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martes, 12 de agosto de 2008

2º parte -- THE RING -- TERROR JAPONES -- KUJI SUZUKI

2º parte -- THE RING -- TERROR JAPONES -- KUJI SUZUKI
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—Después de que te fueras ayer empecé a examinar otras escenas
además de la del bebé. Para ver si también tenían instantes en negro.
Y, oh maravilla, también los tenían las escenas tres, cuatro, ocho, diez y
once.
—La siguiente columna dice «real» y «abstracto». ¿Qué quiere
decir eso?
—Podemos dividir grosso modo las doce escenas en esas dos
categorías. Están las escenas abstractas, las que son como escenas de
la imaginación, son lo que supongo que podemos llamar paisajes
mentales. Las reales son cosas que existen en realidad, que se pueden
ver con los ojos. Así es como las he dividido.
Ryuji hizo una breve pausa.
—Ahora mira el esquema. ¿Ves algo?
—Bueno, el telón negro solamente aparece en las escenas
«reales».
—Cierto. Absolutamente cierto. Ten eso en mente —Ryuji, esto se
está volviendo irritante. Date prisa y dime adonde quieres ir a parar.
¿Qué significa esto?
—Tranquilo, tranquilo, no te sulfures. A veces cuando nos dan las
respuestas de entrada nos embotan la intuición. A mí la intuición ya me
ha llevado a sacar una conclusión. Y con ella en mente, manipularé
cualquier dato para racionalizar el hecho de aferrarme a esa conclusión.
Es como en esas investigaciones criminales, ¿no? En cuanto aparece la
idea de que el culpable es ese, de pronto parece que todas las pruebas
apoyan tu tesis. Fíjate, no podemos permitirnos divagar en este punto.
Necesito que apoyes mi conclusión. Es decir, quiero ver, en cuanto
hayas visto las pruebas, si tu intuición te dice lo mismo que a mí la mía.
—Vale, vale. Continúa.
—Muy bien: el telón negro solamente aparece cuando la pantalla
muestra paisajes reales. Eso lo hemos dejado claro. Ahora, rememora
las sensaciones que tuviste la primera vez que viste las imágenes. Ayer
ya hablamos de la escena del bebé. ¿Algo más aparte de eso? ¿Qué hay
de la escena con todas aquellas caras?
Ryuji usó el mando a distancia para encontrar la escena.
—Échales un buen vistazo a esas caras.
La pared de docenas de caras se fue retirando lentamente y
multiplicándose hasta convertirse en centenares primero y en millares
después. Cuando Asakawa las miró con atención, cada una de ellas le
pareció distinta, como las caras reales.
—¿Cómo te hace sentir esto? —preguntó Ryuji.
—Como si se estuvieran dirigiendo a mí. Como si me llamaran
mentiroso y farsante a mí.
—Cierto. Resulta que a mí me hace sentir igual. O por lo menos lo
que me hizo sentir se parece mucho a lo que estás describiendo.
Asakawa intentó concentrar sus nervios en las consecuencias de
aquel dato. Ryuji estaba esperando una respuesta clara.
—¿Y bien? —volvió a preguntar Ryuji.
Asakawa negó con la cabeza.
—Nada. No se me ocurre nada.
—Bueno, si hubieras estado lo bastante tranquilo como para pasar
más tiempo pensando en ello, tal vez te habrías dado cuenta de lo que
yo me he dado cuenta. Fíjate, los dos hemos estado pensando que
estas imágenes las captó una cámara de televisión, en otras palabras,
una máquina provista de una lente, ¿no?
—¿Y no es así?
—Bueno, ¿qué es ese telón negro que cubre momentáneamente la
pantalla?
Ryuji hizo avanzar la cinta fotograma a fotograma hasta que la
pantalla se volvió negra. Permaneció así durante tres o cuatro
fotogramas. Si uno calculaba que un fotograma era la trigésima fracción
de un segundo, entonces la oscuridad duraba una décima de segundo.
—¿Por qué sucede esto en las escenas reales y no en las
imaginadas? Mira la pantalla con más atención. No es del todo negra.
Asakawa acercó más la cara a la pantalla. Cierto, no era del todo
negra. Algo parecido a una tenue neblina blanca flotaba en el seno de la
oscuridad.
—Una sombra difusa. Lo que tenemos aquí es la persistencia de la
visión. Y mientras observas, ¿no percibes una sensación increíble de
inmediatez, como si estuvieras participando realmente en la escena?
Ryuji miró a Asakawa a los ojos y parpadeó una sola vez, despacio.
El telón negro.
—¿Eh? —murmuró Asakawa—. ¿Es eso… un parpadeo?
—Exacto. ¿Me equivoco? Si uno piensa en ello, tiene sentido. Hay
cosas que vemos con los ojos, pero también hay escenas que
conjuramos con la imaginación. Como no traspasan la retina, no hay
parpadeos en ellas. Pero cuando estamos mirando con los ojos, las
imágenes se forman de acuerdo con la fuerza de la luz que llega a la
retina. Y para evitar que se sequen las retinas, parpadeamos,
inconscientemente. El telón negro es el instante en que se cierran los
ojos.
Una vez más, a Asakawa le vinieron náuseas. La primera vez que
terminó de ver el vídeo salió corriendo al baño, pero esta vez el
escalofrío maligno fue peor todavía. No se podía sacudir de encima la
sensación de que algo le trepaba por el cuerpo. El vídeo no lo había
grabado una máquina. Los ojos de un ser humano, sus oídos, su nariz,
su lengua y su piel: se habían usado los cinco sentidos para
confeccionar aquel vídeo. Aquellos escalofríos, aquel temblor, los
causaba la sombra de alguien infiltrándose en él a través de sus
órganos. Asakawa había estado viendo el vídeo desde la misma
perspectiva de la cosa.
Se secó la frente una y otra vez, pero seguía perlada de gotas de
sudor.
—¿Sabías…? Eh, ¿me estás escuchando? Dejando de lado las
diferencias individuales, los hombres parpadean un promedio de veinte
veces por minuto y las mujeres un promedio de quince veces. Eso
quiere decir que habría sido una mujer quien grabó las imágenes.
Asakawa no podía oírle.
—Eh, je, je. ¿Qué te pasa? Estás tan pálido que ya pareces muerto
—Ryuji se rió—. Míralo por el lado bueno. Estamos un paso más cerca
de la solución. Si esas imágenes fueron registradas por los órganos
sensoriales de una persona en concreto, entonces el sortilegio debe de
estar relacionado con la voluntad de esa persona. En otras palabras, tal
vez esa mujer quiere que hagamos algo.
Asakawa había perdido temporalmente la razón. Las palabras de
Ryuji le resonaban en los oídos, pero su significado no le llegaba al
cerebro.
—En todo caso, ahora sabemos lo que tenemos que hacer.
Tenemos que descubrir quién es esa persona. O quién fue. Me parece
probable que ya no esté entre nosotros. Lo cual quiere decir que
tenemos que descubrir qué deseaba mientras estaba todavía vivo o
viva.
Ryuji le guiñó el ojo a Asakawa, como diciendo: «¿Qué tal lo estoy
haciendo?».
Asakawa había salido de la autopista número 3 Tokio-Yokohama y
ahora se dirigía al sur por la carretera Yokohama-Yokosuka. Ryuji había
abatido el asiento del pasajero y estaba durmiendo un sueño perfecto y
relajado. Eran casi las dos de la tarde, pero Asakawa no tenía nada de
hambre.
Asakawa extendió el brazo para despertar a Ryuji, pero no llegó a
hacerlo. Todavía no habían llegado a su destino. Asakawa ni siquiera
sabía adonde se dirigían. Lo único que le había dicho Ryuji era que
condujera hasta Kamakura. No sabía adonde se dirigían ni por qué iban
allí. Aquello lo convertía en un conductor nervioso e irritable. Ryuji
había hecho las maletas a toda prisa y le había dicho que ya le
explicaría adonde se dirigían cuando estuvieran en el coche. Pero una
vez en camino, le había dicho:
—Esta noche no he dormido. No me despiertes hasta llegar a
Kamakura —Y luego se había quedado dormido en un momento.
Asakawa salió de la carretera Yokohama-Yokosuka en Asahina y
luego tomó la carretera de Kanazawa durante cinco kilómetros hasta
llegar a la estación de Kamakura. Ryuji llevaba unas buenas dos horas
dormido.
—Eh, ya estamos —dijo Asakawa, zarandeándolo.
Ryuji estiró el cuerpo como si fuera un gato, se frotó los ojos con el
dorso de las manos y sacudió la cabeza bruscamente de un lado a otro,
lo cual hizo que le temblaran los labios.
—Aaah, estaba teniendo un sueño tan agradable…
—¿Qué hacemos ahora?
Ryuji se incorporó y miró por la ventanilla para ver dónde estaba.
—Sigue por esta carretera y cuando llegues a la Puerta Exterior del
Santuario de Hachiman gira a la izquierda y para —Ryuji se tumbó de
nuevo y dijo—: Tal vez todavía pueda pillar el final del sueño, si no te
importa.
—Escucha, llegaremos dentro de cinco minutos. Si tienes tiempo
para dormir, también tienes tiempo para decirme qué estamos haciendo
aquí.
—Lo verás cuando lleguemos —dijo Ryuji. Luego apoyó las rodillas
en el salpicadero y volvió a dormirse.
Asakawa giró a la izquierda y paró. Justo delante había una vieja
casa de dos pisos con un letrero pequeño que decía: «Recinto Memorial
Tetsuzo Miura».
—Métete en ese aparcamiento —Al parecer, Ryuji había abierto un
poco los ojos. Tenía una expresión satisfecha y los orificios nasales
dilatados como si estuviera oliendo un perfume—. Gracias a ti he podido
llegar al final de mi sueño.
—¿Qué has soñado? —preguntó Asakawa, e hizo girar el volante.
—¿A ti qué te parece? Estaba volando. Me encantan los sueños en
que vuelo —Ryuji soltó un soplido feliz y se relamió.
El Recinto Memorial Tetsuzo Miura parecía desierto. Un espacio
grande y abierto en la planta baja contenía fotografías y documentos
enmarcados en las paredes o dentro de vitrinas, mientras qué la pared
central estaba ocupada por una lista de los principales logros en vida del
tal Miura. Al leerla, Asakawa por fin entendió quién era aquel hombre.
—Perdón. ¿Hay alguien aquí? —Ryuji levantó la voz y se dirigió a
las profundidades del edificio. No hubo respuesta.
Tetsuzo Miura había muerto hacía dos años, a los setenta y dos,
tras retirarse de su puesto como profesor titular en la Universidad de
Yokodai. Estaba especializado en física teórica y su trabajo se
concentraba en las teorías de la materia y la dinámica estadística. Pero
el Recinto Memorial, por modesto que fuera, no era un resultado de sus
logros como físico, sino de sus investigaciones científicas de los
fenómenos paranormales. El curriculum de la pared aseguraba que las
teorías del profesor habían sido objeto de interés en el mundo entero,
aunque era obvio que solamente un número reducido de gente les había
prestado atención. Al fin y al cabo, Asakawa nunca había oído hablar de
aquel tipo. ¿Y cuáles eran exactamente las teorías de aquel hombre?
Para encontrar la respuesta, Asakawa empezó a examinar las piezas
expuestas en las paredes y en las vitrinas. «El pensamiento tiene
energía, y esa energía». Asakawa había leído hasta ahí cuando oyó los
ecos procedentes de otra sala de alguien que bajaba a toda prisa unas
escaleras. Se abrió una puerta y un hombre de unos cuarenta y tantos
años con bigote asomó la cabeza. Ryuji se acercó al hombre y le ofreció
una de sus tarjetas de visita. Asakawa decidió seguir su ejemplo y se
sacó el tarjetero del bolsillo de la chaqueta.
—Me llamo Takayama. Trabajo en la Universidad de Fukuzawa —
dijo en tono suave y amable. A Asakawa le hizo gracia su cambio de
tono. Asakawa ofreció su tarjeta. Ante las credenciales de un académico
y un periodista, el hombre parecía más bien consternado. Miró la tarjeta
de Asakawa con el ceño fruncido—. Si no tiene inconveniente, nos
gustaría consultar algo con usted.
—¿De qué se trata? —El hombre los miró con cautela.
—Pues verá, yo llegué a conocer al difunto profesor Miura.
Por alguna razón el hombre pareció aliviado al oír aquello y relajó
su expresión. Sacó tres sillas plegables y las dispuso una enfrente de la
otra.
—¿De veras? Siéntense, por favor.
—Debió de ser hace tres años… Sí, eso es, fue el año antes de que
muriera. Mi universidad me estaba tanteando sobre la posibilidad de dar
una conferencia sobre el método científico, y a mí se me ocurrió que
podía aprovechar la oportunidad para conocer la opinión del profesor…
—¿Fue aquí, en su casa?
—Sí. Nos presentó el profesor Takatsuka.
Al oír aquel nombre, el tipo sonrió por fin. Se dio cuenta de que
tenía algo en común con sus visitantes. «Estos dos deben de estar de
nuestro lado. Parece que no han venido a atacarnos».
—Ya veo. Lo siento. Me llamo Tetsuaki Miura. Lo siento, se me han
acabado las tarjetas de visita.
—¿Así que usted es el…?
—Sí, el hijo único del profesor. Aunque no soy digno de su apellido.
—¿De veras? Vaya, no sabía que el profesor tenía un hijo tan
extraordinario.
A Asakawa le costó lo suyo no echarse a reír ante la imagen de
Ryuji dirigiéndose a un hombre diez años mayor que él y calificándolo
de «hombre extraordinario».
Tetsuaki Miura les enseñó brevemente el lugar. Algunos alumnos
de su difunto padre se habían reunido después de su muerte para abrir
la casa al público y poner en orden los materiales que el profesor había
ido recopilando durante su vida. En cuanto a Tetsuaki, según les dijo en
tono despectivo hacia sí mismo, no había sido capaz de convertirse en
investigador tal como había querido su padre, sino que había construido
una posada en el mismo solar que el museo y se dedicaba a regentarla.
—Así que aquí estoy, aprovechándome tanto de sus tierras como
de su reputación. Como he dicho antes, no soy digno de mi padre.
Tetsuaki soltó una risa apesadumbrada. Su posada se usaba
principalmente para excursiones de institutos de secundaria… En su
mayoría clubes de física y de biología, pero también mencionó a un
grupo dedicado a la investigación parapsicológica. Los clubes de
secundaria necesitaban razones para ir de excursión. Básicamente, el
Recinto Memorial era un cebo para atraer a grupos de estudiantes.
—Por cierto… —Ryuji se incorporó en la silla e intentó llevar la
conversación al meollo de las cosas.
—Oh, lo siento, me temo que les he estado aburriendo con este
parloteo. Díganme pues, ¿qué les trae por aquí?
Era obvio que Tetsuaki no tenía mucho talento para la ciencia. No
era más que un comerciante que estaba adaptando su actitud a la
situación presente. Asakawa se dio cuenta de que Ryuji veía al hombre
con desprecio.
—Para serle sincero, estamos buscando a alguien.
—¿A quién?
—La verdad es que no conocemos su nombre. Por eso hemos
venido aquí.
—Me temo que no les sigo —Tetsuaki parecía confundido, como
deseoso de que sus visitantes dejaran de decir cosas absurdas.
—Ni siquiera podemos decir a ciencia cierta si esa persona sigue
viva o ya ha muerto. Lo que está claro es que se trata de una persona
con poderes que no tiene la gente normal.
Ryuji hizo una pausa para mirar a Tetsuaki, que pareció entender
de inmediato lo que quería decir.
—El padre de usted era probablemente el mayor coleccionista en
Japón de esta clase de información. A mí me contó que, usando una red
de contactos que él mismo había confeccionado, había reunido a una
serie de gente con poderes paranormales de todo el país. Y me dijo que
estaba almacenando aquella información.
A Tetsuaki se le ensombreció la expresión. ¿No irían a pedirle que
registrara todos aquellos archivos en busca de un nombre?
—Sí, por supuesto que los expedientes se han conservado. Pero
hay muchísimos. Y muchas de esas personas son fraudes.
Tetsuaki palideció ante la idea de volver a inspeccionar todos
aquellos expedientes. Para organizados había hecho falta que una
docena de alumnos de su padre trabajara durante meses. Cumpliendo
la voluntad del difunto, habían incluido también los casos dudosos, lo
cual había inflado más todavía el volumen de los archivos.
—No queremos causarle ninguna molestia en absoluto. Si nos da
permiso, inspeccionaremos los archivos nosotros mismos, los dos.
—Están en el piso de arriba. Tal vez les gustaría echarles un vistazo
primero.
Tetsuaki se puso de pie. Sus visitantes solamente hablaban así
porque no conocían el volumen de los archivos. Le daba la sensación de
que, en cuanto le echaran un vistazo a las estanterías, no se atreverían
con ellos. Los llevó al segundo piso.
Los archivos estaban en una sala de techo alto al final de la
escalera. Entraron en la sala y se encontraron delante de dos
estanterías con siete estantes cada una. Cada archivador contenía
materiales relativos a cuarenta casos, y a primera vista parecía haber
miles de archivadores. Asakawa no vio la reacción de Ryuji, estaba
demasiado ocupado palideciendo él también. «Si nos dedicamos a esto,
podemos morir aquí, en la penumbra de esta sala. ¡Tiene que haber
otra manera!»
Ryuji, sin inmutarse, preguntó:
—¿Le importa si echamos un vistazo?
—Adelante —Tetsuaki se quedó observándolos un rato, en parte
por puro asombro y en parte por curiosidad hacia lo que pensaban que
iban a encontrar. Pero al final pareció renunciar a ello—. Tengo trabajo
—dijo, y se marchó.
Cuando se quedaron solos, Asakawa se volvió hacia Ryuji y le dijo.
—Bueno, ¿quieres decirme qué está pasando?
Tenía la voz un poco pastosa, porque todavía estaba estirando el
cuello para examinar los archivos. Era lo primero que decía desde que
habían entrado en el recinto. Los archivos estaban ordenados
cronológicamente, empezando en 1956 y terminando en 1988, el año
de la muerte de Miura. Solamente la muerte había hecho bajar el telón
sobre su investigación de treinta y dos años.
—No tenemos mucho tiempo, así que te lo diré mientras buscamos.
Yo empezaré por mil novecientos cincuenta y seis. Tú empieza por mil
novecientos sesenta.
Asakawa sacó un expediente con gesto vacilante y lo hojeó. Cada
página contenía por lo menos una foto y un papel en el que había
escrita una breve descripción junto con un nombre y una dirección.
—¿Qué tengo que buscar?
—Fíjate en los nombres y direcciones. Estamos buscando a una
mujer de la isla de Izu Oshima.
—¿Una mujer? —Asakawa inclinó la cabeza en gesto interrogativo.
—¿Recuerdas a la anciana del vídeo? Le estaba diciendo a alguien
que iba a dar a luz a una criatura. ¿Te parece que estaba hablando con
un hombre?
Ryuji tenía razón. Los hombres no podían dar a luz.
Así que empezaron a buscar. Era una tarea simple y repetitiva, y
como Asakawa preguntó por qué existían aquellos archivos, Ryuji se lo
explicó.
Al profesor Miura siempre le habían interesado los fenómenos
sobrenaturales. En la década de 1950, había empezado a experimentar
con los poderes paranormales, pero no había conseguido resultados lo
bastante fiables como para formular una teoría científica. Los
clarividentes resultaban ser incapaces de llevar a cabo delante de un
público lo que antes habían hecho con facilidad. Para desplegar aquellos
poderes hacía falta concentración. Lo que buscaba el profesor Miura era
una persona que pudiera ejercer aquellos poderes en cualquier
momento y bajo cualesquiera circunstancias. Miura se daba cuenta de
que si su sujeto de estudio fracasaba delante de testigos, a él lo
considerarían un farsante. Estaba convencido de que tenía que haber
más gente con poderes paranormales de los que él conocía, así que se
propuso encontrarlos. Pero ¿cómo? No podía entrevistar a nadie en
busca de clarividencia, adivinación o telequinesis. Así que inventó un
método. A cualquiera que pudiera tener aquellos poderes les enviaba un
pedazo de película dentro de un sobre sellado, les pedía que grabaran
mentalmente en él algún dibujo o alguna imagen y que se lo enviaran
de vuelta sin romper el sello. De aquella forma podía calibrar los
poderes de sus sujetos incluso a larga distancia. Y como aquellas
fotografías psíquicas parecían ser un poder bastante básico, la gente
que lo poseía a menudo también eran clarividentes. En 1956 empezó a
reclutar a gente con poderes paranormales de todo el país, con la ayuda
de antiguos alumnos suyos que habían empezado a trabajar en
editoriales y periódicos. Aquellos antiguos alumnos formaron una red
que hacía llegar al profesor Miura cualquier rumor sobre poderes
sobrenaturales. Sin embargo, el examen de la película que le devolvían
sugería que no más de una décima parte de los candidatos tenía algún
poder. El resto habían roto con habilidad el sello y habían cambiado la
película. Los casos más obvios de engaño fueron cribados en aquella
fase, pero otros que no estaban nada claros se habían conservado y
habían acabado engrosando aquella colección impracticable que
Asakawa tenía delante. En los años transcurridos desde que Miura
empezara su tarea, la red se había perfeccionado gracias al desarrollo
de los medios de comunicación y al número creciente de antiguos
alumnos que participaban en ella. Los datos se habían ido acumulando
año tras año hasta la muerte del profesor.
—Ya veo —murmuró Asakawa—. Ese es el sentido de esta
colección. Pero ¿cómo sabes que el nombre de la persona que estamos
buscando se encuentra aquí?
—No digo que sea seguro que esté aquí. Pero hay una posibilidad
muy grande. Tú fíjate en lo que hizo. Tú sabes que hay algunas
personas que pueden llevar a cabo fotografías con la mente. Pero no
puede haber mucha gente con poderes paranormales que puedan llegar
a proyectar imágenes en un tubo catódico sin ninguna clase de equipo.
Es un poder de primerísimo orden. Alguien con un poder así destacaría
sin intentarlo siquiera. No creo que la red de Miura hubiera pasado por
alto a alguien así.
Asakawa tuvo que admitir que la posibilidad era real. Redobló sus
esfuerzos.
—Por cierto, ¿por qué estoy buscando en mil novecientos sesenta?
—Asakawa levantó la vista de repente.
—¿Recuerdas la escena del vídeo donde sale un televisor? Es un
modelo muy antiguo. Uno de los primeros que hubo. De los cincuenta o
de principios de los sesenta.
—Pero eso no quiere decir que…
—Cállate. Aquí estamos hablando de probabilidad, ¿vale?
Asakawa se reprendió a sí mismo por llevar un rato tan irritado.
Pero tenía buenas razones para ello. Dadas las limitaciones del marco
temporal, el número de expedientes era enorme. Sería antinatural
tomárselo con calma.
En aquel momento, Asakawa vio las palabras «Izu Oshima» en el
expediente que tenía en la mano.
—¡Eh! Tengo uno —gritó en tono triunfante.
Ryuji se dio la vuelta, sorprendido, y miró el expediente.
«Motomachi, Izu Oshima, Teruko Tsuchida, 37 años». El matasellos
era del 14 de febrero de 1960. Una fotografía en blanco y negro
mostraba una línea blanca en forma de relámpago sobre un fondo
negro. La descripción decía: «El sujeto envió esto con una nota
prediciendo una imagen en forma de cruz. No hay signos de
sustitución».
—¿Qué te parece? —Asakawa estaba temblando de emoción
mientras esperaba la reacción de Ryuji.
—Es una posibilidad. Apunta el nombre y la dirección, por si acaso.
Ryujo regresó a su búsqueda. Asakawa se sentía mejor por haber
encontrado una posible candidata tan deprisa, pero al mismo tiempo
estaba un poco insatisfecho por la sequedad de la respuesta de Ryuji.
Pasaron dos horas. No encontraron a ninguna otra mujer de Izu
Oshima. La mayoría de los envíos eran o bien de Tokio o bien de la
región circundante de Kanto. Tetsuaki apareció y les ofreció té y un par
de comentarios posiblemente sarcásticos antes de marcharse. Las
manos de Asakawa y Ryuji cada vez hojeaban más despacio los
expedientes. Llevaban dos horas y ni siquiera habían cubierto un año de
los archivos.
Por fin Asakawa consiguió terminar con 1960. Cuando iba a
empezar con 1961, echó un vistazo casual a Ryuji. Ryuji estaba sentado
en el suelo con las piernas cruzadas, inmóvil y totalmente enfrascado en
un expediente abierto. «¿Se ha dormido, el muy idiota?» Asakawa
extendió el brazo, pero en aquel momento Ryuji dejó escapar un
gemido ahogado.
—Me estoy muriendo de hambre. ¿Por qué no vas a comprar algo
de comida para llevar y té de oolongl Oh, y haz un par de reservas para
esta noche en Le Petite Pensión Soleil.
—¿De qué cono hablas?
—Es la posada que tiene el tipo.
—Ya lo sé. Pero ¿por qué iba a querer quedarme a pasar la noche
allí contigo?
—¿Prefieres no hacerlo?
—Para empezar, no tenemos tiempo para holgazanear en una
posada.
—Aunque la encontráramos hoy, no hay forma de llegar a Izu
Oshima ahora mismo. Hoy ya no podemos ir a ningún sitio. ¿No te
parece que sería mejor dormir bien esta noche y reservar nuestras
energías para mañana?
Asakawa sintió una aversión indescriptible hacia pasar la noche en
una posada con Ryuji. Pero no había alternativa, así que lo dejó estar,
se fue a comprar la comida y le dijo a Tetsuaki Miura que se quedarían
a pasar la noche. Luego él y Ryuji se comieron su comida preparada y
se bebieron su té de oolong. Eran las siete de la tarde. Una pequeña
pausa.
Asakawa tenía los brazos cansados y los hombros agarrotados. Se
le nubló la vista y se quitó las gafas. Lo que hizo, sin embargo, fue
acercarse tanto los expedientes a la cara que podría lamerlos si
quisiera. Tenía que concentrarse al máximo, de otro modo temía que se
le pasaría algo por alto, lo cual lo agotaba todavía más.
Las nueve en punto. Un alarido de Ryuji rompió el silencio de los
archivos.
—¡Lo encontré, por fin! Ahí es donde se estaba escondiendo.
Asakawa se acercó al expediente como si este lo atrajera. Se sentó
al lado de Ryuji y se volvió a poner las gafas para mirarlo.
«Izu Oshima, Sashikiji. Sadako Yamamura. 10 años». El matasellos
era del 29 de agosto de 1958. «El sujeto envió esto con una nota que
predecía que lo que había grabado era su nombre. Es auténtica, no hay
duda». Había adjunta una fotografía que mostraba el carácter yama,
«montaña», en blanco sobre fondo negro. Asakawa había visto antes
aquel carácter.
—Es… Es ella —dijo con voz trémula.
En el vídeo, inmediatamente después de la erupción del monte
Mihara, había un plano del carácter «montaña» idéntico a aquel. Y no
solamente eso, sino que en la pantalla del viejo televisor de la décima
escena aparecía el carácter sada. Y aquella mujer se llamaba Sadako
Yamamura.
—¿Qué te parece? —preguntó Ryuji.
—No hay duda. Es ella.
Por fin Asakawa se sintió esperanzado. Le pasó también por la
mente la idea de que tal vez, solamente tal vez, resolvieran el caso a
tiempo.
1 6 de octubre, martes A las diez y cuarto de la mañana, Ryuji y
Asakawa estaban en un barco de pasajeros de alta velocidad que
acababa de zarpar de Atami. No había ninguna línea de ferry que fuera
de Oshima a Honshu, así que habían tenido que dejar el coche en el
aparcamiento de al lado del hotel Atami Korakuen. Asakawa todavía
llevaba la llave en la mano izquierda.
Les faltaba una hora para llegar a Oshima. Soplaba un viento fuerte
y amenazaba con llover. La mayoría de pasajeros no se habían
aventurado a salir a la cubierta y se habían quedado acurrucados en sus
asientos reservados. Asakawa y Ryuji no habían tenido tiempo de
comprobar el clima antes de comprar sus billetes y ahora parecía que se
acercaba un tifón. Las olas eran grandes y el barco se mecía más de lo
normal.
Asakawa dio un sorbo a una lata de café caliente y volvió a repasar
mentalmente todo lo ocurrido hasta entonces. No estaba seguro de si
debían felicitarse por haber llegado tan lejos o reprocharse el hecho de
no haber descubierto la identidad de Sadako Yamamura y haber partido
antes hacia la isla de Oshima. Todo se había basado en el
descubrimiento de que el telón negro que tapaba fugazmente las
imágenes del vídeo eran unos párpados que se cerraban. Las imágenes
no las había grabado una máquina sino el aparato sensorial humano. En
esencia, la persona había concentrado su energía en el aparato de vídeo
del bungalow B-4 mientras este estaba grabando y había creado no una
foto psíquica sino un vídeo psíquico. Aquello indicaba con probabilidad
unos poderes paranormales de una magnitud inconmensurable. Ryuji
había dado por sentado que una persona así destacaría de la multitud,
se había puesto a buscarla y finalmente había descubierto su nombre.
Aunque tampoco tenía la certeza total de que aquella tal Sadako
Yamamura fuera la perpetradora. Seguía siendo una simple sospechosa.
Se dirigían a Oshima siguiendo las indicaciones de sus sospechas.
Asakawa se calentó las manos con la lata de café y se encogió en
su asiento.
—Todavía no me lo creo, ¿sabes? Que un ser humano pueda hacer
una cosa así.
—Ya no es cuestión de que te lo creas o no, ¿verdad? —contestó
Ryuji sin apartar la vista del mapa de Oshima—. En cualquier caso, es
una realidad que tienes delante de las narices. Ya sabes, lo que vemos
no es más que una pequeña parte de un fenómeno en cambio
constante.
Ryuji se apoyó el mapa en la rodilla.
—Conoces el Big Bang, ¿no? Creen que el universo nació en una
explosión tremenda que tuvo lugar hace veinte mil millones de años.
Puedo expresar matemáticamente la forma del universo, desde su
nacimiento hasta el presente. Solamente hacen falta ecuaciones
diferenciales. La mayoría de fenómenos del universo pueden expresarse
mediante ecuaciones diferenciales, ¿sabes? Usándolas uno puede
averiguar qué aspecto tenía el universo hace cien millones de años,
hace diez billones de años, incluso un segundo o una décima de
segundo después de aquella explosión inicial. Pero… No importa cuánto
retrocedamos, no importa cuánto nos esforcemos por expresarlo, no
podemos saber qué aspecto tenía en el punto cero, en el momento
mismo de la explosión. Y hay algo más. ¿Cómo va a terminar nuestro
universo? ¿Se expande el universo o se contrae? Fíjate, no conocemos
el principio ni tampoco el final. Lo único que podemos conocer es lo que
hay en medio. Y así es todo en la vida, amigo mío.
