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sábado, 5 de enero de 2008
LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES // YASUNARI KAWABATA
Yasunari Kawabata
La casa de las bellas durmientes
1
No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido.
Había esta habitación, de unos cuatro metros cuadrados, y la habitación contigua, pero al parecer no había más habitaciones en el piso superior; y como la planta baja resultaba demasiado reducida para alojar huéspedes, el lugar apenas podía llamarse una posada. Probablemente porque su secreto no lo permitía, el portal no ostentaba ningún letrero. Todo era silencio. Tras serle franqueado el portal cerrado con llave, el viejo Eguchi sólo había visto a la mujer con quien ahora estaba hablando. Era su primera visita. Ignoraba si se trataba de la propietaria o de una criada. Era mejor no hacer preguntas.
La mujer, baja y de unos cuarenta y cinco años, tenía una voz juvenil, y daba la impresión de haber cultivado especialmente una actitud seria y formal. Los labios delgados apenas se abrían cuando hablaba. No miraba a Eguchi con frecuencia. Algo en sus ojos oscuros minaba las defensas de éste, y parecía muy segura de sí misma. Preparó el té con una tetera de hierro sobre el brasero de bronce. Las hojas de té y la calidad de la infusión eran asombrosamente buenas para el lugar y la ocasión -con objeto de tranquilizar al viejo Eguchi. En la alcoba pendía un cuadro de Kawai Gyokudö, probablemente una reproducción, de una aldea de montaña al calor de las hojas otoñales. Nada sugería que la habitación albergara secretos insólitos.
-Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta de nada. -La mujer lo repitió-: Continuará dormida y no se dará cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No debe usted preocuparse.
Eguchi no mencionó las dudas que empezaban a acometerle.
-Es una joven muy bonita. Sólo admito huéspedes en quienes pueda confiar.
Cuando Eguchi desvió la vista, la fijó en su reloj de pulsera.
-¿Qué hora es?
-Las once menos cuarto.
-No me sorprende. Los caballeros ancianos gustan de acostarse pronto y levantarse temprano. Así pues, cuando quiera.
La mujer se puso de pie y abrió la cerradura de la habitación contigua. Utilizó la mano izquierda. No había nada notable en este acto, pero Eguchi retuvo el aliento mientras la miraba. Ella echó una mirada a la otra habitación. Sin duda estaba acostumbrada a mirar por las puertas, y no había nada extraño en la espalda que daba a Eguchi. No obstante, parecía extraña. Había un pájaro grande y raro en el nudo de su obi. Ignoraba de qué especie podía tratarse. ¿Por qué habrían puesto ojos y pies tan realistas en un pájaro estilizado? No era que el ave fuese inquietante por sí misma, sólo que el diseño era malo; pero si había que atribuir algo inquietante a la espalda de la mujer, se encontraba allí, en el pájaro. El fondo era amarillo pálido, casi blanco.
La habitación contigua parecía débilmente iluminada. La mujer cerró la puerta sin dar vuelta a la llave, y colocó ésta sobre la mesa, frente a Eguchi. Nada en su actitud, ni en el tono de su voz, sugería que había inspeccionado una habitación secreta.
-Aquí está la llave. Espero que duerma bien. Si le cuesta conciliar el sueño, encontrará un sedante junto a la almohada.
-¿Tiene algo de beber?
-No dispongo de alcohol.
-¿Ni siquiera puedo tomar un trago para dormirme?
-No.
-¿Ella está en la habitación contigua?
-Sí, dormida y esperándole.
-¡Oh!
Eguchi estaba un poco sorprendido. ¿Cuándo había entrado la muchacha en la habitación contigua? ¿Desde cuándo estaría dormida? ¿Acaso la mujer había abierto la puerta para asegurarse de que estaba dormida? Eguchi sabía por un viejo conocido que frecuentaba el lugar que habría una muchacha esperando, dormida, y que no se despertaría; pero ahora que se encontraba aquí parecía incapaz de creerlo.
-¿Dónde quiere desnudarse? -La mujer parecía dispuesta a ayudarle. Él guardó silencio-. Escuche las olas. Y el viento.
-¿Olas?
-Buenas noches -la mujer le dejó.
Una vez solo, Eguchi contempló la habitación, desnuda y sin artilugios. Su mirada se posó en la puerta de la habitación contigua. Era de cedro, de un metro de anchura. Parecía haber sido añadida después de la construcción de la casa. También la pared, si se examinaba bien, parecía un antiguo tabique corredizo, ahora tapado para formar la cámara secreta de las bellas durmientes. El color era igual que el de las otras paredes, pero parecía más reciente. .
Eguchi cogió la llave. Después de hacerlo, debería haberse dirigido a la otra habitación; pero permaneció sentado. Lo que había dicho la mujer era cierto: las olas sonaban con violencia. Era como si rompieran contra un alto acantilado, y como si la pequeña casa estuviera en el mismo borde. El viento traía el sonido del invierno inminente, tal vez debido a la casa misma, tal vez debido a algo que había en el viejo Eguchi. No obstante, el calor del único brasero resultaba suficiente. El distrito era cálido. El viento no parecía barrer las hojas. Al haber llegado tarde, Eguchi no había visto en qué clase de paisaje se asentaba la casa; pero se notaba el olor del mar. El jardín era grande en relación con el tamaño de la casa, y contenía un número considerable de grandes pinos y arces. Las agujas de los pinos se perfilaban con fuerza contra el cielo. Probablemente la casa había sido una villa campestre.
Con la llave todavía en la mano, Eguchi encendió un cigarrillo. Dio una o dos chupadas y lo apagó; pero fumó otro hasta el final. No era tanto porque se estuviera ridiculizando a sí mismo por su ligera aprensión como por el hecho de sentir un vacío desagradable. Solía tomar un poco de whisky antes de acostarse. Tenía un sueño precario, con tendencia a las pesadillas. Una poetisa muerta de cáncer en su juventud había dicho en uno de sus poemas que para ella, en las noches de insomnio, «la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados». Era un verso que Eguchi no podía olvidar. Al recordarlo ahora se preguntó si la muchacha dormida -no, narcotizada- de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado; y vaciló un poco en acudir a su lado. No le habían dicho cómo la sumían en el sueño. En cualquier caso, estaría en un letargo anormal, sin conciencia de cuanto ocurriera a su alrededor, y por ello podría tener la piel, opaca y plomiza de una persona atiborrada de drogas. Podría tener ojeras oscuras y marcarse sus costillas bajo una piel reseca y marchita. O podría estar fría, hinchada, tumefacta. Podría roncar ligeramente, con los labios abiertos, dejando entrever unas encías violáceas. Durante sus sesenta y siete años el viejo Eguchi había pasado noches ingratas con mujeres. De hecho, las noches ingratas eran las más difíciles de olvidar. Lo desagradable no tenía nada que ver con el aspecto de las mujeres, sino con sus tragedias, sus vidas frustradas. A su edad, no quería añadir al historial otro episodio semejante. De este modo discurrían sus pensamientos, al borde de la aventura. Pero, ¿podía haber algo más desagradable que un viejo acostado durante toda la noche unto a una muchacha narcotizada, inconsciente? ¿No habría venido a esta casa buscando lo sumo en la fealdad de la vejez?
La mujer había hablado de huéspedes en quienes podía confiar. Al parecer todos cuantos venían a esta casa eran dignos de confianza. El hombre que le habló a Eguchi de la casa era tan viejo que ya había dejado de ser hombre. Parecía pensar que Eguchi había alcanzado el mismo grado de senilidad. La mujer de la casa, probablemente porque estaba acostumbrada a hacer tratos sólo con hombres tan ancianos, no había mirado a Eguchi con piedad ni indiscreción. Puesto que era capaz todavía de sentir goce, aún no era un huésped digno de confianza; pero podía llegar a serlo, debido a sus sentimientos en aquel momento, al lugar y a su compañera. La fealdad de la vejez le estaba acosando. También para él, pensó, estaban próximas las tristes circunstancias de los otros huéspedes. El hecho de que estuviera aquí ya lo indicaba.
Y por ello no tenía intención de violar las desagradables y tristes restricciones impuestas a los viejos. No tenía intención de violarlas, y no lo haría. Aunque podía llamarse un club secreto, el número de sus ancianos miembros parecía reducido. Eguchi no había venido a descubrir sus pecados ni a husmear en sus prácticas secretas. Su curiosidad distaba de ser fuerte, porque ya la tristeza de la vejez se cernía también sobre él.
-Algunos caballeros dicen que tienen sueños felices cuando vienen aquí -había dicho la mujer-. Otros dicen que recuerdan lo que sentían cuando eran jóvenes.
Ni siquiera entonces apareció en el rostro de Eguchi una leve sonrisa. Puso las manos sobre la mesa y se levantó. Se encaminó hacia la puerta de cedro.
-¡Ah!
Eran las cortinas de terciopelo carmesí. El carmesí era aún más profundo bajo la luz tenue. Parecía como si una delgada capa de luz flotara ante las cortinas, y él se estuviera introduciendo en un fantasma. Había cortinas en las cuatro paredes y también en la puerta, pero aquí estaban recogidas hacia un lado. Cerró la puerta con llave, dejó caer la cortina y miró a la muchacha. Ésta no fingía. Su respiración era la de un sueño profundo. Eguchi contuvo el aliento; era más hermosa de lo qué había esperado. Y su belleza no constituía la única sorpresa. También era joven. Estaba acostada sobre el lado izquierdo, con el rostro vuelto hacia él. No podía ver su cuerpo, pero no debía tener ni veinte años. Era como si otro corazón batiese sus alas en el pecho del anciano Eguchi.
Su mano derecha y la muñeca estaban al borde de la colcha. El brazo izquierdo parecía extendido diagonalmente sobre la colcha. El pulgar derecho se ocultaba a medias bajo la mejilla. Los dedos, sobre la almohada y junto a su rostro, estaban ligeramente curvados en la suavidad del sueño, aunque no lo suficiente para esconder los delicados huecos donde se unían a la mano. La cálida rojez se intensificaba de modo gradual desde la palma a las yemas de los dedos. Era una mano suave, de una blancura resplandeciente.
-¿Estás dormida? ¿Vas a despertarte?
Era como si lo preguntara con objeto de poder tocarle la mano. La tomó en la suya y la sacudió. Sabía que ella no abriría los ojos. Con su mano todavía en la suya, contempló su rostro. ¿Qué clase de muchacha sería? Las cejas estaban libres de cosméticos, las pestañas bajadas eran regulares. Olió la fragancia del cabello femenino. Al cabo de unos momentos el sonido de las olas se incrementó, porque el corazón de Eguchi había sido cautivado. Se desnudó con decisión. Al observar que la luz venía de arriba, levantó la vista. La luz eléctrica procedía de dos claraboyas cubiertas con papel japonés. Como si tuviera más compostura dé la que era capaz, se preguntó si era una luz que acentuaba el carmesí del terciopelo y si la luz del terciopelo daba a la piel de la muchacha el aspecto de un bello fantasma; pero el color no era lo bastante fuerte para reflejarse en su piel. Ya se había acostumbrado a la luz. Era demasiado intensa para él, habituado a dormir en la oscuridad, pero al parecer no podía apagarse. Vio que la colcha era de buena calidad.
Se deslizó quedamente bajo ella, temeroso de que la muchacha, aunque sabía que seguiría durmiendo, se despertara. Parecía estar totalmente desnuda. No hubo reacción, ningún encogimiento de hombros ni torsión de las caderas como sugerencia de que ella notaba su presencia. Era una muchacha joven, y por muy profundo que fuera su sueño, debería haber una especie de reacción rápida. Pero él sabía que éste no era un sueño normal. Este pensamiento le impidió tocarla cuando estiró las piernas. Ella tenía la rodilla algo adelantada, obligando a las piernas de Eguchi a una posición difícil. No necesitó inspeccionar para saber que ella no estaba a la defensiva, que no tenía la rodilla derecha apoyada sobre la izquierda. La rodilla derecha se encontraba hacia atrás y la pierna estirada. En esta posición sobre el lado izquierdo, el ángulo de los hombros y el de las caderas parecían en desacuerdo, debido a la inclinación del torso. No daba la impresión de ser muy alta.
Los dedos de la mano que el viejo Eguchi sacudió suavemente también estaban sumidos en profundo sueño. La mano descansaba tal como él la dejara. Cuando tiró la almohada hacia atrás, la mano cayó. Contempló el codo que estaba sobre la almohada. «Como si estuviera vivo», murmuró para sus adentros. Por supuesto que estaba vivo, y su única intención era observar su belleza; pero una vez pronunciadas, las palabras adquirieron un tono siniestro. Aunque esta muchacha sumida en el sueño no había puesto fin a las horas de su vida, ¿acaso no las había perdido, abandonándolas a profundidades insondables? No era una muñeca viviente, pues no podía haber muñecas vivientes; pero, para que no se avergonzara de un viejo que ya no era hombre, había sido convertida en juguete viviente. No, un juguete, no: para los viejos podía ser la vida misma. Semejante vida era, tal vez, una vida que podía tocarse con confianza. Para los ojos cansados y présbitas de Eguchi, la mano vista de cerca era aún más suave y hermosa. Era suave el tacto, pero no podía ver la textura:
Los ojos cansados advirtieron que en los lóbulos de las orejas había el mismo matiz rojo, cálido y sanguíneo, que se intensificaba hacia las yemas de los dedos. Podía ver las orejas a través del cabello. El rubor de los lóbulos de las orejas indicaba la frescura de la muchacha con una súplica que le llegó al alma. Eguchi se había encaminado hacia esta casa secreta inducido por la curiosidad, pero sospechaba que hombres más seniles que él podían acudir aquí con una felicidad y una tristeza todavía mayores. El cabello de la muchacha era largo, probablemente para que los ancianos jugaran con él. Apoyándose de nuevo sobre la almohada, Eguchi lo apartó para descubrir la oreja. El cabello de detrás de la oreja tenía un resplandor blanco. El cuello y el hombro eran también jóvenes y frescos; aún no mostraban la plenitud de la mujer. Echó una mirada a la habitación. En la caja sólo había sus propias ropas; no se veía rastro alguno de las de la muchacha. Tal vez la mujer se las había llevado, pero Eguchi tuvo un sobresalto al pensar que la muchacha podía haber entrado desnuda en la habitación. Estaba aquí para ser contemplada. Él sabía que la habían adormecido para este fin, y que esta nueva sorpresa era inmotivada; pero cubrió su hombro y cerró los ojos. Percibió el olor de un niño de pecho en el olor de la muchacha. Era el olor á leche de un lactante, y más fuerte que el de la muchacha. Era imposible que la chica hubiera tenido un hijo, que sus pechos estuvieran hinchados, que los pezones rezumaran leche. Contempló de nuevo su frente y sus mejillas, y la línea infantil de la mandíbula y el cuello. Aunque ya estaba seguro, levantó ligeramente la colcha que cubría el hombro. El pecho no era un pecho que hubiese amamantado. Lo tocó suavemente con el dedo; no estaba húmedo. La muchacha tenía apenas veinte años. Aunque la expresión infantil no fuese por completo inadecuada, la muchacha no podía tener el olor a leche de un lactante. De hecho, se trataba de un olor de mujer, y sin embargo, era muy cierto que el viejo Eguchi había olido a lactante hacía un momento. ¿Habría pasado un espectro? Por mucho que se preguntara el porqué de su sensación, no conocería la respuesta; pero era probable que procediera de una hendidura dejada por un vacío repentino en su corazón. Sintió una oleada de soledad teñida de tristeza. Más que tristeza o soledad, lo que le atenazaba era la desolación de la vejez. Y ahora se transformó en piedad y ternura hacia la muchacha que despedía la fragancia del calor juvenil. Quizás únicamente con objeto de rechazar una fría sensación de culpa, el anciano creyó sentir música en el cuerpo de la muchacha. Era la música del amor. Como si quisiera escapar, miró las cuatro paredes, tan cubiertas de terciopelo carmesí que podría no haber existido una salida. El terciopelo carmesí, que absorbía la luz del techo, era suave y estaba totalmente inmóvil. Encerraba a una muchacha que había sido adormecida, y a un anciano.
-Despierta, despierta -Eguchi sacudió el hombro de la muchacha. Luego le levantó la cabeza.
Un sentimiento hacia la muchacha, que surgía en su interior, le impulsó a obrar así. Había llegado un momento en que el anciano no podía soportar el hecho de que la muchacha durmiera, no hablara, no conociera su rostro y su voz, de que no supiera nada de lo que estaba ocurriendo ni conociera a Eguchi, el hombre que estaba con ella. Ni una mínima parte de su existencia podía alcanzarla. La muchacha no se despertaría, era el peso de una cabeza dormida en su mano; y sin embargo, podía admitir el hecho de que ella parecía fruncir ligeramente el ceño como una respuesta viva y rotunda. Eguchi mantuvo su mano inmóvil. Si ella se despertaba debido a tan pequeño movimiento, el misterio del lugar, descrito por el viejo Kiga, el hombre que se lo había indicado, como «dormir con un Buda secreto», se desvanecería. Para los ancianos clientes en quienes la mujer podía «confiar», dormir con una belleza que no se despertaría era una tentación, una aventura, un goce en el que, a su vez, podían confiar. El viejo Kiga había dicho a Eguchi que sólo podía sentirse vivo cuando se hallaba junto a una muchacha narcotizada.
Cuando Kiga visitó a Eguchi, su mirada se posó en el jardín. Había algo rojo sobre el musgo marrón del otoño.
-¿Qué puede ser?
Salió para verlo. Las bolas eran frutas rojas del aoki.[1] Había un gran número de ellas en el suelo. Kiga recogió una y, jugando con ella, habló a Eguchi de la casa secreta. Dijo que acudía allí cuando la desesperación de la vejez le resultaba insoportable.
-Parece haber pasado mucho tiempo desde que perdí la esperanza en cualquier mujer. Hay una casa donde duermen a las mujeres para que no se despierten.
¿Sería que una muchacha profundamente dormida, que no dijera nada ni oyera nada, lo oía todo y lo decía todo a un anciano que, para una mujer, había dejado de ser hombre? Pero ésta era la primera experiencia de Eguchi con una mujer así. Sin duda, la muchacha había tenido muchas veces esta experiencia con hombres viejos. Entregada totalmente a él, sin conciencia de nada, en una especie de profunda muerte aparente, respiraba con suavidad, mostrando un lado de su inocente rostro. Ciertos ancianos tal vez acariciarían todas las partes de su cuerpo, otros sollozarían. La muchacha no se enteraría en ninguno de ambos casos. Pero ni siquiera este pensamiento indujo a Eguchi a la acción. Al retirar la mano de su cuello tuvo tanto cuidado como si manejara un objeto frágil; pero el impulso de despertarla con violencia aún no le había abandonado.
Cuando retiró la mano, la cabeza de ella dio una suave media vuelta; y también el hombro, por lo que la muchacha quedó boca arriba. Eguchi se apartó, preguntándose si abriría los ojos. La nariz y los labios brillaban de juventud bajo la luz del techo. La mano izquierda se movió hacia la boca; parecía a punto de meter el índice entre los dientes, y él se preguntó si sería un hábito de la muchacha cuando dormía, pero sólo la acercó dulcemente a los labios y nada más. Los labios se abrieron un poco, mostrando los dientes. Hasta ahora había respirado por la nariz, y ahora lo hacía por la boca. Su respiración parecía un poco más rápida. Él se preguntó si sentiría algún dolor, y decidió que no. Debido a la separación de los labios, una tenue sonrisa parecía flotar entre las mejillas. El sonido de las olas rompiendo contra el alto acantilado se aproximó. El sonido de las olas al retroceder sugería grandes rocas al pie del acantilado; el agua retenida entre ellas parecía seguir algo más tarde. La fragancia del aliento de la muchacha era más intensa en la boca que en la nariz. Sin embargo, no olía a leche. Se preguntó de nuevo por qué había pensado en el olor a leche. Tal vez era un olor que le hacía ver a la mujer en la muchacha.
El viejo Eguchi tenía ahora un nieto que olía a leche. Podía verlo aquí, frente a él. Sus tres hijas estaban casadas y tenían hijos; y no había olvidado cuando ellas olían a leche y las sostenía en sus brazos a la edad de la lactancia. ¿Acaso el olor a leche de sus retoños había vuelto a él para amonestarle? No, debía ser el olor del propio corazón de Eguchi, atraído por la muchacha. También él se colocó boca arriba, y, tumbado de manera que no hubiese ningún contacto con la muchacha, cerró los ojos. Haría bien en tomar el sedante que había junto a la almohada. No sería tan fuerte como la droga que habían dado a la muchacha; se despertaría antes que ella. De otro modo, el secreto y la fascinación del lugar se desvanecerían. Abrió el paquete. Dentro había dos píldoras blancas. Si tomaba una, caería en un sueño ligero; con dos, se sumiría en un sueño profundo como la muerte. Esto aún sería mejor, pensó, mirando las píldoras; y la leche le trajo un recuerdo desagradable e insensato.
-Leche. Huele a leche. Huele como un niño de pecho. -Cuando empezaba a doblar la chaqueta que él se había quitado, la mujer le dirigió una mirada feroz, con las facciones tensas-. Ha sido tu niña. La cogiste en brazos al salir de casa, ¿verdad? ¿Verdad que sí? ¡La odio! ¡La odio!
Con un temblor violento en la voz, la mujer se levantó y tiró la chaqueta al suelo.
-La odio. ¿A quién se le ocurre venir aquí después de tener a una criatura en los brazos?
Su voz era dura, pero la mirada de sus ojos era aún peor. Se trataba de una geisha con la que intimaba desde hacía algún tiempo. Sabía desde el principio que él tenía esposa e hijos, pero el olor de la niña lactante provocó una repulsión y unos celos violentos. Eguchi y la geisha no volvieron a estar en buenas relaciones.
El olor que tanto desagradó a la geisha era el de su hija pequeña. Eguchi había tenido una amante antes de casarse. Los padres de ella concibieron sospechas, y los encuentros ocasionales fueron turbulentos. Una vez, cuando él apartó la cara, advirtió que el pecho de la mujer estaba ligeramente manchado de sangre. Se asustó, pero, como si nada hubiera sucedido, volvió a acercar la cara y lamió la sangre con suavidad. La muchacha, en trance, no se dio cuenta de lo ocurrido. El delirio había pasado. Ella no pareció sentir ningún dolor, ni siquiera cuando se lo dijo.
¿Por qué habían vuelto a él estos dos recuerdos, tan alejados en el tiempo? No parecía probable que hubiese olido a leche en esta muchacha sólo porque había evocado aquellos dos recuerdos. Procedían de muchos años atrás, aunque en cierto modo no creía que pudieran distinguirse los recuerdos recientes de los distantes, los nuevos de los viejos. Era posible que guardase un recuerdo más fresco e inmediato de su infancia que del día anterior. ¿Acaso esta tendencia no se iba haciendo más clara a medida que uno envejecía? ¿Acaso los días juveniles de una persona no la hacían tal como era, conduciéndola a través de toda la vida? Era una trivialidad, pero la muchacha cuyo pecho se había manchado de sangre, le había enseñado que los labios de un hombre podían hacer sangrar casi cualquier parte del cuerpo de una mujer; y, aunque posteriormente Eguchi evitó llegar hasta este extremo, el recuerdo, el don de una mujer para comunicar fuerza a toda la vida de un hombre, seguía vivo en él, a pesar de sus sesenta y siete años.
Una cosa todavía más trivial.
-Antes de dormirme cierro los ojos y cuento los hombres por quienes no me importaría ser besada. Los cuento con los dedos. Es muy agradable. Pero me entristece no poder pensar en más de diez.
Estas observaciones fueron hechas al joven Eguchi por la esposa de un ejecutivo comercial, una mujer de mediana edad, una mujer de sociedad y, según se rumoreaba, una mujer inteligente. En aquel momento estaban bailando un vals. Tomando esta súbita confesión como una sugerencia de que no le importaría ser besada por él, Eguchi aflojó la presión de su mano.
-No hago más que contarlos -dijo ella en tono superficial-. Usted es joven, y supongo que no le agobia tratar de dormirse. Y, aunque así fuera, tiene a su esposa. Pero inténtelo de vez en cuando. Yo lo considero una medicina excelente.
La voz era definitivamente seca, y Eguchi no contestó. Ella había dicho que se limitaba a contarlos; pero resultaba fácil imaginar que evocaba en su mente tanto sus rostros como sus cuerpos. Conjurar a diez debía exigir un tiempo y una imaginación considerables. Al pensar en esto, el perfume de algo parecido a una poción amorosa por parte de esta mujer ya madura asaltó a Eguchi con más fuerza. Ella era libre de evocar a su antojo la figura de Eguchi entre los hombres por quienes no le importaba ser besada. El asunto no era de su incumbencia, y no podía resistirse ni lamentarse; y, no obstante, el hecho de ser utilizado a sus espaldas por la mente de una mujer de edad mediana resultaba bochornoso. Pero no había olvidado las palabras de ella. Después empezó a sospechar que la mujer podía haberse burlado de él o inventado la historia para divertirse a su costa; pero, al final, las palabras permanecieron. La mujer había muerto hacía tiempo y Eguchi ya había desechado todas estas dudas. Y, mujer inteligente, antes de morir, ¿cuántos centenares de hombres imaginó que había besado?
A medida que la vejez se aproximaba, y en las noches en que le costaba conciliar el sueño, Eguchi recordaba de vez en cuando las palabras de aquella mujer y contaba muchas mujeres con los dedos; pero no se limitaba a algo tan sencillo como imaginarse solamente a las que le hubiera gustado besar. Solía evocar recuerdos de las mujeres con quienes había mantenido relaciones amorosas. Esta noche había resucitado un viejo amor porque la bella durmiente le había comunicado la ilusión de que olía a leche. Tal vez la sangre del pecho de aquella muchacha lejana le había hecho percibir en la muchacha de esta noche un olor que no existía. Quizá fuera un consuelo melancólico para un anciano sumirse en recuerdos de mujeres de un pasado remoto que ya no volverían, ni siquiera mientras acariciaba a una belleza a la que no lograría despertar. Eguchi se sintió invadido de un cálido reposo que tenía algo de soledad. Sólo la había tocado ligeramente para saber si su pecho estaba húmedo, y no se le había ocurrido la complicada idea de que ella se asustara, al despertarse después de él, ante la sangre que manara de su pecho. Sus senos parecían bellamente redondeados. Un extraño pensamiento le asaltó: ¿por qué, entre todos los animales, en el largo curso del mundo, sólo los pechos de la hembra humana habían llegado a ser hermosos? ¿No era para gloria de la raza humana que los pechos femeninos hubiesen adquirido semejante belleza?
Lo mismo podía ser cierto de los labios. El viejo Eguchi pensó en las mujeres que se preparaban para acostarse, en las mujeres que se desmaquillaban antes de irse a la cama. Había mujeres cuyos labios eran pálidos cuando se quitaban la pintura, y otras cuyos labios revelaban el deterioro de la edad. Bajo la suave luz del techo y el reflejo del terciopelo de las cuatro paredes, no se veía con claridad si la muchacha estaba o no ligeramente maquillada, pero no había llegado al extremo de afeitarse las cejas. Los labios y los dientes tenían un brillo natural. Como era improbable que hubiese perfumado su boca, lo que se percibía era la fragancia de una boca juvenil. A Eguchi no le gustaban los pezones grandes y oscuros. A juzgar por lo que viera cuando levantó la colcha, los de la muchacha eran todavía pequeños y rosados. Dormía boca arriba, así pues, podía besarle los pechos. No era ciertamente una muchacha cuyos pechos le desagradara besar. Si esto ocurría con un hombre de su edad, pensó Eguchi, entonces los hombres realmente ancianos que venían a esta casa debían perderse por completo en el placer, estar dispuestos a cualquier eventualidad, a pagar cualquier precio. Seguramente había habido lascivos entre ellos, y sus imágenes no estaban totalmente ausentes de la mente de Eguchi. La muchacha dormía y no se daba cuenta de nada. ¿Se mantendrían intactos el rostro y la forma, tal como estaban ahora? Como dormida aparecía tan hermosa, Eguchi se abstuvo del acto indecoroso al que le conducían estos pensamientos. ¿Acaso la diferencia entre él y los demás ancianos residía en que aún había en él algo que le hacía funcionar como hombre? Para los demás, la muchacha pasaría la noche en un sueño insondable. Él, aunque suavemente, había intentado despertarla dos veces. Ignoraba qué habría hecho si por casualidad la muchacha hubiera abierto los ojos, pero lo más probable era que la tentativa hubiera sido dictada por el afecto. Aunque no, seguramente se debió a su propio vacío e inquietud.
«¿No sería mejor que me durmiera? -se oyó murmurar fútilmente a sí mismo, y añadió-: No es para siempre. No es para siempre ni en su caso ni en el mío.»
Cerró los ojos. De esta noche extraña, como de todas las otras noches, se despertaría con vida por la mañana. El codo de la muchacha, que yacía con el índice apoyado en los labios, le estorbaba. Le cogió la muñeca y la colocó junto a él. Buscó el pulso, asiendo la muñeca con el índice y el dedo mediano. Era tranquilo y regular. Su serena respiración era algo más lenta que la de Eguchi. De vez en cuando el viento pasaba sobre la casa, pero ya no tenía el sonido de un invierno inminente. El bramido de las olas contra el acantilado se suavizaba al aproximarse. Su eco parecía llegar del océano como música que sonara en el cuerpo de la muchacha, y los latidos de su pecho y el pulso de la muchacha le servían de acompañamiento. Al ritmo de la música, una mariposa pura y blanca danzó frente a sus párpados cerrados. Retiró la mano de la muñeca de ella. No la tocaba en ninguna parte. Ni la fragancia de su aliento, ni de su cuerpo, ni de sus cabellos era fuerte.
Eguchi pensó en los escasos días en que se escapó de Kyoto, tomando la ruta interior, con la muchacha cuyo pecho había estado húmedo de sangre. Quizás el recuerdo era vivo porque el calor del cuerpo joven y fresco tendido a su lado se lo comunicaba débilmente. Había numerosos túneles cortos en la vía férrea que unía a las provincias occidentales con Kyoto. Cada vez que entraban en un túnel, la muchacha, como si estuviera asustada, juntaba su rodilla con la de Eguchi y le cogía la mano. Y cada vez que salían de uno de ellos había una colina o un pequeño barranco coronado por un arco iris.
«¡Qué bonito!», decía ella cada vez, o «¡Qué gracioso!»
Tenía una palabra de alabanza para cada pequeño arco iris, y no sería exagerado decir que, buscando a derecha e izquierda, encontraba uno cada vez que salían de un túnel. A veces era tan tenue que apenas se vislumbraba. Ella acabó sintiendo algo ominoso en estos arco iris extrañamente abundantes.
-¿No supones que nos persiguen? Tengo la sensación de que nos atraparán cuando lleguemos a Kyoto. Cuando me hayan devuelto ya no me dejarán volver a salir de casa.
Eguchi, que acababa de graduarse en la universidad y había empezado a trabajar, no tenía posibilidad de ganarse la vida en Kyoto y sabía que, a menos que él y la chica se suicidaran juntos, algún día tendrían que volver a Tokio; pero, desde los pequeños arco iris, la pulcritud de las partes secretas de la muchacha le fue revelada y ya no le abandonó. La vio en una posada junto al río en Kanazawa. Había sido una noche de nevisca. La pulcritud le impresionó tanto que contuvo el aliento y sintió el escozor de las lágrimas. No había visto tal pulcritud en las mujeres de todas las décadas pasadas; y había llegado a creer que comprendía todas las clases de pulcritud y que la pulcritud en los lugares secretos era propiedad exclusiva de la muchacha. Trató de reírse de esta idea, pero el caudal de la nostalgia la convirtió en un hecho y ahora continuaba siendo un recuerdo poderoso que el viejo Eguchi no podía desechar. Una persona enviada por la familia de la muchacha se la llevó consigo a Tokio, y poco después se casó.
Cuando se encontraron por casualidad junto al estanque de Shinobazu, la muchacha llevaba un niño sujeto a la espalda. El niño iba tocado con una gorra de lana blanca. Era otoño y los lotos del estanque empezaban a marchitarse. Tal vez la mariposa blanca que esta noche danzaba frente a sus párpados cerrados hubiera sido evocada por aquella gorra blanca.
Al encontrarse junto al estanque, lo único que se le ocurrió a Eguchi fue preguntarle si era feliz.
-Sí -repuso ella inmediatamente-, soy feliz.
Probablemente no existía otra respuesta.
-¿Y por qué estás paseando por aquí sola con un niño en la espalda?
Era una pregunta extraña. La muchacha se quedó mirándole a la cara.
-¿Es un niño o una niña?
-Es una niña. ¡Vaya! ¿No lo has visto al mirarla?
-¿Es mía?
-No -la muchacha meneó la cabeza, encolerizada-. No es tuya.
-¿Ah, no? Bueno, si lo es, no necesitas decirlo ahora. Puedes decirlo cuando quieras. Dentro de muchos, muchos años.
-No es tuya. De verdad que no. No he olvidado que te amé, pero tú no debes imaginar cosas. Sólo conseguirías causarle problemas.
-¿Ah, sí?
Eguchi no hizo ningún intento especial de mirar la cara de la niña, pero siguió mucho rato a la joven con la mirada. Ella se volvió a mirarle cuando estuvo a cierta distancia. Al ver que él continuaba contemplándola, aceleró el paso. No la vio nunca más. Hacía más de diez años que se había enterado de su muerte. Eguchi, a sus sesenta y siete años, había perdido a muchos amigos y parientes, pero el recuerdo de la muchacha seguía siendo joven. Reducido ahora a tres detalles, la gorra blanca de la niña, la pulcritud del lugar secreto y la sangre en el pecho, era todavía claro y fresco. Probablemente no había nadie en el mundo aparte de Eguchi que conociera aquella pulcritud incomparable, y con su muerte, ahora no muy distante, desaparecería del mundo por completo. Aunque con timidez, ella le había permitido mirar cuanto quisiera. Tal vez fuese una actitud propia de las jóvenes; pero no podía caber la menor duda de que ella misma no conocía su pulcritud. No podía verla.
Temprano por la mañana, después de llegar a Kyoto, Eguchi y la muchacha pasearon por un bosquecillo de bambúes, que lanzaban reflejos plateados a la luz de la mañana. En el recuerdo de Eguchi las hojas eran finas y suaves, de plata pura, y los tallos también eran de plata. En el sendero que bordeaba el bosquecillo, cardos y zarzas estaban en flor. Así era el sendero que flotaba en su memoria. Parecía algo confundido respecto a la estación. Una vez pasado el sendero remontaron una corriente azulada, donde una cascada caía con estrépito, y el rocío reflejaba la luz del sol. La muchacha se puso desnuda bajo el rocío. Los hechos eran diferentes, pero en el transcurso del tiempo la mente de Eguchi los había transformado así. A medida que envejecía, las colinas de Kyoto y los troncos de los pinos rojos en grupos apacibles recordaban con frecuencia a Eguchi la figura de la muchacha; pero recuerdos vivos como los de esta noche eran muy raros. ¿Los provocaría acaso la juventud de la muchacha dormida?
El viejo Eguchi estaba completamente desvelado y no parecía probable que se durmiera. No quería recordar a ninguna mujer que no fuera la joven que había contemplado los pequeños arcos iris. Tampoco quería tocar a la muchacha dormida, ni mirar su desnudez. Poniéndose boca abajo, volvió a abrir el paquete que había junto a la almohada. La mujer de la posada había dicho que era una medicina sedante, pero Eguchi vacilaba. Ignoraba qué sería y si se trataba de la misma medicina que le habían dado a la muchacha. Se metió una píldora en la boca y la tragó con una buena cantidad de agua. Quizá porque estaba acostumbrado a beber un trago al acostarse, pero no a tomar un sedante, se durmió rápidamente. Tuvo un sueño. Estaba en los brazos de una mujer, pero ésta tenía cuatro piernas. Las cuatro piernas enlazaban su cuerpo. También tenía brazos. Pese a estar medio en vela, consideró las cuatro piernas extrañas, pero no repulsivas. Estas cuatro piernas, mucho más provocativas que dos, permanecían en su mente. Era una medicina para provocar sueños semejantes, pensó vagamente. La muchacha se había vuelto del otro lado, con las caderas hacia él. Se le antojó algo conmovedor el hecho de que su cabeza estuviera más distante que las caderas. Dormido y despierto a medias, tomó en sus manos la larga cabellera extendida y jugó con ella como para peinarla; y así se quedó dormido.
Su siguiente sueño fue muy desagradable. Una de sus hijas había dado a luz un hijo deforme en un hospital. Al despertarse, el anciano no pudo recordar de qué clase de deformidad se trataba. Probablemente no quería recordarlo. En cualquier caso, era espantoso. El niño fue apartado inmediatamente de la madre. Se hallaba tras una cortina blanca en la sala de maternidad, y ella se dirigió allí y empezó a cortarlo en pedazos, disponiéndose a tirarlos en algún lugar. El médico, un amigo de Eguchi, estaba junto a ella, vestido de blanco. Eguchi también se encontraba a su lado. Ahora se despertó completamente, gimiendo ante aquel horror. El terciopelo carmesí de las cuatro paredes le sobresaltó tanto que se cubrió el rostro con las manos y se frotó la frente. Había sido una pesadilla horrible. No podía haber un monstruo oculto en la medicina para dormir. ¿Sería que, habiendo venido en busca de un placer deforme, había tenido un sueño deforme? No sabía con cuál de sus tres hijas había soñado, y no trató de averiguarlo. Las tres habían dado a luz niños completamente normales.
Eguchi hubiera querido irse, de haber sido posible. Pero tomó la otra píldora para caer en un sueño más profundo. El agua fría pasó por su garganta. La muchacha seguía dándole la espalda. Pensando que podría -no era imposible- dar a luz niños feos y retrasados, colocó la mano en la parte redondeada de su hombro.
-Mira hacia aquí.
Como respondiéndole, la muchacha dio media vuelta. Una de sus manos cayó sobre el pecho de Eguchi. Una pierna se acercó a él, como temblando de frío. Una muchacha tan cálida no podía tener frío. De su boca o de su nariz, no estaba seguro, brotó una voz débil.
-¿Tú también tienes una pesadilla? -preguntó.
Pero el viejo Eguchi no tardó en sumirse en las profundidades del sueño.
2
El viejo Eguchi no había pensado volver a la «casa de las bellas durmientes». Durante aquella primera noche pensó que no le gustaría visitarla de nuevo, y seguía opinando lo mismo cuando se marchó por la mañana.
Unos quince días después recibió una llamada telefónica preguntándole si le gustaría hacer una visita aquella noche. La voz parecía ser de la mujer de cuarenta y cinco años. Por el teléfono sonaba todavía más como un murmullo glacial desde un lugar silencioso.
-Si sale de casa ahora, ¿cuándo puedo esperarle?
-Algo después de las nueve, me imagino.
-Sería demasiado temprano. La joven aún no está aquí, y aunque así fuera, no estaría dormida.
Sorprendido, Eguchi no contestó.
-Creo que la tendré dormida alrededor de las once. Le esperaré a partir de esa hora.
La voz de la mujer era lenta y sosegada, pero el corazón de Eguchi estaba desbocado.
-Hacia las once, entonces -dijo con la garganta seca.
