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viernes, 22 de abril de 2011

Así habló Zaratustra 1ªparte


Friedrich Nietzsche
Así habló Zaratustra

Índice

Prólogo de Zaratustra

Los discursos de Zaratustra

De las tres transformaciones
De las cátedras de la virtud
De los trasmundanos
De los despreciadores del cuerpo
De las alegrías y de las pasiones
Del pálido delincuente
Del leer y el escribir
Del árbol de la montaña
De los predicadores de la muerte
De la guerra y el pueblo guerrero
Del nuevo ídolo
De las moscas del mercado
De la castidad
Del amigo
De las mil metas y de la única meta
Del amor al prójimo
Del camino del creador
De viejecillas y de jovencillas
De la picadura de la víbora
Del hijo y del matrimonio
De la muerte libre
De la virtud que hace regalos

Segunda parte

El niño del espejo
En las islas afortunadas
De los compasivos
De los sacerdotes
De los virtuosos
De la chusma
De las tarántulas
De los sabios famosos
La canción de la noche
La canción del baile
La canción de los sepulcros
De la superación de sí mismo
De los sublimes
Del país de la cultura
Del inmaculado conocimiento
De los doctos
De los poetas
De grandes acontecimientos
El adivino
De la redención
De la cordura respecto a los hombres
La más silenciosa de todas las horas

Tercera parte

El caminante
De la visión y enigma
De la bienaventuranza no querida
Antes de la salida del sol
De la virtud empequeñecedora
En el monte de los olivos
Del pasar de largo
De los apóstatas
El retorno a casa
De los tres males
Del espíritu de la pesadez
De tablas viejas y nuevas
El convaleciente
Del gran anhelo
La otra canción del baile
Los siete sellos (O: La canción «Sí y Amén»)

Cuarta y última parte

La ofrenda de la miel
El grito de socorro
Coloquio con los reyes
La sanguijuela
El mago
Jubilado
El más feo de los hombres
El mendigo voluntario
La sombra
A mediodía
El saludo
La Cena
Del hombre superior
La canción de la melancolía
De la ciencia
Entre hijas del desierto
El despertar
La fiesta del asno
La canción del noctámbulo
El signo

Prólogo de Zaratustra

11

Cuando Zaratustra tenía treinta años2 abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su es­píritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de ha­cerlo. Pero al fin su corazón se transformó, - y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:
«¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!3.
Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente4 te habrías hartado de tu luz y de este camino.
Pero nosotros te aguardábamos cada mañana, te liberába­mos de tu sobreabundancia y te bendecíamos por ello. ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.
Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura, y los po­bres, con su riqueza.
Para ello tengo que bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!
Yo, lo mismo que tú, tengo que hundirme en mi ocaso5, como dicen los hombres a quienes quiero bajar. ¡Bendíceme, pues, ojo tranquilo, capaz de mirar sin envidia incluso una felicidad demasiado grande!
¡Bendice la copa que quiere desbordarse para que de ella fluya el agua de oro llevando a todas partes el resplandor de tus delicias!
¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre.»
- Así comenzó el ocaso de Zaratustra6.

1 Así habló Zaratustra reproduce literalmente el aforis­mo 342 de La gaya ciencia; sólo «el lago Urmi», que allí aparece, es aquí sustituido por «el lago de su patria». El mencionado aforismo lleva el título Incipit tragedia (Comienza la tragedia) y es el últi­mo del libro cuarto de La gaya ciencia, titulado Sanctus Januarius (San Enero).
2 Es la edad en que Jesús comienza su predicación. Véase el Evange­lio de Lucas, 3, 23: «Éste era Jesús, que al empezar tenía treinta años». En el buscado antagonismo entre Zaratustra y Jesús es ésta la primera de las confrontaciones. Como podrá verse por toda la obra, Zaratustra es en parte una antifigura de Jesús. Y así, la edad en que Jesús comienza a predicar es aquella en que Zaratustra se retira a las montañas con el fin de prepararse para su tarea. Inme­diatamente después aparecerá una segunda contraposición entre ambos: Jesús pasó sólo cuarenta días en el desierto; Zaratustra pasará diez años en las montañas.
3 Zaratustra volverá a pronunciar esta misma invocación al sol al fi­nal de la obra. Véase, en la cuarta parte, El signo.
4 Los dos animales heráldicos de Zaratustra representan, respecti­vamente, su voluntad y su inteligencia. Le harán compañía en nu­merosas ocasiones y actuarán incluso como interlocutores suyos, sobre todo en el importantísimo capítulo de la tercera parte titu­lado El convaleciente.
5 Untergehen. Es una de las palabras-clave en la descripción de la fi­gura de Zaratustra. Este verbo alemán contiene varios matices que con dificultad podrán conservarse simultáneamente en la traducción castellana. Untergehen es en primer término, literal­mente, «caminar (gehen) hacia abajo (unter)». Zaratustra, en efecto, baja de las montañas. En segundo lugar es término usual para designar la «puesta del sol», el «ocaso». Y Zaratustra dice bien claro que quiere actuar como el sol al atardecer, esto es, «po­nerse». En tercer término, Untergehen y el sustantivo Untergang se usan con el significado de hundimiento, destrucción, decadencia. Así, el título de la obra famosa de Spengler es Der Untergang des Abendlandes (traducido por La decadencia de Occidente). Tam­bién Zaratustra se hunde en su tarea y fracasa. Su tarea, dice varias veces, lo destruye. Aquí se ha adoptado como terminus technicus castellano para traducir Untergehen el de «hundirse en su ocaso», que parece conservar los tres sentidos. De todas maneras, Nietz­sche juega en innumerables ocasiones con esta palabra alemana compuesta y la contrapone a otras palabras asimismo compuestas. Por ejemplo, contrapone y une Un tergangy Ubergang. Übergang­es «pasar al otro lado» por encima de algo, pero también signifi­ca «transición». El hombre, dirá Zaratustra, es «un tránsito y un ocaso». Esto es, al hundirse en su ocaso, como el sol, pasa al otro lado (de la tierra, se entiende, según la vieja creencia). Y «pasar al otro lado» es superarse a sí mismo y llegar al superhombre.
6 Esta misma frase se repite luego. El «ocaso» de Zaratus­tra termina hacia el final de la tercera parte, en el capítulo titula­do El convaleciente, donde se dice: «Así - acaba el ocaso de Zaratustra».

