que se pinchó con la aguja y murió. Y tan atemorizada quedó la propia diosa que después de aquello se
escondió en una cueva y bloqueó la entrada con una enorme piedra. Sin la diosa Sol, el mundo quedó sumido
en la oscuridad y el caos.
Una asamblea de ochocientas deidades se reunió para hallar la manera de sacar a Amaterasu de la cueva.
Decidieron que la única manera de lograrlo sería excitando su curiosidad, así que decoraron un árbol con
ofrendas y joyas, encendieron fuego y danzaron al ritmo de los tambores, y alabaron la belleza de otra diosa,
para provocar sus celos. Colocaron un espejo mágico a la entrada de la cueva, llevaron gallos al lugar para
que cantaran y persuadieron a la diosa de la aurora, Amo No Uzume, para que bailara. En un momento de
abandono, la diosa empezó a quitarse las ropas, para solaz del resto de los dioses, que la llamaron "terrible
hembra del cielo".
Como esperaban, Amaterasu se asomó a la entrada de la cueva para averiguar qué estaba sucediendo. Los
dioses respondieron que estaban celebrando una fiesta porque habían encontrado a su sucesora y que esta era
incluso mejor que la propia Amaterasu. Sin pensarlo, la diosa salió de la cueva y vió su reflejo en el espejo
mágico. En ese momento, el dios Tajikawa la agarró, obligándola a salir de su escondite y bloqueando la
entrada para impedir que volviera a desapareer. La vida volvió a la naturaleza y desde aquel momento el
mundo ha conocido el ciclo normal del día y la noche. El espejo fue confiado al mítico primer Emperador de
Japón, descendiente directo de la diosa, como prueba de su divino poder.
Los ochocientos dioses castigaron a Susano cortando su barba y bigote, arrancándole las uñas de las manos y
los pies, y arrojándole del cielo. Fue entonces cuando el dios comenzó su vida errante y vagabunda por la
Tierra.
_
CONCLUSION
Los mitos de la creación de Japón hacen referencia directa a un buen número de deidades y tienen su origen
en antiguas religiones folclóricas de la región. Por muy importantes que sean, los dioses del Sol, la Luna y las
estrellas no están solos en los cielos. A ellos se une un enorme número de espíritus menores de ancestrales
raíces, los kami, los budas y bodhisattvas, todos ellos conviviendo pacíficamente.
EL NACIMIENTO DEL JAPON
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En el principio, tras la formación del cielo y de la Tierra, tres dioses se crearon a sí mismos y se escondieron
en el cielo. Entre este y la Tierra apareció algo con aspecto de un brote de junco, y de él nacieron dos dioses,
que también se escondieron. Otros siete dioses nacieron de la misma manera, y los últimos se llamaron
Izanagi e Izanami.
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IZANAGI E IZANAMI
Fueron encargados por los demás dioses de formar las islas japonesas. Estos hundieron una jabalina adornada
con piedras preciosas en el mar inferior, la agitaron y al sacarla, las gotas que de ella resbalaban formaron la
isla de Onokoro. Descendiendo de los cielos, Izanagi e Izanami resolvieron construir allí su hogar, así que
clavaron la jabalina en el suelo para formar el Pilar Celestial.
Descubrieron que sus cuerpos estaban formados de manera diferente, por lo que Izanagi preguntó a su esposa
Izanami si sería de su agrado concebir más tierra para que de ella nacieran más islas. Como ella accedió,
ambos inventaron un matrimonio ritual; cada uno tenía que rodear el Pilar Celestial andando en direcciones
opuestas. Cuando se encontraron, Izanami exclamó: "¡Que encantador! ¡He encontrado un hombre
atractivo!", y a continuación hicieron el amor.
En lugar de parir una isla, Izanami dio a luz a un malforme niño-sanguijuela al que lanzaron al mar sobre un
bote hecho de juncos. Después se dirigieron a los dioses para pedir consejo, y estos les explicaron que el error
estaba en el ritual del matrimonio, ya que ella no debía de haber hablado primero la encontrarse alrededor del
Pilar, pues no es propio de la mujer iniciar la conversación. Así pues, ambos repitieron el ritual, pero esta vez
Izanagi habló primero, y todo salió según sus deseos.
Con el tiempo, Izanagi concibió todas las islas que forman el Japón, creando, además, dioses para embellecer
las islas, y después hicieron dioses del viento, de los árboles, de los ríos y de las montañas, con lo que su obra
quedó completa. El último dios nacido de Izanami fue el dios del fuego, cuyo alumbramiento produjo tan
graves quemaduras en los genitales de la diosa que murió. Y todavía, mientras moría, nacieron más dioses a
partir de su vómito, su orina y sus excrementos. Izanagi estaba tan furioso que le cortó la cabeza al dios del
fuego, pero las gotas de sangre que cayeron a la Tierra dieron vida a nuevas deidades.
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EL MAS ALLA
Tras la muerte de Izanami, Izanagi quiso seguirla en su viaje a Yomi, la región de los muertos, pero ya era
demasiado tarde. Cuando llegó allí, Izanami ya había comido en Yomi, lo que hacía imposible su vuelta al
mundo de los vivos. La diosa pidió a su esposo que esperase pacientemente mientras ella discutía con los
demás dioses si era o no posible su retorno al mundo, pero Izanagi no fue capaz; Impa ciente, rompió una
punta de la peineta que llevaba, la prendió fuego, para que le sirviese de antorcha y después entró en la sala.
Lo que vió allí fue espantoso: los gusanos se retorcían ruidosamente en el cuerpo putrefacto de Izanami.
Izanagi quedó aterrado al contemplar la visión del cuerpo de Izanami, por lo que dio media vuelta y salió
huyendo de allí. Encolerizada por la desobediencia de su marido, Izanami envió tras él a las brujas de Yomi y
a los fantasmas del lugar, pero Izanagi pudo despistarlos haciendo uso de sus trucos mágicos. Cuando por fin
llegó a la frontera que separa el mundo de los muertos del de los vivos, Izanagi lanzó a sus perseguidores tres
melocotones que allí encontró, retirándose las brujas y fantasmas a toda prisa.
Finalmente, fue la propia Izanami quien salió en persecución de Izanagi. Este colocó una gigantesca roca en
el paso que unía Yomi con el mundo de los vivos, de modo que Izanami y él se vieron uno a cada lado del
enorme obstáculo. Izanami dijo entonces: "Oh, mi amado marido, si así actuas haré que mueran cada dia mil
de los vasallos de tu reino", a lo que Izanagi contestó "Oh, mi amada esposa, si tales cosas haces yo daré
nacimiento cada día a mil quinientos". Finalmente llegaron a un acuerdo, mediante el cual la cifra de
nacimientos y fallecimientos se mantienen en la misma proporción. Ella le dijo que debía aceptar su muerte y
él prometió no volver a visitarla. Entonces ambos declararon el fín de su matrimonio. Esta separación
significó el comienzo de la muerte para todos los seres.
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LA CREACION DE LOS DIOSES MAYORES
Izanagi se sometió entonces a un proceso de purificación para librarse de la suciedad que pudiera haber
contaminado su cuerpo durante el descenso al mundo inferior. Llegó a la llanura junto a la desembocadura del
río y se libró de sus ropas y de todo cuanto llevaba. Y allí donde dejaba caer una prenda o un objeto, del suelo
salía una deidad. Y nuevos dioses se iban creando a medidad que Izanagi entraba en el agua para limpiar su
cuerpo. Finalmente, cuando lavó su cara fueron creados los dioses más importantes del panteón japonés; Al
secar su ojo izquierdo apareció Amaterasu, la diosa Sol; de su ojo izquierdo nació la diosa Luna, Tsuki-yomi;
El dios de la tormenta, Susano, fue engendrado de su nariz.
Izanagi decidió entonces dividir el mundo entre sus hijos. Encargó a Amaterasu el gobierno del cielo, a
Tsuki-yomi el de la noche ya Susano el cuidado de los mares. Pero este último dijo que prefería ir al mundo
inferior con su madre, así que Izanagi lo desterró y después se retiró del mundo para vivir en el alto cielo.
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EL ENGAÑO DE SUSANO
Antes de ser desterrado a Yomi, Susano quiso despedirse de Amaterasu, pero en realidad quería traicionarla
ya que estaba celoso de la belleza y preeminencia de su hermana. Amaterasu, recelosa de la actitud de su
hermano, se armó con un arco y flechas antes de acudir a la cita, pero Susano se mostró realmente encantador
y acabó cautivando a la diosa con la sugerencia de engendrar hijos juntos como prueba de buena fe.
Amaterasu accedió, pero antes exigió que le entregase su espada, que inmediatamente quebró con su boca en
tres pedazos, mientras de su aliento salían tres diosas. Susano pidió a Amaterasu cinco collares, los cuales
masticó para engendrar otros tantos dioses.
Al momento se entabló una discusión entre ambos por la custodia de los hijos, pues Amaterasu los reclamaba
como suyos al haber sido formados de sus propias joyas. Su hermano, sin embargo, creyó haber engañado a
la diosa y lo celebró rompiendo las paredes que contenían los campos de arroz, bloqueando los canales de
irrigación y defecando en el templo donde había de celebrarse el festival de la cosecha. Su desconcertante
comportamiento es el germen de la enemistad que nació entre los dos dioses. Susano, a pesar de haber sido
desterrado, se quedó merodeando por la Tierra y el cielo.
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LA DESAPARICION DEL SOL
Un día, mientras Amaterasu se encontraba tejiendo ropas para los dioses, Susano arrojó un caballo desollado
que atravesó el tejado de la sala en la que la diosa y sus ayudantes trabajaban. Una de ellas se asustó de tal
modo que se pinchó con la aguja y murió. Y tan atemorizada quedó la propia diosa que después de aquello se
escondió en una cueva y bloqueó la entrada con una enorme piedra. Sin la diosa Sol, el mundo quedó sumido
en la oscuridad y el caos.
Una asamblea de ochocientas deidades se reunió para hallar la manera de sacar a Amaterasu de la cueva.
Decidieron que la única manera de lograrlo sería excitando su curiosidad, así que decoraron un árbol con
ofrendas y joyas, encendieron fuego y danzaron al ritmo de los tambores, y alabaron la belleza de otra diosa,
para provocar sus celos. Colocaron un espejo mágico a la entrada de la cueva, llevaron gallos al lugar para
que cantaran y persuadieron a la diosa de la aurora, Amo No Uzume, para que bailara. En un momento de
abandono, la diosa empezó a quitarse las ropas, para solaz del resto de los dioses, que la llamaron "terrible
hembra del cielo".
Como esperaban, Amaterasu se asomó a la entrada de la cueva para averiguar qué estaba sucediendo. Los
dioses respondieron que estaban celebrando una fiesta porque habían encontrado a su sucesora y que esta era
incluso mejor que la propia Amaterasu. Sin pensarlo, la diosa salió de la cueva y vió su reflejo en el espejo
mágico. En ese momento, el dios Tajikawa la agarró, obligándola a salir de su escondite y bloqueando la
entrada para impedir que volviera a desapareer. La vida volvió a la naturaleza y desde aquel momento el
mundo ha conocido el ciclo normal del día y la noche. El espejo fue confiado al mítico primer Emperador de
Japón, descendiente directo de la diosa, como prueba de su divino poder.