Ryuji le dio un golpecito a Asakawa en el brazo.
—Supongo que tienes razón. Puedo mirar álbumes de fotos y
hacerme una idea razonable de cómo era yo cuando tema tres años, o
cuando era un recién nacido.
—¿Ves lo que te digo? Pero lo que hay antes de nacer y lo que hay
después de la muerte… De eso no sabemos nada.
—¿Después de la muerte? Cuando mueres, se acabó, simplemente
desapareces. No hay nada más, ¿no?
—Eh, ¿has estado muerto alguna vez?
—No —Asakawa negó con la cabeza con expresión seria.
—Bueno, entonces no lo sabes, ¿verdad? No sabes adonde vas
después de la muerte.
—¿Estás diciendo que existen los espíritus?
—Mira, lo único que puedo decir es que no lo sé. Pero cuando
hablas del nacimiento de la vida, creo que las cosas resultan un poco
más fáciles si postulas la existencia de un alma. Ninguna de las
paparruchas de la biología molecular moderna parece ser realmente
cierta. ¿De qué hablan en realidad? «Coge centenares de distintas
clases de aminoácidos, ponlos en un cuenco, mézclalos todos, añade un
poco de electricidad… y voila, aparecen las proteínas, el ladrillo con que
está hecha la vida». ¿Y realmente esperan que nos creamos eso? Lo
mismo podrían decirnos que somos hijos de Dios… Por lo menos eso
sería más fácil de digerir. Lo que creo es que hay una clase
completamente distinta en funcionamiento en el momento de nacer.
Casi como si hubiera cierta voluntad implicada.
Ryuji pareció acercarse un poco a Asakawa, pero de pronto cambió
de tema.
—Por cierto, no he podido evitar ver que te quedaste enfrascado en
la obra del profesor cuando estábamos en el Recinto Memorial. ¿Has
encontrado algo interesante?
Ahora que lo mencionaba, Asakawa recordó que había empezado a
leer algo. «El pensamiento tiene energía, y esa energía…»
—Creo que ponía algo sobre el hecho de que el pensamiento es
energía.
—¿Y qué más?
—No tuve tiempo de terminar de leerlo.
—Je, je. Es una lástima. Estabas llegando a lo mejor. Me hacía
mucha gracia el profesor y esa forma que tenía de plantear con total
seriedad cosas que escandalizan a la gente normal. Lo que el viejo
decía, básicamente, es que las ideas son formas de vida y tienen
energía propia.
—¡Eh? ¿Qué quieres decir, que los pensamientos que tenemos en la
cabeza se pueden convertir en seres vivos?
—Eso viene a ser lo que decía.
—Bueno, es una sugerencia un poco radical.
—Lo es, ciertamente, pero desde antes de Cristo se han sugerido
ideas parecidas. Supongo que puedes considerarlo simplemente una
teoría distinta de la vida.
Después de decir aquello, Ryuji pareció que de pronto perdía
interés en la conversación y devolvió la vista al mapa.
Asakawa entendía lo que estaba diciendo Ryuji, por lo menos en su
mayor parte, pero no le encajaba muy bien. «Puede que no seamos
capaces de explicar científicamente lo que nos espera. Pero es real, y
como es real tenemos que considerarlo un fenómeno real y tratarlo
como tal, aunque no entendamos sus causas ni sus efectos. Lo que
tenemos que hacer ahora es concentrarnos en descifrar el enigma del
sortilegio y salvar el pellejo, no en descifrar todos los secretos del
mundo sobrenatural». Puede que Ryuji tuviera bastante razón. Pero lo
que Asakawa necesitaba de él eran respuestas más claras.
Cuanto más se alejaban hacia el mar más empeoraban las
sacudidas del barco y a Asakawa empezó a preocuparle la posibilidad de
marearse. Cuanto más pensaba en ello más creía notar una sensación
de hormigueo en el estómago. Ryuji, que había estado dormitando,
levantó la cabeza de pronto y miró fuera. El mar estaba arrojando olas
de color gris oscuro, y a lo lejos pudieron ver la sombra tenue de la isla.
—¿Sabes, Asakawa? Hay algo que me preocupa.
—¿Qué?
—Los cuatro chavales que murieron en el bungalow, ¿por qué no
intentaron llevar a cabo el sortilegio?
Otra vez.
—¿No es obvio? No creyeron en el vídeo.
—Bueno, eso era lo que yo pensaba. Eso explica por qué gastaron
una broma como borrar el sortilegio. Pero acabo de recordar un viaje
que hice con el equipo de atletismo del instituto. Saito irrumpió en plena
noche en la habitación. Te acuerdas de Saito, ¿no? Estaba un poco mal
de la cabeza. Éramos doce en el equipo y todos dormíamos juntos en la
misma habitación. Y aquel idiota entró corriendo, con los dientes
rechinando, y gritó: «¡He visto un fantasma!». Abrió la puerta del baño
y vi a una niña agachada detrás de la papelera del lavabo: estaba
llorando. Así pues, dejándome de lado a mí, ¿cómo crees que
reaccionaron los otros diez tipos?
—Probablemente la mitad se lo creyeron y la mitad se burlaron.
Ryuji negó con la cabeza.
—Eso es lo que pasaría en una película de terror, o en la tele. Al
principio nadie se lo toma en serio pero luego el monstruo los va
pillando uno tras otro, ¿no? Pero en la vida real todo es distinto. Todos
ellos, sin excepción, lo creyeron. Los diez. Y no porque los diez fueran
especialmente gallinas. Se podría hacer la prueba con cualquier grupo
de gente y se obtendrían los mismos resultados. En los humanos hay
incorporado un sentido fundamental del terror, a un nivel instintivo.
—Así pues, lo que estás diciendo es que es muy extraño que los
cuatro jóvenes no creyeran en el vídeo.
Mientras escuchaba la historia de Ryuji, Asakawa estaba
recordando la cara de su hija cuando lloró al ver la máscara del
demonio. Recordó lo perplejo que se había quedado: ¿cómo había
averiguado la niña que la máscara tenía que dar miedo?
—Mmm… Bueno, las escenas del vídeo no cuentan ninguna historia,
y no todas dan miedo. Así que supongo que es posible no darles crédito.
Pero al menos los cuatro jóvenes se quedaron preocupados, ¿no? Si te
dijeran que llevar a cabo un sortilegio te salvaría la vida, aunque no
creyeras en ello, ¿no te da la sensación de que deberías intentarlo de
todos modos? Yo esperaría que por lo menos uno de ellos rompiera
filas. O sea, aunque ese uno o esa una se empeñara en hacerse el
valiente delante de los demás, siempre podría llevar a cabo el sortilegio
en secreto después de volver a Tokio.
Asakawa se sintió peor todavía. Él también se había preguntado lo
mismo. «¿Y si el sortilegio resulta ser algo imposible?»
—Así que tal vez era algo que no podían llevar a cabo, así que se
convencieron a sí mismos de que no creían en ello… A Asakawa se le
ocurrió un ejemplo: ¿y si una mujer asesinada dejara un mensaje en el
mundo de los vivos con el propósito de conseguir que alguna otra
persona la vengara y de esa forma quedarse en paz?
—Je, je. Sé qué estás pensando. ¿Qué harías en ese caso?
Asakawa se lo preguntó a sí mismo: si el sortilegio incluyera la orden de
matar a alguien, ¿sería capaz de hacerlo? ¿Sería capaz de matar a un
total desconocido para salvar su vida? Pero lo que más le preocupaba
era, llegado el caso, quién sería el que llevara a cabo el sortilegio. Negó
con la cabeza, furioso. «Deja de pensar en estupideces». De momento
lo único que podía hacer era rezar porque los deseos de aquella tal
Sadako Yamamura fueran algo que se pudiera cumplir.
El perfil de la isla se iba volviendo más claro. El muelle del puerto
de Motomachi se fue haciendo lentamente visible.
—Escucha, Ryuji, tengo que pedirte un favor —dijo Asakawa con
tono grave.
—¿Qué?
—Si no lo consigo a tiempo… o sea… —Asakawa no pudo reunir el
valor necesario para usar la palabra «morir»—. Y si al día siguiente tú
descubres el sortilegio, ¿podrías…? Ya sabes, están mi mujer y mi hija.
Ryuji lo interrumpió.
—Por supuesto. Déjalo en mis manos. Yo me encargo de salvar a la
mujecita y a la pequeñaja.
Asakawa sacó una tarjeta de visita y escribió un número de
teléfono en el dorso.
—Voy a enviarlos a casa de los padres de ella en Ashikaga hasta
que resolvamos esto. Este es el número. Te lo doy ahora, antes de que
se me olvide.
Ryuji se metió la tarjeta en el bolsillo sin ni siquiera mirarla.
En aquel preciso momento llegó el anuncio de que habían atracado
en el puerto de Motomachi, en la isla de Oshima. Asakawa tenía
intención de llamar a su casa desde los mismos muelles y convencer a
su mujer de que se fuera una témporadita a casa de sus padres. No
sabía cuándo iba a volver a Tokio. ¿Quién lo sabía? Puede que se le
acabara el tiempo allí, en Oshima. No podía soportar la idea de su
familia sola y aterrada en su pequeño apartamento.
Mientras bajaban por la pasarela, Ryuji preguntó:
—Eh, Asakawa, ¿realmente son tan importantes una esposa y una
criatura?
Era una pregunta muy poco propia de Ryuji. Asakawa no pudo
aguantar la risa al responder:
—Algún día lo descubrirás.
Pero realmente Asakawa no pensaba que Ryuji fuera capaz de
tener hijos como cualquier otra persona.
7
El viento era más fuerte allí, en el muelle de Oshima, que en el
embarcadero de Atami. En el cielo las nubes avanzaban a toda prisa
hacia el este, mientras que en el suelo bajo sus pies el embarcadero de
cemento temblaba bajo el embate de las olas que rompían contra él. La
lluvia no era muy fuerte, pero las gotas que arrastraba el viento
golpeaban frontalmente la cara de Asakawa. Ninguno de ellos llevaba
paraguas. Se metieron las manos en los bolsillos y se encorvaron hacia
delante mientras caminaban a toda prisa por el muelle, por encima del
océano.
A los turistas les esperaban isleños sosteniendo letreros de
compañías de alquiler de coches o anuncios de pensiones. Asakawa
estiró el cuello y buscó con la vista a la persona que suponía que había
venido a buscarlos. Antes de embarcar en el puerto de Atami, Asakawa
se había puesto en contacto con su oficina y había pedido el número de
teléfono de la oficina de Oshima y había conseguido finalmente la ayuda
de un corresponsal llamado Hayatsu. Ninguna de las empresas
informativas nacionales tenía despachos permanentes en Oshima, lo
que hacían era contratar a nativos como corresponsales a tiempo
parcial. Aquellos corresponsales se mantenían al corriente de los
eventos locales, cubrían cualquier incidente digno de mención o
cualquier episodio interesante e informaban de ellos a la oficina central.
También eran responsables de ayudar a los reporteros que llegaran a la
isla a cubrir una historia. Hayatsu había trabajado para El Heraldo antes
de retirarse a Oshima. Su territorio no se limitaba a Oshima, sino que
abarcaba las siete islas del archipiélago de Izu, y si pasaba cualquier
cosa no tenía que esperar a que llegara un reportero de la central, sino
que podía enviar sus artículos. Hayatsu tenía una red de contactos en la
isla, así que su cooperación prometía acelerar la investigación de
Asakawa.
Hayatsu se había puesto al teléfono en persona y había respondido
positivamente a la petición de Asakawa, prometiéndole que iría a
buscarlo al muelle. Como no se conocían de nada, Asakawa se había
descrito a sí mismo y le había dicho que viajaba con un amigo.
Ahora oyó una voz tras su espalda.
—Perdone, ¿es usted el señor Asakawa?
—Sí.
—Soy Hayatsu, el corresponsal en Oshima —Les ofreció sendos
paraguas y sonrió cordialmente.
—Siento importunarle de esta forma. Agradecemos mucho su
ayuda.
Mientras iban con paso rápido hacia el coche de Hayatsu, Asakawa
le presentó a Ryuji. El viento era tan estridente que apenas pudieron
hacerse oír por encima del mismo hasta que se metieron dentro del
vehículo. Era un utilitario pero sorprendentemente espacioso. Asakawa
ocupó el asiento del pasajero y Ryuji el de atrás.
—¿Vamos directamente a la casa de Takashi Yamamura? —
preguntó Hayatsu con las dos manos en el volante. Tenía más de
sesenta años y una buena mata de pelo en la cabeza, aunque una gran
parte era gris.
—¿O sea que ya ha encontrado usted a la familia de Sadako
Yamamura?
Asakawa ya le había dicho a Hayatsu por teléfono que habían
venido a investigar a alguien con ese nombre.
—El pueblo es pequeño. Cuando dijo usted que era una Yamamura
de Sashikiji, enseguida supe quién era. Aquí solamente hay una familia
con ese apellido. Yamamura es un pescador que en verano usa su casa
como casa de huéspedes. ¿Qué le parece? Podemos conseguir que lo
aloje a usted allí esta noche. Por supuesto, también es bienvenido en mi
casa, pero es un poco pequeña y descuidada. Estoy seguro de que no se
sentiría usted cómodo allí.
Hayatsu se rió. Vivía solo con su mujer, pero no estaba
exagerando: era verdad que no tenían sitio para que durmieran dos
invitados.
Asakawa devolvió la mirada a Ryuji.
—Me parece bien.
El pequeño coche de Hayatsu aceleró rumbo al distrito de Sashikiji,
en la punta sur de la isla. Es decir, aceleró tanto como pudo: la
Carretera Circular de Oshima que daba la vuelta a la isla era demasiado
estrecha y las curvas eran demasiado cerradas para ir muy deprisa. La
enorme mayoría de coches con los que se cruzaban también eran
utilitarios. A intervalos su campo de visión se despejaba a su derecha y
aparecía ante ellos el océano, y en aquellos momentos el sonido del
viento cambiaba. El mar era oscuro, reflejaba el color intenso y plomizo
del cielo y se agitaba violentamente, levantando olas de cresta blanca.
Si no fuera por aquellos pequeños destellos blancos, habría sido difícil
distinguir dónde terminaba el cielo y donde empezaba el mar, o donde
terminaba el mar y dónde empezaba la tierra. Cuanto más miraban en
aquella dirección, más deprimente resultaba. La radio emitió una alerta
de tifones, y el coche se adentró en parajes todavía más oscuros.
Viraron a la derecha en una bifurcación de la carretera y entraron
inmediatamente en un túnel de camelias. Debajo de las camelias vieron
raíces expuestas, enmarañadas y arrugadas. Los largos años de
exposición al viento y la lluvia habían erosionado parte del suelo de las
plantas. Ahora estaban empapadas por la lluvia: a Asakawa le dio la
impresión de que avanzaban a todo gas por los intestinos de un
monstruo enorme.
—Sashikiji está recto por ahí —dijo Hayatsu—. Pero creo que esa
tal Sadako Yamamura ya no vive aquí. Takashi Yamamura les puede dar
los detalles. Por lo que tengo entendido es primo de la madre de
Sadako.
—¿Qué edad debe de tener ahora Sadako? —preguntó Asakawa.
Ryuji llevaba un buen rato encogido en el asiento de atrás, sin decir
una palabra.
—Mmm… Yo nunca la he conocido en persona. Pero si sigue viva,
debe de andar por los cuarenta y dos o cuarenta y tres años.
¿Si sigue viva? Asakawa se preguntó por qué Hayatsu había usado
aquella expresión. ¿Acaso estaba desaparecida? De pronto se sentía
lleno de dudas. ¿Y si habían hecho todo el viaje a Oshima solo para
descubrir que nadie sabía si estaba viva o muerta? ¿Y si aquel lugar era
un callejón sin salida?
El coche aparcó finalmente delante de una casa de dos pisos con un
letrero que decía «Villa Yamamura». Estaba situada en una suave
pendiente desde la que se dominaba el océano. Sin duda, cuando hacía
buen tiempo la vista era espléndida. En perspectiva podían distinguir el
contorno triangular de una isla. Se trataba de Toshima.
—Cuando hace buen tiempo, desde aquí se ven Nijima, Shikinejima
y hasta Kozushima —dijo Hayatsu con orgullo, señalando hacia el sur
por encima del mar.
8
—¿Investigar? ¿Qué tengo que investigar exactamente sobre esa
mujer?
«¿Se unió a la compañía en mil novecientos sesenta y cinco? Tú
estás de broma… De eso hace veinticinco años —Yoshino estaba
despotricando para sí mismo—. Ya es bastante difícil rastrear los pasos
de un criminal un año después de los hechos. ¡Pero veinticinco años!»
—Necesitamos cualquier información que puedas encontrar.
Queremos saber qué clase de vida llevaba esa mujer, lo que está
haciendo ahora mismo y cuáles son sus deseos.
Yoshino solamente pudo suspirar. Se colocó el auricular entre la
oreja y el hombro y cogió un cuaderno que había al borde del escritorio.
—¿Y cuántos años tenía en aquella época?
—Dieciocho. Terminó el instituto en Oshima y fue directamente a
Tokio, donde su unió a una compañía de teatro llamada compañía
teatral Vuelo Libre.
—¿En Oshima? —Yoshino dejó de escribir y frunció el ceño—. Por
cierto, ¿desde dónde estás llamando?
—Desde un sitio que se llama Sashikiji, en la isla de Ozu Oshima.
—¿Y cuándo piensas volver?
—En cuanto pueda.
—¿Te das cuenta de que se acerca un tifón hacia allí?
Por supuesto, a Asakawa no le pasaba aquello por alto, estando
como estaba en plena trayectoria del tifón, pero para Yoshino toda la
situación había empezado a adquirir un aire de irrealidad que le había
empezado a parecer divertida. Faltaban dos noches para la «fecha
límite» y Asakawa estaba empantanado en Oshima y tal vez sin
posibilidad de escapar.
—¿Has oído algún parte meteorológico? —Asakawa seguía sin
conocer muchos detalles.
—Bueno, no estoy seguro, pero por la pinta que tiene, me imagino
que no va a despegar ningún vuelo y que van a suspender el transporte
oceánico.
Asakawa había estado demasiado ocupado siguiendo la pista de
Sadako Yamamura como para enterarse de alguna información fiable
sobre el tifón. Desde que puso el pie en el muelle de Oshima le había
dado mala espina, pero ahora que había salido a colación la posibilidad
de quedarse allí varado, de pronto le entró una sensación de urgencia.
—Eh, bueno, no te preocupes. Todavía no han cancelado nada —
Yoshino intentó ser positivo. Luego cambió de tema—. Así pues, esa
mujer… Sadako Yamamura. ¿Has comprobado su historia hasta que
tenía dieciocho años?
—Más o menos —contestó Asakawa, consciente del ruido del viento
y las olas dentro de la cabina telefónica.
—No es la única pista que tienes, ¿no? Debes de tener algo además
de esa compañía teatral Vuelo Libre.
—No, es la única. Sadako Yamamura, nacida en Sashikiji, en la isla
de Izu Oshima, en mil novecientos cuarenta y siete, hija de Shizuko
Yamamura… Eh, toma nota de ese nombre. Shizuko Yamamura. En mil
novecientos cuarenta y siete tenía veintidós años. Dejó a su bebé,
Sadako, con su abuela y se escapó a Tokio.
—¿Por qué dejó al bebé en la isla?
—Había un hombre. Toma nota también de esto: Heihachiro
Ikuma. En aquella época era profesor ayudante de psiquiatría. Y era el
amante de Shizuko Yamamura.
—¿Quiere eso decir que Sadako es la hija de Shizuko e Ikunia?
—No he podido encontrar pruebas, pero creo que podemos darlo
por sentado.
—Y no estaban casados, ¿verdad?
—Exacto. Heihachiro Ikuma ya tenía una familia.
Así que había sido una aventura ilícita. Yoshino chupó la punta de
su lápiz.
—Muy bien, te sigo. Continúa.
—A principios de mil novecientos cincuenta, Shizuko regresó de
repente a su pueblo natal por primera vez en tres años. Se reunió con
su hija Sadako y vivió aquí una temporada. Pero a finales del año volvió
a fugarse y esa vez se llevó con ella a Sadako. Durante los siguientes
cinco años nadie supo dónde estaban Shizuko y Sadako ni qué estaban
haciendo. Pero a mediados de la década de mil novecientos cincuenta,
el primo de Shizuko, que todavía vivía en la isla, oyó el rumor de que
Shizuko se había hecho famosa de alguna forma.
—¿Estuvo involucrada en alguna clase de incidente?
—No está claro. El primo dice solamente que empezó a oír cosas
sobre Shizuko, habladurías. Pero cuando le di mi tarjeta y vio que yo
trabajaba para un periódico, me dijo: «Si es usted periodista,
probablemente sepa más del asunto que yo». Por la forma en que me
habló, parece que entre mil novecientos cincuenta y mil novecientos
cincuenta y cinco Shizuko y Sadako estuvieron involucradas en algo que
causó revuelo en los medios de comunicación. Pero las noticias de
Honshu llegaban con dificultades a la isla…
—O sea que quieres que yo averigüe por qué salieron en las
noticias.
—Me lees la mente. *.
—Idiota. Era obvio. ~
—Hay más. En mil novecientos cincuenta y seis Shizuko regresó a
la isla, arrastrando con ella a Sadako. La madre estaba tan demacrada
que parecía otra persona y no contestó a ninguna de las preguntas de
su primo. Se cerró en banda y se dedicó a farfullar cosas incoherentes.
Luego, un día, se suicidó arrojándose al monte Mihara, el volcán. Tenía
treinta y un años.
—Así que también tengo que averiguar por qué Shizuko se suicidó.
—Si te parece bien.
Sin dejar el auricular, Asakawa hizo una reverencia. Si terminaba
varado en aquella isla, Yoshino iba a ser su única esperanza. Asakawa
lamentaba que él y Ryuji hubieran viajado hasta allí de forma tan
despreocupada. Ryuji bien podría haber investigado él solo un villorrio
como Sashikiji. Habría sido más eficaz que Asakawa se quedara en
Tokio, esperara a que Ryuji contactara con él y luego se reuniera con
Yoshino para seguir las pistas encontradas.
—Muy bien, haré lo que pueda. Pero creo que me falta un poco de
ayuda por aquí.
—Llamaré a Oguri y le pediré que te envíe a alguna gente.
—Eso sería genial.
Una cosa era decirlo, por supuesto, pero Asakawa no confiaba
mucho en la idea. Su redactor jefe siempre se estaba quejando de no
tener personal suficiente. Asakawa dudaba mucho que estuviera
dispuesto a transferir personal a un caso como aquel.
—Así que su madre se suicidó y Sadako se quedó en Sashikiji, a
cargo del primo de su madre. Y ahora ese primo ha convertido su casa
en una casa de huéspedes.
Estuvo a punto de decir que él y Ryuji se estaban alojando
precisamente en aquel lugar, pero decidió que era un detalle
innecesario.
—Al año siguiente, Sadako, que iba a cuarto de primaria, se hizo
famosa en su escuela prediciendo la erupción del monte Mihara. ¿Lo has
oído? El monte Mihara entró en erupción en mil novecientos cincuenta y
siete, el mismo día y a la misma hora que Sadako había predicho.
—Eso sí es impresionante. Si tuviéramos una mujer así no
necesitaríamos al Comité de Coordinación para la Predicción de
Terremotos.
Como resultado del cumplimiento de su predicción, su fama se
extendió por toda la isla y llegó hasta la red del profesor Miura. Pero
Asakawa se imaginó que no necesitaba explicar todo aquello. Lo que
importaba ahora era…
—Después de eso, los isleños empezaron a acudir a Sadako para
que les predijera el futuro. Pero ella rechazó todas las peticiones. Les
decía una y otra vez que no tenía poder para aquello.
—¿Por modestia?
—¿Quién sabe? Luego, cuando terminó el instituto, se marchó a
Tokio como si no aguantara un minuto más aquí. Los parientes que se
habían estado haciendo cargo de ella no recibieron más que una postal.
La postal decía que había aprobado el examen y que la habían aceptado
en la compañía teatral Vuelo Libre. Y hasta hoy no han oído noticias de
ella. No hay ni un alma en la isla que sepa dónde está o a qué se
dedica.
—En otras palabras, la única pista que tenemos, el único rastro que
dejó, es esa compañía teatral Vuelo Libre.
—Me temo que sí.
Muy bien, déjame ver si lo he entendido. Lo que se supone que
tengo que averiguar es: por qué salió Shizuko Yamamura en las
noticias, por qué se tiró a un volcán y adonde fue su hija y qué hizo
después de entrar en una compañía teatral a los dieciocho años. En
otras palabras, que lo averigüe todo sobre la madre y todo sobre la hija.
Nada más que esas dos cosas.
—Eso es.
—¿Cuál primero? '
—¿Eh?
—Te pregunto si quieres que empiece primero por la madre o por
la hija. No te queda mucho tiempo, ya sabes.
El asunto más urgente, claramente, era qué había sido de Sadako.
—¿Podrías empezar con la hija?
—Vale. Supongo que mañana a primera hora iré a las oficinas de la
compañía teatral Vuelo Libre.
Asakawa se miró el reloj. Pasaba un poco de las seis de la tarde.
Todavía quedaba mucho tiempo antes de que cerraran un local de
ensayos.
—Eh, Yoshino. Mañana no. Intenta hacerlo esta noche.
Yoshino dejó escapar un suspiro y negó con la cabeza.
—Mira, Asakawa. Yo también tengo trabajo que hacer, ¿sabes? ¿No
se te había ocurrido? Tengo una montaña de cosas que escribir antes de
mañana. Ni siquiera mañana me viene…
Yoshino perdió el hilo. Si continuaba por aquel camino parecería
que estaba intentando demasiado que Asakawa se sintiera en deuda.
Siempre se preocupaba de mantener la compostura en situaciones
como aquella.
—Por favor, te lo suplico. O sea, mi fecha límite es pasado mañana.
Sabía cómo funcionaban las cosas en su profesión, y tenía miedo
de insistir demasiado. Lo único que podía hacer era esperar en silencio
a que Yoshino tomara una decisión.
—Pero… Ah, qué demonios. Intentaré hacerlo esta noche. Pero no
te prometo nada.
—Gracias. Te debo una —Asakawa hizo una reverencia y se dispuso
a colgar.
—Espera un momento. Hay algo importante que todavía no te he
preguntado.
—¿Qué?
—¿Qué relación puede haber entre lo que viste en el vídeo y esta
tal Sadako Yamamura?
Asakawa hizo una pausa.
—No te lo creerías ni aunque te lo contara.
—A ver.
—Esas imágenes no las grabó una cámara de vídeo —Asakawa se
detuvo un momento largo para que el cerebro de Yoshino asimilara sus
palabras—. Esas imágenes son cosas que Sadako vio con sus ojos y
cosas que se imaginó, fragmentos presentados uno detrás de otro sin
nada que los contextualice.
—¿Eh? —Yoshino se quedó momentáneamente sin habla.
—¿Lo ves? Ya te dije que no te lo creerías.
—¿Quieres decir que son como fotos psíquicas?
—La expresión se queda corta. La verdad es que ella hizo que
aquellas imágenes aparecieran en un tubo catódico. Proyectó imágenes
en movimiento en una tele.
—¿Qué es esa mujer, un agencia de producción? —Yoshino se rió
de su propia broma. Asakawa no se enfadó. Entendía por qué Yoshino
tenía que bromear. Escuchó en silencio la risa despreocupada de su
amigo.
21.40 h. Mientras subía las escaleras de la estación de Yotsuya
Sanchome de la línea Marunouchi del metro, una ráfaga de viento
amenazó con hacerle volar el gorro a Yoshino y tuvo que volver a
ponérselo en la cabeza con las dos manos. Miró a su alrededor en busca
del cuartel de los bomberos que se suponía que tenía que usar como
punto de referencia. Estaba allí mismo, en la esquina. Bajó la calle y al
cabo de un minuto llegó a su destino.
En la acera había un letrero que decía: «Compañía teatral Vuelo
Libre». Junto al mismo, unas escaleras llevaban a un sótano, desde
cuyas profundidades salían voces de hombres y mujeres jóvenes, en
una mezcolanza de canciones y recitados. Probablemente tenían una
representación cerca y planeaban ensayar hasta que salieran los últimos
trenes. No le hacía falta ser periodista cultural para imaginárselo. Pero
se pasaba la mayor parte del tiempo investigando crímenes. Tuvo que
admitir que se le hacía un poco raro visitar el local de ensayos de una
compañía de teatro.
Las escaleras que daban al sótano estaban hechas de acero y cada
paso arrancaba un golpeteo metálico. Si los miembros fundadores de la
compañía no recordaban a Sadako Yamamura, el hilo se rompería, y la
vida de aquella vidente, en la que se apoyaban todas sus esperanzas,
se volvería a sumir en la oscuridad. La compañía teatral Vuelo Libre se
había fundado en 1957, y Sadako se había unido a ellos en 1965. En la
actualidad solamente quedaban cuatro miembros fundadores, entre
ellos un tipo llamado Uchimura, un autor teatral y director que hacía de
portavoz del grupo.
Yoshino le dio la tarjeta a un becario veinteañero que estaba de pie
en la entrada de la sala de ensayos y le pidió que llamara a Uchimura.
—Tiene una visita de El Heraldo, señor —El becario habló con voz
resonante de actor, llamando al director, que estaba sentado en una
punta de la sala observando las interpretaciones de todos.
Uchimura se dio la vuelta, sorprendido. Al enterarse de que su
visitante era periodista, se acercó a Yoshino con una sonrisa de oreja a
oreja. Todas las compañías teatrales trataban a la prensa con gran
cortesía. Incluso la más pequeña mención en la columna de arte de un
periódico podía suponer una gran diferencia en venta de entradas. A
una sola semana de la noche del estreno, dio por sentado que el
periodista había venido a echar un vistazo a los ensayos. El Heraldo
nunca le había prestado mucha atención, así que Uchimura se mostró
encantador y decidido a aprovechar la ocasión al máximo. Pero en
cuanto supo la verdadera razón de la visita de Yoshino, Uchimura
pareció perder repentinamente todo interés en él. De pronto estaba
extremadamente ocupado. Miró alrededor de la sala hasta que divisó un
actor más bien bajito de cincuenta y tantos años, sentado en una silla.
—Ven un momento, Shin —llamó con voz chillona al hombre. Algo
en el tono demasiado familiar con que se dirigió a aquel actor de
mediana edad (o tal vez fue su voz afeminada, combinada con sus
brazos y piernas largos y desgarbados) puso los pelos de punta al
musculoso Yoshino. «Este tipo es distinto», pensó.
—Shin, cariño, tú no entras hasta el segundo acto. Sé bueno y
habíale a este hombre de Sadako Yamamura. Te acuerdas de aquella
chica tan siniestra, ¿no?