2

Zaratustra bajó solo de las montañas sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bosques surgió de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa choza para buscar raíces en el bosque7. Y el anciano habló así a Zaratustra:
No me es desconocido este caminante: hace algunos años pasó por aquí. Zaratustra se llamaba; pero se ha transformado. Entonces llevabas tu ceniza a la montaña8: ¿quieres hoy lle­var tu fuego a los valles? ¿No temes los castigos que se impo­nen al incendiario?
Sí, reconozco a Zaratustra. Puro es su ojo, y en su boca no se oculta náusea alguna9. ¿No viene hacia acá como un baila­rín?
Zaratustra está transformado, Zaratustra se ha convertido en un niño, Zaratustra es un despierto10: ¿qué quieres hacer ahora entre los que duermen?
En la soledad vivías como en el mar, y el mar te llevaba. Ay, ¿quieres bajar a tierra? Ay, ¿quieres volver a arrastrar tú mis­mo tu cuerpo?
Zaratustra respondió: «Yo amo a los hombres.»
¿Por qué, dijo el santo, me marché yo al bosque y a las sole­dades? ¿No fue acaso porque amaba demasiado a los hom­bres?
Ahora amo a Dios: a los hombres no los amo. El hombre es para mí una cosa demasiado imperfecta. El amor al hombre me mataría.
Zaratustra respondió: «¡Qué dije amor! Lo que yo llevo a los hombres es un regalo.»
No les des nada, dijo el santo. Es mejor que les quites algu­na cosa y que la lleves a cuestas junto con ellos - eso será lo que más bien les hará: ¡con tal de que te haga bien a ti!
¡Y si quieres darles algo, no les des más que una limosna, y deja que además la mendiguen!
«No, respondió Zaratustra, yo no doy limosnas. No soy bastante pobre para eso.»
El santo se rió de Zaratustra y dijo: ¡Entonces cuida de que acepten tus tesoros! Ellos desconfían de los eremitas y no creen que vayamos para hacer regalos.
Nuestros pasos les suenan demasiado solitarios por sus ca­llejas. Y cuando por las noches, estando en sus camas, oyen caminar a un hombre mucho antes de que el sol salga, se pre­guntan: ¿adónde irá el ladrón?11.
¡No vayas a los hombres y quédate en el bosque! ¡Es mejor que vayas incluso a los animales! ¿Por qué no quieres ser tú, como yo, - un oso entre los osos, un pájaro entre los pájaros?
«¿Y qué hace el santo en el bosque?», preguntó Zaratustra. El santo respondió: Hago canciones y las canto; y, al hacer­las, río, lloro y gruño: así alabo a Dios.
Cantando, llorando, riendo y gruñendo alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué regalo es el que tú nos traes?
Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras saludó al san­to y dijo: «¡Qué podría yo daros a vosotros! ¡Pero déjame irme aprisa, para que no os quite nada!» -Y así se separaron, el anciano y el hombre, riendo como ríen dos muchachos.
Mas cuando Zaratustra estuvo solo, habló así a su corazón: «¡Será posible! ¡Este viejo santo en su bosque no ha oído toda­vía nada de que Dios ha muerto!»12

7 Hacia el final de la obra el papa jubilado vendrá en busca de este anciano eremita y encontrará que ha muerto; véase, en la cuarta parte, Jubilado.
8 Véase, en esta primera parte, De los trasmundanos, y Del camino del creador, y en la segunda parte, El adivino, donde vuelve a aparecer la referencia a las cenizas. La ceniza es sím­bolo de la cremación y el rechazo de los falsos ideales juveniles.
9 La pureza de los ojos y la ausencia de asco en la boca son atribu­tos de Zaratustra a los que se hace referencia en numerosas ocasio­nes; véase, por ejemplo, en la segunda parte, De los sublimes, y en la cuarta, El mendigo voluntario.
10 «El despierto» es un calificativo usual de Buda, que aquí se aplica a Zaratustra.
11 Alusión a 1 Tesalonicenses, 5, 2: «Pues sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón de noche».
12 La idea de la muerte de Dios, que recorre la obra entera, y su igno­rancia por parte del santo eremita, será tema de conversación en­tre Zaratustra y el papa jubilado cuando ambos hablen del eremi­ta ya fallecido. Véase, en la cuarta parte, Jubilado.

3

Cuando Zaratustra llegó a la primera ciudad, situada al bor­de de los bosques, encontró reunida en el mercado13 una gran muchedumbre: pues estaba prometida la exhibición de un volatinero. Y Zaratustra habló así al pueblo:
Yo os enseño el superhombre14. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo?
Todos los seres han creado hasta ahora algo por encima de sí mismos: ¿y queréis ser vosotros el reflujo de ese gran flujo y re­troceder al animal más bien que superar al hombre?
¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una ver­güenza dolorosa. Y justo eso es lo que el hombre debe ser para el superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa15.
Habéis recorrido el camino que lleva desde el gusano has­ta el hombre, y muchas cosas en vosotros continúan siendo gusano. En otro tiempo fuisteis monos, y también ahora es el hombre más mono que cualquier mono.
Y el más sabio de vosotros es tan sólo un ser escindido, hí­brido de planta y fantasma. Pero ¿os mando yo que os convir­táis en fantasmas o en plantas?
¡Mirad, yo os enseño el superhombre!
El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra vo­luntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra!
¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tie­rra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterre­nales! Son envenenadores, lo sepan o no.
Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!
En otro tiempo el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con Él han muerto también esos delin­cuentes. ¡Ahora lo más horrible es delinquir contra la tierra y apreciar las entrañas de lo inescrutable más que el sentido de la tierra!
En otro tiempo el alma miraba al cuerpo con desprecio: y ese desprecio era entonces lo más alto: - el alma quería el cuerpo flaco, feo, famélico. Así pensaba escabullirse del cuer­po y de la tierra.
Oh, también esa alma era flaca, fea y famélica: ¡y la crueldad era la voluptuosidad de esa alma!
Mas vosotros también, hermanos míos, decidme: ¿qué anuncia vuestro cuerpo de vuestra alma? ¿No es vuestra alma acaso pobreza y suciedad y un lamentable bienestar?
En verdad, una sucia corriente es el hombre. Es necesario ser un mar para poder recibir una sucia corriente sin volverse impuro.
Mirad, yo os enseño el superhombre: él es ese mar, en él puede sumergirse vuestro gran desprecio.
¿Cuál es la máxima vivencia que vosotros podéis tener? La hora del gran desprecio. La hora en que incluso vuestra felici­dad se os convierta en náusea y eso mismo ocurra con vues­tra razón y con vuestra virtud.
La hora en que digáis: «¡Qué importa mi felicidad! Es po­breza y suciedad y un lamentable bienestar. ¡Sin embargo, mi felicidad debería justificar incluso la existencia!»
La hora en que digáis: «¡Qué importa mi razón! ¿Ansía ella el saber lo mismo que el león su alimento? ¡Es pobreza y sucie­dad y un lamentable bienestar!»
La hora en que digáis: «¡Qué importa mi virtud! Todavía no me ha puesto furioso. ¡Qué cansado estoy de mi bien y de mi mal! ¡Todo esto es pobreza y suciedad y un lamentable bienes­tar!»
La hora en que digáis: «¡Qué importa mi justicia! No veo que yo sea un carbón ardiente. ¡Mas el justo es un carbón ardiente!» La hora en que digáis: «¡Qué importa mi compasión! ¿No es la compasión acaso la cruz en la que es clavado quien ama a los hombres? Pero mi compasión no es una crucifixión.»
¿Habéis hablado ya así? ¿Habéis gritado ya así? ¡Ah, ojalá os hubiese yo oído ya gritar así!
¡No vuestro pecado - vuestra moderación es lo que clama al cielo, vuestra mezquindad hasta en vuestro pecado es lo que clama al cielo!16.
¿Dónde está el rayo que os lama con su lengua? ¿Dónde la demencia que habría que inocularos?
Mirad, yo os enseño el superhombre: ¡él es ese rayo, él es esa demencia! -
Cuando Zaratustra hubo hablado así, uno del pueblo gritó: «Ya hemos oído hablar bastante del volatinero; ahora, ¡veámos­lo también!» Y todo el pueblo se rió de Zaratustra. Mas el volati­nero, que creyó que aquello iba dicho por él, se puso a trabajar.