Los ochocientos dioses castigaron a Susano cortando su barba y bigote, arrancándole las uñas de las manos y
los pies, y arrojándole del cielo. Fue entonces cuando el dios comenzó su vida errante y vagabunda por la
Tierra.
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CONCLUSION
Los mitos de la creación de Japón hacen referencia directa a un buen número de deidades y tienen su origen
en antiguas religiones folclóricas de la región. Por muy importantes que sean, los dioses del Sol, la Luna y las
estrellas no están solos en los cielos. A ellos se une un enorme número de espíritus menores de ancestrales
raíces, los kami, los budas y bodhisattvas, todos ellos conviviendo pacíficamente.
martes, 13 de mayo de 2008
Yasunari Kawabata -- UN BRAZO
Yasunari Kawabata
Un brazo
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-Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche -dijo la muchacha. Se quitó el brazo derecho desde el hombro y, con la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla.
-Gracias -me miré la rodilla. El calor del brazo la penetraba.
-Pondré el anillo. Para recordarte que es mío -sonrió y levantó el brazo izquierdo a la altura de mi pecho-. Por favor -con un solo brazo era difícil para ella quitarse el anillo.
-¿Es un anillo de pedida?
-No, un regalo. De mi madre.
Era de plata, con pequeños diamantes engarzados.
-Tal vez se parezca a un anillo de pedida, pero no me importa. Lo llevo, y cuando me lo quito es como si estuviera abandonando a mi madre.
Levanté el brazo que tenía sobre la rodilla, saqué el anillo y lo deslicé en el anular.
-¿En éste?
-Sí -asintió ella-. Parecería artificial si no se doblan los dedos y el codo. No te gustaría. Deja que los doble por ti.
Tomó el brazo de mi rodilla y, suavemente, apretó los labios contra él. Entonces los posó en las articulaciones de los dedos.
-Ahora se moverán.
-Gracias -recuperé el brazo-. ¿Crees que me hablará? ¿Me dirigirá la palabra?
-Sólo hace lo que hacen los brazos. Si habla, me dará miedo tenerlo de nuevo. Pero inténtalo, de todos modos. Al menos debería escuchar lo que digas, si eres bueno con él.
-Seré bueno con él.
-Hasta la vista -dijo, tocando el brazo derecho con la mano izquierda, como para infundirle un espíritu propio-. Eres suyo, pero sólo por esta noche.
Cuando me miró, parecía contener las lágrimas.
-Supongo que no intentarás cambiarlo con tu propio brazo -dijo-. Pero no importa. Adelante, hazlo. -Gracias.
Puse el brazo dentro de mi gabardina y salí a las calles envueltas por la bruma. Temía ser objeto de extrañeza si tomaba un taxi o un tranvía. Habría una escena si el brazo, ahora separado del cuerpo de la muchacha, lloraba o profería una exclamación.
Lo sostenía contra mi pecho, hacia el lado, con la mano derecha sobre la redondez del hombro. Estaba oculto bajo la gabardina, y yo tenía que tocarla de vez en cuando con la mano izquierda para asegurarme de que el brazo seguía allí. Probablemente no me estaba asegurando de la presencia del brazo sino de mi propia felicidad.
Ella se había quitado el brazo en el punto que más me gustaba. Era carnoso y redondo; ¿estaría en el comienzo del hombro o en la parte superior del brazo? La redondez era la de una hermosa muchacha occidental, rara en una japonesa. Se encontraba en la propia muchacha, una redondez limpia y elegante como una esfera resplandeciente de una luz fresca y tenue. Cuando la muchacha ya no fuese pura, aquella gentil redondez se marchitaría, se volvería fláccida. Al ser algo que duraba un breve momento en la vida de una muchacha hermosa, la redondez del brazo me hizo sentir la de su cuerpo. Sus pechos no serían grandes. Tímidos, sólo lo bastante grandes para llenar las manos, tendrían una suavidad y una fuerza persistentes. Y en la redondez del brazo yo podía sentir sus piernas mientras caminaba. Las movería grácilmente, como un pájaro pequeño o una mariposa trasladándose de flor en flor. Habría la misma melodía sutil en la punta de su lengua cuando besara.
Era la estación para llevar vestidos sin manga. El hombro de la muchacha, recién destapado, tenía el color de la piel poco habituada al rudo contacto del aire. Tenía el resplandor de un capullo humedecido al amparo de la primavera y no deteriorado todavía por el verano. Aquella mañana yo había comprado un capullo de magnolia y ahora estaba en un búcaro de cristal; y la redondez del brazo de la muchacha era como el gran capullo blanco. Su vestido tenía un corte más radical que la mayoría de vestidos sin mangas. La articulación del hombro quedaba al descubierto, así como el propio hombro. El vestido, de seda verde oscuro, casi negro, tenía un brillo suave. La muchacha estaba en la delicada inclinación de los hombros, que formaban una dulce curva con la turgencia de la espalda. Vista oblicuamente desde atrás, la carne de los hombros redondos hasta el cuello largo y esbelto se detenía bruscamente en la base de sus cabellos peinados hacia arriba, y la cabellera negra parecía proyectar una sombra brillante sobre la redondez de los hombros.
Ella había intuido que la consideraba hermosa, y me había prestado el brazo por esta redondez del hombro.
Cuidadosamente oculto debajo de mi gabardina, el brazo de la muchacha estaba más frío que mi mano. Mi corazón desbocado me causaba vértigo, y sabía que tendría la mano caliente. Quería que el calor permaneciera así, pues era el calor de la propia muchacha. Y la fresca sensación que había en mi mano me comunicaba el placer del brazo. Era como sus pechos, aún no tocados por un hombre.
La niebla se espesó todavía más, la noche amenazaba lluvia y mi cabello descubierto estaba húmedo. Oí una radio que hablaba desde la trastienda de una farmacia cerrada. Anunciaba que tres aviones cuyo aterrizaje era impedido por la niebla estaban sobrevolando el aeropuerto desde hacía media hora. Llamó la atención de los radioescuchas hacia el hecho de que en las noches de niebla los relojes podían estropearse, y que en tales noches los muelles tenían tendencia a romperse si se tensaban demasiado. Busqué las luces de los aviones, pero no pude verlas. No había cielo. La presión de la humedad invadía mis oídos, emitiendo un sonido húmedo como el retorcerse de millares de lombrices distantes. Me quedé frente a la farmacia, esperando ulteriores advertencias. Me enteré de que en noches semejantes los animales salvajes del zoológico, leones, tigres, leopardos y demás, rugían su malestar por la humedad, y que no tardaríamos en oírlos. Hubo un bramido como si bramara la tierra. Y entonces supe que las mujeres embarazadas y las personas melancólicas debían acostarse temprano en tales noches, y que las mujeres que perfumaban directamente su piel tendrían dificultades en eliminar después el perfume.
Al oír el rugido de los animales empecé a andar, y la advertencia sobre el perfume me persiguió. Aquel airado rugido me había puesto nervioso, y seguí andando para que mi inquietud no se transmitiera al brazo de la muchacha. Esta no estaba embarazada ni era melancólica, pero me pareció que esta noche en que tenía un solo brazo debía tener en cuenta el consejo de la radio y acostarse temprano. Esperé que durmiera plácidamente.
Mientras cruzaba la calle apreté mi mano izquierda contra la gabardina. Sonó un claxon. Algo me rozó por el lado y tuve que escabullirme. Tal vez la bocina había asustado el brazo. Los dedos estaban crispados.
-No te preocupes -dije-. Estaba muy lejos, no podía vernos. Por eso hizo sonar la bocina.
Como sostenía algo importante para mí, había mirado en ambas direcciones. El sonido del claxon fue tan lejano que pensé que iba dirigido a otra persona. Miré hacia la dirección de donde procedía, pero no pude ver a nadie. Solamente vi los faros, que se convirtieron en una mancha de color violeta pálido. Un color extraño para unos faros. Me detuve en la acera y lo vi pasar. Conducía el coche una mujer vestida de rojo. Me pareció que se volvía hacia mí y me saludaba con la mano. Sentí el deseo de echar a correr, temiendo que la muchacha hubiera venido a recuperar el brazo. Entonces recordé que no podía conducir con uno solo. Pero, ¿acaso la mujer del coche no había visto lo que yo llevaba? ¿No lo habría adivinado con su intuición femenina? Tendría que ser muy cauteloso para no enfrentarme a otra de su sexo antes de llegar a mi apartamento. Las luces de detrás eran también de un color violeta pálido. No distinguí el coche. Bajo la niebla cenicienta, una mancha color de espliego surgió de pronto y desapareció.
«Conduce sin ninguna razón, sin otra razón que la de conducir. Y mientras lo hace, desaparecerá –murmuré para mí mismo-. ¿Y qué era lo que iba sentado en el asiento trasero?»
Nada, al parecer. ¿Sería porque me paseaba llevando brazos de muchachas por lo que me sentía tan nervioso por la vaciedad? El coche conducido por aquella mujer llevaba consigo la pegajosa niebla nocturna. Y algo que había en ella había prestado a los faros un tono ligeramente violeta. Si no era de su propio cuerpo, ¿de dónde procedía aquella luz purpúrea? ¿Podía el brazo que yo ocultaba envolver en vaciedad a una mujer que conducía sola en uña noche semejante? ¿Habría hecho ésta una seña al brazo de la muchacha desde su coche? En una noche así podía haber ángeles y fantasmas por la calle, protegiendo a las mujeres. Tal vez aquélla no iba en un coche, sino en una luz violeta. Su paseo no había sido en vano. Había espiado mi secreto.
Llegué al apartamento sin encuentros ulteriores. Me quedé escuchando ante la puerta. La luz de una luciérnaga pasó sobre mi cabeza y desapareció. Era demasiado grande y demasiado intensa para una luciérnaga. Retrocedí. Pasaron varias luces semejantes a luciérnagas, que desaparecieron incluso antes de que la espesa niebla pudiera absorberlas. ¿Se me habría adelantado un fuego fatuo, una especie de fuego mortífero, para esperar mi regreso? Pero entonces vi que se trataba de un enjambre de pequeñas polillas. Al pasar frente a la luz de la puerta, las alas de las polillas brillaban como luciérnagas. Demasiado grandes para ser luciérnagas, y sin embargo, tan pequeñas, como polillas, que invitaban al error.
Evitando el ascensor automático, me escabullí por las estrechas escaleras hasta el tercer piso. Como no soy zurdo, tuve cierta dificultad en abrir la puerta. Cuanto más lo intentaba, más temblaba mi mano, como si estuviera dominada por el terror que sigue a un crimen. Algo estaría esperándome dentro de la habitación, una habitación donde vivía solo; ¿y no era la soledad una presencia? Con el brazo de la muchacha ya no estaba solo. Y por eso, tal vez, mi propia soledad me esperaba allí para intimidarme.
-Adelante -dije, descubriendo el brazo de la muchacha cuando por fin abrí la puerta-. Bienvenido a mi habitación. Voy a encender la luz.
-¿Tienes miedo de algo? -pareció decir el brazo-. ¿Hay algo aquí dentro?
-¿Crees que puede haberlo?
-Percibo cierto olor.
-¿Olor? Debe ser el tuyo. ¿No ves rastros de mi sombra allí arriba, en la oscuridad? Mira con atención. Quizá mi sombra esperara mi regreso.
-Es un olor dulce.
-¡Ah!, la magnolia -contesté con alivio.