¿Qué importa que esté dormida o no?, podría haber dicho, no en serio, sino medio en broma. Le gustaría verla antes de que se durmiera, podría haber dicho. Pero por alguna razón las palabras se le ahogaron en la garganta. Habría desafiado la regla secreta de la casa. Precisamente por ser una regla tan extraña, tenía que ser observada del modo más estricto. Una vez transgredida, la casa no sería más que un burdel ordinario. Las tristes peticiones de los ancianos, la seducción, todo desaparecería. El propio Eguchi estaba asombrado ante el hecho de haber contenido tan súbitamente el aliento cuando le dijeron que a las nueve era demasiado temprano, que la muchacha no estaría dormida, que la mujer la tendría dormida a las once. ¿Podría llamarse aquello la sorpresa de ser alejado de repente del mundo cotidiano? Porque la muchacha estaría dormida y era seguro que no se despertaría.
¿Obraba con excesiva rapidez o con excesiva lentitud volviendo al cabo de quince días a una casa que no pensaba volver a visitar? En cualquier caso, no había resistido la tentación por fuerza de voluntad. No tenía intención de entregarse una vez más a esa especie de frivolidad senil, y de hecho no era tan senil como los otros hombres que visitaban el lugar. Y sin embargo, aquella primera visita no le había dejado malos recuerdos. La sensación de culpa existía; pero sentía que no había pasado en sus sesenta y siete años una noche tan limpia. Sintió lo mismo cuando se despertó aquella mañana. Al parecer el sedante había funcionado, y durmió hasta las ocho, más tarde de lo habitual. Ninguna parte de su cuerpo tocaba a la muchacha. Fue un despertar dulce e infantil junto al calor joven y la suave fragancia de ella.
La muchacha yacía con el rostro vuelto hacia él, la cabeza ligeramente adelantada y los pechos hacia atrás, y en la sombra de su mandíbula había una línea apenas perceptible a través del cuello fresco y esbelto. Sus largos cabellos estaban extendidos sobre la almohada, detrás de la cabeza. Contemplando sus labios cerrados y después sus pestañas y cejas, él no dudó que era virgen. Estaba demasiado cerca para que sus ojos cansados distinguieran los pelos individuales de las pestañas y las cejas. La piel, cuyo vello no podía ver, despedía un tenue resplandor. No había una sola peca en el rostro y el cuello. Ya había olvidado la pesadilla, y le recorrió una oleada de afecto por la muchacha y también la sensación infantil de que era amado por ella. Buscó uno de sus pechos y lo sostuvo en la mano, suavemente. En el tacto había el extraño aleteo de algo, como si éste fuera el pecho de la propia madre de Eguchi antes de concebirle. Retiró la mano, pero la sensación se trasladó de su pecho a los hombros.
Oyó abrirse la puerta de la habitación contigua.
-¿Está despierto? -preguntó la mujer de la casa-. El desayuno le espera.
-Sí -repuso apresuradamente Eguchi.
Él sol matutino se filtraba por los postigos y brillaba con fuerza en las cortinas de terciopelo. Pero la luz de la mañana no se mezclaba con la luz suave del techo.
-¿Se lo traigo, entonces?
-Sí.
Al levantarse, Eguchi tocó con suavidad el cabello de la muchacha.
Sabía que la mujer quería alejar al cliente antes de que la muchacha se despertara, pero se mostró tranquila mientras le servía el desayuno. ¿Hasta cuándo dormiría la muchacha? Pero no era conveniente hacer preguntas innecesarias.
-Una muchacha muy bonita -dijo con indiferencia.
-Sí. ¿Y tuvo usted sueños agradables?
-Me ha traído sueños muy agradables.
-El viento y las olas se han calmado -la mujer cambió de tema-. Será lo que llaman un veranillo de San Martín.
Y ahora, al venir por segunda vez en quince días, Eguchi no sentía tanto la curiosidad de la primera visita como cierta reticencia e inquietud; pero la excitación era más fuerte. La impaciencia de la espera desde las nueve a las once había provocado una especie de embriaguez.
La misma mujer le abrió el portal. La misma reproducción pendía en la alcoba. El té volvió a ser bueno. Estaba más nervioso que en la visita anterior, pero consiguió portarse como un cliente antiguo y experimentado.
-Este lugar es tan cálido -observó, mirando el cuadro del pueblo de montaña con las hojas otoñales-, que me imagino que las hojas de los arces se marchitan sin llegar a ser rojas. Pero como la otra vez era oscuro, no pude ver bien su jardín.
Era una forma improbable de entablar conversación.
-Lo ignoro -dijo la mujer con indiferencia-. Ha refrescado mucho. He puesto una manta eléctrica, doble, con dos interruptores. Puede ajustar su lado como guste.
-Nunca he dormido con una manta eléctrica.
-Si quiere puede desconectar su lado, pero debo rogarle que deje encendido el de la muchacha.
Porque estaba desnuda, como sabía el anciano.
-Es una idea interesante, una manta que dos personas pueden graduar a su comodidad.
-Es americana. Pero le ruego que no sea difícil y desconecte el lado de la muchacha. Usted comprende, estoy segura, que no se despertará aunque tenga mucho frío.
Él no contestó.
-Tiene más experiencia que la anterior.
-¿Qué?
-Además, es muy bonita. Sé que usted no hará nada malo, por lo que no sería justo que no fuese bonita.
-¿No es la misma?
-No. ¿Acaso no le parece mejor tener esta noche una diferente?
-No soy promiscuo hasta este punto.
-¿Promiscuo? Pero, ¿qué tiene que ver esto con la promiscuidad?
El familiar modo de hablar de la mujer parecía ocultar una débil sonrisa burlona.
-Ninguno de mis huéspedes hace cosas promiscuas. Todos tienen la amabilidad de ser caballeros dignos de confianza.
La mujer no le miró mientras hablaba sin abrir casi los labios. La nota de burla irritó a Eguchi, pero no se le ocurrió nada que decir. ¿Qué era ella, al fin y al cabo, sino una alcahueta fría y avezada?
-Usted podrá considerarlo promiscuo, pero la muchacha está dormida y ni siquiera sabe con quién ha dormido. Tanto la del otro día como la de esta noche no sabrán nada de usted, y hablar de promiscuidad es un poco…
-Comprendo. No es una relación humana.
-¿Qué quiere decir?
Sería extraño explicar, ahora que había venido a la casa, que para un anciano que ya no era un hombre, estar en compañía de una muchacha que dormía en un sueño provocado «no era una relación humana».
-¿Y qué hay de malo en ser promiscuo? -con la voz extrañamente joven, la mujer rió como para consolar a un anciano-. Si le gusta tanto la otra chica, puedo reservársela para la próxima vez que venga; pero después admitirá que ésta es mejor.
-¿Ah, sí? ¿A qué se refiere al decir que tiene más experiencia? A fin de cuentas, está profundamente dormida.
-Sí.
La mujer se levantó, abrió la puerta de la habitación contigua, miró hacia dentro y puso la llave frente a Eguchi.
-Espero que duerma bien.
Eguchi vertió agua caliente en la tetera y tomó una pausada taza de té. Por lo menos su intención fue ser pausado, pero su mano temblaba. No se debía a su edad, murmuró. Aún no era un huésped digno de confianza. ¿Qué ocurriría si, para vengar a todos los ancianos burlados e insultados que venían aquí, violaba la regla de la casa? ¿Acaso no sería un modo más humano de hacer compañía a la muchacha? Ignoraba hasta qué punto había sido drogada, pero probablemente sería capaz de despertarla con su violencia. Esto fue lo que pensó, pero su corazón no aceptó el reto.
La repelente senilidad de los tristes hombres que venían a esta casa no estaba a muchos años de distancia del propio Eguchi. La inconmensurable extensión del sexo, su insondable profundidad -¿qué parte de ella había conocido Eguchi en sus sesenta y siete años?-. Y en torno a aquellos ancianos nacía constantemente carne nueva, carne hermosa, carne joven. ¿Acaso la nostalgia de los tristes ancianos por el sueño inacabado, su pesar por los días perdidos sin haberlos tenido jamás, no estarían ocultos en el secreto de esta casa? Eguchi pensaba antes que las muchachas que no se despertaban eran una perpetua libertad para los ancianos. Dormidas y mudas, decían lo que los ancianos deseaban.
Se levantó y abrió la puerta de la habitación contigua, y en seguida le envolvió el olor cálido. Sonrió. ¿Por qué había vacilado? La muchacha yacía con ambas manos sobre la colcha. Sus uñas eran rosadas. Su lápiz labial era de un rojo vivo. Yacía boca arriba.
«Conque tiene experiencia, ¿eh?», murmuró al acercarse. Las mejillas estaban ruborizadas por el calor de la manta, en realidad todo su rostro estaba ruborizado. El perfume era intenso. Las mejillas y los párpados, redondeados. La garganta era tan blanca que reflejaba el carmesí de las cortinas de terciopelo. Los ojos cerrados parecían decirle que tenía ante sí a una joven hechicera dormida. Mientras se desnudaba, de espaldas a ella, el cálido perfume le envolvió. La habitación estaba impregnada de él.
No parecía probable que el viejo Eguchi pudiera ser tan reticente como lo fuera con la otra muchacha. Ésta era una joven que, tanto dormida como despierta, incitaba al hombre, con tanta fuerza que si ahora Eguchi violaba la regla de la casa, sólo ella tendría la culpa del delito. Se tendió con los ojos cerrados, como para saborear el placer que vendría después, y sintió que un calor joven invadía su interior. La mujer había hablado bien cuando dijo que ésta era mejor; pero la casa se antojaba tanto más extraña por haber encontrado una muchacha semejante. Yacía envuelto en su perfume, considerándola demasiado valiosa para ser tocada. Aunque no entendía mucho de perfumes, éste parecía ser la fragancia de la propia joven. No podía haber una felicidad mayor que sumirse así en la dulzura del sueño. Quería hacer exactamente esto. Se deslizó suavemente hacia ella. Y a modo de respuesta, ella se le acercó con delicadeza, extendiendo los brazos bajo la manta como si fuera a abrazarle.
-¿Estás despierta? -preguntó él, apartándose y sacudiéndole la mandíbula-. ¿Estás despierta?
Aumentó la presión de la mano. Ella se puso boca abajo como si quisiera rehuirla, y al hacerlo abrió un poco la comisura de los labios y la uña del índice de Eguchi rozó uno o dos de sus dientes. Lo dejó allí. Las piernas de ella seguían separadas. Dormía profundamente, por supuesto, y no estaba fingiendo.
Al no esperar que la muchacha de esta noche fuese diferente de la muchacha anterior, él había protestado a la mujer de la casa; pero sabía, naturalmente, que tomar somníferos de forma reiterada tenía que ser perjudicial para una joven. Podía decirse que en interés de la salud de las muchachas se obligaba a Eguchi y los otros ancianos a ser «promiscuos». Pero, ¿no eran estas habitaciones del piso superior para un único huésped? Eguchi sabía poco acerca del piso superior, pero, en caso de estar destinado a huéspedes, no podía contener más de una habitación. Por consiguiente, no creía que se necesitaran muchas chicas para los ancianos que venían aquí. ¿Serían todas hermosas a su manera, como la muchacha de hoy y la de la otra noche?
El diente contra el que se apoyaba el dedo de Eguchi parecía húmedo de algo que se adhería al dedo. Lo movió de un lado a otro de la boca, palpando los dientes dos o tres veces. En la parte anterior estaban casi secos, pero por dentro eran lisos y húmedos. A la derecha estaban torcidos, un diente montaba sobre otro. Asió los dos dientes torcidos con el pulgar y el índice. Se le ocurrió meter el dedo entre ellos, pero, a pesar de estar dormida, ella apretó los dientes y se negó en redondo a separarlos. Cuando retiró el dedo, estaba manchado de rojo. ¿Y con qué se quitaría el lápiz labial? Si lo frotaba contra la almohada, parecería que la había manchado ella misma al ponerse boca abajo. Pero seguramente no se borraría si no humedecía el dedo con la lengua, y sentía una extraña repugnancia ante la idea de tocar el dedo rojo con la boca. Lo frotó contra el cabello que cubría la frente de la muchacha. Después de frotar con el pulgar y el índice, no tardó en introducir los cinco dedos entre los cabellos, retorciéndolos; y gradualmente sus movimientos adquirieron más violencia. Las puntas de los cabellos emitían chispas de electricidad entre sus dedos. La fragancia del cabello era más intensa. La fragancia que procedía de su interior era asimismo más intensa, en parte debido al calor de la manta eléctrica. Mientras jugaba con los cabellos, se fijó en las líneas de las raíces, marcadas como si hubieran sido esculpidas, y especialmente la línea de la nuca, al final del esbelto cuello, donde el cabello era corto y estaba cepillado hacia arriba. Sobre la frente caían mechones largos y cortos, como despeinados. Al apretarlos, contempló las cejas y las pestañas. Tenía la otra mano tan hundida entre los cabellos que podía sentir la piel situada debajo.
«No, no está despierta», se dijo a sí mismo, y agarrando un mechón, tiró de él desde la coronilla.
Ella pareció sentir dolor y dio media vuelta. El movimiento la acercó más al anciano. Ambos brazos estaban al descubierto, el derecho sobre la almohada. La mejilla derecha reposaba sobre él, por lo que Eguchi sólo podía ver los dedos. Estaban ligeramente separados, el meñique bajo las pestañas y el índice junto a los labios. El pulgar se hallaba oculto bajo el mentón. El rojo de los labios, inclinado algo hacia abajo, y el rojo de las cuatro largas uñas formaban un racimo sobre la almohada blanca. El brazo izquierdo también estaba doblado por el codo. La mano se encontraba casi directamente bajo los ojos de Eguchi. Los dedos, largos y esbeltos en comparación con la redondez de las mejillas, le hicieron pensar en las piernas extendidas. Buscó una pierna con la planta del pie. La mano izquierda también tenía los dedos ligeramente separados. Apoyó la cabeza sobre ella. Un espasmo causado por su peso la recorrió hasta el hombro, pero no fue suficiente para apartar la mano. Eguchi yació inmóvil durante un rato. Los hombros de ella estaban algo levantados y tenían la morbidez de la juventud. Cuando los cubrió con la manta, posó suavemente la mano sobre esta joven morbidez. Trasladó la cabeza de la mano al brazo de la muchacha. Le atraía la fragancia del hombro y la nuca. Hubo un temblor en el hombro y la espalda, pero pasó inmediatamente. El anciano se quedó apoyado sobre ellos.
Ahora vengaría en esta muchacha esclava, drogada para que durmiese, todo el desprecio y la burla soportados por los ancianos asiduos de la casa. Violaría la regla de la casa. Sabía que no le permitirían volver. Esperaba despertarla mediante la violencia. Pero se apartó de improviso, porque acababa de descubrir la clara evidencia de su virginidad.
Gimió al retirarse, con el pulso rápido y la respiración convulsa, menos por la repentina interrupción que por la sorpresa. Cerró los ojos y trató de calmarse. Lo que no hubiera sido fácil para un hombre joven, lo fue para él. Acariciando sus cabellos, volvió a abrir los ojos. Ella continuaba boca abajo. ¡Una prostituta virgen, a su edad! ¿Qué era, sino una prostituta? Así razonó consigo mismo; pero con el paso de la tormenta sus sentimientos hacia la chica y hacia sí mismo habían cambiado, y no volverían a ser los de antes. No lo lamentaba. Cualquier cosa que hubiese podido hacer a una muchacha dormida e inconsciente habría sido la mayor de las locuras. Pero, ¿cuál era el significado de la sorpresa?
Provocado por el rostro hechicero, Eguchi había iniciado el camino prohibido; y ahora sabía que los ancianos que venían aquí llegaban con una felicidad más melancólica, un anhelo más fuerte y una tristeza mucho más profunda de lo que había imaginado. Aunque la suya era una especie de aventura fácil para ancianos, un modo simple de rejuvenecimiento, en su esencia ocultaba algo que no volvería pese a todas las nostalgias, que no se curaría por muy laboriosos que fuesen los esfuerzos. El hecho de que la hechicera «experimentada» de esta noche fuera todavía virgen no era tanto la señal del respeto de los ancianos hacia sus promesas como la triste señal de su decadencia. La pureza de la muchacha era como la fealdad de los ancianos.
Tal vez la mano que tenía bajo la mejilla se había dormido. La muchacha la levantó sobre su cabeza y flexionó lentamente los dedos dos o tres veces. Rozó la mano de Eguchi, que seguía moviéndose entre sus cabellos. Eguchi la tomó en la suya. Los dedos eran flexibles y estaban un poco fríos. Los apretó unos contra otros, como si quisiera aplastarlos. Ella levantó el hombro izquierdo y dio otra media vuelta. Entonces elevó el brazo izquierdo en el aire y lo dejó caer sobre el hombro de Eguchi en una especie de abrazo. Pero no tenía fuerza, y el abrazo no enlazó su cuello. La cara de la muchacha, ahora vuelta hacia él, estaba demasiado cerca y era como un borrón blanco para sus ojos cansados; pero las cejas demasiado gruesas, la sombra excesivamente oscura de las pestañas, los párpados y las mejillas redondeadas, el cuello largo, confirmaban su primera impresión, la de una hechicera. Los pechos pendían ligeramente, pero eran muy abultados, y para una japonesa los pezones eran grandes e hinchados. Le pasó la mano por la espalda y por las piernas, que estaban rígidamente estiradas desde las caderas. Lo que se antojaba una falta de armonía entre las partes superior e inferior de su cuerpo podía tener algo que ver con su virginidad.
Tranquilamente, ahora, contempló su rostro y su cuello. Era una piel destinada a absorber un débil reflejo del carmesí de las cortinas de terciopelo. Su cuerpo había sido tan usado por los clientes ancianos que la mujer de la casa la había descrito como «experimentada», y no obstante, era virgen. Ello se debía a que los hombres eran seniles y a que la joven estaba tan profundamente dormida. Tuvo pensamientos casi paternales mientras se preguntaba qué vicisitudes esperaban en los años venideros a esta muchacha hechicera. Sus pensamientos probaban que también Eguchi era viejo. No cabía duda de que la chica estaba aquí por dinero. Tampoco cabía la menor duda de que para los ancianos que pagaban este dinero, dormir junto a semejante muchacha era una felicidad fuera de este mundo. Como la joven no se despertaría, los viejos huéspedes no tenían que sentir la vergüenza de sus años. Eran completamente libres de entregarse sin limitación a sueños y recuerdos de mujeres. ¿No era eso por lo que no dudaban en pagar más que por mujeres despiertas? Además, a los ancianos les inspiraba confianza saber que las muchachas dormidas para su placer no sabían nada de ellos. Tampoco los ancianos sabían nada de las chicas, ni siquiera cómo iban vestidas, para que nada diera indicios de su posición y carácter. Los motivos iban más allá de cuestiones tan simples como la inquietud sobre complicaciones ulteriores. Eran una luz extraña en el fondo de una profunda oscuridad.
Pero el viejo Eguchi aún no estaba acostumbrado a tener por compañía a una muchacha que no decía nada, una muchacha que no abría los ojos ni daba muestras de advertir su presencia. La nostalgia inútil aún no le había abandonado. Quería ver los ojos de esta joven hechicera.
Quería oír su voz, hablar con ella. La necesidad de explorar con sus manos a la muchacha dormida era menos fuerte. De hecho, había en ella cierta indiferencia. Puesto que la sorpresa le había obligado a desechar toda idea de violar la regla secreta, imitaría la conducta de los otros ancianos. La muchacha de esta noche, pese a estar dormida, tenía más vida que la de la otra noche. Había vida, y del modo más enfático, en su fragancia, en su tacto, en la índole de sus movimientos.
Como la otra vez, junto a su almohada había dos píldoras sedantes. Pero esta noche tenía la intención de no dormirse inmediatamente. Contemplaría un rato más a la muchacha. Sus movimientos eran enérgicos, incluso durante el sueño. Daba la impresión de que se volvería veinte o treinta veces en el curso de una noche. Le dio la espalda, y casi en seguida se volvió de nuevo hacia él, buscándole con un brazo. Eguchi le cogió la rodilla y la atrajo hacia sí.
-No hagas eso -pareció decir la joven, con una voz que no era voz.
-¿Estás despierta?
Tiró de la rodilla con más fuerza, para ver si se despertaba. La rodilla se dobló débilmente hacia él. Entonces puso el brazo bajo su cuello y le sacudió la cabeza con suavidad.
-Ah -murmuró la joven-. ¿Adónde voy?
-¿Estás despierta? Despiértate.
-No. No.
Su rostro se arrimó al hombro de Eguchi, como para evitar las sacudidas. La frente le rozaba el cuello y el pelo cosquilleaba su nariz. Era duro, incluso doloroso. Eguchi se apartó de aquel dolor demasiado intenso.
-¿Qué haces? -dijo la muchacha-. Basta.
-No hago nada.
Pero estaba hablando en sueños. ¿Acaso en su sueño había interpretado mal los movimientos de Eguchi, o estaba soñando con otro anciano que la había maltratado cualquier otra noche? El corazón de Eguchi latió más de prisa al pensar que, aunque ella hablara de modo fragmentario e incoherente, tal vez pudiera sostener con ella algo parecido a una conversación. Quizá lograría despertarla por la mañana. Pero, ¿le habría oído realmente? ¿No sería más su contacto que sus palabras lo que le hacía hablar en sueños? Pensó en propinarle un buen golpe, o pellizcarla; pero en lugar de eso la atrajo lentamente hacia sus brazos. Ella no se resistió ni tampoco habló. Parecía respirar con dificultad. Su aliento soplaba con dulzura sobré el rostro del anciano. La respiración de éste era irregular; volvía a sentirse atraído por esta muchacha, que era suya para hacer con ella cuanto se le antojara. ¿Qué clase de tristeza la asaltaría por la mañana si él la convertía en mujer? ¿De qué modo cambiaría la dirección de su vida? En cualquier caso, no sabría nada hasta la mañana.
-Madre -fue como un lento gemido-. Espera, espera. ¿Es preciso que te vayas? Lo siento, lo siento.
-¿En qué sueñas? Es sólo un sueño, un sueño.
El viejo Eguchi la apretó entre sus brazos, con objeto de poner fin al sueño. La tristeza de su voz le conmovió. Tenía los pechos comprimidos contra él. Movió los brazos. ¿Acaso intentaba abrazarle, tomándole por su madre? No, pese a haber sido drogada, pese a ser todavía virgen, la muchacha era indiscutiblemente una hechicera. Eguchi tenía la impresión de que a lo largo de sus sesenta y siete años no había sentido nunca tan plenamente la piel de una hechicera joven. Si existía en alguna parte una leyenda siniestra carente de heroína, ésta era la muchacha apropiada.
Al final acabó pareciéndole que no era la hechicera, sino la hechizada. Y estaba viva mientras dormía. Su mente había sido narcotizada y su cuerpo se había despertado como mujer. Era el cuerpo de una mujer, sin mente. Y estaba tan bien entrenado que la mujer de la casa decía que «tenía experiencia».
Aflojó su abrazo y puso los brazos desnudos de ella a su alrededor, como para obligarla a abrazarle; y la muchacha lo hizo, suavemente. Eguchi permaneció quieto, con los ojos cerrados. Le envolvía una cálida somnolencia, una especie de éxtasis inconsciente. Parecía haber despertado a los sentimientos de bienestar, de buena suerte, que invadían a los ancianos asiduos de la casa. ¿Abandonaría a los ancianos la tristeza, la fealdad, la indiferencia de la vejez, se sentirían llenos de las bendiciones de una vida joven? Para un viejo en los umbrales de la muerte no podía haber un momento de mayor olvido que cuando estaba envuelto en la piel de una muchacha joven. Pero, ¿pagarían dinero sin un sentimiento de culpabilidad por la muchacha que les era sacrificada, o acaso la misma culpa secreta contribuía a aumentar el placer? Como si, olvidándose de sí mismo, hubiera olvidado que la muchacha era un sacrificio, buscó con el pie los dedos del de la muchacha. Era lo único de ella que aún no había tocado. Los notó largos y flexibles. Al igual que los dedos de la mano, todas las articulaciones se doblaban y desdoblaban con facilidad, y este pequeño detalle reveló a Eguchi el atractivo del misterio que había en la muchacha. Ésta, mientras dormía, pronunciaba palabras de amor con los dedos de sus pies. Pero el anciano creyó oír en ellas una música infantil y confusa, aunque voluptuosa al mismo tiempo; y durante un rato se quedó escuchando.
Antes la muchacha había tenido un sueño. ¿Habría pasado ya? Quizá no hubiera sido un sueño. Quizás el rudo tacto de los ancianos la había entrenado para hablar en sueños, para resistirse. ¿Sería eso? Rebosaba una sensualidad que hacía posible que su cuerpo conversara en silencio; pero probablemente porque él no estaba acostumbrado del todo al secreto de la casa, el deseo de oír su voz aunque fuera en pequeños fragmentos mientras dormía seguía persistiendo en Eguchi. Se preguntó qué podía decir, dónde podía tocar, para obtener una respuesta.
-¿Ya no estás soñando? ¿Soñando que tu madre se ha marchado?
Palpó los huecos de su columna vertebral. Ella sacudió los hombros y de nuevo se colocó boca abajo -parecía ser una posición favorita. Después se volvió otra vez hacia Eguchi. Con la mano derecha asió suavemente el borde de la almohada y posó la izquierda sobre el rostro de Eguchi. Pero no dijo nada. Su aliento era suave y cálido. Movió el brazo que descansaba sobre el rostro de él, buscando evidentemente una posición más cómoda. Eguchi lo cogió con ambas manos y lo colocó sobre sus propios ojos. Las uñas largas pinchaban un poco el lóbulo de su oreja. La muñeca estaba doblada sobre su ojo derecho y la parte más estrecha presionaba el párpado. Deseoso de mantenerla allí, Eguchi la sujetó con ambas manos. La fragancia que penetraba sus ojos volvía a ser nueva para él, y le inspiró nuevas y ricas fantasías. Precisamente en esta época del año, dos o tres peonías de invierno floreciendo bajo el calor del sol, al pie de la alta valla de piedra de un viejo templo en Yamato. Camelias blancas en el jardín, cerca de la veranda del Shisendö.[2] Durante la primavera, wistaria y rododendros blancos[3] en Nara; la camelia «de pétalos caídos», que llenaba el jardín del templo de las camelias de Kyoto.
Era eso. Las flores le traían recuerdos de sus tres hijas casadas. Eran flores que viera en sus viajes con las tres, o con una de ellas. Ahora esposas y madres, probablemente ya no guardaban recuerdos tan vivos. Eguchi lo recordaba muy bien, y a veces hablaba de las flores a su esposa. Al parecer, ella no pensaba tanto en las hijas, ahora que estaban casadas, como el propio Eguchi. Seguía relacionándose mucho con ellas y no se entretenía con recuerdos de las flores que contemplara en su compañía. Además, había flores de viajes en los que ella no había tomado parte.
Permitió que en el fondo de los ojos, sobre los que descansaba la mano de la muchacha, surgieran y se desvanecieran imágenes de flores, se desvanecieran y surgieran; y así retornaron sentimientos de los días en que, estando sus hijas ya casadas, cedió a la atracción de otras muchachas. Se le antojó que la muchacha de esta noche era una de ellas. Soltó su brazo, que, no obstante, continuó inmóvil sobre sus ojos. Solamente le acompañaba su hija menor cuando vio la gran camelia. Se trataba de un viaje de despedida que realizó con ella quince días antes de que se casara. La imagen de la camelia era especialmente nítida. La boda de su hija menor había sido la más dolorosa. La cortejaban dos jóvenes, y en el curso de esta competencia ella perdió su virginidad. El viaje fue un cambio de ambiente, para reanimarla.
Dicen que las camelias traen mala suerte porque las flores se caen enteras del tallo, como cabezas cortadas; pero los capullos dobles de este gran árbol, que tenía cuatrocientos años y florecía en cinco colores diferentes, caían de pétalo en pétalo. Por ello se llamaba la camelia «de pétalos caídos»
-En plena floración -dijo a Eguchi la joven esposa del sacerdote-, recogemos cinco o seis cestas por día.
Añadió que la masa de flores de la gran camelia era menos hermosa al sol de mediodía que cuando el sol la iluminaba por detrás. Eguchi y su hija menor se sentaron en la veranda occidental, y el sol se estaba poniendo detrás del árbol. Ambos miraban hacia el sol, pero las hojas espesas y los racimos de flores no dejaban pasar la luz solar. Ésta se hundía, en la camelia, como si el propio sol poniente colgara en los bordes de la sombra. El templo de las camelias se encontraba en una parte cuidadosa y vulgar de la ciudad, y en el jardín no había nada digno de verse, excepto la camelia. Los ojos de Eguchi estaban llenos de ella, y no oía el ruido de la ciudad.
-Es una hermosa floración -observó a su hija.
-A veces, cuando nos levantamos por la mañana, hay tantos pétalos que no puede verse el suelo -dijo la joven esposa, dejando solos a Eguchi y a su hija.
¿Eran cinco los colores de aquel único árbol? Podía ver camelias rojas y blancas y otras de pétalos ondulados. Pero Eguchi no estaba particularmente interesado en verificar el número de colores. Se sentía cautivado por el árbol en sí. Era notable que un árbol de cuatrocientos años pudiera producir tal abundancia de flores. Toda la luz del atardecer era absorbida por la camelia, en cuyo interior debía estar concentrado el calor de sus rayos. Aunque no se advertía ni rastro de viento, alguna rama de los bordes susurraba de vez en cuando.
Su hija menor no parecía estar tan absorta en el famoso árbol como el propio Eguchi. No había fuerza en sus ojos. Tal vez mirara más hacia su propio interior que hacia el árbol. Era su favorita entre las tres hijas, y tenía la terquedad de los hijos menores, incrementada ahora que sus hermanas estaban casadas. Las mayores habían preguntado a su madre, algo celosas, si Eguchi tenía la intención de retener a la pequeña en casa y llevarle un novio que viviera con la familia. Su esposa le transmitió esta observación. Su hija menor era una muchacha vivaz e inteligente. Eguchi pensaba que hacía mal en tener tantos amigos del sexo masculino, pero cuando estaba rodeada de hombres se mostraba más vivaz que nunca. Sin embargo, sus padres se daban perfecta cuenta, sobre todo su madre, que la observaba muy a menudo, de que había dos entre ellos que le gustaban más. Uno de ellos le arrebató su virginidad. Durante un tiempo, la muchacha estuvo silenciosa y arisca incluso en la seguridad de su hogar, y parecía impaciente e irritable cuando, por ejemplo, se cambiaba de ropa. Su madre intuyó que había ocurrido algo. La interrogó al respecto de una manera casual, y la muchacha apenas vaciló en confesárselo. El chico trabajaba en unos almacenes y tenía una habitación alquilada. Al parecer, ella le visitó dócilmente.
-¿Es el muchacho con el que piensas casarte?
-No, no, de ningún modo -replicó la muchacha, dejando a su madre algo confusa.
La madre estaba segura de que el joven había logrado su propósito por la fuerza. Habló del asunto con Eguchi. Para éste fue como si la joya que tenía en la mano se hubiera destrozado. Su disgusto aumentó cuando supo que la muchacha se había prometido precipitadamente con otro admirador.
-¿Qué te parece? --preguntó su esposa, inclinándose nerviosamente hacia él-. ¿Ha hecho bien?
-¿Se lo ha contado a su novio? -la voz de Eguchi era brusca-. ¿Se lo ha dicho?
-No lo sé. No lo he preguntado. Estaba demasiado sorprendida. ¿Quieres que se lo pregunte?
-No te molestes.
-La mayoría de la gente cree que es mejor no decírselo al hombre con quien te vas a casar. Lo más seguro es callarse. Pero no todas somos iguales. Tal vez ella sufra toda su vida, si no se lo dice.
-Pero nosotros aún no hemos decidido darle nuestra autorización.
A Eguchi, por supuesto, no le parecía natural que una muchacha violada por un hombre se prometiera súbitamente con otro. Sabía que ambos jóvenes amaban a su hija. Él les conocía bien y siempre había pensado que cualquiera de ellos podía convenirle. Pero, ¿no sería este repentino compromiso una reacción del tropiezo? ¿No habría recurrido a este segundo muchacho por amargura, pena o resentimiento? ¿No estaría, en el torbellino de su desilusión con uno, arrojándose en brazos del otro? Una muchacha como su hija menor era capaz de entregarse a un joven con tanto mayor ardor por haber sido violada por otro. Tal vez no deberían reprocharle un acto indigno de venganza o humillación.
Pero a Eguchi no se le había ocurrido que a su hija pudiera sucederle semejante cosa. Probablemente les pasara lo mismo a todos los padres. Eguchi tenía tal vez excesiva confianza en su alegre hija, tan abierta y vivaz cuando estaba rodeada de hombres. Pero ahora que se había consumado el hecho, no parecía haber nada extraño en él. Su cuerpo no era diferente al de las demás mujeres. Un hombre podía violarla. Al pensar en la fealdad del acto, Eguchi fue asaltado por fuertes sentimientos de vergüenza y degradación. No había tenido tales sentimientos cuando envió a sus hijas mayores a sus lunas de miel. Lo ocurrido pudo ser un arranque de amor por parte del muchacho; pero había sucedido, y Eguchi sólo podía pensar en cómo estaba hecho el cuerpo de su hija y en su incapacidad de evitar el acto. ¿Eran tales reflexiones anormales en un padre? Eguchi no sancionó inmediatamente el compromiso, pero tampoco lo rechazó. Él y su esposa se enteraron mucho después de que la competencia entre los dos jóvenes había sido bastante violenta. El matrimonio de su hija era inminente cuando la llevó consigo a Kyoto y vieron la camelia en plena floración. Dentro del árbol había un zumbido tenue, como un enjambre de abejas.
La muchacha tuvo un hijo dos años después de casarse. Su marido parecía totalmente entregado al niño. Cuando, tal vez un domingo, la joven pareja iba a casa de Eguchi, la esposa solía ir a la cocina a ayudar a su madre, y el marido, con mucha habilidad, alimentaba al niño. Así, pues, las cosas se habían solucionado satisfactoriamente. Aunque vivía en Tokio, la hija iba a visitarles con muy poca frecuencia desde su matrimonio.
-¿Cómo te va? -preguntó Eguchi una vez en que se presentó sola.
-¿Cómo? Pues soy feliz, supongo.
Quizá las personas no tenían mucho que decir a sus padres sobre sus relaciones conyugales, pero Eguchi estaba algo insatisfecho y un poco preocupado. Dada la naturaleza de su hija menor, le parecía que hubiese debido hablar más. Pero estaba más hermosa, había florecido. Aunque el cambio de muchacha a joven esposa podía ser fisiológico, daba la impresión de que no tendría esta lozanía de flor si en su corazón se proyectase una sombra. Después de tener el niño su cutis era más claro, como lavado en profundidad, y parecía más en posesión de sí misma.
¿Sería eso? ¿Sería ésta la razón de que en la casa de las bellas durmientes, mientras yacía con el brazo de la muchacha sobre los ojos, se le aparecieran las imágenes de la camelia en plena floración y de las otras flores? Por supuesto que no había en la muchacha que dormía a su lado, ni en la hija menor de Eguchi, la exuberancia de la camelia. Pero la exuberancia del cuerpo de una muchacha no era algo que pudiera percibirse contemplándola ni yaciendo en silencio junto a ella. No podía compararse con la exuberancia de las camelias. Lo que fluía del brazo de la muchacha hacia el profundo interior de sus párpados era la corriente de la vida, la melodía de la vida, el hechizo de la vida, y, para un anciano, la recuperación de la vida. Los ojos sobre los que reposaba el brazo de la muchacha sentían el peso, y Eguchi lo apartó.
No había lugar para un brazo izquierdo. Probablemente porque era incómodo para ella extenderlo a lo largo del pecho de Eguchi, la muchacha se volvió de nuevo hacia él. Juntó las dos manos sobre el pecho, con los dedos entrelazados, tocando el pecho de Eguchi. No estaban las palmas juntas, como en veneración, pero aun así sugerían una plegaria, una suave plegaria. Eguchi cogió las dos manos entre las suyas. Era como si él también estuviera rezando. Cerró los ojos, quizá solamente por la tristeza de un anciano al tocar las manos de una muchacha dormida.
Oyó las primeras gotas de lluvia cayendo sobre el mar tranquilo de la noche. El sonido distante no parecía venir de un automóvil, sino del trueno del invierno. No era fácil de percibir. Separó las manos de la muchacha y contempló los dedos mientras los enderezaba uno por uno. Ansiaba meterse en la boca aquellos dedos largos y esbeltos. ¿Qué pensaría ella al despertar a la mañana siguiente si viera marcas de dientes en su dedo meñique y manaran gotas de sangre? Eguchi colocó el brazo de la muchacha a lo largo de su cuerpo. Miró sus abultados pechos, los pezones grandes, hinchados y oscuros. Levantó los dos pechos suavemente caídos. No estaban tan calientes como el cuerpo, tapado por la manta eléctrica. Sintió el deseo dé ponerla frente en el hueco que los separaba, pero sólo se acercó y en seguida se detuvo a causa del perfume. Dio media vuelta y se puso boca abajo, y esta vez tomó las dos píldoras una tras otra. En su primera visita había tomado una y después la otra al despertarse de una pesadilla; pero ahora ya sabía que se trataba de un simple somnífero. Tardó muy poco en dormirse.
La voz llorosa de la muchacha le despertó. Entonces, lo que parecían sollozos se convirtió en risa. La risa continuó durante un buen rato. Eguchi puso la mano sobre sus pechos y la sacudió.
-Estás soñando, soñando, ¿Qué clase de sueño es?
Había algo siniestro en el silencio que siguió a la risa. Pero Eguchi estaba demasiado soñoliento y lo único que pudo hacer fue alcanzar el reloj que había junto a la almohada. Eran las tres y media. Después de arrimar su pecho a ella y empujar sus caderas hacia él, se sumió en un cálido sueño.
A la mañana siguiente le despertó de nuevo la mujer de la casa.
-¿Está despierto?
No contestó. ¿Acaso la mujer no tenía la oreja pegada a la puerta de la habitación secreta? Un espasmo le recorrió al advertir indicios de que éste era, efectivamente, el caso. Quizá debido al calor de la manta, los hombros de la muchacha estaban al descubierto, y tenía un brazo sobre la cabeza. Eguchi subió la colcha.
-¿Está despierto?
Todavía sin contestar, metió la cabeza bajo la colcha. Un pecho le rozaba el mentón. Fue como si un fuego repentino le consumiera. Rodeó a la muchacha con un brazo y la atrajo hacia sí.
-¡Señor! ¡Señor! -1a mujer dio dos o tres golpes a la puerta.
-Estoy despierto. Ya me ha visto -le pareció que la mujer entraría en la habitación si no contestaba.
Le había preparado agua, pasta dentífrica y demás utensilios en la otra habitación.
-¿Cómo le ha ido? -preguntó la mujer mientras le servía el desayuno. ¿No cree que es una muchacha estupenda?
-Sí que lo es -asintió Eguchi-. ¿Cuándo se despertará?
-Lo ignoro.
-¿No puedo quedarme hasta que se despierte?
-Esto es precisamente lo que no podemos permitir -replicó ella con rapidez-. Ni siquiera a nuestros huéspedes más antiguos.
-Pero es que se trata de una muchacha demasiado buena.
-Lo mejor es limitarse a estar con ellas y no dejar que se interpongan emociones tontas. Ella ni siquiera sabe que ha dormido con usted. No le causará ningún problema.
-Pero yo la recuerdo. ¿Y si me cruzara con ella por la calle?
-¿Quiere decir que hablaría con ella? No lo haga. Sería un crimen.
-¿Un crimen?
-Desde luego, lo sería.
-Un crimen.
-Debo rogarle que no sea difícil. Limítese a considerar a las muchachas dormidas como muchachas dormidas.
Él quería replicar que aún no había alcanzado ese triste grado de senilidad, pero se contuvo.
-Creo que anoche llovió -dijo.
-¿De verdad? No lo advertí.