13 Markt es la palabra empleada por Nietzsche, que aquí se traduce literalmente por mercado. No se refiere sólo al lugar de compra y venta de mercancías, sino, en general, a lugar amplio donde se reúne la gente, a plaza pública. Todavía hoy la plaza central de muchas ciudades alemanas se denomina Marktplatz.
14 Sobre el «superhombre», expresión que ha dado lugar a tantos malentendidos, dice el propio Nietzsche en Ecce homo: «La palabra “superhombre”, que designa un tipo de óptima constitución, en contraste con los hombres “modernos”, con los hombres “buenos”, con los cristianos y demás nihilistas, una palabra que, en boca de Zaratustra, el aniquilador de la mo­ral, se convierte en una palabra muy digna de reflexión, ha sido entendida, casi en todas partes, con total inocencia, en el sentido de aquellos valores cuya antítesis se ha manifestado en la figura de Zaratustra, es decir, ha sido entendida como tipo “idealista” de una especie superior de hombre, mitad “santo”, mitad “genio”».
15 Eco de los fragmentos 82 y 83 de Heraclito (Diels-Kranz): «El más bello de los monos es feo al compararlo con la raza de los huma­nos.» «El más sabio de entre los hombres parece, respecto de Dios, mono en sabiduría, en belleza y en todo lo demás.»
16 «Clamar al cielo» es expresión bíblica. Véase Génesis, 4, 10: «La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra» (palabras de Yahvé a Caín). Corno hace casi siempre con estas «ci­tas» bíblicas, Zaratustra confiere a ésta un sentido antitético del que tiene en el original.

4

Mas Zaratustra contempló al pueblo y se maravilló. Luego habló así:
El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el super­hombre, - una cuerda sobre un abismo.
Un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse. La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsi­to y un ocaso17.
Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundién­dose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado.
Yo amo a los grandes despreciadores, pues ellos son los grandes veneradores, y flechas del anhelo hacia la otra orilla. Yo amo a quienes, para hundirse en su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas: sino que se sacrifican a la tierra para que ésta llegue alguna vez a ser del superhombre. Yo amo a quien vive para conocer, y quiere conocer para que alguna vez viva el superhombre. Y quiere así su propio ocaso.
Yo amo a quien trabaja e inventa para construirle la casa al superhombre y prepara para él la tierra, el animal y la planta: pues quiere así su propio ocaso.
Yo amo a quien ama su virtud: pues la virtud es voluntad de ocaso y una flecha del anhelo.
Yo amo a quien no reserva para sí ni una gota de espíritu, sino que quiere ser íntegramente el espíritu de su virtud: avanza así en forma de espíritu sobre el puente.
Yo amo a quien de su virtud hace su inclinación y su fatali­dad: quiere así, por amor a su virtud, seguir viviendo y no se­guir viviendo.
Yo amo a quien no quiere tener demasiadas virtudes. Una virtud es más virtud que dos, porque es un nudo más fuerte del que se cuelga la fatalidad.
Yo amo a aquel cuya alma se prodiga, y no quiere recibir agradecimiento ni devuelve nada: pues él regala siempre y no quiere conservarse a sí mismo18.
Yo amo a quien se avergüenza cuando el dado, al caer, le da suerte, y entonces se pregunta: ¿acaso soy yo un jugador que hace trampas? - pues quiere perecer.
Yo amo a quien delante de sus acciones arroja palabras de oro y cumple siempre más de lo que promete: pues quiere su ocaso.
Yo amo a quien justifica a los hombres del futuro y redime a los del pasado: pues quiere perecer a causa dé los hombres del presente.
Yo amo a quien castiga a su dios porque ama a su dios19: pues tiene que perecer por la cólera de su dios.
Yo amo a aquel cuya alma es profunda incluso cuando se la hiere, y que puede perecer a causa de una pequeña vivencia: pasa así de buen grado por el puente.
Yo amo a aquel cuya alma está tan llena que se olvida de sí mismo, y todas las cosas están dentro de él: todas las cosas se transforman así en su ocaso.
Yo amo a quien es de espíritu libre y de corazón libre: su ca­beza no es así más que las entrañas de su corazón, pero su co­razón lo empuja al ocaso.
Yo amo a todos aquellos que son como gotas pesadas que caen una a una de la oscura nube suspendida sobre el hombre: ellos anuncian que el rayo viene, y perecen como anunciado­res.
Mirad, yo soy un anunciador del rayo y una pesada gota que cae de la nube: mas ese rayo se llama superhombre. -

17 Véase lo dicho en la nota 5.
18 Paráfrasis del Evangelio de Lucas, 17, 33: «Quien busca conservar su alma la perderá; y quien la perdiere, la conservará.»
19 Cita literal, invirtiendo su sentido, de Hebreos, 12, 6: «Porque el Señor, a quien ama, lo castiga.» Véase también, en la cuarta par­te, El despertar.