A Yoshino le resultaba familiar la voz de Shin, en los doblajes en
japonés de las películas occidentales en la tele. Shin Arima era más
conocido como doblador que como actor teatral. Y era otro de los
miembros originales que seguían en la compañía.
—¿Sadako Yamamura? —Arima se rascó la calva incipiente
mientras intentaba buscar en su memoria de veinticinco años atrás—.
Ah, aquella Sadako Yamamura —Hizo una mueca. Era evidente que
aquella mujer había dejado una impresión profunda en él.
—¿Te acuerdas? Bueno, pues yo estoy aquí ensayando, así que
llévalo a mi camerino, ¿quieres? —Uchimura hizo una pequeña
reverencia y regresó con los actores reunidos. Para cuando llegó al sitio
donde había estado sentado, ya volvía a ser el regio director.
Arima abrió una puerta con un letrero que decía «Presidente»,
señaló un sofá de cuero y dijo:
—Siéntese.
Si aquel era el despacho del director, quería decir que la compañía
estaba organizada como una empresa. Sin duda, el director hacía
también de presidente.
—Así pues, ¿qué le trae en medio de una tormenta como esta?
La cara de Arima estaba ruborizada y sudorosa de los ensayos,
pero en lo más profundo de sus ojos asomaba una sonrisa. El director
parecía la clase de persona que siempre estaba sopesando los motivos
ajenos mientras conversaba, pero Arima era de esos tipos que
contestan con honestidad a todo lo que les preguntas, sin ocultar nada.
Una entrevista podía ser fácil o dolorosa dependiendo de la personalidad
del entrevistado.
—Siento importunarlos cuando están tan ocupados —Yoshino se
sentó y sacó su cuaderno. Asumió su postura habitual, con el bolígrafo
en la mano derecha.
—Ya no esperaba volver a oír nunca el nombre de Sadako
Yamamura. Hace una eternidad…
Arima estaba rememorando su juventud. Echaba de menos la
energía juvenil que había tenido cuando se marchó de la compañía de
teatro comercial en la que había estado y fundó una compañía nueva
con sus amigos.
—Señor Arima, cuando hace unos minutos usted ha recordado el
nombre por el que le preguntaba, ha dicho «aquella Sadako
Yamamura». ¿Qué ha querido decir con eso?
—Aquella chica, déjeme ver, ¿cuándo fue que se unió a nosotros?
Creo que llevábamos pocos años funcionando. La compañía estaba
apenas despegando, y cada año teníamos más chavales que querían
venir con nosotros. En todo caso, aquella Sadako era extraña.
—¿En qué sentido era extraña?
—Mmm… —Arima se llevó la mano a la mandíbula y pensó un
momento. «Ahora que lo pienso, ¿por qué me da la impresión de que
era extraña?»
—¿Tenía algo especial, algo que destacara?
—No, si uno la miraba, era una chica normal. Bastante alta,
callada. Siempre estaba sola.
—¿Sola?
—Bueno, normalmente los becarios intiman mucho entre ellos. Pero
ella nunca intentó relacionarse con los demás.
—En todas las compañías siempre había alguien así. A Yoshino le
costaba imaginar que aquello era lo único que la hiciera destacar.
—¿Cómo la describiría usted con una sola palabra?
—¿Con una palabra? Mmm… diría que era inquietante.
La había definido como «inquietante» sin dudarlo. Y Uchimura la
había llamado «aquella chica tan siniestra». Yoshino no pudo evitar
sentir lástima por una joven soltera de dieciocho años a la que todo el
mundo calificaba de inquietante. Empezaba a imaginarse una mujer de
aspecto grotesco.
—¿Qué era lo que la hacía inquietante?
Ahora que se paraba a considerarlo, a Arima le pareció raro que
sus recuerdos de una becaria que solamente estuvo allí durante un año
hacía un cuarto de siglo pudieran parecerle tan recientes. En el fondo de
su mente había algo que retenía su fuerza. Algo había pasado, algo que
había servido para fijar aquel nombre en su memoria.
—Ah, sí, ya me acuerdo. Fue en esta misma sala.
Arima examinó el despacho del presidente. Ahora que rememoraba
el incidente, podía recordar con nitidez incluso la disposición de los
muebles en aquella época, cuando aquella sala todavía se usaba como
despacho central.
—Mire usted, hemos ensayado en este espacio desde que
empezamos, pero antes era mucho más pequeño. Esta sala en la que
estamos ahora era nuestro despacho central. Ahí había taquillas, y
teníamos una mampara de cristal esmerilado por aquí… Exacto, y ahí
había un televisor… Bueno, ahora tenemos otro distinto —Arima iba
señalado mientras hablaba.
—¿Un televisor? —Yoshino frunció el entrecejo y cogió el bolígrafo
con más fuerza.
—Sí. Uno de aquellos antiguos en blanco y negro.
—Vale. ¿Y qué pasó? —Yoshino lo apremió a que continuara.
—Se había acabado el ensayo y casi todo el mundo se había ido a
casa. Yo no estaba contento con una de mis líneas, así que vine a
repasar mi papel otra vez. Estaba justo ahí… —Arima señaló la puerta—.
Estaba ahí de pie, mirando la sala, y a través del cristal esmerilado vi
que la tele parpadeaba. Y pensé, bueno, hay alguien viendo la tele. Y no
me equivocaba, no. Estaba al otro lado de la mampara, así que yo no
podía ver qué había en la pantalla, pero sí que veía la luz temblorosa en
blanco y negro. No había sonido. La sala estaba oscura y al pasar al
otro lado de la pantalla me pregunté quién estaría delante de la tele y
miré la cara de aquella persona. Era Sadako Yamamura. Pero cuando
llegué al otro lado de la mampara y me puse a su lado, en la pantalla no
había nada. Por supuesto, yo simplemente di por sentado que la
acababa de apagar. En aquel momento todavía no tenía dudas. Pero…
Arima parecía reticente a continuar.
—Por favor, continúe.
—Hablé con ella. Le dije: «Será mejor que te vayas a casa deprisa,
antes de que dejen de funcionar los trenes». Y encendí la lámpara de la
mesa. Pero no se encendía. Miré y vi que no estaba enchufada. Me
agaché para enchufarla y fue entonces cuando me di cuenta: el
televisor tampoco estaba enchufado.
Arima recordaba con nitidez el escalofrío que le había recorrido la
espalda cuando vio el enchufe tirado en el suelo.
Yoshino quería confirmar lo que acababa de oír.
—¿Y está seguro de que el televisor estaba encendido a pesar de
estar desenchufado?
—Así es. Aquello me hizo temblar, se lo aseguro. Levanté la cabeza
s:n pensarlo y miré a Sadako. ¿Qué estaba haciendo allí sentada,
delante de un televisor desenchufado? No me miró directamente, sino
que siguió con la vista clavada en la pantalla y una débil sonrisa en los
labios.
Arima parecía recordar hasta el detalle más pequeño. Estaba claro
que el episodio le había dejado una huella profunda.
—¿Y se lo contó a alguien?
—Naturalmente. Se lo conté a Uchy… Es decir, a Uchimura, el
director, al que acaba de conocer… Y también a Shigemori.
—¿El señor Shigemori?
—Él fue el verdadero fundador de la compañía. En realidad,
Uchimura es nuestro número dos.
—Aja. ¿Y cómo reaccionó el señor Shigemori al oír su historia?
—En aquel momento estaba jugando al mahjongg, pero se quedó
fascinado. Siempre sintió debilidad por las mujeres, y parecía que a ella
llevaba un tiempo observándola, planeando hacerla suya. Y aquella
noche, después de beber varias copas, empezó a decir locuras, a decir:
«Esta noche voy a entrar en el apartamento de Sadako». No supimos
qué hacer. No eran más que tonterías de borracho. No nos las podíamos
tomar demasiado en serio, pero tampoco le podíamos seguir la
corriente. Al cabo de un rato todo el mundo se fue a casa y Shigemori
se quedó solo. Y al final nunca supimos si había ido al apartamento de
Sadako aquella noche o no. Porque al día siguiente, cuando Shigemori
apareció en el local de ensayos, parecía una persona completamente
distinta. Estaba pálido y silencioso, y se limitó a quedarse sentado sin
decir nada en absoluto. Luego se murió, allí mismo, como si se hubiera
quedado dormido. Yoshino levantó la vida, asombrado.
—¿Cuál fue la causa de la muerte?
—Parálisis cardíaca. Hoy lo llaman «fallo cardíaco súbito», creo. Se
estaba forzando al máximo para estar listo para el estreno y creo que
fue más allá de sus fuerzas.
—Así que básicamente nadie sabe si pasó algo entre Sadako y
Shigemori.
Yoshino insistió y Arima asintió con firmeza. No era de extrañar
que Sadako hubiera dejado una huella tan profunda, pensó Yoshino.
—¿Y qué pasó con ella después de aquello?
—Dejó la compañía. Creo que solamente estuvo con nosotros un
año o dos.
—¿Y qué hizo después de marcharse?
—Me temo que no le puedo ayudar con esa pregunta.
—¿Qué hace la mayoría de la gente cuando se marcha de una
compañía teatral?
—La gente que tiene verdadera vocación se une a otra compañía.
—¿Y cree que eso es lo que hizo Sadako Yamamura? —Era una
chica muy lista y su instinto interpretativo no era malo en absoluto.
Pero tenía defectos de personalidad. Quiero decir que en esta profesión
las relaciones personales lo son todo. Creo que ese no era su fuerte.
—¿Me está diciendo que es posible que dejar el mundo del teatro
por completo?
—No le sabría decir.
—¿No hay nadie que pueda saber qué fue de ella?
—Tal vez alguno de los otros becarios que estuvieron con nosotros
en aquella época.
—¿Tiene usted por casualidad alguno de sus nombres o
direcciones?
—Un momento.
Arima se puso de pie y se acercó a la estantería empotrada en la
pared. Había archivadores encuadernados de un lado a otro de los
estantes. Cogió uno. Contenía los portafolios que los aspirantes
enviaban cuando hacían el examen de entrada.
—Incluyéndola a ella, hubo otros ocho internos que se unieron a la
compañía en mil novecientos sesenta y cinco —dijo sosteniendo los
portafolios en alto.
—¿Puedo echarles un vistazo?
—Adelante.
Cada portafolio tenía dos fotos, una foto de la cara y otra de cuerpo
entero. Yoshino sacó el portafolio de Sadako Yamamura. Miró sus fotos.
—Eh, ¿no ha dicho usted hace unos minutos que era
«inquietante?» —Yoshino estaba confuso. Había demasiada distancia
entre la Sadako que él había imaginado a partir de la descripción de
Arima y la Sadako de las fotos—. ¿Inquietante? Debe de estar de
broma. En mi vida he visto una cara más bonita.
Yoshino se preguntó por qué lo había expresado de aquella
manera: por qué había dicho «cara bonita» en lugar de «chica bonita».
Ciertamente, sus rasgos faciales eran perfectamente regulares. Pero
carecían de cierta suavidad femenina. A pesar de todo, al mirar su foto
de cuerpo entero tuvo que admitir que su cintura y sus tobillos esbeltos
eran contundenteniente femeninos. Era una chica muy guapa: y sin
embargo, los veinticinco años transcurridos habían corroído su recuerdo
hasta el punto de que la recordaban como «inquietante» y como
«aquella chica tan siniestra». Lo normal sería que la recordaran como
«aquella mujer tan maravillosamente guapa». A Yoshino le picaba la
curiosidad aquella cualidad «inquietante» que parecía apartar a codazos
la notable belleza de su cara.
7 de octubre, miércoles De pie en el cruce de Omotesando y
Aoyamadori, Yoshino volvió a sacar su cuaderno. «6-1 Minami Aoyama.
Casa de inquilinos Sugiyama». Aquella había sido la dirección de Sadako
hacía veinticinco años. La dirección lo tenía preocupado. Siguió la curva
de Omotesando y, ciertamente, el 6-1 estaba allí, era el edificio situado
justo delante del Museo Nezu, uno de los distritos más adinerados de la
ciudad. Tal como se había temido, no había más que imponentes
apartamentos de ladrillo rojo ahí donde tendría que estar la humilde
casa de inquilinos Sugiyama.
«Oh, ¿a quién creías que engañabas? ¿Cómo ibas a seguir la pista
de esa mujer veinticinco años más tarde?»
La única pista que le quedaba eran los otros chavales que se
habían unido a la compañía teatral al mismo tiempo que Sadako. De los
siete que habían ingresado aquel año, solamente había podido
encontrar información relativa a cuatro. Si ninguno de ellos sabía nada
del paradero de Sadako, entonces la pista habría muerto. Y a Yoshino le
daba la impresión de que era eso lo que iba a pasar. Se miró el reloj:
las once de la mañana. Irrumpió en una papelería cercana para enviar
un fax a la oficina de Izu Oshima. También podía contarle a Asakawa
todo lo que había descubierto hasta aquel momento.
En aquel preciso instante, Asakawa y Ryuji estaban en aquella
«oficina», la casa de Hayatsu.
—¡Eh, tranquilízate, Asakawa! —le gritó Ryuji a Asakawa, que
caminaba de arriba a abajo por la habitación dándole la espalda—. El
pánico no te va a servir de nada, ¿sabes?
La radio no paraba de emitir alertas de tifón: velocidades del viento
máximas, presión barométrica cercana al ojo del huracán, milibares,
vientos del norte-nordeste, zonas de viento y lluvias violentas,
marejadas fuertes… Todo le daba mala espina a Asakawa.
De momento, el tifón n.° 21 tenía su centro en un punto del mar
situado aproximadamente a unos ciento cincuenta kilómetros al sur del
cabo Omaezaki y avanzaba en dirección norte-nordeste a una velocidad
de unos veinte kilómetros por hora, manteniendo velocidades de unos
cuarenta metros por segundo. A ese paso, llegaría al sur del
archipiélago de Oshima a media tarde. Probablemente el tráfico
marítimo y aéreo no se reanudaría hasta el día siguiente: jueves. Por lo
menos, esas eran las predicciones de Hayatsu.
—¡Hasta el jueves! —A Asakawa le hervía la sangre. «¡Mi fecha
límite es mañana a las diez! Maldito tifón, date prisa y pasa ya, o
conviértete en una depresión tropical o algo así»—. ¿Cuándo vamos a
poder coger un barco o un avión para marcharnos de esta isla?
Asakawa quería ponerse furioso con alguien pero no sabía con
quién. «No tendría que haber venido. Me arrepentiré siempre. Y eso no
es todo. No siquiera sé dónde empezar a arrepentirme. Nunca tendría
que haber visto el vídeo. Nunca tendría que haberme dejado llevar por
la curiosidad por las muertes de Tomoko Oishi y Shuichi Iwata. Nunca
debería haber cogido un taxi aquel día… Mierda».
—¿Es que eres incapaz de relajarte? Quejarte al señor Hayatsu no
te va a llevar a ninguna parte —Ryuji cogió del brazo a Asakawa con
suavidad inesperada—. Piensa en ello de esta manera. Tal vez el
sortilegio es algo que solamente se puede llevar a cabo aquí en la isla.
Por lo menos es una posibilidad. ¿Por qué no usaron el sortilegio
aquellos crios? Tal vez no tenían dinero para venir a Oshima. Es
plausible. Tal vez estas nubes de tormenta tengan su lado bueno. Por lo
menos, tú intenta creerlo y tal vez seas capaz de tranquilizarte.
—¡Eso si podemos averiguar cuál es el sortilegio!
Asakawa apartó la mano de Ryuji. Asakawa vio que Hayatsu y su
mujer se miraban, y le dio la impresión de que se estaban riendo. Dos
hombres adultos hablando de sortilegios.
—¿De qué os reís? —Hizo el gesto de ir hacia ellos, pero Ryuji lo
agarró del brazo, con más fuerza que antes, y lo detuvo.
—Déjalo. Estás desperdiciando tu energía.
Al ver la irritación de Asakawa, el amable Hayatsu había empezado
a sentirse casi responsable de que el tifón hubiera interrumpido el
transporte. O tal vez se solidarizaba con el sufrimiento que la tormenta
causaba en la gente. Rezó por el éxito del proyecto de Asakawa. Tenía
que llegar un fax de Tokio, pero esperar solamente pareció incrementar
la irritación de Asakawa. Hayatsu intentó distender la situación.
—¿Cómo va su investigación? —preguntó Hayatsu en tono amable,
intentando calmar a Asakawa.
—Bueno…
—Uno de los amigos de infancia de Shizuko Yamamura vive muy
cerca. Si quieren, puedo llamarle y ustedes pueden escuchar lo que él
tenga que decir. El viejo Gen no va a salir a pescar en un día como hoy.
Estoy seguro de que se aburre y no le importaría en absoluto pasar por
aquí.
Hayatsu se imaginaba que si le daba a Asakawa algo más que
investigar, eso lo distraería.
—Tiene casi setenta años, así que no sé si va a poder responder
muy bien las preguntas de ustedes, pero seguro que es mejor que
esperar sin hacer nada.
—Muy bien…
Sin esperar siquiera una respuesta, Hayatsu se dio la vuelta y
llamó a su mujer en la cocina.
—Eh, llama a casa de Gen y dile que venga ahora mismo.
Tal como había dicho Hayatsu, Genji estaba contento de hablar con
ellos. Parecía que nada le gustaba más que hablar de Shizuko
Yamamura. Tenía sesenta y ocho años, tres más de los que tendría hoy
Shizuko. Ella había sido su compañera de juegos en la infancia y
también su primer amor. Ya fuera porque sus recuerdos se iban
volviendo nítidos a medida que hablaba de ellos o simplemente porque
le estimulaba el hecho de tener público, los recuerdos manaron de él a
raudales. Para Genji, hablar de Shizuko era hablar de su propia
juventud.
Asakawa y Ryuji obtuvieron cierta información de su chachara y
ocasionalmente alguna historia lacrimógena sobre Shizuko. Pero eran
conscientes de que solamente podían confiar hasta cierto punto en el
viejo Gen. Los recuerdos siempre corrían el riesgo de embellecerse, y
todo aquello había ocurrido hacía más de cuarenta años. Tal vez incluso
la estuviera confundiendo con otra mujer. Bueno, tal vez no: el primer
amor de un hombre era especial, no se solía confundir con otra
persona.
Genji no era exactamente elocuente. Hablaba dando muchos
rodeos, y Asakawa se cansó enseguida de escucharlo. Pero luego dijo
algo que llamó poderosamente la atención de Asakawa y Ryuji.
—Creo que lo que hizo cambiar a Shizu fue aquella estatua de
piedra del Asceta que sacamos del mar. Aquella noche había luna llena…
De acuerdo con el anciano, los misteriosos poderes de Shizuko
estaban conectados de alguna forma al mar y a la luna llena. Y la noche
que sucedió, Genji había estado a su lado en la barca, remando. Era
una noche de 1946, a finales de verano. Shizuko tenía veintiún años, y
Genji, veinticuatro.
Hacía calor para estar ya tan cerca el otoño, y ni siquiera el
anochecer hizo que refrescara. Genji hablaba de aquellos
acontecimientos de hacía cuarenta y cuatro años como si hubieran
pasado la noche anterior.
Aquella noche sofocante Genji estaba en el porche de su casa,
abanicándose ociosamente y mirando cómo el cielo nocturno se
reflejaba tranquilamente en el mar iluminado por la luna. El silencio se
rompió cuando Shizu apareció corriendo por la ladera que llevaba a su
casa. Se detuvo junto a él, tirándole de la manga, y le chilló: «¡Gen,
coge tu barca! Nos vamos a pescar». Él le preguntó por qué, pero lo
único que le dijo elk fue: «Nunca vamos a tener otra noche de luna
como esta». Genji se quedó sentado allí, como si estuviera aturdido,
mirando a la chica más guapa de la isla. «¡Deja de mirarme con esa
cara de tonto y date prisa!» Ella le tiró del cuello de la ropa hasta que
se puso de pie. Genji estaba acostumbrado a que ella tirara de él y le
diera órdenes, pero le preguntó de todos modos: «¿Qué demonios
vamos a ir a pescar?». Ella miró el océano y contestó sucintamente: «La
estatua del Asceta».
—¿Del Asceta?
Con las cejas enarcadas y un componente de pesar en el tono de
su voz, Shizuko le explicó que, aquel mismo día, las tropas de
ocupación habían tirado al mar la estatua de piedra del Asceta.
En la mitad de la costa oriental de la isla había una playa que se
llamaba la playa del Asceta, con una pequeña cueva que se llamaba la
gruta del Asceta. La gruta contenía una estatua de piedra de Enno
Ozunu, el famoso asceta budista, que había sido desterrado a la isla en
el año 699. Ozunu nació dotado de una gran sabiduría, y los largos años
de disciplina le habían permitido dominar las artes ocultas y místicas. Se
decía que podía convocar dioses y demonios a voluntad. Pero el poder
de Ozunu para predecir el futuro le granjeó poderosos enemigos en el
mundo de los libros y las armas. Así que lo juzgaron, lo consideraron un
criminal y una amenaza para la sociedad y lo desterraron a Izu Oshinia.
De aquello hacía casi mil trescientos años. Ozunu se afincó en una
pequeña cueva en la playa y se dedicó a disciplinas todavía más
extenuantes. También enseñó a pescar y cultivar la tierra a la gente de
la isla y su virtud le valió el respeto de todos. Por fin lo perdonaron y le
permitieron regresar a Honshu, donde fundó la orden monástica de
Shugendo. Se creía que había pasado tres años en la isla, pero
abundaban las historias de aquel período, incluyendo la leyenda de que
una vez se había calzado unos zuecos de hierro,y había volado hasta el
monte Fuji. Los isleños seguían teniéndole gran cariño a Enno Ozunu, y
la gruta del Asceta se consideraba el lugar más sagrado de la isla. Cada
15 de junio se celebraba un festival que se conocía como el Festival del
Asceta.
Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, como
parte de su política hacia el shintoismo y el budismo, las fuerzas de
ocupación habían sacado la estatua de Enno Ozunu de la cueva que le
hacía las veces de capilla y la habían tirado al mar. Por supuesto,
Shizuko, que tenía mucha fe en Ozunu, había estado mirando. Se había
escondido a la sombra de las rocas en el cabo del Morro de Gusano y
observó atentamente cómo arrojaban la estatua desde la patrullera
americana. Memorizó el lugar exacto.
Genji no se lo podía creer cuando oyó que iban a pescar la estatua
del Asceta. Era un buen pescador y tenía brazos fuertes, pero nunca
había intentado coger una estatua de piedra. Sin embargo, no podía
rechazar los deseos de Shizuko, dado lo que sentía por ella. Así que
zarpó con su bote en plena noche, con la idea de que aquella era su
oportunidad para ponerla en deuda con él. Y la verdad sea dicha,
hacerse a la mar bajo una luna tan hermosa como aquella, los dos
solos, prometía ser algo maravilloso.
Habían encendido fogatas en la playa del Asceta y en el Morro del
Gusano como puntos de referencia, y ahora avanzaron mar adentro. Los
dos conocían bien aquella parte del océano: la disposición del fondo
marino, la profundidad y los bancos de peces que nadaban allí. Pero
ahora era de noche, y por mucho que brillara la luna, no iluminaba nada
por debajo de la superficie. Genji no sabía cómo Shizuko pretendía
encontrar la estatua. Se lo preguntó mientras remaba pero ella no
contestó. Se limitó a comprobar nuevamente su posición guiándose por
las fogatas de la playa. Uno se podía hacer una idea bastante
aproximada de dónde estaban mirando por encima de las olas a las
fogatas y calculando la distancia entre ambas. Después de remar varios
centenares de metros, Shizuko gritó:
—¡Para aquí!
Fue a la popa de la barca, se inclinó para acercarse a la superficie
del agua y contempló las aguas oscuras.
—Mira a otro lado —le ordenó a Genji.
Genji adivinó lo que Shizuko estaba a punto de hacer y el corazón
le dio un vuelco. Shizuko se irguió y se quitó el quimono estampado con
manchas en forma de salpicaduras. Con la imaginación excitada por el
sonido de la tela frotando la piel de ella, a Genji le costaba respirar. Oyó
tras su espalda cómo Shizuko se tiraba al mar. Cuando la espuma le
salpicó los hombros, se dio media vuelta y miró. Shizuko estaba en el
agua, con el pelo largo y negro atado con un trozo de tela y el extremo
de una soga fina agarrado con los dientes. Sacó la mitad superior del
cuerpo fuera del agua, respiró hondo un par de veces y se sumergió
hacia el fondo del mar.
¿Cuantas veces asomó su cabeza a la superficie para coger aire? La
última vez ya no tenía la soga en la boca.
—La he atado al Asceta. Tira de la cuerda y sácalo —dijo con voz
temblorosa.
Genji se colocó en la proa de la barca y tiró de la soga. En un abrir
y cerrar de ojos Shizuko subió a bordo, se enfundó en su quimono y se
colocó al lado de Genji a tiempo de ayudarlo a subir la estatua. La
colocaron en el centro de la barca y regresaron a la costa. Ninguno de
los dos dijo una palabra en el trayecto de vuelta. Había algo en la
atmósfera que acallaba cualquier pregunta. A Gen le parecía un misterio
que ella hubiera podido localizar la estatua en el fondo del mar en plena
oscuridad. Tardó tres días en atreverse a preguntarle por aquello. Ella le
dijo que los ojos del asceta la habían llamado desde el fondo marino.
Los ojos verdes de la estatua, señora de dioses y demonios, habían
brillado en el fondo del mar a oscuras… Eso es lo que le dijo Shizuko.
Después de aquello, Shizuko empezó a encontrarse mal. Hasta
entonces nunca le había dolido la cabeza, pero ahora experimentaba a
menudo dolores abrasadores en la cabeza, acompañados de visiones de
cosas que antes jamás le habían pasado por la imaginación. Y resultó
que aquellas que vislumbraba pronto se manifestaban en la realidad.
Genji la había interrogado en profundidad. Parecía que aquellas escenas
del futuro se le introducían en la mente y que siempre iban
acompañadas del mismo olor cítrico. La hermana mayor de Genji se
había casado y se había mudado a Osawara, en Honshu. Cuando murió,
la escena de su muerte ya se le había presentado a Shizuko. Pero no
parecía que pudiera predecir realmente de forma consciente cosas que
iban a pasar en el futuro. Simplemente aquellas escenas se le pasaban
por la cabeza, sin previo aviso, y sin tener ni idea de por qué estaba
presenciando aquellas escenas en concreto. Así que Shizuko nunca
dejaba que la gente le pidiera que les predijera el futuro.
Al año siguiente se fue a Tokio, pese a los esfuerzos de Genji por
detenerla. Conoció a Heihachiro Ikuma y concibió a su hija. Luego, a
finales de año, regresó a su pueblo natal y dio a luz a una niña. Sadako.
No sabían cuándo iba a terminar la historia de Genji. Diez años más
tarde Shizuko se tiró al monte Mihara y a juzgar por cómo relató Genji
el episodio, parecía que había decidido culpar de ello al amante de
Shizu, Ikuma. Tal vez fuera una idea natural, ya que había sido el rival
amoroso de Genji, pero su resentimiento obvio hacía que su narración
resultara difícil de creer. La única información que habían obtenido de él
era el conocimiento de que la madre de Sadako había sido capaz de
predecir el futuro, y la posibilidad de que aquel poder le hubiera sido
conferido por una estatua de piedra de Enno Ozunu.
Justo entonces la máquina de fax empezó a zumbar. Estaba
imprimiendo una ampliación de la fotografía de la cara de Sadako
Yamamura que Yoshino había conseguido en la compañía teatral Vuelo
Libre.
Asakawa se sintió extrañamente conmovido. Aquella era la primera
vez que veía el aspecto de aquella mujer. Aunque de forma muy fugaz,
había compartido las sensaciones de aquella mujer, había visto el
mundo desde su perspectiva. Era corno vislumbrar por primera vez la
cara de una amante bajo la tenue luz matinal y ver por fin qué aspecto
tenía, después de una noche de miembros entrelazados y orgasmos
compartidos en la oscuridad.
Era extraña, pero no le parecía repulsiva. Lo cual era natural.
Aunque la foto que llegó por fax tenía los contornos un poco borrosos,
seguía transmitiendo el atractivo de los rasgos hermosos y regulares de
Sadako.
—Es guapa, ¿no? —dijo Ryuji.
De pronto, Asakawa recordó a Mai Takano. Si se las comparaba
puramente según su aspecto, Sadako era mucho más guapa que Mai.
Sin embargo, el aroma de mujer era mucho más poderoso en Mai. ¿Y
qué decir de aquella cualidad «inquietante» que se suponía que
caracterizaba a Sadako? No era visible en la fotografía. Sadako tenía
poderes que no tenía la gente corriente. Debían de haber influido a la
gente que la rodeaba.
La segunda página del fax resumía la información sobre Shizuko
Yamamura. Continuaba justo donde acababa de terminarse la historia
de Genji.
En 1947, después de dejar su pueblo natal de Sashikiji para ir a la
capital, Shizuko se desmayó de repente por culpa de los dolores de
cabeza y la llevaron a un hospital. A través de uno de los médicos
conoció a Heihachiro Ikuma, profesor ayudante del departamento de
psiquiatría de la Universidad de Taido. Ikuma estaba intentando
encontrar una explicación científica del hipnotismo y los fenómenos
asociados al mismo, y se interesó mucho por Shizuko cuando descubrió
que tenía unos poderes espectaculares de clarividencia. El
descubrimiento fue tan grande que cambió la dirección de sus
investigaciones. Así fue como Ikuma se sumergió en el estudio de los
poderes paranormales, con Shizuko como objeto de su investigación.
Pero los dos no tardaron en ir más allá de una simple relación entre
investigador y caso de estudio. A pesar de que él tenía familia, Ikuma
empezó a tener sentimientos románticos hacia Shizuko. A finales de
año, ella estaba embarazada de él, y para escapar de los ojos del
mundo regresó a casa, donde tuvo a Sadako. Shizuko regresó
inmediatamente a Tokio, dejando a Sadako en Sashikiji, pero tres años
después regresó para reclamar a su hija. Desde entonces hasta el
momento de su suicidio, evidentemente, nunca dejó que Sadako se
separara de ella.
Al arrancar la década de 1950, el dúo compuesto por Heihachiro
Ikuma y Shizuko Yamamura causaba sensación en las páginas de los
periódicos y las revistas semanales. De pronto habían arrojado luz sobre
los fundamentos científicos de los poderes sobrenaturales. Al principio,
tal vez deslumhrados por el puesto de Ikuma como profesor en una
universidad tan prestigiosa, el público creyó de forma unánime en los
poderes de Shizuko. Incluso los medios de comunicación escribieron
sobre ella bajo una luz más o menos favorable. Con todo, había
afirmaciones continuas de que podía ser nada más que un fraude, y
cuando una asociación académica con autoridad entró en la controversia
con un cometario tan sucinto como «cuestionable», la gente empezó a
retirar su apoyo a la pareja.