-Estoy seguro de haber oído la lluvia.
En el mar, al otro lado de la ventana, las olas pequeñas reflejaban el sol de la mañana cerca del acantilado.
3
Ocho días después de su segunda visita Eguchi volvió de nuevo a la «casa de las bellas durmientes». Habían pasado dos semanas entre ambas visitas, por lo que el intervalo se había reducido a la mitad.
¿Estaría cediendo gradualmente al hechizo de las muchachas narcotizadas?
-La de esta noche aún se está entrenando -dijo la mujer de la casa mientras preparaba el té-. Tal vez le decepcione, pero le ruego que sea comprensivo con ella.
-¿Una diferente otra vez?
-Me ha llamado usted poco antes de venir, y he tenido que recurrir a lo que tenía. Si desea a una muchacha en especial, le ruego me avise con dos o tres días de antelación.
-Comprendo. ¿A qué se refiere al decir que aún se está entrenando?
-Es nueva, y pequeña -Eguchi tuvo un sobresalto-. Estaba asustada y me pidió que le dejara a alguien para acompañarla. Pero no me gustaría molestarle a usted.
-¿Dos muchachas? No estaría mal. Pero si duerme tan profundamente como si estuviera muerta, ¿cómo puede saber si está asustada o no?
-Eso es cierto. Pero sea cauto con ella. No está acostumbrada a esto.
-No haré absolutamente nada.
-Lo comprendo muy bien.
«¿Entrenándose?», murmuró para sus adentros. En el mundo había cosas extrañas. Como de costumbre, la mujer entreabrió la puerta y miró hacia dentro.
-Está dormida. Cuando usted quiera -dijo, saliendo.
Eguchi tomó otra taza de té. Apoyó la cabeza sobre el brazo. Un vacío glacial le invadió. Se levantó como si el esfuerzo fuese excesivo para él y, abriendo la puerta sin ruido, miró hacia la secreta habitación de terciopelo.
La muchacha «pequeña» tenía una cara pequeña. Su cabello, despeinado como si se hubiera deshecho una trenza, le cubría una mejilla, y la palma de una mano estaba sobre la otra, muy cerca de la boca; por eso probablemente su rostro parecía más pequeño de lo que era. Yacía dormida, como una niña. Tenía la mano sobre la cara o, más bien, el borde de la mano relajada tocaba ligeramente el pómulo, y los dedos doblados reposaban desde el caballete de la nariz hasta los labios. El largo dedo medio llegaba hasta la mandíbula. Era su mano izquierda. La derecha descansaba sobre el borde de la colcha, asiéndola suavemente con los dedos. No iba maquillada, ni daba la impresión de haberse quitado el maquillaje antes de acostarse.
El viejo Eguchi se deslizó junto a ella. Tuvo buen cuidado de no tocarla. Ella no se movió. Pero su calor, diferente al calor de la manta eléctrica, le envolvió. Era un calor salvaje y primitivo. Tal vez le hizo pensar esto el olor de su piel y sus cabellos, pero había algo más.
«Dieciséis años, más o menos», pensó.
Era una casa frecuentada por ancianos que ya no podían usar a las mujeres como mujeres; pero Eguchi, en su tercera visita, sabía que dormir con una muchacha semejante era un consuelo efímero, la búsqueda de la desaparecida felicidad de estar vivo. ¿Había entre los ancianos algunos que pidieran secretamente dormir para siempre junto a una muchacha narcotizada? Parecía haber una tristeza en el cuerpo de una muchacha que inspiraba a un anciano la nostalgia de la muerte. Pero entre los ancianos que visitaban la casa, Eguchi era tal vez el que más fácilmente se emocionaba; y quizá la mayoría de ellos sólo querían beber la juventud de las muchachas dormidas, disfrutar de ellas sin que se despertaran.
Junto a su almohada había de nuevo dos píldoras blancas. Las cogió para contemplarlas. No tenían marcas ni letras que indicasen de qué droga se trataba. Era sin duda una droga diferente a la que había tomado la muchacha. Pensó en pedir la misma droga en su próxima visita. No era probable que accedieran a su petición, pero, ¿cómo sería un sueño, parecido al de la muerte? Le atraía mucho la idea de dormir un sueño semejante a la muerte junto a una muchacha drogada hasta parecer muerta.
«Un sueño parecido a la muerte»: las palabras evocaron el recuerdo de una mujer. Hacía tres años, en primavera, Eguchi había llevado consigo a una mujer a su hotel de Kobe. Procedía de un club nocturno, y ya era más de medianoche. Bebió un trago de whisky de una botella que guardaba en su habitación, y ofreció otro a la mujer. Ella bebió tanto como él. Eguchi se puso el kimono de noche suministrado por el hotel. No había ninguno para ella. La tomó en sus brazos cuando aún llevaba la ropa interior.
Le acarició la espalda, suavemente y al azar. «No puedo dormir con esto.» La mujer se quitó todas las prendas y las tiró sobre la silla, frente al espejo. Él estaba sorprendido, pero se dijo que las aficionadas se comportaban así. Ella era extraordinariamente dócil.
-¿Todavía no? -preguntó Eguchi mientras se apartaba de ella.
-Usted hace trampas, señor Eguchi -lo dijo dos veces-. Usted hace trampas -pero siguió siendo callada y dócil.
El whisky produjo su efecto, y el anciano no tardó en dormirse. Por la mañana le despertó la sensación de que la mujer ya se había levantado de la cama. Estaba ante el espejo, peinándose.
-Madrugas mucho.
-Porque tengo hijos.,
-¿Hijos?
-Sí, dos. Aún son muy pequeños.
Se marchó apresuradamente antes de que él saltara de la cama.
Parecía extraño que esta mujer, la primera esbelta y de carnes prietas que había abrazado desde hacía mucho tiempo, tuviera dos hijos. Su cuerpo no era de esa clase. Tampoco parecía probable que aquellos pechos hubieran amamantado a un niño.
Abrió la maleta para sacar una camisa limpia, y vio que se lo habían ordenado todo. En el curso de su estancia de diez días había ido amontonando dentro de la maleta toda la ropa sucia, removiendo el contenido para buscar algo en el fondo y metiendo los regalos que había comprado y recibido en Kobe; y la maleta estaba tan llena que ya no podía cerrarse. Ella había visto el interior y observado aquella confusión cuando él la abrió para sacar cigarrillos. Pero, aunque así fuera, ¿qué la había inducido a ordenarla para él? ¿Y cuándo había hecho el trabajo? Toda la ropa sucia y demás prendas estaban cuidadosamente dobladas. Tenía que haber requerido tiempo, incluso para las manos hábiles de una mujer. ¿Lo habría hecho después de que Eguchi se durmiera, incapaz ella misma de conciliar el sueño?
-Vaya -dijo Eguchi, contemplando la ordenada maleta-. ¿Qué la habrá impulsado a hacerlo?
La noche siguiente, tal como prometiera, la mujer acudió a encontrarse con él en un restaurante japonés. Llevaba un kimono.
-¿Llevas kimono?
-A veces. Pero creo que no me sienta muy bien -rió con timidez-. Esta mañana me ha llamado mi amiga. Me ha dicho que está escandalizada, y me he preguntado si hago bien.
-¿Se lo has contado?
-Yo no tengo secretos.
Pasearon por la ciudad. Eguchi le compró tela para un kimono y su obi, y entonces volvieron al hotel. Desde la ventana podían ver las luces de un barco anclado en el puerto. Mientras se besaban frente a la ventana, Eguchi cerró las persianas y corrió las cortinas. Ofreció whisky a la mujer, pero ella meneó la cabeza. No quería perder el control de sí misma. Se sumió en un profundo sueño. Se despertó a la mañana siguiente cuando Eguchi se disponía a abandonar el lecho.
-He dormido como si estuviera muerta. He dormido exactamente como si estuviera muerta.
Se quedó quieta, con los ojos abiertos. Los tenía húmedos y diáfanos.
Sabía que él se marchaba ese mismo día hacia Tokio. Se había casado cuando su marido trabajaba en la sucursal de Kobe en una compañía extranjera. Ahora hacía dos años que trabajaba en Singapur. Dentro de un mes regresaría a Kobe. Había contado todo esto a Eguchi la noche anterior. Él no sabía que estuviera casada y, además, con un extranjero. No le había costado ningún trabajo sacarla del club nocturno, al que acudió por un capricho momentáneo. En la mesa de al lado había dos hombres occidentales y cuatro mujeres japonesas. Una de ellas, de mediana edad, era conocida de Eguchi, y le saludó. Al parecer actuaba como guía de los hombres. Cuando éstos se fueron a bailar, ella le preguntó si quería bailar con la joven que la acompañaba. En la mitad del segundo baile, Eguchi le sugirió que se marcharan. Para ella fue como si se embarcara en una traviesa aventura. Le siguió de buen grado al hotel, y cuando estuvieron en la habitación, Eguchi fue el más tenso de los dos.
Así resultó que Eguchi tuvo relaciones íntimas con una mujer casada, la esposa de un extranjero. Ella había dejado los niños con una niñera o institutriz, y no dio muestras de la reticencia que podía esperarse de una mujer casada; y por ello no fue fuerte la sensación de haberse comportado mal. Sin embargo, persistieron ciertos remordimientos de conciencia. Pero la felicidad de oírle decir que había dormido como si estuviera muerta perduró en él como una música joven. Entonces Eguchi tenía sesenta y cuatro años, y la mujer no llegaba a los treinta. Era tan grande la diferencia de edad que Eguchi supuso que probablemente aquélla sería su última aventura con una mujer joven. En el curso de sólo dos noches -de una sola noche, en realidad-, la mujer que había dormido como si estuviera muerta se convirtió en una mujer inolvidable. Más tarde le escribió diciendo que cuando volviera a Kobe le gustaría verle de nuevo. Una nota escrita un mes después le comunicó que su marido había regresado, pero que pese a ello le gustaría volver a verle. Hubo una nota similar al cabo de otro mes. Y ya no recibió más noticias.
«Bueno -se dijo Eguchi-, debió quedarse embarazada otra vez, del tercero. No cabe la menor duda.»
Y tres años después, mientras yacía junto a una mujer pequeña que había sido narcotizada hasta parecer muerta, el recuerdo volvió en él.
No lo había evocado antes. Eguchi estaba perplejo de que le hubiera asaltado ahora; pero cuantas más vueltas le daba en su mente, más seguro estaba de que era un hecho. ¿Habría dejado de escribir porque volvía a estar embarazada? Estuvo a punto de sonreír. Se sintió tranquilo y reposado, como si la circunstancia de que ella recibiera al marido a su regreso de Singapur y luego se quedara embarazada hubiese borrado la falta de decoro. Y apareció ante él la imagen agradable del cuerpo de la mujer. No le inspiró pensamientos lascivos. El cuerpo firme, alto y suave era como un símbolo de la feminidad. Su embarazo no había sido más que un truco repentino de su imaginación, aunque, no dudó de que era un hecho.
-¿Te gusto? -le había preguntado ella en el hotel.
-Sí, me gustas. Todas las mujeres preguntan lo mismo.
-Pero... -no terminó la frase.
-¿No vas a preguntarme qué es lo que más me gusta de ti?
-Muy bien. No diré nada más.
Pero la pregunta le hizo ver con claridad que, en efecto, ella le gustaba. Aún no lo había olvidado ahora, tres años después. La madre de tres hijos, ¿tendría todavía el cuerpo de una mujer que no hubiese dado a luz ninguno? Le invadió el cariño hacia aquella mujer.
Era como si hubiera olvidado a la muchacha que yacía junto a él, la muchacha narcotizada; pero era ella quien le había hecho pensar en la mujer de Kobe. El brazo doblado con la mano contra la mejilla le estorbaba. Lo asió por la muñeca y lo colocó estirado bajo la colcha. Al sentir el calor excesivo de la manta eléctrica, ella la había bajado hasta descubrirse los hombros. La pequeña y fresca morbidez de los hombros estaba tan cerca que casi le rozaba los ojos. Eguchi quería saber si podía tomar un hombro en la palma de una mano, pero se contuvo. La carne no era lo bastante abundante como para ocultar los omoplatos. Deseaba acariciarlos, pero se contuvo una vez más. Apartó suavemente el cabello de la mejilla derecha. El rostro dormido era plácido bajo la luz tenue del techo y las cortinas de terciopelo carmesí. Las cejas no estaban retocadas. Las pestañas eran regulares, y tan largas que podría cogerlas con los dedos. El labio inferior se abultaba un poco hacia el centro. No podía verle los dientes.
Cuando llegó a esta casa, para Eguchi no había nada más hermoso que un rostro joven dormido y sin sueños. ¿Podría llamarse a eso el consuelo más dulce que existía en el mundo? Ninguna mujer, por hermosa que fuera, podía ocultar su edad cuando dormía. Y cuando una mujer no era hermosa, su mejor aspecto lo ofrecía dormida. O tal vez esta casa elegía muchachas cuyos rostros dormidos eran particularmente bellos. Sintió que su vida, sus problemas a lo largo de los años, se desvanecían mientras contemplaba esta cara pequeña. Habría sido una noche feliz si hubiera tomado las píldoras ahora mismo y conciliado el sueño; pero permaneció inmóvil, con los ojos cerrados. No quería dormirse -porque la muchacha, después de hacerle recordar a la mujer de Kobe, podía traerle otros recuerdos.
La idea de que la joven esposa de Kobe, después de acoger a su marido al cabo de dos años, se hubiese quedado inmediatamente embarazada, y la sensación intensa, como de algo inevitable, de que tal debió ser el caso, no abandonaron con presteza a Eguchi. Tenía la impresión de que la aventura no había hecho nada para mancillar al niño que la mujer llevó en su seno. El embarazo y el nacimiento eran una realidad y una bendición. Una vida joven se formaba en la mujer, dando a Eguchi una conciencia todavía mayor de su propia edad. Pero, ¿por qué se había entregado dócilmente a él, sin resistencia ni reservas? Era algo, pensó, que no le había ocurrido antes en sus casi setenta años. No había nada en ella de prostituta o perversa. De hecho, Eguchi había tenido menos sentimiento de culpa que ahora, en esta casa, junto a la muchacha narcotizada de modo tan extraño. Echado todavía en la cama, había contemplado con placer y aprobación a la mujer, que se apresuraba para ir al encuentro de sus hijos pequeños. Al ser probablemente la última mujer joven de su vida, se había convertido en inolvidable, y no creía que ella tampoco le hubiese olvidado. Aunque la aventura continuaría siendo un secreto durante todas sus vidas, sin dejar cicatrices profundas, no creía que ninguno de los dos pudiera olvidarla.
Pero resultaba extraño que esta muchacha pequeña que se entrenaba como «bella durmiente» le hubiera hecho recordar a la mujer de Kobe de una manera tan viva. Abrió los ojos y acarició levemente sus pestañas. Ella frunció el ceño, se apartó y sus labios se abrieron. La lengua se movió hacia abajo, como ocultándose en la mandíbula inferior. Había un atractivo hueco en el mismo centro de la lengua infantil. Eguchi sintió una tentación. Miró hacia el interior de la boca abierta. Si la estrangulara, ¿habría espasmos en la pequeña lengua? Recordó haber conocido hacía mucho tiempo a una prostituta incluso más joven que esta muchacha. Sus propios gustos eran bastante diferentes, pero la niña era la única que le había designado su anfitrión. Usó su lengua larga y delgada. Estaba mojada, y Eguchi no se sintió complacido. De la ciudad llegaban sonidos de tambores y flautas que aceleraban los latidos del corazón. Al parecer era una noche de festival. La niña tenía los ojos almendrados y una cara vivaracha. Se precipitó por su cuenta, pese al hecho de ser obvia su falta de interés por el cliente.
-El festival -dijo Eguchi-. Me imagino que tienes prisa por llegar al festival.
-Pues sí, tienes toda la razón. Has dado en el clavo. Me dirigía a presenciarlo con una amiga cuando me llamaron de aquí.
-Muy bien -repuso él, evitando la lengua fría y mojada-. Ya puedes irte. Los tambores vienen de un santuario, supongo.
-Pero la mujer de la casa me regañará.
-Yo te excusaré.
-¿Lo harás? ¿De veras?
-¿Cuántos años tienes?
-Catorce.
No tenía ningún miedo de los hombres. No había habido ningún indicio de vergüenza o temor. Su mente estaba en otra parte. Sin arreglarse apenas, salió apresurada hacia el festival. Eguchi fumó un cigarrillo y escuchó durante un rato los tambores y flautas y a los vendedores de los tenderetes ambulantes.
¿Qué edad tenía entonces? No podía recordarlo, pero aunque fuese una edad en que podía enviar a la niña al festival sin ninguna pesadumbre, no era el anciano de ahora. La muchacha de esta noche tendría dos o tres años más que la otra, y su cuerpo era más semejante al de una mujer. La gran diferencia residía en el hecho de que había sido narcotizada y no se despertaría. Si esta noche retumbaran los tambores de un festival, no sería capaz de oírlos.
Aguzando el oído, creyó escuchar un leve viento de finales de otoño soplando en la colina situada detrás de la casa. El cálido aliento procedente de los labios abiertos de la muchacha le soplaba en la cara. La luz tenue de las cortinas de terciopelo carmesí se introducía en la boca de ella. Le parecía que la lengua de esta muchacha no sería como la de la otra, fría y mojada. La tentación aún era fuerte. Esta muchacha era la primera de las «bellas durmientes» que le había enseñado la lengua. Le recorrió como un relámpago el impulso de cometer un delito más excitante que poner el dedo en su lengua.
Pero el delito no tomó forma clara en la mente de Eguchi como crueldad y terror. ¿Qué era lo peor que un hombre podía hacer a una mujer? Las aventuras con la mujer de Kobe y la prostituta de catorce años, por ejemplo, no eran más que un momento en una larga vida, y se desvanecían en un momento. Casarse, criar a sus hijas, todas esas cosas, en la superficie, eran buenas; pero haber tenido los largos años en su poder, haber controlado sus vidas, haber deformado sus naturalezas incluso, estas cosas podían ser malas. Tal vez, engañado por la costumbre y el orden, nuestro sentido del mal se atrofiaba.
Yacer junto a una muchacha narcotizada era sin duda malo. El mal sería aún más claro si la mataba. Sería fácil estrangularla, o cubrirle la nariz y la boca. Dormía con la boca abierta, enseñando su lengua infantil. Era una lengua que parecía capaz de enroscarse en su dedo, si la tocaba, como la de un recién nacido con el pecho de su madre. Llevó la mano a su mandíbula y labio superior y le cerró la boca. Cuando retiró la mano, la boca volvió a abrirse. En los labios separados por el sueño, el anciano vio la juventud.
El hecho de que fuera tan joven podía ser causa de que le acometiera el impulso; pero le parecía que entre los ancianos que venían secretamente a esta «casa de las bellas durmientes», debía haber algunos que no sólo miraban con nostalgia hacia el pasado desaparecido sino que intentaban olvidar el mal que habían hecho en sus vidas. El viejo Kiga, que le había indicado la casa a Eguchi, no había revelado, naturalmente, los secretos de los otros huéspedes. Era probable que fuesen muy pocos. Eguchi podía imaginárselos como hombres socialmente prósperos. Pero entre ellos debía haber algunos que habían prosperado practicando el mal y que conservaban sus ganancias con malas acciones reiteradas. No serían hombres en paz con ellos mismos. Estarían entre los derrotados, o más bien entre las víctimas del terror. Mientras yacían contra la carne de muchachas desnudas que dormían un sueño provocado, en sus corazones habría algo más que temor a la muerte cercana y nostalgia de su juventud perdida. Podría haber también remordimiento, y la inquietud tan común en las familias de los prósperos. No tendrían ningún Buda ante quien arrodillarse. La muchacha desnuda no sabría nada, no abriría los ojos si uno de los ancianos la tomaba con fuerza en sus brazos, no derramaría lágrimas, no sollozaría ni siquiera gemiría. El anciano no necesitaría sentir vergüenza, su orgullo permanecería intacto. Los remordimientos y la tristeza podrían fluir libremente. ¿Y acaso no podría ser la propia «bella durmiente» una especie de Buda? Era de carne y hueso, y su piel joven y su fragancia podían significar el perdón para los tristes ancianos.
Cuando se le ocurrieron estos pensamientos, el viejo Eguchi cerró lentamente los ojos. Parecía algo extraño que, de las tres «bellas durmientes» con quienes se había acostado, fuera la de esta noche, la más joven y pequeña, totalmente sin experiencia, la que los había inspirado. La tomó en sus brazos, envolviéndola. Hasta ahora había evitado tocarla. Carente de fuerzas, ella no se resistió. Su fragilidad era patética. Quizá sintió a Eguchi incluso desde las profundidades del sueño. Cerró la boca. Sus caderas, al adelantarse, chocaron bruscamente contra él.
Eguchi se preguntó qué clase de vida tendría. ¿Sería tranquila y apacible, aunque no alcanzara una gran eminencia? Esperaba que encontraría la felicidad por haber dado consuelo a los ancianos que venían aquí. Casi creía que, como en las antiguas leyendas, la muchacha era la encarnación de Buda. ¿No había relatos antiguos en que las prostitutas y cortesanas eran Budas encarnados?
Tomó con delicadeza un mechón de cabellos sueltos. Trató de calmarse, buscando confesión y arrepentimiento para sus malas acciones; pero lo que flotaba en su mente eran las mujeres de su pasado. Y lo que recordaba con cariño no tenía nada que ver con la duración de sus relaciones con ellas, ni con su belleza, gracia o inteligencia. Tenía que ver con cosas parecidas a la observación hecha por la mujer de Kobe: «He dormido como si estuviera muerta. He dormido exactamente como si estuviera muerta.» Tenía que ver con aquellas mujeres que se habían perdido a sí mismas en sus caricias, que habían sentido un frenesí de placer. ¿Era el placer menos una cuestión de la magnitud de su afecto que de sus dotes físicas? ¿Cómo sería esta muchacha cuando se hubiera desarrollado del todo? Estiró el brazo que la rodeaba y le acarició la espalda. Pero, naturalmente, no tenía modo de saberlo. Cuando en la visita anterior durmió con la muchacha hechicera, se preguntó hasta qué punto había conocido la profundidad y el alcance del sexo a sus sesenta y siete años, y achacó este pensamiento a su propia senilidad; y era extraño que esta muchacha de hoy pareciera saber evocar el sexo del pasado. Posó suavemente los labios sobre los labios cerrados de ella. No notó ningún sabor. Estaban secos. El hecho de que no tuvieran sabor pareció mejorarlos. Tal vez no volviera a verla jamás. Cuando sus labios pequeños estuvieran humedecidos por el sabor del sexo, Eguchi ya podía estar muerto. Este pensamiento no le entristeció. Separó los labios y rozó con ellos sus cejas y pestañas. Ella movió ligeramente la cabeza, y colocó la frente contra los ojos de Eguchi. Éste los tenía cerrados, y ahora los cerró con más fuerza.
Tras los ojos cerrados surgió y desapareció una interminable sucesión de fantasmas. Al cabo de un rato empezaron a adquirir cierta forma. Una serie de flechas doradas voló muy cerca y se alejó. Había en sus puntas jacintos de un profundo violeta. En los extremos había orquídeas de diversos colores. Parecía extraño que las flores no se cayeran a semejante velocidad. Eguchi abrió los ojos. Había empezado a adormecerse.
Aún no había tomado las píldoras sedantes. Dio una ojeada a su reloj, que estaba junto a ellas. Eran las doce y media. Las tomó en la mano. Pero parecía una lástima dormir esta noche, cuando no sentía nada de la melancolía y la soledad de la vejez. La muchacha respiraba pacíficamente. Cualquiera que fuese la píldora o la inyección que la había dormido, no parecía sentir ningún dolor. Quizás era una gran dosis de somnífero, quizás un veneno ligero. Eguchi pensó que le gustaría sumirse al menos una vez en un sueño tan profundo. Bajó de la cama sin hacer ruido y se dirigió a la otra habitación. Pulsó el timbre, decidido a pedir a la mujer la medicina que había sido administrada a la muchacha. El timbre sonó una y otra vez, informándole del frío, interior y exterior. Era reacio a llamar demasiadas veces, aquí en la casa secreta y en las profundidades de la noche. La región era cálida, y las hojas marchitas aún se aferraban a las ramas; pero, debido a un viento tan tenue que apenas era viento, podía oír el susurro de las hojas caídas en el jardín. Las olas rompían con suavidad contra el acantilado. El lugar era como una casa encantada en medio del silencio y la soledad. Se estremeció. Había salido con un kimono de algodón.
Cuando volvió a la habitación secreta, las mejillas de la muchacha estaban encendidas. La manta eléctrica calentaba al mínimo, pero ella era joven. Eguchi se calentó con su contacto. Tenía la espalda arqueada bajo el calor, y los pies al descubierto.
-Te enfriarás -dijo Eguchi.
Sintió la gran diferencia entre sus edades. Hubiera sido un bien poder tomar a la muchacha pequeña en su interior.
-¿Me oyó tocar el timbre anoche? -preguntó mientras la mujer de la casa le servía el desayuno-. Quería la medicina que le dio a ella. Deseaba dormir como ella.
-Eso no está permitido. Es peligrosa para los ancianos.
-No debe preocuparse. Tengo un corazón fuerte. Y no me importaría nada irme del todo.
-Está pidiendo mucho para alguien que sólo ha estado aquí tres veces.
-¿Qué es lo máximo que se puede obtener en esta casa?
Ella le miró fijamente, con una ligera sonrisa en los labios.
4
El gris de la mañana invernal se convirtió por la tarde en una fría llovizna. Dentro del portal de la «casa de las bellas durmientes», Eguchi advirtió que la llovizna ya era aguanieve. La mujer de siempre cerró tras él la puerta con llave. Vio puntos blancos bajo la luz enfocada a sus pies. Sólo había unos cuantos esparcidos aquí y allá. Eran suaves y se fundían al tocar las losas.
-Tenga cuidado -dijo la mujer-. El suelo está mojado.
Cubriéndole con un paraguas, trató de tomarle de la mano. El calor repelente de la mano madura pareció atravesarle el guante.
-No hace falta -se desasió-. Todavía no soy tan viejo como para necesitar que me lleven de la mano.
-Son resbaladizas.
Las hojas caídas del arce no habían sido barridas. Algunas estaban marchitas y descoloridas, pero brillaban bajo la lluvia.
-¿Acaso le llegan aquí medio paralizados? ¿Tiene que guiarles y sostenerles?
-No debe hacer preguntas sobre los demás.
-Pero el invierno ha de ser peligroso para ellos. ¿Qué haría usted si uno sufriera un ataque cardíaco?
-Eso significaría el fin -dijo ella con frialdad-. Para el caballero podría significar el paraíso, naturalmente.
-Usted no saldría indemne del percance.
-No.
Cualquiera que hubiese sido el origen de tanto aplomo en el pasado de la mujer, no se produjo el menor cambio en su expresión.
La habitación del piso superior estaba como de costumbre, salvo que el pueblo de las hojas de arce había sido cambiado por un paisaje nevado. No cabía duda de que también se trataba de una reproducción.
-Me avisa siempre con tan poco tiempo... -observó ella mientras hacía el buen té habitual-. ¿No le gustó ninguna de las otras tres?
-Las tres me gustaron demasiado.
-Entonces tendría que decirme cuál prefiere con dos o tres días de antelación. Es usted muy promiscuo.
-¿Podría haber promiscuidad con una muchacha dormida? No se entera de nada. Podría ser cualquiera.
-Está dormida, pero sigue siendo de carne y hueso.
-¿No preguntan nunca qué clase de hombre ha estado con ella?
-Lo tienen absolutamente prohibido. Ésta es la regla estricta de la casa. No debe preocuparse.
-Creo que usted sugirió la inconveniencia de que un hombre se encariñara demasiado con una de sus muchachas. ¿Lo recuerda? Hablamos sobre la promiscuidad, y usted me dijo exactamente lo que acabo de decirle yo esta noche. Hemos intercambiado nuestras posiciones. Es muy extraño. ¿Acaso empieza a emerger la mujer que hay en usted?
Una sonría sarcástica apareció en las comisuras de sus labios delgados.
-Me imagino que a lo largo de los años usted habrá hecho llorar a muchas mujeres.
-¡Vaya idea! -Eguchi fue cogido por sorpresa.
-Creo que protesta con exceso.
-No vendría aquí si fuera esa clase de hombre. Los ancianos que vienen aquí siguen atados a sus ligaduras. Pero rebelarse y gemir no puede devolvernos nada.
-Tal vez -su expresión continuaba siendo impasible.
-La última vez le pregunté qué es lo peor que se puede obtener.
-Que la muchacha esté dormida, supongo.
-¿Puedo tomar la misma medicina?
-Creo que ya me vi obligada a negárselo la vez anterior.
-¿Qué es lo peor que puede hacer un anciano?
-No hay cosas malas en esta casa -bajó su voz juvenil, que pareció imponerse a él con una fuerza renovada.
-¿Ninguna cosa mala?
Los ojos oscuros de la mujer estaban tranquilos.
-Naturalmente, si usted intentara estrangular a una de las muchachas, sería como torcer el brazo a un recién nacido.
-¿No se despertaría ni siquiera entonces?
-Creo que no.
-Como hecho a la medida si uno quiere suicidarse y llevarse a alguien consigo.
-Pues hágalo, si es que teme la soledad de un suicidio sin compañía.
-¿Y si uno se siente demasiado solo incluso para suicidarse?
-Supongo que los ancianos pasan por momentos semejantes. -Como siempre, su actitud era sosegada-. ¿Ha bebido? No tiene mucho sentido lo que dice.
-He tomado algo peor que alcohol.
Ella le miró brevemente.
-La de esta noche es muy cálida -dijo, como queriendo quitar importancia a las palabras de él-. Lo más adecuado para una noche fría como ésta. Entre en calor a su lado.
Y desapareció por las escaleras.
Eguchi abrió la puerta de la habitación contigua. La dulce fragancia femenina era más fuerte que de costumbre. La muchacha yacía de espaldas a él. Respiraba con fuerza, aunque no llegaba a roncar. Parecía bastante gruesa. Eguchi no podía estar seguro, pero a la luz de las cortinas de terciopelo carmesí, sus abundantes cabellos se antojaban de un tono rojizo. La piel de las orejas carnosas, sobre el cuello redondo, era extraordinariamente blanca. Parecía muy cálida, como había dicho la mujer, y, sin embargo, no estaba ruborizada.
-¡Ah! -exclamó él involuntariamente al deslizarse a su lado.
Era muy cálida, en efecto. Tenía la piel tan suave que parecía adherirse a la suya. La fragancia procedía de su humedad. Eguchi permaneció inmóvil durante un rato, con los ojos cerrados. La muchacha también estaba inmóvil. La carne era abundante en las caderas y más abajo. El calor, más que penetrarle, le envolvió. Tenía los pechos grandes, pero bajos y anchos, y los pezones eran notablemente pequeños. La mujer había hablado de estrangulación. Ahora lo recordó y tembló al pensarlo, a causa de la piel de la muchacha. Si la estrangulara, ¿qué clase de fragancia despediría? Se esforzó en imaginarse a la muchacha durante el día, y, para vencer la tentación, le dio un porte desmañado. La excitación se desvaneció. Pero, ¿qué era un porte desmañado en una muchacha que paseaba? ¿Qué eran unas piernas bien formadas? ¿Qué eran, para un hombre de sesenta y siete años junto a una muchacha de una sola noche, la inteligencia, la cultura, la barbarie? Solamente la tocaba. Y, narcotizada, ella desconocía por completo el hecho de que la estaba tocando un anciano decrépito. Tampoco lo conocería al día siguiente. ¿Era un juguete, un sacrificio? El viejo Eguchi sólo había venido cuatro veces a esta casa y, no obstante, la sensación de que con cada nueva visita había un nuevo entumecimiento en su interior era esta noche especialmente intensa.
¿Estaría esta muchacha igualmente bien entrenada? Quizá debido a que había llegado a no pensar en los tristes ancianos que eran sus huéspedes, no respondió al contacto de Eguchi. Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana. En la oscuridad del mundo están enterradas todas las variedades de transgresión. Pero Eguchi era un poco diferente a los demás ancianos que frecuentaban la casa. El viejo Kiga, al indicarle la casa, se había equivocado considerándole igual que ellos. Eguchi no había dejado de ser hombre. Por ello podía decirse que no sentía la pena y la felicidad, la soledad y las nostalgias con tanta intensidad como ellos. Para él no era necesario que la muchacha estuviera dormida.
En su segunda visita, cuando, con aquella muchacha hechicera, había estado a punto de violar la regla de la casa, se había apartado con asombro al descubrir que era virgen. Había jurado entonces observar la regla, dejar en paz a las bellas durmientes. Había jurado respetar el secreto de los ancianos. Parecía, efectivamente, que todas las muchachas de la casa eran vírgenes; pero, ¿qué clase de solicitud atestiguaba este hecho? ¿Sería el deseo de los ancianos, un deseo que rayaba en lo lastimero? Eguchi pensó que lo comprendía, y también lo consideró insensato.
Pero la de esta noche le inspiraba suspicacia. Le resultaba difícil creer que era virgen. Alzando el pecho hasta el hombro de ella, contempló su cara. No estaba tan bien formada como su cuerpo. Pero era más inocente de lo que había supuesto. Las aletas de la nariz estaban algo distendidas, y el caballete era bajo. Las mejillas eran anchas y redondas.
«Muy bonita», murmuró el viejo Eguchi, apretando su mejilla contra la suya. Era asimismo húmeda y suave, quizá porque su peso le presionaba el hombro, la muchacha se puso boca arriba. Eguchi se apartó.
Permaneció un rato con los ojos cerrados, porque la fragancia de la muchacha era inusitadamente fuerte. Dicen que el sentido del olfato es el más rápido en evocar recuerdos; pero, ¿no era este olor demasiado dulce e intenso? Eguchi pensó en el olor a leche de un niño de pecho. Aunque ambos fueran totalmente distintos, ¿no eran en cierto modo básicos en la humanidad? Desde la antigüedad, los ancianos habían intentado usar la fragancia de las doncellas como un elixir de juventud. El olor de la muchacha de esta noche no podía llamarse fragante. Si se decidía a violar la regla de la casa, habría un olor desagradablemente intenso y carnal. Pero el hecho de que lo calificara de desagradable ¿no sería un signo de que Eguchi ya era senil? ¿Acaso esta especie de olor fuerte y penetrante no constituía la base de la vida humana? Daba la impresión de ser una muchacha con facilidad para quedarse embarazada. Aunque la hubiesen dormido, sus procesos fisiológicos seguían funcionando, y se despertaría en el curso del día siguiente. Si quedaba embarazada, sería sin que tuviera la menor conciencia de ello. ¿Y si Eguchi, a sus sesenta y siete años, dejase tras él a un niño semejante? Era el cuerpo de mujer que invitaba al hombre a los círculos inferiores del infierno.
Ella había sido privada de todas sus defensas, en beneficio de su anciano huésped, de un triste viejo. Estaba desnuda, y no se despertaría. Eguchi sintió una oleada de compasión por ella. Se le ocurrió una idea: los viejos tienen la muerte, y los jóvenes el amor, y la muerte viene una sola vez y el amor muchas. Era una idea para la cual no estaba preparado, pero le calmó, aunque no se había notado especialmente nervioso. De fuera llegaba el débil susurro del aguanieve. El sonido del mar había enmudecido. El viejo Eguchi podía ver el mar inmenso y oscuro sobre el que la nieve caía y se fundía. Un ave salvaje, parecida a una gran águila, voló rozando las olas, con algo en el pico que chorreaba sangre. ¿Era una cría humana? No podía serlo. Tal vez fuera el espectro de la iniquidad humana. Meneó ligeramente la cabeza sobre la almohada y el espectro desapareció.
-Caliente, caliente -dijo Eguchi.
No era sólo la manta eléctrica. La muchacha había apartado la colcha, y sus pechos, grandes y anchos pero algo carentes de énfasis, estaban medio descubiertos. La luz del terciopelo carmesí teñía débilmente su piel clara. Mirando los hermosos pechos, Eguchi siguió el pico de pelo con un dedo. Ella continuaba respirando pausada y lentamente. ¿Qué clase de dientes habría detrás de los delgados labios? Asiendo el labio inferior por el centro, los entreabrió un poco. Aunque no eran desproporcionados en comparación con el tamaño de los labios, los dientes podían calificarse como pequeños, y estaban colocados con regularidad. Retiró la mano. Los labios permanecieron abiertos. Aún podía ver las puntas de los dientes. Borró un poco el lápiz labial que tenía en las yemas de los dedos frotándolos contra el carnoso lóbulo, y después contra el cuello redondeado. La mancha roja apenas visible era agradable sobre la piel blanca.
Sí, debía ser virgen. Como había tenido dudas sobre la muchacha de la segunda noche, y se había sorprendido de su propia vileza, no sintió el impulso de investigar. ¿Qué le importaba a él? Entonces, mientras empezaba a pensar que en realidad le importaba algo, le pareció oír una voz burlona.
«-¿Hay por aquí algún demonio intentando reírse de mi?»
«-Me temo que no es tan sencillo. Haces demasiado caso de tu propio sentimentalismo y de tu descontento por no ser capaz de morir».
«-Estoy intentando pensar como los ancianos que están más tristes que yo».
«-¡Canalla! Quien echa la culpa a otros no es digno de contarse entre los canallas».
«-¿Canalla? Muy bien, un canalla. Pero, ¿por qué una virgen es pura y otra mujer no? Yo no he pedido vírgenes».
«-Esto es porque no conoces la verdadera senilidad. No vuelvas a este lugar. Si por una casualidad entre un millón, una casualidad entre un millón, una muchacha abriera los ojos, ¿no estás subestimando la vergüenza?»
Algo parecido a un autointerrogatorio pasó por la mente de Eguchi; pero, como era natural, no estableció que en esta casa sólo se narcotizaba a vírgenes. Como sólo la había visitado cuatro veces, le inspiraba perplejidad que las cuatro muchachas hubieran sido vírgenes. ¿Sería ésta la exigencia, la esperanza de los ancianos?
Si la muchacha se despertara... -el pensamiento ejercía una fuerte atracción-. Si abriera los ojos, incluso aturdida, ¿qué intensidad tendría el sobresalto, de qué clase sería? Probablemente la muchacha no seguiría durmiendo si, por ejemplo, le cortara un brazo casi en redondo o le clavara un cuchillo en el pecho o en el abdomen.
«Eres un depravado», se dijo a sí mismo.
La impotencia de los otros ancianos no debía estar muy lejos del propio Eguchi. Pensamientos atroces le asaltaron: destruir esta casa, destruir también su propia vida, porque la muchacha de esta noche no era lo que podría llamarse una belleza de facciones regulares, porque sentía cerca de él a una muchacha bonita con el pecho al descubierto. Sintió algo parecido a una contrición involuntaria. Y también contrición por una vida que, con toda probabilidad, tendría un final tímido. Carecía del valor de su hija menor, con la cual había ido a contemplar la camelia. Volvió a cerrar los ojos.
Dos mariposas jugueteaban entre los bajos arbustos que bordeaban el sendero de piedras de un jardín. Desaparecían entre las ramas, las rozaban, parecían divertirse. Volaron un poco más alto y danzaron grácilmente hacia los arbustos para alejarse de nuevo, y otra mariposa apareció de entre las hojas, y después otra. «Dos parejas», pensó, y entonces contó cinco, y todas revoloteaban juntas. ¿Sería una pelea? Pero de los arbustos fueron surgiendo más mariposas, una tras otra, y el jardín era un enjambre de mariposas blancas, muy cerca del suelo. Las ramas inclinadas de un arce se mecían bajo el impulso del viento que no parecía existir. Las ramas eran delicadas, y debido al gran tamaño de las hojas, sensibles al viento. El enjambre de mariposas había crecido tanto que era como un campo de flores blancas. Aquí las hojas del arce ya se habían caído. Tal vez seguían pendiendo de las ramas unas cuantas hojas marchitas, pero esta noche caía aguanieve.