5

Cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras contempló de nuevo el pueblo y calló: «Ahí están», dijo a su corazón, «y se ríen: no me entienden, no soy yo la boca para estos oídoo20.
¿Habrá que romperles antes los oídos, para que aprendan a oír con los ojos? ¿Habrá que atronar igual que timbales y que predicadores de penitencia? ¿O acaso creen tan sólo al que balbucea?
Tienen algo de lo que están orgullosos. ¿Cómo llaman a eso que los llena de orgullo? Cultural21 lo llaman, es lo que los distingue de los cabreros.
Por esto no les gusta oír, referida a ellos, la palabra Vespre­cid. Voy a hablar, pues, a su orgullo.
Voy a hablarles de lo más despreciable: el último hombre»22.
Y Zaratustra habló así al pueblo:
Es tiempo de que el hombre fije su propia meta. Es tiempo de que el hombre plante la semilla de su más alta esperanza.
Todavía es bastante fértil su terreno para ello. Mas algún día ese terreno será pobre y manso, y de él no podrá ya brotar nin­gún árbol elevado.
¡Ay! ¡Llega el tiempo en que el hombre dejará de lanzar la flecha de su anhelo más allá del hombre, y en que la cuerda de su arco no sabrá ya vibrar!
Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Yo os digo: vosotros te­néis todavía caos dentro de vosotros.
¡Ay! Llega el tiempo en que el hombre no dará ya a luz nin­guna estrella. ¡Ay! Llega el tiempo del hombre más desprecia­ble, el incapaz ya de despreciarse a sí mismo.
¡Mirad! Yo os muestro el último hombre.
¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella?” - así pregunta el último hombre, y parpadea.
La tierra se ha vuelto pequeña entonces, y sobre ella da sal­tos el último hombre, que todo lo empequeñece. Su estirpe es indestructible, como el pulgón; el último hombre es el que más tiempo vive.
Nosotros hemos inventado la felicidad” - dicen los últi­mos hombres, y parpadean.
Han abandonado las comarcas donde era duro vivir: pues la gente necesita calor. La gente ama incluso al vecino y se res­triega contra él: pues necesita calor.
Enfermar y desconfiar considéranlo pecaminoso: la gente camina con cuidado. ¡Un tonto es quien sigue tropezando con piedras o con hombres!
Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener un morir agradable.
La gente continúa trabajando, pues el trabajo es un entre­tenimiento. Mas procura que el entretenimiento no canse. La gente ya no se hace ni pobre ni rica: ambas cosas son de­masiado molestas. ¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién aún obedecer? Ambas cosas son demasiado molestas.
¡Ningún pastor y un solo rebaño!23 Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tiene sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio.
En otro tiempo todo el mundo desvariaba” - dicen los más sutiles, y parpadean.
Hoy la gente es inteligente y sabe todo lo que ha ocurrido: así no acaba nunca de burlarse. La gente continúa discutien­do, mas pronto se reconcilia - de lo contrario, ello estropea el estómago.
La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche: pero honra la salud.
Nosotros hemos inventado la felicidad” - dicen los últi­mos hombres, y parpadean. -

Y aquí acabó el primer discurso de Zaratustra, llamado tam­bién «el prólogo»24: pues en este punto el griterío y el regocijo de la multitud lo interrumpieron. «¡Danos ese último hombre, oh Zaratustra, - gritaban - haz de nosotros esos últimos hombres! ¡El superhombre te lo regalamos!25. Y todo el pue­blo daba gritos de júbilo y chasqueaba la lengua. Pero Zara­tustra se entristeció y dijo a su corazón:
No me entienden: no soy yo la boca para estos oídos.
Sin duda he vivido demasiado tiempo en las montañas, he escuchado demasiado a los arroyos y a los árboles: ahora les hablo como a los cabreros.
Inmóvil es mi alma, y luminosa como las montañas por la mañana. Pero ellos piensan que yo soy frío, y un burlón que hace chistes horribles.
Y ahora me miran y se ríen: y mientras ríen, continúan odiándome. Hay hielo en su reír.

20 Reminiscencia del Evangelio de Mateo,13,13: «Por esto les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender.»
21 Sobre el concepto de «cultura» puede verse, en la segunda parte, Del país de la cultura.
22 El «último» hombre significa sobre todo el «último» en la escala humana. En Ecce homo dice Nietzsche: «En este sentido Zaratustra llama a los buenos unas veces “los úl­timos hombres” y otras el “comienzo del final”; sobre todo, los considera como la especie más nociva del hombre, porque impo­nen su existencia tanto a costa de la verdad como a costa del futu­ro».
23 Paráfrasis, modificando su sentido, del Evangelio de Juan, 10, 16: «Habrá un solo rebaño y un solo pastor.»
24 Mediante el juego de palabras en alemán entre erste Rede (primer discurso) y Vorrede (prólogo o, también, discurso preliminar), Nietzsche quiere indicar que en realidad este su primer hablar o discursear (reden) a los hombres no ha sido más que un hablar preliminar, pero que su verdadero hablar va a comenzar ahora. Por eso la verdadera primera parte de esta obra se titulará preci­samente «Los discursos (Reden) de Zaratustra».
25 Eco de la escena evangélica (Evangelio de Lucas, 23, 17) en que la muchedumbre rechaza a Jesús y reclama a Barrabás: «Pero ellos vociferaron a una: ¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás!»

6

Pero entonces ocurrió algo que hizo callar todas las bocas y quedar fijos todos los ojos. Entretanto, en efecto, el volatine­ro había comenzado su tarea: había salido de una pequeña puerta y caminaba sobre la cuerda, la cual estaba tendida en­tre dos torres, colgando sobre el mercado y el pueblo. Mas cuando se encontraba justo en la mitad de su camino, la pe­queña puerta volvió a abrirse y un compañero de oficio vesti­do de muchos colores, igual que un bufón, saltó fuera y mar­chó con rápidos pasos detrás del primero. «Sigue adelante, cojitranco, gritó su terrible voz, sigue adelante, ¡holgazán, impostor, cara de tísico! ¡Que no te haga yo cosquillas con mi talón! ¿Qué haces aquí entre torres? Dentro de la torre está tu sitio, en ella se te debería encerrar, ¡cierras el camino a uno mejor que tú!» - Y a cada palabra se le acercaba más y más: y cuando estaba ya a un solo paso detrás de él ocurrió aquella cosa horrible que hizo callar todas las bocas y quedar fijos to­dos los ojos: - lanzó un grito como si fuese un demonio y sal­tó por encima de quien le obstaculizaba el camino. Mas éste, cuando vio que su rival lo vencía, perdió la cabeza y el equili­brio; arrojó su balancín y, más rápido que éste, se precipitó hacia abajo como un remolino de brazos y de piernas. El mer­cado y el pueblo parecían el mar cuando la tempestad avanza: todos huyeron apartándose y atropellándose, sobre todo allí donde el cuerpo tenía que estrellarse.
Zaratustra, en cambio, permaneció inmóvil, y justo a su lado cayó el cuerpo, maltrecho y quebrantado, pero no muer­to todavía. Al poco tiempo el destrozado recobró la conscien­cia y vio a Zaratustra arrodillarse junto a él. «¿Qué haces aquí?, dijo por fin, desde hace mucho sabía yo que el diablo me echaría la zancadilla. Ahora me arrastra al infierno: ¿quieres tú impedírselo?»
«Por mi honor, amigo, respondió Zaratustra, todo eso de que hablas no existe: no hay ni diablo ni infierno. Tu alma esta­rá muerta aún más pronto que tu cuerpo26: así, pues, ¡no temas ya nada!»
El hombre alzó su mirada con desconfianza. «Si tú dices la verdad, añadió luego, nada pierdo perdiendo la vida. No soy mucho más que un animal al que, con golpes y escasa comida, se le ha enseñado a bailar.»
«No hables así, dijo Zaratustra, tú has hecho del peligro tu profesión, en ello no hay nada despreciable. Ahora pereces a causa de tu profesión: por ello voy a enterrarte con mis pro­pias manos.»
Cuando Zaratustra hubo dicho esto, el moribundo ya no respondió; pero movió la mano como si buscase la mano de Zaratustra para darle las gracias. -