Me alegró que no fuera el olor mohoso de mi soledad. Un capullo de magnolia era digno de mi atractivo huésped. Me estaba acostumbrando a la oscuridad; incluso en plenas tinieblas sabía dónde se encontraba todo.
-Permíteme que encienda la luz -una extraña observación, viniendo del brazo-. Aún no conocía tu habitación.
-Gracias. Me causará una gran satisfacción. Hasta ahora nadie más que yo ha encendido las luces aquí.
Acerqué el brazo al interruptor que hay junto a la puerta. Las cinco luces se encendieron inmediatamente: en el techo, sobre la mesa, junto a la cama, en la cocina y en el cuarto de baño. No me había imaginado que pudieran ser tan brillantes.
La magnolia había florecido enormemente. Por la mañana era un capullo. Podía haberse limitado a florecer, pero había estambres sobre la mesa. Curioso, me fijé más en los estambres que en la flor blanca. Mientras recogía uno o dos y los contemplaba, el brazo de la muchacha, que estaba sobre la mesa, empezó a moverse, con los dedos como orugas, y a recoger los estambres en la mano. Fui a tirarlos a la papelera.
-Qué olor tan fuerte. Me penetra la piel. Ayúdame.
-Debes estar cansado. No ha sido un paseo fácil. ¿Y si descansaras un poco?
Puse el brazo sobre la cama y me senté a su lado. Lo acaricié suavemente.
-Qué bonita. Me gusta -el brazo debía referirse a la colcha, que tenía flores estampadas de tres colores sobre un fondo azul. Algo animado para un hombre que vivía solo-. De modo que aquí es donde pasaremos la noche. Estaré muy quieto.
-¿Ah, sí?
-Permaneceré a tu lado y no a tu lado.
La mano cogió la mía, suavemente. Las uñas, lacadas con minuciosidad, eran de un rosa pálido. Los extremos sobrepasaban con mucho los dedos.
Junto a mis propias uñas, cortas y gruesas, las suyas poseían una belleza extraña, como si no pertenecieran a un ser humano. Con tales yemas de los dedos, quizás una mujer trascendiera la mera humanidad. ¿O acaso perseguía la feminidad en sí? Una concha luminosa por el diseño de su interior, un pétalo bañado en rocío, pensé en los símiles obvios. Sin embargo, no recordé ningún pétalo o concha cuyo color y forma fuesen parecidos. Eran las uñas de los dedos de la muchacha, incomparables con otra cosa. Más traslúcidos que una concha delicada, que un fino pétalo, parecían contener un rocío de tragedia. Cada día y cada noche las energías de la muchacha se dedicaban a dar brillo a esta belleza trágica. Penetraba mi soledad. Tal vez mi soledad, mi anhelo, la transformaba en rocío.
Posé su dedo meñique en el índice de mi mano libre, contemplando la uña larga y estrecha mientras la frotaba con mi pulgar. Mi dedo tocaba el extremo del suyo, protegido por la uña. El dedo se dobló, y el codo también.
-¿Sientes cosquillas? -pregunté-. Seguro que sí.
Había hablado imprudentemente. Sabía que las yemas de los dedos de una mujer son sensibles cuando las uñas son largas. Y así había dicho al brazo de la muchacha que había conocido a otras mujeres.
Una de ellas, no mucho mayor que la muchacha que me había prestado el brazo, pero mucho más madura en su experiencia de los hombres, me había dicho que las yemas de los dedos, ocultas de este modo bajo las uñas, eran a menudo extremadamente sensibles. Se adquiría la costumbre de tocar las cosas con las uñas y no con las yemas, y por lo tanto éstas sentían un cosquilleo cuando algo las rozaba.
Yo había demostrado asombro ante este descubrimiento, y ella continuó:
-Si, por ejemplo, estás cocinando, o comiendo, y algo te toca las yemas de los dedos y das un respingo, parece tan sucio...
¿Era la comida lo que parecía impuro, o la punta de la uña? Cualquier cosa que tocara sus dedos le repugnaba por su suciedad. Su propia pureza dejaba una gota de trágico rocío bajo la sombra larga de la uña. No cabía suponer que hubiera una gota de rocío para cada uno de los diez dedos.
Era natural que por esta razón yo deseara aún más tocar las yemas de sus dedos, pero me contuve. Mi soledad me contuvo. Era una mujer en cuyo cuerpo no se podía esperar que quedasen muchos lugares sensibles.
En cambio, en el cuerpo de la muchacha que me había prestado el brazo serían innumerables. Tal vez, al jugar con las yemas de los dedos de semejante muchacha, ya no sentiría culpa, sino afecto. Pero ella no me había prestado el brazo para tales desmanes. No debía hacer una comedia de su gesto.
-La ventana -no advertí que la ventana estaba abierta, sino que la cortina estaba descorrida.
-¿Habrá algo que mire hacia adentro? -preguntó el brazo de la muchacha.
-Un hombre o una mujer, nada más.
-Nada humano me vería. Si acaso sería un ser. El tuyo.
-¿Un ser? ¿Qué es eso? ¿Dónde está?
-Muy lejos -dijo el brazo, como cantando para consolarme-. La gente va por ahí buscando seres, muy lejos.
-¿Y llegan a encontrarlos?
-Muy lejos -repitió el brazo.
Se me antojó que el brazo y la propia muchacha se hallaban a una distancia infinita uno de otra. ¿Podría el brazo volver a la muchacha, tan lejos? ¿Podría yo devolverlo, tan lejos? El brazo reposaba tranquilamente, confiando en mí; ¿dormiría la muchacha con la misma confianza tranquila? ¿No habría dureza, una pesadilla? ¿Acaso no había dado la impresión de contener las lágrimas cuando se separó de él? Ahora, el brazo estaba en mi habitación, que la propia muchacha aún no había visitado.
La humedad nublaba la ventana, como el vientre de un sapo extendido sobre ella. La niebla parecía retener la lluvia en el aire, y la noche, al otro lado de la ventana, perdía distancia, pese a estar envuelta en una lejanía ilimitada. No se veían tejados, no se oía ninguna bocina.
-Cerraré la ventana -dije, asiendo la cortina.
También ella estaba húmeda. Mi rostro apareció en la ventana, más joven que mis treinta y tres años. Sin embargo, no vacilé en correr la cortina. Mi rostro desapareció.
De pronto, el recuerdo de una ventana. En el noveno piso de un hotel, dos niñas vestidas con faldas amplias y rojas jugaban ante la ventana. Niñas muy parecidas con ropas similares, occidentales, tal vez mellizas. Golpeaban el cristal, empujándolo con los hombros y empujándose mutuamente. Su madre tejía, de espaldas a la ventana. Si la gran hoja de cristal se hubiera roto o desprendido de su marco, habrían caído desde el piso noveno. Sólo yo pensé en el peligro. Su madre estaba totalmente distraída. De hecho, el cristal era tan sólido que no existía el menor peligro.
-Es hermosa -dijo el brazo desde la cama, cuando me aparté de la ventana. Quizás hablara de la cortina, cuyo estampado era el mismo que el de la colcha.
-¡Oh! Pero el sol la ha descolorido y casi habría que tirarla -me senté en la cama y coloqué el brazo sobre mi rodilla-. Eso sí que es hermoso. Más hermoso que todo.
Tomando la palma de la mano en mi propia palma derecha, y el hombro en mi mano izquierda, doblé el codo y lo volví a doblar.
-Pórtate bien -dijo el brazo, como sonriendo suavemente-. ¿Te diviertes?
-Nada en absoluto.
Una sonrisa apareció efectivamente en el brazo, cruzándolo como una luz. Era la misma sonrisa fresca de la mejilla de la muchacha.
Yo conocía esta sonrisa. Con los codos en la mesa, ella solía enlazar las manos con soltura y apoyar en ellas el mentón o la mejilla. La posición hubiera debido ser poco elegante en una muchacha; pero había en ella una cualidad sutilmente seductora que hacía parecer inadecuadas expresiones como «los codos en la mesa». La redondez de los hombros, los dedos, el mentón, las mejillas, las orejas, el cuello largo y esbelto, el cabello, todo se juntaba en un único movimiento armonioso. Al usar hábilmente el cuchillo y el tenedor, con el primer dedo y el meñique doblados, los levantaba de modo casi imperceptible de vez en cuando. La comida pasaba por los pequeños labios y ella tragaba; yo tenía ante mí menos a una persona cenando que a una música incitante de manos, rostro y garganta. La luz de su sonrisa fluyó a través de la piel de su brazo.
El brazo parecía sonreír porque, mientras yo lo doblaba, olas muy suaves pasaron sobre los músculos firmes y delicados para enviar ondas de luz y sombra sobre la piel tersa. Antes, cuando había tocado las yemas de los dedos bajó las largas uñas, la luz que pasaba por el brazo al doblarse el codo había atraído mi mirada. Fue aquello, y no un impulso cualquiera de causar daño, lo que me incitó a doblar y desdoblar el brazo. Me detuve, y lo contemplé estirado sobre mi rodilla. Luces y sombras frescas seguían pasando por él.
-Me preguntas si me divierto. ¿Te das cuenta de que tengo permiso para cambiarte por mi propio brazo?
-Sí.
-En cierto modo, me asusta hacerlo.
-¿Ah, sí?
-¿Puedo?
-Por favor.
Oí el permiso concedido y me pregunté si lo aceptaría. -Dilo otra vez. Di «por favor».
-Por favor, por favor.
Me acordé. Era como la voz de una mujer que había decidido entregarse a mí, no tan hermosa como la muchacha que me había prestado el brazo. Tal vez existía algo extraño en ella.
-Por favor -me había dicho, mirándome. Yo puse los dedos sobre sus párpados y los cerré. Su voz temblaba-. «Jesús lloró. Entonces dijeron los judíos: "¡Mirad cuánto la amaba!»
Era un error decir «la» en vez de «le». Se trataba de la historia del difunto Lázaro. Quizá, siendo ella una mujer, lo recordaba mal, o quizá la sustitución era intencionada.
Las palabras, tan inadecuadas a la escena, me trastornaron. La miré con fijeza, preguntándome si brotarían lágrimas en los ojos cerrados.
Los abrió y levantó los hombros. Yo la empujé hacia abajo con el brazo.
-¡Me haces daño! -se llevó la mano a la nuca.
Había una pequeña gota de sangre en la almohada blanca. Apartando sus cabellos, posé los labios en el punto de sangre que se iba hinchando en su cabeza.
-No importa -se quitó todas las horquillas-. Sangro con facilidad. Al menor contacto.
Una horquilla le había pinchado la piel. Un estremecimiento pareció sacudir sus hombros, pero se controló.
Aunque creo comprender lo que siente una mujer cuando se entrega a un hombre, sigue habiendo en el acto algo inexplicable. ¿Qué es para ella? ¿Por qué ha de desearlo, por qué ha de tomar la iniciativa? Jamás pude aceptar realmente la entrega, aun sabiendo que el cuerpo de toda mujer está hecho para ella. Incluso ahora, que soy viejo, me parece extraño. Y las actitudes adoptadas por diversas mujeres: diferentes, si se quiere, o tal vez similares, o incluso idénticas. ¿Acaso no es extraño? Quizá la extrañeza que encuentro en todo ello es la curiosidad de un hombre más joven, o la desesperación de uno de edad avanzada. O tal vez una debilidad espiritual que padezco.