Eguchi había olvidado el frío del aguanieve. ¿Procedería el enjambre danzante de mariposas blancas del pecho grande y blanco de la muchacha, desnudo junto a él? ¿Había algo en la muchacha que calmaba los malos impulsos de un anciano? Abrió los ojos y miró los pezones pequeños y rosados. Eran como un símbolo del bien. Posó la mejilla sobre ellos. El interior de sus párpados pareció calentarse. Quería dejar su marca en esta muchacha.
Si violaba la regla de la casa, la muchacha se asustaría al despertarse. Dejó en sus pechos varias marcas del color de la sangre. Se estremeció.
-Tendrás frío -subió la colcha. Se tragó las dos píldoras que había junto a la almohada-. Un poco rechoncha en las partes inferiores -bajó el brazo y la atrajo hacia sí.
A la mañana siguiente le despertó dos veces la mujer de la casa. La primera vez llamó a la puerta.
-Son las nueve, señor.
-Ya me levanto. Debe hacer frío fuera.
-Encendí temprano la estufa.
-¿Y el aguanieve?
-Está nublado, pero ya no nieva.
-¿Ah, no?
-Hace rato que tengo preparado su desayuno.
-Está bien -con esta respuesta indiferente, cerró de nuevo los ojos-. Un demonio vendrá a buscarte -dijo, arrimándose a la notable piel de la muchacha.
La mujer regresó antes de que pasaran diez minutos.
-¡Señor! -esta vez golpeó con fuerza-. ¿Ha vuelto a acostarse? -su voz también era fuerte.
-La puerta no está cerrada con llave -contestó.
La mujer entró. Él se incorporó perezosamente. La mujer le ayudó a vestirse; incluso le puso los calcetines, pero su tacto era desagradable. En la habitación contigua el té, como siempre, era bueno. Mientras lo sorbía, ella le miró con frialdad y suspicacia.
-¿Qué le ha parecido? ¿Le ha gustado?
-Lo suficiente, supongo.
-Me alegro. ¿Ha tenido sueños placenteros?
-¿Sueños? Ninguno en absoluto. Sólo he dormido bien. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien -bostezó abiertamente-. Todavía no estoy despierto del todo.
-Me imagino que estaría cansado anoche.
-Fue culpa de ella. ¿Viene aquí con frecuencia?
La mujer bajó la vista, con expresión severa.
-Tengo una petición especial -dijo él. Su actitud era grave-. Cuando termine el desayuno, ¿me dará más medicina para dormir? Le pagaré más. Aunque no sé cuándo se despertará la muchacha.
-Completamente descartado -la cara de la mujer tenía una palidez terrosa, y sus hombros estaban rígidos-. Realmente va usted demasiado lejos.
-¿Demasiado lejos? -intentó reír, pero la risa se negó a materializarse.
Quizá sospechando que Eguchi había hecho algo a la muchacha, ella entró con apresuramiento en la habitación contigua.
5
Llegó el año nuevo, el mar salvaje era de pleno invierno. En tierra soplaba poco viento.
-Es de agradecer su visita en una noche tan fría –la mujer abrió la puerta de la casa de las bellas durmientes.
-Por eso he venido -dijo el viejo Eguchi-. Morir en una noche como ésta, con la piel de una muchacha para calentarle, debe ser el paraíso para un anciano.
-Dice usted cosas muy agradables.
-Un viejo vive en vecindad con la muerte.
Ardía una estufa en la habitación de arriba. Y, como de costumbre, el té era bueno.
-Siento una corriente de aire.
-¡Oh! -la mujer miró a su alrededor-. No debería haber ninguna.
-¿Tenemos un fantasma con nosotros?
Ella se sobresaltó y fijó la mirada en él. Su rostro era blanco.
-Deme otra taza. Llena. Y no lo enfríe. Lo quiero directamente del fuego.
Ella cumplió sus órdenes.
-¿Ha oído algo? -preguntó con voz glacial.
-Tal vez.
-¡Oh! ¿Lo sabe y aun así ha venido? -intuyendo que Eguchi estaba enterado, parecía decidida a no ocultar el secreto, pero su expresión era severa-. No debería decírselo, lo sé, después de haberle hecho recorrer tan larga distancia, pero, ¿puedo pedirle que se marche?
-He venido con los ojos abiertos.
Ella se rió. En la risa se advertía algo diabólico.
-Tenía que ocurrir. El invierno es una época peligrosa para los viejos. Quizá debiera usted cerrar en invierno.
Ella no contestó.
-Ignoro qué clase de ancianos vienen aquí, pero si muere otro y después otro, usted se verá en apuros.
-Dígaselo al hombre que posee la casa. ¿Qué he hecho yo de malo? -su rostro era ceniciento.
-¡Oh!, claro que ha hecho algo malo. Todavía era oscuro, y se llevaron el cuerpo a una posada. Me imagino que usted ayudó.
Ella se agarró las rodillas.
-Fue por su bien. Por su buen nombre.
-¿Buen nombre? ¿Acaso los muertos tienen buenos nombres? Pero tiene usted razón. Es estúpido, pero me imagino que las cosas deben disimularse. Sobre todo por la familia. ¿El propietario de este lugar lo es también de la posada?
La mujer no contestó.
-Dudo que los periódicos tuvieran mucho que decir, incluso aunque haya muerto junto a una muchacha desnuda. De haber sido yo ese viejo, me habría sentido más feliz si me hubieran dejado donde estaba.
-Se habría investigado, y usted ya sabe que la habitación en sí es un poco extraña, y los otros caballeros que tienen la bondad de venir aquí habrían podido ser interrogados. Y, además, están las muchachas.
-Me imagino que la muchacha continuó durmiendo, sin saber que el viejo había muerto. Tal vez él se revolvió un poco, pero dudo de que esto fuera suficiente para despertarla.
-Pero si le hubiésemos dejado aquí, habríamos tenido que sacar a la muchacha y esconderla. E incluso así habrían descubierto que había dormido con una mujer.
-¿Se la hubieran llevado?
-Y esto sería un crimen demasiado evidente.
-No creo que se despertara sólo porque un hombre moría a su lado.
-Supongo que no.
-De modo que ni siquiera sabía que él estaba muerto.
¿Durante cuánto tiempo, después de que el hombre muriera, habría estado calentando el cadáver la muchacha narcotizada? No se dio cuenta de nada cuando se llevaron el cuerpo.
-Mi presión arterial es buena y mi corazón es fuerte; por lo tanto, no hay motivo para que usted se preocupe. Pero si algo me ocurriera, le ruego que no me saquen de aquí. Déjenme junto a ella.
-Completamente descartado -se apresuró a negar la mujer-. Debo pedirle que se vaya, si insiste en decir cosas semejantes.
-Estoy bromeando.-no podía creer que la muerte estuviera cerca.
La reseña del funeral aparecida en la prensa sólo había mencionado «muerte repentina». El viejo Kiga había susurrado los detalles a Eguchi durante el funeral. La causa de la muerte fue un fallo cardíaco.
-No era la clase de posada donde conviniera encontrar a un director de empresa -dijo Kiga-, y había otra en la que solía hospedarse. Así pues, la gente ha dicho que el viejo Fukura debe haber tenido una muerte feliz. Claro que nadie sabe lo que ha ocurrido realmente.
-¿Ah, no?
-Podríamos decir que ha sido una especie de eutanasia. Pero no igual. Más dolorosa. Éramos íntimos, y yo lo adiviné inmediatamente y fui a investigar. Pero no se lo he dicho a nadie. Ni siquiera su familia lo sabe. ¿No le divierten estas reseñas de los periódicos?
Había dos notas necrológicas, una junto a otra. La primera era de su esposa e hijo, la segunda, de su empresa.
-Fukura era así -los ademanes de Kiga indicaron un cuello macizo, un pecho potente, y en especial una gran barriga-. Será mejor que sea usted precavido.
-No se preocupe por mí.
Y se llevaron el enorme cuerpo durante la noche.
¿Quién se lo había llevado? Alguien en un automóvil, sin duda. La imagen no era agradable.
-Al parecer se han salido con la suya -murmuró el viejo Kiga en el funeral-, pero si esto continúa así, no creo probable que la casa dure mucho tiempo.
-Seguramente no.
Esta noche, intuyendo que Eguchi estaba enterado de la muerte del viejo Fukura, la mujer de la casa no intentó ocultar el secreto; pero se mostraba cautelosa.
-¿Es cierto que la muchacha no se enteró de nada? -Eguchi era innecesariamente tenaz.
-No podía enterarse. Pero parece ser que el hombre sintió dolores. Ella tenía un arañazo desde el cuello hasta el pecho. Como es natural, ignoraba lo ocurrido. «Qué viejo tan repugnante», dijo cuando se despertó por la mañana.
-Un viejo repugnante. Incluso en sus últimos estertores.
-No podríamos llamarlo una herida, en realidad. Sólo un arañazo con algunas gotas de sangre.
Ahora la mujer parecía dispuesta a contárselo todo. Él ya no quería saberlo. La víctima era sólo un viejo que debía morirse algún día en alguna parte. Tal vez había sido una muerte feliz. La imaginación de Eguchi jugó con la imagen de aquel cuerpo enorme siendo transportado a la posada de las termas.
-La muerte de un viejo es algo repelente. Supongo que podría llamarse una resurrección en el cielo, pero estoy seguro de que fue en sentido opuesto.
Ella no hizo ningún comentario.
-¿Conozco a la muchacha que estaba con él?
-Eso no puedo decírselo.
-Comprendo.
-Estará de vacaciones hasta que cicatrice el arañazo.
-Otra taza de té, por favor. Tengo sed.
-Con mucho gusto. Cambiaré las hojas.
-Ha conseguido mantenerlo en secreto, pero, ¿no cree que tendrá que cerrar dentro de poco?
-¿Usted cree que sí? -su actitud era tranquila. No levantó la vista del té-. El fantasma aparecerá una de estas noches.
-Me gustaría hablar con él largo y tendido.
-¿Sobre qué?
-Sobre los viejos tristes.
-Estaba bromeando.
Él bebió un sorbo de té.
-Sí, claro, estaba bromeando. Pero yo tengo un fantasma dentro de mí. Y usted tiene otro -señaló a la mujer con la mano derecha-. ¿Cómo supo que estaba muerto?
-Oí un extraño gemido y subí al piso de arriba. Su respiración y su pulso se habían detenido.
-Y la muchacha no lo sabía -dijo él de nuevo.
-Disponemos las cosas de modo que no la despierte una cosa tan insignificante como ésta.
-¿Insignificante como ésta? ¿Y tampoco se enteró cuando se llevaron el cadáver?
-No.
-Así que la muchacha es la terrible.
-¿Terrible? ¿Qué hay en ella de terrible? Deje de hablar así y vaya a la otra habitación. ¿Le ha parecido terrible alguna de las otras muchachas?
-Quizá la juventud sea terrible para un anciano.
-¿Y qué significa esto? -se levantó, sonriendo levemente, fue hacia la puerta de cedro, abrió una rendija y miró hacia dentro-. Profundamente dormidas. Venga, acérquese -sacó la llave de su obi-. Quería decírselo. Son dos.
-¿Dos? -Eguchi se sobresaltó. Quizá las muchachas conocieran la muerte del viejo Fukura.
-Puede entrar cuando guste. -La mujer se fue.
La curiosidad y la timidez de su primera visita le habían abandonado. Sin embargo, dio un paso atrás cuando abrió la puerta.
¿Sería también ésta una principiante? Pero parecía salvaje y arisca, totalmente distinta de la «muchacha pequeña» de la otra noche. Su calidad de salvaje casi le hizo olvidar la muerte del viejo Fukura. Era la muchacha que dormía más cerca de la puerta. Tal vez porque no estaba acostumbrada a tales inventos para los viejos como las mantas eléctricas, o quizá porque su calor mantenía a distancia el frío invernal, había bajado la ropa de la cama hasta su estómago. Parecía tener las piernas muy separadas. Yacía boca arriba, con los brazos extendidos. Los pezones eran grandes y oscuros, y tenían un tono púrpura. No era un color bonito a la luz de las cortinas dé terciopelo carmesí. Tampoco podía llamarse hermosa la piel de la garganta y los pechos. No obstante, despedía un resplandor oscuro. De los sobacos parecía emanar un olor débil.
-La vida misma -murmuró Eguchi.
Una muchacha como ésta insuflaba vida a un viejo de sesenta y siete años. Eguchi dudaba un poco de que la muchacha fuera japonesa. No debía haber cumplido los veinte años, pues los pezones eran planos, pese a la anchura de los pechos. El cuerpo era firme.
Le cogió la mano. Tanto las uñas como los dedos eran largos. Debía ser alta, según la moda moderna. ¿Qué clase de voz tendría, cuál sería su manera de hablar? Había muchas mujeres en la radio y la televisión cuyas voces le gustaban. Solía cerrar los ojos y escucharlas. Quería oír la voz de esta muchacha. Naturalmente, no había modo de hablar de verdad a una muchacha que estaba dormida. ¿Cómo podría obligarla a hablar? Una voz era diferente cuando venía de una persona dormida. La mayoría de mujeres tienen varias voces, pero era probable que esta muchacha sólo tuviera una. Incluso por su forma de dormir podía saber que no estaba enseñada y carecía de afectación.
Se sentó y empezó a jugar con sus largas uñas. ¿Eran tan duras las uñas? ¿Eran éstas unas uñas jóvenes y sanas? El color de la sangre se transparentaba vivamente a través de ellas. Se fijó por primera vez en que llevaba un collar de oro delgado como un hilo. Tuvo deseos de sonreír. Aunque ella había bajado la ropa de la cama hasta debajo de sus pechos en una noche tan fría, parecía haber en su frente un sudor ligero. Eguchi extrajo un pañuelo del bolsillo y lo secó. El pañuelo se impregnó de un olor fuerte. También le secó los sobacos. Como no podría llevarse el pañuelo a casa, lo arrugó y lo tiró a un extremo de la habitación.
«Lleva lápiz de labios.» Era lo más natural que lo llevara, pero en esta muchacha el lápiz labial también le inspiró deseos de sonreír. Lo miró unos momentos. «¿Habrá sido operada de labio leporino?»
Recuperó el pañuelo y le quitó la pintura. No había rastro de cirugía. El centro del labio superior estaba levantado, formando una clara línea puntiaguda. Era extrañamente atractivo.
Recordó un beso de hacía más de cuarenta años. Con las manos posadas ligeramente sobre los hombros de la muchacha que estaba frente a él, acercó los labios a los suyos. Ella meneó la cabeza de izquierda a derecha.
-No, no, no lo haré.
-Ya lo has hecho.
-No, no, no lo haré.
Eguchi se frotó los labios y enseñó a la muchacha el pañuelo manchado de rosa.
-Pero si ya lo has hecho. Mira esto.
La muchacha cogió el pañuelo y lo miró de hito en hito, y después lo metió en su monedero.
-No lo haré -dijo, bajando en silencio la cabeza, ahogada por las lágrimas.
No volvieron a verse. ¿Qué debió hacer con el pañuelo? Pero, más que el pañuelo, ¿qué debió ser de ella? ¿Viviría aún, cuarenta años más tarde?
¿Durante cuántos años la había olvidado, hasta que la evocó el puntiagudo labio superior de la muchacha narcotizada? En el pañuelo había lápiz labial, y el de la muchacha había desaparecido; ¿pensaría ella, si lo dejaba junto a la almohada, que le había robado un beso? Naturalmente, los huéspedes de esta casa eran libres de besar. Besar no figuraba entre los actos prohibidos. Un hombre podía besar, por senil que fuera. La muchacha no le rehuiría, y nunca sabría nada. Tal vez los labios dormidos estaban fríos y húmedos. ¿Acaso los labios muertos de una mujer a quien se ha amado no incrementan la intensidad de la emoción? El impulso no adquirió fuerza en Eguchi mientras pensaba en la triste senilidad de los ancianos que frecuentaban la casa.
Sin embargo, la forma insólita de estos labios le excitaba. «De modo que hay labios así», pensó, tocando suavemente con el dedo meñique el centro del labio superior. Estaba seco. Y la piel parecía gruesa. La muchacha empezó a lamerse el labio, y no paró hasta que estuvo bien humedecido. Él retiró el dedo.
«¿Sabrá besar aunque esté dormida?»
Pero se limitó a acariciar los cabellos que le cubrían la oreja. Eran bastos y duros. Se levantó y procedió a desnudarse.
-Te enfriarás. No importa que goces de buena salud.
Le metió los brazos bajo la ropa y cubrió su pecho. Se acostó junto a ella. La muchacha dio media vuelta. Entonces, con un gemido, sacó repentinamente los brazos, empujando con fuerza al anciano. Éste se echó a reír. «Una principiante muy valerosa», pensó.
Porque estaba narcotizada y no se despertaría, y porque probablemente su cuerpo estaba aletargado, él podía hacer cuanto se le antojara; pero el vigor requerido para tomar por la fuerza a semejante muchacha ya no existía en Eguchi -o lo había olvidado hacía tiempo. Se acercó a ella con una pasión suave, una débil afirmación, un sentimiento de armonía con la mujer. La aventura, la lucha que aceleraba la respiración, había desaparecido.
-Soy viejo -murmuró, pensándolo aún mientras sonreía por la repulsa de la muchacha dormida.
No estaba realmente cualificado para venir a esta casa como venían los otros ancianos. Pero era probable que fuese la muchacha de piel oscura y resplandeciente quien le hacía sentir con más intensidad que de costumbre que a él tampoco le quedaba por delante mucha vida como hombre.
Tenía la impresión de que tomar a la muchacha por la fuerza sería el tónico que le traería emociones de juventud. Se estaba cansando un poco de la «casa de las bellas durmientes». Y a medida que se cansaba de ella, aumentaba el número de sus visitas. Sintió un repentino anhelo de la sangre: quería usar la fuerza con ella, violar la regla de la casa, destruir el repugnante secreto y, después, marcharse para siempre. Pero la fuerza no era necesaria. No habría resistencia por parte del cuerpo de la muchacha narcotizada. Incluso podría estrangularla sin dificultad. El impulso le abandonó, y un vacío de profundidades oscuras invadió todo su ser. Las olas potentes estaban cerca y parecían hallarse a una gran distancia, en parte porque aquí en tierra no soplaba el viento. Vio el fondo oscuro de la noche del océano gris. Apoyándose sobre un codo, acercó su rostro al de la muchacha. Respiraba pesadamente. Decidió no besarla y volvió a echarse.
Yacía como ella le dejara, con el pecho descubierto. Se volvió hacia la otra muchacha. Ésta le daba la espalda, pero ahora dio media vuelta. Hubo una dulce voluptuosidad en este saludo, a pesar de que estaba dormida. Una mano cayó sobre la cadera del anciano.
«Una buena combinación». Jugando con los dedos de la muchacha, cerró los ojos. Los dedos, de huesos pequeños, eran flexibles, tan flexibles que daba la impresión de que se doblarían indefinidamente sin romperse. Deseó metérselos en la boca. Tenía los pechos pequeños, pero redondos y altos. Cabían en la palma de su mano. La redondez de las caderas era similar. «La mujer es infinita», pensó el anciano con un matiz de tristeza. Abrió los ojos. La muchacha tenía un cuello largo, esbelto y lleno de gracia. Pero la esbeltez era diferente de la del antiguo Japón. Había una línea doble en los párpados cerrados, tan poco profunda que con los ojos abiertos podía convertirse en una sola línea. O quizás era doble a veces y otras una sola. O tal vez una sola línea en un ojo y una línea doble en el otro. Debido a la luz de las cortinas de terciopelo no podía estar seguro del color de su piel; pero parecía tostada en el rostro, blanca en el cuello, algo tostada también en los hombros, y tan blanca en los pechos que habría podido llamarse descolorida.
Podía ver que la muchacha morena y resplandeciente era alta. Ésta no parecía ser mucho más baja. Estiró una pierna. Los dedos del pie tocaron la planta de piel gruesa del pie de la muchacha morena. Estaba grasienta. Retiró apresuradamente el pie, pero la retirada se convirtió en una invitación. Pasó por su mente la idea de que la pareja del viejo Fukura, cuando sufrió su último ataque, había sido esta muchacha de piel morena. Y por ello esta noche las muchachas eran dos.
Pero no podía ser así. La muchacha que había estado con Fukura se encontraba de vacaciones y no volvería hasta que desapareciera el arañazo del pecho y el cuello. ¿No acababa de decírselo la mujer de la casa? Colocó de nuevo el pie contra la planta de piel gruesa del pie de la muchacha morena, y exploró la carne oscura de más arriba.
Le recorrió un espasmo, como si quisiera decir: «Iníciame en el hechizo de la vida». La muchacha había bajado la colcha, o, mejor dicho, la manta eléctrica que había debajo. Estiró un pie por encima de la colcha. Pensando que le gustaría hacerla rodar hasta el frío del crudo invierno, Eguchi contempló sus pechos y su abdomen. Apoyó la cabeza en un pecho y escuchó su corazón. Había esperado unos latidos fuertes, pero eran extrañadamente sosegados. ¿Y acaso un poco irregulares?
-Te enfriarás.
La cubrió y desconectó su lado de la manta. «El hechizo que constituía la vida de una mujer -pensó-, no era tan importante. Si la estrangulaba, le resultaría fácil. No representaría ningún esfuerzo, ni siquiera para un anciano.» Cogió su pañuelo y se frotó la mejilla que había posado sobre el pecho de la muchacha. Su olor aceitoso parecía proceder de él. El sonido del corazón de la joven persistía en su oído. Se llevó una mano al propio corazón. Quizá porque era el suyo, se le antojó el más fuerte de los dos.
Se volvió hacia la muchacha más dulce, dando la espalda a la morena. La nariz bien formada pareció fina y elegante a sus ojos cansados y présbitas. No pudo resistir la tentación de poner la mano bajo el cuello largo y esbelto y atraerla hacia sí. Al acercarse suavemente a él, la muchacha despidió una dulce fragancia, que se mezcló con el olor salvaje y penetrante de la muchacha morena que tenía a sus espaldas. Apretó contra sí a la muchacha rubia. Su respiración era breve y rápida. Pero no debía temer que se despertara. Yació inmóvil durante un rato.
«¿Le pediré que me perdone? ¿Como la última mujer de mi vida?» La muchacha que tenía a su espalda parecía estar tratando de excitarle. Echó la mano hacia atrás y la tocó. Era la carne de sus pechos:
-Estate quieta. Escucha las olas invernales y estate quieta -intentaba calmarse a sí mismo.
«Estas muchachas han sido narcotizadas. Es como si las hubieran paralizado. Les han dado un veneno o una droga muy fuerte.» Y, ¿por qué? «¿Por qué, sino por dinero?» No obstante, se sorprendió dudando. Cada mujer era diferente de todas las demás. Lo sabía; y, sin embargo, ¿tan diferente era la muchacha que tenía delante que estaba dispuesto a infligirle una herida que no se curaría, una pena que duraría toda su existencia? Eguchi, a sus sesenta y siete años, podía pensar, si así lo deseaba, que los cuerpos de todas las mujeres eran iguales. Y en esta muchacha no había afirmación ni negativa, no había ninguna respuesta. Lo único que la distinguía de un cadáver era que respiraba y tenía la sangre caliente. De hecho, cuando se despertara a la mañana siguiente, ¿acaso sería muy distinta de un cadáver con los ojos abiertos? Ahora no había en la muchacha amor, vergüenza, ni miedo. Cuando se despertara podría haber amargura y remordimiento. No sabría quién la había poseído. Sólo deduciría que había sido un viejo. Probablemente no se lo diría a la mujer de la casa. Ocultaría hasta el fin el hecho de que la regla de esta casa de ancianos había sido violada, y de este modo nadie lo sabría excepto ella. Su piel suave se adhería a Eguchi. La muchacha morena, tal vez aterida ahora que su lado de la manta estaba desconectado, apretaba su espalda desnuda contra Eguchi. Uno de sus pies se encontraba entre los de la muchacha de piel clara. Eguchi sintió que le abandonaban las fuerzas, y de nuevo tuvo deseos de reír. Alargó la mano hacia el sedante. Estaba insertado entre las dos y sólo podía moverse con dificultad. Con la mano en la frente de la muchacha rubia, contempló las píldoras de costumbre.
-¿Prescindo de ellas esta noche? -se preguntó.
Era evidente que se trataba de una fuerte droga. Se quedaría dormido sin esfuerzo. Por primera vez se le ocurrió preguntarse si todos los ancianos que venían a la casa tomaban obedientemente la medicina. Pero, ¿no era propio de la fealdad de la vejez que, no queriendo perder horas con el sueño, se abstuvieran de tomarla? Pensó que él aún no había entrado a formar parte de aquella fealdad. Una vez más se tragó las píldoras. Recordaba haber dicho una vez que quería la droga administrada a la muchacha.
La mujer había contestado que era peligrosa para los viejos, y él no había insistido.
¿Sugería la palabra «peligroso» morir durante el sueño? Eguchi no era más que un anciano de circunstancias normales. Siendo humano, de vez en cuando caía en una vaciedad solitaria, en una fría desesperación. ¿No sería éste un lugar muy deseable para morir? Despertar curiosidad, invitar el desdén del mundo, ¿acaso no sería coronar su vida con una muerte apropiada? Todos sus conocidos se sorprenderían. No podía calcular el perjuicio que causaría a su familia; pero morir durante el sueño entre, por ejemplo, las dos muchachas de esta noche, ¿no podía ser el máximo deseo de un hombre en sus últimos años? No, no podía serlo. Se lo llevarían, como al viejo Fukura, a una miserable posada de las termas, y dirían a la gente que se había suicidado con una sobredosis de somnífero. Como no habría una nota de despedida, se diría que estaba desesperado ante las perspectivas que se avecinaban. Podía ver la tenue sonrisa de la mujer de la casa.
«Qué ideas tan tontas. Como si quisiera tentar a la suerte.»
Se rió, pero no fue una risa alegre. La droga empezaba a causar efecto.
-Está bien -murmuró-. La sacaré de la cama y le obligaré a darme lo que dio a las muchachas.
Pero no era probable, que ella consintiera. Y Eguchi no deseaba levantarse, ni quería realmente la otra droga. Se puso boca arriba y colocó los brazos alrededor de las dos muchachas, alrededor de un cuello blanco, débil y fragante, y un cuello duro y grasiento. Algo surgió en su interior. Miró a derecha e izquierda de las cortinas de terciopelo carmesí.
-Ah.
-¡Ah! -la muchacha morena pareció contestarle. Puso un brazo sobre el pecho de Eguchi. ¿Sentiría algún dolor?
Eguchi retiró el brazo y le volvió la espalda. Con el brazo libre rodeó las caderas de la muchacha de piel clara. Cerró los ojos.
«¿La última mujer de mi vida? ¿Por qué he de pensar esto, ni siquiera por un momento?» ¿Y quién había sido la primera mujer de su vida?
El pensamiento cruzó su mente como un relámpago: la primera mujer de su vida había sido su madre. «Claro. ¿Podía ser otra que no fuera mi madre? -fue la inesperada afirmación-. Pero, ¿acaso puedo decir que mi madre era una mujer mía?»
Ahora, a los sesenta y siete años, mientras yacía entre dos muchachas desnudas, sintió que surgía en el fondo de su ser una nueva verdad. ¿Era una blasfemia, era nostalgia? Abrió los ojos y pestañeó, como para alejar una pesadilla. Pero la droga producía su efecto. Tenía un sordo dolor de cabeza. Amodorrado, persiguió la imagen de su madre; y entonces suspiró y tomó dos pechos, uno de cada muchacha, en la palma de las manos. Uno suave y uno grasiento. Cerró los ojos.
La madre de Eguchi había muerto una noche de invierno cuando él tenía diecisiete años. Eguchi y su padre le sostenían las manos. Hacía tiempo que padecía tuberculosis y sus brazos eran sólo piel y hueso, pero le asía la mano con tal fuerza que a Eguchi le dolían los dedos. La frialdad de su mano le penetró hasta el hombro. La enfermera que estaba dando masaje a sus pies, salió silenciosamente. Quizá se fuera para llamar al médico.
-Yoshio, Yoshio -exclamó su madre en pequeños jadeos.
Eguchi comprendió y acarició su pecho atormentado. Mientras lo hacía, ella vomitó una gran cantidad de sangre. Le salía en burbujas de la nariz. Dejó de respirar. La gasa y las toallas que había junto a la almohada no eran suficientes para secar la sangre.
-Sécala con tu manga, Yoshio -dijo su padre-. ¡Enfermera, enfermera! Traiga una palangana con agua. Sí, y otra almohada y un camisón y sábanas limpias.
Era natural que cuando el viejo Eguchi pensó en su madre como la primera mujer de su vida, pensara también en su muerte.
«¡Ah!» Las cortinas que tapizaban las paredes de la habitación secreta parecían del color de la sangre. Cerró con fuerza los ojos, pero aquel rojo no quería desaparecer. Estaba medio dormido a causa de la droga. Los pechos frescos y jóvenes de las dos muchachas estaban en las palmas de sus dos manos. Su conciencia y su razón se habían adormecido.
¿Por qué, en un lugar como éste, había pensado en su madre como en la primera mujer de su vida? Pero la idea de su madre como la primera mujer no conjuró pensamientos sobre mujeres posteriores. En realidad, su primera mujer había sido su esposa. Muy bien; pero su anciana esposa, habiendo casado a sus tres hijas, estaría durmiendo sola en esta fría noche de invierno. ¿O estaría aún despierta? No oiría el sonido de las olas, pero el frío de la noche sería más intenso que aquí. Se preguntó qué eran los dos pechos que tenía en las manos. Todavía palpitarían con sangre caliente cuando él ya estuviera muerto. ¿Y qué significaba este hecho? Dio cierta fuerza indolente a sus manos. No hubo reacción, porque los pechos también dormían profundamente. Cuando, en su última hora, había acariciado el pecho de su madre, tocó, por supuesto, sus senos marchitos. No eran como senos. Ahora ya no los recordaba. Lo que recordaba era que los había buscado, durmiéndose después, un día de su primera infancia.
Por fin el viejo Eguchi empezaba a ceder al sueño. Cambió las manos que asían los pechos de las muchachas a una posición más cómoda. Se volvió hacia la muchacha morena, porque su fragancia era la más fuerte. Su aliento espeso le sopló en la cara. Tenía la boca entreabierta.
«Un diente torcido. Es bonito.» Lo tomó entre los dedos. La muchacha tenía los dientes grandes, pero éste era pequeño. De no ser por el aliento, Eguchi podría haber besado el diente. La intensa fragancia estorbaba su sueño, y se volvió de espaldas. Incluso entonces el aliento le soplaba en la nuca. No roncaba, pero ponía voz en su respiración. Eguchi encogió los hombros y puso la mejilla sobre la frente de la muchacha de piel clara. Quizá fruncía el ceño, pero también daba la impresión de estar sonriendo. La piel grasienta de la muchacha morena tenía un tacto desagradable en la espalda. Era fría y resbaladiza. Eguchi se durmió.
Tal vez porque le resultara difícil dormir entre las dos muchachas, Eguchi tuvo una sucesión de pesadillas. No había cohesión entre ellas, pero eran perturbadoramente eróticas. En la última, él volvía de su luna de miel y se encontraba con que unas flores parecidas a las dalias rojas florecían y se balanceaban con tal profusión que casi cubrían la casa. Preguntándose si sería su casa, vacilaba en entrar.
-Bienvenido al hogar. ¿Por qué estás parado ahí? -era su difunta madre quien les saludaba-. ¿Es que tu mujer nos tiene miedo?
-Pero, ¿y las flores, madre?
-Sí -dijo su madre con calma-. Entrad.
-Pensaba que nos habíamos equivocado de casa. Era difícil que me equivocara. Pero, ¡qué flores!
Les habían preparado una comida ceremonial. Después de intercambiar saludos con la novia, la madre de Eguchi fue a la cocina a calentar la sopa. Eguchi olió el besugo. Salió a mirar las flores, y su novia le acompañó.
-¿Verdad que son bonitas? -dijo ella.
-Sí -como no deseaba asustarla, no añadió que antes no estaban aquí.
Se fijó en una especialmente grande.
El viejo Eguchi se despertó con un gemido. Sacudió la cabeza, pero aún estaba amodorrado. Yacía vuelto hacia la muchacha morena. Su cuerpo estaba frío. Eguchi se sentó, sobresaltado. La muchacha no respiraba. Le tocó el pecho. No había pulso. Saltó de la cama. Tropezó y cayó.
Temblando violentamente; salió a la habitación contigua.
El timbre estaba en la alcoba. Oyó pasos en el piso inferior.
«¿La habré estrangulado mientras dormía?» Se dirigió, casi arrastrándose, a la otra habitación, y miró a la muchacha.
-¿Ocurre algo? -la mujer de la casa entró.
-Está muerta -le rechinaban los dientes.
La mujer se frotó los ojos y observó con calma a la muchacha.
-¿Muerta? No hay razón para que lo esté.
-Está muerta. No respira y no tiene pulso.
La mujer cambió de expresión y se arrodilló junto a la muchacha morena.
-Esta muerta, ¿verdad?
La mujer retiró la ropa de la cama e inspeccionó a la muchacha.
-¿Le ha hecho usted algo?
-Nada en absoluto.
-No está muerta -dijo la mujer con frialdad forzada-. No se preocupe.
-Está muerta. Llame a un médico. Ella no contestó.
-¿Qué le hizo tomar? Tal vez era alérgica.
-No se alarme. No le causaremos ningún problema. Su nombre no será pronunciado.
-Está muerta.
-Yo creo que no.
-¿Qué hora es?
-Más de las cuatro.
La mujer se tambaleó al levantar el cuerpo oscuro y desnudo.
-Permítame ayudarla.
-No se moleste. Hay un hombre abajo.
-Pesa mucho.
-Se lo ruego, no es necesario que se moleste. Vuelva a la cama. Está la otra chica.
Estaba la otra chica; nunca se había sentido más impresionado por una observación. Era cierto que la muchacha de tez clara seguía durmiendo en la habitación contigua.
-¿Espera que me duerma después de esto? -su voz expresaba indignación, pero también había miedo en ella-. Me voy a mi casa.
-Por favor, no lo haga. No conviene llamar la atención a esta hora.
-Me es imposible volver a dormir.
-Le traeré más medicina.
La oyó bajar las escaleras con la muchacha morena a cuestas. En pie, y con el kimono de noche, Eguchi sintió por primera vez que el frío le penetraba. La mujer volvió con dos píldoras blancas.
-Tome. Levántese tarde mañana.
¡Oh!
Eguchi abrió la puerta de la habitación contigua. La ropa de la cama seguía igual, tirada hacia abajo y en desorden, y la forma desnuda de la muchacha de tez clara yacía en esplendorosa belleza.
La contempló.
Oyó alejarse un automóvil, probablemente con el cuerpo de la muchacha morena. ¿La llevarían a la ambigua posada donde condujeron al anciano Fukura?
viernes, 21 de diciembre de 2007
TAO TE KIN // LAO TSE
LAO TSE
TAO TE KIN
I
El Tao que puede ser expresado
no es el verdadero Tao.
El nombre que se le puede dar
no es su verdadero nombre.
Sin nombre es el principio del universo;
y con nombre, es la madre de todas las cosas.
Desde el no-ser comprendemos su esencia;
y desde el ser, sólo vemos su apariencia.
Ambas cosas, ser y no-ser, tienen el mismo
origen, aunque distinto nombre.
Su identidad es el misterio.
Y en este misterio
se halla la puerta de toda maravilla.
II
Todo el mundo toma lo bello lo bello,
y por eso conocen qué es lo feo.
Todo el mundo toma el bien por el bien,
y por eso conocen qué es el mal.
Porque, el ser y el no-ser se engendran mutuamente.
Lo fácil y lo difícil se complementan.
Lo largo y lo corto se forman el uno de otro.
Lo alto y lo bajo se aproximan.
El sonido y el tono armonizan entre sí.
El antes y el después se suceden recíprocamente.
Por eso, el sabio adopta la actitud de no-obrar
y practica una en sin palabras.
Todas las cosas aparecen sin su intervención.
Nada usurpa ni nada rehúsa.
Ni espera recompensa de sus obras,
ni se atribuye la obra acabada,
y por eso, su obra permanece con él.
III
No ensalzar los talentos
para que el pueblo no compita.
No estimar lo que es difícil de adquirir
para que el pueblo no se haga ladrón.
No mostrar lo codiciable
para que su corazón no se ofusque.
El sabio gobierna de modo que
vacía el corazón,
llena el vientre,
debilita la ambición,
y fortalece los huesos.
Así evita que el pueblo tenga saber
ni deseos,
para que los más astutos
no busquen su triunfo.
Quien practica el no-obrar todo
lo gobierna.
IV
El Tao es vacío,
imposible de colmar,
y por eso, inagotable en su acción.
En su profundidad reside el origen
de todas las cosas.
Suaviza sus asperezas,
disuelve la confusión,
atempera su esplendor,
y se identifica con el polvo.
Por su profundidad parece ser eterno.
No sé quién lo concibió,
pero es más antiguo que los dioses.
V
El universo no tiene sentimientos;
todas las cosas son para él como perros de paja.
El sabio no tiene sentimientos;
el pueblo es para él como un perro de paja.
El universo es como un fuelle,
vacío, pero nunca agotado.
Cuanto más se mueve,
más produce.
Quien más habla
menos le comprende.
Es mejor incluirse en él.
VI
El espíritu del valle no muere.
Es la hembra misteriosa.
La puerta de lo misterioso femenino
es la raíz del universo.
Ininterrumpidamente, prosigue
su obra sin fatiga.
VII
El cielo es eterno y la tierra permanece.
El cielo y la tierra deben su eterna duración
a que no hacen de sí mismos
la razón de su existencia.
Por ello son eternos.
El sabio se mantiene rezagado
y así es antepuesto.
Excluye su persona
y su persona se conserva.
Porque es desinteresado
obtiene su propio bien.
VIII
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y,.así, está muy cerca del Tao.
Por esto, la suprema bondad es tal que,
su lugar es adecuado.
Su corazón es profundo.
Su espíritu es generoso.
Su palabra es veraz.
Su gobierno es justo.
Su trabajo es perfecto.
Su acción es oportuna.
Y no combatiendo con nadie,
nada se le reprocha.
IX
Más vale renunciar antes que sostener
en la mano un vaso lleno
sin derramarlo.
La espada que usamos y afilamos
continuamente
no conservará mucho tiempo su hoja.
Una sala llena de oro y jade
nadie la puede guardar.
Quien se enorgullece de sus riquezas
atrae su propia desgracia.
Retirarse de la obra acabada,
del renombre conseguido,
esa es la ley del cielo.
X
Unir cuerpo y alma en un conjunto
del que no puedan disociarse.
Dominar la respiración hasta hacerla
tan flexible como la de un recién nacido.
Purificar las visiones hasta
dejarlas limpias.
Querer al pueblo y gobernar el Estado
practicando el no-hacer.
Abrir y cerrar las puertas del cielo
siendo como la mujer.
Conocer y comprenderlo todo
usar la inteligencia.
Engendrar y criar,
engendrar sin apropiarse,
obrar sin pedir nada,
guiar sin dominar,
esta es la gran virtud.
XI
Treinta radios convergen en el centro
de una rueda,
pero es su vacío
lo que hace útil al carro.