26 Un desarrollo de esta idea puede verse en esta primera parte, De los despreciadores del cuerpo, y, en la tercera parte, El convaleciente: «Las almas son tan mortales como los cuerpos.»

7

Entretanto iba llegando el atardecer, y el mercado se ocultaba en la oscuridad: el pueblo se dispersó entonces, pues hasta la curiosidad y el horror acaban por cansarse. Mas Zaratustra estaba sentado en el suelo junto al muerto, hundido en sus pensamientos: así olvidó el tiempo. Por fin se hizo de noche, y un viento frío sopló sobre el solitario. Zaratustra se levantó entonces y dijo a su corazón:
¡En verdad, una hermosa pesca ha cobrado hoy Zaratustra! No ha pescado ni un solo hombre27, pero sí, en cambio, un ca­dáver.
Siniestra es la existencia humana, y carente aún de sentido: un bufón puede convertirse para ella en la fatalidad.
Yo quiero enseñar a los hombres el sentido de su ser: ese sentido es el superhombre, el rayo que brota de la oscura nube que es el hombre.
Mas todavía estoy muy lejos de ellos, y mi sentido no habla a sus sentidos. Para los hombres yo soy todavía algo interme­dio entre un necio y un cadáver.
Oscura es la noche, oscuros son los caminos de Zaratus­tra28. ¡Ven, compañero frío y rígido! Te llevaré adonde voy a enterrarte con mis manos.

27 La expresión «pescador de hombres» es evangélica. Véase el Evangelio de Mateo, 4, 19, «Venid en pos de mí y os haré pescado­res de hombres» (Jesús a Pedro y a Andrés). Véase también, en la cuarta parte, La ofrenda de la miel.
28 Cita ligeramente modificada de Proverbios, 4,19: «Oscuros son los caminos del ateo» (traducción de Lutero). Lutero emplea el térmi­no gottlos (literalmente: sin-dios), expresión que luego va a ser epíteto constante de Zaratustra. Pero son los «buenos y justos» los que se lo aplican; véase, en la tercera parte, De la virtud empeque­ñecedora. Pero luego Zaratustra se apropiará con orgullo de esa calificación. Los buenos y justos son también los que llaman a Zaratustra «el aniquilador de la moral»; véase, más adelante, De la picadura de la víbora.

8

Cuando Zaratustra hubo dicho esto a su corazón, cargó el cadá­ver sobre sus espaldas y se puso en camino. Y no había recorri­do aún cien pasos cuando se le acercó furtivamente un hombre y comenzó a susurrarle al oído - y he aquí que quien hablaba era el bufón de la torre. «Vete fuera de esta ciudad, Zaratustra, dijo; aquí son demasiados los que te odian. Te odian los buenos y jus­tos29 y te llaman su enemigo y su despreciador; te odian los cre­yentes de la fe ortodoxa, y éstos te llaman el peligro de la muche­dumbre. Tu suerte ha estado en que la gente se rió de ti: y, en ver­dad, hablabas igual que un bufón. Tu suerte ha estado en asociarte al perro muerto; al humillarte de ese modo te has sal­vado a ti mismo por hoy. Pero vete lejos de esta ciudad - o ma­ñana saltaré por encima de ti, un vivo por encima de un muer­to.» Y cuando hubo dicho esto, el hombre desapareció; pero Za­ratustra continuó caminando por las oscuras callejas.
A la puerta de la ciudad encontró a los sepultureros: éstos iluminaron el rostro de Zaratustra con la antorcha, lo recono­cieron y comenzaron a burlarse de él. «Zaratustra se lleva al perro muerto: ¡bravo, Zaratustra se ha hecho sepulturero! Nuestras manos son demasiado limpias para ese asado. ¿Es que Zaratustra quiere acaso robarle al diablo su bocado? ¡Vaya! ¡Suerte, y que aproveche! ¡A no ser que el diablo sea me­jor ladrón que Zaratustra! - ¡y robe a los dos, y a los dos se los trague!» Y se reían entre sí, cuchicheando.
Zaratustra no dijo ni una palabra y siguió su camino. Pero cuando llevaba andando ya dos horas, al borde de bosques y de ciénagas, había oído demasiado el hambriento aullido de los lobos, y el hambre se apoderó también de él. Por ello se de­tuvo junto a una casa solitaria dentro de la cual ardía una luz.
El hambre me asalta, dijo Zaratustra, como un ladrón. En medio de bosques y de ciénagas me asalta mi hambre, y en plena noche.
Extraños caprichos tiene mi hambre. A menudo no me viene sino después de la comida, y hoy no me vino en todo el día: ¿dónde se entretuvo, pues?
Y mientras decía esto, Zaratustra llamó a la puerta de la casa. Un hombre viejo apareció; traía la luz y preguntó: «¿Quién viene a mí y a mi mal dormir?»
«Un vivo y un muerto, dijo Zaratustra. Dame de comer y de beber, he olvidado hacerlo durante el día. Quien da de comer al hambriento reconforta su propia alma: así habla la sabiduría»30.
El viejo se fue y al poco volvió y ofreció a Zaratustra pan y vino. «Mal sitio es éste para hambrientos, dijo. Por eso habito yo aquí. Animales y hombres acuden a mí, el eremita. Mas da de comer y de beber también a tu compañero, él está más cansado que tú.» Zaratustra respondió: «Mi compañero está muerto, difícilmente le persuadiré a que coma y beba.» «Eso a mí no me importa, dijo el viejo con hosquedad; quien llama a mi casa tiene que tomar también lo que le ofrezco. ¡Comed y que os vaya bien!» -
A continuación Zaratustra volvió a caminar durante dos horas, confiando en el camino y en la luz de las estrellas: pues estaba habituado a andar por la noche y le gustaba mirar a la cara a todas las cosas que duermen31. Mas cuando la mañana comenzó a despuntar, Zaratustra se encontró en lo profundo del bosque, y ningún camino se abría ya ante él. Entonces co­locó al muerto en un árbol hueco, a la altura de su cabeza - pues quería protegerlo de los lobos - y se acostó en el suelo de musgo. Enseguida se durmió, cansado el cuerpo, pero inmó­vil el alma.