Los poderes paranormales que Shizuko exhibía estaban
relacionados en su mayoría con la percepción extrasensorial, como por
ejemplo la clarividencia o la segunda visión, así como la capacidad de
producir fotografías psíquicas. No dio muestras de poder de la
telequinesis, la capacidad de mover cosas sin tocarlas. De acuerdo con
una revista, simplemente sosteniendo un trozo de película dentro de un
sobre sellado sobre su frente, podía imprimir psíquicamente un dibujo
concreto. También podía identificar la imagen de un trozo de película
escondido de aquella forma con un éxito del cien por cien. Sin embargo,
otra revista afirmaba que no era más que una estafadora y aseguraba
que cualquier prestidigitador con un poco de formación podía hacer
exactamente lo mismo. Así fue como la corriente de opinión pública
empezó a volverse contra Shizuko e Ikuma.
Entonces la desgracia visitó a Shizuko. En 1954 dio a luz a su
segunda criatura, pero esta enfermó y murió cuando solamente tenía
cuatro meses. Era un niño. Sadako, que por entonces tenía siete años,
parecía haber desarrollado un cariño especial hacia su hermanito recién
nacido.
El año siguiente, 1955, Ikuma desafió a los medios de
comunicación en una demostración pública de los poderes de Shizuko.
Al principio Shizuko no quería hacerlo. Dijo que le resultaba difícil
concentrar su percepción tal como quería en medio de una masa de
espectadores. Tenía miedo de fracasar. Pero Ikuma no cedió un
milímetro. No soportaba que los medios de comunicación la calificaran
de charlatana y no se le ocurría una forma mejor de burlarse de ellos
que ofrecer pruebas claras de su autenticidad.
El día establecido, Shizuko subió a su pesar al estrado de la sala de
actos del centro científico bajo la mirada atenta de un centenar de
académicos y representantes de la prensa. Por si fuera poco, estaba
mentalmente agotada, así que iba a intentar trabajar bajo unas
condiciones nefastas. El experimento tenía un planteamiento muy
simple. Lo único que tenía que hacer era identificar los números de una
pareja de dados metidos dentro de un recipiente de plomo. Si hubiera
estado en condiciones de ejercer sus poderes con normalidad, no habría
habido problema. Pero ella sabía que todas y cada una del centenar de
personas que la rodeaban estaban expectantes y ansiosas por verla
fracasar. Tembló, se agachó en el suelo y chilló angustiada: «¡Ya
basta!». La misma Shizuko lo explicó de esta forma: todo el mundo
tiene cierto grado de poder psíquico. Ella simplemente tenía más que el
resto de la gente. Pero rodeada de un centenar de personas deseosas
de verla fracasar, su poder quedó interrumpido: no pudo conseguir que
funcionara. Ikuma fue más lejos todavía: «No es solamente un centenar
de personas. No, ahora la población entera de Japón está intentando
pisotear los frutos de mi investigación. Cuando la opinión pública,
espoleada por los medios de comunicación, se vuelve en contra,
entonces los medios ya no dicen nada que el público no quiera oír.
¡Deberían avergonzarse!». Así es cómo la gran exhibición pública de
clarividencia terminó con Ikuma denunciando a los medios de
comunicación.
Por supuesto, los medios interpretaron la diatriba de Ikuma como
un intento de echarles la culpa por el fracaso de la demostración, y así
es como lo describieron en los periódicos del día siguiente: «UN FRAUDE
DESPUÉS DE TODO… SE
REVELÓ SU VERDADERA NATURALEZA… PROFESOR DE LA
UNIVERSIDAD DE TAIDO RESULTA SER UN FRAUDE… CINCO AÑOS DE
DEBATE TERMINAN… VICTORIA PARA LA CIENCIA
MODERNA». Ni un solo artículo los defendía.
A finales de año, Ikuma se divorció de su mujer y dimitió de su
puesto en la universidad. Shizuko empezó a volverse paranoica.
Después de aquello, Ikuma decidió adquirir poderes paranormales, se
retiró a las montañas y se dedicó a ponerse debajo de las cascadas,
pero lo único que consiguió fue una tuberculosis pulmonar. Lo tuvieron
que ingresar en un sanatorio de Hakone. Mientras tanto, el estado
psicológico de Shizuko se fue volviendo cada vez más precario. Sadako,
que tenía ocho años, convenció a su madre para que regresaran a
Sashikiji, lejos de la mirada de los medios de comunicación y de las
burlas del público, pero entonces Shizuko burló la vigilancia de su hija y
se tiró al volcán. Así es como las vidas de tres personas quedaron
destruidas.
Asakawa y Ryuji terminaron de leer las dos páginas impresas al
mismo tiempo.
—Es una cuestión de rencor —murmuró Ryuji—. Imagina cómo se
debió de sentir Sadako cuando su madre se tiró al monte Mihara.
—¿Odió a los medios de comunicación?
—No solamente a los medios de comunicación. También al público
en general por destruir su familia, primero por mimarlos y luego cuando
cambió la torna por convertirlos en objeto de burla. Sadako desde los
tres años hasta los diez con su madre y su padre, ¿verdad? Conocía en
sus propias carnes los caprichos de la opinión pública.
—¡Pero eso no es razón para emprender un ataque indiscriminado
como este! —Asakawa llevó a cabo su objeción plenamente consciente
del hecho de que él trabajaba para los medios de comunicación. Para
sus adentros confeccionaba excusas: estaba suplicando. «Eh, yo critico
tanto las tendencias de los medios de comunicación como tú».
—¿Qué estás farfullando?
—¿Eh? —Asakawa se dio cuenta de que había estado articulando
sus quejas sin darse cuenta, como si fueran un cántico budista.
—Bueno, hemos empezado a interpretar las escenas de ese vídeo.
El monte Mihara aparece porque es donde su madre se mató, y también
porque Sadako predijo su erupción. El volcan debió de dejar una huella
psíquica muy fuerte en ella. En la siguiente escena aparece flotando el
carácter yuma, que quiere decir «montaña». Esa es probablemente la
primera fotografía psíquica que consiguió hacer Sadako, cuando era
muy pequeña.
—¿Muy pequeña? —Asakawa no entendía por qué tenía que ser de
cuando era muy pequeña.
—Sí, probablemente cuando tenía cuatro o cinco años. Luego está
la escena de los dados. Sadako estuvo presente durante la
demostración pública de su madre. Esa escena demuestra que estaba
mirando, preocupada, cómo su madre intentaba adivinar los números
de los dados.
—Pero espera un momento. Está claro que Sadako vio los números
de los dados en el recipiente de plomo.
Tanto Sakawa como Ryuji habían visto la escena con sus propios
ojos, por decirlo de algún modo. No había error posible.
—Shizuko no pudo verlos.
—¿Acaso es extraño que la hija pudiera hacer lo que la madre no
pudo? Mira, Sadako solamente tenía siete años, pero su poder ya
rebasaba con creces el de su madre. Tanto que las voluntades
inconscientes combinadas de un centenar de personas no significaban
nada para ella. Piensa en ello: se trata de una chica que puede
proyectar imágenes en un tubo de rayos catódicos. Los televisores
producen imágenes mediante un mecanismo totalmente distinto al de la
fotografía. No es una mera cuestión de exponer la película a la luz. La
imagen televisiva se compone de quinientas veinticinco líneas, ¿verdad?
Sadako fue capaz de manipularlas. Estamos hablando de un poder de
un orden completamente distinto.
Asakawa seguía sin estar convencido.
—Si tenía tanto poder, ¿qué pasa con la foto psíquica que le envió
al profesor Miura? Habría sido capaz de hacer algo mucho más
espectacular.
—Eres todavía más tonto de lo que pareces. Su madre no había
obtenido más que infelicidad a cambio de mostrarle sus poderes a la
gente. Es probable que su madre no quisiera que ella cometiera el
mismo error. Es probable que le dijera a Sadako que escondiera sus
poderes y se limitara a llevar una vida normal. Y es probable que
Sadako se controlara cuidadosamente para producir solamente una foto
psíquica corriente.
Sadako se había quedado sola en el local de ensayo después de
que todo el mundo se fuera a fin de probar sus poderes en el televisor
que por aquella época todavía era una rareza. Tenía cuidado de que
nadie se enterara de lo que era capaz de hacer.
—¿Quién es la anciana que aparece en la escena siguiente? —
preguntó Asakawa.
—No sé quién es. Tal vez se le apareció a Sadako en un sueño o
algo así y le susurró profecías al oído. Hablaba en un dialecto antiguo.
Estoy seguro de que te has dado cuenta de que aquí todo el mundo
habla un japonés bastante estándar. Aquella anciana era muy mayor.
Tal vez vivió en el siglo doce, o tal vez tiene alguna conexión con Enno
Ozunu.
«… El año que viene tendrás una criatura».
—Me pregunto si aquella predicción se hizo realidad.
—Ah, ¿aquello? Bueno, inmediatamente después viene una escena
con el bebé. Así que originalmente yo pensé que quería decir que
Sadako había dado a luz a un niño, pero de acuerdo con este fax,
parece que no es el caso.
—Está su hermano, que murió a los cuatro meses…
—Cierto. Creo que es eso.
—Pero ¿qué hay de la predicción? Está claro que la anciana está
hablando con Sadako… Dice «tú». ¿Tuvo un bebé Sadako?
—No lo sé. Si damos crédito a la anciana supongo que sí.
—¿De quién fue la criatura?
—¿Cómo lo voy a saber? Escucha, no creas que lo sé todo.
Simplemente estoy especulando.
Si Sadako Yamamura tuvo un hijo, ¿quién fue el padre? ¿Y a qué se
dedicaba ahora ese hijo?
Ryuji se puso de pie de repente, golpeándose las rodillas con la
mesa.
—Me parece que tengo hambre. Mira: ya es más de mediodía. Oye,
Asakawa, me voy a buscar algo de comida.
Y, diciendo esto, Ryujo se fue hacia la puerta, frotándose las
rodillas. Asakawa no tenía hambre, pero algo le preocupaba y decidió
acompañarlo. Acababa de recordar algo que Ryuji le había dicho que
investigara, algo que no tenía ni idea de cómo indagar, de modo que no
había hecho nada al respecto. Era la cuestión de la identidad del
hombre de la última escena del vídeo. Puede que fuera el padre de
Sadako, Heihachiro Ikuma, pero la forma en que Sadako lo veía
contenía demasiada animadversión para eso. Al ver la cara del hombre
en la pantalla, Asakawa había sentido un dolor tenue y profundo en las
entrañas de su cuerpo, acompañado de un fuerte sentimiento de
antipatía. Era un hombre bastante atractivo, sobre todo lo eran sus
ojos. Se preguntaba por qué ella lo odiaba tanto. En cualquier caso,
aquella no era la forma en que Sadako habría mirado a un pariente. En
el informe de Yoshino no había nada que sugiriera que Sadako se
hubiera vuelto contra su padre. Más bien le daba la impresión de que
estaba muy unida a sus padres. Asakawa sospechaba que sería
imposible descubrir la identidad de aquel hombre. No cabía duda de que
los treinta años transcurridos habrían cambiado considerablemente su
aspecto. Con todo, solamente por si acaso, tal vez tendría que pedirle a
Yoshino que buscara una foto de Ikuma. Se preguntó qué pensaría Ryuji
de aquello. Deseoso de sacar el tema a colación ante él, Asakawa siguió
a Ryuji fuera.
El viento soplaba con fuerza. No tenía sentido usar paraguas.
Asakawa y Ryuji encogieron los hombros y corrieron calle abajo hasta
un bar situado frente al puerto.
—¿Te apetece una cerveza? —Sin esperar respuesta, Ryuji se
volvió hacia la camarera y le gritó—: Dos cervezas.
—Ryuji, regresando a nuestra conversación de antes, ¿qué crees
que son finalmente las imágenes del final del vídeo?
—No lo sé.
Ryuji estaba demasiado ocupado comiéndose su almuerzo especial
coreano a la barbacoa para levantar siquiera la vista, por eso respondió
con tanta sequedad. Asakawa pinchó una salchicha con el tenedor y dio
un trago a la cerveza. Desde la ventana veían el muelle. En la ventanilla
de billetes de la línea de ferrys Tokay Kisen no había nadie. Todo estaba
en silencio. Sin duda todos los turistas atrapados en la isla estaban
sentados junto a las ventanas de sus hoteles y pensiones, mirando
preocupados aquel mismo mar a oscuras y aquel mismo cielo a oscuras.
Ryuji levantó la vista.
—Me imagino que probablemente has oído hablar de lo que pasa
por la cabeza de una persona en el momento de su muerte, ¿verdad?
Asakawa volvió a mirar la escena que tenía delante.
—Vuelves a ver las escenas de tu vida que te han causado mayor
impresión, como una especie deflashback.
Asakawa había leído un libro en el que el autor describía una
experiencia de aquel tipo. El autor estaba conduciendo su coche por una
carretera de montaña cuando perdió el control del volante y su coche se
despeñó por un barranco profundo. Durante la fracción de segundo que
el coche pasó suspendido en el aire después de salirse de la carretera,
el autor se dio cuenta de que iba a morir. Y en el instante en que se dio
cuenta, aparecieron repiqueteando y le pasaron por la cabeza un
puñado de escenas distintas de toda su vida, con tanta claridad que
pudo verlas con todo detalle. Al final, milagrosamente, el escritor
sobrevivió, pero el recuerdo de aquel instante no perdió nitidez.
—¿No puedes estar sugiriendo… que se trata de eso? —preguntó
Asakawa. Ryuji levantó la mano e hizo una señal para que la camarera
le trajera otra cerveza.
—Lo único que digo es que el vídeo me recuerda a eso. Cada una
de esas escenas representa un momento de enorme compromiso
psíquico o emocional para Sadako. No es nada descabellado pensar que
las escenas del vídeo son las escenas de su vida que le causaron una
mayor impresión, ¿no?
—Ya lo entiendo. Pero, eh, ¿quiere decir eso que…?
—Sí. Hay una probabilidad importante de que así sea.
«¿Así que Sadako Yamamura ya no está en este mundo? ¿Acaso
murió, y las escenas que le pasaron por la cabeza en el momento de la
muerte han asumido esa forma y han permanecido en el mundo de los
vivos? ¿Es eso?»
—¿Por qué murió, entonces? Y otra cosa, ¿qué relación tema con el
hombre de la última escena del vídeo?
—Te he dicho que dejes de hacerme tantas preguntas. Hay muchas
cosas que yo tampoco entiendo.
Asakawa parecía poco convencido.
—Eh, intenta usar la cabeza para variar. ¿Qué harías tú si a mí me
pasara algo y te quedaras atrapado intentando descifrar el sortilegio tú
solo?
Aquello parecía muy poco probable. Asakawa podía morir y Ryuji
podría descifrar el acertijo solo, pero lo contrario no pasaría nunca. Por
lo menos de eso a Asakawa no le cabía duda.
Regresaron al «despacho» donde Hayatsu los estaba esperando.
—Les ha llamado un tal Yoshino. No estaba en su oficina, así que
ha dicho que volvería a llamar dentro de diez minutos.
Asakawa se sentó delante del teléfono y rezó porque llegaran
buenas noticias. Sonó el teléfono. Era Yoshino.
—Te he estado intentando llamar. ¿Dónde estabas? —Había un
matiz de reproche en su voz.
—Lo siento. Salimos a comer algo.
—Vale. ¿Has recibido mi fax? —El tono de voz de Yoshino cambió.
El matiz de crítica desapareció y su voz se volvió más amable. Asakawa
sintió que se acercaba algo desagradable.
—Sí, gracias. Nos ha ayudado mucho —Asakawa se pasó el
auricular de la mano izquierda a la derecha—. ¿Y qué? ¿Has descubierto
lo que pasó con Sadako después de todo eso?
Yoshino hizo una pausa antes de contestar.
—No. Llegué a un callejón sin salida.
En cuanto Asakawa oyó aquello, se le arrugó la cara como si
estuviera a punto de echarse a llorar. Ryuji lo observó como si le hiciera
gracias ver cómo la expresión de un hombre pasaba de la esperanza a
la desesperación ante sus ojos. Luego se dejó caer en el suelo mirando
el jardín y extendió las piernas delante de sí.
—¿Qué quieres decir con un callejón sin salida? —La voz de
Asakawa subió varios tonos.
—Solamente he sido capaz de localizar a cuatro de los becarios que
ingresaron en la compañía junto con Sadako. Los llamé pero ninguno de
ellos sabía nada. Todos son gente de mediana edad que rondan la
cincuentena. Lo único que me pudieron decir es que la última vez que la
vieron fue poco después de la muerte de Shigemori, el representante de
la compañía. No hay más información disponible sobre Sadako
Yamamura.
—Tonterías. Tiene que haber algo más.
—Bueno, ¿cómo están las cosas por tu lado?
—¿Que cómo están las cosas por mi lado? Yo te diré como están.
Por mi lado parece que voy a morir mañana a las diez de la noche. Y no
solamente yo: mi mujer y mi hija van a morir el domingo a las once de
la mañana. Así están las cosas por mi lado.
Ryuji lo llamó desde detrás.
—¡Eh, no te olvides de mí! Me estás haciendo sentir mal.
Asakawa no le hizo caso y continuó.
—Tiene que haber otras cosas que puedas intentar. Tal vez hay
alguien además de los internos que sepa lo que le pasó a Sadako.
Escucha, las vidas de mi familia dependen de ello.
—No necesariamente.
—¿De qué estás hablando?
—Tal vez sigas vivo después de la fecha límite.
—No me crees. Ya lo entiendo —Asakawa notó que el mundo
entero se nublaba ante sus ojos.
—Bueno… Quiero decir… ¿cómo puedo creer al cien por cien en una
historia así?
—Mira, Yoshino… —¿Cómo podía explicarlo? ¿Qué necesitaba hacer
para convencerlo?—. Yo mismo no me creo la mitad. Es estúpido. ¿Un
sortilegio? ¡Vamos, anda! Pero fíjate, incluso si hay una sola posibilidad
entre seis de que sea cierto… Es corno la ruleta rusa. Tienes una pistola
con una sola bala y sabes que solamente hay una posibilidad entre seis
de que cuando aprietes el gatillo te mate. ¿Pero serías tú capaz de
apretar el gatillo? ¿Arriesgarías de esa forma las vidas de tu familia? No,
no lo harías. Apartarías el cañón de tu sien… Si pudieras, tirarías la puta
pistola al mar. ¿Verdad? Es lo natural.
Asakawa estaba enardecido. A su espalda, Ryuji estaba
lamentándose:
—¡Somos idiotas! ¡Los dos somos idiotas!
Asakawa tapó el auricular con la palma de la mano y se giró para
gritarle a Ryuji:
—¡Cállate!
—¿Algo va mal? —Yoshino bajó el tono de voz.
—No, nada. Escucha, Yoshino, te lo suplico. Solamente puedo
contar contigo.
De pronto, Ryuji agarró del brazo a Asakawa. Dejándose llevar por
la rabia, Asakawa se dio media vuelta, pero al hacerlo vio que Ryuji
estaba inesperadamente serio.
—Somos idiotas. Los dos hemos perdido la calma —dijo en voz
baja.
—¿Puedes esperar un momento? —Asakawa apartó el auricular.
Luego le dijo a Ryuji—: ¿Qué pasa?
—Es muy sencillo. ¿Por qué no se nos ha ocurrido antes? No hace
falta seguir el rastro de Sadako cronológicamente. ¿Por qué no
podemos ir hacia atrás? ¿Por qué tuvo que ser el bungalow B-4? ¿Por
qué tuvo que ser la Ciudad de los Chalets? ¿Por qué tuvo que ser la
Tierra Pacífica de Hakone Sur?
La expresión de Asakawa cambió en una fracción de segundo
cuando asimiló aquello. Luego, mucho más tranquilo, volvió a coger el
auricular.
—¿Yoshino?
Yoshino seguía esperando al otro lado de la línea.
—Yoshino, olvídate de la pista de la compañía teatral por ahora.
Hay otra cosa que necesito que compruebes urgentemente. Se nos
acaba de ocurrir. Ya te hablé de la Tierra Pacífica de Hakone Sur,
¿verdad?
—Sí. Es un club turístico, ¿no?
—Sí. Por lo que recuerdo, hace unos diez años construyeron allí un
campo de golf y luego lo ampliaron gradualmente hasta lo que es ahora.
Pues bien, escúchame: lo que necesito que averigües es qué había allí
antes de la Tierra Pacífica.
Oyó garabatear el lápiz sobre el papel.
—¿Qué quieres decir con qué había allí? Probablemente no hubiera
nada más que prados de montaña.
—Puede que tengas razón. Pero también puede que te equivoques.
Ryuji volvió a tirar de la manga de Asakawa.
—Y un plano. Si había algo construido en aquellos terrenos antes
del centro turístico, dile a tu caballero telefonista que consiga un mapa
que muestre las construcciones y los terrenos.
Asakawa le repitió la petición a Yoshino y colgó el teléfono,
deseando que encontrara algo, cualquier cosa que pudiera ser una
pista. Era cierto: todo el mundo tenía cierto poder psíquico.
10
18 de octubre, jueves… '
El viento había arreciado un poco y unas nubes blancas y bajas
cruzaban el cielo por lo demás despejado. El tifón n.° 21 había pasado
la noche anterior, rozando la península de Bozo, al nordeste de Oshima,
antes de disiparse sobre el océano. Tras de sí había dejado un mar
espectacularmente azul. A pesar del tranquilo clima otoñal, de pie en la
cubierta del barco y mirando las olas, Asakawa se sentía como un
condenado en la víspera de su ejecución. Si levantaba la vista podía ver
la suave pendiente de las tierras altas de Izu en la media distancia. Hoy,
al fin, se enfrentaba con la fecha límite. Eran las diez de la mañana. La
conclusión llegaría indefectiblemente al cabo de doce horas. Hacía una
semana desde que vio el vídeo en el bungalow B-4. Parecía que hiciera
una eternidad. Por supuesto que parecía mucho tiempo: en una sola
semana había experimentado más terror del que experimenta la
mayoría de la gente en una vida entera.
Asakawa no estaba seguro de cuánto le iba a perjudicar el hecho
de haberse pasado todo el miércoles inmovilizado en Oshima. El día
anterior se había puesto nervioso y había acusado por teléfono a
Yoshino de no mover el culo, pero ahora que pensaba en las cosas con
calma, la verdad era que le estaba muy agradecido a su colega por
haberle ayudado tanto. Si Asakawa hubiera estado yendo de arriba para
abajo siguiendo pistas en persona, probablemente se habría puesto
nervioso y habría pasado algo por alto, o bien habría llegado a un
callejón sin salida.
«Esto va bien. El tifón ha estado de nuestro lado». Si no pensaba
de aquella forma, nunca lo conseguiría. Asakawa estaba empezando a
preparar su mente para que cuando le llegara la hora de morir no lo
consumieran los remordimientos por lo que había hecho o dejado de
hacer.
Su última pista era la impresión de tres páginas que ahora tenía en
la mano. Yoshino se había pasado la mitad del día anterior recopilando
la información y luego la había enviado por fax. Antes de que se
construyera la Tierra Pacífica de Hakone Sur, aquellos terrenos habían
estado ocupados por unas instalaciones bastante poco habituales (es
decir, poco habituales en aquellos días, en la actualidad aquella clase de
establecimientos eran perfectamente normales y corrientes): un centro
de tratamiento para enfermos de tuberculosis. Un sanatorio.
En la actualidad poca gente vivía con miedo a la tuberculosis, pero
si uno leía bastantes novelas previas a la guerra, era inevitable
encontrar referencias a aquella enfermedad. Fue el bacilo de la
tuberculosis el que dio a Thomas Mann el impulso para escribir La
montaña mágica y el que permitió a Motojiro Kajii cantar con
emocionante nitidez sobre su propia decadencia. Sin embargo, el
descubrimiento de la estreptomicina en 1955 y de la hidracida en 1950
despojaron a la tuberculosis de su aura literaria y redujeron su estatus
al de una más entre las enfermedades contagiosas. En los años veinte y
treinta, la enfermedad se cobraba doscientas mil víctimas anuales, pero
después de la guerra la cantidad se redujo drásticamente. Aun así, el
bacilo no se extinguió. Todavía hoy, sigue matando a unas cinco mil
personas cada año.
En la época en que la tuberculosis campaba a sus anchas, se
consideraba esencial para su curación el aire fresco y limpio y un
entorno tranquilo y silencioso. Así pues, se construían sanatorios en las
zonas montañosas. Pero a medida que el avance en los tratamientos
médicos producía un descenso correspondiente en el número de
pacientes, aquellos centros tuvieron que adaptar su gama de servicios.
En otras palabras, tuvieron que empezar a tratar enfermedades
internas, e incluso llevar a cabo operaciones, a fin de poder sobrevivir
económicamente. A mediados de los sesenta, el sanatorio de Hakone
Sur tuvo que llevar a cabo esta decisión. Pero su situación era todavía
más crítica que la mayoría, debido a su ubicación extremadamente
remota. Era demasiado difícil llegar allí. Con la tuberculosis, una vez
que los pacientes ingresaban normalmente ya no volvían a salir, así que
la facilidad de acceso no era tanto problema. Pero resultó ser un
obstáculo fatídico a la hora de transformar el sanatorio en un hospital
general. El sanatorio terminó cerrando en 1972.
Y esperando entre bastidores estaba el Club Pacífico, que llevaba
un tiempo buscando una ubicación adecuada para construir un campo
de golf y un centro turístico. En 1975, el Club Pacífico compró una
sección de terrenos alpinos que incluían los viejos terrenos del sanatorio
e inmediatamente se puso a desarrollar su campo de golf. Más adelante
construyeron casas de veraneo para venderlas, un hotel, una piscina,
un club atlético y pistas de tenis: toda la línea de instalaciones de un
centro turístico. Y en abril del año presente, hacía seis meses, habían
acabado de tener lista la Ciudad de los Chalets.
—¿Y qué clase de sitio es? —Se suponía que Ryuji tenía que estar
en la cubierta, pero de pronto apareció en el asiento contiguo al de
Asakawa.
—¿Eh?
—La Tierra Pacífica de Hakone Sur, ¿qué va a ser?
«Es verdad. Él nunca ha estado allí».
—Por las noches tiene buena vista.
Asakawa recordó la atmósfera curiosamente carente de vida, las
pelotas de tenis con su eco hueco bajo las luces de color naranja… «¿Y
de dónde viene esa atmósfera? Me pregunto cuánta gente murió allí
cuando era un sanatorio». Asakawa sopesó aquello mientras recordaba
cómo las hermosas luces vespertinas de Numazu y de Mishima se
habían extendido a sus pies.
Asakawa puso la primera página de la impresión al final y se colocó
las otras dos sobre el regazo. La segunda página era un diagrama muy
simple que mostraba la disposición de los terrenos del sanatorio. La
tercera mostraba el edificio tal como era hoy: un elegante edificio de
tres pisos que contenía un centro de información y un restaurante.
Aquel era el edificio donde Asakawa había entrado para preguntar cómo
'se iba hasta la Ciudad de los Chalets. Asakawa miró alternativamente
ambas páginas. Entre las dos encarnaban el paso de casi treinta años.
Si no fuera por el hecho de que la carretera de acceso estaba en el
mismo sitio no habría tenido ni idea de qué cosas en un mapa
correspondían a qué cosas en el otro. Reconstruyendo mentalmente la
disposición tal como la conocía, miró la segunda página e intentó
averiguar qué había habido originalmente donde ahora estaban los
bungalows. No podía estar seguro del todo, pero al poner una página
encima de la otra daba la impresión de que antes allí no había habido
nada. Nada más que los bosques frondosos que cubrían el lado de un
valle.
Regresó a la primera página. Contenía un dato muy importante,
además de la historia de la transformación del sanatorio en centro
turístico. Jotaro Nagao, de cincuenta y siete años. Doctor en medicina
general y pediatra, con consulta privada en Atami. Durante cinco años,
entre 1962 y 1967, Nagao había trabajado en el sanatorio de Hakone
Sur. Por entonces era joven y aquello formaba parte de sus prácticas.
De los médicos que había allí en la época, los únicos que seguían con
vida eran Nagao y Yozo Tanaka, que ya estaba jubilado y vivía con su
hija y el marido de esta en Nagasaki. Todos los demás, incluyendo al
director del centro, estaban muertos. Por tanto, el doctor Nagao era su
única esperanza de descubrir algo sobre el sanatorio de Hakone Sur.
Yozo Tanaka ya tenía ochenta años y Nagasaki estaba demasiado lejos:
no tenían tiempo de visitarlo.
Asakawa le había suplicado desesperadamente a Yoshino que le
encontrara un testigo vivo, y Yoshino, mordiéndose la lengua para no
devolverle los gritos, había encontrado al doctor Nagao. No solamente
le había enviado el nombre y la dirección del hombre, sino también un
enigmático sumario de su carrera. Probablemente no era nada más que
algo que Yoshino se había encontrado en mitad de su investigación y
había decidido añadirlo al informe, sin ninguna intención en particular.
El doctor Nagao había estado en el sanatorio entre 1962 y 1967, pero
no había estado ejerciendo sus funciones ininterrumpidamente durante
aquellos cinco años. Durante dos semanas —un período breve,
ciertamente, pero importante— había dejado de ser médico para ser
paciente, y se había alojado en el pabellón de aislamiento. En el verano
de 1966, mientras visitaba un pabellón de aislamiento en las montañas,
había sido lo bastante descuidado como para contraer la viruela de un
paciente. Por fortuna, se había vacunado unos años antes, así que la
cosa no pasó a mayores: no hubo ningún brote visible, ninguna
recurrencia de la fiebre, solamente síntomas menores. Pero lo habían
aislado para que no infectara a nadie más. Lo interesante del caso era
que aquello le había granjeado a Nagao un lugar en la historia médica.
Había sido el último paciente de viruela del Japón. No era
necesariamente algo que le hiciera figurar en el libro Guinness, pero al
parecer a Yoshino le había resultado interesante. Para la gente de la
generación de Asakawa y Ryuji, la palabra «viruela» ni siquiera tenía
sentido.
—Ryuji, ¿has tenido alguna vez la viruela?
—Idiota. Claro que no. Está extinguida.
—¿Extinguida?
—Sí. La astucia humana la ha erradicado. La viruela ya no existe en
este mundo.
La Organización Mundial de la Salud había hecho un gran esfuerzo
por eliminar la viruela mediante vacunas, como resultado de lo cual la
enfermedad había desaparecido de la faz de la Tierra en 1975. Existían
datos del último paciente de viruela del mundo: un joven somalí que la
había contraído el 26 de octubre de 1977.
—¿Puede extinguirse un virus? ¿Es eso posible? —Asakawa no
sabía gran cosa sobre los virus, pero no podía quitarse de encima la
idea de que por mucho que se intentara erradicar uno, al final mutaría y
encontraría una forma de sobrevivir.
—Los virus están en la frontera entre los seres vivos y los seres no
vivos. Hay gente que incluso postula que originariamente eran genes
humanos, pero nadie sabe muy bien de dónde vienen o cómo aparecen.