Se moldea la arcilla para hacer la vasija,
pero de su vacío
depende el uso de la vasija.
Se abren puertas y ventanas
en los muros de una casa,
y es el vacío
lo que permite habitaría.
En el ser centramos nuestro interés,
pero del no-ser depende la utilidad.
XII
Los cinco colores ciegan al hombre.
Los cinco sonidos ensordecen al hombre.
Los cinco sabores embotan al hombre.
La carrera y la caza ofuscan al hombre.
Los tesoros corrompen al hombre.
Por eso, el sabio atiende al vientre
y no al ojo.
Por eso, rechaza esto y prefiere aquello.
XIII
El favor y la desgracia inquietan por igual.
La fortuna es un gran dolor como nuestro cuerpo.
¿Qué quiere decir: favor y desgracia inquietan por
igual ?
El favor eleva y la desgracia abate.
Conseguir el favor es la inquietud.
Perderlo es la inquietud.
Este es el sentido de «favor y desgracia inquietan por
igual»
¿Qué quiere decir: la fortuna es un gran dolor como
nuestro cuerpo?
La causa por la que padezco dolor es mi propio cuerpo.
Si no lo tuviese,
¿qué dolor podría sentir?
Por esto, quien estime al mundo igual a la fortuna de
su propio cuerpo,
puede gobernar el mundo.
Quien ame al mundo como a su propio cuerpo,
se le puede confiar el mundo.
XIV
Se le llama invisible porque mirándole
no se le ve.
Se le llama inaudible porque escuchándole
no se le oye.
Se le llama impalpable porque tocándole
no se le siente.
Estos tres estados son inescrutables
y se confunden en uno solo.
En lo alto no es luminoso,
en lo bajo no es oscuro.
Es eterno y no puede ser nombrado,
retorna al no-ser de las cosas.
Es la forma sin forma
y la imagen sin imagen.
Es lo confuso e inasible.
De frente no ves su rostro,
por detrás no ves su espalda.
Quien es fiel al Tao antiguo
domina la existencia actual.
Quien conoce el primitivo origen
posee la esencia del Tao.
XV
Los sabios perfectos de la antigüedad
eran tan sutiles, agudos y profundos
que no podían ser conocidos.
Puesto que no podían ser conocidos,
sólo se puede intentar describirlos:
Eran prudentes, como quien cruza un arroyo en in-
vierno;
cautos, como quien teme a sus vecinos por todos lados;
reservados, como un huésped;
inconstantes, como el hielo que se funde;
compactos, como un tronco de madera;
amplios, como un valle;
confusos, como el agua turbia.
¿Quién puede, en la quietud, pasar lentamente de lo
turbio a la claridad?
¿Quién puede, en el movimiento, pasar lentamente
de la calma a la acción?
Quien sigue este Tao
no desea ser pleno.
No siendo pleno
puede quedar en lo viejo
sin renovarse.
XVI
Alcanza la total vacuidad
para conservar la paz.
De la aparición bulliciosa de todas las cosas,
contempla su retorno.
Todos los seres crecen agitadamente,
pero luego, cada una vuelve a su raíz.
Volver a su raíz es hallar el reposo.
Reposar es volver a su destino.
Volver a su destino es conocer la eternidad.
Conocer la eternidad es ser iluminado.
Quien no conoce la eternidad
camina ciegamente a su desgracia.
Quien conoce la eternidad
da cabida a todos.
Quien da cabida a todos es grandioso.
Quien es grandioso es celestial.
Quien es celestial es como Tao
Quien es como el Tao es perdurable.
Aunque su vida se extinga, no perece.
XVII
El gran gobernante pasa inadvertido por el pueblo.
A éste sucede el que es amado y elogiado por el pueblo.
Después, el que es temido.
Y finalmente, el despreciado.
Si no hay una confianza total,
se obtiene la desconfianza.
El gran gobernante practica el no-hacer
y así, a la obra acabada sigue el éxito.
Entonces, el pueblo cree vivir según su propia ley.
XVIII
Cuando se abandona el Tao
aparecen la bondad y la justicia.
Con la inteligencia y la astucia
surgen los grandes hipócritas.
Cuando no existe armonía entre los seis parientes,
se necesita la piedad filial y el amor paternal.
Cuando hay revueltas en el reino,
se inventa la fidelidad del buen súbdito.
XIX
Rechaza la sabiduría y el conocimiento,
y aprovechará cien veces más al pueblo.
Rechaza la benevolencia y desecha la justicia,
y el pueblo volverá a la piedad y el amor.
Rechaza la habilidad y su provecho,
y no habrá más bandidos ni ladrones.
Pero estas tres normas no bastan.
Por esto, atiende a lo sencillo. y genuino, reduce tu
egoísmo, y restringe los deseos.
XX
Suprime el estudio y no habrá preocupaciones.
¿Qué diferencia hay entre el sí y el no?
¿Qué diferencia hay entre el bien y el mal?
No es posible dejar de temer
lo que los hombres temen.
No es posible abarcar todo el saber.
Todo el mundo se enardece y disfruta,
como cuando se presencia un gran sacrificio,
o como cuando se sube a una torre en primavera.
Sólo yo quedo impasible,
como el recién nacido que aún no sabe sonreír.
Como quien no sabe adónde dirigirse,
como quien no tiene hogar.
Todo el mundo vive en la abundancia,
sólo yo parezco desprovisto.
Mi espíritu está turbado
como el de un ignorante.
Todo el mundo está esclarecido,
sólo yo estoy en tinieblas.
Todo el mundo resulta penetrante,
sólo yo soy torpe.
Como quien deriva en alta mar.
Todo el mundo tiene algo que hacer,
sólo yo soy un inútil.
Sólo yo soy diferente a todos los demás
porque aprecio a la Madre que me nutre.
XXI
La grandeza de toda virtud
reside en su fidelidad al Tao.
El Tao es algo confuso e intangible.
Es confuso e intangible, pero tiene formas.
Es confuso pero brillante porque abarca muchas cosas.
Es profundo y oscuro pero contiene una esencia.
Esta esencia es verdadera.
Desde los tiempos más remotos conserva invariable su nombre.
Es el origen de todos los seres.
¿Cómo conocer el origen de todos los seres?
Por esto mismo.
XXII
Lo humillado será engrandecido.
Lo inclinado será enderezado.
Lo vacío será lleno.
Lo envejecido será renovado.
Lo sencillo y puro será alcanzado,
pero lo complicado y extenso causará confusión.
Por esto, el sabio abraza la unidad
y es el modelo del mundo.
Destaca porque no se exhíbe.
Brilla porque no se guarda.
Merece honores, porque no se ensalza.
Posee el mando, porque no se impone.
Nadie le combate porque él a nadie hace la guerra.
¿Son acaso vanas las palabras del antiguo proverbio:
«lo humillado será engrandecido»?
Por esto mismo, el sabio preservará su grandeza.
XXIII
Hablar poco es lo natural.
Un huracán no dura toda la mañana.
Un aguacero no dura todo el día.
¿Quién hace estas cosas?
El cielo y la tierra.
Sí las cosas del cielo y la tierra
no pueden durar eternamente,
¿cómo las cosas del hombre?
Así, quien sigue el Tao
se une al Tao.
Quien sigue la virtud,
se une a la virtud.
Quien sigue el defecto,
se une al defecto.
Quien se identifica con una de estas cosas,
por ella es acogido.
Pero a esto no se da suficiente crédito.
XXIV
Quien se sostiene de puntillas no permanece mucho
tiempo en pie.
Quien da largos pasos no puede ir muy lejos.
Quien se exhibe carece de luz.
Quien se alaba no brilla.
Quien se ensalza no merece honores.
Quien se glorifica no llega.
Para Tao, estos excesos,
son como excrecencias y restos de comida que a todos
repugnan.
Por eso, quien posee el Tao
no se detiene en ellos.
XXV
Antes aún que el cielo y la tierra
ya existía un ser inexpresable.
Es un ser vacío y silencioso, libre,
inmutable y solitario.
Se encuentra en todas partes
y es inagotable.
Puede que sea la Madre del universo.
No sé su nombre,
pero lo llamo Tao.
Si me esfuerzo en nombrarlo
lo llamo «grande».
Es grande porque se extiende.
Su expansión le lleva lejos.
La lejanía le hace retornar.
El Tao, pues, es grande y el cielo es grande.
La tierra es grande y también lo es el hombre.
En el universo hay cuatro cosas grandes,
y el hombre del reino es una de ellas.
El hombre sigue la ley de la tierra.
La tierra sigue la ley del cielo.
El cielo sigue la ley del Tao.
El Tao sigue su propia ley.
XXVI
Lo pesado es la raíz de lo ligero.
La calma somete a lo agitado.
Así, el sabio cuando viaja
no se aleja de la caravana.
Aunque pueda disfrutar de las cosas más excelsas,
conserva su paz y se hace superior.
¿Cómo el dueño de diez mil carros
puede obrar con ligereza en el imperio?
Quien se comporta ligeramente
pierde la raíz de su poder.
Quien se ofusca,
se pierde a sí mismo.
XXVII
Un buen caminante no deja huellas.
Un buen orador no se equivoca ni ofende.
Un buen contable no necesita útiles de cálculo.
Un buen cerrajero no usa barrotes ni cerrojos,
y nadie puede abrir lo que ha cerrado.
Quien ata bien no utiliza cuerdas ni nudos,
y nadie puede desatar lo que ha atado.
Así, el sabio que siempre ayuda a los hombres,
no los rechaza.
El sabio que siempre conserva las cosas,
no las abandona.
De él se dice que está deslumbrado por la luz.
Por esto, el hombre bueno no se considera maestro
de los hombres;
y el hombre que no es bueno estima como buenas las
cosas de los hombres.
No amar el magisterio ni la materia de los hombres,
y aparentar ignorancia, siendo iluminado,
éste es el secreto de toda maravilla.
XXVIII
Quien conoce su esencia masculina,
y se mantiene en el principio femenino,
es como el arroyo del mundo.
Mientras sea como el arroyo del mundo
la virtud eterna no lo abandonará,
y retornará a la infancia.
Quien conoce su propia blancura,
y se mantiene en la oscuridad,
es como ser el modelo del mundo.
Mientras sea como el modelo del mundo,
la virtud eterno no se alterará en él,
y retornará a lo absoluto.
Quien conoce su gloria,
y se mantiene en la desgracia,
es como el valle del mundo.
Mientras sea como el valle del mundo
la virtud eterna le colmará
y retornará a la sencillez.
Lo sencillo, cuando se divide,
modela todos los útiles.
El sabio, cuando gobierna
rige a todos los ministros
y así conserva la unidad.
XXIX
Quien pretende el gobierno del mundo
y transformar éste,
se encamina al fracaso.
El mundo es. un vaso espiritual que no se puede ma-
nipular.
Quien lo manipula lo empeora,
quien lo tiene lo pierde.
Porque, en las cosas,
unas van por delante, otras detrás.
Unas soplan suavemente, otras con fuerza.
Unas son vigorosas, otras débiles.
Unas permanecen, otras caen.
Por esto, el sabio rechaza todo exceso,
evita lo pródigo
y rebaja toda exhuberancia.
XXX
Quien gobierna ateniéndose a Tao
no acosa al mundo con las armas
porque es un uso que tiende a retomar.
Donde acamparon las tropas
sólo pueden nacer espinas y zarzas,
y tras los ejércitos, vienen los años de miseria.
Así, el hombre bueno se conforma con lo obtenido
sin usar la violencia.
Y todo lo toma sin enorgullecerse,
sin jactancia,
sin obstinación,
sin enriquecerse.
Porque, las cosas, cuando han llegado a su madurez
empiezan a envejecer.
Esto ocurre a todo lo opuesto a Tao.
XXXI
Las armas son instrumentos nefastos.
El hombre de Tao nunca se sirve de ellas.
El hombre de bien considera la izquierda como sitio
de honor,
pero permanece a la derecha cuando porta armas.
Las armas son instrumentos nefastos,
no adecuados para el hombre de bien.
Sólo las usa en caso de necesidad,
y lo hace comedidamente,
sin alegría en la victoria.
El que se alegra de vencer
es el que goza con la muerte de los hombres.
Y quien se complace en matar hombres
no puede prevalecer en el mundo.
Para los grandes acontecimientos
el sitio de honor es la izquierda,
y la derecha para los hechos luctuosos.
El segundo jefe se coloca a la izquierda,
y el primer jefe a la derecha, que es el lugar reservado
en los ritos fúnebres.
Quien haya matado
debe llorar con dolor y tristeza.
La victoria en la guerra
debe seguir el rito funerario.
XXXII
El Tao, en su eternidad, carece de nombre.
Aunque mínimo en su unidad,
el mundo no puede contenerla.
Si los príncipes y los reyes
pudieran permanecer en el Tao
todos los seres se les someterían.
El cielo y la tierra
se unirían para llover dulce rocío
El pueblo, sin gobierno
por sí mismo se ordenaría con equidad.
Cuando en el principio se dividió, dando formas a
a todas las cosas,
tuvo nombres.
Con los nombres supo contenerse,
y así, no corre peligro.
El Tao es al universo
como los riachuelos y los valles son respecto a los
ríos y al mar.
XXXIII
El que conoce a los demás es inteligente.
El que se conoce a sí mismo es iluminado.
El que vence a los demás es fuerte.
El que se vence a sí mismo es la fuerza.
El que se contenta es rico.
El que se esfuerza sin cesar es voluntarioso.
El que permanece en su puesto, vive largamente
El que muere y no perece, es eterno.
XXXIV
El gran Tao es como río que fluye en todas las direc-
ciones.
Todos los seres le deben la existencia
y él a ninguno se la niega.
Cuando realiza su obra, no se la apropia.
Cuida y alimenta a todos los seres sin adueñarse de
ellos.
Carece de ambiciones,
por eso puede ser llamado pequeño.
Todos los seres retornan a él sin que los reclame,
y por eso puede ser llamado grande.
De la misma forma, el sabio nunca se considera grande,
y así, perpetúa su grandeza.
XXXV
El que guarda la Gran Forma
es el modelo del mundo.
El mundo no sufre mal alguno
y queda en paz, prosperidad y equilibrio.
La música y los manjares
detienen al caminante,
pero lo que exhala el Tao
no tiene sabor.
Se mira el Tao y no complace a la vista.
Se escucha el Tao y no complace al oído.
Se bebe del Tao y es inagotable.
XXXVI
Quien quiera contraer
algo, antes debe extenderlo.
Quien quiera debilitar algo,
antes debe fortalecerle.
Quien quiera destruir algo,
antes debe levantarlo.
Quien quiera obtener algo,
antes debe haberlo dado.
Así es el misterio profundo.
Lo tierno y lo débil
vencen lo duro y fuerte.
No debe salir el pez de 'a profundidad de las aguas.
Ni deben exhibirse los objetos más valiosos del reino.
XXXVII
El Tao, por su naturaleza, no actúa,
pero nada hay que no sea hecho por él.
Si los príncipes y los reyes
pudieran adherírsele,
todos los seres evolucionarían por sí mismos.
Si al evolucionar
apareciera el deseo de obrar,
yo lo mantendría en la simplicidad sin nombre.
En la simplicidad sin nombre no existe el deseo.
Sin deseos es posible la paz
y el mundo se ordena por sí mismo.
XXXVIII
La virtud superior no se precia de virtuosa,
esa es su virtud.
La virtud inferior aprecia su propia virtud,
por eso no tiene virtud.
La virtud superior no actúa
ni tiene objetivos que alcanzar.
La virtud inferior actúa
y tiene objetivos que alcanzar.
La bondad superior actúa
y no tiene objetivos.
La justicia superior actúa
y tiene objetivos.
El rito superior actúa
y, si no halla respuesta, la fuerza.
Así, perdido el Tao, queda la virtud.
Perdida la virtud, queda la bondad.
Perdida la bondad, queda la justicia.
Perdida la justicia, queda el rito.
El rito es sólo apariencia de fidelidad
y origen de todo desorden.
El conocimiento es sólo flor del Tao
y origen de la necedad
Así, el hombre grande
observa lo profundo y no lo superficial.
Se atiene al fruto y no a la flor,
rechaza esto y prefiere aquello.
XXXIX
Lo que antiguamente llegó a la unidad:
El cielo, en su unidad, obtiene la claridad.
La tierra, en su unidad, se torna quieta.
Los espíritus, en su unidad, se hacen poderosos.
El valle, en su unidad, se vuelve lleno.
Todos los seres, en su unidad, se reproducen.
Los príncipes y los soberanos, en su unidad, pueden
gobernar el mundo.
Si el cielo no fuera claro, se descompondría.
Si la tierra no fuera estable, se derrumbaría.
Si los espíritus no fueran poderosos, perecerían.
Si el valle no fuera pleno, desaparecería
Si los seres no se procrearan, se extinguirían.
Si los príncipes y reyes no destacasen, perderían el
gobierno.
Así, la nobleza tiene su raíz en la vileza.
Lo alto tiene por fundamento lo bajo.
Por esto los soberanos se llaman a sí mismos
«el huérfano», «el indigno», «el pobre».
¿No es esto considerar al humilde como su raíz?
El honor máximo es de aquel que no lo pretende.
No se debe preferir ser como el jade,
sino como el más vulgar guijarro.
XL
El retorno es el movimiento del Tao.
La debilidad es la manifestación del Tao.
Todos los seres han nacido del Ser
y el Ser ha nacido del no-ser
XLI
El espíritu superior que oye hablar del Tao,
lo practica con diligencia.
El espíritu mediocre que oye hablar del Tao,
tanto lo conserva como lo pierde.
El espíritu inferior que oye hablar del Tao,
ríe ruidosamente.
Y, por esta risa, se conoce la grandeza del Tao.
Lo dice el proverbio:
Iluminar con el Tao es como oscurecer.
Progresar con el Tao es como retroceder.
Engrandecer con el Tao es como vulgarizar.
La virtud superior es semejante a un valle en su
oquedad.
El supremo candor es semejante a la ignominia.
La vasta virtud es insuficiente.
La virtud ya fundada es indolente.
La virtud más pura es como un adulterio.
El Tao es como un gran cuadrado que no tiene ángulos,
como una gran vasija que se elabora lentamente,
como un gran sonido de escasa tonalidad,
como un gran cuerpo sin forma.
El Tao es oculto y sin nombre.
Pero el Tao es generoso y realiza todos los seres.
XLII
El Tao engendra el Uno,
el Uno engendra el dos,
el dos engendra el tres.
El tres engendra todos los seres.
Todos los seres llevan la sombra a sus espaldas
y la luz en los brazos.
Y el aliento de la nada resuelve la armonía.
Aquello que el hombre aborrece,
la soledad, la pobreza, la indignidad,
es el título requerido por los soberanos.
Porque lo que se disminuye crece
y lo que se engrandece es disminuido.
Yo enseño lo que otros han enseñado:
«el hombre violento no tendrá una muerte natural».
Esta es la guía de mi enseñanza.
XLIII
Lo más blando del mundo
vence a lo más duro.
La nada penetra donde no hay resquicio.
Por esto conozco la utilidad de la no-acción.
Enseñanza sin palabras.
Eficacia en la no-acción.
Pocos en el mundo llegan a comprenderlo.
XLIV
¿Qué es más íntimo a nuestra naturaleza,
la fama o el propio cuerpo?
¿Qué es más apreciable, la salud o la riqueza?
¿Qué nos duele más,
ganar una cosa o perder la otra?
Quien mucho estima su nombre, despilfarra su amor.
Quien mucho acapara, mucho pierde.
Quien se contenta con poco nunca es agraviado.
Quien se contiene no sufre peligros y vivirá largamente.
XLV
La mayor perfección es de apariencia imperfecta,
pero su acción es inagotable.
La mayor plenitud es de apariencia vacía,
pero su acción es inagotable.
La mayor rectitud es en apariencia retorcida.
La mayor habilidad es en apariencia torpe.
La mayor elocuencia es en apariencia incongruente.
El movimiento vence al frío.
La quietud vence al calor.
La quietud absoluta es la norma del mundo.
XLVI
Cuando el Tao reina en el mundo
los caballos de guerra acarrean estiércol.
Cuando no hay Tao en el mundo
los caballos de guerra abundan en los arrabales.
No hay mayor error que consentir los deseos.
No hay mayor desgracia que ser insaciable.
No hay mayor vicio que ser codicioso.
Quien sabe contentarse
siempre está saciado.
XLVII
Sin salir de la puerta
se conoce el mundo.
Sin mirar por la ventana
se ve el camino del cielo.
Cuanto más lejos se va,
menos se aprende.
Así, el sabio,
no da un paso y llega,
no mira y conoce,
no actúa y cumple.
XLVIII
Por el estudio se acumula día a día.
Por el Tao se disminuye día a día.
Disminuyendo cada vez más
se llega a la no-acción.
Por la no-acción
nada se deja sin hacer.
El mundo siempre se ha ganado sin acción.
La acción no es suficiente para ganar el mundo.
XLIX
El sabio no tiene un espíritu constante.
Hace suyo el espíritu del pueblo.
Ama a los buenos
y también a los que no son buenos,
y así consigue la bondad.
Confía en el sincero
y también en los que no son sinceros,
y así consigue la fidelidad.
El sabio vive en el respeto de todos.
A todos reúne en su espíritu.
El pueblo vuelve hacia él sus ojos y acerca sus oídos,
y el sabio los trata como a niños.
L
Vivir es llegar y morir es volver.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la vida.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la muerte.
Tres hombres de cada diez mueren en el ansia de vivir.
¿Cómo puede sobrevivir el décimo hombre?
He oído decir que quien sabe cuidarse
viaja sin temor al rinoceronte
ni al tigre,
y va desarmado al combate.
El rinoceronte no encuentra donde hincarle el cuerno,
ni el tigre donde clavarle su garra,
ni el arma donde hundir su filo.
¿Por qué?
Porque en él nada puede morir.
LI
El Tao engendra.
La virtud nutre.
La materia conforma.
La energía perfecciona.
Por esto, de todos los seres
no hay ninguno
que no venere al Tao
y estime la virtud.
Esta veneración al Tao
y la estima de la virtud
no es impuesta sino
una eterna inclinación espontánea.
Porque el Tao los engendra,
la virtud los nutre,
los hace crecer, los perfecciona,
los conserva, los madura
y los protege.
Engendrar y criar,
engendrar sin apropiarse,
obrar sin pedir nada,
guiar sin dominar,
esta es la gran virtud.
LII
Todo cuanto existe tuvo un origen,
la madre del mundo.
Quien conoce a la madre
conoce a los hijos.
Quien conoce a los hijos
preserva a la madre
y su vida no correrá peligro.
Tapa los orificios,
cierra las puertas,
y vivirás sin fatiga.
Abre los orificios,
aumenta los trabajos,
y estarás indefenso toda la vida.
Ver lo pequeño
es clarividencia.
Conservarse débil
es fortaleza.
Usar la luz
para volver a la claridad,
y proteger el cuerpo de todo daño,
es vestirse de eternidad.
LIII
Quisiera poseer la sabiduría
para poder marchar por el gran camino
sin temor a desviarme.
El gran camino es llano
pero la gente ama los senderos.
La corte de todo tiene abundancia
pero los campos están llenos de malas hierbas
y los graneros vacíos.
Vestirse ropas lujosas,
ceñir afiladas espadas,
hartarse de bebida y de manjares,
retener grandes riquezas,
es como el robo;
no es Tao.
LIV
Lo que está bien plantado no será arrancado.
Lo que está bien abrazado no será soltado.
A los antepasados ofrecerán siempre sacrificios los
hijos y los nietos
Si la cultiva en sí mismo
su virtud será verdadera.
Si la cultiva en su familia
su virtud será abundante.
Si la cultiva en su pueblo
su virtud será grande.
Si la cultiva en el Estado
su virtud será poderosa.
Si la cultiva en el mundo
su virtud será universal
Por esto, conoce a otros por sí mismo;
conoce las familias por la virtud de su familia;
conoce los pueblos por la virtud de su pueblo;
conoce los estados por la virtud de su estado;
conoce el mundo por la virtud del mundo.
¿Cómo saber que así se conoce el mundo?
Por esto mismo.
no sele puede despreciar
LV
Quien alcanza la mayor virtud
es como un recién nacido.
Los reptiles venenosos no le pican.
Las fieras salvajes no le atacan.
Las aves rapaces no le arrebatan.
Tiene blandos los huesos
y débiles los tendones,
pero agarra firmemente.
Ignora la unión de los sexos,
pero posee la íntegra plenitud de su esperma.
Grita todo el día,
pero no enronquecer;
es la perfecta armonía.
Conocer la armonía es eternidad.
Conocer la eternidad es ser iluminado.
Intensificar la vida es nefasto.
Controlar el aliento es fortaleza.
Los seres, cuando han llegado a su madurez,
empiezan a envejecer.
Esto ocurre a todo lo opuesto a Tao.
Y lo puesto a Tao pronto acaba.
LVI
Quien le conoce no habla
y quien habla no le conoce.
Tapa los orificios,
cierra las puertas,
suaviza las asperezas,
disuelve la confusión
atenúa los resplandores,
se identifica con el polvo,
esta es la unidad misteriosa.
No se le puede atraer;
no se le puede rechazar;
no se le puede beneficiar;
no sele puede perjudicar;
no sele puede honrar;
Por esto, es lo más valioso del mundo.
LVII
Con rectitud se gobierna el Estado.
Con sagacidad se lucha en la guerra.
Con la no-acción se conquista el mundo.
Cómo lo sé?
Por esto:
Cuantas más limitaciones y prohibiciones haya,
más pobre será el pueblo.
Cuantas más armas,
mas desorden habrá en el reino.
Cuanta más astucia,
mas hechos extraños ocurren.
Cuantas más leyes y decretos,
más ladrones aparecen.
Por esto el sabio dice:
Yo nada hago
y el pueblo por sí mismo progresa.
Yo quedo en la quietud
y el pueblo por sí mismo mejora.
Yo no negocio
y el pueblo por sí mismo se enriquece.
Yo nada deseo
y el pueblo por sí mismo vuelve a la sencillez.
LVIII
Cuando el gobierno es inactivo,
el pueblo es diligente.
Cuando el gobierno es activo,
el pueblo es indolente.
La desgracia reposa en la dicha,
y la dicha reposa en la desgracia.
¿Quién conoce el punto medio?
No hay una norma.
La rectitud degenera en extravagancia
y la bondad en monstruosidad.
Mucho tiempo hace que el hombre se engaña por esto.
Así, el sabio es recto pero no tajante,
anguloso pero no hiriente,
firme pero no insolente,
claro pero no deslumbra
LIX
En el gobierno de los hombres y al servicio del cielo,
lo mejor es la moderación.
La moderación todo lo somete.
Quien consigue pronto el sometimiento,
acumula mucha virtud.
Con la virtud acumulada,
vencerá en todo.
Venciendo en todo,
llegará a límites insospechados.
Puede incluso apoderarse del reino.
Poseyendo a la Madre del reino,
puede durar mucho tiempo.
Es el camino de la profunda raíz de la sólida base,
del largo vivir y vista duradera.
LX
Se gobierna un gran Estado
con el cuidado conque se fríen los pececillos.
Si se gobierna el mundo con Tao,
los manes de los muertos no usarán su poder.
No porque los manes no se hagan espíritus,
sino porque éstos no dañarán a los hombres.
Los espíritus no dañarán a los hombres,
y tampoco el sabio los daña.
Si no se perjudican mutuamente,
la virtud reúne a ambos.
LXI
Un gran reino es un cauce profundo
hacia el que todo fluye.
Es la hembra del mundo.
La hembra, por su quietud, vence al macho y perma-
nece abajo.
Un gran reino se humilla ante el pequeño,
y así lo posee.
Un reino pequeño se humilla ante el grande,
y así se engrandece.
Uno vence humillándose
y el otro quedando abajo.
El gran reino desea reunir y criar.
El pequeño reino desea servir.
Para provecho de ambos y el logro de sus deseos,
el más grande debe mantenerse abajo.
LXII
El Tao es lo más profundo de todos los seres.
Es el tesoro del hombre bueno,
y el amparo del que no es bueno.
Las bellas palabras ganan honores,
los bellos actos elevan al hombre.
Así, al coronarse un emperador, y nombrar a sus tres
ministros,
mejor que llevar jade en las manos,
y presentar la cuadriga,
vale más cumplir con Tao.
Los antiguos estimaban a Tao porque quien busca su
posesión, aleja la culpa.
Pero esto, es lo más valioso del mundo.
LXIII
Actuar y no actuar,
realizar y no realizar,
sabroso e insípido,
grande y pequeño,
mucho y poco,
en todo rige la virtud.
Acomete la dificultad por su lado más fácil.
Ejecuta lo grande comenzando por lo más pequeño.
Las cosas más difíciles se hacen siempre abordándolas
en lo que es más fácil,
y las cosas grandes en lo que es más pequeño.
El sabio no emprende grandes cosas,
y en ello está su propia grandeza.
El que promete a la ligera
merece poco crédito.
El que todo lo encuentra fácil
difícil le será todo.
Por esto, el sabio en todo considera la dificultad,
y en nada la halla.
LXIV
Lo que está en reposo es fácil de retener.
Lo que no ha sucedido es fácil de resolver.
Lo que es frágil es fácil de romper.
Lo que es menudo es fácil de dispersar.
Prevenir antes de que suceda,
y ordenar antes de la confusión.
El árbol que casi no puede rodearse con los brazos,
brotó de un germen minúsculo.
La torre de nueve pisos,
comenzó por un montón de tierra. El viaje de mil [ li ],
empezó con un paso.
Quien actúa, fracasa.
Quien tiene, pierde,
Por esto, el sabio nada hace y no fracasa;
nada posee, y nada pierde.
El hombre suele malograr la obra cuando va a con-
cluirla.
Cuidando del final como del principio,
ninguna obra se perdería.
Por esto, el sabio aspira a no desear nada
y a despreciar lo valioso.
Aprende a no aprender,
regresa por el camino que los demás ya han recorrido,
y así, sin atreverse a obrar,
favorece la evolución natural de todos los seres.
LXV
Los antiguos que seguían el Tao
no esclarecían con ello al pueblo;
lo conservaban, por el contrario, en su sencillez.
Si un pueblo es difícil de gobernar,
es culpa de los avispados.
Quien gobierna con la inteligencia
arruina el Estado.
Quien gobierna sin servirse de la astucia
enriquece el Estado.
Conocer estas dos cosas
es conocer la verdadera norma.
Conocer esta norma
es poseer la misteriosa virtud.
La misteriosa virtud es profunda y extensa;
es lo inverso a todas las cosas,
pero por ella todo se armoniza.
LXVI
Los ríos y los mares son los reyes de los Cien Valles
porque se mantienen abajo.
Por esto, pueden ser reyes de todos los valles.
Así, el sabio que quiere ser superior al hombre
se rebaja en sus palabras.
Para ser la cabeza del pueblo,
se queda atrás.
Así, el sabio permanece arriba
y el pueblo no siente su peso.
Conserva el primer puesto
y no molesta al pueblo.
Todo el mundo lo alza con entusiasmo sin cansarse
de él.
Como a nadie combate
nadie le ataca.
LXVII
En el mundo todos dicen que soy grande
y no lo parezco.
Porque soy grande
no lo parezco.
Si lo pareciera hubiera dejado de serio,
y hace mucho tiempo que sería pequeño.
Poseo tres tesoros que guardo:
el primero es amor,
el segundo es moderación,
el tercero es humildad.
Por el amor puedo ser valeroso.
Por la moderación puedo ser generoso.
Por la humildad puedo ser el primero.
Pero sin amor no se puede ser valeroso,
sin moderación no se puede ser generoso,
sin humildad no se puede ser el primero.
De otro modo se camina a la muerte.
Quien ataca con amor, vence.
Quien se defiende con amor, es firme.
Quien por el cielo es salvado, le protege el amor.
LXVIII
El buen militar no es belicioso
El buen guerrero no es irascible.
El buen vencedor evita la guerra
El buen conductor de hombres,
se supedita a ellos.
Esta es la virtud de no-combatir
para poder conducir a los hombres.
Este es el modo más perfecto
de unirse a la norma del cielo.
LXIX
Dice un viejo proverbio militar:
«Es preferible ser huésped que anfitrión.
Es preferible retroceder un pie
que avanzar una pulgada».
A esto se llama
progresar sin avanzar,
rechazar sin usar los brazos,
replicar sin herir,
y vencer sin armas.
No hay peligro mayor
que desestimar al enemigo.
Así se arriesga el tesoro.
Por esto, el ejército más afligido por la guerra,
alcanza la victoria.
LXX
Mis palabras son fáciles de comprender
y fáciles de practicar.
Pero nadie en el mundo las comprende,
nadie las practica.
Mis palabras tienen su fundamento
y los actos tienen su dueño.
Pero nadie los conoce y nadie me conoce a mí.
Raros son los que siguen
y éste es el máximo valor.
El sabio oculta bajo pobres vestidos
piedras preciosas en su pecho.
LXXI
Conocer y no saberlo, ésta es la perfección.
No conocer y estimarse sabio,
éste es el mal.
Conocer el propio mal
es liberarse de mal.
El sabio no tiene mal;
porque lo reconoce no lo padece.
LXXII
Si el pueblo no teme el peligro,
le amenaza el peor peligro.
No padezcas por tu casa estrecha,
no padezcas por tu vida pobre.
No permitas la pena y no la sufrirás.
El sabio se, conoce
y no se exhibe.
Se ama a sí mismo
pero no se a recia.
Deja esto y sigue aquello.
LXXIII
El valor del osado le conduce a la muerte.
El valor del prudente le conserva la vida.
Uno es el perjudicado
y el otro el beneficiado.
Del que resulta dañado,
¿quién sabe los motivos del cielo?
Esta es la duda del sabio.
El camino del cielo
es saber vencer sin combatir,
responder sin hablar,
atraer sin llamar,
y actuar sin agitarse.
Amplia es la red del cielo
y de anchas mallas,
pero nada se le escapa.
LXXIV
Sí el pueblo no teme la muerte,
¿Cómo atemorizarlo con la muerte?
Pero si teme la muerte,
lo que siempre teme,
y el que viola la ley puede ser apresado y matado,
¿quién se atreverá a hacer este mal?
La muerte s6lo es propia de un verdugo.
Quien mata en su lugar
es como sustituir al carpintero en el uso de su herra-
mienta,
raro es que no se hiera la mano.
LXXV
El pueblo tiene hambre
porque los monarcas exigen muchos impuestos,
Por esto tiene hambre.
El pueblo se rebela
porque el monarca actúa demasiado.
Por esto se rebela.
El pueblo no teme la muerte
porque vive con dificultad.
Por esto no teme la muerte.
Quien vive con mucha dificultad
no puede estimar la vida.
LXXVI
El hombre al nacer es blando y flexible,
y al morir queda rígido y duro.
Las plantas al nacer son tiernas y flexibles
y al morir quedan duras y secas.
Lo duro y lo rígido
son propiedades de la muerte.
Lo flexible y blando
son propiedades de la vida.
Por esto, la fortaleza de las armas
es la causa de su derrota,
y el árbol robusto es abatido.
Lo duro y fuerte es inferior
y lo blando y frágil es superior
LXXVII
El camino del cielo
semeja a quien tensa el arco.
Humilla lo alto y alza lo bajo.
Rebaja lo que sobra y completa lo que falta.
El camino del cielo
es quitar al que le sobra
y dar al que le falta.
El camino del hombre,
sin embargo, es muy distinto:
quita al que le falta
y añade al que le sobra.
¿Quién ofrece al mundo todo lo que le sobra?
Sólo quien tiene el Tao.
El sabio hace y no retiene,
nada exige por su obra
y oculta su sabiduría.
LXXVIII
Nada hay en el mundo tan blando como el agua.
Pero nada hay que la supere contra lo duro.
Lo blando vence a lo duro,
lo débil vence a lo fuerte.
Nadie desconoce esta verdad
pero nadie la practica.
Por esto el sabio dice:
Aquel que asume todas las corrupciones de un reino,
merece ser su soberano.
Aquel que soporta todos los males de un reino,
puede ser soberano del imperio.
Las palabras de la Verdad parecen paradójicas.
LXXIX
Aunque la paz se haga entre grandes enemigos,
persiste entre ambos el rencor.
¿Es esto un bien?
El sabio prefiere la peor parte de un contrato,
y no se querella con los demás.
El virtuoso se atiene a lo acordado.
El que no tiene virtud persigue su ganancia.
El camino del cielo a nadie favorece,
pero siempre beneficia al hombre bueno.
LXXX
Un reino pequeño, de poca población,
no emplearía todas sus cosas.
Los habitantes temerían la muerte
y no se alejarían en largas expediciones.
Aunque tuvieran bancos y carros,
no los utilizarían.
Aunque tuvieran armas y corazas,
no las mostrarían.
El pueblo volvería a ocuparse
de anudar cuerdas.
Y encontraría sabrosa su comida,
buenas sus ropas,
tranquilas sus casas,
alegres sus costumbres.
En dos reinos vecinos,
tan cercanos que mutuamente se oirían sus perros y
gallos,
las gentes morirían muy viejas
sin haberse visitado jamás.
LXXXI
Las palabras veraces no son agradables,
y las agradables no son veraces.
El hombre bueno no gusta de discutir,
y el que discute no es hombre bueno.
El sabio no es erudito
y el erudito no es sabio.
El sabio no atesora,
y ofreciendo a los demás,
se hace rico.
El camino del cielo beneficia y no perjudica.
La norma del sabio es obrar sin combatir.
TAO TE KIN
I
El Tao que puede ser expresado
no es el verdadero Tao.
El nombre que se le puede dar
no es su verdadero nombre.
Sin nombre es el principio del universo;
y con nombre, es la madre de todas las cosas.
Desde el no-ser comprendemos su esencia;
y desde el ser, sólo vemos su apariencia.
Ambas cosas, ser y no-ser, tienen el mismo
origen, aunque distinto nombre.
Su identidad es el misterio.
Y en este misterio
se halla la puerta de toda maravilla.
II
Todo el mundo toma lo bello lo bello,
y por eso conocen qué es lo feo.
Todo el mundo toma el bien por el bien,
y por eso conocen qué es el mal.
Porque, el ser y el no-ser se engendran mutuamente.
Lo fácil y lo difícil se complementan.
Lo largo y lo corto se forman el uno de otro.
Lo alto y lo bajo se aproximan.
El sonido y el tono armonizan entre sí.
El antes y el después se suceden recíprocamente.
Por eso, el sabio adopta la actitud de no-obrar
y practica una en sin palabras.
Todas las cosas aparecen sin su intervención.
Nada usurpa ni nada rehúsa.
Ni espera recompensa de sus obras,
ni se atribuye la obra acabada,
y por eso, su obra permanece con él.
III
No ensalzar los talentos
para que el pueblo no compita.
No estimar lo que es difícil de adquirir
para que el pueblo no se haga ladrón.
No mostrar lo codiciable
para que su corazón no se ofusque.
El sabio gobierna de modo que
vacía el corazón,
llena el vientre,
debilita la ambición,
y fortalece los huesos.
Así evita que el pueblo tenga saber
ni deseos,
para que los más astutos
no busquen su triunfo.
Quien practica el no-obrar todo
lo gobierna.
IV
El Tao es vacío,
imposible de colmar,
y por eso, inagotable en su acción.
En su profundidad reside el origen
de todas las cosas.
Suaviza sus asperezas,
disuelve la confusión,
atempera su esplendor,
y se identifica con el polvo.
Por su profundidad parece ser eterno.
No sé quién lo concibió,
pero es más antiguo que los dioses.
V
El universo no tiene sentimientos;
todas las cosas son para él como perros de paja.
El sabio no tiene sentimientos;
el pueblo es para él como un perro de paja.