29 La pareja verbal «los buenos y justos», que aquí aparece por pri­mera vez, se repetirá numerosísimas veces en toda esta obra. Pro­bablemente es imitación de otra pareja verbal, «los hipócritas y fa­riseos», que también aparece con mucha frecuencia en los Evan­gelios, y tiene el mismo significado que ella. Véase, por ejemplo, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas: «¡Oh her­manos míos! ¿En quién reside el mayor peligro para todo futuro de los hombres? ¿No es en los buenos y justos, que dicen y sienten en su corazón: “nosotros sabemos ya lo que es bueno y justo, y hasta lo tenemos”».
30 Cita del Salmo 146, 5-7: «Bienaventurado aquel... que da de comer a los hambrientos.»
31 Sobre esta costumbre de Zaratustra de «mirar a la cara a todas las cosas que duermen» véase también, en esta misma parte, Del amigo; y en la cuarta parte, La sombra.

9

Largo tiempo durmió Zaratustra, y no sólo la aurora pasó so­bre su rostro, sino también la mañana entera. Mas por fin sus ojos se abrieron: asombrado miró Zaratustra el bosque y el si­lencio, asombrado miró dentro de sí. Entonces se levantó con rapidez, como un marinero que de pronto ve tierra, y lanzó gritos de júbilo: pues había visto una verdad nueva32, y habló así a su corazón:
Una luz ha aparecido en mi horizonte: compañeros de via­je necesito, compañeros vivos, - no compañeros muertos ni cadáveres, a los cuales llevo conmigo adonde quiero.
Compañeros de viaje vivos es lo que yo necesito, que me si­gan porque quieren seguirse a sí mismos - e ir adonde yo quiero ir.
Una luz ha aparecido en mi horizonte: ¡no hable al pueblo Zaratustra, sino a compañeros de viaje! ¡Zaratustra no debe convertirse en pastor y perro de un rebaño!
Para incitar a muchos a apartarse del rebaño - para eso he venido. Pueblo y rebaño se irritarán contra mí: ladrón va a ser llamado por los pastores Zaratustra.
Digo pastores, pero ellos se llaman a sí mismos los buenos y justos. Digo pastores: pero ellos se llaman a sí mismos los creyentes de la fe ortodoxa.
¡Ved los buenos y justos! ¿A quién es al que más odian? Al que rompe sus tablas de valores, al quebrantador, al infractor: - pero ése es el creador.
¡Ved los creyentes de todas las creencias! ¿A quién es al que más odian? Al que rompe sus tablas de valores, al quebranta­dor, al infractor33: - pero ése es el creador.
Compañeros para su camino busca el creador, y no cadáve­res, ni tampoco rebaños y creyentes. Compañeros en la crea­ción busca el creador, que escriban nuevos valores en tablas nuevas.
Compañeros busca el creador, y colaboradores en la recolec­ción: pues todo está en él maduro para la cosecha. Pero le faltan las cien hoces34: por ello arranca las espigas y está enojado.
Compañeros busca el creador, que sepan afilar sus hoces. Aniquiladores se los llamará, y despreciadores del bien y del mal. Pero son los cosechadores y los que celebran fiestas.
Compañeros en la creación busca Zaratustra, compañeros en la recolección y en las fiestas busca Zaratustra: ¡qué tiene él que ver con rebaños y pastores y cadáveres!
Y tú, primer compañero mío, ¡descansa en paz! Bien te he enterrado en tu árbol hueco, bien te he escondido de los lobos. Pero me separo de ti, el tiempo ha pasado. Entre aurora y aurora ha venido a mí una verdad nueva.
No debo ser pastor ni sepulturero. Y ni siquiera voy a vol­ver a hablar con el pueblo nunca; por última vez he hablado a un muerto.
A los creadores, a los cosechadores, a los que celebran fies­tas quiero unirme: voy a mostrarles el arco iris y todas las es­caleras del superhombre.
Cantaré mi canción para los eremitas solitarios o en pare­ja35; y a quien todavía tenga oídos para oír cosas inauditas, a ése voy a abrumarle el corazón con mi felicidad.
Hacia mi meta quiero ir, yo continúo mi marcha; saltaré por encima de los indecisos y de los rezagados. ¡Sea mi mar­cha el ocaso de ellos!

32 En la cuarta parte, Del hombre superior, Zaratustra re­cordará esta «verdad nueva».
33 Juego de palabras en alemán entre Brecher (destructor, rompedor, quebrantador) y Verbrecher (infractor, criminal). También Moisés rompe las tablas; véase Éxodo, 32,19: «Al acercarse al campamen­to y ver el becerro y las danzas, Moisés, enfurecido, tiró las tablas y las rompió al pie del monte». En esta obra Zaratustra utiliza nu­merosas veces esta contraposición.
34 Reminiscencia del Evangelio de Mateo, 9,37: «La mies es abundan­te y los braceros, pocos.»
35 Juego de palabras en alemán entre Einsiedler (eremitas) y Zwei­siedler (término este último creado por Nietzsche y que hace refe­rencia al matrimonio, esto es, a la «soledad de dos en compañía»).

10

Esto es lo que Zaratustra dijo a su corazón cuando el sol esta­ba en pleno mediodía: entonces se puso a mirar inquisitiva­mente hacia la altura - pues había oído por encima de sí el agudo grito de un pájaro. Y he aquí que un águila cruzaba el aire trazando amplios círculos y de él colgaba una serpiente, no como si fuera una presa, sino una amiga: pues se mantenía enroscada a su cuello36.
«¡Son mis animales!, dijo Zaratustra, y se alegró de corazón. El animal más orgulloso debajo del sol, y el animal más in­teligente debajo del sol - han salido para explorar el terreno. Quieren averiguar si Zaratustra vive todavía. En verdad, ¿vivo yo todavía?
He encontrado más peligros entre los hombres que entre los animales, peligrosos son los caminos que recorre Zaratus­tra. ¡Que mis animales me guíen!»
Cuando Zaratustra hubo dicho esto, se acordó de las pala­bras del santo en el bosque, suspiró y habló así a su corazón: ¡Ojalá fuera yo más inteligente! ¡Ojalá fuera yo inteligente de verdad, como mi serpiente!
Pero pido cosas imposibles: ¡por ello pido a mi orgullo que camine siempre junto a mi inteligencia!
Y si alguna vez mi inteligencia me abandona - ¡ay, le gusta escapar volando! - ¡que mi orgullo continúe volando junto con mi tontería!