Su angustia no era común a todas las mujeres en el acto de la entrega. Y con ella ocurrió solamente aquella única vez. El hilo de plata estaba cortado, la taza de oro, destruida.
«Por favor», había dicho el brazo, recordándome así a la otra muchacha; pero ¿eran realmente iguales ambas voces? ¿No habrían sonado parecidas porque las palabras eran las mismas? ¿Hasta este punto se habría independizado el brazo del cuerpo del que estaba separado? ¿Y no eran las palabras el acto de entregarse, de estar dispuesto a todo, sin reservas, responsabilidad o remordimiento?
Me pareció que si aceptaba la invitación y cambiaba el brazo con el mío, causaría a la muchacha un dolor infinito.
Miré el brazo que tenía sobre la rodilla. Había una sombra en la parte interior del codo. Me dio la impresión de que podría absorberla. Apreté mis labios contra el codo, para sorber la sombra.
-Me haces cosquillas. Pórtate bien - el brazo estaba en torno a mi cuello, rehuyendo mis labios. -Precisamente cuando bebía algo bueno. -¿Y qué bebías?
No contesté.
-¿Qué bebías?
-El olor de la luz. De la piel.
La niebla parecía más espesa; incluso las hojas de la magnolia se antojaban húmedas. ¿Qué otras advertencias emitiría la radio? Caminé hacia mi radio de sobremesa y me detuve. Escucharla con el brazo alrededor de mi cuello parecía excesivo. Pero sospechaba que oiría algo similar a esto: a causa de las ramas mojadas, y de sus propias alas y patas mojadas, muchos pájaros pequeños han caído al suelo y no pueden volar. Los coches que estén cruzando un parque deben tomar precauciones para no atropellarlos. Y si se levanta un viento cálido, es probable que la niebla cambie de color. Las nieblas de color extrañó son nocivas. Por consiguiente, los radioescuchas deben cerrar con llave sus puertas si la niebla adquiere un tono rosa o violeta.
-¿Cambiar de color? -murmuré-. ¿Volverse rosa o violeta?
Aparté la cortina y miré hacia fuera. La niebla parecía condensarse con un peso vacío. ¿Acaso se debía al viento que hubiera en el aire una oscuridad sutil, diferente de la habitual negrura de la noche? El espesor de la niebla parecía infinito, y no obstante, más allá de ella se retorcía y enroscaba algo terrorífico.
Recordé que antes, mientras me dirigía a casa con el brazo prestado, los faros delanteros y traseros del coche conducido por la mujer vestida de rojo aparecían indistintos en la niebla. Una esfera grande y borrosa de tono violeta parecía aproximarse ahora a mí. Me apresuré a retirarme de la ventana.
-Vámonos a la cama. Nosotros también.
Daba la impresión de que nadie más en el mundo estaba levantado. Estar levantado era el terror.
Después de quitarme el brazo del cuello y colocarlo sobre la mesa, me puse un kimono de noche limpio, de algodón estampado. El brazo me observó mientras me cambiaba. Me avergonzaba ser observado. Ninguna mujer me había visto desnudándome en mi habitación.
Con el brazo en el mío, me metí en la cama. Me acosté a su lado y lo atraje suavemente hacia mi pecho. Se quedó inmóvil.
Con intermitencias podía oír un leve sonido, como de lluvia, un sonido muy ligero, como si la niebla no se hubiera convertido en lluvia, sino que ella misma estuviera formando gotas. Los dedos entrelazados con los míos bajo la manta adquirieron más calor; y el hecho de que no se hubieran calentado a mi propia temperatura me comunicó la más serena de las sensaciones.
-¿Estás dormido?
-No -replicó el brazo.
-Estabas tan quieto que pensé que te habrías dormido.
-¿Qué quieres que haga?
Abriendo mi kimono, llevé el brazo a mi pecho. La diferencia de calor me penetró. En la noche algo sofocante, algo fría, la suavidad de la piel era agradable.
Las luces seguían encendidas. Había olvidado apagarlas al meterme en la cama.
-Las luces -me levanté, y el brazo se cayó de mi pecho.
Me apresuré a recogerlo.
-¿Quieres apagar las luces? -me dirigí hacia la puerta-. ¿Duermes a oscuras o con las luces encendidas?
El brazo no respondió. Tenía que saberlo. ¿Por qué no contestaba? Yo no conocía las costumbres nocturnas de la muchacha. Comparé las dos imágenes: dormida a oscuras y con la luz encendida. Decidí que esta noche, sin el brazo, dormiría con luz. En cierto modo, yo también prefería tenerla encendida. Quería contemplar el brazo. Quería mantenerme despierto y mirar el brazo cuando estuviera dormido. Pero los dedos se estiraron y apretaron el interruptor.
Volví a la cama y me acosté en la oscuridad, con el brazo junto a mi pecho. Guardé silencio, esperando que se durmiera. Ya fuese porque estaba insatisfecho o temeroso de la oscuridad, la mano permanecía abierta a mi lado, y poco después los cinco dedos empezaron a recorrer mi pecho. El codo se dobló por propia iniciativa, y el brazo me abrazó.
En la muñeca de la muchacha había un pulso delicado. Reposaba sobre mi corazón, de forma que los dos pulsos sonaban uno contra otro. El suyo era al principio un poco más lento que el mío, y al poco rato coincidieron. Y algo después ya sólo podía sentir el mío. Ignoraba cuál era más rápido y cuál más lento.
Tal vez esta identidad de pulso y latido fuera para un breve período en el que yo podía intentar cambiar el brazo con el mío. ¿O acaso estaría durmiendo? Una vez oí decir a una muchacha que las mujeres eran menos felices en las angustias del éxtasis que durmiendo pacíficamente junto a sus hombres; pero jamás una mujer había dormido tan pacíficamente junto a mí como este brazo.
Yo era consciente del latido de mi corazón gracias al pulso que latía sobre él. Entre un latido y el siguiente, algo se alejaba muy de prisa y, también muy de prisa, volvía.
Mientras yo escuchaba los latidos, la distancia pareció aumentar, y por mucho que este algo se alejara, por muy infinitamente lejos que se fuera, no encontraba nada en su destino. El próximo latido lo hacía volver. Yo debía haber tenido miedo, pero no lo tenía. No obstante, busqué el interruptor que estaba junto, a la almohada.
Antes de oprimirlo, enrollé la manta hacia abajo. El brazo continuaba dormido, ignorante de lo que ocurría. Una dulce franja del más pálido blanco rodeaba mi pecho desnudo, y parecía surgir de la misma carne, como el resplandor que antecede a la salida de un sol caliente y diminuto.
Encendí la luz. Puse mis manos sobre los dedos y el hombro, y estiré el brazo. Le di uñas vueltas en silencio, contemplando el juego de luces y sombras desde la redondez del hombro hasta la finura y turgencia del antebrazo, el estrechamiento de la suave curva del codo, la sutil depresión en el interior del codo, la redondez de la muñeca, la palma y el dorso de la mano, y después los dedos.
«Me lo quedaré.» No tuve conciencia de haber murmurado las palabras. En un trance, me quité el brazo derecho y lo sustituí por el de la muchacha.
Hubo un ligero sonido entrecortado -no pude saber si mío o del brazo- y un espasmo en mi hombro. Así fue como me enteré del cambio.
El brazo de la muchacha, ahora mío, temblaba y se movía en el aire. Lo doblé y lo acerqué a mi boca.
-¿Duele? ¿Te duele?
-No. Nada, nada -las palabras eran vacilantes.
Un estremecimiento me recorrió como un relámpago.
Tenía los dedos en la boca.
De algún modo proferí mi felicidad, pero los dedos de la muchacha estaban sobre mi lengua, y dijera lo que dijese, no formé ninguna palabra.
-Por favor. Todo va bien -replicó el brazo. El temblor cesó-. Me dijeron que podías hacerlo. Y no obstante...
Me di cuenta de algo. Podía sentir los dedos de la muchacha en la boca, pero los dedos de su mano derecha, que ahora eran los de mi propia mano derecha, no podían sentir mis labios o mis dientes. Presa del pánico, sacudí mi mano derecha y no pude sentir las sacudidas. Había una interrupción, un paro, entre el brazo y el hombro.
-La sangre no fluye -prorrumpí-. ¿Verdad que no?
Por primera vez, el miedo me atenazó. Me incorporé en la cama. Mi propio brazo había caído junto a mí. Separado de mí, era un objeto repelente. Pero más importante, ¿se habría detenido el pulso? El brazo de la muchacha estaba caliente y palpitaba; el mío parecía estar quedándose frío y rígido. Con el brazo de la muchacha, tomé mi propio brazo derecho. Lo tomé, pero no hubo sensación.
-¿Hay pulso? -pregunté al brazo-. ¿Está frío? -Un poco. Algo más frío que yo. Yo estoy muy caliente.
Había algo especialmente femenino en la cadencia. Ahora que el brazo estaba sujeto a mi hombro y se había convertido en mío, parecía más femenino que antes.
-¿El pulso no se ha detenido?
-Deberías ser más confiado.
-¿Por qué?
-Has cambiado tu brazo por el mío, ¿verdad?
-¿Fluye la sangre?
-«Mujer, ¿a quién buscas? ¿Conoces el pasaje?»
-«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»»
-Muy a menudo, cuando estoy soñando y me despierto en plena noche, me lo susurro a mí mismo.
Esta vez, naturalmente, quien hablaba debía ser la propietaria del atractivo brazo unido a mi hombro. Las palabras de la Biblia parecían pronunciadas por una voz eterna, en un lugar eterno.
-¿Le resultará difícil dormir? -yo también hablaba de la propia muchacha-. ¿Tendrá una pesadilla? Esta niebla invita a perderse en miles de pesadillas. Pero la humedad hará toser hasta a los demonios.
-Para que no puedas oírles -el brazo de la muchacha, con el mío todavía en su mano, cubrió mi oreja derecha.
Ahora era mi propio brazo derecho, pero el movimiento no parecía haber procedido de mi voluntad sino de la suya, de su corazón. Pese a ello, la separación distaba de ser tan completa.
-El pulso. El sonido del pulso.
Escuché el pulso de mi propio brazo derecho. El brazo de la muchacha se había acercado a mi oreja con mi propio brazo en su mano, y tenía mi propia muñeca junto al oído. Mi brazo estaba caliente; como el brazo de la muchacha había dicho, sólo perceptiblemente más frío que sus dedos y mi oreja.
-Mantendré alejados a los demonios -traviesamente, con suavidad, la uña larga y delicada de su dedo meñique se movió en mi oreja. Yo meneé la cabeza. Mi mano izquierda, la mía desde el principio, tomó mi muñeca derecha, que era la de la muchacha. Cuando eché atrás la cabeza, advertí el meñique de la muchacha.
Cuatro dedos de su mano asían el brazo que yo había separado de mi hombro derecho. Solamente el meñique -¿diremos que sólo él podía jugar libremente?- estaba doblado hacia el dorso de la mano. La punta de la uña apenas tocaba mi brazo derecho. El dedo estaba doblado en una posición posible únicamente para la mano flexible de una muchacha, descartada para un hombre de articulaciones duras como yo. Se elevaba en ángulos rectos desde la base. En la primera articulación se doblaba en otro ángulo recto, y en la siguiente, en otro. De este modo trazaba un cuadrado, cuyo lado izquierdo estaba formado por el dedo anular.