El universo es como un fuelle,
vacío, pero nunca agotado.
Cuanto más se mueve,
más produce.
Quien más habla
menos le comprende.
Es mejor incluirse en él.
VI
El espíritu del valle no muere.
Es la hembra misteriosa.
La puerta de lo misterioso femenino
es la raíz del universo.
Ininterrumpidamente, prosigue
su obra sin fatiga.
VII
El cielo es eterno y la tierra permanece.
El cielo y la tierra deben su eterna duración
a que no hacen de sí mismos
la razón de su existencia.
Por ello son eternos.
El sabio se mantiene rezagado
y así es antepuesto.
Excluye su persona
y su persona se conserva.
Porque es desinteresado
obtiene su propio bien.
VIII
La suprema bondad es como el agua.
El agua todo lo favorece y a nada combate.
Se mantiene en los lugares
que más desprecia el hombre
y,.así, está muy cerca del Tao.
Por esto, la suprema bondad es tal que,
su lugar es adecuado.
Su corazón es profundo.
Su espíritu es generoso.
Su palabra es veraz.
Su gobierno es justo.
Su trabajo es perfecto.
Su acción es oportuna.
Y no combatiendo con nadie,
nada se le reprocha.
IX
Más vale renunciar antes que sostener
en la mano un vaso lleno
sin derramarlo.
La espada que usamos y afilamos
continuamente
no conservará mucho tiempo su hoja.
Una sala llena de oro y jade
nadie la puede guardar.
Quien se enorgullece de sus riquezas
atrae su propia desgracia.
Retirarse de la obra acabada,
del renombre conseguido,
esa es la ley del cielo.
X
Unir cuerpo y alma en un conjunto
del que no puedan disociarse.
Dominar la respiración hasta hacerla
tan flexible como la de un recién nacido.
Purificar las visiones hasta
dejarlas limpias.
Querer al pueblo y gobernar el Estado
practicando el no-hacer.
Abrir y cerrar las puertas del cielo
siendo como la mujer.
Conocer y comprenderlo todo
usar la inteligencia.
Engendrar y criar,
engendrar sin apropiarse,
obrar sin pedir nada,
guiar sin dominar,
esta es la gran virtud.
XI
Treinta radios convergen en el centro
de una rueda,
pero es su vacío
lo que hace útil al carro.
Se moldea la arcilla para hacer la vasija,
pero de su vacío
depende el uso de la vasija.
Se abren puertas y ventanas
en los muros de una casa,
y es el vacío
lo que permite habitaría.
En el ser centramos nuestro interés,
pero del no-ser depende la utilidad.
XII
Los cinco colores ciegan al hombre.
Los cinco sonidos ensordecen al hombre.
Los cinco sabores embotan al hombre.
La carrera y la caza ofuscan al hombre.
Los tesoros corrompen al hombre.
Por eso, el sabio atiende al vientre
y no al ojo.
Por eso, rechaza esto y prefiere aquello.
XIII
El favor y la desgracia inquietan por igual.
La fortuna es un gran dolor como nuestro cuerpo.
¿Qué quiere decir: favor y desgracia inquietan por
igual ?
El favor eleva y la desgracia abate.
Conseguir el favor es la inquietud.
Perderlo es la inquietud.
Este es el sentido de «favor y desgracia inquietan por
igual»
¿Qué quiere decir: la fortuna es un gran dolor como
nuestro cuerpo?
La causa por la que padezco dolor es mi propio cuerpo.
Si no lo tuviese,
¿qué dolor podría sentir?
Por esto, quien estime al mundo igual a la fortuna de
su propio cuerpo,
puede gobernar el mundo.
Quien ame al mundo como a su propio cuerpo,
se le puede confiar el mundo.
XIV
Se le llama invisible porque mirándole
no se le ve.
Se le llama inaudible porque escuchándole
no se le oye.
Se le llama impalpable porque tocándole
no se le siente.
Estos tres estados son inescrutables
y se confunden en uno solo.
En lo alto no es luminoso,
en lo bajo no es oscuro.
Es eterno y no puede ser nombrado,
retorna al no-ser de las cosas.
Es la forma sin forma
y la imagen sin imagen.
Es lo confuso e inasible.
De frente no ves su rostro,
por detrás no ves su espalda.
Quien es fiel al Tao antiguo
domina la existencia actual.
Quien conoce el primitivo origen
posee la esencia del Tao.
XV
Los sabios perfectos de la antigüedad
eran tan sutiles, agudos y profundos
que no podían ser conocidos.
Puesto que no podían ser conocidos,
sólo se puede intentar describirlos:
Eran prudentes, como quien cruza un arroyo en in-
vierno;
cautos, como quien teme a sus vecinos por todos lados;
reservados, como un huésped;
inconstantes, como el hielo que se funde;
compactos, como un tronco de madera;
amplios, como un valle;
confusos, como el agua turbia.
¿Quién puede, en la quietud, pasar lentamente de lo
turbio a la claridad?
¿Quién puede, en el movimiento, pasar lentamente
de la calma a la acción?
Quien sigue este Tao
no desea ser pleno.
No siendo pleno
puede quedar en lo viejo
sin renovarse.
XVI
Alcanza la total vacuidad
para conservar la paz.
De la aparición bulliciosa de todas las cosas,
contempla su retorno.
Todos los seres crecen agitadamente,
pero luego, cada una vuelve a su raíz.
Volver a su raíz es hallar el reposo.
Reposar es volver a su destino.
Volver a su destino es conocer la eternidad.
Conocer la eternidad es ser iluminado.
Quien no conoce la eternidad
camina ciegamente a su desgracia.
Quien conoce la eternidad
da cabida a todos.
Quien da cabida a todos es grandioso.
Quien es grandioso es celestial.
Quien es celestial es como Tao
Quien es como el Tao es perdurable.
Aunque su vida se extinga, no perece.
XVII
El gran gobernante pasa inadvertido por el pueblo.
A éste sucede el que es amado y elogiado por el pueblo.
Después, el que es temido.
Y finalmente, el despreciado.
Si no hay una confianza total,
se obtiene la desconfianza.
El gran gobernante practica el no-hacer
y así, a la obra acabada sigue el éxito.
Entonces, el pueblo cree vivir según su propia ley.
XVIII
Cuando se abandona el Tao
aparecen la bondad y la justicia.
Con la inteligencia y la astucia
surgen los grandes hipócritas.
Cuando no existe armonía entre los seis parientes,
se necesita la piedad filial y el amor paternal.
Cuando hay revueltas en el reino,
se inventa la fidelidad del buen súbdito.
XIX
Rechaza la sabiduría y el conocimiento,
y aprovechará cien veces más al pueblo.
Rechaza la benevolencia y desecha la justicia,
y el pueblo volverá a la piedad y el amor.
Rechaza la habilidad y su provecho,
y no habrá más bandidos ni ladrones.
Pero estas tres normas no bastan.
Por esto, atiende a lo sencillo. y genuino, reduce tu
egoísmo, y restringe los deseos.
XX
Suprime el estudio y no habrá preocupaciones.
¿Qué diferencia hay entre el sí y el no?
¿Qué diferencia hay entre el bien y el mal?
No es posible dejar de temer
lo que los hombres temen.
No es posible abarcar todo el saber.
Todo el mundo se enardece y disfruta,
como cuando se presencia un gran sacrificio,
o como cuando se sube a una torre en primavera.
Sólo yo quedo impasible,
como el recién nacido que aún no sabe sonreír.
Como quien no sabe adónde dirigirse,
como quien no tiene hogar.
Todo el mundo vive en la abundancia,
sólo yo parezco desprovisto.
Mi espíritu está turbado
como el de un ignorante.
Todo el mundo está esclarecido,
sólo yo estoy en tinieblas.
Todo el mundo resulta penetrante,
sólo yo soy torpe.
Como quien deriva en alta mar.
Todo el mundo tiene algo que hacer,
sólo yo soy un inútil.
Sólo yo soy diferente a todos los demás
porque aprecio a la Madre que me nutre.
XXI
La grandeza de toda virtud
reside en su fidelidad al Tao.
El Tao es algo confuso e intangible.
Es confuso e intangible, pero tiene formas.
Es confuso pero brillante porque abarca muchas cosas.
Es profundo y oscuro pero contiene una esencia.
Esta esencia es verdadera.
Desde los tiempos más remotos conserva invariable su nombre.
Es el origen de todos los seres.
¿Cómo conocer el origen de todos los seres?
Por esto mismo.
XXII
Lo humillado será engrandecido.
Lo inclinado será enderezado.
Lo vacío será lleno.
Lo envejecido será renovado.
Lo sencillo y puro será alcanzado,
pero lo complicado y extenso causará confusión.
Por esto, el sabio abraza la unidad
y es el modelo del mundo.
Destaca porque no se exhíbe.
Brilla porque no se guarda.
Merece honores, porque no se ensalza.
Posee el mando, porque no se impone.
Nadie le combate porque él a nadie hace la guerra.
¿Son acaso vanas las palabras del antiguo proverbio:
«lo humillado será engrandecido»?
Por esto mismo, el sabio preservará su grandeza.
XXIII
Hablar poco es lo natural.
Un huracán no dura toda la mañana.
Un aguacero no dura todo el día.
¿Quién hace estas cosas?
El cielo y la tierra.
Sí las cosas del cielo y la tierra
no pueden durar eternamente,
¿cómo las cosas del hombre?
Así, quien sigue el Tao
se une al Tao.
Quien sigue la virtud,
se une a la virtud.
Quien sigue el defecto,
se une al defecto.
Quien se identifica con una de estas cosas,
por ella es acogido.
Pero a esto no se da suficiente crédito.
XXIV
Quien se sostiene de puntillas no permanece mucho
tiempo en pie.
Quien da largos pasos no puede ir muy lejos.
Quien se exhibe carece de luz.
Quien se alaba no brilla.
Quien se ensalza no merece honores.
Quien se glorifica no llega.
Para Tao, estos excesos,
son como excrecencias y restos de comida que a todos
repugnan.
Por eso, quien posee el Tao
no se detiene en ellos.
XXV
Antes aún que el cielo y la tierra
ya existía un ser inexpresable.
Es un ser vacío y silencioso, libre,
inmutable y solitario.
Se encuentra en todas partes
y es inagotable.
Puede que sea la Madre del universo.
No sé su nombre,
pero lo llamo Tao.
Si me esfuerzo en nombrarlo
lo llamo «grande».
Es grande porque se extiende.
Su expansión le lleva lejos.
La lejanía le hace retornar.
El Tao, pues, es grande y el cielo es grande.
La tierra es grande y también lo es el hombre.
En el universo hay cuatro cosas grandes,
y el hombre del reino es una de ellas.
El hombre sigue la ley de la tierra.
La tierra sigue la ley del cielo.
El cielo sigue la ley del Tao.
El Tao sigue su propia ley.
XXVI
Lo pesado es la raíz de lo ligero.
La calma somete a lo agitado.
Así, el sabio cuando viaja
no se aleja de la caravana.
Aunque pueda disfrutar de las cosas más excelsas,
conserva su paz y se hace superior.
¿Cómo el dueño de diez mil carros
puede obrar con ligereza en el imperio?
Quien se comporta ligeramente
pierde la raíz de su poder.
Quien se ofusca,
se pierde a sí mismo.
XXVII
Un buen caminante no deja huellas.
Un buen orador no se equivoca ni ofende.
Un buen contable no necesita útiles de cálculo.
Un buen cerrajero no usa barrotes ni cerrojos,
y nadie puede abrir lo que ha cerrado.
Quien ata bien no utiliza cuerdas ni nudos,
y nadie puede desatar lo que ha atado.
Así, el sabio que siempre ayuda a los hombres,
no los rechaza.
El sabio que siempre conserva las cosas,
no las abandona.
De él se dice que está deslumbrado por la luz.
Por esto, el hombre bueno no se considera maestro
de los hombres;
y el hombre que no es bueno estima como buenas las
cosas de los hombres.
No amar el magisterio ni la materia de los hombres,
y aparentar ignorancia, siendo iluminado,
éste es el secreto de toda maravilla.
XXVIII
Quien conoce su esencia masculina,
y se mantiene en el principio femenino,
es como el arroyo del mundo.
Mientras sea como el arroyo del mundo
la virtud eterna no lo abandonará,
y retornará a la infancia.
Quien conoce su propia blancura,
y se mantiene en la oscuridad,
es como ser el modelo del mundo.
Mientras sea como el modelo del mundo,
la virtud eterno no se alterará en él,
y retornará a lo absoluto.
Quien conoce su gloria,
y se mantiene en la desgracia,
es como el valle del mundo.
Mientras sea como el valle del mundo
la virtud eterna le colmará
y retornará a la sencillez.
Lo sencillo, cuando se divide,
modela todos los útiles.
El sabio, cuando gobierna
rige a todos los ministros
y así conserva la unidad.
XXIX
Quien pretende el gobierno del mundo
y transformar éste,
se encamina al fracaso.
El mundo es. un vaso espiritual que no se puede ma-
nipular.
Quien lo manipula lo empeora,
quien lo tiene lo pierde.
Porque, en las cosas,
unas van por delante, otras detrás.
Unas soplan suavemente, otras con fuerza.
Unas son vigorosas, otras débiles.
Unas permanecen, otras caen.
Por esto, el sabio rechaza todo exceso,
evita lo pródigo
y rebaja toda exhuberancia.
XXX
Quien gobierna ateniéndose a Tao
no acosa al mundo con las armas
porque es un uso que tiende a retomar.
Donde acamparon las tropas
sólo pueden nacer espinas y zarzas,
y tras los ejércitos, vienen los años de miseria.
Así, el hombre bueno se conforma con lo obtenido
sin usar la violencia.
Y todo lo toma sin enorgullecerse,
sin jactancia,
sin obstinación,
sin enriquecerse.
Porque, las cosas, cuando han llegado a su madurez
empiezan a envejecer.
Esto ocurre a todo lo opuesto a Tao.
XXXI
Las armas son instrumentos nefastos.
El hombre de Tao nunca se sirve de ellas.
El hombre de bien considera la izquierda como sitio
de honor,
pero permanece a la derecha cuando porta armas.
Las armas son instrumentos nefastos,
no adecuados para el hombre de bien.
Sólo las usa en caso de necesidad,
y lo hace comedidamente,
sin alegría en la victoria.
El que se alegra de vencer
es el que goza con la muerte de los hombres.
Y quien se complace en matar hombres
no puede prevalecer en el mundo.
Para los grandes acontecimientos
el sitio de honor es la izquierda,
y la derecha para los hechos luctuosos.
El segundo jefe se coloca a la izquierda,
y el primer jefe a la derecha, que es el lugar reservado
en los ritos fúnebres.
Quien haya matado
debe llorar con dolor y tristeza.
La victoria en la guerra
debe seguir el rito funerario.
XXXII
El Tao, en su eternidad, carece de nombre.
Aunque mínimo en su unidad,
el mundo no puede contenerla.
Si los príncipes y los reyes
pudieran permanecer en el Tao
todos los seres se les someterían.
El cielo y la tierra
se unirían para llover dulce rocío
El pueblo, sin gobierno
por sí mismo se ordenaría con equidad.
Cuando en el principio se dividió, dando formas a
a todas las cosas,
tuvo nombres.
Con los nombres supo contenerse,
y así, no corre peligro.
El Tao es al universo
como los riachuelos y los valles son respecto a los
ríos y al mar.
XXXIII
El que conoce a los demás es inteligente.
El que se conoce a sí mismo es iluminado.
El que vence a los demás es fuerte.
El que se vence a sí mismo es la fuerza.
El que se contenta es rico.
El que se esfuerza sin cesar es voluntarioso.
El que permanece en su puesto, vive largamente
El que muere y no perece, es eterno.
XXXIV
El gran Tao es como río que fluye en todas las direc-
ciones.
Todos los seres le deben la existencia
y él a ninguno se la niega.
Cuando realiza su obra, no se la apropia.
Cuida y alimenta a todos los seres sin adueñarse de
ellos.
Carece de ambiciones,
por eso puede ser llamado pequeño.
Todos los seres retornan a él sin que los reclame,
y por eso puede ser llamado grande.
De la misma forma, el sabio nunca se considera grande,
y así, perpetúa su grandeza.
XXXV
El que guarda la Gran Forma
es el modelo del mundo.
El mundo no sufre mal alguno
y queda en paz, prosperidad y equilibrio.
La música y los manjares
detienen al caminante,
pero lo que exhala el Tao
no tiene sabor.
Se mira el Tao y no complace a la vista.
Se escucha el Tao y no complace al oído.
Se bebe del Tao y es inagotable.
XXXVI
Quien quiera contraer
algo, antes debe extenderlo.
Quien quiera debilitar algo,
antes debe fortalecerle.
Quien quiera destruir algo,
antes debe levantarlo.
Quien quiera obtener algo,
antes debe haberlo dado.
Así es el misterio profundo.
Lo tierno y lo débil
vencen lo duro y fuerte.
No debe salir el pez de 'a profundidad de las aguas.
Ni deben exhibirse los objetos más valiosos del reino.
XXXVII
El Tao, por su naturaleza, no actúa,
pero nada hay que no sea hecho por él.
Si los príncipes y los reyes
pudieran adherírsele,
todos los seres evolucionarían por sí mismos.
Si al evolucionar
apareciera el deseo de obrar,
yo lo mantendría en la simplicidad sin nombre.
En la simplicidad sin nombre no existe el deseo.
Sin deseos es posible la paz
y el mundo se ordena por sí mismo.
XXXVIII
La virtud superior no se precia de virtuosa,
esa es su virtud.
La virtud inferior aprecia su propia virtud,
por eso no tiene virtud.
La virtud superior no actúa
ni tiene objetivos que alcanzar.
La virtud inferior actúa
y tiene objetivos que alcanzar.
La bondad superior actúa
y no tiene objetivos.
La justicia superior actúa
y tiene objetivos.
El rito superior actúa
y, si no halla respuesta, la fuerza.
Así, perdido el Tao, queda la virtud.
Perdida la virtud, queda la bondad.
Perdida la bondad, queda la justicia.
Perdida la justicia, queda el rito.
El rito es sólo apariencia de fidelidad
y origen de todo desorden.
El conocimiento es sólo flor del Tao
y origen de la necedad
Así, el hombre grande
observa lo profundo y no lo superficial.
Se atiene al fruto y no a la flor,
rechaza esto y prefiere aquello.
XXXIX
Lo que antiguamente llegó a la unidad:
El cielo, en su unidad, obtiene la claridad.
La tierra, en su unidad, se torna quieta.
Los espíritus, en su unidad, se hacen poderosos.
El valle, en su unidad, se vuelve lleno.
Todos los seres, en su unidad, se reproducen.
Los príncipes y los soberanos, en su unidad, pueden
gobernar el mundo.
Si el cielo no fuera claro, se descompondría.
Si la tierra no fuera estable, se derrumbaría.
Si los espíritus no fueran poderosos, perecerían.
Si el valle no fuera pleno, desaparecería
Si los seres no se procrearan, se extinguirían.
Si los príncipes y reyes no destacasen, perderían el
gobierno.
Así, la nobleza tiene su raíz en la vileza.
Lo alto tiene por fundamento lo bajo.
Por esto los soberanos se llaman a sí mismos
«el huérfano», «el indigno», «el pobre».
¿No es esto considerar al humilde como su raíz?
El honor máximo es de aquel que no lo pretende.
No se debe preferir ser como el jade,
sino como el más vulgar guijarro.
XL
El retorno es el movimiento del Tao.
La debilidad es la manifestación del Tao.
Todos los seres han nacido del Ser
y el Ser ha nacido del no-ser
XLI
El espíritu superior que oye hablar del Tao,
lo practica con diligencia.
El espíritu mediocre que oye hablar del Tao,
tanto lo conserva como lo pierde.
El espíritu inferior que oye hablar del Tao,
ríe ruidosamente.
Y, por esta risa, se conoce la grandeza del Tao.
Lo dice el proverbio:
Iluminar con el Tao es como oscurecer.
Progresar con el Tao es como retroceder.
Engrandecer con el Tao es como vulgarizar.
La virtud superior es semejante a un valle en su
oquedad.
El supremo candor es semejante a la ignominia.
La vasta virtud es insuficiente.
La virtud ya fundada es indolente.
La virtud más pura es como un adulterio.
El Tao es como un gran cuadrado que no tiene ángulos,
como una gran vasija que se elabora lentamente,
como un gran sonido de escasa tonalidad,
como un gran cuerpo sin forma.
El Tao es oculto y sin nombre.
Pero el Tao es generoso y realiza todos los seres.
XLII
El Tao engendra el Uno,
el Uno engendra el dos,
el dos engendra el tres.
El tres engendra todos los seres.
Todos los seres llevan la sombra a sus espaldas
y la luz en los brazos.
Y el aliento de la nada resuelve la armonía.
Aquello que el hombre aborrece,
la soledad, la pobreza, la indignidad,
es el título requerido por los soberanos.
Porque lo que se disminuye crece
y lo que se engrandece es disminuido.
Yo enseño lo que otros han enseñado:
«el hombre violento no tendrá una muerte natural».
Esta es la guía de mi enseñanza.
XLIII
Lo más blando del mundo
vence a lo más duro.
La nada penetra donde no hay resquicio.
Por esto conozco la utilidad de la no-acción.
Enseñanza sin palabras.
Eficacia en la no-acción.
Pocos en el mundo llegan a comprenderlo.
XLIV
¿Qué es más íntimo a nuestra naturaleza,
la fama o el propio cuerpo?
¿Qué es más apreciable, la salud o la riqueza?
¿Qué nos duele más,
ganar una cosa o perder la otra?
Quien mucho estima su nombre, despilfarra su amor.
Quien mucho acapara, mucho pierde.
Quien se contenta con poco nunca es agraviado.
Quien se contiene no sufre peligros y vivirá largamente.
XLV
La mayor perfección es de apariencia imperfecta,
pero su acción es inagotable.
La mayor plenitud es de apariencia vacía,
pero su acción es inagotable.
La mayor rectitud es en apariencia retorcida.
La mayor habilidad es en apariencia torpe.
La mayor elocuencia es en apariencia incongruente.
El movimiento vence al frío.
La quietud vence al calor.
La quietud absoluta es la norma del mundo.
XLVI
Cuando el Tao reina en el mundo
los caballos de guerra acarrean estiércol.
Cuando no hay Tao en el mundo
los caballos de guerra abundan en los arrabales.
No hay mayor error que consentir los deseos.
No hay mayor desgracia que ser insaciable.
No hay mayor vicio que ser codicioso.
Quien sabe contentarse
siempre está saciado.
XLVII
Sin salir de la puerta
se conoce el mundo.
Sin mirar por la ventana
se ve el camino del cielo.
Cuanto más lejos se va,
menos se aprende.
Así, el sabio,
no da un paso y llega,
no mira y conoce,
no actúa y cumple.
XLVIII
Por el estudio se acumula día a día.
Por el Tao se disminuye día a día.
Disminuyendo cada vez más
se llega a la no-acción.
Por la no-acción
nada se deja sin hacer.
El mundo siempre se ha ganado sin acción.
La acción no es suficiente para ganar el mundo.
XLIX
El sabio no tiene un espíritu constante.
Hace suyo el espíritu del pueblo.
Ama a los buenos
y también a los que no son buenos,
y así consigue la bondad.
Confía en el sincero
y también en los que no son sinceros,
y así consigue la fidelidad.
El sabio vive en el respeto de todos.
A todos reúne en su espíritu.
El pueblo vuelve hacia él sus ojos y acerca sus oídos,
y el sabio los trata como a niños.
L
Vivir es llegar y morir es volver.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la vida.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la muerte.
Tres hombres de cada diez mueren en el ansia de vivir.
¿Cómo puede sobrevivir el décimo hombre?
He oído decir que quien sabe cuidarse
viaja sin temor al rinoceronte
ni al tigre,
y va desarmado al combate.
El rinoceronte no encuentra donde hincarle el cuerno,
ni el tigre donde clavarle su garra,
ni el arma donde hundir su filo.
¿Por qué?
Porque en él nada puede morir.
LI
El Tao engendra.
La virtud nutre.
La materia conforma.
La energía perfecciona.
Por esto, de todos los seres
no hay ninguno
que no venere al Tao
y estime la virtud.
Esta veneración al Tao
y la estima de la virtud
no es impuesta sino
una eterna inclinación espontánea.
Porque el Tao los engendra,
la virtud los nutre,
los hace crecer, los perfecciona,
los conserva, los madura
y los protege.
Engendrar y criar,
engendrar sin apropiarse,
obrar sin pedir nada,
guiar sin dominar,
esta es la gran virtud.
LII
Todo cuanto existe tuvo un origen,
la madre del mundo.
Quien conoce a la madre
conoce a los hijos.
Quien conoce a los hijos
preserva a la madre
y su vida no correrá peligro.
Tapa los orificios,
cierra las puertas,
y vivirás sin fatiga.
Abre los orificios,
aumenta los trabajos,
y estarás indefenso toda la vida.
Ver lo pequeño
es clarividencia.
Conservarse débil
es fortaleza.
Usar la luz
para volver a la claridad,
y proteger el cuerpo de todo daño,
es vestirse de eternidad.
LIII
Quisiera poseer la sabiduría
para poder marchar por el gran camino
sin temor a desviarme.
El gran camino es llano
pero la gente ama los senderos.
La corte de todo tiene abundancia
pero los campos están llenos de malas hierbas
y los graneros vacíos.
Vestirse ropas lujosas,
ceñir afiladas espadas,
hartarse de bebida y de manjares,
retener grandes riquezas,
es como el robo;
no es Tao.
LIV
Lo que está bien plantado no será arrancado.
Lo que está bien abrazado no será soltado.
A los antepasados ofrecerán siempre sacrificios los
hijos y los nietos
Si la cultiva en sí mismo
su virtud será verdadera.
Si la cultiva en su familia
su virtud será abundante.
Si la cultiva en su pueblo
su virtud será grande.
Si la cultiva en el Estado
su virtud será poderosa.
Si la cultiva en el mundo
su virtud será universal
Por esto, conoce a otros por sí mismo;
conoce las familias por la virtud de su familia;
conoce los pueblos por la virtud de su pueblo;
conoce los estados por la virtud de su estado;
conoce el mundo por la virtud del mundo.
¿Cómo saber que así se conoce el mundo?
Por esto mismo.
no sele puede despreciar
LV
Quien alcanza la mayor virtud
es como un recién nacido.
Los reptiles venenosos no le pican.
Las fieras salvajes no le atacan.
Las aves rapaces no le arrebatan.
Tiene blandos los huesos
y débiles los tendones,
pero agarra firmemente.
Ignora la unión de los sexos,
pero posee la íntegra plenitud de su esperma.
Grita todo el día,
pero no enronquecer;
es la perfecta armonía.
Conocer la armonía es eternidad.
Conocer la eternidad es ser iluminado.
Intensificar la vida es nefasto.
Controlar el aliento es fortaleza.
Los seres, cuando han llegado a su madurez,
empiezan a envejecer.
Esto ocurre a todo lo opuesto a Tao.
Y lo puesto a Tao pronto acaba.
LVI
Quien le conoce no habla
y quien habla no le conoce.
Tapa los orificios,
cierra las puertas,
suaviza las asperezas,
disuelve la confusión
atenúa los resplandores,
se identifica con el polvo,
esta es la unidad misteriosa.
No se le puede atraer;
no se le puede rechazar;
no se le puede beneficiar;
no sele puede perjudicar;
no sele puede honrar;
Por esto, es lo más valioso del mundo.
LVII
Con rectitud se gobierna el Estado.
Con sagacidad se lucha en la guerra.
Con la no-acción se conquista el mundo.
Cómo lo sé?
Por esto:
Cuantas más limitaciones y prohibiciones haya,
más pobre será el pueblo.
Cuantas más armas,
mas desorden habrá en el reino.
Cuanta más astucia,
mas hechos extraños ocurren.
Cuantas más leyes y decretos,
más ladrones aparecen.
Por esto el sabio dice:
Yo nada hago
y el pueblo por sí mismo progresa.
Yo quedo en la quietud
y el pueblo por sí mismo mejora.
Yo no negocio
y el pueblo por sí mismo se enriquece.
Yo nada deseo
y el pueblo por sí mismo vuelve a la sencillez.
LVIII
Cuando el gobierno es inactivo,
el pueblo es diligente.
Cuando el gobierno es activo,
el pueblo es indolente.
La desgracia reposa en la dicha,
y la dicha reposa en la desgracia.
¿Quién conoce el punto medio?
No hay una norma.
La rectitud degenera en extravagancia
y la bondad en monstruosidad.
Mucho tiempo hace que el hombre se engaña por esto.
Así, el sabio es recto pero no tajante,
anguloso pero no hiriente,
firme pero no insolente,
claro pero no deslumbra
LIX
En el gobierno de los hombres y al servicio del cielo,
lo mejor es la moderación.
La moderación todo lo somete.
Quien consigue pronto el sometimiento,
acumula mucha virtud.
Con la virtud acumulada,
vencerá en todo.
Venciendo en todo,
llegará a límites insospechados.
Puede incluso apoderarse del reino.
Poseyendo a la Madre del reino,
puede durar mucho tiempo.
Es el camino de la profunda raíz de la sólida base,
del largo vivir y vista duradera.
LX
Se gobierna un gran Estado
con el cuidado conque se fríen los pececillos.
Si se gobierna el mundo con Tao,
los manes de los muertos no usarán su poder.
No porque los manes no se hagan espíritus,
sino porque éstos no dañarán a los hombres.
Los espíritus no dañarán a los hombres,
y tampoco el sabio los daña.
Si no se perjudican mutuamente,
la virtud reúne a ambos.
LXI
Un gran reino es un cauce profundo
hacia el que todo fluye.
Es la hembra del mundo.
La hembra, por su quietud, vence al macho y perma-
nece abajo.
Un gran reino se humilla ante el pequeño,
y así lo posee.
Un reino pequeño se humilla ante el grande,
y así se engrandece.
Uno vence humillándose
y el otro quedando abajo.
El gran reino desea reunir y criar.
El pequeño reino desea servir.
Para provecho de ambos y el logro de sus deseos,
el más grande debe mantenerse abajo.
LXII
El Tao es lo más profundo de todos los seres.
Es el tesoro del hombre bueno,
y el amparo del que no es bueno.
Las bellas palabras ganan honores,
los bellos actos elevan al hombre.
Así, al coronarse un emperador, y nombrar a sus tres
ministros,
mejor que llevar jade en las manos,
y presentar la cuadriga,
vale más cumplir con Tao.
Los antiguos estimaban a Tao porque quien busca su
posesión, aleja la culpa.
Pero esto, es lo más valioso del mundo.
LXIII
Actuar y no actuar,
realizar y no realizar,
sabroso e insípido,
grande y pequeño,
mucho y poco,
en todo rige la virtud.
Acomete la dificultad por su lado más fácil.
Ejecuta lo grande comenzando por lo más pequeño.
Las cosas más difíciles se hacen siempre abordándolas
en lo que es más fácil,
y las cosas grandes en lo que es más pequeño.
El sabio no emprende grandes cosas,
y en ello está su propia grandeza.
El que promete a la ligera
merece poco crédito.
El que todo lo encuentra fácil
difícil le será todo.
Por esto, el sabio en todo considera la dificultad,
y en nada la halla.
LXIV
Lo que está en reposo es fácil de retener.
Lo que no ha sucedido es fácil de resolver.
Lo que es frágil es fácil de romper.
Lo que es menudo es fácil de dispersar.
Prevenir antes de que suceda,
y ordenar antes de la confusión.
El árbol que casi no puede rodearse con los brazos,
brotó de un germen minúsculo.
La torre de nueve pisos,
comenzó por un montón de tierra. El viaje de mil [ li ],
empezó con un paso.
Quien actúa, fracasa.
Quien tiene, pierde,
Por esto, el sabio nada hace y no fracasa;
nada posee, y nada pierde.
El hombre suele malograr la obra cuando va a con-
cluirla.
Cuidando del final como del principio,
ninguna obra se perdería.
Por esto, el sabio aspira a no desear nada
y a despreciar lo valioso.
Aprende a no aprender,
regresa por el camino que los demás ya han recorrido,
y así, sin atreverse a obrar,
favorece la evolución natural de todos los seres.
LXV
Los antiguos que seguían el Tao
no esclarecían con ello al pueblo;
lo conservaban, por el contrario, en su sencillez.
Si un pueblo es difícil de gobernar,
es culpa de los avispados.
Quien gobierna con la inteligencia
arruina el Estado.
Quien gobierna sin servirse de la astucia
enriquece el Estado.
Conocer estas dos cosas
es conocer la verdadera norma.
Conocer esta norma
es poseer la misteriosa virtud.
La misteriosa virtud es profunda y extensa;
es lo inverso a todas las cosas,
pero por ella todo se armoniza.
LXVI
Los ríos y los mares son los reyes de los Cien Valles
porque se mantienen abajo.
Por esto, pueden ser reyes de todos los valles.
Así, el sabio que quiere ser superior al hombre
se rebaja en sus palabras.
Para ser la cabeza del pueblo,
se queda atrás.
Así, el sabio permanece arriba
y el pueblo no siente su peso.
Conserva el primer puesto
y no molesta al pueblo.
Todo el mundo lo alza con entusiasmo sin cansarse
de él.
Como a nadie combate
nadie le ataca.
LXVII
En el mundo todos dicen que soy grande
y no lo parezco.
Porque soy grande
no lo parezco.
Si lo pareciera hubiera dejado de serio,
y hace mucho tiempo que sería pequeño.
Poseo tres tesoros que guardo:
el primero es amor,
el segundo es moderación,
el tercero es humildad.
Por el amor puedo ser valeroso.
Por la moderación puedo ser generoso.
Por la humildad puedo ser el primero.
Pero sin amor no se puede ser valeroso,
sin moderación no se puede ser generoso,
sin humildad no se puede ser el primero.
De otro modo se camina a la muerte.
Quien ataca con amor, vence.
Quien se defiende con amor, es firme.
Quien por el cielo es salvado, le protege el amor.
LXVIII
El buen militar no es belicioso
El buen guerrero no es irascible.
El buen vencedor evita la guerra
El buen conductor de hombres,
se supedita a ellos.
Esta es la virtud de no-combatir
para poder conducir a los hombres.
Este es el modo más perfecto
de unirse a la norma del cielo.
LXIX
Dice un viejo proverbio militar:
«Es preferible ser huésped que anfitrión.
Es preferible retroceder un pie
que avanzar una pulgada».
A esto se llama
progresar sin avanzar,
rechazar sin usar los brazos,
replicar sin herir,
y vencer sin armas.
No hay peligro mayor
que desestimar al enemigo.
Así se arriesga el tesoro.
Por esto, el ejército más afligido por la guerra,
alcanza la victoria.
LXX
Mis palabras son fáciles de comprender
y fáciles de practicar.
Pero nadie en el mundo las comprende,
nadie las practica.
Mis palabras tienen su fundamento
y los actos tienen su dueño.
Pero nadie los conoce y nadie me conoce a mí.
Raros son los que siguen
y éste es el máximo valor.
El sabio oculta bajo pobres vestidos
piedras preciosas en su pecho.
LXXI
Conocer y no saberlo, ésta es la perfección.
No conocer y estimarse sabio,
éste es el mal.
Conocer el propio mal
es liberarse de mal.
El sabio no tiene mal;
porque lo reconoce no lo padece.
LXXII
Si el pueblo no teme el peligro,
le amenaza el peor peligro.
No padezcas por tu casa estrecha,
no padezcas por tu vida pobre.
No permitas la pena y no la sufrirás.
El sabio se, conoce
y no se exhibe.
Se ama a sí mismo
pero no se a recia.
Deja esto y sigue aquello.
LXXIII
El valor del osado le conduce a la muerte.
El valor del prudente le conserva la vida.
Uno es el perjudicado
y el otro el beneficiado.
Del que resulta dañado,
¿quién sabe los motivos del cielo?
Esta es la duda del sabio.
El camino del cielo
es saber vencer sin combatir,
responder sin hablar,
atraer sin llamar,
y actuar sin agitarse.
Amplia es la red del cielo
y de anchas mallas,
pero nada se le escapa.
LXXIV
Sí el pueblo no teme la muerte,
¿Cómo atemorizarlo con la muerte?
Pero si teme la muerte,
lo que siempre teme,
y el que viola la ley puede ser apresado y matado,
¿quién se atreverá a hacer este mal?
La muerte s6lo es propia de un verdugo.
Quien mata en su lugar
es como sustituir al carpintero en el uso de su herra-
mienta,
raro es que no se hiera la mano.
LXXV
El pueblo tiene hambre
porque los monarcas exigen muchos impuestos,
Por esto tiene hambre.
El pueblo se rebela
porque el monarca actúa demasiado.
Por esto se rebela.
El pueblo no teme la muerte
porque vive con dificultad.
Por esto no teme la muerte.
Quien vive con mucha dificultad
no puede estimar la vida.
LXXVI
El hombre al nacer es blando y flexible,
y al morir queda rígido y duro.
Las plantas al nacer son tiernas y flexibles
y al morir quedan duras y secas.
Lo duro y lo rígido
son propiedades de la muerte.
Lo flexible y blando
son propiedades de la vida.
Por esto, la fortaleza de las armas
es la causa de su derrota,
y el árbol robusto es abatido.
Lo duro y fuerte es inferior
y lo blando y frágil es superior
LXXVII
El camino del cielo
semeja a quien tensa el arco.
Humilla lo alto y alza lo bajo.
Rebaja lo que sobra y completa lo que falta.
El camino del cielo
es quitar al que le sobra
y dar al que le falta.
El camino del hombre,
sin embargo, es muy distinto:
quita al que le falta
y añade al que le sobra.
¿Quién ofrece al mundo todo lo que le sobra?
Sólo quien tiene el Tao.
El sabio hace y no retiene,
nada exige por su obra
y oculta su sabiduría.
LXXVIII
Nada hay en el mundo tan blando como el agua.
Pero nada hay que la supere contra lo duro.
Lo blando vence a lo duro,
lo débil vence a lo fuerte.
Nadie desconoce esta verdad
pero nadie la practica.
Por esto el sabio dice:
Aquel que asume todas las corrupciones de un reino,
merece ser su soberano.
Aquel que soporta todos los males de un reino,
puede ser soberano del imperio.
Las palabras de la Verdad parecen paradójicas.
LXXIX
Aunque la paz se haga entre grandes enemigos,
persiste entre ambos el rencor.
¿Es esto un bien?
El sabio prefiere la peor parte de un contrato,
y no se querella con los demás.
El virtuoso se atiene a lo acordado.
El que no tiene virtud persigue su ganancia.
El camino del cielo a nadie favorece,
pero siempre beneficia al hombre bueno.
LXXX
Un reino pequeño, de poca población,
no emplearía todas sus cosas.
Los habitantes temerían la muerte
y no se alejarían en largas expediciones.
Aunque tuvieran bancos y carros,
no los utilizarían.
Aunque tuvieran armas y corazas,
no las mostrarían.
El pueblo volvería a ocuparse
de anudar cuerdas.
Y encontraría sabrosa su comida,
buenas sus ropas,
tranquilas sus casas,
alegres sus costumbres.
En dos reinos vecinos,
tan cercanos que mutuamente se oirían sus perros y
gallos,
las gentes morirían muy viejas
sin haberse visitado jamás.
LXXXI
Las palabras veraces no son agradables,
y las agradables no son veraces.
El hombre bueno no gusta de discutir,
y el que discute no es hombre bueno.
El sabio no es erudito
y el erudito no es sabio.
El sabio no atesora,
y ofreciendo a los demás,
se hace rico.
El camino del cielo beneficia y no perjudica.