Lo que es seguro es que han estado estrechamente relacionados con la
aparición y la evolución de la vida.
Ryuji había tenido los brazos cruzados detrás de la cabeza. Ahora
los extendió. Le brillaron los ojos.
—¿No te parece fascinante, Asakawa? La idea de que los genes
puedan escaparse de nuestras células y convertirse en otra forma de
vida? Tal vez en el origen todos los opuestos eran idénticos. Incluso la
luz y la oscuridad, antes del Big Bang, vivían juntas en paz, sin
contradicción alguna. Y lo mismo con Dios y el Demonio. El Demonio no
es más que un dios que perdió la gracia: originalmente son la misma
cosa. ¿O el macho y la hembra? Todas las cosas vivas eran
hermafroditas, como los gusanos o las orugas, y tenían tanto órganos
sexuales masculinos como femeninos. ¿No te parece que ese es el
símbolo supremo de poder y de belleza? —Ryuji se rió al decir aquello
—. Está claro que nos ahorraría un montón de tiempo y esfuerzo en lo
tocante a sexo.
Asakawa miró a Ryuji a la cara para ver qué era tan gracioso. De
ninguna forma un organismo con genitales masculinos y femeninos
podía ser epítome de belleza.
—¿Y hay otros virus extinguidos?
—Caramba, si tanto te interesa te sugiero que lo mires cuando
regreses a Tokio.
—Si es que regreso.
—Je, je. No te preocupes. Regresarás.
En aquel momento el barco de alta velocidad en el que viajaban
estaba exactamente a medio camino del trayecto entre Oshima e Ito, en
la península de Izu. Podrían haber regresado más deprisa a Tokio en
avión, pero querían visitar al doctor Nagao en Atami, así que habían
tomado la ruta marítima.
Delante de ellos podían ver la rueda gigante del Korakuen de
Atami. Llegaban con puntualidad total, a las 10.50 h. Asakawa bajó por
la pasarela y corrió hacia el aparcamiento donde habían dejado el coche
de alquiler.
—Cálmate, ¿quieres?
Ryuji lo siguió con paso tranquilo. La clínica de Nagao estaba cerca
de la estación de Kinomiya en la línea Ito: muy cerca de donde estaban.
Asakawa observó con impaciencia cómo Ryuji subía al coche y luego se
dirigió sin demora al laberinto de colinas y calles unidireccionales de
Atami.
Inmediatamente después de acomodarse en el coche, Ryuji dijo,
con cara perfectamente seria:
—Eh, estaba pensando… tal vez el Diablo esté detrás de todo esto
—Asakawa estaba demasiado ocupado mirando las señales de tráfico
para contestar. Ryuji continuó—: El Diablo siempre aparece en el
mundo bajo formas distintas. ¿Conoces la peste bubónica que asoló
Europa en la segunda mitad del siglo trece? Murió la mitad de la
población total. ¿Te lo puedes creer? Sería como si la población de
Japón se redujera a sesenta millones. Naturalmente, los artistas de la
época identificaron la peste con el Diablo. Es como hoy en día: ¿no
hablamos del sida como si fuera un Diablo moderno? Pero escucha, los
demonios nunca llevan a la humanidad a su extinción. ¿Por qué? Porque
si deja de existir la gente, también se extinguen los demonios. Y lo
mismo con los virus. Si la célula huésped muere, el virus no pude
sobrevivir. Pero la humanidad extinguió el virus de la viruela. ¿De
veras? ¿De veras pudimos hacer algo así?
En el mundo moderno es imposible llegar a imaginar el terror que
antaño inspiraba la viruela, cuando campaba por el mundo y reclamaba
tantas vidas. Causaba tanto sufrimiento que dio pie a innumerables
creencias religiosas y supersticiones en Japón, así como en el resto del
mundo. La gente creía en los dioses de la pestilencia, y fue el Dios de la
Viruela el que trajo aquella enfermedad, aunque tal vez deberían
haberlo considerado un demonio. En todo caso, ¿acaso la gente podía
realmente llevar un dios a la extinción? La pregunta de Ryuji albergaba
una profunda incertidumbre.
Asakawa no estaba escuchando a Ryuji. En algún rincón de su
mente se preguntaba por qué Ryuji estaba divagando de aquella
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The Ring Koji Suzuki
manera en aquel momento, pero sobre todo estaba concentrado en no
meterse en ninguna calle en dirección prohibida. Todos sus nervios
estaban enfrascados en llegar a la clínica del doctor Nagao lo más
deprisa posible.
11
En un callejón situado delante de la estación de Kinomiya había una
casa pequeña de un sola plaza con una placa en la puerta que decía:
«Clínica Nagao: Medicina interna y pediatría». Asakawa y Ryuji se
quedaron un momento delante de la puerta. Si no podían sacarle
ninguna información a Nagao, entonces, ¡mala suerte, se acabó el
tiempo! Ya no tenían tiempo para conseguir más pistas. Pero ¿qué
podían sacar de aquel médico? Probablemente fuera demasiado pedir
que se acordara de algo relativo a la Sadako Yamamura de hacía treinta
años. Ni siquiera tenían ninguna prueba consistente de que Sadako
tuviera relación alguna con el sanatorio de Hakone Sur. Todos los
colegas de Nagao del sanatorio, salvo Yozo Tanaka, habían muerto de
viejos. Es probable que hubieran encontrado el nombre de alguna
enfermera si lo hubieran buscado, pero ahora ya era tarde también para
aquello.
Asakawa se miró el reloj. Las once y media. Le quedaba un poco
más de diez horas para la hora límite, y allí estaba, sin atreverse a abrir
la puerta.
—¿A qué esperas? Entra.
Ryuji lo empujó. Por supuesto, entendía por qué Asakawa estaba
vacilando, aunque se hubiera dado tanta prisa en llegar allí. Tenía
miedo. Sin duda le daba miedo ver cómo se quebraba su última
esperanza, cómo su última esperanza de sobrevivir quedaba eliminada.
Ryuji le pasó delante y abrió la puerta.
Pegado a una de las paredes de la diminuta sala de espera había
un sofá lo bastante grande para tres personas. Tuvieron la suerte de
que no había pacientes esperando. Ryuji se inclinó hacia la ventanilla de
la recepcionista y habló con la enfermera gorda de mediana edad que
había detrás de la misma.
—Perdone. Querríamos ver al doctor.
Sin levantar la mirada de su revista, la enfermera respondió en
tono perezoso.
—¿Quieren concertar una cita?
—No. Queremos hacerle unas preguntas.
La enfermera cerró la revista, levantó la vista y se puso las gafas.
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—¿Puedo preguntar de qué se trata?
—Ya se lo he dicho, solamente queremos hacerle unas preguntas.
Irritado, Asakawa asomó la cabeza desde detrás de la espalda de
Ryuji y preguntó:
—¿Está el doctor?
La enfermera se tocó la montura de las gafas con ambas manos y
examinó a los dos hombres.
—¿De qué se trata? —preguntó en tono autoritario.
Tanto Ryuji como Asakawa se irguieron. Ryuji dijo en voz alta:
—Con una recepcionista como esta, no me extraña que no haya
pacientes.
—¿Cómo dice? —dijo ella.
Asakawa bajó la cabeza. Enfadarla no iba a servir de nada. Pero en
aquel preciso instante se abrió la puerta de la sala de exámenes y
apareció Nagao, vestido con una bata blanca de laboratorio.
Aunque estaba completamente calvo, Nagao aparentaba bastante
menos que sus cincuenta y siete años. Frunció el ceño y clavó una
mirada de sospecha en los dos hombres que estaban en su recibidor.
Asakawa y Ryuji se volvieron simultáneamente al oír la voz de
Nagao, y en cuanto le vieron la cara tragaron saliva al mismo tiempo.
«¿Y pensábamos que este tipo sería capaz de decirnos algo sobre
Sadako? Cómo no». Como si le pasara una corriente eléctrica por el
cerebro, Asakawa se sorprendió recordando la escena final del vídeo en
su cabeza. La cara jadeante y sudorosa de un hombre vista en primer
plano, con los ojos inyectados en sangre. Una herida abierta en su
hombro desnudo de la que manaba sangre, cayendo sobre los ojos del
espectador y nublándolos. Una presión tremenda en el pecho del
espectador, una expresión asesina en la cara del hombre… Y aquella
cara era exactamente la misma que estaban viendo ahora: la del doctor
Nagao. Estaba más viejo, pero no había ninguna duda de que era él.
Asakawa y Ryuji se miraron. Luego Ryuji señaló al médico y se
echó a reír.
—Je, je, je. Es por esto que los juegos son interesantes. Ah, ¿quién
lo habría pensado? Encontrarse aquí con usted.
Era obvio que a Nagao no le hacía ninguna gracia la forma en que
habían reaccionado aquellos hombres al verlo. Levantó la voz:
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—¿Quiénes son ustedes?
Impertérrito, Ryuji fue hacia él y lo agarró de las solapas. Nagao
era varios centímetros más alto que Ryuji. Ryuji flexionó los brazos
poderosos y acercó la oreja del hombre a su boca, luego habló con una
voz suave que parecía desmentir su fuerza.
—Dime, colega, ¿qué le hiciste hace treinta años a Sadako
Yamamura en el Sanatorio de Hakone Sur?
El médico tardó unos segundos en asimilar las palabras. La mirada
de Nagao deambuló nerviosa mientras rebuscaba entre sus recuerdos.
Luego llegaron a él, escenas de una época que nunca había conseguido
olvidar. Le fallaron las piernas. Su cuerpo pareció quedarse sin fuerzas.
Justo cuando iba a desmayarse, Ryuji lo sujetó y lo apoyó contra la
pared. No eran los recuerdos en sí mismos los que habían horrorizado a
Nagao. Más bien era el hecho de que el hombre que tenía delante, y
que podía o no tener treinta años, supiera lo que había pasado. Un
terror indescriptible le atravesó el alma.
—¡Doctor! —exclamó la enfermera, la señora Fujimura.
—Creo que es hora de cerrar este sitio para irse a comer —dijo
Ryuji, señalando a Asakawa con la mirada. Asakawa cerró la cortina de
la entrada para que no entrara ningún paciente.
—¡Doctor!
La enfermera Fujimura no sabía cómo manejar la situación. Se
limitó a esperar absurdamente a que Nagao le diera instrucciones.
Nagao consiguió recuperar un poco la compostura y pensó en qué podía
hacer a continuación. Concluyó que por encima de todo no podía dejar
que aquella mujer fisgona se enterara de aquel episodio y adoptó una
expresión tranquila.
—Enfermera Fujimura, ya puede salir. Aproveche ahora y vaya a
comer algo.
—Pero doctor…
—Haga lo que le digo. No tiene que preocuparse por mí. Primero
entraban dos desconocidos y le susurraban algo al doctor en el oído y
un momento más tarde el médico se desmayaba. La enfermera no sabía
qué pensar de todo aquello, así que se quedó allí un momento más. Por
fin el doctor gritó—: ¡Vayase!
La enfermera salió prácticamente corriendo por la puerta principal.
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—Muy bien. Ahora oigamos qué tiene usted que decir sobre aquello
—Ryuji entró en la sala de reconocimiento. Nagao lo siguió, con cara de
paciente al que acaban de informar de que tiene cáncer.
—Antes de que empiece, le aviso. No puede mentirnos. Este
caballero y yo lo sabemos todo: lo hemos visto con nuestros propios
ojos.
—¿Cómo…?
«¿Visto? Imposible. Los matorrales eran demasiado frondosos. No
había nadie allí. Por no mencionar el hecho de que aquellos dos tipos
eran demasiado jóvenes. No podrían tener más de…»
—Entiendo que no nos crea. Pero los dos conocemos la cara de
usted… perfectamente —De pronto, el tono de Ryuji cambió—. Dadas
las circunstancias, podría hablarle de uno de sus rasgos más
característicos. Tiene una cicatriz en el hombro derecho, ¿no?
Los ojos de Nagao se abrieron como platos y le empezó a temblar
la mandíbula. Después de una pausa incómoda, Ryuji dijo:
—¿Y quiere que le diga por qué tiene esa cicatriz en el hombro? —
Ryuji se inclinó hacia delante y estiró el cuello hasta que sus labios
estaban tocando casi el hombro de Nagao—. Sadako Yamamura le
mordió, ¿no es verdad? Así.
Ryuji abrió la boca y fingió que le mordía a través de la tela blanca.
Los escalofríos de Nagao arreciaron. Intentó desesperadamente decir
algo pero la boca no le funcionaba. No pudo formar palabras.
—Creo que me ha entendido. Muy bien, no vamos a repetir nada de
lo que nos cuente. Lo prometemos. Lo único que queremos saber es
qué fue de Sadako.
Aunque no estaba en condiciones de pensar con calma, a Nagao no
le pareció que lo que decía Ryuji tuviera mucho sentido. Si ya lo habían
visto todo, ¿por qué necesitaban oírlo de labios del médico? «Pero, un
momento, la idea de que vieran algo es estúpida. No es posible que
vieran nada. Lo más probable es que ni siquiera hubieran nacido. ¿Qué
está pasando aquí? ¿Qué creen haber visto?» Cuanto más pensaba en
ello, menos sentido tenía, hasta que le dio la impresión de que le iba a
explotar la cabeza.
Y ciertamente, Nagao empezó a hablar. Le asombraba el hecho de
recordarlo todo con tanta claridad. Y mientras hablaba, todos los
órganos sensoriales de su cuerpo empezaron a evocar la emoción de
aquel día. La pasión, el calor, la sensación táctil, el brillo de la piel de
ella, el canto de las langostas, los olores mezclados del sudor y la
hierba, y el viejo pozo…

—Ni siquiera sé qué lo causó. Tal vez la fiebre y el dolor de cabeza
me despojaron de mi sentido común habitual. Eran los primeros
síntomas de la viruela, lo cual quería decir que yo ya había dejado atrás
el período de incubación. Pero ni se me pasó por la cabeza que yo había
cogido la enfermedad. Por suerte, conseguí no infectar a nadie más del
sanatorio. Hasta hoy me ha atormentado la idea de lo que habría
pasado si la viruela hubiera atacado también a los pacientes de
tuberculosis.
«Era un día tórrido. Yo había estado examinando los tomogramas
de un paciente recién ingresado y había descubierto un agujero del
tamaño de una moneda de un yen en uno de sus pulmones. Le dije que
se resignara a pasar un año con nosotros y le entregué una copia del
diagnóstico para que se lo diera a su empresa. Luego no lo pude
soportar más: tuve que salir. Pero ni siquiera respirar el aire puro de la
montaña me quitó el dolor de cabeza. Así que bajé la escalera de piedra
de detrás del pabellón con la idea de refugiarme en el jardín. Allí vi a
una joven apoyada en el tronco de un árbol, mirando al mundo que se
extendía por debajo de nosotros. No era paciente nuestra. Era la hija de
un paciente que había ingresado mucho antes de que yo llegara, un
hombre llamado Heihachiro Ikuma, un antiguo profesor ayudante de la
Universidad de Tairo. La joven se llamaba Sadako Yamamura. Me
acuerdo bien de cómo se llamaba: no llevaba el apellido de su padre. Se
pasó un mes haciendo visitas frecuentes al sanatorio, pero no pasaba
mucho tiempo con su padre. Ni tampoco les preguntaba mucho a los
médicos por el estado de su enfermedad. Lo que acabé pensando fue
que iba allí para disfrutar del paisaje de las montañas. Me senté al lado
de ella, le sonreí y le pregunté cómo estaba su padre. Pero no parecía
que ella quisiera saber gran cosa de su enfermedad. Por otro lado,
estaba claro que la joven sabía que a su padre no le quedaba mucho
tiempo. Me di cuenta por la forma en que hablaba. Conocía la fecha de
la muerte de su padre con más certeza que ninguna conjetura que
pudieran hacer los médicos.
«Sentado allí al lado de la chica, mientras hablaba con ella de su
vida y de su familia, me di cuenta de pronto de que el dolor de cabeza,
que hacía un rato era tan insoportable, se me había pasado. En su lugar
apareció una fiebre acompañada de una extraña excitación. Sentí que
se agolpaba dentro de mí la vitalidad, como si me hubiera subido la
temperatura de la sangre. La miré a la cara. Sentí lo que sentía
siempre, admiración por el hecho de que existiera en el mundo una
mujer con unos rasgos tan perfectos. No estoy exactamente seguro de
qué define la belleza, pero sé que el doctor Tanaka, que era veinte años
mayor que yo, decía lo mismo. Que no había visto a nadie tan bello
como Sadako Yamamura. La fiebre me estaba asfixiando, pero de
alguna forma conseguí controlar mi respiración lo bastante como para
ponerle una mano suavemente en el hombro y decirle: «Vamos a hablar
a algún sitio más fresco, a la sombra».

«Ella no sospechó nada. Asintió un vez y empezó a ponerse de pie.
Mientras se levantaba, inclinándose hacia delante, le vi sus pechos
pequeños y perfectamente formados por la abertura de su blusa blanca.
Eran tan blancos que la mente se me tino por completo de un color
blanco lechoso, y fue como si el shock me despojara de la razón.
«Ella no prestó atención a mi agitación, sino que se limitó a
sacudirse el polvo de la falda larga. Sus gestos parecían completamente
inocentes y adorables.
«Pasearnos y paseamos por el bosque frondoso, rodeados por los
cantos de las cigarras. Yo no tenía ningún destino particular en mente,
pero mis pies seguían un rumbo concreto. Me caía el sudor por la
espalda. Me quité la camisa y me quedé en camiseta. Seguimos un
sendero de animales hasta que se abrió al costado de un valle donde
había una vieja casa en ruinas. Probablemente hacía una década que allí
no vivía nadie. Las paredes se estaban pudriendo y parecía que el techo
podía hundirse en cualquier momento. Al otro lado de la casa había un
pozo, y cuando ella lo vio, dijo: «Oh, qué sed tengo», y corrió hacia allí.
Se inclinó para mirar el interior. Incluso desde fuera era obvio que el
pozo ya no estaba en uso. Yo también corrí hacia el pozo. Pero no para
mirar dentro. Lo que quería ver era el pecho de Sadako cuando se
asomara otra vez. Apoyé las dos manos en el borde del pozo y miré
más de cerca. Sentí el aire frío y húmedo que se elevaba de las
profundidades de la tierra y me acariciaba la cara, pero no me pude
quitar de encima aquella ansia ardiente. Y no sabía de dónde venía.
Ahora pienso que la fiebre de la viruela me despojó de mis mecanismos
de control. Se lo juro, nunca en mi vida había experimentado una
tentación sensual como aquella.
«Me sorprendí a mí mismo extendiendo el brazo para tocar aquel
suave montículo. Ella me miró horrorizada. Algo saltó dentro de mí. Mis
recuerdos de lo que pasó después son nebulosos. Lo único que recuerdo
son escenas fragmentarias. Me vi a mí mismo empujando a Sadako
contra el suelo. Le levanté la blusa por encima de los pechos y luego…
Mi memoria salta a la imagen de ella resistiéndose violentamente y
mordiéndome el hombro. Fue el dolor intenso lo que me hizo recuperar
la conciencia. Vi que la sangre que fluía de mi hombro le caía sobre la
cara. Se le metió sangre en los ojos y sacudió la cabeza con una mueca
de asco. Acomodé mi cuerpo a aquel movimiento rítmico. ¿Qué aspecto
tenía mi cara entonces? ¿Qué vio ella al mirarme? La cara de una
bestia, estoy seguro. En eso estaba pensando yo cuando terminé.
«Cuando se acabó, ella me miró con expresión implacable. Todavía
tumbada de espaldas, levantó las rodillas y usó los codos con pericia
para salir disparada hacia atrás. Volví a mirarle el cuerpo. Pensé que me
habían engañado los ojos. Tenía la falda gris arrugada en la cintura y
cuando se apartó de mí no hizo nada para cubrirse los pechos. Un rayo
de luz de sol cayó en el lugar donde se le unían los muslos e iluminaron
con claridad un bulto pequeño y negruzco. Levanté la vista hasta sus
pechos: unos pechos hermosamente formados. Luego volví a bajar la
vista. Sobre su montículo púbico, cubierto de pelo, había un par de
testículos perfectamente formados.
«Si no hubiera sido médico, lo más probable es que me hubiera
quedado pasmado. Pero conocía casos parecidos por las fotografías que
había visto en textos médicos. Síndrome de feminización testicular. Es
un síndrome extremadamente raro. Nunca pensé que vería uno fuera de
un libro de texto: mucho menos en una situación como aquella. La
feminización testicular es un tipo de pseudohermafroditismo masculino.
Por fuera la persona parece completamente hembra, tiene pechos y
vagina, aunque normalmente carece de útero. Sin embargo,
cromosómicamente la persona es XY: varón. Y por alguna razón la
gente que sufre esa condición son todos hermosos.
«Sadako me seguía mirando. Probablemente yo era la primera
persona fuera de su familia que descubría el secreto de su cuerpo. No
hace falta decir que acababa de perder la virginidad hacía un minuto.
Había sido un paso necesario si quería seguir viviendo como mujer. Yo
estaba intentando racionalizar mis actos. Luego, de pronto, oí una frase
en mi cabeza: «Te voy a matar».
«Mientras me encogía ante la poderosa voluntad que emitía
aquellas palabras, intuí al instante que su mensaje telepático no mentía.
En su seno no había lugar para una sola esquirla de duda. Mi cuerpo lo
aceptó como una certeza. Sadako me mataría si yo no la mataba
primero. El instinto de supervivencia de mi cuerpo me dio una orden.
Volví a ponerme encima de ella, le rodeé su cuello esbelto con ambas
manos y apreté con todas mis fuerzas. Para mi sorpresa, aquella vez
hubo menos resistencia. Frunció los ojos con placer y relajó el cuerpo,
casi como si quisiera morir.
«No esperé a ver si dejaba de respirar. Cogí su cuerpo y fui hasta
el pozo. Creo que en aquel momento mis acciones seguían estando al
margen de mi voluntad. En otras palabras, no la cogí con la intención de
tirarla al pozo, sino que más bien, en el momento de cogerla, la boca
negra y redonda del pozo atrajo mi atención y me infundió la idea de
hacerlo. Yo tenía la impresión de que todo estaba yendo bien. O más
bien, sentí que me movía una voluntad que no era la mía. Tenía una
idea general de lo que pasaría a continuación. Oía una voz en el fondo
de mi mente que me decía que todo aquello era un sueño.
«E1 pozo era oscuro, y desde donde yo estaba junto a la boca no
podía ver bien el fondo. A juzgar por el olor a tierra que venía de
dentro, parecía que en el fondo había una acumulación poco profunda
de agua. La solté. El cuerpo de Sadako se deslizó por la pared del pozo
hasta las profundidades de la tierra y dio en el fondo con un chapoteo.
Me quedé mirando el interior del pozo hasta que se me acostumbraron allí dentro.
Aun así, no me pude quitar de encima la intranquilidad. Eché piedras y
tierra al pozo en un intento de esconder su cuerpo para siempre. Eché
brazadas enteras de tierra y seis o siete piedras del tamaño de puños
hasta que ya no pude hacer nada más. Las piedras le golpearon el
cuerpo, arrancando un ruido sordo del fondo del pozo y estimulando mi
imaginación. Cuando pensé en que las piedras estarían rompiendo aquel
cuerpo enfermizamente hermoso, no pude continuar. Sé que esto no
tiene ningún sentido. Por un lado deseaba la destrucción de su cuerpo,
pero por el otro lado no quería que se estropeara.
Cuando Nagao terminó de hablar, Asakawa le dio el mapa de la
Tierra Pacífica de Hakone Sur.
—Señale en este mapa dónde sucedió —le pidió Asakawa en tono
apremiante.
Nagao tardó unos segundos en entender qué le estaban
enseñando, pero en cuanto le dijeron que donde había estado el
sanatorio ahora había un restaurante, pareció recuperar el sentido de la
orientación.
—Creo que fue aquí —dijo, señalando un punto del mapa.
—No hay duda. Ahí es donde esta la Ciudad de los Chalets —dijo
Asakawa, poniéndose de pie—. ¡Vamonos!
Pero Rryuji estaba tranquilo.
—No me vengas con prisas. Todavía tenemos que hacerle algunas
preguntas a este viejo asqueroso. Ese síndrome que ha mencionado…
—El síndrome de feminización testicular.
—¿Puede tener hijos una mujer que lo tenga?
Nagao negó con la cabeza.
—No, no puede.
—Una cosa más. Cuando usted violó a Sadako Yamamura, ya había
contraído la viruela, ¿no?
Nagao asintió.
—En ese caso, la última persona del Japón que fue infectada por la
viruela fue Sadako Yamamura, ¿no?
Estaba claro que justo antes de morir, el virus de la viruela había
invadido el cuerpo de Sadako Yamamura. Pero inmediatamente después
ella había muerto. Si su huésped fallece, un virus no puede seguir vivo.
Nagao no supo responder y bajó la vista, evitado la mirada de Ryuji.
Respondió en términos muy vagos.
—¡Eh! ¿Qué estás haciendo? ¡Tenemos que irnos! —Asakawa
estaba en la puerta, presionando a Ryuji para que se diera prisa.
—Mierda. Espero que sea usted feliz —dijo Ryuji, golpeando
suavemente la punta de la nariz del médico con el índice antes de
seguir a Asakawa.
12
No podía dar una explicación lógica, pero a partir de su experiencia
como lector de novelas y espectador de programas de televisión malos
sentía que tenía una idea precisa de la clase de truco argumental que
ahora tocaba, basándose en la forma en que se había ido desarrollando
la historia. El desarrollo tenía un tempo determinado. No habían estado
buscando el escondite de Sadako, pero en un abrir y cerrar de ojos se
habían topado con la tragedia que cayó sobre ella y con el lugar donde
fue enterrada. Así que cuando Ryuji le dijo que «parara delante de una
ferretería grande», Asakawa se sintió aliviado: «Está pensando lo
mismo que yo». Asakawa todavía no podía imaginar lo horrible que iba
a ser aquella tarea. A menos que hubiera quedado completamente
sepultado, no sería difícil encontrar el viejo pozo en las inmediaciones
de la Ciudad de los Chalets. Y una vez lo encontraran, sería fácil sacar
los restos de Sadako. Todo parecía muy sencillo, y él quería pensar que
lo iba a ser. Era la una de la tarde. El sol de mediodía se reflejaba
brillante en las calles empinadas de aquella población famosa por sus
fuentes termales. La luminosidad y la atmósfera tranquila entre semana
del vecindario le nublaban la imaginación. No se le ocurrió que aunque
estuviera solamente a cuatro o cinco metros de profundidad, el fondo
de un pozo sería un mundo completamente distinto de la superficie bien
iluminada. «Ferretería Nishizaki». Asakawa vio el letrero y frenó.
Delante de la tienda había hileras de escaleras de mano y cortadoras de
césped. En aquel lugar no deberían tener problema para encontrar todo
lo que querían.
—Te dejo que hagas tú las compras —dijo Asakawa, corriendo
hacia una cabina de teléfono cercana. Antes de entrar en ella se detuvo
a sacarse una tarjeta telefónica de la cartera.
—Eh, no tenemos tiempo para desperdiciarlo en llamadas.
Pero Asakawa no estaba escuchando. Refunfuñando, Ryuji entró en
la tienda y compró cuerda, un cubo, una pala, una polea y una linterna
de gran potencia.
Asakawa estaba desesperado. Aquella podía ser su última
posibilidad de oír sus voces. Sabía perfectamente que apenas tenía
tiempo que perder. No tenía más que nueve horas hasta el vencimiento
del plazo límite. Metió la tarjeta en el teléfono y marcó el número de la
casa de sus suegros en Ashikaga. Contestó el padre de su mujer.
—Hola, soy Asakawa. ¿Podría ponerme con Shizu y con Yoko? —
Sabía que estaba siendo maleducado al saltarse el habitual intercambio
de frases de cortesía. Pero no tenía tiempo para preocuparse por los
sentimientos de su suegro. El hombre empezó a decir algo, pero luego
pareció notar la urgencia de la situación y fue a buscar de inmediato a
su hija y a su nieta. Asakawa se alegraba mucho de que no se hubiera
puesto al teléfono su suegra. En ese caso, no habría tenido oportunidad
de decir palabra.
—¿Hola?
—Shizu, ¿eres tú? —Nada más oír su voz, ya la echaba de menos.
—¿Dónde estás?
—En Atami. ¿Cómo va todo por ahí?
—Oh, más o menos igual. Yoko se lo está pasando muy bien con
sus abuelos.
—¿Está ahí? —Podía oír la voz de su hija. Nada de palabras,
solamente ruidos mientras la criatura pugnaba por subir al regazo de su
madre para llegar a su padre.
—Yoko, soy papá.
Shizu acercó el auricular a la oreja de Yoko.
—Pa-pá, pa-pá.
Asakawa apenas podía oír las palabras, si es que eran palabras.
Quedaban ahogadas por el ruido de la respiración de la criatura al
teléfono, o por la fricción del auricular contra su mejilla. Pero aquellos
ruidos solamente le hacían sentirse más cercano a ella. Le abrumaba el
deseo de acabar con todo aquello y abrazarla.
—Yoko, espera allí, ¿vale? Papá vendrá pronto a buscarte con el
brum-brum.
—¿De verdad? ¿Cuándo vienes? —Shizu había cogido el teléfono sin
que él se diera cuenta.
—El domingo. Alquilaré un coche y subiré hasta ahí para que todos
podamos hacer una excursión por las montañas, a Nikko o algún sitio
así.
—¿De verdad? Yoko, ¿has visto qué bien? ¡Papá viene a llevarnos
de excursión el domingo!
Sintió que le ardían las orejas. ¿Estaba realmente en situación de
hacer aquella clase de promesas? Se supone que un médico nunca tiene
que decirle nada a su paciente que le dé falsas esperanzas. Se supone
que debe hacer cosas que reduzcan el shock eventual en la medida de
lo posible.
—Parece que ya has resuelto aquel asunto en el que estabas
trabajando.
—Bueno, ya casi está.
—Me prometiste que cuando todo terminara me lo contarías desde
el principio.
Le había prometido aquello. A cambio de que ella no hiciera
ninguna pregunta todavía le había dicho que se lo contaría en cuanto
estuviera arreglado. Su mujer había cumplido su parte del trato.
—Eh, ¿cuánto tiempo vas a seguir hablando? —dijo Ryuji desde
detrás de su espalda.
Asakawa se dio media vuelta. Ryuji tenía el maletero abierto y
estaba cargando sus compras en el coche.
—Ya volveré a llamar. Aunque esta noche no creo que pueda.
Asakawa apoyó la mano en la tecla de colgar. Si lo pulsaba, la
conexión se interrumpiría. Ni siquiera sabía por qué había llamado.