Formaba una ventana rectangular al nivel de mis ojos. O más bien una mirilla, o un anteojo, demasiado pequeño para ser una ventana; pero por alguna razón pensé en una ventana. La clase de ventana por la que podría mirar una violeta. Esta ventana del dedo meñique, este anteojo formado por los dedos, tan blanco que despedía un débil resplandor, lo acerqué lo más posible a uno de mis ojos, y cerré el otro.
-¿Un mundo nuevo? -preguntó el brazo-. ¿Y qué ves?
-Mi oscura habitación. Sus cinco luces -antes de terminar la frase, casi grité-. ¡No, no! ¡Ya lo veo! -¿Y qué ves?
-Ha desaparecido.
-¿Y qué has visto?
-Un color. Una mancha púrpura. Y en su interior, pequeños círculos, pequeñas cuentas rojas y doradas, describiendo círculos una y otra vez.
-Estás cansado -el brazo de la muchacha dejó mi brazo derecho, y sus dedos me acariciaron suavemente los párpados.
-¿Giraban las cuentas rojas y doradas en una enorme rueda dentada? ¿He visto algo en la rueda dentada, algo que iba y venía?
Yo ignoraba si realmente había visto algo en ella o sólo me lo había parecido: una ilusión efímera, que no permanecía en la memoria. No podía recordar qué había sido.
-¿Era una ilusión que querías enseñarme?
-No. Al final la he borrado.
-De días que ya pasaron. De nostalgia y tristeza. Sus dedos dejaron de moverse sobre mis párpados. Formulé una pregunta inesperada.
-Cuando te sueltas el cabello, ¿te cubre los hombros?
-Sí. Lo lavo con agua caliente, pero después, tal vez una manía mía, lo mojo con agua fría. Me gusta sentir el cabello frío sobre mis hombros y brazos, y también contra los pechos.
Naturalmente, volvía a hablar la muchacha. Sus pechos nunca habían sido tocados por un hombre, y sin duda le hubiera resultado difícil describir la sensación del cabello frío y mojado sobre ellos. ¿Acaso el brazo, separado del cuerpo, se había separado también de la timidez y la reserva?
En silencio posé la mano izquierda sobre la suave redondez de su hombro, que ahora era mío. Se me antojó que tenía en la mano la redondez, aún pequeña, de sus pechos. La redondez de los hombros se convirtió en la suave redondez de los pechos.
Su mano se posó suavemente sobre mis párpados. Los dedos y la mano permanecieron así, impregnándose, y la parte interior de los párpados pareció calentarse a su tacto. El calor penetró en mis ojos.
-Ahora la sangre está fluyendo -dije en voz baja-. Está fluyendo.
No fue un grito de sorpresa, como cuando advertí que había cambiado mi brazo por el suyo. No hubo estremecimiento ni espasmo, ni en el brazo de la muchacha ni en mi hombro. ¿Cuándo había empezado mi sangre a fluir por el brazo, y su sangre, en mi interior? ¿Cuándo había desaparecido la interrupción del hombro? La sangre pura de la muchacha estaba fluyendo, en este preciso momento, a través de mí; pero, ¿no habría algo desagradable cuando el brazo fuera devuelto a la muchacha, con esta sangre masculina y sucia fluyendo por él? ¿Qué pasaría si no se adaptaba a su hombro?
-No semejante traición -murmuré.
-Todo irá bien -susurró el brazo.
No se produjo la conciencia dramática de que la sangre iba y venía entre el brazo y mi hombro. Mi mano izquierda, envolviendo mi hombro derecho, y el propio hombro, ahora mío, tenían una comprensión natural del hecho. Habían llegado a conocerlo. Este conocimiento los adormeció.
Me quedé dormido.
Flotaba sobre una enorme ola. Era la niebla envolvente cuyo color se había tornado violeta pálido, y había rizos de un verde pálido en el lugar donde yo flotaba, y sólo allí. La húmeda soledad de mi habitación había desaparecido. Mi mano izquierda parecía reposar ligeramente sobre el brazo derecho de la muchacha; Parecía como si sus dedos sostuvieran estambres de magnolia. Yo no podía verlos, pero sí olerlos. Los habíamos tirado, ¿y cuándo y cómo los recogió ella? Los pétalos blancos, de un solo día, aún no habían caído; ¿por qué, pues, los estambres? El coche de la mujer vestida de rojo pasó muy cerca, dibujando un gran círculo conmigo en el centro. Parecía vigilar nuestro sueño, el de la muchacha y el mío.
Nuestro sueño fue probablemente ligero, pero nunca había conocido un sueño tan cálido y dulce. Dormía siempre con inquietud, y aún no había sido bendecido con el sueño profundo de un niño.
La uña larga, estrecha y delicada arañó suavemente la palma de mi mano, y el tenue contacto hizo más profundo mi sueño. Desaparecí.
Me desperté gritando. Casi me caí de la cama, y caminé tambaleándome tres o cuatro pasos.
Me había despertado el contacto de algo repulsivo. Era mi brazo derecho.
Mientras recobraba el equilibrio, contemplé el brazo que estaba sobre la cama. Contuve el aliento, mi corazón se disparó y todo mi cuerpo fue recorrido por un estremecimiento. Vi el brazo en un instante, y al siguiente ya había arrancado de mi hombro el brazo de la muchacha y colocado nuevamente el mío propio. El acto fue como un asesinato provocado por un impulso repentino y diabólico.
Me arrodillé junto a la cama, apoyé el pecho contra ella y froté mi corazón demerite con la mano recobrada. A medida que los latidos se calmaban, cierta tristeza brotó desde una profundidad mayor que lo más profundo de mi ser.
-¿Dónde está su brazo? -levanté la cabeza.
Yacía a los pies de la cama, con la palma hacia arriba sobre el ovillo de la manta. Los dedos estirados no se movían. El brazo era débilmente blanco bajo la luz opaca.
Con una exclamación de alarma lo recogí y apreté con fuerza contra mi pecho. Lo abracé como se abraza a un niño pequeño a quien la vida está abandonando. Llevé los dedos a mis labios. ¡Ojalá el rocío de la mujer manara de entre las largas uñas y las yemas de los dedos!
Un brazo
_
-Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche -dijo la muchacha. Se quitó el brazo derecho desde el hombro y, con la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla.
-Gracias -me miré la rodilla. El calor del brazo la penetraba.
-Pondré el anillo. Para recordarte que es mío -sonrió y levantó el brazo izquierdo a la altura de mi pecho-. Por favor -con un solo brazo era difícil para ella quitarse el anillo.
-¿Es un anillo de pedida?
-No, un regalo. De mi madre.
Era de plata, con pequeños diamantes engarzados.
-Tal vez se parezca a un anillo de pedida, pero no me importa. Lo llevo, y cuando me lo quito es como si estuviera abandonando a mi madre.
Levanté el brazo que tenía sobre la rodilla, saqué el anillo y lo deslicé en el anular.
-¿En éste?
-Sí -asintió ella-. Parecería artificial si no se doblan los dedos y el codo. No te gustaría. Deja que los doble por ti.
Tomó el brazo de mi rodilla y, suavemente, apretó los labios contra él. Entonces los posó en las articulaciones de los dedos.
-Ahora se moverán.
-Gracias -recuperé el brazo-. ¿Crees que me hablará? ¿Me dirigirá la palabra?
-Sólo hace lo que hacen los brazos. Si habla, me dará miedo tenerlo de nuevo. Pero inténtalo, de todos modos. Al menos debería escuchar lo que digas, si eres bueno con él.
-Seré bueno con él.
-Hasta la vista -dijo, tocando el brazo derecho con la mano izquierda, como para infundirle un espíritu propio-. Eres suyo, pero sólo por esta noche.
Cuando me miró, parecía contener las lágrimas.
-Supongo que no intentarás cambiarlo con tu propio brazo -dijo-. Pero no importa. Adelante, hazlo. -Gracias.
Puse el brazo dentro de mi gabardina y salí a las calles envueltas por la bruma. Temía ser objeto de extrañeza si tomaba un taxi o un tranvía. Habría una escena si el brazo, ahora separado del cuerpo de la muchacha, lloraba o profería una exclamación.
Lo sostenía contra mi pecho, hacia el lado, con la mano derecha sobre la redondez del hombro. Estaba oculto bajo la gabardina, y yo tenía que tocarla de vez en cuando con la mano izquierda para asegurarme de que el brazo seguía allí. Probablemente no me estaba asegurando de la presencia del brazo sino de mi propia felicidad.
Ella se había quitado el brazo en el punto que más me gustaba. Era carnoso y redondo; ¿estaría en el comienzo del hombro o en la parte superior del brazo? La redondez era la de una hermosa muchacha occidental, rara en una japonesa. Se encontraba en la propia muchacha, una redondez limpia y elegante como una esfera resplandeciente de una luz fresca y tenue. Cuando la muchacha ya no fuese pura, aquella gentil redondez se marchitaría, se volvería fláccida. Al ser algo que duraba un breve momento en la vida de una muchacha hermosa, la redondez del brazo me hizo sentir la de su cuerpo. Sus pechos no serían grandes. Tímidos, sólo lo bastante grandes para llenar las manos, tendrían una suavidad y una fuerza persistentes. Y en la redondez del brazo yo podía sentir sus piernas mientras caminaba. Las movería grácilmente, como un pájaro pequeño o una mariposa trasladándose de flor en flor. Habría la misma melodía sutil en la punta de su lengua cuando besara.
Era la estación para llevar vestidos sin manga. El hombro de la muchacha, recién destapado, tenía el color de la piel poco habituada al rudo contacto del aire. Tenía el resplandor de un capullo humedecido al amparo de la primavera y no deteriorado todavía por el verano. Aquella mañana yo había comprado un capullo de magnolia y ahora estaba en un búcaro de cristal; y la redondez del brazo de la muchacha era como el gran capullo blanco. Su vestido tenía un corte más radical que la mayoría de vestidos sin mangas. La articulación del hombro quedaba al descubierto, así como el propio hombro. El vestido, de seda verde oscuro, casi negro, tenía un brillo suave. La muchacha estaba en la delicada inclinación de los hombros, que formaban una dulce curva con la turgencia de la espalda. Vista oblicuamente desde atrás, la carne de los hombros redondos hasta el cuello largo y esbelto se detenía bruscamente en la base de sus cabellos peinados hacia arriba, y la cabellera negra parecía proyectar una sombra brillante sobre la redondez de los hombros.
Ella había intuido que la consideraba hermosa, y me había prestado el brazo por esta redondez del hombro.
Cuidadosamente oculto debajo de mi gabardina, el brazo de la muchacha estaba más frío que mi mano. Mi corazón desbocado me causaba vértigo, y sabía que tendría la mano caliente. Quería que el calor permaneciera así, pues era el calor de la propia muchacha. Y la fresca sensación que había en mi mano me comunicaba el placer del brazo. Era como sus pechos, aún no tocados por un hombre.