La norma del sabio es obrar sin combatir.
martes, 23 de octubre de 2007
NOTA: . LEER CON LETRAS OSCURAS
EN REALIDAD, ESTO ES UN FALLO MIO, EL QUE HACE EL BLOG, ES UNA SOLA PERSONA, Y LA HISTORIA, ES QUE NO TENGO UN BLOG SOLO, SINO UNOS 15 (HE TENIDO MAS, Y HAY ALGUNO, QUE ESTA POR AHY, Y NO SE DONDE, JJAJAJAJAJAJA.)BUENO, AL TEMA, MUCHAS VECES CUANDO SUBO COSAS, NO ME ACUERDO A LO MEJOR DEL COLOR DEL FONDO, O QUE DETERMINADOS COLORES, NO SE VEN BIEN; EL TRUCO PARA LEERLO, ES "CON EL BOTON DERECHO DEL RATON, ABRES EL MENU CONTEXTUAL, Y LE DAS A "SELECCIONAR TODO...", COMO SI FUERAS A COPIARLO, Y SE ENCENDERA TODO EL ARTICULO" ; "OTRA MANERA, ES LO MISMO, PERO SIN ELEGIR TODO, IR MARCANDO ZONAS, QUE VALLAS A LEER A CONTINUACION, COMO SI FUERAS A COPIARLAS CON EL RATON, Y SE IRA ENCENDIENDO PARTE A PARTE, ESTA ES LA MANERA QUE USO YO, CUANDO ME ENCUENTRO UNA PAGINA ASI; Y LO DICHO, OS VUELVO A PEDRIR DISCULPAS, ATENTAMENTE, SNAKE // ARKAIKO
jueves, 6 de septiembre de 2007
FUNDAMENTOS DEL FENG SHUI
FUNDAMENTOS
DEL
FENG SHUI
Introducción
"Viento y agua" es la traducción literal del famoso arte de crear ambientes equilibrados y armoniosos en Chi (energía vital) inventado por los antiguos chinos de la región de Yantze hace más de 3000 años. Los principios básicos de este arte fueron plasmados en el Libro de los Ritos que más adelante Kung Fu-Tsé (Confucio) recogería en su I-Ching o libro de las mutaciones. Yang Yung-Sun fue el primero en realizar un manual sobre Feng Shui ya en el siglo IX d.c.
El ambiente ideal se crea aprovechando la energía que se extiende por la tierra siguiendo la dirección de los vientos, los ríos, las montañas y valles, además de analizar la situación con respecto a la esfera celeste. Así nos permite activar los efectos positivos y anular los negativos que puedan estar afectando a nuestra vivienda mediante sencillas técnicas muy relacionadas la mayoría de las veces con la decoración.
Las casas pueden estar mal diseñadas para el correcto fluir del Chi lo que puede influir directamente sobre nuestro ánimo, forma de ver las cosas, enfermedades, tensiones familiares... por ello un correcto análisis de la vivienda a través de Feng Shui sería muy importante para mejorar nuestra calidad de vida. Generalmente escogemos nuestros hábitats en función de nuestros criterios de comodidad, pero lamentablemente por ejemplo a veces un individuo tendente a estar bajo de energía escoge un lugar bajo de energía para vivir cuando debería ser al contrario, simplemente porque se siente más a gusto o porque tiene el transporte más cerca...
El Feng Shui intenta concienciarnos de que a la hora de escoger una vivienda o si ya la hemos escogido, a la hora de decorarla, no olvidemos uno de los principios universales, el Chi. Para ello los factores que se tienen en cuenta para un buen análisis suelen ser la ubicación de la vivienda, el contorno, los materiales con los que está hecha, los colores utilizados, la dirección de las ventanas y puertas, su situación frente a otros edificios, el año de nacimiento del futuro inquilino, sonidos, vigas, estructura de las habitaciones, etc.
El Feng Shui no sólo es utilizable para las casas, sino también sobre personas, para el negocio, la riqueza, ...
El Yin y el Yang
El Yin y el Yang es uno de los principios básicos de la filosofía china y por lo tanto también uno de los fundamentos más importantes del Feng Shui.
El yin-yang no representa otra cosa más que el principio de los opuestos, el equilibro que debe existir en la vida para que ésta se desarrolle armoniosamente. Porque yin sin yang no puede existir e viceversa. La luz no sería luz sin la presencia de la oscuridad, el bien no sería bien sin la existencia del mal, la nada no sería nada sin la existencia del todo, la noche no sería noche sin la presencia del día...
Por lo tanto para que nuestras vidas estén equilibradas deben estar presentes ambos elementos. Por eso el Feng Shui deja muy claro que una casa no debe ser ni demasiado Yang ni demasiado Yin, sino compartir equilibradamente ambos principios para que se vea reflejada su armonía en nuestra vida.
Si una casa es demasiado Yang o demasiado Yin es fácil caer enfermos, tener accidentes, que nos roben, andar muy alterados o deprimidos, que no llegue la prosperidad a la familia, etc...
¿Cómo es una casa o habitación demasiado Yang?
· Que esté recibiendo luz o calor durante todo el día. Vivir cerca de fábricas o tendidos eléctricos convierten a tu casa en Yang automáticamente.
· Estar escuchando música ruidosa continuamente.
· Al pasar prácticamente todo el día en una habitación determinada sin dejarla descansar se le da exceso de Yang.
· Presencia sólo de colores cálidos como amarillos, cremas, rojos, anaranjados. Y también el blanco se consideran yang, así que no conviene abusar.
· Que tenga muchas lámparas, velas o elementos que den mucha luz.
· Que esté sobre aireada con las ventanas todo el día abiertas.
· Que tenga muchas plantas.
Remedios:
· Introducir colores fríos como las tonalidades azules, negros, plateados o grises. Pintando las paredes de esos colores o introduciendo elementos decorativos que los tengan.
· Evitar demasiado ruido o crear música relajante.
· Introducir agua en la decoración en copas, boles, peceras o lo que se te ocurra. Procura que sea siempre un agua limpia, que si quieres puedes colorear de azul. Mejor todavía si no es del grifo sino de manantial.
· Puedes poner cuadros que tengan pintados ríos, lagos o representen atardeceres.
· No pasarse con las plantas.
· Rellenar aquellos lugares que estén demasiado vacíos o que tengan mucho espacio.
¿Cómo es una casa o habitación demasiado Yin?
· Lugares que no reciban demasiada luz, especialmente los interiores.
· Una casa excesivamente silenciosa o pocas veces habitada.
· Vivir cerca de lugares asociados a la muerte.
· Presencia absoluta de colores fríos u oscuros como las tonalidades del azul, grises y negros.
· Poco aireada.
· Lugares muy estrechos y llenos de cosas.
Remedios:
· Introducir colores cálidos como las tonalidades rojo, naranja, cremas, amarillos, dorados... Pintando las paredes de esos colores o introduciendo elementos decorativos que los tengan.
· Poner música alegre como los ritmos latinos.
· Introducir el elemento fuego en forma de velas encendidas durante buena parte del tiempo.
· Situar lámparas encendidas en lugares que estén muy sombríos.
· Colocar cuadros que sean de los colores indicados, o que representen amaneceres.
· Situar móviles o campanillas en el techo.
· Airea con frecuencia la casa o la habitación.
· Introduce elementos que representen a la tierra como cuarzos o cualquier otro mineral.
· Procurar hacer espacio y deshacernos de cosas viejas que estén estorbando.
· Introducir plantas.
Las orientaciones
En Feng Shui existen varias escuelas que utilizan determinadas fórmulas para conseguir que nuestra casa se favorezca de un Chi armonioso. Hoy vamos a hablar de la escuela de la Brújula.
Esta escuela utiliza una serie de fórmulas muy concretas para aplicar a través de una brújula y descubrir cuáles son nuestras orientaciones o direcciones de nuestro edificio, habitaciones, muebles, ... etc. propicias y cuáles no lo son. Para ello existen unas fórmulas que nos hablan de qué direcciones son las adecuadas a nivel personal, y otras que nos hablan, a través de unas tablas muy complejas, de qué direcciones son las favorecidas a lo largo del año.
Aquí vamos a aprender a calcular cuales son tus direcciones favorables y desfavorables a nivel global y qué deberíamos hacer en función de ellas.
En este sentido hay que empezar por tener en cuenta que el Feng Shui utiliza básicamente las ocho direcciones posibles (N, NO, NE, S, SO, SE, E, O) correspondientes a los ocho triagramas del I-Ching. Para situar estas direcciones y clarificarlas con respecto a tu casa, se ha creado el llamado cuadrado mágico o cuadrícula Lo Shu, que te servirá de plantilla.
Bien, lo primero que debemos hacer entonces es descubrir cuáles son nuestras direcciones personales. Para ello haremos unos cálculos que darán a lugar un número llamado Kua. En función de este número veremos si pertenecemos al grupo occidental o al grupo oriental, y en función del grupo veremos por fin nuestras direcciones.
El cálculo del número Kua
Este cálculo es distinto para hombres que para mujeres, así que según te corresponda sigue la siguiente fórmula:
· Para el hombre: escribe las dos últimas cifras de tu año de nacimiento, después súmalas hasta reducir el resultado a un sólo dígito. Es decir, si al sumar te da un número superior a diez como por ejemplo el 21, tendrás que sumar el 2+1=3. Después resta el número que te ha dado al 10. El número resultante es tu número Kua.
Supongamos un hombre que ha nacido en 1947. Escribirá en el papel la cifra 47, después la sumará 4+7=11, tendrá que volver a sumar para reducir la cifra a un sólo número 1+1=2. Después ejecutará la resta 10-2=8. El número ocho es su número Kua.
Existe una excepción en este caso. Si tu número Kua es el 5, deberás usar el 2.
· Para la mujer: escribe las dos últimas cifras de tu año de nacimiento, después súmalas hasta reducir el resultado a un sólo dígito. Es decir, si al sumar te da un número superior a diez como por ejemplo el 21, tendrás que sumar el 2+1=3. Después suma al número que te ha dado un 5. El número resultante es tu número Kua.
Supongamos una mujer que ha nacido en 1970. Escribirá en el papel la cifra 70, después la sumará 7+0=7. Como ya tiene un sólo dígito pasaremos a la siguiente operación, sumarle un 5. 7+5=12. Como le ha quedado un número de dos dígitos tendremos que reducirlo a uno, 1+2=3. Así pues el 3 es su número Kua.
Existe una excepción en este caso. Si tu número Kua es el 5, deberás usar el 8.
Ahora que ya tenemos nuestro número Kua comprobaremos a qué grupo pertenecemos y cuales son nuestras direcciones favorables y desfavorables:
Grupos
· Grupo occidental: pertenecen a este grupo los individuos cuyos números Kua sean 2, 6, 7, u 8.
· Las direcciones favorables son: O, S0, NO, NE. Las direcciones desfavorables son: E, SE, N, S.
· Grupo oriental: pertenecen a este grupo los individuos cuyos números Kua sean 1, 4, o 9.
· Las direcciones favorables son: E, SE, N, S.Las direcciones desfavorables son: O, S0, NO, NE.
Hay que decir que dentro de las direcciones favorables, hay una que nos es más propicia. Ella es la correspondiente al orden de nuestro número Kua. Ejemplo: si nuestro número Kua es el 3, pertenecemos al grupo oriental donde la dirección más propicia nos es el SE. Si nuestro número Kua es el 8, pertenecemos al grupo occidental, donde la dirección más propicia para nosotros será el NE.
El cuadrado mágico
Una vez que ya sabemos cuales son las direcciones más favorables y menos favorables para nosotros en nuestra casa, edificio, o habitaciones, etc... seguiremos la plantilla del cuadrado mágico de abajo de la siguiente manera:
Realizaremos un dibujo de la planta de nuestra casa o nuestra habitación o lo que queramos mirar. El centro de la casa o de la habitación, corresponderá al centro del cuadrado, y dividiremos el lugar en una cuadrícula como la de la plantilla. Una vez hecho esto, con la ayuda de una brújula y situándonos en el centro de la casa o habitación comprobaremos qué lugares nos son propicios y cuáles no.
Consejos
· Orientar nuestra puerta principal a nuestras orientaciones favorables.
· Evitar realizar ningún tipo de trabajo o responsabilidad hacia nuestras orientaciones desfavorables. Procura no tener la mesa de tu despacho o de estudio hacia ellas, sino hacia las favorables.
· Evita dormir con tu cabeza hacia una de tus orientaciones desfavorables.
· Procura hacer todas las actividades diarias hacia tus orientaciones favorables.
Las flechas envenenadas
Aunque tu casa pueda estar situada de la manera más armoniosa posible para ti, nunca se está a salvo de la energía de una flecha envenenada. Las flechas envenenadas son energías con forma de punta o aguja que pueden recaer en tu casa provenientes tanto del exterior como del interior de ella. Esa energía es tan negativa que puede estar exponiendo tu vida a numerosas desgracias hasta que no la apartes de ti. Especialmente si esa flecha recae sobre tu puerta principal que es la base de tu casa.
Pero ahora vamos a ver de dónde pueden venir esas flechas envenenadas.
DEL EXTERIOR
A niveles generales tendrás una flecha envenenada cuando delante de tu casa, ya sea en dirección a tu puerta principal o hacia una gran ventana haya cualquier estructura de tipo punta, como una torre:
· Los campanarios de una iglesia
· El tejado en punta de tu vecino de enfrente.
· Vivir cerca de tendidos o cables de electricidad.
· Que haya cerca de ti árboles muy picudos.
· Vivir cerca de pasos a nivel de carretera.
· Vivir al final de un tramo recto de carretera.
· Estar expuesto al borde de cualquier edificio.
· Tener la casa situada como en alguno de los ejemplos siguientes:
Posibles soluciones
· La mejor solución para casos así es utilizar un espejo Pa Kua que desviará toda la energía que esté recibiendo tu casa. Si puedes disponer de él, sitúalo justo en el punto donde se está recibiendo la energía. El espejo Pa Kua es un espejo que dispone de los ocho triagramas del I-ching, que pueden estar dibujados o escrito cada uno de sus nombres.
· Sitúa una línea de plantas lo suficientemente frondosas para que puedan disipar la energía negativa.
· Si puedes construye un muro que interrumpa la dirección de la flecha.
· Pon unas cortinas gruesas en aquellas ventanas que estén recibiendo la flecha.
· También puedes utilizar un biombo.
DEL INTERIOR
Uno no está a salvo tampoco de las flechas envenenadas dentro de casa. Las flechas más comunes en este sentido suelen ser aquellas vigas que interrumpen la armonía de la habitación. Puede que estén en el techo, en cuyo caso lo mejor es colgar de la misma algún carillón o móvil. Pero también pueden estar en cualquier habitación sobresaliendo de las paredes impidiendo que éstas formen un cuadrado regular.
Posibles soluciones
En este sentido se puede utilizar diferentes métodos para evitar que la viga nos cree energía negativa:
· Poner una lámpara o candelabro donde sobresale la viga. Es decir, crear efectos lumínicos.
· Poner una planta con bastantes hojas donde sobresale la viga.
· Tapar la viga con espejos de manera que de, al quedar cubierta, la sensación de que la habitación es de planta regular.
· Situar cristales de cuarzo donde sobresale la viga.
· Tapar la viga con un bonito biombo.
A modo de ejemplo suele se muy típico que aquellos restaurantes chinos que están situados en un lugar típico de una flecha venenosa tengan en sus entradas una especie de cobertores en forma de V dirigiendo la punta hacia el lugar donde proviene la flecha, para evitar que les dé de lleno.
El plano de tu casa
En Feng Shui cobran vital importancia los ocho triagramas del I-Ching o filosofía china. Por ello hasta ahora hemos estado viendo que estaban presentes de alguna manera. Pero quizá en esta lección es donde cobran la mayor relevancia, pues se ponen en práctica directa sus principios.
Los chinos tienen un concepto de la prosperidad y felicidad de la vida basado en ocho directrices muy claras, derivadas de los ocho triagramas:
1. Alcanzar la prosperidad económica.
2. Conseguir un matrimonio feliz y duradero.
3. Obtener una buena salud y larga vida.
4. Trabajo próspero donde se pueda mejorar.
5. Obtener el respeto y buena fama de los que nos rodean.
6. Que los hijos salgan afortunados.
7. Amistades influyentes y serviciales.
8. Alcanzar una importante sabiduría y estudios.
Para favorecer la buena consecución en nuestra vida de estas directrices o pautas para la felicidad han trazado un plano por donde pasa el Chi que activará cada campo para descubrir si en nuestra casa falta alguno de ellos o está a medias. Para ello necesitarás trazar el plano de tu casa lo mejor posible sobre el siguiente cuadrado de nueve casillas:
Como puedes observar en este plano están reflejados los ocho campos con su correspondiente triagrama. Una vez que lo hayas trazado comprobarás en qué estado se encuentra tu casa. Las casas por lo general suelen ser irregulares, por lo que lo más seguro es que descubras que te falta algún campo o que está distribuido sólo a medias. En ese caso será cuando deberás remediar el Chi que no fluye por allí. Aquí te presentamos algunos ejemplos de casas con falta de algunos de los campos:
Si te fijas con atención en todos ellos falta cubrir algunos campos. Por ejemplo el primero de la izquierda no cubre ni los estudios ni los buenos amigos; el de la derecha (uno de los más catastróficos) no cubre ni la prosperidad, ni un buen matrimonio, ni hijos afortunados, ni buenos amigos; el de abajo a la izquierda no cubre la prosperidad en el trabajo, etc.
Si descubres que tu casa sufre de alguno de estos problemas o que también le falta o cubre a medias uno de los campos puedes recurrir a los siguientes remedios en la zona más cercana a lo que falta como ya venimos mencionando en otras lecciones:
1. Colgar del techo unas campanillas o un móvil de metal.
2. Situar una planta frondosa y sana.
3. Colocar una lámpara o velas.
4. Utilizar cristales de cuarzo.
5. Que entre mucha luz y esté muy ventilado.
6. Colgar un espejo Pa Kua.
Es muy importante también que aquellas habitaciones que estén situadas adecuadamente en el plano estén limpias y ordenadas para que el Chi fluya correctamente por ellas. De nada nos serviría tener cubierto el campo de la prosperidad en el trabajo si por ejemplo lo tenemos con demasiado yin, o está sucio o desordenado. El hecho de que los campos del plano aparezcan en la forma de nuestra casa nos permitirá recargarlos energéticamente para aprovechar al máximo sus características, para favorecer la atracción de la felicidad a nuestra vida.
La escuela de las formas
Además de la escuela de la brújula que ya hemos estudiado, también existe otra escuela muy famosa que se llama "la escuela de las formas". En esta escuela se aprende a observar el entorno de nuestra casa o edificio y también nos ayuda a organizar mejor nuestras habitaciones (aquí como ejemplo hablaremos de cómo debe ser el dormitorio).
En este sentido tendremos que hablar de diferentes símbolos típicos del feng shui como son los cuatro animales celestes y los cinco elementos.
LOS CUATRO ANIMALES CELESTES
Estos son cuatro animales muy apreciados en estas artes y que representan una serie de características a conseguir con su presencia:
La tortuga negra: como su nombre indica es simbolizado a través de una tortuga de color negro. Representa la seguridad y el apoyo en la vida.
El tigre blanco: como su nombre indica es simbolizado a través de un tigre de color blanco. Representa la protección en la vida.
El ave fénix rojo: como su nombre indica es simbolizado a través de un ave fénix de color rojo como el fuego. Representa las buenas oportunidades que puedan surgir en la vida.
El dragón verde: como su nombre indica es simbolizado a través de un dragón de color verde. Representa la abundancia y la prosperidad en la vida. Es muy típico encontrarlos en los restaurantes chinos como decoración.
Bien, hay dos maneras de utilizar la simbología de estos cuatro animales:
A) En el feng shui del paisaje: en este sentido se equiparan los cuatro animales con las cuatro direcciones hacia las que esté orientada tu casa y se mide cómo es el paisaje que la rodea. El ideal del feng shui para una orientación perfectamente favorable en este sentido es de la siguiente manera.
Detrás de la casa ha de estar representada la tortuga negra a modo de una gran colina o un edificio que la emule afín de simbolizar el apoyo de la casa de manera que se tenga siempre presente en cualquier circunstancia de la vida.
Delante de la casa debe existir una amplia zona abierta donde no haya nada que obstaculice el horizonte. Así se representará al ave fénix rojo que traerá numerosas y buenas oportunidades a tu vida.
A la izquierda de tu casa, mirando desde ella, tendrá que haber una hilera de colinas suaves y onduladas que representarán al dragón verde, de manera que la abundancia y prosperidad se instalen en tu casa y en tu vida para siempre.
A la derecha de tu casa, deben existir unas colinas muy bajas que representen al tigre blanco que te traerá toda la protección necesaria que necesites en cualquier momento.
B) En el feng shui para interiores: en este sentido vamos ha hablar como ejemplo de cómo deberíamos tener organizado nuestro dormitorio, pero se puede hacer para cualquier parte de la casa.
La cama debe estar apoyada hacia una pared, de manera que cuando nos acostemos tengamos detrás de nuestra cabeza algo sólido que representa a la tortuga negra.
De frente deberemos dejar el mayor espacio libre posible, y si pudiéramos tendríamos a nuestro pies la puerta de la habitación. Así representamos al fénix rojo.
Mirando hacia la dirección fénix, a nuestra derecha debe estar situado el tigre blanco representado a través de muebles que sean bajos, como mesillas, sillas, etc.
Mirando hacia la dirección fénix, a nuestra izquierda debe estar situado el dragón verde representado a través de unos muebles altos como los armarios o estanterías.
LOS CINCO ELEMENTOS
En el feng shui también son muy utilizados los cinco elementos: madera, agua, fuego, metal y tierra. Éstos son imprescindibles también con respecto a la escuela de las formas a través del paisaje.
La madera: se representa a través del color verde y a ella pertenecen en el horóscopo chino el tigre y el conejo. Sus símbolos son todos aquellos elementos hechos de madera. Con respecto al paisaje la podemos localizar en colinas, y en ríos a través de la siguientes formas:
No se recomiendan para personas de signo de tierra, y si para las de fuego. Ha de estar situado detrás de la casa.
El Agua: se representa a través del color azul o el negro y a ella pertenecen en el horóscopo chino la rata y el cerdo. Sus símbolos son las fuentes y las peceras. Con respecto al paisaje la podemos localizar en colinas, y en ríos a través de la siguientes formas:
No se recomiendan para personas de signo de fuego, pero si para las de madera. Pueden estar en cualquier parte del paisaje.
El Fuego: se representa con el color rojo y a él pertenecen los signos en el horóscopo chino de serpiente y caballo. Sus símbolos son las luces brillantes. Con respecto al paisaje lo podemos localizar en colinas, y en ríos a través de la siguientes formas:
No se recomiendan para personas de signo de metal, pero si para las de tierra. Son desastrosas enfrente de la casa.
El metal: se representa con el color dorado o plateado y pertenecen a él los signos del horóscopo chino el gallo y el mono. Con respecto al paisaje lo podemos localizar en colinas, y en ríos a través de la siguientes formas:
No se recomiendan para personas de signo de madera, pero si para los de agua. No tiene problema de situación.
La tierra: se representa con el color marrón en todos sus tonos y pertenecen a ella los signos del horóscopo chino el buey, el dragón, el perro y la cabra. Con respecto al paisaje la podemos localizar en colinas, y en ríos a través de la siguientes formas:
No se recomiendan para personas de signo de agua, pero si para las de metal.
Atraer la riqueza
Los chinos, como cualquier otra civilización siempre se han preocupado por fomentar la prosperidad en su vida y en la de su familia. Por ello, gran parte del Feng Shui busca todo tipo de métodos infalibles que ayuden a activar un Chi próspero en nuestra casa o negocio de manera que se expanda a todos los campos de nuestra vida.
Como ya te dijimos en el plano de tu casa la prosperidad y riqueza está regida por el triagrama SUN que está situado al sudeste de tu casa o negocio. Es decir, aquella habitación que ocupe ese lugar en tu casa es la que fomentará un Chi positivo o negativo. Igualmente dentro de tu lugar de trabajo, incluso en tu mesa, el sudeste también representará lo mismo, así que podrás tomar las mismas medidas para activar este campo adecuadamente.
Antes de nada vamos a conocer un poco al triagrama SUN según nos lo describe el I-Ching. La traducción del nombre del triagrama significa "lo suave", y está formado por dos líneas continuas y una línea discontinua; o lo que es lo mismo, dos líneas yang y una ying. Su cualidad es "lo penetrante" y la imagen representa al viento que dispersa las semillas y frutos por toda la tierra. Esas semillas pronto crecen para volverse a esparcir, apelando también así al elemento madera, que será el que buscaremos energetizar para atraer la prosperidad. Como curiosidad también podemos decir, que el triagrama SUN representa a la primera hija de un matrimonio y por lo tanto llevará dicha cualidad.
Técnicas para activar el elemento madera pequeña
A continuación te comentaremos algunas de las posibilidades que el feng shui nos aporta para activar este elemento en la parte sudeste de tu casa, oficina, mesa de trabajo, etc. y así incentivar la prosperidad y riqueza en tu vida. Pero, hemos de decirte que realmente lo que facilitará un Chi adecuado será que vayan surgiendo muchas posibilidades, de manera que luego de tí dependerá saber aprovecharlas... Por otro lado ten cuidado en caer en un "empacho" de esta energía; recuerda que el equilibrio es lo más importante, así que no tienes porqué llevar a cabo todo lo que te comentamos aquí.
1. Con plantas: tradicionalmente como el triagrama Sun está asociado a la madera, la mejor manera de activarlo es introduciendo alguna planta en el lugar que le corresponde. Pero no puede ser cualquier planta. Para empezar deberá ser muy verde y por supuesto estar muy sana y reluciente porque si no provocaríamos el efecto contrario al que deseamos. Lo mejor son aquellas que tienen tallo de madera y hojas muy frondosas y que no sean demasiado grandes. Si puedes poner varias, también sería fabuloso. Evita situar plantas deformes o atrofiadas como los bonsáis; tampoco son muy recomendables en esta zona situar cactus, ya que las espinas son símbolo de dificultades en el camino de la prosperidad.
2. Con colores: los colores también son una buena técnica para activar los distintos elementos que favorecen un buen Chi para los ocho triagramas o directrices de una buena vida que ya hemos visto. Para el caso del triagrama Sun puede ser recomendable tener pintadas las paredes de la habitación correspondiente de verde o marrón claro. También se puede empapelar con esos colores o con formas de plantas. E incluso se pueden introducir elementos decorativos como fotografías o posters que representen paisajes de árboles y plantas.
3. Con agua: uno de los grandes principios del elemento madera es que el agua la produce y por lo tanto le beneficiará; mientras que el metal la destruye y por lo tanto será muy negativo para el Chi del triagrama Sun. Así pues, uno de los sustitutivos de las plantas puede ser una bonita pecera, cascada, fuente, agua coloreada de azul, etc. De esta manera puedes introducir también un cuadro marino en el lugar correspondiente. Escojas lo que escojas recuerda evitar cualquier adorno de metal en las zonas sudeste de tu casa.
4. Con monedas: hay un famoso dicho que dice "dinero atrae a dinero". En este sentido es la técnica que te relatamos ahora, que mirándolo detenidamente podría considerarse como cierto elemento de superstición. En este sentido el feng shui recomienda unir tres monedas con hilo rojo (el rojo es símbolo de riqueza) y pegarlas a cualquier libro o carpeta que tenga que ver con tus ingresos. Otra variante sería pegarlas en la esquina sudoeste de tu mesa de trabajo.
Estas son las técnicas más sencillas y conocidas para activar y atraer la prosperidad a tu casa y a tu vida. Cuando las pongas en práctica, el mejor indicativo de que están comenzando a funcionar es que tu vida se llene de posibilidades y cosas a realizar como ya te hemos comentado.
Para favorecer el amor
El amor es otro gran tema que ha preocupado siempre a todas las civilizaciones de todos los tiempos. El saber si encontraremos nuestra pareja ideal ha sido siempre una de las más conocidas preguntas del ser humano y por supuesto también de los chinos.
El feng shui trabaja también el ámbito amoroso ayudándote a encontrar una buena pareja y favoreciendo que las relaciones se lleven adelante adecuadamente. Incluso puede proveernos de un matrimonio maravilloso.
Como ya te dijimos en el plano de tu casa el campo del amor está regido por el triagrama KUN que está situado al sudoeste de tu casa o cualquier habitación. Es decir, aquella habitación o rincón que ocupe ese lugar en tu casa es la que fomentará un Chi positivo o negativo.
Antes de nada vamos a conocer un poco al triagrama KUN según nos lo describe el I-Ching. La traducción del nombre del triagrama significa "lo receptivo", y apela directamente al poder de la tierra y al ideal matriarcal de la familia en la que la mujer posee un papel fundamental. Está formado por tres líneas yin de manera que hace directa referencia a los aspectos femeninos y emotivos. Su símbolo más apreciado es la montaña.
Técnicas para activar el elemento tierra
A continuación te comentaremos algunas de las posibilidades que el feng shui nos aporta para activar este elemento en la parte sudoeste de tu casa, o de una habitación en concreto y así incentivar la posibilidad de un buen matrimonio o relación amorosa en tu vida. Ten cuidado en caer en un "empacho" de esta energía, pues debes recordar que el equilibrio es lo más importante, así que no tienes porqué llevar a cabo todo lo que te comentamos aquí.
1. Con gemas y piedras: el mejor elemento que activa directamente el Chi favorable en la habitación sudoeste y que por lo tanto sanea el Chi del amor son las piedras, como máximo representante del elemento tierra. Las mejores piedras en este caso serán los cristales de roca naturales, independientemente del color que posean. Valen también las lámparas de este mineral o de cristal y su símil en forma de bolitas sueltas que producen al contacto con la luz diversos colores.
2. Con colores: los colores también son una buena técnica para activar los distintos elementos que favorecen un buen Chi para los ocho triagramas o directrices de una buena vida que ya hemos visto. Para el caso del triagrama Kun puede ser recomendable tener pintadas las paredes de la habitación correspondiente de tonos rojos y anaranjados. También se puede empapelar con esos colores. E incluso se pueden introducir elementos decorativos como fotografías o posters que representen paisajes de montañas.
3. Con elementos decorativos: además de poder introducir cuadros con montañas para representar el elemento tierra, también toda la decoración realizada con cerámica es excelente para activar un buen Chi. Si la decoración es en forma de animal deberá ser siempre una pareja.
4. También es muy efectivo un cuenco con agua, piedrecillas, flores y velas flotantes que deberán encenderse todos los días. Ante todo evitar cualquier tipo de elemento decorativo que lleve madera o flores secas o muertas, si vas a combinar estos elementos procura que siempre estén vivos.
5. Y por supuesto puedes utilizar todo tipo de simbología del amor como cupidos, corazones, rosas rojas, etc...
Al margen de este tipo de actuaciones, el feng shui también a preparado unas tablas de compatibilidad entre la pareja para saber si nuestra relación o futura relación puede ser o no favorable. Para ello utilizaremos tu número Kua y el número Kua de tu. A continuación te relatamos cada número kua y sus compatibilidades. Si el número kua de tu pareja o de tu futura pareja no aparece será síntoma de que la relación no es en absoluto favorable según feng shui.
· Si tu numero Kua es el uno eres compatible con los números kua:
- el 3 te traerá mucha suerte.
- el 4 te cuidará mucho.
- el 1 te traerá felicidad.
- el 9 te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el dos eres compatible con los números kua:
- el 7 te traerá mucha suerte.
- el 8 (para los hombres) y 8 y 5 (para las mujeres) te cuidará mucho.
- el 2 y 5 (para los hombres) y 2 (para las mujeres) te traerá felicidad.
- el 6 te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el tres eres compatible con los números kua:
- el 1 te traerá mucha suerte.
- el 9 te cuidará mucho.
- el 3 te traerá felicidad.
- el 4 te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el cuatro eres compatible con los números kua:
- el 9 te traerá mucha suerte.
- el 4 te cuidará mucho.
- el 1 te traerá felicidad.
- el 3 te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el cinco eres compatible con los números kua:
- el 7 (para los hombres) y 5 (para las mujeres) te traerá mucha suerte.
- el 8 (para los hombres) y 2 (para las mujeres) te cuidará mucho.
- el 5 te traerá felicidad.
- el 6 (para los hombres) y 7 (para las mujeres) te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el seis eres compatible con los números kua:
- el 8 y; 8 y 5 (para las mujeres) te traerá mucha suerte.
- el 7 te cuidará mucho.
- el 6 te traerá felicidad.
- el 2 y 5 (para los hombres) y 2 (para las mujeres) te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el siete eres compatible con los números kua:
- el 2 y 5 (para los hombres) y 2 (para las mujeres) te traerá mucha suerte.
- el 6 te cuidará mucho.
- el 7 te traerá felicidad.
- el 8 (para los hombres) y 8 y 5 (para las mujeres) te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el ocho eres compatible con los números kua:
- el 6 te traerá mucha suerte.
- el 2 y 5 (para los hombres) y 2 (para las mujeres) te cuidará mucho.
- el 8 (para los hombres) y 8 y 5 (para las mujeres) te traerá felicidad.
- el 7 te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el nueve eres compatible con los números kua:
- el 4 te traerá mucha suerte.
- el 3 te cuidará mucho.
- el 9 te traerá felicidad.
- el 1 te dará mucho apoyo.
Energetiza tu casa
No hay nada mejor que el propio instinto del ser humano para darse cuenta de que estamos viviendo en una casa con poca o mala energía.
Las pistas suelen ser muy claras:
· Si no nos gusta estar en casa demasiado tiempo
· Si en casa no somos capaces de descansar
· Si parece que se nos viene encima
· Si estamos felices y al entrar en casa nos ponemos tristes sin razón
· Si las personas que viven en ella están siempre alteradas
· Si somos incapaces de dormir o comer en ella
· Simplemente si sentimos que algo falla
Todos estos casos son indicativos de que algo no va bien con al energía de nuestra casa, pero por supuesto, hay muchos más.
Escuchando tu casa
Para empezar, el ritmo de vida que llevamos está tan alterado que muchas veces no nos damos cuenta de que nuestra casa nos está pidiendo a gritos algún cambio. Así que lo primero que debes hacer es dedicar un buen montón de tiempo a escuchar a tu casa.
Antes de hacerlo abre todas las ventanas y limpia y ordena la casa todo lo que puedas, pues a lo mejor simplemente con un poco de orden ya consigues lo que necesitas, o quizá es que no la ventilas lo suficiente y el oxígeno no se renueva.
Después coge una libreta y un bolígrafo y ve entrando en cada una de las estancias de tu casa, incluyendo pasillos y entrada a la misma.
Haz en todas las zonas lo siguiente. Cierra los ojos y respira profundamente tres veces, después ábrelos y mira la habitación donde te encuentres. ¿Cómo te encuentras al entrar en ella? ¿Sientes que todo está bien? Ve apuntando en tu libreta todo lo que sientas incómodo en la habitación.
Esta práctica por extraña que te parezca es muy importante pues ¿realmente es tu casa un dulce hogar?
Hay personas que con sólo pararse a escuchar su casa descubren enseguida qué es lo que le falta o necesita, pero si ese no es tu caso, al menos las primeras veces que realices esta práctica aquí te daremos algunos consejos. Es importante de todos modos que te familiarices con la teoría del yin-yang pues te dará las pistas de lo que puede estar fallando en tu lugar de residencia.
Los cinco elementos
Una fórmula fácil al respecto es incluir en tu casa los cinco elementos chinos que son fuego, metal, agua, tierra y madera a través de la decoración. Pueden estar en forma de dibujos; colores de la pared o la tapicería, incluyendo las cortinas; elementos decorativos; etc.:
· Elementos que representan el fuego: las velas y la luz, ya sea natural o de lámparas. Los colores son los cálidos como los rojos y naranjas.
· Elementos que representan el metal: cualquier elemento decorativo que esté formado por él, especialmente apreciados los carillones de viento metálicos. Los colores son los metálicos, dorados, plateados o blancos.
· Elementos que representan agua: están especialmente valoradas las peceras o la decoración que aluda al mar. Los colores son el azul o el negro.
· Elementos que representan la tierra: son muy utilizadas las gemas o cuarzos. Los colores son los marrones en todos sus tonos.
· Elementos que representan la madera: especialmente interesantes las plantas que no tengan pinchos. Los colores son los verdes.
Simplemente busca la manera de introducirlos de algún modo en tu casa, sin obsesionarte con sobrecargar cada uno de ellos. Pequeños indicativos de cada uno de los elementos te permitirán energetizar tu casa correctamente.
Recuerda que si decides poner en práctica esta fórmula deberás tener siempre los cinco elementos representados de una manera equilibrada.
Cuida tu cuerpo
La salud es algo que nunca debemos olvidar de cuidar en nuestra vida. Es cierto que generalmente hay otros asuntos como el dinero y el amor que nos suelen interesar más, pero si nuestro cuerpo no está sano, poco podremos hacer para alcanzar lo que deseamos.
El feng shui también se orienta a conseguir que el Chi de tu casa circule correctamente por la zona de la salud para que los habitantes de ella no caigan enfermos y tengan una salud de hierro.
Como ya te dijimos en el plano de tu casa el campo de la salud está regido por el triagrama CHEN que está situado al este de tu casa o cualquier habitación. Es decir, aquella habitación o rincón que ocupe ese lugar en tu casa es la que fomentará un Chi positivo o negativo.
Antes de nada vamos a conocer un poco al triagrama CHEN según nos lo describe el I-Ching. La traducción del nombre del triagrama significa "el trueno", y la imagen es el movimiento del trueno que irrumpe desde las entrañas de la tierra causando una gran conmoción. Apela a la estación de la primavera donde la vida resurge y se desarrolla.
Técnicas para activar el elemento madera grande
A continuación te comentaremos algunas de las posibilidades que el feng shui nos aporta para activar este elemento en la parte este de tu casa, o de una habitación en concreto y así incentivar la posibilidad de una buena salud y larga vida. Ten cuidado en caer en un "empacho" de esta energía, pues debes recordar que el equilibrio es lo más importante, así que no tienes porqué llevar a cabo todo lo que te comentamos aquí. Evita con especial atención en el caso de la salud las flechas envenenadas.
1. Orden y limpieza: el mayor destructor del buen Chi y que por lo tanto afecta de manera negativa especialmente a la salud es el desorden o casa desarreglada. En este sentido conviene tenerla siempre muy limpia y ordenada y no permitir que haya ningún elemento estropeado dentro de casa, como tuberías atascadas, agua estancada ni cosas por el estilo. Recuerda que las tuberías son las arterias de tu casa y si alguna está estropeada sin duda te afectará muy negativamente a la salud.
2. Con plantas: la dirección este está representada por el elemento de la madera grande, lo que implica que preferentemente tendrás que utilizar plantas de gran tamaño, y si posees terreno alrededor de tu casa, unos arbolitos en esa zona vendrían de fábula. También puedes situar en la ventana una bonita maceta con plantas que den flores de colores y que sean muy sanas. Podrás incluso representar este elemento con plantas artificiales siempre y cuando sean de buen aspecto, porque recuerda que lo que estamos intentando simbolizar es una gran salubridad. Además si dispones de un cuadro que represente una paisaje frondoso o una alfombra con un dibujo de un árbol o decoración por el estilo puede ser un sustitutivo ideal a la planta real.
3. Con colores: los colores también son una buena técnica para activar los distintos elementos que favorecen un buen Chi para los ocho triagramas o directrices de una buena vida que ya hemos visto. Para el caso del triagrama Chen puede ser recomendable tener pintadas las paredes de la habitación correspondiente de verdes o marrones oscuros. También se puede empapelar con esos colores o con formas de plantas.