¿Había sido solamente para oír sus voces o acaso tenía algo más
importante que decirles? Pero sabía que aunque tuviera una hora para
hablar con su mujer, cuando llegara el momento de colgar seguiría
teniendo la sensación de que solamente había dicho la mitad de lo que
quería decirle. Sería exactamente lo mismo. Pulsó el botón de colgar y
lo soltó. En cualquier caso, todo se aclararía a las diez de esa misma
noche.
Vista de día y desde el coche, la Tierra Pacífica de Hakone Sur
parecía un típico centro turístico de montaña. La luz del sol disipaba la
atmósfera tétrica que había sentido la última vez que estuvo allí. Incluso
el ruido de las pelotas de tenis parecía normal, no aletargado y
resonante como la otra vez, sino ligero y ágil. Veían el monte Fuji,
neblinoso y blanco, y debajo de ellos, a lo lejos, destellos dispersos de
luz del sol reflejada en los tejados de los invernaderos.
Era un día entre semana por la tarde y la Ciudad de los Chalets
parecía desierta. Parecía que los bungalows de alquiler solamente
estaban ocupados los fines de semana y en las vacaciones de verano. El
B-4 también estaba vacío. Asakawa dejó que Ryuji se registrara,
descargó las cosas del coche y se puso ropa más ligera.
Examinó el bungalow con atención. Hacía exactamente una semana
que había huido despavorido de aquella casa encantada. Recordaba
haber ido corriendo al baño a vomitar y haber sentido que estaba a
punto de mearse encima. Incluso recordaba con nitidez la pintada que
había visto en la pared del baño cundo se había arrodillado delante del
retrato. Ahora abrió la puerta del baño. La misma pintada en el mismo
lugar.
Eran las dos y pico. Salieron al balcón y se comieron la comida
preparada que habían comprado por el camino mientras contemplaban
el prado cubierto de hierba que rodeaba los bungalows. La inquietud
que se había adueñado de ellos en el trayecto desde la clínica Nagao se
disipó un poco. Incluso en medio del peor pánico, seguía habiendo
momentos dispersos como aquel, en que el tiempo fluía ociosamente.
Incluso cuando intentaba terminar un artículo con el plazo de entrega
encima, a veces Asakawa se sorprendía observando absurdamente
cómo caía una gota de café del pitorro de la cafetera y luego
reflexionaba sobre la elegancia con que había estado perdiendo el
tiempo.
—Come. Necesitamos energías —dijo Ryuji.
Se había comprado dos almuerzos para él solo. Por su parte,
Asakawa no parecía tener mucho apetito. De vez en cuando dejaba los
palillos y volvía a mirar el interior del bungalow.
De pronto habló como si acabara de tener una idea.
—Tal vez debamos aclarar esto. ¿Qué estamos haciendo aquí
exactamente?
—Vamos a buscar a Sadako, claro.
—¿Y qué hacemos cuando la encontremos?
—La devolvemos a Sashikiji y la enterramos.
—Así que ese es el sortilegio. Estás diciendo que eso es lo que ella
quiere.
Ryuji se dedicó a masticar ruidosamente un bocado enorme de
arroz, mirando hacia delante a nada en particular. Asakawa pudo ver en
la expresión de su cara que Ryuji tampoco estaba del todo convencido.
Asakawa tenía miedo. Era su última oportunidad y quería alguna
garantía de que estaban haciendo lo correcto. No habría posibilidad de
repetición.
—Ahora mismo no podemos hacer nada más —dijo Ryuji, y tiró el
envoltorio vacío de su comida.
—¿Qué te parece esta posibilidad? Tal vez ella quiera que
aplaquemos su resentimiento hacia la persona que la mató.
—¿Te refieres a Jotaro Nagao? ¿Quieres decir que si lo
denunciamos públicamente Sadako quedará en paz?
Asakawa miró fijamente a Ryuji a los ojos e intentó averiguar qué
estaba pensando en realidad. Si desenterraban el cadáver y le daban su
descanso y eso no salvaba la vida de Asakawa, tal vez Ryuji estaba
planeando matar al doctor Nagao. Tal vez estaba usando a Asakawa
como conejillo de indias para intentar salvar su pellejo…
—Vamos. No seas estúpido —dijo Ryuji con una risotada—. En
primer lugar, si Nagao hubiera sido objeto realmente del resentimiento
de Sadako, ya estaría muerto.
Cierto. Estaba claro que ella tenía aquella clase de poder.
—Entonces ¿por que dejó que la matara?
—No lo sé. Pero mira, a su alrededor no paraba de morir gente
cercana a ella. Lo único que conocía era la frustración. Incluso la forma
en que desapareció de la compañía de teatro como lo hizo fue
esencialmente una frustración de sus metas, ¿no? Luego visitó a su
padre en el sanatorio y descubrió que se estaba muriendo.
—¿Quieres decir que una persona que ha renunciado al mundo no
guarda resentimiento hacia la persona que la ha quitado del mundo?
—No exactamente. Más bien creo que es posible que la propia
Sadako causara aquellos impulsos en el viejo Nagao. En otras palabras,
tal vez se suicidó pero usó para ello las manos de Nagao.
Su madre se había arrojado a un volcán, su padre se estaba
muriendo de tuberculosis, sus sueños de convertirse en actriz habían
quedado destruidos y además tenía su defecto congénito. No le faltaban
razones para suicidarse. El informe de Yoshino mencionaba a
Shigemori, el fundador de la compañía teatral Vuelo Libre. Se había
emborrachado, había asaltado a Sadako y había muerto al día siguiente
de parálisis cardíaca. Era casi seguro que Sadako lo había matado
usando algún poder paranormal de los que tenía. Podía matar con
facilidad a un hombre o dos sin dejar pruebas. ¿Por qué seguía vivo
entonces Nagao? No tenía sentido, a menos que uno decidiera que ella
había guiado su voluntad con el objeto de suicidarse.
—Bueno, vale, digamos que fue un suicidio. Pero ¿por qué tuvo que
violarla antes de matarla? Y no me digas que era porque ella no quería
morir virgen.
Asakawa había dado en el clavo, y como resultado Ryuji se quedó
sin respuestas. Aquello era exactamente lo que iba a decir.
—¿Tan estúpido te parece?
—¿Eh?
—¿Tan estúpido te parece no querer morir virgen? —Ryuji insistió
en aquella cuestión con solemnidad desesperada—. Si fuera yo… Si por
casualidad yo estuviera en su lugar, me sentiría así. No querría morir
virgen.
A Asakawa aquello le pareció poco propio de Ryuji. No lo podía
explicar de forma lógica, pero ni las palabras ni la expresión facial eran
propias de Ryuji.
—¿Hablas en serio? Los hombres y las mujeres son distintos. Sobre
todo en el caso de Sadako Yamamura.
—Je, je. Era broma. Sadako no quería que la violaran. Claro que
no. O sea, ¿quién querría que le pasara una cosa así? Además, mordió
el hombro de Nagao hasta el hueso. Solamente se le ocurrió matarse
después de que pasara aquello, y guió a Nagao en aquella dirección sin
siquiera planteárselo. Creo que eso es lo más probable.
—Pero entonces, ¿no crees que ella seguiría estando resentida con
Nagao? —Asakawa seguía sin verlo claro.
—Pero ¿no te acuerdas? Necesitamos imaginar que la punta de
lanza de su odio no estaba dirigida a ningún individuo en concreto sino
a la sociedad en general. En comparación, su odio a Nagao era tan
insignificante como un pedo en un vendaval.
Su odio hacia la sociedad en general era lo que había plasmado en
aquel vídeo, ¿cuál era entonces el sortilegio? ¿Cuál podía ser? A
Asakawa se le pasó por la cabeza la expresión «ataque indiscriminado»
antes de que la voz grave de Ryuji interrumpiera sus pensamientos.
—Ya basta. Si tenemos tiempo para pensar en estas chorradas,
deberíamos pasarlo intentando encontrar a Sadako. Ella es quien
resolverá todos los enigmas.
Ryuji apuró lo que le quedaba de su té oolong, se puso de pie y tiró
la lata vacía a la hierba del valle.
Estaban sobre una suave colina que dominaba la hierba alta. Ryuji
le dio una hoz a Asakawa y señaló con la barbilla la pendiente que había
a la izquierda del bungalow B-4. Quería que cortara la maleza y
examinara el perímetro de aquella zona. Asakawa se agachó, apoyó una
rodilla en el suelo y se puso a mover la hoz trazando arcos paralelos al
suelo. Empezó a caer la hierba.
Treinta años antes había habido allí una casa en ruinas con un pozo
en el jardín. Asakawa volvió a incorporarse. Miró de nuevo a su
alrededor, preguntándose dónde construiría una casa si viviera allí.
Probablemente elegiría un emplazamiento con buenas vistas. No había
otra razón para hacerse una casa allí. ¿Dónde había las mejores vistas?
Con la vista clavada en los tejados de los invernaderos que brillaban
más abajo, Asakawa caminó un poco, prestando atención a los cambios
en la perspectiva. El paisaje no parecía cambiar mucho, no importaba
adonde fuera. Pero le parecía que si se construyera una casa, sería más
fácil construirla donde estaba el bungalow A-4 que donde estaba el B-4.
Cuando se agachó y miró se dio cuenta de que era la única parcela de
suelo que no estaba inclinada. Se metió en el espacio entre el A-4 y el
B-4 y se puso a cortar la hierba y a palpar la tierra con las manos.
No recordaba haber sacado nunca agua de un pozo. Se dio cuenta
de que nunca había visto un pozo de verdad. No tenía ni idea de qué
aspecto tenía, sobre todo en una zona montañosa como aquella.
¿Realmente había agua subterránea allí? Pero luego, a unos centenares
de metros al este en el suelo del valle había un trozo pantanoso
rodeado de árboles altos. Asakawa no conseguía pensar con claridad.
¿En qué se suponía que debía concentrarse mientras llevaba a cabo una
tarea como aquella? No tenía ni idea. Sintió que la sangre se le subía a
la cabeza. Se miró el reloj. Eran casi las tres de la tarde. Le quedaban
siete horas. ¿Acaso todo aquel esfuerzo les iba a servir para solucionar
las cosas a tiempo? La idea lo dejó todavía más confuso. Tenía una
imagen mental imprecisa del pozo. ¿Qué huellas quedarían donde había
estado? ¿Un montón de piedras amontonadas en círculo? ¿Y si se habían
desprendido y se habían caído dentro del pozo? De ninguna forma. En
aquel caso nunca llegarían a tiempo. Volvió a mirarse el reloj. Eran las
tres en punto. Se había bebido medio litro de té oolong en el balcón y
volvía a tener la garganta seca. Le resonaban voces en la cabeza:
«Busca bultos en el suelo, busca piedras». Clavó la pala en la tierra
desnuda. El tiempo y la sangre le asaltaban la cabeza. Tenía los nervios
de punta pero no estaba cansado. ¿Por qué pasaba ahora el tiempo de
forma tan distinta a como había pasado en el balcón, mientras comían
el almuerzo? ¿Por qué en cuanto se puso a trabajar le había entrado
tanto pánico? ¿Era aquello lo que realmente debían hacer? ¿Acaso no
deberían estar haciendo otras muchas cosas?
De niño una vez cavó una caverna. Debió de ser en cuarto o quinto
curso. Se rió débilmente mientras recordaba el episodio.
—¿Qué demonios estás haciendo? —La voz de Ryuji le hizo levantar
la cabeza de golpe—. ¿A qué te dedicas, gateando por ahí? Tenemos
que investigar una zona más grande.
Asakawa se quedó mirando boquiabierto a Ryuji. Ryuji tenía el sol
detrás de la espalda y la cara sumida en sombras. Desde la cara oscura
le caían gotas de sudor al suelo junto a sus pies. ¿Qué estaba haciendo?
En el suelo justo delante de él había un agujero de pequeño tamaño.
—¿Estás cavando una fosa o algo?
Ryuji suspiró. Asakawa frunció el ceño e hizo el gesto de mirarse el
reloj.
—¡Y deja de mirarte el puto reloj! —Ryuji le apartó la mano de una
palmada. Miró un momento a Asakawa y volvió a suspirar. Se agachó y
susurró con tranquilidad—. Tal vez deberías hacer un descanso.
—No hay tiempo.
—Te lo digo, tienes que mantener la calma. El pánico no te va a
llevar a ninguna parte.
Asakawa también estaba agachado, y Ryuji le dio un golpecito con
el dedo en el pecho. Asakawa perdió el equilibro, se cayó de espaldas y
se quedó así, con los pies en el aire.
—Así, quédate tumbado como estás, como un bebé.
Asakawa se retorció y trató de ponerse de pie.
—¡No te muevas! ¡Quédate tumbado! ¡No malgastes energías!
Ryuji le puso el pie sobre el pecho hasta que dejó de forcejear.
Asakawa cerró los ojos y dejó de oponer resistencia. La presión del pie
de Ryuji se fue alejando a lo lejos. Cuando volvió a abrir tranquilamente
los ojos, Ryuji estaba moviendo sus piernas cortas y fuertes y
dirigiéndose hacia la sombra del balcón del bungalow B-4. Su forma de
hablar era elocuente. Acababa de tener una inspiración acerca de dónde
podían encontrar el pozo y su sensación de desesperanza se había
disipado.
Cuando Ryuji se marchó, Asakawa se quedó quieto un rato.
Tumbado de espaldas, con los brazos extendidos, contempló el cielo. El
sol era brillante. Qué débil era su espíritu comparado con el de Ryuji. Un
asco. Reguló su respiración y trató de pensar con calma. No confiaba en
poder mantener la compostura a medida que fueran pasando las siete
horas siguientes. Se limitaría a cumplir todas las órdenes de Ryuji. Eso
sería lo mejor. Desaparecer, colocarse bajo el influjo de alguien dotado
de un espíritu inflexible. «¡Desaparece! Así podrás escapar del terror.
Serás enterrado en la tierra. Serás uno con la naturaleza». Como si
fuera la respuesta a su deseo, de pronto le invadió el sopor y empezó a
perder la conciencia. En el mismo umbral del sueño, en medio de una
ensoñación en la que levantaba a Yoko por encima de su cabeza,
recordó una vez más el episodio de su escuela primaria.
En las afueras de la ciudad donde había crecido había un campo de
deportes. Al borde del mismo había un precipicio, y al pie del precipicio
un pantano lleno de cangrejos de río. Cuando iba a primaria, Asakawa
iba allí a menudo con sus amigos a coger cangrejos. Aquel día en
particular, la forma en que el sol brillaba sobre la tierra roja desnuda del
precipicio parecía un desafío. De todas formas, ya estaba cansado de
estar allí sentado aguantando la caña de pescar, así que fue al
acantilado, donde brillaba el sol, y empezó a cavar un agujero en su
parte abrupta. La tierra era arcilla blanda, y salió disparada a sus pies
cuando clavó un pedazo viejo de madera que había encontrado. Sus
amigos no tardaron mucho en unirse a él. Eran tres, si no recordaba
mal, o tal vez cuatro. El número perfecto para cavar una cueva. Si
hubieran sido más se habrían chocado entre ellos todo el tiempo y si
hubieran sido menos habría sido demasiado trabajo para cada uno.
Después de una hora de cavar tuvieron un agujero lo bastante
grande para que pudiera entrar uno de ellos. Continuaron.
Originalmente habían estado de camino a casa desde la escuela, y
pronto uno de sus amigos dijo que se tenía que ir a casa. Pero Asakawa,
que era el que había tenido la idea, siguió trabajando en silencio. Y para
cuando se puso el sol la cueva ya era lo bastante grande para que se
metieran en ella todos los chicos que quedaban. Asakawa se abrazó las
rodillas. El y sus amigos intercambiaron risitas. Encogidos entre la
arcilla roja, se sentían como la gente de Mikkabi en la Edad de Piedra,
cuyos restos acababan de estudiar en la clase de ciencias sociales.
Sin embargo, al cabo de un rato la cara de una mujer apareció en
la entrada de la cueva. El sol poniente quedaba a su espalda, así que su
cara permanecía en la sombra y no pudieron distinguir su expresión,
pero se dieron cuenta de que era un ama de casa cincuentona del
vecindario.
—¿Qué hacéis cavando un agujero aquí, chicos? Sería un horror
que os quedarais enterrados vivos ahí dentro —dijo la mujer, mirando el
interior de la cueva.
Asakawa y los otros dos chicos se miraron. Por jóvenes que fueran,
habían percibido algo extraño en su advertencia. No era «Dejadlo estar
porque es peligroso», sino «Dejadlo estar porque si es quedáis
enterrados vivos ahí va a ser horrible para la gente del vecindario como
yo». Los estaba advirtiendo por el bien de ella. Asakawa y sus amigos
se rieron de nuevo. La cara de la mujer se recortaba en la entrada de la
cueva como una sombra chinesca.
La cara de Ryuji se superpuso gradualmente a la de la mujer.
—Ahora estás un poco demasiado relajado. Imagina que te
duermes en un sitio así hasta la mañana. Eh, capullo, ¿de qué ' te ríes?
Ryuji lo despertó. El sol se acercaba al horizonte occidental y la
oscuridad se acercaba deprisa. La cara y la figura de Ryuji recortándose
sobre la luz cada vez más débil del sol eran más negras todavía que
antes.
—Ven aquí un momento.
Ryuji tiró de Asakawa para ayudarlo a ponerse de pie y se metió a
cuatro patas debajo del balcón del bungalow B-4. Asakawa lo siguió.
Debajo del balcón, uno de los paneles que había entre los pilares del
edificio se había despegado parcialmente. Ryuji metió la mano detrás
del panel y tiró de él con toda su fuerza. El panel emitió un crujido
estridente y se rompió diagonalmente por la mitad. La decoración del
interior era moderna, pero aquellos paneles eran tan endebles que se
podían romper con las manos. Los constructores habían escatimado
considerablemente en las partes que no se veían. Ryuji metió la linterna
en el interior y barrió con el haz de luz todo el espacio de debajo de la
cabana. Asintió como diciendo: «Ven a mirar esto». Asakawa fijó la
mirada en el hueco de la pared y miró al interior. El haz de la linterna
enfocó algo negro que sobresalía del suelo en la parte oeste. Mientras lo
miraba se dio cuenta de que parecía tener una textura desigual, como si
fuera un montón de piedras. La parte superior estaba cubierta por una
tapa de cemento. De entre las piedras y por las grietas del cemento
salían hojas de hierba. Asakawa se dio cuenta al instante de lo que
estaba justo encima. La sala de estar del bungalow. Y directamente
encima de la boca redonda del pozo estaban el televisor y el vídeo.
Hacía una semana, mientras veía aquel vídeo, Sadako había estado así
de cerca, escondida y mirando lo que pasaba encima de su cabeza.
Ryuji arrancó más paneles hasta que hubo una abertura lo
bastante grande para que pasara un hombre. Los dos se metieron por el
agujero de la pared y gatearon hasta el borde del puente. El bungalow
estaba construido sobre una pendiente, y ellos habían entrado por el
lado más bajo, así que cuanto más avanzaban más bajos se volvían los
tablones del suelo, creando la sensación de que algo los presionaba
desde arriba. Aunque en aquel espacio a oscuras tenía que haber aire
de sobras, a Asakawa empezó a costarle respirar. La tierra era más
húmeda allí que en el exterior. Asakawa sabía muy bien lo que tenían
que hacer ahora. Lo sabía pero todavía no tenía miedo. El suelo del
bungalow por encima de su cabeza le provocaba claustrofobia, pero tal
vez también iba a tener que bajar al fondo del pozo, a un lugar donde
reinaba una oscuridad todavía más profunda. Nada de tal vez… Para
sacar a Sadako, era casi seguro que iban a tener que descender al
pozo.
—Échame una mano con esto —dijo Ryuji.
Agarró un trozo de barra de acero que sobresalía de una grieta en
la tapa de cemento e intentó tirar de la tapa para dejarla caer en el
suelo en pendiente. Pero el techo era demasiado bajo y no le dejaba
hacer mucha palanca. Incluso alguien como Ryuji que podía levantar
ciento veinte kilos veía reducida su fuerza a la mitad si carecía de un
buen punto de apoyo. Asakawa dio la vuelta al pozo hasta que estuvo
en el lado en que el suelo era más alto y se tumbó de espaldas. Colocó
ambas manos en uno de los pilares para darse impulso y luego empujó
la tapa con los pies. El cemento produjo un ruido chirriante al
arrastrarse sobre la piedra. Asakawa y Ryuji empezaron a canturrear
para sincronizar sus esfuerzos. La tapa se movió. ¿Cuántos años llevaba
la boca del pozo sin abrirse? ¿Habían tapado el pozo cuando se
construyó la Ciudad de los Chalets, o tal vez cuando se fundó la Tierra
Pacífica, o al cerrar el sanatorio? Solamente podían hacer conjeturas,
basándose en la resistencia del sello que unía el cemento y la piedra y
en el chirrido casi humano que producía la tapa al moverse.
Probablemente más de seis meses o un año. Pero no más de veinticinco
años. En todo caso, el pozo acababa de empezar a abrir la boca. Ryuji
metió la hoja de la pala en el espacio que ya habían abierto y empujó.
—Muy bien, cuando te haga una señal quiero que te apoyes en el
mango.
Asakawa se dio la vuelta.
—¿Listo? ¡Un, dos, tres… empuja!
Mientras Asakawa se apoyaba en la palanca improvisada, Ryuji
empujaba el borde de la tapa con ambas manos. Con un chirrido
agónico, la tapa cayó al suelo.
La tapa del pozo estaba bastante mojada. Asakawa y Ryuji
recogieron sus linternas, colocaron sus otras manos en la tapa mojada y
se incorporaron. Antes de enfocar con sus linternas el interior del pozo,
colocaron las cabezas en el hueco de unos cincuenta centímetros que
quedaba entre la parte superior del pozo y el suelo del bungalow. Una
ráfaga fría trajo un olor pútrido. El espacio de dentro del pozo era tan
denso que sentían que si se soltaban del borde, el pozo los absorbería.
Estaba claro que ella estaba allí dentro. Aquella mujer con unos poderes
sobrenaturales extraordinarios con síndrome de feminización testicular…
«Mujer» ni siquiera era la palabra adecuada. La distinción biológica
entre hombre y mujer dependía de la estructura de las gónadas. No
importaba que el cuerpo fuera hermosamente femenino, si las gónadas
tenían forma masculina se trataba de un hombre. Asakawa no sabía si
tenía que considerar a Sadako Yamamura un hombre o una mujer.
Como sus padres la habían llamado Sadako, parecía que tenían la
intención de criarla como a una mujer. Aquella misma mañana, en el
barco a Atami, Ryuji había dicho: «¿No te parece que una persona con
genitales masculinos y femeninos es el símbolo supremo de poder y de
belleza?». Ahora que pensaba en aquello, Asakawa había visto una vez
en un libro de arte algo que le había hecho dudar de sus ojos. Una
mujer madura desnuda y perfectamente formada estaba recostada
sobre una losa con un espléndido ejemplo de genitales masculinos
asomando entre los muslos…
—¿Ves algo? —preguntó Ryuji.
Los haces de sus linternas mostraban que había agua acumulada al
fondo del pozo, a unos cuatro o cinco metros de profundidad. Pero no
sabían qué profundidad tenía el agua.
—Hay agua allí abajo —Ryuji se movió a toda prisa y ató el cabo de
la soga a un pote.
—Muy bien, enfoca hacia abajo con la linterna y aguántala por
encima del borde. Sobre todo que no se te caiga.
«Está planeando bajar ahí». En cuanto se dio cuenta de aquello, a
Asakawa le empezaron a temblar las piernas. «¿Y si tengo que bajar
yo…?» Ahora, por fin, con el túnel vertical y estrecho mirándolo
fijamente a la cara, a Asakawa le empezó a afectar la imaginación. «No
puedo hacerlo. ¿Meterme en esa agua negra y luego qué? Pescar
huesos, eso es lo que hay que hacer. No puedo hacerlo ni en broma, me
volvería loco». Mientras observaba agradecido cómo Ryuji se metía bajo
tierra, rezó a Dios para que no le llegara nunca su turno.
Se le fue acostumbrando la vista a la oscuridad y vio que la
superficie interior del pozo estaba cubierta de musgo. Las piedras de la
pared, bajo el haz anaranjado de su linterna, parecieron convertirse en
ojos, narices y bocas, y cuando descubrió que no podía apartar la vista,
los grupos de piedras se transformaron en caras muertas,
distorsionadas en plenos gritos demoníacos en el momento de morir.
Incontables espíritus malignos ondulaban como algas, con las manos
extendidas hacia la salida. Asakawa no podía dejar de ver aquella
imagen. Cayó un guijarro en aquel hueco fantasmal, apenas a un metro
de donde él estaba, arrancó ecos de las paredes y desapareció en las
gargantas de los espíritus malignos.
Ryuji metió como pudo el cuerpo en el espacio que quedaba entre
la boca del pozo y el suelo del bungalow, se lió la soga alrededor de las
manos y empezó a bajar lentamente. Pronto estuvo de pie en el fondo.
Con las piernas sumergidas hasta las rodillas. No era muy profundo.
—¡Eh, Asakawa! Ve a buscar el cubo. Y también la cuerda fina.
El cubo estaba donde lo habían dejado, en el balcón. Asakawa salió
a rastras de debajo del bungalow. Fuera estaba oscuro. Pero no dejaba
de haber mucha más luz que debajo del suelo. ¡Qué sensación de
liberación! ¡Qué aire tan puro! Miró el resto de los bungalows: el único
que tenía alguna luz encendida era el A-l, junto a la carretera. Se
propuso no mirarse el reloj. Las voces cálidas y cordiales procedentes
del A-l parecían constituir un mundo aparte que flotaba a lo lejos. Eran
los ruidos de la hora de la cena. No le hacía falta mirar el reloj para
saber qué hora debía de ser.
Regresó a la boca del pozo, donde ató el cubo y la pala al cabo de
la soga y los bajó. Ryuji se dedicó a cavar con la pala en el fondo del
pozo y meter la tierra en el cubo. De vez en cuando se ponía en cuclillas
y peinaba el barro con los dedos en busca de algo, pero no encontraba
nada.
—¡Sube el cubo! —gritó.
Con la barriga apoyada en el borde del pozo, Asakawa izó el cubo,
luego vació el barro y las rocas en el suelo antes de bajar de nuevo el
cubo vacío al fondo del pozo. Parecía que antes de que el pozo quedara
sellado, había ido a parar al interior una buena cantidad de tierra y
arena. Ruyji cavaba y cavaba, pero no conseguía encontrar los
hermosos miembros de Sadako.
—Eh, Asakawa —Ryuji hizo una pausa y levantó la vista. Asakawa
no contestó—. ¡Asakawa! ¿Algún problema por ahí arriba?
Asakawa quería decir: «Ningún problema. Estoy bien».
—Llevas todo este rato sin decir palabra. Por lo menos, ya sabes,
podrías dar gritos de ánimo o algo. Me estoy poniendo un poco
melancólico aquí abajo.
Asakawa no dijo nada.
—Bueno, pues, ¿por qué no una canción? Algo de Hibari Misora,
quizá.
Asakawa siguió sin decir nada.
—¡Eh, Asakawa! ¿Sigues ahí? Yo sé que no te me has desmayado.
—Estoy… estoy bien —consiguió decir.
—Un coñazo es lo que eres.
Ryuji escupió las palabras y hundió la punta de la pala en el agua.
¿Cuántas veces lo había hecho ya? El nivel del agua iba bajado
lentamente pero seguía sin haber huellas de lo que estaban buscando.
Vio que el cubo subía cada vez más despacio. Por fin dejó de subir. A
Asakawa se le escapó de las manos. Ryuji consiguió evitar que le diera
de lleno, pero quedó salpicado de cabeza a pies de agua fangosa.
Además de ponerse furioso se dio cuenta de que Asakawa estaba al
límite de sus energías.
—¡Hijo de puta! ¿Estás intentando matarme? —Ryuji trepó por la
cuerda—. Te toca a ti.
«¡A mí!» Horrorizado, Asakawa se incorporó y se golpeó la cabeza
con los tablones del suelo.
—Espera, Ryuji, no pasa nada, estoy bien, todavía me quedan
fuerzas —balbuceó Asakawa.
Ryuji asomó la cabeza fuera del pozo.
—No, no es verdad. No te queda ni pizca. Baja tú ahora.
—Espera, espera. Déjame que recupere el resuello.
—Nos pasaríamos aquí hasta el amanecer. Ryuji enfocó la cara de
Asakawa con la linterna. Tenía una expresión extraña en los ojos. El
miedo a morir le había quitado la razón. Una mirada bastó a Ryuji para
ver que Asakawa ya no disponía de raciocinio. Entre meter paladas de
agua fangosa en un cubo e izar ese cubo a cuatro o cinco metros de
altura, no había duda de cuál era el trabajo más duro.
—Abajo —Ryuji empujó a Asakawa hacia el pozo.
—No… espera… es que…
—¿Qué?, —Soy claustrofóbico.
—No me vengas con tonterías.
Asakawa continuó encogiéndose, inamovible. El agua del fondo del
pozo tembló un poco.
—No puedo. No puedo bajar.
Ryuji agarró a Asakawa del cuello de la ropa y le dio dos bofetadas.
—¡Despierta! «¡No puedo bajar!» ¿Tienes la muerte pisándote los
talones, tienes la oportunidad de eludirla y ahora dices que no puedes?
No seas gallina. No solamente te estás jugando tu vida, ¿sabes?
Acuérdate de tu llamada telefónica. ¿Estás dispuesto a llevarte a tu
nenita contigo a la oscuridad?
Pensó en su esposa y su hija. No podía permitirse ser un cobarde.
Tenía sus vidas en las manos. Pero no le obedecía el cuerpo.
—Pero ¿esto va a funcionar? —Su voz carecía de intencionalidad.
Sabía que no tenía sentido hacer aquella pregunta en aquel momento.
Ryuji le soltó el cuello de la ropa.
—¿Quieres que te cuente más de la teoría del profesor Miura? Hay
tres condiciones que han de cumplirse para que una voluntad maligna se quede en el mundo después de morir. Un lugar cerrado, agua y una
muerte lenta. Una, dos y tres. En otras palabras, si alguien muere
lentamente, en un espacio cerrado y en presencia de agua, entonces el
espíritu rabioso de esa persona encanta el lugar. Ahora mira este pozo.
Es un espacio pequeño y cerrado. Hay agua. Y recuerda lo que dijo la
anciana del vídeo.
«¿Cómo has estado de salud desde entonces? Si te pasas todo el
tiempo jugando en el agua, te cogerán los monstruos».
Jugando en el agua. Eso era. Sadako estaba allí bajo aquella agua
negra y fangosa jugando, incluso ahora. Un juego subterráneo acuático
e interminable.
—Piensa que Sadako seguía viva cuando la tiraron a este pozo. Y
mientras esperaba la muerte, cubrió todas las paredes con su odio. En
su caso se daban las tres condiciones.
—¿Así pues…?