La niebla se espesó todavía más, la noche amenazaba lluvia y mi cabello descubierto estaba húmedo. Oí una radio que hablaba desde la trastienda de una farmacia cerrada. Anunciaba que tres aviones cuyo aterrizaje era impedido por la niebla estaban sobrevolando el aeropuerto desde hacía media hora. Llamó la atención de los radioescuchas hacia el hecho de que en las noches de niebla los relojes podían estropearse, y que en tales noches los muelles tenían tendencia a romperse si se tensaban demasiado. Busqué las luces de los aviones, pero no pude verlas. No había cielo. La presión de la humedad invadía mis oídos, emitiendo un sonido húmedo como el retorcerse de millares de lombrices distantes. Me quedé frente a la farmacia, esperando ulteriores advertencias. Me enteré de que en noches semejantes los animales salvajes del zoológico, leones, tigres, leopardos y demás, rugían su malestar por la humedad, y que no tardaríamos en oírlos. Hubo un bramido como si bramara la tierra. Y entonces supe que las mujeres embarazadas y las personas melancólicas debían acostarse temprano en tales noches, y que las mujeres que perfumaban directamente su piel tendrían dificultades en eliminar después el perfume.
Al oír el rugido de los animales empecé a andar, y la advertencia sobre el perfume me persiguió. Aquel airado rugido me había puesto nervioso, y seguí andando para que mi inquietud no se transmitiera al brazo de la muchacha. Esta no estaba embarazada ni era melancólica, pero me pareció que esta noche en que tenía un solo brazo debía tener en cuenta el consejo de la radio y acostarse temprano. Esperé que durmiera plácidamente.
Mientras cruzaba la calle apreté mi mano izquierda contra la gabardina. Sonó un claxon. Algo me rozó por el lado y tuve que escabullirme. Tal vez la bocina había asustado el brazo. Los dedos estaban crispados.
-No te preocupes -dije-. Estaba muy lejos, no podía vernos. Por eso hizo sonar la bocina.
Como sostenía algo importante para mí, había mirado en ambas direcciones. El sonido del claxon fue tan lejano que pensé que iba dirigido a otra persona. Miré hacia la dirección de donde procedía, pero no pude ver a nadie. Solamente vi los faros, que se convirtieron en una mancha de color violeta pálido. Un color extraño para unos faros. Me detuve en la acera y lo vi pasar. Conducía el coche una mujer vestida de rojo. Me pareció que se volvía hacia mí y me saludaba con la mano. Sentí el deseo de echar a correr, temiendo que la muchacha hubiera venido a recuperar el brazo. Entonces recordé que no podía conducir con uno solo. Pero, ¿acaso la mujer del coche no había visto lo que yo llevaba? ¿No lo habría adivinado con su intuición femenina? Tendría que ser muy cauteloso para no enfrentarme a otra de su sexo antes de llegar a mi apartamento. Las luces de detrás eran también de un color violeta pálido. No distinguí el coche. Bajo la niebla cenicienta, una mancha color de espliego surgió de pronto y desapareció.
«Conduce sin ninguna razón, sin otra razón que la de conducir. Y mientras lo hace, desaparecerá –murmuré para mí mismo-. ¿Y qué era lo que iba sentado en el asiento trasero?»
Nada, al parecer. ¿Sería porque me paseaba llevando brazos de muchachas por lo que me sentía tan nervioso por la vaciedad? El coche conducido por aquella mujer llevaba consigo la pegajosa niebla nocturna. Y algo que había en ella había prestado a los faros un tono ligeramente violeta. Si no era de su propio cuerpo, ¿de dónde procedía aquella luz purpúrea? ¿Podía el brazo que yo ocultaba envolver en vaciedad a una mujer que conducía sola en uña noche semejante? ¿Habría hecho ésta una seña al brazo de la muchacha desde su coche? En una noche así podía haber ángeles y fantasmas por la calle, protegiendo a las mujeres. Tal vez aquélla no iba en un coche, sino en una luz violeta. Su paseo no había sido en vano. Había espiado mi secreto.
Llegué al apartamento sin encuentros ulteriores. Me quedé escuchando ante la puerta. La luz de una luciérnaga pasó sobre mi cabeza y desapareció. Era demasiado grande y demasiado intensa para una luciérnaga. Retrocedí. Pasaron varias luces semejantes a luciérnagas, que desaparecieron incluso antes de que la espesa niebla pudiera absorberlas. ¿Se me habría adelantado un fuego fatuo, una especie de fuego mortífero, para esperar mi regreso? Pero entonces vi que se trataba de un enjambre de pequeñas polillas. Al pasar frente a la luz de la puerta, las alas de las polillas brillaban como luciérnagas. Demasiado grandes para ser luciérnagas, y sin embargo, tan pequeñas, como polillas, que invitaban al error.
Evitando el ascensor automático, me escabullí por las estrechas escaleras hasta el tercer piso. Como no soy zurdo, tuve cierta dificultad en abrir la puerta. Cuanto más lo intentaba, más temblaba mi mano, como si estuviera dominada por el terror que sigue a un crimen. Algo estaría esperándome dentro de la habitación, una habitación donde vivía solo; ¿y no era la soledad una presencia? Con el brazo de la muchacha ya no estaba solo. Y por eso, tal vez, mi propia soledad me esperaba allí para intimidarme.
-Adelante -dije, descubriendo el brazo de la muchacha cuando por fin abrí la puerta-. Bienvenido a mi habitación. Voy a encender la luz.
-¿Tienes miedo de algo? -pareció decir el brazo-. ¿Hay algo aquí dentro?
-¿Crees que puede haberlo?
-Percibo cierto olor.
-¿Olor? Debe ser el tuyo. ¿No ves rastros de mi sombra allí arriba, en la oscuridad? Mira con atención. Quizá mi sombra esperara mi regreso.
-Es un olor dulce.
-¡Ah!, la magnolia -contesté con alivio.
Me alegró que no fuera el olor mohoso de mi soledad. Un capullo de magnolia era digno de mi atractivo huésped. Me estaba acostumbrando a la oscuridad; incluso en plenas tinieblas sabía dónde se encontraba todo.
-Permíteme que encienda la luz -una extraña observación, viniendo del brazo-. Aún no conocía tu habitación.
-Gracias. Me causará una gran satisfacción. Hasta ahora nadie más que yo ha encendido las luces aquí.
Acerqué el brazo al interruptor que hay junto a la puerta. Las cinco luces se encendieron inmediatamente: en el techo, sobre la mesa, junto a la cama, en la cocina y en el cuarto de baño. No me había imaginado que pudieran ser tan brillantes.
La magnolia había florecido enormemente. Por la mañana era un capullo. Podía haberse limitado a florecer, pero había estambres sobre la mesa. Curioso, me fijé más en los estambres que en la flor blanca. Mientras recogía uno o dos y los contemplaba, el brazo de la muchacha, que estaba sobre la mesa, empezó a moverse, con los dedos como orugas, y a recoger los estambres en la mano. Fui a tirarlos a la papelera.
-Qué olor tan fuerte. Me penetra la piel. Ayúdame.
-Debes estar cansado. No ha sido un paseo fácil. ¿Y si descansaras un poco?
Puse el brazo sobre la cama y me senté a su lado. Lo acaricié suavemente.
-Qué bonita. Me gusta -el brazo debía referirse a la colcha, que tenía flores estampadas de tres colores sobre un fondo azul. Algo animado para un hombre que vivía solo-. De modo que aquí es donde pasaremos la noche. Estaré muy quieto.
-¿Ah, sí?
-Permaneceré a tu lado y no a tu lado.
La mano cogió la mía, suavemente. Las uñas, lacadas con minuciosidad, eran de un rosa pálido. Los extremos sobrepasaban con mucho los dedos.
Junto a mis propias uñas, cortas y gruesas, las suyas poseían una belleza extraña, como si no pertenecieran a un ser humano. Con tales yemas de los dedos, quizás una mujer trascendiera la mera humanidad. ¿O acaso perseguía la feminidad en sí? Una concha luminosa por el diseño de su interior, un pétalo bañado en rocío, pensé en los símiles obvios. Sin embargo, no recordé ningún pétalo o concha cuyo color y forma fuesen parecidos. Eran las uñas de los dedos de la muchacha, incomparables con otra cosa. Más traslúcidos que una concha delicada, que un fino pétalo, parecían contener un rocío de tragedia. Cada día y cada noche las energías de la muchacha se dedicaban a dar brillo a esta belleza trágica. Penetraba mi soledad. Tal vez mi soledad, mi anhelo, la transformaba en rocío.
Posé su dedo meñique en el índice de mi mano libre, contemplando la uña larga y estrecha mientras la frotaba con mi pulgar. Mi dedo tocaba el extremo del suyo, protegido por la uña. El dedo se dobló, y el codo también.
-¿Sientes cosquillas? -pregunté-. Seguro que sí.
Había hablado imprudentemente. Sabía que las yemas de los dedos de una mujer son sensibles cuando las uñas son largas. Y así había dicho al brazo de la muchacha que había conocido a otras mujeres.
Una de ellas, no mucho mayor que la muchacha que me había prestado el brazo, pero mucho más madura en su experiencia de los hombres, me había dicho que las yemas de los dedos, ocultas de este modo bajo las uñas, eran a menudo extremadamente sensibles. Se adquiría la costumbre de tocar las cosas con las uñas y no con las yemas, y por lo tanto éstas sentían un cosquilleo cuando algo las rozaba.
Yo había demostrado asombro ante este descubrimiento, y ella continuó:
-Si, por ejemplo, estás cocinando, o comiendo, y algo te toca las yemas de los dedos y das un respingo, parece tan sucio...
¿Era la comida lo que parecía impuro, o la punta de la uña? Cualquier cosa que tocara sus dedos le repugnaba por su suciedad. Su propia pureza dejaba una gota de trágico rocío bajo la sombra larga de la uña. No cabía suponer que hubiera una gota de rocío para cada uno de los diez dedos.
Era natural que por esta razón yo deseara aún más tocar las yemas de sus dedos, pero me contuve. Mi soledad me contuvo. Era una mujer en cuyo cuerpo no se podía esperar que quedasen muchos lugares sensibles.
En cambio, en el cuerpo de la muchacha que me había prestado el brazo serían innumerables. Tal vez, al jugar con las yemas de los dedos de semejante muchacha, ya no sentiría culpa, sino afecto. Pero ella no me había prestado el brazo para tales desmanes. No debía hacer una comedia de su gesto.
-La ventana -no advertí que la ventana estaba abierta, sino que la cortina estaba descorrida.
-¿Habrá algo que mire hacia adentro? -preguntó el brazo de la muchacha.
-Un hombre o una mujer, nada más.
-Nada humano me vería. Si acaso sería un ser. El tuyo.
-¿Un ser? ¿Qué es eso? ¿Dónde está?
-Muy lejos -dijo el brazo, como cantando para consolarme-. La gente va por ahí buscando seres, muy lejos.
-¿Y llegan a encontrarlos?
-Muy lejos -repitió el brazo.
Se me antojó que el brazo y la propia muchacha se hallaban a una distancia infinita uno de otra. ¿Podría el brazo volver a la muchacha, tan lejos? ¿Podría yo devolverlo, tan lejos? El brazo reposaba tranquilamente, confiando en mí; ¿dormiría la muchacha con la misma confianza tranquila? ¿No habría dureza, una pesadilla? ¿Acaso no había dado la impresión de contener las lágrimas cuando se separó de él? Ahora, el brazo estaba en mi habitación, que la propia muchacha aún no había visitado.
La humedad nublaba la ventana, como el vientre de un sapo extendido sobre ella. La niebla parecía retener la lluvia en el aire, y la noche, al otro lado de la ventana, perdía distancia, pese a estar envuelta en una lejanía ilimitada. No se veían tejados, no se oía ninguna bocina.
-Cerraré la ventana -dije, asiendo la cortina.