4. Con agua: uno de los grandes principios del elemento madera es que el agua la produce y por lo tanto le beneficiará; mientras que el metal la destruye y por lo tanto será muy negativo para el Chi del triagrama Chen. En este caso el valor simbólico de la tortuga es especialmente adecuado, así que si decides poner una pecera inclúyele alguna tortuga. De todas maneras las tortugas falsas también son adecuadas para activar el Chi de una habitación este.
5. Situación de la habitación al dormir: es fundamental dormir en nuestra dirección favorable para no caer enfermos. Además se recomienda no dormir en una habitación situada al final de un pasillo largo. El dormitorio debe tener mucha luz y ser un lugar donde pueda correr el aire fresco. Evita por todos los medios dormir debajo de baños y cocinas pues trae muy mal Chi. Consulta tu dirección propicia en las orientaciones.
DEL
FENG SHUI
Introducción
"Viento y agua" es la traducción literal del famoso arte de crear ambientes equilibrados y armoniosos en Chi (energía vital) inventado por los antiguos chinos de la región de Yantze hace más de 3000 años. Los principios básicos de este arte fueron plasmados en el Libro de los Ritos que más adelante Kung Fu-Tsé (Confucio) recogería en su I-Ching o libro de las mutaciones. Yang Yung-Sun fue el primero en realizar un manual sobre Feng Shui ya en el siglo IX d.c.
El ambiente ideal se crea aprovechando la energía que se extiende por la tierra siguiendo la dirección de los vientos, los ríos, las montañas y valles, además de analizar la situación con respecto a la esfera celeste. Así nos permite activar los efectos positivos y anular los negativos que puedan estar afectando a nuestra vivienda mediante sencillas técnicas muy relacionadas la mayoría de las veces con la decoración.
Las casas pueden estar mal diseñadas para el correcto fluir del Chi lo que puede influir directamente sobre nuestro ánimo, forma de ver las cosas, enfermedades, tensiones familiares... por ello un correcto análisis de la vivienda a través de Feng Shui sería muy importante para mejorar nuestra calidad de vida. Generalmente escogemos nuestros hábitats en función de nuestros criterios de comodidad, pero lamentablemente por ejemplo a veces un individuo tendente a estar bajo de energía escoge un lugar bajo de energía para vivir cuando debería ser al contrario, simplemente porque se siente más a gusto o porque tiene el transporte más cerca...
El Feng Shui intenta concienciarnos de que a la hora de escoger una vivienda o si ya la hemos escogido, a la hora de decorarla, no olvidemos uno de los principios universales, el Chi. Para ello los factores que se tienen en cuenta para un buen análisis suelen ser la ubicación de la vivienda, el contorno, los materiales con los que está hecha, los colores utilizados, la dirección de las ventanas y puertas, su situación frente a otros edificios, el año de nacimiento del futuro inquilino, sonidos, vigas, estructura de las habitaciones, etc.
El Feng Shui no sólo es utilizable para las casas, sino también sobre personas, para el negocio, la riqueza, ...
El Yin y el Yang
El Yin y el Yang es uno de los principios básicos de la filosofía china y por lo tanto también uno de los fundamentos más importantes del Feng Shui.
El yin-yang no representa otra cosa más que el principio de los opuestos, el equilibro que debe existir en la vida para que ésta se desarrolle armoniosamente. Porque yin sin yang no puede existir e viceversa. La luz no sería luz sin la presencia de la oscuridad, el bien no sería bien sin la existencia del mal, la nada no sería nada sin la existencia del todo, la noche no sería noche sin la presencia del día...
Por lo tanto para que nuestras vidas estén equilibradas deben estar presentes ambos elementos. Por eso el Feng Shui deja muy claro que una casa no debe ser ni demasiado Yang ni demasiado Yin, sino compartir equilibradamente ambos principios para que se vea reflejada su armonía en nuestra vida.
Si una casa es demasiado Yang o demasiado Yin es fácil caer enfermos, tener accidentes, que nos roben, andar muy alterados o deprimidos, que no llegue la prosperidad a la familia, etc...
¿Cómo es una casa o habitación demasiado Yang?
· Que esté recibiendo luz o calor durante todo el día. Vivir cerca de fábricas o tendidos eléctricos convierten a tu casa en Yang automáticamente.
· Estar escuchando música ruidosa continuamente.
· Al pasar prácticamente todo el día en una habitación determinada sin dejarla descansar se le da exceso de Yang.
· Presencia sólo de colores cálidos como amarillos, cremas, rojos, anaranjados. Y también el blanco se consideran yang, así que no conviene abusar.
· Que tenga muchas lámparas, velas o elementos que den mucha luz.
· Que esté sobre aireada con las ventanas todo el día abiertas.
· Que tenga muchas plantas.
Remedios:
· Introducir colores fríos como las tonalidades azules, negros, plateados o grises. Pintando las paredes de esos colores o introduciendo elementos decorativos que los tengan.
· Evitar demasiado ruido o crear música relajante.
· Introducir agua en la decoración en copas, boles, peceras o lo que se te ocurra. Procura que sea siempre un agua limpia, que si quieres puedes colorear de azul. Mejor todavía si no es del grifo sino de manantial.
· Puedes poner cuadros que tengan pintados ríos, lagos o representen atardeceres.
· No pasarse con las plantas.
· Rellenar aquellos lugares que estén demasiado vacíos o que tengan mucho espacio.
¿Cómo es una casa o habitación demasiado Yin?
· Lugares que no reciban demasiada luz, especialmente los interiores.
· Una casa excesivamente silenciosa o pocas veces habitada.
· Vivir cerca de lugares asociados a la muerte.
· Presencia absoluta de colores fríos u oscuros como las tonalidades del azul, grises y negros.
· Poco aireada.
· Lugares muy estrechos y llenos de cosas.
Remedios:
· Introducir colores cálidos como las tonalidades rojo, naranja, cremas, amarillos, dorados... Pintando las paredes de esos colores o introduciendo elementos decorativos que los tengan.
· Poner música alegre como los ritmos latinos.
· Introducir el elemento fuego en forma de velas encendidas durante buena parte del tiempo.
· Situar lámparas encendidas en lugares que estén muy sombríos.
· Colocar cuadros que sean de los colores indicados, o que representen amaneceres.
· Situar móviles o campanillas en el techo.
· Airea con frecuencia la casa o la habitación.
· Introduce elementos que representen a la tierra como cuarzos o cualquier otro mineral.
· Procurar hacer espacio y deshacernos de cosas viejas que estén estorbando.
· Introducir plantas.
Las orientaciones
En Feng Shui existen varias escuelas que utilizan determinadas fórmulas para conseguir que nuestra casa se favorezca de un Chi armonioso. Hoy vamos a hablar de la escuela de la Brújula.
Esta escuela utiliza una serie de fórmulas muy concretas para aplicar a través de una brújula y descubrir cuáles son nuestras orientaciones o direcciones de nuestro edificio, habitaciones, muebles, ... etc. propicias y cuáles no lo son. Para ello existen unas fórmulas que nos hablan de qué direcciones son las adecuadas a nivel personal, y otras que nos hablan, a través de unas tablas muy complejas, de qué direcciones son las favorecidas a lo largo del año.
Aquí vamos a aprender a calcular cuales son tus direcciones favorables y desfavorables a nivel global y qué deberíamos hacer en función de ellas.
En este sentido hay que empezar por tener en cuenta que el Feng Shui utiliza básicamente las ocho direcciones posibles (N, NO, NE, S, SO, SE, E, O) correspondientes a los ocho triagramas del I-Ching. Para situar estas direcciones y clarificarlas con respecto a tu casa, se ha creado el llamado cuadrado mágico o cuadrícula Lo Shu, que te servirá de plantilla.
Bien, lo primero que debemos hacer entonces es descubrir cuáles son nuestras direcciones personales. Para ello haremos unos cálculos que darán a lugar un número llamado Kua. En función de este número veremos si pertenecemos al grupo occidental o al grupo oriental, y en función del grupo veremos por fin nuestras direcciones.
El cálculo del número Kua
Este cálculo es distinto para hombres que para mujeres, así que según te corresponda sigue la siguiente fórmula:
· Para el hombre: escribe las dos últimas cifras de tu año de nacimiento, después súmalas hasta reducir el resultado a un sólo dígito. Es decir, si al sumar te da un número superior a diez como por ejemplo el 21, tendrás que sumar el 2+1=3. Después resta el número que te ha dado al 10. El número resultante es tu número Kua.
Supongamos un hombre que ha nacido en 1947. Escribirá en el papel la cifra 47, después la sumará 4+7=11, tendrá que volver a sumar para reducir la cifra a un sólo número 1+1=2. Después ejecutará la resta 10-2=8. El número ocho es su número Kua.
Existe una excepción en este caso. Si tu número Kua es el 5, deberás usar el 2.
· Para la mujer: escribe las dos últimas cifras de tu año de nacimiento, después súmalas hasta reducir el resultado a un sólo dígito. Es decir, si al sumar te da un número superior a diez como por ejemplo el 21, tendrás que sumar el 2+1=3. Después suma al número que te ha dado un 5. El número resultante es tu número Kua.
Supongamos una mujer que ha nacido en 1970. Escribirá en el papel la cifra 70, después la sumará 7+0=7. Como ya tiene un sólo dígito pasaremos a la siguiente operación, sumarle un 5. 7+5=12. Como le ha quedado un número de dos dígitos tendremos que reducirlo a uno, 1+2=3. Así pues el 3 es su número Kua.
Existe una excepción en este caso. Si tu número Kua es el 5, deberás usar el 8.
Ahora que ya tenemos nuestro número Kua comprobaremos a qué grupo pertenecemos y cuales son nuestras direcciones favorables y desfavorables:
Grupos
· Grupo occidental: pertenecen a este grupo los individuos cuyos números Kua sean 2, 6, 7, u 8.
· Las direcciones favorables son: O, S0, NO, NE. Las direcciones desfavorables son: E, SE, N, S.
· Grupo oriental: pertenecen a este grupo los individuos cuyos números Kua sean 1, 4, o 9.
· Las direcciones favorables son: E, SE, N, S.Las direcciones desfavorables son: O, S0, NO, NE.
Hay que decir que dentro de las direcciones favorables, hay una que nos es más propicia. Ella es la correspondiente al orden de nuestro número Kua. Ejemplo: si nuestro número Kua es el 3, pertenecemos al grupo oriental donde la dirección más propicia nos es el SE. Si nuestro número Kua es el 8, pertenecemos al grupo occidental, donde la dirección más propicia para nosotros será el NE.
El cuadrado mágico
Una vez que ya sabemos cuales son las direcciones más favorables y menos favorables para nosotros en nuestra casa, edificio, o habitaciones, etc... seguiremos la plantilla del cuadrado mágico de abajo de la siguiente manera:
Realizaremos un dibujo de la planta de nuestra casa o nuestra habitación o lo que queramos mirar. El centro de la casa o de la habitación, corresponderá al centro del cuadrado, y dividiremos el lugar en una cuadrícula como la de la plantilla. Una vez hecho esto, con la ayuda de una brújula y situándonos en el centro de la casa o habitación comprobaremos qué lugares nos son propicios y cuáles no.
Consejos
· Orientar nuestra puerta principal a nuestras orientaciones favorables.
· Evitar realizar ningún tipo de trabajo o responsabilidad hacia nuestras orientaciones desfavorables. Procura no tener la mesa de tu despacho o de estudio hacia ellas, sino hacia las favorables.
· Evita dormir con tu cabeza hacia una de tus orientaciones desfavorables.
· Procura hacer todas las actividades diarias hacia tus orientaciones favorables.
Las flechas envenenadas
Aunque tu casa pueda estar situada de la manera más armoniosa posible para ti, nunca se está a salvo de la energía de una flecha envenenada. Las flechas envenenadas son energías con forma de punta o aguja que pueden recaer en tu casa provenientes tanto del exterior como del interior de ella. Esa energía es tan negativa que puede estar exponiendo tu vida a numerosas desgracias hasta que no la apartes de ti. Especialmente si esa flecha recae sobre tu puerta principal que es la base de tu casa.
Pero ahora vamos a ver de dónde pueden venir esas flechas envenenadas.
DEL EXTERIOR
A niveles generales tendrás una flecha envenenada cuando delante de tu casa, ya sea en dirección a tu puerta principal o hacia una gran ventana haya cualquier estructura de tipo punta, como una torre:
· Los campanarios de una iglesia
· El tejado en punta de tu vecino de enfrente.
· Vivir cerca de tendidos o cables de electricidad.
· Que haya cerca de ti árboles muy picudos.
· Vivir cerca de pasos a nivel de carretera.
· Vivir al final de un tramo recto de carretera.
· Estar expuesto al borde de cualquier edificio.
· Tener la casa situada como en alguno de los ejemplos siguientes:
Posibles soluciones
· La mejor solución para casos así es utilizar un espejo Pa Kua que desviará toda la energía que esté recibiendo tu casa. Si puedes disponer de él, sitúalo justo en el punto donde se está recibiendo la energía. El espejo Pa Kua es un espejo que dispone de los ocho triagramas del I-ching, que pueden estar dibujados o escrito cada uno de sus nombres.
· Sitúa una línea de plantas lo suficientemente frondosas para que puedan disipar la energía negativa.
· Si puedes construye un muro que interrumpa la dirección de la flecha.
· Pon unas cortinas gruesas en aquellas ventanas que estén recibiendo la flecha.
· También puedes utilizar un biombo.
DEL INTERIOR
Uno no está a salvo tampoco de las flechas envenenadas dentro de casa. Las flechas más comunes en este sentido suelen ser aquellas vigas que interrumpen la armonía de la habitación. Puede que estén en el techo, en cuyo caso lo mejor es colgar de la misma algún carillón o móvil. Pero también pueden estar en cualquier habitación sobresaliendo de las paredes impidiendo que éstas formen un cuadrado regular.
Posibles soluciones
En este sentido se puede utilizar diferentes métodos para evitar que la viga nos cree energía negativa:
· Poner una lámpara o candelabro donde sobresale la viga. Es decir, crear efectos lumínicos.
· Poner una planta con bastantes hojas donde sobresale la viga.
· Tapar la viga con espejos de manera que de, al quedar cubierta, la sensación de que la habitación es de planta regular.
· Situar cristales de cuarzo donde sobresale la viga.
· Tapar la viga con un bonito biombo.
A modo de ejemplo suele se muy típico que aquellos restaurantes chinos que están situados en un lugar típico de una flecha venenosa tengan en sus entradas una especie de cobertores en forma de V dirigiendo la punta hacia el lugar donde proviene la flecha, para evitar que les dé de lleno.
El plano de tu casa
En Feng Shui cobran vital importancia los ocho triagramas del I-Ching o filosofía china. Por ello hasta ahora hemos estado viendo que estaban presentes de alguna manera. Pero quizá en esta lección es donde cobran la mayor relevancia, pues se ponen en práctica directa sus principios.
Los chinos tienen un concepto de la prosperidad y felicidad de la vida basado en ocho directrices muy claras, derivadas de los ocho triagramas:
1. Alcanzar la prosperidad económica.
2. Conseguir un matrimonio feliz y duradero.
3. Obtener una buena salud y larga vida.
4. Trabajo próspero donde se pueda mejorar.
5. Obtener el respeto y buena fama de los que nos rodean.
6. Que los hijos salgan afortunados.
7. Amistades influyentes y serviciales.
8. Alcanzar una importante sabiduría y estudios.
Para favorecer la buena consecución en nuestra vida de estas directrices o pautas para la felicidad han trazado un plano por donde pasa el Chi que activará cada campo para descubrir si en nuestra casa falta alguno de ellos o está a medias. Para ello necesitarás trazar el plano de tu casa lo mejor posible sobre el siguiente cuadrado de nueve casillas:
Como puedes observar en este plano están reflejados los ocho campos con su correspondiente triagrama. Una vez que lo hayas trazado comprobarás en qué estado se encuentra tu casa. Las casas por lo general suelen ser irregulares, por lo que lo más seguro es que descubras que te falta algún campo o que está distribuido sólo a medias. En ese caso será cuando deberás remediar el Chi que no fluye por allí. Aquí te presentamos algunos ejemplos de casas con falta de algunos de los campos:
Si te fijas con atención en todos ellos falta cubrir algunos campos. Por ejemplo el primero de la izquierda no cubre ni los estudios ni los buenos amigos; el de la derecha (uno de los más catastróficos) no cubre ni la prosperidad, ni un buen matrimonio, ni hijos afortunados, ni buenos amigos; el de abajo a la izquierda no cubre la prosperidad en el trabajo, etc.
Si descubres que tu casa sufre de alguno de estos problemas o que también le falta o cubre a medias uno de los campos puedes recurrir a los siguientes remedios en la zona más cercana a lo que falta como ya venimos mencionando en otras lecciones:
1. Colgar del techo unas campanillas o un móvil de metal.
2. Situar una planta frondosa y sana.
3. Colocar una lámpara o velas.
4. Utilizar cristales de cuarzo.
5. Que entre mucha luz y esté muy ventilado.
6. Colgar un espejo Pa Kua.
Es muy importante también que aquellas habitaciones que estén situadas adecuadamente en el plano estén limpias y ordenadas para que el Chi fluya correctamente por ellas. De nada nos serviría tener cubierto el campo de la prosperidad en el trabajo si por ejemplo lo tenemos con demasiado yin, o está sucio o desordenado. El hecho de que los campos del plano aparezcan en la forma de nuestra casa nos permitirá recargarlos energéticamente para aprovechar al máximo sus características, para favorecer la atracción de la felicidad a nuestra vida.
La escuela de las formas
Además de la escuela de la brújula que ya hemos estudiado, también existe otra escuela muy famosa que se llama "la escuela de las formas". En esta escuela se aprende a observar el entorno de nuestra casa o edificio y también nos ayuda a organizar mejor nuestras habitaciones (aquí como ejemplo hablaremos de cómo debe ser el dormitorio).
En este sentido tendremos que hablar de diferentes símbolos típicos del feng shui como son los cuatro animales celestes y los cinco elementos.
LOS CUATRO ANIMALES CELESTES
Estos son cuatro animales muy apreciados en estas artes y que representan una serie de características a conseguir con su presencia:
La tortuga negra: como su nombre indica es simbolizado a través de una tortuga de color negro. Representa la seguridad y el apoyo en la vida.
El tigre blanco: como su nombre indica es simbolizado a través de un tigre de color blanco. Representa la protección en la vida.
El ave fénix rojo: como su nombre indica es simbolizado a través de un ave fénix de color rojo como el fuego. Representa las buenas oportunidades que puedan surgir en la vida.
El dragón verde: como su nombre indica es simbolizado a través de un dragón de color verde. Representa la abundancia y la prosperidad en la vida. Es muy típico encontrarlos en los restaurantes chinos como decoración.
Bien, hay dos maneras de utilizar la simbología de estos cuatro animales:
A) En el feng shui del paisaje: en este sentido se equiparan los cuatro animales con las cuatro direcciones hacia las que esté orientada tu casa y se mide cómo es el paisaje que la rodea. El ideal del feng shui para una orientación perfectamente favorable en este sentido es de la siguiente manera.
Detrás de la casa ha de estar representada la tortuga negra a modo de una gran colina o un edificio que la emule afín de simbolizar el apoyo de la casa de manera que se tenga siempre presente en cualquier circunstancia de la vida.
Delante de la casa debe existir una amplia zona abierta donde no haya nada que obstaculice el horizonte. Así se representará al ave fénix rojo que traerá numerosas y buenas oportunidades a tu vida.
A la izquierda de tu casa, mirando desde ella, tendrá que haber una hilera de colinas suaves y onduladas que representarán al dragón verde, de manera que la abundancia y prosperidad se instalen en tu casa y en tu vida para siempre.
A la derecha de tu casa, deben existir unas colinas muy bajas que representen al tigre blanco que te traerá toda la protección necesaria que necesites en cualquier momento.
B) En el feng shui para interiores: en este sentido vamos ha hablar como ejemplo de cómo deberíamos tener organizado nuestro dormitorio, pero se puede hacer para cualquier parte de la casa.
La cama debe estar apoyada hacia una pared, de manera que cuando nos acostemos tengamos detrás de nuestra cabeza algo sólido que representa a la tortuga negra.
De frente deberemos dejar el mayor espacio libre posible, y si pudiéramos tendríamos a nuestro pies la puerta de la habitación. Así representamos al fénix rojo.
Mirando hacia la dirección fénix, a nuestra derecha debe estar situado el tigre blanco representado a través de muebles que sean bajos, como mesillas, sillas, etc.
Mirando hacia la dirección fénix, a nuestra izquierda debe estar situado el dragón verde representado a través de unos muebles altos como los armarios o estanterías.
LOS CINCO ELEMENTOS
En el feng shui también son muy utilizados los cinco elementos: madera, agua, fuego, metal y tierra. Éstos son imprescindibles también con respecto a la escuela de las formas a través del paisaje.
La madera: se representa a través del color verde y a ella pertenecen en el horóscopo chino el tigre y el conejo. Sus símbolos son todos aquellos elementos hechos de madera. Con respecto al paisaje la podemos localizar en colinas, y en ríos a través de la siguientes formas:
No se recomiendan para personas de signo de tierra, y si para las de fuego. Ha de estar situado detrás de la casa.
El Agua: se representa a través del color azul o el negro y a ella pertenecen en el horóscopo chino la rata y el cerdo. Sus símbolos son las fuentes y las peceras. Con respecto al paisaje la podemos localizar en colinas, y en ríos a través de la siguientes formas:
No se recomiendan para personas de signo de fuego, pero si para las de madera. Pueden estar en cualquier parte del paisaje.
El Fuego: se representa con el color rojo y a él pertenecen los signos en el horóscopo chino de serpiente y caballo. Sus símbolos son las luces brillantes. Con respecto al paisaje lo podemos localizar en colinas, y en ríos a través de la siguientes formas:
No se recomiendan para personas de signo de metal, pero si para las de tierra. Son desastrosas enfrente de la casa.
El metal: se representa con el color dorado o plateado y pertenecen a él los signos del horóscopo chino el gallo y el mono. Con respecto al paisaje lo podemos localizar en colinas, y en ríos a través de la siguientes formas:
No se recomiendan para personas de signo de madera, pero si para los de agua. No tiene problema de situación.
La tierra: se representa con el color marrón en todos sus tonos y pertenecen a ella los signos del horóscopo chino el buey, el dragón, el perro y la cabra. Con respecto al paisaje la podemos localizar en colinas, y en ríos a través de la siguientes formas:
No se recomiendan para personas de signo de agua, pero si para las de metal.
Atraer la riqueza
Los chinos, como cualquier otra civilización siempre se han preocupado por fomentar la prosperidad en su vida y en la de su familia. Por ello, gran parte del Feng Shui busca todo tipo de métodos infalibles que ayuden a activar un Chi próspero en nuestra casa o negocio de manera que se expanda a todos los campos de nuestra vida.
Como ya te dijimos en el plano de tu casa la prosperidad y riqueza está regida por el triagrama SUN que está situado al sudeste de tu casa o negocio. Es decir, aquella habitación que ocupe ese lugar en tu casa es la que fomentará un Chi positivo o negativo. Igualmente dentro de tu lugar de trabajo, incluso en tu mesa, el sudeste también representará lo mismo, así que podrás tomar las mismas medidas para activar este campo adecuadamente.
Antes de nada vamos a conocer un poco al triagrama SUN según nos lo describe el I-Ching. La traducción del nombre del triagrama significa "lo suave", y está formado por dos líneas continuas y una línea discontinua; o lo que es lo mismo, dos líneas yang y una ying. Su cualidad es "lo penetrante" y la imagen representa al viento que dispersa las semillas y frutos por toda la tierra. Esas semillas pronto crecen para volverse a esparcir, apelando también así al elemento madera, que será el que buscaremos energetizar para atraer la prosperidad. Como curiosidad también podemos decir, que el triagrama SUN representa a la primera hija de un matrimonio y por lo tanto llevará dicha cualidad.
Técnicas para activar el elemento madera pequeña
A continuación te comentaremos algunas de las posibilidades que el feng shui nos aporta para activar este elemento en la parte sudeste de tu casa, oficina, mesa de trabajo, etc. y así incentivar la prosperidad y riqueza en tu vida. Pero, hemos de decirte que realmente lo que facilitará un Chi adecuado será que vayan surgiendo muchas posibilidades, de manera que luego de tí dependerá saber aprovecharlas... Por otro lado ten cuidado en caer en un "empacho" de esta energía; recuerda que el equilibrio es lo más importante, así que no tienes porqué llevar a cabo todo lo que te comentamos aquí.
1. Con plantas: tradicionalmente como el triagrama Sun está asociado a la madera, la mejor manera de activarlo es introduciendo alguna planta en el lugar que le corresponde. Pero no puede ser cualquier planta. Para empezar deberá ser muy verde y por supuesto estar muy sana y reluciente porque si no provocaríamos el efecto contrario al que deseamos. Lo mejor son aquellas que tienen tallo de madera y hojas muy frondosas y que no sean demasiado grandes. Si puedes poner varias, también sería fabuloso. Evita situar plantas deformes o atrofiadas como los bonsáis; tampoco son muy recomendables en esta zona situar cactus, ya que las espinas son símbolo de dificultades en el camino de la prosperidad.
2. Con colores: los colores también son una buena técnica para activar los distintos elementos que favorecen un buen Chi para los ocho triagramas o directrices de una buena vida que ya hemos visto. Para el caso del triagrama Sun puede ser recomendable tener pintadas las paredes de la habitación correspondiente de verde o marrón claro. También se puede empapelar con esos colores o con formas de plantas. E incluso se pueden introducir elementos decorativos como fotografías o posters que representen paisajes de árboles y plantas.
3. Con agua: uno de los grandes principios del elemento madera es que el agua la produce y por lo tanto le beneficiará; mientras que el metal la destruye y por lo tanto será muy negativo para el Chi del triagrama Sun. Así pues, uno de los sustitutivos de las plantas puede ser una bonita pecera, cascada, fuente, agua coloreada de azul, etc. De esta manera puedes introducir también un cuadro marino en el lugar correspondiente. Escojas lo que escojas recuerda evitar cualquier adorno de metal en las zonas sudeste de tu casa.
4. Con monedas: hay un famoso dicho que dice "dinero atrae a dinero". En este sentido es la técnica que te relatamos ahora, que mirándolo detenidamente podría considerarse como cierto elemento de superstición. En este sentido el feng shui recomienda unir tres monedas con hilo rojo (el rojo es símbolo de riqueza) y pegarlas a cualquier libro o carpeta que tenga que ver con tus ingresos. Otra variante sería pegarlas en la esquina sudoeste de tu mesa de trabajo.
Estas son las técnicas más sencillas y conocidas para activar y atraer la prosperidad a tu casa y a tu vida. Cuando las pongas en práctica, el mejor indicativo de que están comenzando a funcionar es que tu vida se llene de posibilidades y cosas a realizar como ya te hemos comentado.
Para favorecer el amor
El amor es otro gran tema que ha preocupado siempre a todas las civilizaciones de todos los tiempos. El saber si encontraremos nuestra pareja ideal ha sido siempre una de las más conocidas preguntas del ser humano y por supuesto también de los chinos.
El feng shui trabaja también el ámbito amoroso ayudándote a encontrar una buena pareja y favoreciendo que las relaciones se lleven adelante adecuadamente. Incluso puede proveernos de un matrimonio maravilloso.
Como ya te dijimos en el plano de tu casa el campo del amor está regido por el triagrama KUN que está situado al sudoeste de tu casa o cualquier habitación. Es decir, aquella habitación o rincón que ocupe ese lugar en tu casa es la que fomentará un Chi positivo o negativo.
Antes de nada vamos a conocer un poco al triagrama KUN según nos lo describe el I-Ching. La traducción del nombre del triagrama significa "lo receptivo", y apela directamente al poder de la tierra y al ideal matriarcal de la familia en la que la mujer posee un papel fundamental. Está formado por tres líneas yin de manera que hace directa referencia a los aspectos femeninos y emotivos. Su símbolo más apreciado es la montaña.
Técnicas para activar el elemento tierra
A continuación te comentaremos algunas de las posibilidades que el feng shui nos aporta para activar este elemento en la parte sudoeste de tu casa, o de una habitación en concreto y así incentivar la posibilidad de un buen matrimonio o relación amorosa en tu vida. Ten cuidado en caer en un "empacho" de esta energía, pues debes recordar que el equilibrio es lo más importante, así que no tienes porqué llevar a cabo todo lo que te comentamos aquí.
1. Con gemas y piedras: el mejor elemento que activa directamente el Chi favorable en la habitación sudoeste y que por lo tanto sanea el Chi del amor son las piedras, como máximo representante del elemento tierra. Las mejores piedras en este caso serán los cristales de roca naturales, independientemente del color que posean. Valen también las lámparas de este mineral o de cristal y su símil en forma de bolitas sueltas que producen al contacto con la luz diversos colores.
2. Con colores: los colores también son una buena técnica para activar los distintos elementos que favorecen un buen Chi para los ocho triagramas o directrices de una buena vida que ya hemos visto. Para el caso del triagrama Kun puede ser recomendable tener pintadas las paredes de la habitación correspondiente de tonos rojos y anaranjados. También se puede empapelar con esos colores. E incluso se pueden introducir elementos decorativos como fotografías o posters que representen paisajes de montañas.
3. Con elementos decorativos: además de poder introducir cuadros con montañas para representar el elemento tierra, también toda la decoración realizada con cerámica es excelente para activar un buen Chi. Si la decoración es en forma de animal deberá ser siempre una pareja.
4. También es muy efectivo un cuenco con agua, piedrecillas, flores y velas flotantes que deberán encenderse todos los días. Ante todo evitar cualquier tipo de elemento decorativo que lleve madera o flores secas o muertas, si vas a combinar estos elementos procura que siempre estén vivos.
5. Y por supuesto puedes utilizar todo tipo de simbología del amor como cupidos, corazones, rosas rojas, etc...
Al margen de este tipo de actuaciones, el feng shui también a preparado unas tablas de compatibilidad entre la pareja para saber si nuestra relación o futura relación puede ser o no favorable. Para ello utilizaremos tu número Kua y el número Kua de tu. A continuación te relatamos cada número kua y sus compatibilidades. Si el número kua de tu pareja o de tu futura pareja no aparece será síntoma de que la relación no es en absoluto favorable según feng shui.
· Si tu numero Kua es el uno eres compatible con los números kua:
- el 3 te traerá mucha suerte.
- el 4 te cuidará mucho.
- el 1 te traerá felicidad.
- el 9 te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el dos eres compatible con los números kua:
- el 7 te traerá mucha suerte.
- el 8 (para los hombres) y 8 y 5 (para las mujeres) te cuidará mucho.
- el 2 y 5 (para los hombres) y 2 (para las mujeres) te traerá felicidad.
- el 6 te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el tres eres compatible con los números kua:
- el 1 te traerá mucha suerte.
- el 9 te cuidará mucho.
- el 3 te traerá felicidad.
- el 4 te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el cuatro eres compatible con los números kua:
- el 9 te traerá mucha suerte.
- el 4 te cuidará mucho.
- el 1 te traerá felicidad.
- el 3 te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el cinco eres compatible con los números kua:
- el 7 (para los hombres) y 5 (para las mujeres) te traerá mucha suerte.
- el 8 (para los hombres) y 2 (para las mujeres) te cuidará mucho.
- el 5 te traerá felicidad.
- el 6 (para los hombres) y 7 (para las mujeres) te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el seis eres compatible con los números kua:
- el 8 y; 8 y 5 (para las mujeres) te traerá mucha suerte.
- el 7 te cuidará mucho.
- el 6 te traerá felicidad.
- el 2 y 5 (para los hombres) y 2 (para las mujeres) te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el siete eres compatible con los números kua:
- el 2 y 5 (para los hombres) y 2 (para las mujeres) te traerá mucha suerte.
- el 6 te cuidará mucho.
- el 7 te traerá felicidad.
- el 8 (para los hombres) y 8 y 5 (para las mujeres) te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el ocho eres compatible con los números kua:
- el 6 te traerá mucha suerte.
- el 2 y 5 (para los hombres) y 2 (para las mujeres) te cuidará mucho.
- el 8 (para los hombres) y 8 y 5 (para las mujeres) te traerá felicidad.
- el 7 te dará mucho apoyo.
· Si tu numero Kua es el nueve eres compatible con los números kua:
- el 4 te traerá mucha suerte.
- el 3 te cuidará mucho.
- el 9 te traerá felicidad.
- el 1 te dará mucho apoyo.
Energetiza tu casa
No hay nada mejor que el propio instinto del ser humano para darse cuenta de que estamos viviendo en una casa con poca o mala energía.
Las pistas suelen ser muy claras:
· Si no nos gusta estar en casa demasiado tiempo
· Si en casa no somos capaces de descansar
· Si parece que se nos viene encima
· Si estamos felices y al entrar en casa nos ponemos tristes sin razón
· Si las personas que viven en ella están siempre alteradas
· Si somos incapaces de dormir o comer en ella
· Simplemente si sentimos que algo falla
Todos estos casos son indicativos de que algo no va bien con al energía de nuestra casa, pero por supuesto, hay muchos más.
Escuchando tu casa
Para empezar, el ritmo de vida que llevamos está tan alterado que muchas veces no nos damos cuenta de que nuestra casa nos está pidiendo a gritos algún cambio. Así que lo primero que debes hacer es dedicar un buen montón de tiempo a escuchar a tu casa.
Antes de hacerlo abre todas las ventanas y limpia y ordena la casa todo lo que puedas, pues a lo mejor simplemente con un poco de orden ya consigues lo que necesitas, o quizá es que no la ventilas lo suficiente y el oxígeno no se renueva.
Después coge una libreta y un bolígrafo y ve entrando en cada una de las estancias de tu casa, incluyendo pasillos y entrada a la misma.
Haz en todas las zonas lo siguiente. Cierra los ojos y respira profundamente tres veces, después ábrelos y mira la habitación donde te encuentres. ¿Cómo te encuentras al entrar en ella? ¿Sientes que todo está bien? Ve apuntando en tu libreta todo lo que sientas incómodo en la habitación.
Esta práctica por extraña que te parezca es muy importante pues ¿realmente es tu casa un dulce hogar?
Hay personas que con sólo pararse a escuchar su casa descubren enseguida qué es lo que le falta o necesita, pero si ese no es tu caso, al menos las primeras veces que realices esta práctica aquí te daremos algunos consejos. Es importante de todos modos que te familiarices con la teoría del yin-yang pues te dará las pistas de lo que puede estar fallando en tu lugar de residencia.
Los cinco elementos
Una fórmula fácil al respecto es incluir en tu casa los cinco elementos chinos que son fuego, metal, agua, tierra y madera a través de la decoración. Pueden estar en forma de dibujos; colores de la pared o la tapicería, incluyendo las cortinas; elementos decorativos; etc.:
· Elementos que representan el fuego: las velas y la luz, ya sea natural o de lámparas. Los colores son los cálidos como los rojos y naranjas.
· Elementos que representan el metal: cualquier elemento decorativo que esté formado por él, especialmente apreciados los carillones de viento metálicos. Los colores son los metálicos, dorados, plateados o blancos.
· Elementos que representan agua: están especialmente valoradas las peceras o la decoración que aluda al mar. Los colores son el azul o el negro.
· Elementos que representan la tierra: son muy utilizadas las gemas o cuarzos. Los colores son los marrones en todos sus tonos.
· Elementos que representan la madera: especialmente interesantes las plantas que no tengan pinchos. Los colores son los verdes.
Simplemente busca la manera de introducirlos de algún modo en tu casa, sin obsesionarte con sobrecargar cada uno de ellos. Pequeños indicativos de cada uno de los elementos te permitirán energetizar tu casa correctamente.
Recuerda que si decides poner en práctica esta fórmula deberás tener siempre los cinco elementos representados de una manera equilibrada.
Cuida tu cuerpo
La salud es algo que nunca debemos olvidar de cuidar en nuestra vida. Es cierto que generalmente hay otros asuntos como el dinero y el amor que nos suelen interesar más, pero si nuestro cuerpo no está sano, poco podremos hacer para alcanzar lo que deseamos.
El feng shui también se orienta a conseguir que el Chi de tu casa circule correctamente por la zona de la salud para que los habitantes de ella no caigan enfermos y tengan una salud de hierro.
Como ya te dijimos en el plano de tu casa el campo de la salud está regido por el triagrama CHEN que está situado al este de tu casa o cualquier habitación. Es decir, aquella habitación o rincón que ocupe ese lugar en tu casa es la que fomentará un Chi positivo o negativo.
Antes de nada vamos a conocer un poco al triagrama CHEN según nos lo describe el I-Ching. La traducción del nombre del triagrama significa "el trueno", y la imagen es el movimiento del trueno que irrumpe desde las entrañas de la tierra causando una gran conmoción. Apela a la estación de la primavera donde la vida resurge y se desarrolla.
Técnicas para activar el elemento madera grande
A continuación te comentaremos algunas de las posibilidades que el feng shui nos aporta para activar este elemento en la parte este de tu casa, o de una habitación en concreto y así incentivar la posibilidad de una buena salud y larga vida. Ten cuidado en caer en un "empacho" de esta energía, pues debes recordar que el equilibrio es lo más importante, así que no tienes porqué llevar a cabo todo lo que te comentamos aquí. Evita con especial atención en el caso de la salud las flechas envenenadas.
1. Orden y limpieza: el mayor destructor del buen Chi y que por lo tanto afecta de manera negativa especialmente a la salud es el desorden o casa desarreglada. En este sentido conviene tenerla siempre muy limpia y ordenada y no permitir que haya ningún elemento estropeado dentro de casa, como tuberías atascadas, agua estancada ni cosas por el estilo. Recuerda que las tuberías son las arterias de tu casa y si alguna está estropeada sin duda te afectará muy negativamente a la salud.
2. Con plantas: la dirección este está representada por el elemento de la madera grande, lo que implica que preferentemente tendrás que utilizar plantas de gran tamaño, y si posees terreno alrededor de tu casa, unos arbolitos en esa zona vendrían de fábula. También puedes situar en la ventana una bonita maceta con plantas que den flores de colores y que sean muy sanas. Podrás incluso representar este elemento con plantas artificiales siempre y cuando sean de buen aspecto, porque recuerda que lo que estamos intentando simbolizar es una gran salubridad. Además si dispones de un cuadro que represente una paisaje frondoso o una alfombra con un dibujo de un árbol o decoración por el estilo puede ser un sustitutivo ideal a la planta real.
3. Con colores: los colores también son una buena técnica para activar los distintos elementos que favorecen un buen Chi para los ocho triagramas o directrices de una buena vida que ya hemos visto. Para el caso del triagrama Chen puede ser recomendable tener pintadas las paredes de la habitación correspondiente de verdes o marrones oscuros. También se puede empapelar con esos colores o con formas de plantas.
4. Con agua: uno de los grandes principios del elemento madera es que el agua la produce y por lo tanto le beneficiará; mientras que el metal la destruye y por lo tanto será muy negativo para el Chi del triagrama Chen. En este caso el valor simbólico de la tortuga es especialmente adecuado, así que si decides poner una pecera inclúyele alguna tortuga. De todas maneras las tortugas falsas también son adecuadas para activar el Chi de una habitación este.
5. Situación de la habitación al dormir: es fundamental dormir en nuestra dirección favorable para no caer enfermos. Además se recomienda no dormir en una habitación situada al final de un pasillo largo. El dormitorio debe tener mucha luz y ser un lugar donde pueda correr el aire fresco. Evita por todos los medios dormir debajo de baños y cocinas pues trae muy mal Chi. Consulta tu dirección propicia en las orientaciones.
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