—Así pues, de acuerdo con el profesor Miura, es fácil exorcizar una
maldición así. Solamente tenemos que liberarla. Sacamos sus huesos de
este pozo pestilente, le hacemos un funeral como es debido y la
enterramos en la tierra de su lugar natal. La sacamos al ancho mundo y
a la luz del día.
Hacía un rato, cuando había salido de debajo del bungalow para
recoger el cubo, Asakawa había notado una sensación indescriptible de
liberación. ¿Se suponía que tenían que hacer lo mismo por Sadako?
¿Era eso lo que ella quería?
—¿Así que ese es el sortilegio?
—Tal vez sí y tal vez no.
—Eso es un poco incierto.
Ryuji volvió a agarrar a Asakawa del cuello de la ropa.
—¡Piensa! ¡En nuestro futuro no hay nada seguro! Solamente
podemos confiar en un futuro incierto. Y a pesar de eso, seguimos
viviendo. No se puede renunciar a la vida solamente porque sea
incierta. Es una cuestión de posibilidades. El sortilegio… Puede haber
otras muchas cosas que Sadako quiere. Pero hay una posibilidad grande
de que al sacar sus restos de aquí rompa la maldición del vídeo.
Asakawa retorció la cara y gritó en silencio. «Lugar cerrado, agua y
muerte lenta, dice. Esas tres condiciones permiten la supervivencia de
un espíritu maligno, dice. ¿Qué pruebas tenemos de que aquel farsante
de Miura dijera alguna verdad?»
—Si me entiendes, bajarás al pozo.
«Pero no lo entiendo. ¿Cómo voy a entender algo así?»
—No tienes tiempo para vacilar. Casi se te ha acabado el tiempo —
La voz de Ryuji se fue volviendo amable—. No creas que puedes vencer
a la muerte sin plantar batalla.
«¡Gilipollas! ¡No quiero oír tu filosofía vital!»
Pero al final empezó a subirse al borde del pozo.
—Así me gusta. ¿Crees que puedes hacerlo?
Asakawa se agarró a la soga y bajó por la pared interior del pozo.
Tenía la cara de Ryuji delante.
—No te preocupes. Ahí abajo no hay nada. Tu peor enemigo es tu
imaginación.
Cuando levantó la vista, el haz de la linterna le dio de lleno en la
cara y lo cegó. Apoyó la espalda en la pared. Sus manos empezaron a
soltarse de la cuerda. Los pies le resbalaron por la piedra y se descolgó
un metro de golpe. Las manos le ardían por culpa de la fricción.
Estaba colgando justo encima de la superficie del agua pero no
podía soltarse del todo. Extendió un pie y lo sumergió hasta el tobillo
como si estuviera probando la temperatura del agua. El contacto frío le
puso la piel de gallina, desde la punta del pie hasta la espalda, y le hizo
retirar el pie de inmediato. Pero tenía los brazos demasiado cansados
para seguir colgado de la cuerda. Su propio peso le hizo bajar
lentamente y al final no pudo aguantar más y bajó los dos pies. La
tierra blanda que había debajo del agua se los envolvió de inmediato y
se los sumergió. Asakawa seguía colgando de la cuerda que tenía
delante de los ojos. Le sobrevino el pánico. Sentía como si un bosque de
manos se levantara de la tierra para hundirlo en el barro. Las paredes
se cerraron a su alrededor por todos los lados y lo miraron con
expresión socarrona: «No hay escapatoria».
«¡Ryuji!», intentó gritar, pero no le salió la voz. No podía respirar.
Solamente le salió un ruido débil y seco de la garganta y miró hacia
arriba como un niño que se estuviera ahogando. Notó que algo caliente
lo goteaba por la parte interior de los muslos.
—¡Asakawa! ¡Respira!
Vencido por la presión, Asakawa se había olvidado de respirar.
—No pasa nada. Estoy aquí —Le llegó el eco de la voz de Ryuji, y
Asakawa consiguió aspirar una bocanada de aire.
No podía controlar los latidos de su corazón. No podía hacer lo que
necesitaba hacer allí. Intentó pensar a la desesperada en otra cosa. En
algo más agradable. Si aquel pozo estuviera fuera, bajo un cielo lleno
de estrellas, no sería tan estrella. Si era tan difícil de soportar era
porque estaba tapado por el bungalow B-4. Aquello cortaba la ruta de
escape. Incluso al quitarle la tapa de cemento, encima solamente había
telarañas y los tablones del suelo. «Sadako Yamamura lleva veinticinco
años viviendo aquí abajo. Es cierto, está aquí abajo. Debajo de mis pies.
Esto es una tumba, sí, señor. Una tumba». No se le ocurría nada más.
El mismo pensamiento le estaba vedado como medio de escape. Sadako
había terminado sus días trágicamente allí abajo, y las escenas que le
habían pasado por la cabeza en el momento de morir habían
permanecido allí, todavía fuertes, mediante el poder de su psique. Y
habían madurado allí, en aquel agujero diminuto, respirando como el
flujo y el reflujo de la corriente, yendo y viniendo de acuerdo con algún
ciclo que en algún punto había coincidido con el televisor colocado justo
encima. Y luego habían hecho su aparición en el mundo. Sadako estaba
respirando. El sonido de la respiración surgió de la nada y lo rodeó.
«Sadako Yamamura, Sadako Yamamura». Las sílabas se repetían en su
cerebro, y la cara terroríficamente hermosa que conocía por las fotos se
le apareció, sacudiendo la cabeza con gesto coqueto. Sadako Yamamura
estaba allí. Asakawa empezó a cavar compulsivamente en la tierra bajo
sus pies, buscándola. Pensó en su cara bonita y en su cuerpo y trató de
retener aquella imagen. «Los huesos de aquella chica preciosa cubiertos
de mis orines». Asakawa removió el barro con la pala. El tiempo ya no
importaba. Antes de bajar se había quitado el reloj. La fatiga extrema y
el nerviosismo habían atenuado su irritación, y se olvidó del límite
temporal bajo el que estaba trabajando. Era como estar borracho.
Perdió la noción del tiempo. Solamente podía medirlo mediante el
número de veces que el cubo bajó al pozo donde él estaba y por los
latidos de su corazón.
Al final, Asakawa agarró una piedra grande y redonda con las dos
manos. Era lisa y agradable al tacto y tenía dos agujeros en la
superficie. La sacó del agua. Le lavó la tierra de las cavidades. La cogió
por lo que alguna vez debieron de ser los orificios auditivos y se
sorprendió a sí mismo cara a cara con el cráneo. Su imaginación lo
cubrió de carne. Unos ojos grandes y claros regresaron a las cuencas
vacías y profundas, y alrededor de los dos orificios centrales creció la
carne y formó una elegante nariz. Tenía el pelo largo mojado y le caía
agua del cuello y de detrás de las orejas. Sadako Yamamura parpadeó
dos o tres veces con sus ojos melancólicos para sacudirse el agua de las
pestañas. Cogida entre las manos de Asakawa, su cara tenía un aspecto
dolorosamente distorsionado. Con todo, su belleza seguía incólume.
Sonrió a Asakawa y luego frunció los ojos como si estuviera enfocando.
«Tenía ganas de conocerte». Mientras pensaba aquello, Asakawa se
desplomó allí mismo. Oyó la voz de Ryuji procedente de lo alto.
—¡Asakawa! ¿No se te acababa el tiempo a las diez y cuatro?
¡Alégrate! ¡Son las diez y diez!
—Asakawa, ¿me oyes? Sigues vivo, ¿verdad? La maldición se ha
roto. Estamos salvados. ¡Eh, Asakawa! Si te mueres ahí abajo, acabarás
igual que ella. Si te mueres, no me maldigas, ¿vale? ¡Eh, Asakawa!
¡Contéstame si estás vivo, mandita sea! Asakawa oyó a Ryují pero no se
sintió salvado. Estaba encogido como en un sueño, como si estuviera en
otro mundo, con el cráneo de Sadako Yamamura abrazado contra el
pecho.
CUARTA PARTE
ONDAS

19 de octubre, viernes Una llamada de la oficina del encargado
despertó a Asakawa. El encargado le recordó que tenían que dejar libre
el bungalow a las once y le preguntó si deseaban quedarse otra noche.
Asakawa extendió el brazo libre y cogió el reloj de pulsera, que estaba
junto a la almohada. Tenía los brazos cansados y el mero hecho de
levantarlos le suponía un esfuerzo. Todavía no le dolían, pero
probablemente le dolerían horrores al día siguiente. No llevaba las
gafas, así que tuvo que acercarse el reloj a los ojos para poder leer la
hora. Pasaban unos minutos de las once. A Asakawa no se le ocurrió
qué responder en aquel momento. Ni siquiera sabía dónde estaba.
—¿Se van a quedar otra noche? —preguntó el encargado,
intentando contener la irritación.
Ryuji gimió a su lado. Estaba seguro de que no era su habitación.
Parecía que hubieran redecorado el mundo entero sin decirle nada. El
grueso cable que conectaba el pasado con el presente y el presente con
el futuro había sido cortado en dos: antes y después de irse a dormir.
—¿Hola?
Ahora al encargado le preocupaba que no hubiera nadie al otro lado
de la línea. Sin saber por qué, Asakawa sintió que se le llenaba el pecho
de alegría. Ryuji se dio la vuelta y abrió un poco los ojos. Estaba
babeando. Los recuerdos de Asakawa eran vagos. Cuando buscó en sus
recuerdos no encontró nada más que oscuridad. Se acordaba más o
menos de haber visitado al doctor Nagao y de haber ido luego a la
Ciudad de los Chalets. Le llegaron a la mente una escena oscura tras
otra y se le cortó la respiración. Tenía la sensación de haber despertado
de un sueño impresionante, un sueño que le había dejado una fuerte
huella aunque no recordaba de qué trataba. Pero por alguna razón
estaba de buen humor.
—¿Hola? ¿Me oye?
—Eh, sí —Asakawa agarró mejor el auricular y consiguió contestar
por fin.
—Tienen que dejar libre la habitación a las once.
—Muy bien. Ahora recogemos nuestras cosas y nos marchamos.
Asakawa adoptó un tono solemne, acorde con el del encargado. Oía
un hilillo de agua procedente de la cocina. Parecía que alguien no
hubiera cerrado bien el grifo la noche anterior antes de irse a dormir.
Asakawa colgó el teléfono.
Ryuji había vuelto a cerrar los ojos. Asakawa lo zarandeó.
—Eh, Ryuji. Levántate.
No tenía ni idea de cuánto tiempo habían dormido. Normalmente
Asakawa nunca dormía más de cinco o seis horas por noche, pero ahora
sentía que había dormido mucho más. Hacía mucho tiempo que no
conseguía dormir tranquilo y de un tirón.
—¡Eh, Ryuji! Si no nos largamos de aquí nos van a cobrar otra
noche.
Asakawa zarandeó a Ryuji con más fuerza., pero no pudo
despertarlo. Asakawa levantó la vista y vio la bolsa de plástico de color
blanco lechoso que había en la mesa del comedor. De pronto, como si
algún evento casual hubiera traído de vuelta un fragmento de sueño,
recordó lo que había dentro. «Llamar a Sadako por su nombre. Sacarla
de las entrañas frías de la tierra, meterla en una bolsa de plástico». El
ruido de agua corriente. Fue Ryuji, la noche anterior, el que había ido al
fregadero y había limpiado a Sadako de barro. El agua seguía corriendo.
Para entonces, la hora señalada ya había pasado. Y Asakawa seguía
vivo, todavía lo estaba ahora. Y lleno de júbilo. Había tenido la muerte
en los talones y ahora que esta se había marchado, la vida parecía más
intensa. Empezaba a brillar. El cráneo de Sadako era hermoso, como
una escultura de mármol.
—¡Eh, Ryuji, levanta!
De pronto tuvo un mal presagio. Vislumbró algo al fondo de su
mente. Acercó la oreja al pecho de Ryuji. Quería oír los latidos del
corazón de Ryuji a través de su gruesa sudadera, saber que seguía
vivo. Pero cuando su oreja estaba a punto de tocar el pecho de Ryuji,
Asakawa se encontró de pronto en una presa de cuello, atenazado por
dos manos poderosas. A Asakawa le entró el pánico y empezó a
forcejear.
—¡Te pillé! ¿Pensabas que estaba muerto, verdad?
Ryuji aflojó la presa del cuello de Asakawa y soltó una risotada
extraña e infantil. ¿Cómo podía andarse con bromas después de lo que
habían pasado? Cualquier cosa era posible. Si en aquel instante hubiera
visto a Sadako Yamamura viva y de pie junto a la mesa y a Ryuji
tirándose del pelo en plena agonía, se lo habría creído. Contuvo la rabia.
Le debía mucho a Ryuji.
—Deja de hacer el tonto.
—Es hora de vengarse. Anoche me diste un susto de muerte.
Todavía tumbado de costado, Ryuji soltó una risita.
—¿Qué hice?
—Te desmayaste cuando estabas en el fondo del pozo. Estaba
convencido de que te habías muerto. Me preocupaste. Se había acabado
el tiempo. Pensaba que habías perdido la partida.
Asakawa no dijo nada, se limitó a parpadear varias veces.
—Ja. Probablemente ni siquiera te acuerdas. Cabrón
desagradecido.
Ahora que pensaba en ello, Asakawa no se acordaba de haber
salido del pozo por sí mismo. Por fin recordó haber estado colgando de
la cuerda, completamente agotado. No debió de ser fácil izar cuatro o
cinco metros su cuerpo de sesenta kilos, ni siquiera para alguien tan
fuerte como Ryuji. La imagen de sí mismo colgando le recordó por
alguna razón a la estatua de piedra de Enno Ozunu siendo izada del
fondo del mar. Shizuko había obtenido unos poderes misteriosos del
hecho de pescar la estatua, pero lo único que Ryuji había sacado de su
esfuerzo eran dolores.
—¿Ryuji? —preguntó Asakawa con un tono de voz extrañamente
alterado.
—¿Qué?
—Gracias por todo lo que has hecho. Estoy realmente en deuda
contigo.
—No te me pongas sentimentaloide.
—Si no fuera por ti, yo estaría… Bueno, ya sabes. Gracias, en todo
caso.
—Déjate de chorradas. Me vas a hacer vomitar. La gratitud no vale
un miserable yen.
—Bueno, ¿te apetece comer, entonces? Te invito.
—Ah, bueno, si invitas… —Ryuji se puso de pie, tambaleándose un
poco. Tenía todos los músculos agarrotados. Hasta a alguien como Ryuji
le costaba dar órdenes a su cuerpo.
Desde la casa de reposo de la Tierra Pacífica de Hakone Sur,
Asakawa llamó a su mujer y le dijo que la recogería en un coche de
alquiler el domingo por la mañana, tal como le había prometido. «Así
pues, ¿todo está resuelto?», le preguntó ella. Lo único que Asakawa
pudo decir fue: «Probablemente». El hecho de que siguiera vivo
únicamente le sugería que las cosas estaban resueltas. Pero cuando
colgó el teléfono, algo seguía inquietándolo profundamente. No podía
quitárselo de la cabeza. Por el simple hecho de que seguía vivo quería
creer que todo estaba solucionado, pero… Pensando que Ryuji podría
tener las mismas dudas, Asakawa volvió a la mesa y dijo:
—Esto es el final, ¿no?
—¿Tu familia está bien? —Ryuji no iba a contestar directamente la
pregunta de Asakawa.
—Sí. Eh, Ryuji, ¿te parece que no se ha acabado todavía?
—¿Estás preocupado?
—¿Y tú?
—Tal vez.
—¿Por qué? ¿Qué te preocupa?
—Lo que dijo la anciana: «El año que viene tendrás una criatura».
Esa predicción.
Nada más darse cuenta de que Ryuji albergaba exactamente las
mismas dudas, Asakawa se puso a intentar disiparlas.
—Tal vez ese «tú», ese en concreto, no se refería a Sadako, sino a
Shizuko.
Ryuji rechazó aquello de plano.
—Imposible. Las imágenes del vídeo vienen de los ojos y la mente
de Sadako. La anciana estaba hablando con ella. «Tú» solamente se
puede referir a Sadako.
—Tal vez su predicción era falsa.
—La capacidad de Sadako para ver el futuro tuvo que ser infalible,
al cien por cien.
—Pero Sadako era físicamente incapaz de tener hijos.
—Por eso es tan extraño. Biológicamente, Sadako era un hombre,
no una mujer, así que de ninguna forma pudo tener una criatura.
Además, era virgen hasta antes de morir. Y…
—¿Y…?
—Nagao fue su primera experiencia sexual. La última víctima de la
viruela en Japón. Toda una coincidencia.
Se decía que en un pasado lejano Dios y el Diablo, las células y los
virus, los varones y las hembras e incluso la luz y la oscuridad habían
sido idénticos, sin contradicciones internas. Asakawa empezó a sentirse
intranquilo. En cuanto la discusión se trasladaba al reino de las
estructuras genéticas o del cosmos previo a la creación de la Tierra, las
respuestas se volvían impenetrables a las preguntas individuales. Lo
único que podía hacer, llegado aquel punto, era convencerse de que
tenía que disipar las incertezas contumaces de su corazón y decirse a sí
mismo que todo se había acabado;
—Pero estoy vivo. El enigma del sortilegio borrado está resuelto.
Caso cerrado.
Luego Asakawa se dio cuenta de algo. ¿Acaso la estatua de Enno
Ozunu no había usado su propia voluntad para ser izada del fondo del
océano? Había ejercido aquella voluntad sobre Shizuko, había guiado
sus actos y como resultado le había conferido sus nuevos poderes. Algo
en aquella historia le resultaba espantosamente familiar. Sacar los
huesos de Sadako del fondo del pozo, rescatar la estatua de Enno
Ozunu del fondo del mar… Pero lo que le inquietaba era la ironía: el
poder que Shizuko había obtenido solamente le trajo sufrimiento. Pero
estaba mirando las cosas de forma incorrecta. Tal vez en el caso de
Asakawa, el mero hecho de liberarse de la maldición era el equivalente
a los poderes que había recibido Shizuko. Asakawa decidió convencerse
de aquello.
Ryuji miró fijamente a Asakawa para convencerse de que el
hombre que tenía delante estaba efectivamente vivo y asintió dos
veces.
—Supongo que tienes razón —Expulsó lentamente el aire de los
pulmones y se apoltronó en la silla—. Y sin embargo…
—¿Qué?
Ryuji irguió la espalda y preguntó, como para sí mismo:
—¿Qué dio a luz Sadako?
Asakawa y Ryuji se separaron en la estación de Atami. Asakawa
tenía intención de devolver los restos de Sadako a sus parientes en
Sashikiji y convencer a éstos de que le hicieran un funeral.
Probablemente no sabrían siquiera qué hacer con ella, una pariente
lejana de la que no habían sabido nada en treinta años. Pero tal como
estaban las cosas, no podía abandonarla sin más. Si no hubiera sabido
quién era, podría haberla enterrado como a un cadáver no identificado.
Pero lo sabía, de modo que lo único que podía hacer era entregársela a
la gente de Sashikiji. Hacía tiempo que el caso había prescrito, y sacar a
colación un asesinato ahora no traería más que problemas, así que
decidió contar que había sido probablemente un suicidio. Quería
entregarla y regresar inmediatamente a Tokio, pero no había barcos tan
a menudo. Si partía ahora tendría que pasar la noche en Oshima. Como
tenía que dejar el coche en Atami, volar de vuelta a Tokio solamente
complicaría las cosas.
—Puedes llevar los huesos tú solo. Para eso no me necesitas.
Mientras decía aquello, al salir del coche delante de la estación de
Arami, Ryuji parecía estar riéndose de Asakawa. Los huesos de Sadako
ya no estaban en la bolsa de plástico. Estaban envueltos
cuidadosamente en un paño negro en el asiento trasero del coche.
Ciertamente era un paquete tan pequeño que hasta un niño lo podría
haber entregado en la casa de los Yamamura en Sashikiji. Lo
importante era conseguir que los aceptaran. Si los rechazaban, Asakawa
no tendría ningún sitio al que llevarla. Aquello sería un problema. Tema
la sensación de que el sortilegio solamente estaría ejecutado del todo
cuando alguien cercano a Sadako le hiciera un funeral. Y con todo: ¿por
qué tendrían que creerle si aparecía en su umbral con un saco de
huesos y les decía que aquella era una pariente de quien no habían
sabido nada en veinticinco años? ¿Qué pruebas tenía? Asakawa seguía
un poco preocupado.
—Bueno, buen viaje. Te veo en Tokio —Ryuji se despidió con la
mano y entró a la zona de pasajeros con billete—. Si no tuviera tanto
trabajo, no me importaría acompañarte, pero ya sabes como son las
cosas —Ryuji tenía una montaña de trabajo, artículos académicos y
cosas por el estilo, que requería una atención inmediata.
—Déjame que te dé las gracias otra vez.
—Olvídalo. Yo también me lo he pasado bien. Asakawa miró hasta
que Ryuji desapareció en las sombras de las escaleras que llevaban al
andén. Justo antes de desaparecer, Ryuji tropezó en las escaleras.
Aunque recuperó enseguida el equilibrio, por un breve instante,
mientras trastabillaba, a Asakawa le pareció ver doble la figura
musculosa de Ryuji. Se dio cuenta de que estaba cansado y se frotó los
ojos. Cuando se apartó las manos de la cara, Ryuji había desaparecido
escaleras arriba. Notó una curiosa sensación punzante en el pecho y de
alguna parte le vino un vago aroma cítrico…
Aquella tarde le entregó los restos de Sadako a Takashi Yamamura
sin incidentes. Takashi acababa de regresar de una expedición pesquera
y en cuanto vio el fardo pareció saber de qué se trataba. Asakawa lo
sostuvo con ambas manos y dijo:
—Son los restos de Sadako.
Takashi miró el fardo un momento largo, luego frunció los ojos con
expresión amable. Se acercó a Asakawa arrastrando los pies, hizo una
profunda reverencia y aceptó los huesos, diciendo:
—Gracias por venir desde tan lejos.
Asakawa se quedó un poco desconcertado. No pensaba que el
anciano los fuera a aceptar tan fácilmente. Takashi pareció leerle la
mente y dijo en tono firme:
—Está claro que es Sadako.
Hasta los tres años y luego de los nueve a los dieciocho, Sadako
había vivido allí, en la casa de los Yamamura. A juzgar por la expresión
de Takashi cuando recibió los despojos, Asakawa se imaginó que debía
de haberla querido mucho. Ni siquiera pidió pruebas de que se tratara
de ella. Tal vez no le hacía falta. Tal vez sabía intuitivamente que era
ella la que estaba dentro del paño negro. Lo atestiguaba la forma en
que le habían brillado los ojos al ver por primera vez el fardo. Ahí
también tenía que haber alguna fuerza en funcionamiento.
Después de completar su recado, Asakawa quería alejarse lo más
posible de Sadako. Así que se retiró a toda prisa, alegando falsamente
que «iba a perder su vuelo si no se marchaba enseguida». Si la familia
cambiaba de opinión y decidía de pronto que no aceptaba sin pruebas
que los despojos pertenecían a Sadako y si empezaban a pedirle
detalles, no sabría qué decir. No iba a ser capaz de contarle la historia a
nadie hasta pasado mucho tiempo. Y en especial no tenía ganas de
contársela a sus parientes.
Asakawa pasó por la «oficina» de Hayatsu para darle las gracias
por toda su ayuda el otro día, luego se dirigió al hotel Hot Springs de
Oshima. Quería limpiarse de toda la fatiga con un baño caliente y luego
escribir todo lo sucedido.
3
En el mismo momento en que Asakawa se estaba metiendo en su
cama del hotel Hot Springs de Oshima, Ryuji dormitaba sentado al
escritorio de su apartamento. Sus labios descansaban sobre un ensayo
a medio escribir y su saliva emborronaba la tinta de color azul oscuro.
Estaba tan cansado que su mano seguía cogiendo su amada pluma
Montblanc. No se había pasado a los procesadores de texto.
De pronto sus hombros experimentaron una sacudida y su cara se
crispó de forma antinatural. Se levantó de un salto. La espalda se le
puso recta como una tabla y los ojos se le abrieron mucho más que de
costumbre cuando se despertaba. Normalmente tenía los ojos un poco
oblicuos, y cuando los abría tanto le cambiaba la cara, se volvía un poco
más guapo. Tenía los ojos inyectados en sangre. Había estado soñando.
Ryuji, que normalmente no tenía miedo de nada, estaba temblando de
pies a cabeza. No se acordaba del sueño. Pero la tensión de su cuerpo y
sus temblores atestiguaban el terror del sueño. No podía respirar. Miró
el reloj. Las 9.40 h. No pudo reconocer de inmediato la importancia de
aquella hora. Las luces estaban encendidas —el fluorescente del techo y
la lamparilla que tenía delante en el escritorio— y había mucha luz, pero
todo seguía estando demasiado oscuro. Sintió un miedo instintivo a la
oscuridad. Su sueño había estado regido por una oscuridad como
ninguna otra.
Ryuji giró en su silla y miró el reproductor de vídeo. La cinta
fatídica seguía dentro. Por alguna razón ahora no podía apartar la vista.
Se lo quedó mirando. Su respiración se volvió entrecortada. Le pasaron
imágenes a toda velocidad por la mente que no dejaban sitio para el
pensamiento lógico.
—Así que has venido…
Colocó ambas manos en el borde de la mesa y trató de adivinar
qué había a su espalda. Su apartamento estaba en una callecita
tranquila que daba a una calle más grande, así que de fuera llegaban
toda clase de ruidos imprecisos. De vez en cuando destacaban el
ronroneo de un motor o el chirrido de. unos neumáticos, pero aparte de
eso, los ruidos del exterior no eran más que una masa apagada y sólida
que se extendía tras su espalda a un lado y al otro. Prestó atención para
distinguir de dónde venían algunos de los ruidos. Algunos procedían de
insectos. Aquel batiburrillo de ruidos empezó a flotar y a parpadear
como un fantasma. La realidad pareció retirarse, o eso le pareció a
Ryuji. Y a medida que se retiraba iba dejando a su alrededor un espacio
vacío en el que planeaba una especie de materia espectral. El aire
gélido de la noche y la humedad que se le pegaba a la piel se
convirtieron en sombras y lo rodearon. Los latidos de su corazón se
aceleraron y rebasaron el tictac del reloj. Las señales le oprimían el
pecho. Ryuji volvió a mirar el reloj. Las 9.44 h. Cada vez que miraba
tragaba saliva.
«Hace una semana, cuando vi el vídeo en casa de Asakawa, ¿qué
hora era? Dijo que su mocosa siempre se iba a dormir sobre las nueve…
Si ponemos por caso que pusimos la cinta después de esa hora,
habríamos terminado a las…»
No podía calcular exactamente cuándo habían terminado de ver el
vídeo. Pero se dio cuenta de que la hora se acercaba rápidamente. Se
daba perfecta cuenta de que aquellas indicaciones que ahora se cernían
sobre él no eran falsificaciones. Aquello no era como cuando la
imaginación de uno le magnifica los miedos. No era como un embarazo
imaginario. Estaba claro que «aquello» se aproximaba de forma
implacable. Lo que no sabía era…
«¿Por qué solamente viene a por mí? ¿Por qué viene a por mí si no
vino a por Asakawa? No es justo». La confusión invadió su mente.
«¿Qué demonios está pasando? ¿No hemos resuelto el sortilegio?
¿Entonces, por qué? ¿Por qué? ¿POR QUÉ?»
Su corazón latía de forma alarmante. Sentía que algo se le había
metido en el pecho y le estaba estrujando el corazón. Notó un dolor en
el espinazo. Sintió que algo frío le tocaba el cuello y, asustado, intentó
levantarse de la silla, pero entonces le acometió un dolor intenso en la
cintura y la espalda. Se desplomó en el suelo.
«¡Piensa! ¿Qué tienes que hacer ahora?» De alguna forma lo que le
quedaba de conciencia consiguió darle órdenes a su cuerpo. «¡De pie!
¡Ponte de pie y piensa!» Ryuji se arrastró por las esterillas del suelo en
dirección al aparato de vídeo y sacó la cinta. «¿Por qué estoy haciendo
esto?» No podía hacer otra cosa que observar con atención aquella cinta
que estaba detrás de todo. La miró por delante y por detrás, luego fue a
introducirla de nuevo en el aparato, pero se detuvo. Había un título
escrito en la etiqueta del lomo de la cinta. En la caligrafía de Asakawa.
«Liza Minnelli, Frank Sinatra, Sammy Davis Jr., 1989». Debía de haber
algún programa musical grabado antes de que Asakawa lo usara para
copiar aquel vídeo. Una descarga eléctrica le recorrió la espina dorsal.
Una sola idea tomó forma rápidamente en su mente por lo demás en
blanco. «Tonterías», se dijo a sí mismo, y apartó el pensamiento de su
mente. Pero cuando le dio la vuelta a la cinta, aquella descarga
momentánea se convirtió en una certeza. De pronto Ryuji entendió
muchas cosas. El enigma del sortilegio, la profecía de la anciana y otro
poder oculto en las imágenes de aquella cinta… ¿Por qué se habían ido
aquellos cuatro chavales de la Ciudad de los Chalets sin intentar llevar a
cabo el sortilegio? ¿Por qué estaba Ryuji afrontando la muerte cuando
Asakawa había salvado la vida? ¿A qué había dado a luz Sadako? La
pista estaba allí, la tenía en las manos. No se había dado cuenta de que
el poder de Sadako se había fundido con otro poder. Ella había querido
tener un hijo, pero su cuerpo no se lo permitía. Así que había hecho un
pacto con el demonio… para tener muchos hijos. «¿Qué efecto tendrá
esto?», se preguntó Ryuji. Se rió a pesar de su dolor, una risa cargada
de ironía.
«Debe de ser una broma. Yo quería ver el final de la humanidad. Y
aquí estoy, en la vanguardia…»
Se arrastró hasta el teléfono y empezó a marcar el número de la
casa de Asakawa, pero luego se acordó: estaba en Oshima.
«El cabrón se va a sorprender cuando sepa que he muerto». La
presión terrible en el pecho le hizo crujir las costillas.
Marcó el número de Mai Takano. Ryuji no estaba seguro de si era
un apego feroz a la vida o simplemente el deseo de oír su voz por
última vez lo que ocasionaba aquel impulso de llamar a Mai. Ya no
distinguía la diferencia. Pero entonces oyó una voz.
«Déjalo. No está bien mezclarla en esto».
Y sin embargo, por otro lado seguía teniendo una chispa de
esperanza. Tal vez todavía tuviera tiempo.