- Así comenzó el ocaso de Zaratustra.

36 Los amplios círculos que traza el águila y el enroscamiento de la serpiente en torno al cuello del águila son ya aquí una premoni­ción del «eterno retorno», que es una de las doctrinas capitales de esta obra.

Los discursos de Zaratustra

De las tres transformaciones

Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.
Hay muchas cosas pesadas para el espíritu, para el espíritu fuerte, de carga, en el que habita la veneración: su fortaleza demanda cosas pesadas, e incluso las más pesadas de todas.
¿Qué es pesado?, así pregunta el espíritu de carga, y se arrodilla, igual que el camello, y quiere que lo carguen bien. ¿Qué es lo más pesado, héroes?, así pregunta el espíritu de carga, para que yo cargue con ello y mi fortaleza se regocije. ¿Acaso no es: humillarse para hacer daño a la propia sober­bia? ¿Hacer brillar la propia tontería para burlarse de la pro­pia sabiduría?
¿O acaso es: apartarnos de nuestra causa cuando ella cele­bra su victoria? ¿Subir a altas montañas para tentar al tenta­dor?37.
¿O acaso es: alimentarse de las bellotas y de la hierba del co­nocimiento y sufrir hambre en el alma por amor a la verdad? ¿O acaso es: estar enfermo y enviar a paseo a los consoladores, y hacer amistad con sordos, que nunca oyen lo que tú quieres?
¿O acaso es: sumergirse en agua sucia cuando ella es el agua de la verdad, y no apartar de sí las frías ranas y los calien­tes sapos?
¿O acaso es: amar a quienes nos desprecian38 y tender la mano al fantasma cuando quiere causarnos miedo?
Con todas estas cosas, las más pesadas de todas, carga el es­píritu de carga: semejante al camello que corre al desierto con su carga, así corre él a su desierto.
Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quie­re conquistar su libertad como se conquista una presa y ser se­ñor en su propio desierto.
Aquí busca a su último señor: quiere convertirse en enemi­go de él y de su último dios, con el gran dragón quiere pelear para conseguir la victoria.
¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios? «Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «yo quiero».
«Tú debes» le cierra el paso, brilla como el oro, es un ani­mal escamoso, y en cada una de sus escamas brilla áureamen­te «¡Tú debes!».
Valores milenarios brillan en esas escamas, y el más pode­roso de todos los dragones habla así: «todos los valores de las cosas - brillan en mí».
«Todos los valores han sido ya creados, y yo soy - todos los valores creados. ¡En verdad, no debe seguir habiendo ningún “Yo quiero!”» Así habla el dragón.
Hermanos míos, ¿para qué se precisa que haya el león en el espíritu? ¿Por qué no basta la bestia de carga, que renuncia a todo y es respetuosa?
Crear valores nuevos - tampoco el león es aún capaz de ha­cerlo: mas crearse libertad para un nuevo crear - eso sí es ca­paz de hacerlo el poder del león.
Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león.
Tomarse el derecho de nuevos valores - ése es el tomar más horrible para un espíritu de carga y respetuoso. En verdad, eso es para él robar, y cosa propia de un animal de rapiña.
En otro tiempo el espíritu amó el «Tú debes» como su cosa más santa: ahora tiene que encontrar ilusión y capricho inclu­so en lo más santo, de modo que robe el quedar libre de su amor: para ese robo se precisa el león.
Pero decidme, hermanos míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacer? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño?
Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un jue­go, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movi­miento, un santo decir sí.
Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo.
Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: cómo el espíritu se convirtió en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño. - -

Así habló Zaratustra. Y entonces residía en la ciudad que es llamada: La Vaca Multicolor39.

37 Reminiscencia, modificando su sentido, del Evangelio de Mateo, 4, 1. En el evangelio es el Tentador el que sube a la montaña para in­ducir a Jesús a pecar.
38 Véase el Evangelio de Mateo, 5, 44: «Amad a vuestros enemigos.»
39 La expresión «La Vaca Multicolor» (die bunte Kuh) es traducción literal del nombre de la ciudad Kalmasadalmyra (en pali: Kamma­suddaman), visitada por Buda en sus peregrinaciones.