También ella estaba húmeda. Mi rostro apareció en la ventana, más joven que mis treinta y tres años. Sin embargo, no vacilé en correr la cortina. Mi rostro desapareció.
De pronto, el recuerdo de una ventana. En el noveno piso de un hotel, dos niñas vestidas con faldas amplias y rojas jugaban ante la ventana. Niñas muy parecidas con ropas similares, occidentales, tal vez mellizas. Golpeaban el cristal, empujándolo con los hombros y empujándose mutuamente. Su madre tejía, de espaldas a la ventana. Si la gran hoja de cristal se hubiera roto o desprendido de su marco, habrían caído desde el piso noveno. Sólo yo pensé en el peligro. Su madre estaba totalmente distraída. De hecho, el cristal era tan sólido que no existía el menor peligro.
-Es hermosa -dijo el brazo desde la cama, cuando me aparté de la ventana. Quizás hablara de la cortina, cuyo estampado era el mismo que el de la colcha.
-¡Oh! Pero el sol la ha descolorido y casi habría que tirarla -me senté en la cama y coloqué el brazo sobre mi rodilla-. Eso sí que es hermoso. Más hermoso que todo.
Tomando la palma de la mano en mi propia palma derecha, y el hombro en mi mano izquierda, doblé el codo y lo volví a doblar.
-Pórtate bien -dijo el brazo, como sonriendo suavemente-. ¿Te diviertes?
-Nada en absoluto.
Una sonrisa apareció efectivamente en el brazo, cruzándolo como una luz. Era la misma sonrisa fresca de la mejilla de la muchacha.
Yo conocía esta sonrisa. Con los codos en la mesa, ella solía enlazar las manos con soltura y apoyar en ellas el mentón o la mejilla. La posición hubiera debido ser poco elegante en una muchacha; pero había en ella una cualidad sutilmente seductora que hacía parecer inadecuadas expresiones como «los codos en la mesa». La redondez de los hombros, los dedos, el mentón, las mejillas, las orejas, el cuello largo y esbelto, el cabello, todo se juntaba en un único movimiento armonioso. Al usar hábilmente el cuchillo y el tenedor, con el primer dedo y el meñique doblados, los levantaba de modo casi imperceptible de vez en cuando. La comida pasaba por los pequeños labios y ella tragaba; yo tenía ante mí menos a una persona cenando que a una música incitante de manos, rostro y garganta. La luz de su sonrisa fluyó a través de la piel de su brazo.
El brazo parecía sonreír porque, mientras yo lo doblaba, olas muy suaves pasaron sobre los músculos firmes y delicados para enviar ondas de luz y sombra sobre la piel tersa. Antes, cuando había tocado las yemas de los dedos bajó las largas uñas, la luz que pasaba por el brazo al doblarse el codo había atraído mi mirada. Fue aquello, y no un impulso cualquiera de causar daño, lo que me incitó a doblar y desdoblar el brazo. Me detuve, y lo contemplé estirado sobre mi rodilla. Luces y sombras frescas seguían pasando por él.
-Me preguntas si me divierto. ¿Te das cuenta de que tengo permiso para cambiarte por mi propio brazo?
-Sí.
-En cierto modo, me asusta hacerlo.
-¿Ah, sí?
-¿Puedo?
-Por favor.
Oí el permiso concedido y me pregunté si lo aceptaría. -Dilo otra vez. Di «por favor».
-Por favor, por favor.
Me acordé. Era como la voz de una mujer que había decidido entregarse a mí, no tan hermosa como la muchacha que me había prestado el brazo. Tal vez existía algo extraño en ella.
-Por favor -me había dicho, mirándome. Yo puse los dedos sobre sus párpados y los cerré. Su voz temblaba-. «Jesús lloró. Entonces dijeron los judíos: "¡Mirad cuánto la amaba!»
Era un error decir «la» en vez de «le». Se trataba de la historia del difunto Lázaro. Quizá, siendo ella una mujer, lo recordaba mal, o quizá la sustitución era intencionada.
Las palabras, tan inadecuadas a la escena, me trastornaron. La miré con fijeza, preguntándome si brotarían lágrimas en los ojos cerrados.
Los abrió y levantó los hombros. Yo la empujé hacia abajo con el brazo.
-¡Me haces daño! -se llevó la mano a la nuca.
Había una pequeña gota de sangre en la almohada blanca. Apartando sus cabellos, posé los labios en el punto de sangre que se iba hinchando en su cabeza.
-No importa -se quitó todas las horquillas-. Sangro con facilidad. Al menor contacto.
Una horquilla le había pinchado la piel. Un estremecimiento pareció sacudir sus hombros, pero se controló.
Aunque creo comprender lo que siente una mujer cuando se entrega a un hombre, sigue habiendo en el acto algo inexplicable. ¿Qué es para ella? ¿Por qué ha de desearlo, por qué ha de tomar la iniciativa? Jamás pude aceptar realmente la entrega, aun sabiendo que el cuerpo de toda mujer está hecho para ella. Incluso ahora, que soy viejo, me parece extraño. Y las actitudes adoptadas por diversas mujeres: diferentes, si se quiere, o tal vez similares, o incluso idénticas. ¿Acaso no es extraño? Quizá la extrañeza que encuentro en todo ello es la curiosidad de un hombre más joven, o la desesperación de uno de edad avanzada. O tal vez una debilidad espiritual que padezco.
Su angustia no era común a todas las mujeres en el acto de la entrega. Y con ella ocurrió solamente aquella única vez. El hilo de plata estaba cortado, la taza de oro, destruida.
«Por favor», había dicho el brazo, recordándome así a la otra muchacha; pero ¿eran realmente iguales ambas voces? ¿No habrían sonado parecidas porque las palabras eran las mismas? ¿Hasta este punto se habría independizado el brazo del cuerpo del que estaba separado? ¿Y no eran las palabras el acto de entregarse, de estar dispuesto a todo, sin reservas, responsabilidad o remordimiento?
Me pareció que si aceptaba la invitación y cambiaba el brazo con el mío, causaría a la muchacha un dolor infinito.
Miré el brazo que tenía sobre la rodilla. Había una sombra en la parte interior del codo. Me dio la impresión de que podría absorberla. Apreté mis labios contra el codo, para sorber la sombra.
-Me haces cosquillas. Pórtate bien - el brazo estaba en torno a mi cuello, rehuyendo mis labios. -Precisamente cuando bebía algo bueno. -¿Y qué bebías?
No contesté.
-¿Qué bebías?
-El olor de la luz. De la piel.
La niebla parecía más espesa; incluso las hojas de la magnolia se antojaban húmedas. ¿Qué otras advertencias emitiría la radio? Caminé hacia mi radio de sobremesa y me detuve. Escucharla con el brazo alrededor de mi cuello parecía excesivo. Pero sospechaba que oiría algo similar a esto: a causa de las ramas mojadas, y de sus propias alas y patas mojadas, muchos pájaros pequeños han caído al suelo y no pueden volar. Los coches que estén cruzando un parque deben tomar precauciones para no atropellarlos. Y si se levanta un viento cálido, es probable que la niebla cambie de color. Las nieblas de color extrañó son nocivas. Por consiguiente, los radioescuchas deben cerrar con llave sus puertas si la niebla adquiere un tono rosa o violeta.
-¿Cambiar de color? -murmuré-. ¿Volverse rosa o violeta?
Aparté la cortina y miré hacia fuera. La niebla parecía condensarse con un peso vacío. ¿Acaso se debía al viento que hubiera en el aire una oscuridad sutil, diferente de la habitual negrura de la noche? El espesor de la niebla parecía infinito, y no obstante, más allá de ella se retorcía y enroscaba algo terrorífico.
Recordé que antes, mientras me dirigía a casa con el brazo prestado, los faros delanteros y traseros del coche conducido por la mujer vestida de rojo aparecían indistintos en la niebla. Una esfera grande y borrosa de tono violeta parecía aproximarse ahora a mí. Me apresuré a retirarme de la ventana.
-Vámonos a la cama. Nosotros también.
Daba la impresión de que nadie más en el mundo estaba levantado. Estar levantado era el terror.
Después de quitarme el brazo del cuello y colocarlo sobre la mesa, me puse un kimono de noche limpio, de algodón estampado. El brazo me observó mientras me cambiaba. Me avergonzaba ser observado. Ninguna mujer me había visto desnudándome en mi habitación.
Con el brazo en el mío, me metí en la cama. Me acosté a su lado y lo atraje suavemente hacia mi pecho. Se quedó inmóvil.
Con intermitencias podía oír un leve sonido, como de lluvia, un sonido muy ligero, como si la niebla no se hubiera convertido en lluvia, sino que ella misma estuviera formando gotas. Los dedos entrelazados con los míos bajo la manta adquirieron más calor; y el hecho de que no se hubieran calentado a mi propia temperatura me comunicó la más serena de las sensaciones.
-¿Estás dormido?
-No -replicó el brazo.
-Estabas tan quieto que pensé que te habrías dormido.
-¿Qué quieres que haga?
Abriendo mi kimono, llevé el brazo a mi pecho. La diferencia de calor me penetró. En la noche algo sofocante, algo fría, la suavidad de la piel era agradable.
Las luces seguían encendidas. Había olvidado apagarlas al meterme en la cama.
-Las luces -me levanté, y el brazo se cayó de mi pecho.
Me apresuré a recogerlo.
-¿Quieres apagar las luces? -me dirigí hacia la puerta-. ¿Duermes a oscuras o con las luces encendidas?
El brazo no respondió. Tenía que saberlo. ¿Por qué no contestaba? Yo no conocía las costumbres nocturnas de la muchacha. Comparé las dos imágenes: dormida a oscuras y con la luz encendida. Decidí que esta noche, sin el brazo, dormiría con luz. En cierto modo, yo también prefería tenerla encendida. Quería contemplar el brazo. Quería mantenerme despierto y mirar el brazo cuando estuviera dormido. Pero los dedos se estiraron y apretaron el interruptor.
Volví a la cama y me acosté en la oscuridad, con el brazo junto a mi pecho. Guardé silencio, esperando que se durmiera. Ya fuese porque estaba insatisfecho o temeroso de la oscuridad, la mano permanecía abierta a mi lado, y poco después los cinco dedos empezaron a recorrer mi pecho. El codo se dobló por propia iniciativa, y el brazo me abrazó.
En la muñeca de la muchacha había un pulso delicado. Reposaba sobre mi corazón, de forma que los dos pulsos sonaban uno contra otro. El suyo era al principio un poco más lento que el mío, y al poco rato coincidieron. Y algo después ya sólo podía sentir el mío. Ignoraba cuál era más rápido y cuál más lento.
Tal vez esta identidad de pulso y latido fuera para un breve período en el que yo podía intentar cambiar el brazo con el mío. ¿O acaso estaría durmiendo? Una vez oí decir a una muchacha que las mujeres eran menos felices en las angustias del éxtasis que durmiendo pacíficamente junto a sus hombres; pero jamás una mujer había dormido tan pacíficamente junto a mí como este brazo.
Yo era consciente del latido de mi corazón gracias al pulso que latía sobre él. Entre un latido y el siguiente, algo se alejaba muy de prisa y, también muy de prisa, volvía.
Mientras yo escuchaba los latidos, la distancia pareció aumentar, y por mucho que este algo se alejara, por muy infinitamente lejos que se fuera, no encontraba nada en su destino. El próximo latido lo hacía volver. Yo debía haber tenido miedo, pero no lo tenía. No obstante, busqué el interruptor que estaba junto, a la almohada.