Le llamó la atención el reloj del escritorio: las 9.48 h. Se llevó el
auricular a la oreja y esperó a que Mai cogiera el teléfono. Sentía un
picor repentino e insoportable en la cabeza. Se llevó la mano a la
cabeza y rascó con furia. Sintió que varios mechones se soltaban del
cuero cabelludo. Al segundo timbrazo, Ryuji levantó la vista. Sobre la
cajonera que tenía delante había un espejo horizontal y vio reflejada su
cara en él. Olvidando que tenía el teléfono cogido entre el hombro y la
cabeza, acercó la cara al espejo. Se le cayó el auricular, pero ya no le
importó. Se limitó a mirar su cara en el espejo. Había otra persona
reflejada en el espejo. Sus mejillas estaban amarillentas, resecas y
agrietadas y el pelo se le caía a jirones. y dejaba al descubierto costras
marrones. «Una alucinación, tiene que ser una alucinación», se dijo así
mismo. Aun así, no podía controlar sus emociones. Del auricular caído al
suelo salió un voz de mujer: «¿Hola? ¿Hola?». Ryuji no lo pudo
soportar. Soltó un grito. Sus gritos taparon las palabras de Mai, de
modo que finalmente no pudo oír la voz de su amada. La cara del
espejo no era más que la suya cien años después. Ni siquiera Ryuji se
había imaginado que sería tan aterrador verse a uno mismo
transformado en otra persona.
Mai Takano cogió el teléfono al cuarto timbrazo y dijo: «Hola». La
única respuesta fue un grito espantoso. Un escalofrío recorrió la línea
telefónica. El miedo mismo viajó por la línea desde el apartamento de
Ryuji al de Mai. Sorprendida, Mai se apartó el auricular de la oreja. Los
gemidos continuaron. El primer grito había sido de horror y los gemidos
siguientes transmitían incredulidad. Había recibido llamadas de
acosadores varías veces, pero se dio cuenta de inmediato que aquello
era distinto y se volvió a acercar el teléfono a la oreja. La voz cesó. La
siguió un silencio letal.
Mai dijo «Hola, hola» una y otra vez. No hubo respuesta Colgó el
auricular. Aquellos gemidos le habían resultado familiares. Una
premonición se le instaló en el pecho y volvió a coger el auricular para
marcar el número de su querido profesor. Recibió la señal de ocupado.
Pulsó el botón de colgar con el dedo y volvió a marcar. Seguía ocupado.
Y así supo que había sido Ryuji el que llamaba y que le había sucedido
algo horrible.
¡
Las 21.49 de la noche. El deseo de Ryuji de oír por última vez la
voz de la mujer que amaba había sido cruelmente frustrado. En cambio,
lo que había hecho era ahogarla con sus gritos de agonía. Ahora respiró
por última vez. La nada envolvió su conciencia. La voz de Mai volvió a
salir del auricular que tenía junto a la mano. Tenía las piernas
extendidas en el suelo, la espalda apoyada en la cama, el brazo
izquierdo caído sobre el colchón y la mano derecha extendida hacia el
auricular que todavía susurraba: «¿Hola?». La cabeza echada hacia
atrás y los ojos muy abiertos, mirando al techo. Justo antes de ser
absorbido por el vacío, Ryuji comprendió que no se iba a salvar y se
recordó que debía desear con toda su voluntad poder enseñarle al
gilipollas de Asakawa el secreto de la cinta de vídeo.
20 de octubre, sábado Se alegraba de volver a estar en casa, pero
sin su mujer y su hija, el lugar le resultaba solitario. ¿Cuánto hacía que
no estaba en casa? Intentó contar con los dedos. Había pasado, una
mañana en Kamakura, se había quedado dos noches inmovilizado en
Oshima, había estado la noche siguiente en la Ciudad de los Chalets y
luego otra noche en Oshima. Solamente llevaba cinco noches fuera.
Pero le parecía que había estado mucho más tiempo fuera. A menudo
pasaba cuatro o cinco noches fuera investigando para algún artículo,
pero cuando volvía a casa siempre le parecía que el tiempo había
pasado volando.
Asakawa se sentó a la mesa de su estudio y encendió el ordenador.
Todavía tenía dolores por todo el cuerpo y le dolía la espalda cada vez
que se sentaba o se levantaba. Ni siquiera las diez horas que había
dormido durante la noche podían reparar todas las noches en blanco de
la semana anterior. Pero ahora no podía pararse a descansar. Si no se
ocupaba del trabajo acumulado no sería capaz de cumplir su promesa
de llevar a su familia en coche a Nikko al día siguiente, domingo.
Se sentó delante de su ordenador. Ya había grabado la primera
mitad de su reportaje en un disquete. Ahora necesitaba añadir el resto,
todo lo ocurrido desde el lunes, cuando descubrieron el nombre de
Sadako Yamamura. Quería terminar aquel documento lo antes posible.
A la hora de la cena ya tenía cinco páginas. Llevaba un ritmo bastante
bueno. El ritmo al que escribía Asakawa solía acelerarse a medida que
avanzaba la noche. A aquella velocidad, al día siguiente podría relajarse
y disfrutar de la compañía de su mujer y su hija. Luego, el lunes,
volvería a su vida normal. No podía predecir cómo iba a reaccionar su
jefe de redacción a lo que estaba escribiendo ahora, pero no lo sabría
hasta que terminara de escribir. A sabiendas de que probablemente era
un esfuerzo inútil, Asakawa continuó y ordenó los acontecimientos de la
segunda mitad de la semana. Solamente cuando acabara el manuscrito
podría sentir que el episodio se había acabado realmente.
A veces sus dedos se detenían sobre el teclado. La impresión que
contenía la foto de Sadako estaba encima de la mesa. Sentía que
aquella chica aterradoramente hermosa lo estaba observando y aquello
le estropeaba la concentración. Había visto las mismas cosas que había
visto ella con aquellos ojos preciosos. Todavía tenía la sensación de que
una parte de ella se le había metido en el cuerpo. No podía trabajar con
Sadako mirándolo.
Cenó en una cafetería cercana y luego se preguntó de repente qué
estaría haciendo Ryuji en ese momento. No estaba realmente
preocupado: simplemente acababa de recordar la cara de Ryuji. Y
cuando regresó a su habitación y siguió trabajando, aquella cara le
siguió flotando en el margen de la conciencia y se fue volviendo
gradualmente nítida.
«Me pregunto qué estará haciendo ahora».
Su imagen mental de la cara de Ryuji se enfocaba y se
desenfocaba. Asakawa se sintió extrañamente inquieto y cogió el
teléfono. Después de siete timbrazos oyó que alguien descolgaba y se
sintió aliviado. Pero la voz que oyó era de una mujer.
—¿… Hola? —La voz era débil y tenue. Asakawa la había oído
antes.
—Hola. Soy Asakawa.
—¿Sí? —fue la débil respuesta.
—Ah, debes de ser Mai Takano, ¿verdad? Tengo que darte las
gracias por el almuerzo que nos hiciste la última vez que nos vimos.;
—No fue nada —susurró ella, y esperó.
—¿Está Ryuji? —Asakawa se preguntaba por qué simplemente la
chica no le había pasado el teléfono ya a Ryuji—. ¿Está Ryuji…?
—El profesor ha muerto.
—¿Qué?
¿Cuánto tiempo se quedó sin habla? Lo único que podía decir, como
un estúpido, era: «¿Qué?». Se quedó mirando con los ojos vidriosos un
punto del techo. Por fin, cuando casi notaba que se le caía el teléfono de
las manos, consiguió preguntar:
—¿Cuándo? '., —Anoche, sobre las diez., Ryuji había terminado de
ver el vídeo en el apartamento de Asakawa el viernes pasado a las 9.49
h. Y había muerto exactamente una semana después.
—¿Cuál ha sido la causa de la muerte?
En realidad, no le hacía falta preguntarlo.
—Fallo cardíaco repentino… Pero no han especificado la causa
exacta de la muerte.
Asakawa a duras penas se aguantaba de pie. No se había acabado.
Simplemente habían entrado en la segunda ronda.
—Mai, ¿te vas a quedar ahí un rato?
—Sí. Tengo que ordenar los papeles del profesor.
—Ahora voy. Espérame.
Asakawa colgó el teléfono y se desplomó en el suelo. El plazo límite
de su mujer y su hija eran las once de la mañana siguiente. Otra
carrera contra el tiempo. Ryuji se había ido. No podía quedarse allí
tirado. Tenía que pasar a la acción. Deprisa. En aquel mismo momento.
Salió a la calle y calculó la densidad del tráfico. Parecía que en
coche llegaría antes que en tren. Cruzó por el paso de peatones y se
subió al coche de alquiler, que estaba aparcado en la acera. Se alegraba
de haber ampliado un día el plazo del alquiler del coche para recoger a
su familia.
¿Qué quería decir aquello? Agarrando el volante con las manos,
intentó poner sus pensamientos en orden. Le volvió a la mente una
escena tras otra, pero ninguna tenía sentido. Cuanto más lo pensaba,
menos podía asimilar su mente y el hilo que conectaba los eventos se
enredaba más y más hasta que pareció a punto de romperse.
«¡Cálmate! ¡Cálmate y piensa!» Se riñó a sí mismo. Por fin, comprendió
en qué tenía que concentrarse.
«En primer lugar, no pudimos averiguar el sortilegio: la forma de
escapar a la muerte. Sadako no quería que encontráramos sus huesos y
los pusiéramos a descansar con un funeral adecuado. Quería algo
completamente distinto. ¿Qué? ¿Qué es? ¿Y por qué sigo vivo yo si no
descubrimos el sortilegio? ¿Qué quiere decir? ¡Dímelo! ¿Por qué
solamente sobreviví yo?»
A las once de la mañana siguiente, Shizu y Yoko llegarían al final
de su plazo. Ya eran las nueve de la noche. Si no hacía algo, las
perdería.
Había estado contemplando el caso desde la premisa de una
maldición pronunciada por Sadako, una mujer que había encontrado
una muerte inesperada, pero ahora empezaba a dudar de aquella
perspectiva. Tenía la premonición de un mal sin fin que se burlaba del
sufrimiento humano.
Mai estaba arrodillada formalmente en la sala de estilo japonés con
un manuscrito inédito de Ryuji en el regazo. Iba pasando páginas,
contemplando cada una de ellas, pero el tema era difícil en el mejor de
los casos y no había tenido tiempo de asumir nada. La sala tenía un
aspecto cavernoso. Los padres de Ryuji habían recogido el cadáver a
primera hora de la mañana y se lo habían llevado a Kawasaki. Ya no
estaba.
—Cuéntame todo lo que pasó anoche.
Su amigo estaba muerto. Ryuji había sido como un compañero de
armas para él. Estaba lleno de dolor. Pero no tenía tiempo para
revolcarse en sus sentimientos. Asakawa se sentó al lado de Mai e hizo
una reverencia.
—Fue anoche pasadas las nueve y media. El profesor me llamó.
Ella le contó todos los detalles. El grito que le había llegado desde
el otro lado de la línea y el silencio que había venido después. Luego
había ido a toda prisa al apartamento de Ryuji y se lo había encontrado
apoyado en la cama con las piernas extendidas. Mai fijó la mirada en el
punto donde había estado el cadáver de Ryuji y se le llenaron los ojos
de lágrimas mientras describía la escena.
—Llamé una y otra vez, pero el profesor no me contestaba.
Asakawa no le dio tiempo para llorar.
—¿Había algo distinto en la sala?
—No —Ella negó con la cabeza—. Solamente que el teléfono estaba
descolgado y haciendo un ruido espantoso.
En el momento de su muerte, Ryuji había llamado a Mai. ¿Por qué?
Asakawa insistió en la cuestión.
—¿No te dijo nada en aquel momento? ¿No hubo últimas palabras?
¿Nada sobre una cinta de vídeo, por ejemplo?
—¿Una cinta de vídeo? —La expresión de Mai mostraba que no
podía ver ninguna conexión posible entre la muerte del profesor y una
cinta de vídeo. Asakawa no tenía forma de saber si Ryuji había
descubierto al final la verdadera naturaleza del sortilegio.
«Pero ¿por qué llamó a Mai? Debió de hacerlo cuando ya sabía que
estaba a punto de morir… ¿Fue solamente porque quería oír la voz de
un ser querido? ¿No es posible que hubiera descifrado el sortilegio y
necesitara ayuda de ella para ponerlo en práctica? ¿No sería por eso
que la llamó? En ese caso, será porque hace falta otra persona para que
el sortilegio funcione».
Asakawa se dispuso a marcharse. Mai lo acompañó a la puerta.
—Mai, ¿te vas a quedar aquí esta noche?
—Sí. Tengo que ocuparme del manuscrito.
—Bueno, siento haberte molestado cuando estás tan ocupada.
—Asakawa quería marcharse.
—Mmm…
—¿SÍ?
—Señor Asakawa, me temo que tiene usted una idea equivocada
sobre el profesor y sobre mí.
—¿Qué quieres decir?
—Usted cree que estábamos teniendo una relación… como hombre
y mujer.
—No, bueno, quiero decir…
Mai podía distinguir a un hombre que pensaba que eran amantes,
por la forma en que los miraba. Y Asakawa los miraba así. Aquello
preocupaba a Mai.
—Cuando lo conocí, el profesor lo presentó a usted como su mejor
amigo. Aquello me sorprendió. Nunca había oído al profesor hablar así
de nadie. Creo que usted era muy especial para él. Así que… —Dudó
antes de seguir—: Así que me gustaría que usted le entendiera un poco
mejor, ya que fue su mejor amigo. El profesor… por lo que yo sé nunca
estuvo con una mujer —Mai bajó la vista.
«¿Quiere decir que murió virgen?»
Asakawa no tenía nada que decir a aquello. Se quedó callado. El
Ryuji que Mai recordaba no se parecía en nada al que él había conocido.
¿Estaban hablando del mismo hombre?
—Pero…
«Pero no sabes lo que hizo en la escuela secundaria», fue lo que
Asakawa quiso decir pero no dijo. No deseaba sacar a relucir los
crímenes de un muerto, y no le apetecía destruir la preciada imagen
que Mai tenía de Ryuji.
Y había más: de pronto lo acometieron nuevas dudas. Asakawa
creía en la intuición femenina. Mai parecía tener una gran intimidad con
Ryuji, y si ella decía que era virgen él tenía que considerar aquella una
teoría creíble. En otras palabras, tal vez aquello de que había violado a
una universitaria de su vecindario no había sido nada más que ficción.
—Cuando estaba conmigo, el profesor era como un niño. Me lo
contaba todo. No me ocultaba nada. Sé casi todo lo que hay que hay
que saber sobre su juventud. Sobre su dolor.
—¿De veras? —fue lo único que pudo contestar Asakawa.
—Cuando estaba conmigo era tan inocente como un niño de diez
años. Cuando había terceras personas delante era un caballero, y con
usted supongo que interpretaba a un sinvergüenza. ¿Tengo razón? Si no
hubiera… —Mai cogió su bolso blanco con un ademán suave, sacó un
pañuelo y se secó los ojos—. Si no se hubiera inventado aquello, nunca
habría sido capaz de salir adelante en el mundo. ¿Entiende lo que le
digo? ¿Lo puede entender?
Asakawa estaba más horrorizado que otra cosa. Pero entonces se
dio cuenta de algo. Para un tipo que había sido bueno en sus estudios y
excelente en los deportes, Ryuji había sido un tipo bastante solitario. No
había tenido un solo amigo íntimo.
—Era tan puro… Nada superficial, como los capullos con los que voy
a la universidad. Nada que ver con él.
El pañuelo de Mai ya estaba empapado de lágrimas.
De pie en el umbral, Asakawa descubrió que tenía demasiado que
pensar como para encontrar unas palabras adecuadas con que
despedirse de Mai. La imagen del Ryuji que él había conocido era
completamente distinta de la que tenía Mai. Su visión del hombre se
había vuelto tan difusa que ya no era reconocible. Había una oscuridad
oculta dentro de Ryuji. No importa cuánto se esforzara, Asakawa no
podía llegar a entender su personalidad. ¿Había violado realmente a
aquella chica cuando iban al instituto? Asakawa no tenía manera de
saberlo, ni tampoco por qué había seguido haciendo aquellas cosas que
decía que hacía. Y en aquel momento, con el plazo límite de su familia
al día siguiente, Asakawa no quería pensar en nada más.
Así que lo único que dijo fue:
—Asakawa también era mi mejor amigo.
Aquellas palabras debieron de complacer a Mai. Su cara adorable
adoptó una expresión que podría haber sido una sonrisa o bien podría
haber sido más llanto, luego hizo una leve inclinación. Asakawa cerró la
puerta y bajó las escaleras a toda prisa. Después de salir a la calle y
alejarse del apartamento de Ryuji, de pronto le abrumó el recuerdo de
aquel amigo que lo había invertido todo en aquel juego peligroso e
incluso había sacrificado la vida. Asakawa no se molestó en secarse las
lágrimas.
21 de octubre, domingo Pasó la medianoche y por fin llegó el
domingo. Asakawa estaba tomando notas en una hoja de papel e
intentando ordenar sus pensamientos.
«Justo antes de morirse, Ryuji averiguó el sortilegio. Telefoneó a
Mai, posiblemente para hacerla venir. Lo cual quiere decir que
necesitaba la ayuda de Mai para llevar a cabo el sortilegio. Muy bien, la
cuestión más importante era saber por qué seguía él vivo. ¡En algún
momento de la semana, sin saberlo, debía de haber llevado a cabo el
sortilegio! ¿Qué otra explicación había? El sortilegio debía de ser algo
que se pudiera hacer fácilmente con la ayuda de otra persona».
Pero aquello comportaba otro problema. «¿Por qué se marcharon
los cuatro jóvenes sin llevar a cabo el sortilegio? Si era tan fácil, ¿por
qué no podía al menos uno de ellos haberse hecho el duro cuando
estaban todos juntos y luego haberlo llevado a cabo en secreto? Piensa.
¿Qué he hecho esta semana? ¿Qué he hecho que Ryuji no hiciera?»
Asakawa dejó escapar un grito.
—¿Cómo demonios lo voy a saber? ¡Debe de haber mil cosas que
he hecho esta semana y que él no ha hecho! ¡No tiene gracia!
Le dio un puñetazo a la foto de Sadako.
—¡Maldita seas! ¿Cuánto tiempo vas a seguir torturándome?
Le siguió pegando en la cara una y otra vez. Pero la expresión de
Sadako no cambió. Su belleza no disminuía nunca.
Fue a la cocina y echó un poco de whisky en un vaso. Toda la
sangre se le había concentrado en un punto de la cabeza y necesitaba
dispersarla. Iba a bebérselo de un trago, pero se detuvo. Puede que
encontrara la respuesta aquella noche y tuviera que conducir hasta
Ashikaga en medio de la noche, así que tal vez fuera mejor que no
bebiera. Le ponía furioso el hecho de que siempre intentaba apoyarse
en algo externo a sí mismo. Cuando había tenido que desenterrar los
huesos de Sadako de debajo del bungalow, había cedido al miedo y
había estado a punto de quedarse pasmado. Solamente había sido
capaz de hacer lo que tenía que hacer porque estaba con él Ryuji.
—¡Ryuji! ¡Eh, Ryuji! ¡Te lo suplico, ayúdame!
Sabía que nunca sería capaz de seguir viviendo sin su mujer y su
hija. Nunca.
—¡Ryuji! ¡Préstame tu fuerza! ¿Por qué estoy vivo? ¿Es porque fui
el primero en encontrar los restos de Sadako? En ese caso, no puedo
salvar a mi familia. No puede ser así, ¿verdad, Ryuji?
Estaba devastado. Sabía que no era el momento de ponerse a
lloriquear, pero había perdido la calma. Después de gimotearle un rato a
Ryuji, su calma regresó. Empezó otra vez a tomar notas. «La profecía
de la anciana. ¿Realmente tuvo Sadako un bebé? Justo antes de morir
tuvo relaciones sexuales con la última víctima de la viruela del Japón.
¿Tiene eso alguna relación?» Todas sus notas terminaban con
interrogantes. ¿Iba aquello a llevarlo hasta el sortilegio? No podía
permitirse fracasar.
Pasaron varias horas más. Fuera empezaba a haber luz. Tirado en
el suelo, Asakawa oyó el ruido de la respiración de un hombre. Los
pájaros piaban. No sabía si estaba despierto o soñando. De alguna
forma había terminado durmiendo en el suelo. Frunció los ojos para
protegerse de la brillante luz del día. La figura de un hombre se
desvanecía lentamente bajo la luz tenue. Asakawa no tuvo miedo.
Recuperó la conciencia sobresaltado y miró con atención hacia la figura.
—¿Ryuji? ¿Eres tú?
La figura no respondió, pero de pronto a Asakawa le vino a la
mente el título de un libro, con tanta nitidez que bien podrían habérselo
grabado en los pliegues del cerebro. Las epidemias y el hombre.
El título le apareció en caracteres blancos en la parte interior de los
párpados cuando cerró los ojos. Luego desapareció, pero le dejó un eco
en la cabeza. El libro debía de estar en el estudio de Asakawa. Al
empezar a investigar el caso, Asakawa se había preguntado si podría
haber sido un virus el que había matado a aquellas cuatro personas al
mismo tiempo. Fue entonces cuando trajo el libro. No lo había leído
pero recordaba haberlo puesto en una estantería.
El sol entraba por las ventanas del este y caía sobre él. Intentó
ponerse de pie. Le dolía la cabeza. ¿Había sido un sueño?
Abrió la puerta de su estudio. Cogió el libro que le había sugerido
quien fuera: Las epidemias y el hombre. Por supuesto, Asakawa tenía
una idea bastante exacta de quién había hecho aquella sugerencia.
Ryuji. Había regresado un breve instante para enseñarle el secreto del
sortilegio.
¿Y en cuál de las trescientas páginas de aquel volumen estaba la
respuesta? Asakawa tuvo otro destello de intuición. ¡En la 191! El
número se le insinuó en el cerebro, aunque no con tanta intensidad
como la última vez. Lo abrió por aquella página. Una sola palabra lo
asaltó y empezó a latir, cada vez más grande:
Reproducción. Reproducción. Reproducción. Reproducción.
«El instinto de un virus es reproducirse. Los virus usurpan
estructuras vivas con el objeto de reproducirse».
—¡Oooooooooh! —gimió Asakawa. Por fin había entendido la
naturaleza del sortilegio.
«Es obvio lo que he hecho esta semana y Ryuji no. Me llevé la cinta
a casa, hice una copia y se la enseñé a Ryuji. El sortilegio es sencillo.
Cualquiera puede hacerlo. Haz una copia y muéstrasela a alguien.
Ayúdala a reproducirse enseñándosela a alguien que no la haya visto.
Aquellos cuatro chavales se contentaron con su broma y dejaron como
unos estúpidos la cinta en el bungalow. Ninguno hizo el esfuerzo de
regresar a por ella para poder llevar a cabo el sortilegio».
No importaba cómo lo pensara, era la única interpretación posible.
Cogió el teléfono y llamó a Ashinaga. Contestó
Shizu.
—Escúchame. Escucha con atención lo que te voy a decir. Necesito
que tu padre y tu madre vean una cosa. Ahora mismo. Estoy de camino,
así que no dejes que vayan a ninguna parte antes de que yo llegue. ¿Lo
entiendes? Esto es increíblemente importante.
«Ah, ¿estoy vendiendo mi alma al diablo? Para salvar a mi mujer y
mi hija, estoy dispuesto a poner en peligro la vida de mis suegros,
aunque solamente sea de forma temporal. Pero si eso va a salvar a su
hija y a su nieta, estoy seguro de que se alegrarán. Lo único que tienen
que hacer es copiar la cinta y enseñarle las copias a alguien y estarán
fuera de peligro. Pero después… ¿qué pasará?»
—¿Qué está pasando? No lo entiendo.
—Tú hazlo que digo. Salgo ahora mismo. Oh, sí… Tienen aparato de
vídeo, ¿no?
—Sí.
—¿Beta o VHS?
—VHS.,:
—Genial, estoy en camino. Repito, no vayáis a ninguna parte. '
—Espera un momento, lo que quieres enseñarles a mis padres es
ese vídeo, ¿verdad?
No supo qué decir, así que no dijo nada.
—¿Verdad?
—Sí.
—¿Y no es peligroso?
«¿Peligroso? Tú y tu hija estaréis muertas dentro de cinco horas.
¡Déjame en paz, joder! Deja de hacer tantas preguntas.
Ya no tengo tiempo para explicártelo todo desde el principio».
Asakawa tenía ganas de gritarle, pero consiguió contenerse.
—¡Tú haz lo que te digo!
Eran casi las siete. Si cogía la autopista, y esperando que no
hubiera retenciones de tráfico, podría llegar a la casa de sus suegros en
Asakawa a las nueve y medía. Teniendo en cuenta el tiempo que
tardarían en hacer una copia para su mujer y otra para su hija, iban a
llegar a las once por los pelos. Colgó, abrió las puertas del centro de
recreo y desenchufó el aparato de vídeo. Necesitaban dos aparatos para
hacer copias, así que tenía que coger uno de los suyos.
Mientras se marchaba, echó un último vistazo a la foto de Sadako.
«Ciertamente has dado a luz algo inmundo». Cogió la autopista por
la entrada de Oí y decidió evitar la bahía de Tokio y salir de la ciudad
por la autopista de Tohoku. En la autopista de Tohoku no habría mucho
tráfico. El problema era cómo evitar la congestión hasta llegar allí.
Mientras pagaba el peaje de la entrada de Oi y miraba el panel de
información del tráfico, se dio cuenta de que era domingo por la
mañana. Eso quería decir que apenas había circulación en el túnel que
iba por debajo de la bahía, donde normalmente los coches iban tan
juntos como las cuentas de un rosario. Ni siquiera había atascos en las
zonas donde se unían los carriles. A aquel ritmo llegaría a Ashikaga con
tiempo de sobra para hacer las copias del vídeo. Asakawa dejó de pisar
el acelerador. Ahora le preocupaba más ir demasiado deprisa y tener un
accidente.
Condujo hacia el norte junto al río Sumida. Si miraba hacia abajo,
veía los vecindarios despertándose un domingo por la mañana. La gente
caminaba con un aire distinto de las mañanas laborables. Un pacífico
domingo por la mañana.
No pudo evitar preguntarse: «¿Qué efecto va a tener? Con la copia
de mi mujer y la copia de mi hija, el virus se va a propagar por dos
direcciones. ¿Hacia dónde se extenderá después?». Se imaginaba a la
gente haciendo copias y pasándoselas a otra gente que ya hubiera visto
la grabación, en un intento de que la cinta se moviera por un círculo
limitado de gente y no se extendiera. Pero aquello iba contra la
voluntad de reproducirse del vídeo. No había manera de saber todavía
cómo estaba incorporada aquella función en el vídeo. Haría falta
experimentar. Y probablemente sería imposible encontrar a alguien que
arriesgara la vida para descubrir la verdad hasta que todo llegara muy
lejos y la situación se pusiera fea de verdad. La verdad es que no
costaba mucho hacer una copia y enseñársela a alguien: así que era
probable que fuera aquello lo que haría la gente. A medida que el
secreto viajara de boca a oreja, se le añadiría la coletilla: «Tienes que
enseñársela a alguien que no la haya visto nunca». Y a medida que la
cinta se multiplicara, el intervalo de una semana probablemente se
reduciría. La gente que viera la cinta no esperaría una semana para
hacer una copia y enseñársela a otra persona. ¿Hasta dónde se
extendería aquel círculo? A la gente la impulsaría su miedo instintivo a
la enfermedad, y aquella cinta de vídeo apestada se extendería sin duda
por toda la sociedad en un abrir y cerrar de ojos. Y movida por el
miedo, la gente empezaría a difundir rumores absurdos. «En cuanto la
hayas visto, parece que tienes que hacer dos copias y enseñársela por
lo menos a dos personas distintas». Se convertiría en un esquema
piramidal, que no se propagaría a razón de una cinta cada vez sino
incomparablemente más deprisa. En medio año, todo el mundo en
Japón se habría convertido ya en portador y la infección se propagaría
al resto del mundo. En el proceso, por supuesto, habría bastantes
víctimas mortales, la gente se daría cuenta de que la advertencia de la
cinta no era ninguna mentira y empezaría a hacer copias de forma más
desesperada todavía. Habría pánico. ¿Cómo acabaría todo? ¿Cuántas
víctimas se cobraría aquello? Hacía dos años, durante el boom del
interés por lo oculto, la redacción había recibido diez millones de
historias. Algo se había salido de madre. Y volvería a suceder, dejando
que el nuevo virus se desbocara.
El resentimiento de una mujer hacia las masas que habían acosado
a su padre y a su madre y los habían llevado a la muerte y el
resentimiento del virus de la viruela hacia el ingenio de la humanidad
que lo había llevado al borde de la extinción se habían fusionado en el
cuerpo de una persona singular llamada Sadako Yamamura, y habían
reaparecido en el mundo bajo una forma inesperada y nunca imaginada.
Asakawa, su familia y todo el mundo que había visto el vídeo
habían quedado subconscientemente infectados por aquel virus. Eran
portadores. Y los virus se abrían paso directamente hasta los genes, el
núcleo de la vida. Todavía no se podía decir qué resultaría de aquello,
cómo cambiaría la historia humana… Y la evolución humana.
«A fin de proteger a mi familia, estoy a punto de dejar suelta en el
mundo una plaga que podría destruir a toda la humanidad».
A Asakawa le asustaba la esencia de lo que estaba intentando
hacer. Una voz le hablaba en susurros: «Si dejo que mueran mi mujer y
mi hija, todo acabará aquí. Si un virus pierde a su anfitrión, muere.
Puedo salvar a la humanidad».
Cogió la autopista de Tohoku. No había ningún atasco. Si
continuaba adelante, le quedaría tiempo de sobra. Asakawa conducía
con los brazos en tensión y ambas manos agarrando el volante con
fuerza.
—No me arrepentiré. Mi familia no tiene ninguna obligación de
sacrificarse. Hay cosas que uno tiene que proteger cuando están
amenazadas.
Habló lo bastante fuerte como para oírse por encima del motor, a
fin de renovar su determinación. Si fuera Ryuji, ¿qué haría? Estaba
seguro de que lo sabría. El espíritu de Ryuji le había contado el secreto
del vídeo. Le estaba diciendo prácticamente que salvara a su familia.
Aquello le infundió valor. Sabía lo que probablemente diría Ryuji: «¡Sé
fiel a lo que estás sintiendo en este instante! ¡Lo único que tenemos
delante nuestro es un futuro incierto! El futuro se cuidará a sí mismo.
Cuando la humanidad se pone a aplicar su ingenio, ¿quién sabe si no
encontrará una solución? No es más que otra prueba para la especie
humana. En cada época, el Diablo reaparece bajo un disfraz distinto.
Puedes pisotearlo una y otra vez, pero nunca dejará de venir».
Asakawa pisó a fondo el acelerador y el coche puso rumbo a
Ashikaga. Por el retrovisor… podía ver el cielo sobre Tokio alejándose en
la distancia. Unas nubes negras se movían grotescamente por el cielo.
Se deslizaban como serpientes, sugiriendo el despertar de un mal
apocalíptico.
FIN


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