Antes de oprimirlo, enrollé la manta hacia abajo. El brazo continuaba dormido, ignorante de lo que ocurría. Una dulce franja del más pálido blanco rodeaba mi pecho desnudo, y parecía surgir de la misma carne, como el resplandor que antecede a la salida de un sol caliente y diminuto.
Encendí la luz. Puse mis manos sobre los dedos y el hombro, y estiré el brazo. Le di uñas vueltas en silencio, contemplando el juego de luces y sombras desde la redondez del hombro hasta la finura y turgencia del antebrazo, el estrechamiento de la suave curva del codo, la sutil depresión en el interior del codo, la redondez de la muñeca, la palma y el dorso de la mano, y después los dedos.
«Me lo quedaré.» No tuve conciencia de haber murmurado las palabras. En un trance, me quité el brazo derecho y lo sustituí por el de la muchacha.
Hubo un ligero sonido entrecortado -no pude saber si mío o del brazo- y un espasmo en mi hombro. Así fue como me enteré del cambio.
El brazo de la muchacha, ahora mío, temblaba y se movía en el aire. Lo doblé y lo acerqué a mi boca.
-¿Duele? ¿Te duele?
-No. Nada, nada -las palabras eran vacilantes.
Un estremecimiento me recorrió como un relámpago.
Tenía los dedos en la boca.
De algún modo proferí mi felicidad, pero los dedos de la muchacha estaban sobre mi lengua, y dijera lo que dijese, no formé ninguna palabra.
-Por favor. Todo va bien -replicó el brazo. El temblor cesó-. Me dijeron que podías hacerlo. Y no obstante...
Me di cuenta de algo. Podía sentir los dedos de la muchacha en la boca, pero los dedos de su mano derecha, que ahora eran los de mi propia mano derecha, no podían sentir mis labios o mis dientes. Presa del pánico, sacudí mi mano derecha y no pude sentir las sacudidas. Había una interrupción, un paro, entre el brazo y el hombro.
-La sangre no fluye -prorrumpí-. ¿Verdad que no?
Por primera vez, el miedo me atenazó. Me incorporé en la cama. Mi propio brazo había caído junto a mí. Separado de mí, era un objeto repelente. Pero más importante, ¿se habría detenido el pulso? El brazo de la muchacha estaba caliente y palpitaba; el mío parecía estar quedándose frío y rígido. Con el brazo de la muchacha, tomé mi propio brazo derecho. Lo tomé, pero no hubo sensación.
-¿Hay pulso? -pregunté al brazo-. ¿Está frío? -Un poco. Algo más frío que yo. Yo estoy muy caliente.
Había algo especialmente femenino en la cadencia. Ahora que el brazo estaba sujeto a mi hombro y se había convertido en mío, parecía más femenino que antes.
-¿El pulso no se ha detenido?
-Deberías ser más confiado.
-¿Por qué?
-Has cambiado tu brazo por el mío, ¿verdad?
-¿Fluye la sangre?
-«Mujer, ¿a quién buscas? ¿Conoces el pasaje?»
-«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»»
-Muy a menudo, cuando estoy soñando y me despierto en plena noche, me lo susurro a mí mismo.
Esta vez, naturalmente, quien hablaba debía ser la propietaria del atractivo brazo unido a mi hombro. Las palabras de la Biblia parecían pronunciadas por una voz eterna, en un lugar eterno.
-¿Le resultará difícil dormir? -yo también hablaba de la propia muchacha-. ¿Tendrá una pesadilla? Esta niebla invita a perderse en miles de pesadillas. Pero la humedad hará toser hasta a los demonios.
-Para que no puedas oírles -el brazo de la muchacha, con el mío todavía en su mano, cubrió mi oreja derecha.
Ahora era mi propio brazo derecho, pero el movimiento no parecía haber procedido de mi voluntad sino de la suya, de su corazón. Pese a ello, la separación distaba de ser tan completa.
-El pulso. El sonido del pulso.
Escuché el pulso de mi propio brazo derecho. El brazo de la muchacha se había acercado a mi oreja con mi propio brazo en su mano, y tenía mi propia muñeca junto al oído. Mi brazo estaba caliente; como el brazo de la muchacha había dicho, sólo perceptiblemente más frío que sus dedos y mi oreja.
-Mantendré alejados a los demonios -traviesamente, con suavidad, la uña larga y delicada de su dedo meñique se movió en mi oreja. Yo meneé la cabeza. Mi mano izquierda, la mía desde el principio, tomó mi muñeca derecha, que era la de la muchacha. Cuando eché atrás la cabeza, advertí el meñique de la muchacha.
Cuatro dedos de su mano asían el brazo que yo había separado de mi hombro derecho. Solamente el meñique -¿diremos que sólo él podía jugar libremente?- estaba doblado hacia el dorso de la mano. La punta de la uña apenas tocaba mi brazo derecho. El dedo estaba doblado en una posición posible únicamente para la mano flexible de una muchacha, descartada para un hombre de articulaciones duras como yo. Se elevaba en ángulos rectos desde la base. En la primera articulación se doblaba en otro ángulo recto, y en la siguiente, en otro. De este modo trazaba un cuadrado, cuyo lado izquierdo estaba formado por el dedo anular.
Formaba una ventana rectangular al nivel de mis ojos. O más bien una mirilla, o un anteojo, demasiado pequeño para ser una ventana; pero por alguna razón pensé en una ventana. La clase de ventana por la que podría mirar una violeta. Esta ventana del dedo meñique, este anteojo formado por los dedos, tan blanco que despedía un débil resplandor, lo acerqué lo más posible a uno de mis ojos, y cerré el otro.
-¿Un mundo nuevo? -preguntó el brazo-. ¿Y qué ves?
-Mi oscura habitación. Sus cinco luces -antes de terminar la frase, casi grité-. ¡No, no! ¡Ya lo veo! -¿Y qué ves?
-Ha desaparecido.
-¿Y qué has visto?
-Un color. Una mancha púrpura. Y en su interior, pequeños círculos, pequeñas cuentas rojas y doradas, describiendo círculos una y otra vez.
-Estás cansado -el brazo de la muchacha dejó mi brazo derecho, y sus dedos me acariciaron suavemente los párpados.
-¿Giraban las cuentas rojas y doradas en una enorme rueda dentada? ¿He visto algo en la rueda dentada, algo que iba y venía?
Yo ignoraba si realmente había visto algo en ella o sólo me lo había parecido: una ilusión efímera, que no permanecía en la memoria. No podía recordar qué había sido.
-¿Era una ilusión que querías enseñarme?
-No. Al final la he borrado.
-De días que ya pasaron. De nostalgia y tristeza. Sus dedos dejaron de moverse sobre mis párpados. Formulé una pregunta inesperada.
-Cuando te sueltas el cabello, ¿te cubre los hombros?
-Sí. Lo lavo con agua caliente, pero después, tal vez una manía mía, lo mojo con agua fría. Me gusta sentir el cabello frío sobre mis hombros y brazos, y también contra los pechos.
Naturalmente, volvía a hablar la muchacha. Sus pechos nunca habían sido tocados por un hombre, y sin duda le hubiera resultado difícil describir la sensación del cabello frío y mojado sobre ellos. ¿Acaso el brazo, separado del cuerpo, se había separado también de la timidez y la reserva?
En silencio posé la mano izquierda sobre la suave redondez de su hombro, que ahora era mío. Se me antojó que tenía en la mano la redondez, aún pequeña, de sus pechos. La redondez de los hombros se convirtió en la suave redondez de los pechos.
Su mano se posó suavemente sobre mis párpados. Los dedos y la mano permanecieron así, impregnándose, y la parte interior de los párpados pareció calentarse a su tacto. El calor penetró en mis ojos.
-Ahora la sangre está fluyendo -dije en voz baja-. Está fluyendo.
No fue un grito de sorpresa, como cuando advertí que había cambiado mi brazo por el suyo. No hubo estremecimiento ni espasmo, ni en el brazo de la muchacha ni en mi hombro. ¿Cuándo había empezado mi sangre a fluir por el brazo, y su sangre, en mi interior? ¿Cuándo había desaparecido la interrupción del hombro? La sangre pura de la muchacha estaba fluyendo, en este preciso momento, a través de mí; pero, ¿no habría algo desagradable cuando el brazo fuera devuelto a la muchacha, con esta sangre masculina y sucia fluyendo por él? ¿Qué pasaría si no se adaptaba a su hombro?
-No semejante traición -murmuré.
-Todo irá bien -susurró el brazo.
No se produjo la conciencia dramática de que la sangre iba y venía entre el brazo y mi hombro. Mi mano izquierda, envolviendo mi hombro derecho, y el propio hombro, ahora mío, tenían una comprensión natural del hecho. Habían llegado a conocerlo. Este conocimiento los adormeció.
Me quedé dormido.
Flotaba sobre una enorme ola. Era la niebla envolvente cuyo color se había tornado violeta pálido, y había rizos de un verde pálido en el lugar donde yo flotaba, y sólo allí. La húmeda soledad de mi habitación había desaparecido. Mi mano izquierda parecía reposar ligeramente sobre el brazo derecho de la muchacha; Parecía como si sus dedos sostuvieran estambres de magnolia. Yo no podía verlos, pero sí olerlos. Los habíamos tirado, ¿y cuándo y cómo los recogió ella? Los pétalos blancos, de un solo día, aún no habían caído; ¿por qué, pues, los estambres? El coche de la mujer vestida de rojo pasó muy cerca, dibujando un gran círculo conmigo en el centro. Parecía vigilar nuestro sueño, el de la muchacha y el mío.
Nuestro sueño fue probablemente ligero, pero nunca había conocido un sueño tan cálido y dulce. Dormía siempre con inquietud, y aún no había sido bendecido con el sueño profundo de un niño.
La uña larga, estrecha y delicada arañó suavemente la palma de mi mano, y el tenue contacto hizo más profundo mi sueño. Desaparecí.
Me desperté gritando. Casi me caí de la cama, y caminé tambaleándome tres o cuatro pasos.
Me había despertado el contacto de algo repulsivo. Era mi brazo derecho.
Mientras recobraba el equilibrio, contemplé el brazo que estaba sobre la cama. Contuve el aliento, mi corazón se disparó y todo mi cuerpo fue recorrido por un estremecimiento. Vi el brazo en un instante, y al siguiente ya había arrancado de mi hombro el brazo de la muchacha y colocado nuevamente el mío propio. El acto fue como un asesinato provocado por un impulso repentino y diabólico.
Me arrodillé junto a la cama, apoyé el pecho contra ella y froté mi corazón demerite con la mano recobrada. A medida que los latidos se calmaban, cierta tristeza brotó desde una profundidad mayor que lo más profundo de mi ser.
-¿Dónde está su brazo? -levanté la cabeza.
Yacía a los pies de la cama, con la palma hacia arriba sobre el ovillo de la manta. Los dedos estirados no se movían. El brazo era débilmente blanco bajo la luz opaca.
Con una exclamación de alarma lo recogí y apreté con fuerza contra mi pecho. Lo abracé como se abraza a un niño pequeño a quien la vida está abandonando. Llevé los dedos a mis labios. ¡Ojalá el rocío de la mujer manara de entre las largas uñas y las yemas de los dedos!
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