De las cátedras de la virtud

Le habían alabado a Zaratustra un sabio que sabía hablar bien del dormr40 y de la virtud: por ello, se decía, era muy honrado y recompensado, y todos los jóvenes se sentaban ante su cátedra. A él acudió Zaratustra, y junto con todos los jóvenes se sentó ante su cátedra. Y así habló el sabio:
¡Sentid respeto y pudor ante el dormir! ¡Eso es lo primero! ¡Y evitad a todos los que duermen mal y están desvelados por la noche!
Incluso el ladrón siente pudor ante el dormir: siempre roba a hurtadillas y en silencio por la noche. En cambio el vigilan­te nocturno carece de pudor, sin pudor alguno vagabundea con su trompeta.
Dormir no es arte pequeño: se necesita, para ello, estar desvelado el día entero.
Diez veces tienes que superarte a ti mismo durante el día: esto produce una fatiga buena y es adormidera del alma. Diez veces tienes que volver a reconciliarte a ti contigo mismo; pues la superación es amargura, y mal duerme el que no se ha reconciliado.
Diez verdades tienes que encontrar durante el día: de otro modo, sigues buscando la verdad durante la noche, y tu alma ha quedado hambrienta.
Diez veces tienes que reír durante el día, y regocijarte: de lo contrario, el estómago, ese padre de la tribulación, te molesta en la noche.
Pocos saben esto: pero es necesario tener todas las virtudes para dormir bien. ¿Diré yo falso testimonio? ¿Cometeré yo adulterio?
¿Me dejaré llevar a desear la sierva de mi prójimo41. Todo esto se avendría mal con el buen dormir.
Y aunque se tengan todas las virtudes, es necesario enten­der aún de una cosa: de mandar a dormir a tiempo a las virtu­des mismas.
¡Para que no disputen entre sí esas lindas mujercitas! ¡Y so­bre ti, desventurado!
Paz con Dios42 y con el vecino: así lo quiere el buen dormir. ¡Y paz incluso con el demonio del vecino! De lo contrario, rondará en tu casa por la noche.
¡Honor y obediencia a la autoridad, incluso a la autoridad torcida!43 ¡Así lo quiere el buen dormir! ¿Qué puedo yo hacer si al poder le gusta caminar sobre piernas torcidas?
Para mí el mejor pastor será siempre aquel que lleva sus ovejas al prado más verde44 esto se aviene con el buen dormir.
No quiero muchos honores, ni grandes tesoros: eso inflama el bazo. Pero se duerme mal sin un buen nombre y un peque­ño tesoro.
Una compañía escasa me agrada más que una malvada: sin embargo, tiene que venir e irse en el momento oportuno. Esto se aviene con el buen dormir.
Mucho me agradan también los pobres de espíritu: fomen­tan el sueño. Son bienaventurados, especialmente si se les da siempre la razón45.
Así transcurre el día para el virtuoso. ¡Mas cuando la noche llega me guardo bien de llamar al dormir! ¡El dormir, que es el señor de las virtudes, no quiere que lo llamen!
Sino que pienso en lo que yo he hecho y he pensado duran­te el día. Rumiando me interrogo a mí mismo, paciente igual que una vaca: ¿cuáles han sido, pues, tus diez superaciones?
¿Y cuáles han sido las diez reconciliaciones, y las diez ver­dades, y las diez carcajadas con que mi corazón se hizo bien a sí mismo?
Reflexionando sobre estas cosas, y mecido por cuarenta pensamientos, de repente me asalta el dormir, el no llamado, el señor de las virtudes.
El dormir llama a la puerta de mis ojos: éstos se vuelven en­tonces pesados. El dormir toca mi boca: ésta queda entonces abierta.
En verdad, con suave calzado viene a mí él, el más encanta­dor de los ladrones, y me roba mis pensamientos: entonces yo me quedo en pie como un tonto, igual que esta cátedra.
Pero no estoy así durante mucho tiempo: en seguida me acuesto. -
Mientras Zaratustra oía hablar así a aquel sabio se reía en su corazón: pues una luz había aparecido entretanto en su hori­zonte. Y habló así a su corazón:
Un necio es para mí este sabio con sus cuarenta pensa­mientos: pero yo creo que entiende bien de dormir.
¡Feliz quien habite en la cercanía de este sabio! Semejante dormir se contagia, aun a través de un espeso muro se contagia. Un hechizo mora también en su cátedra. Y no en vano se han sentado los jóvenes ante el predicador de la virtud.
Su sabiduría dice: velar para dormir bien. Y en verdad, si la vida careciese de sentido y yo tuviera que elegir un sinsentido, éste sería para mí el sinsentido más digno de que se lo eligiese.
Ahora comprendo claramente lo que en otro tiempo se buscaba ante todo cuando se buscaban maestros de virtud. ¡Buen dormir es lo que se buscaba, y, para ello, virtudes que fueran como adormideras!
Para todos estos alabados sabios de las cátedras era sabidu­ría el dormir sin soñar46: no conocían mejor sentido de la vida.
Y todavía hoy hay algunos como este predicador de la vir­tud, y no siempre tan honestos: pero su tiempo ha pasado. Y no hace mucho que están en pie: y ya se tienden.
Bienaventurados son estos somnolientos: pues no tardarán en quedar dormidos. -

Así habló Zaratustra.

40 La alabanza del «sueño del justo» es tema que aparece con fre­cuencia en los libros sapienciales de la Biblia; contra esa alabanza va principalmente dirigido este capítulo.
41 Véase Éxodo, 20, 16: «No dirás falso testimonio»; Éxodo, 20, 14: «No cometerás adulterio»; Éxodo, 20, 17: «No desearás... la sierva de tu prójimo.» Zaratustra cita textualmente estos tres preceptos bíblicos.
42 En los libros sapienciales de la Biblia la «paz con Dios» figura en­tre los requisitos del «sueño del justo».
43 Sobre la obediencia a la autoridad véase Romanos, 13, 1: «Todos debéis estar sometidos a la autoridad.»
44 Cita del Salmo 23,1-2: «Mi pastor... me pone en verdes pastos y me lleva a frescas aguas.»
45 Parodia del Evangelio de Mateo, 5, 3: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.»
46 Alusión a Proverbios, 3, 24: «Te acostarás y dormirás dulce sueño. No tendrás temor de repentinos temores...» También de Buda se dice que «dormía sin soñar, como un niño o un gran sabio».

De los trasmundanos47

En otro tiempo también Zaratustra proyectó su ilusión más allá del hombre, lo mismo que todos los trasmundanos. Obra de un dios sufriente y atormentado me parecía entonces el mundo.
Sueño me parecía entonces el mundo, e invención poética de un dios; humo coloreado ante los ojos de un ser divina­mente insatisfecho.
Bien y mal, y placer y dolor, y yo y tú - humo coloreado me parecía todo eso ante ojos creadores. El creador quiso apartar la vista de sí mismo, - entonces creó el mundo.
Ebrio placer es, para quien sufre, apartar la vista de su su­frimiento y perderse a sí mismo. Ebrio placer y un perderse­a-sí-mismo me pareció en otro tiempo el mundo.
Este mundo, eternamente imperfecto, imagen, e imagen im­perfecta, de una contradicción eterna - un ebrio placer para su imperfecto creador: - así me pareció en otro tiempo el mundo48.
Y así también yo proyecté en otro tiempo mi ilusión más allá del hombre, lo mismo que todos los trasmundanos. ¿Más allá del hombre, en verdad?
¡Ay, hermanos, ese dios que yo creé era obra humana y de­mencia humana, como todos los dioses!
Hombre era, y nada más que un pobre fragmento de hom­bre y de yo: de mi propia ceniza y de mi propia brasa surgió ese fantasma, y, ¡en verdad!, ¡no vino a mí desde el más allá!
¿Qué ocurrió, hermanos míos? Yo me superé a mí mismo, al ser que sufría, yo llevé mi ceniza a la montaña49, inventé para mí una llama más luminosa. ¡Y he aquí que el fantasma se me desvaneció!
Sufrimiento sería ahora para mí, y tormento para el cura­do, creer en tales fantasmas: sufrimiento sería ahora para mí, y humillación. Así hablo yo a los trasmundanos.
Sufrimiento fue, e impotencia, - lo que creó todos los tras­mundos; y aquella breve demencia de la felicidad que sólo ex­perimenta el que más sufre de todos.
Fatiga, que de un solo salto quiere llegar al final, de un salto mortal, una pobre fatiga ignorante, que ya no quiere ni querer: ella fue la que creó todos los dioses y todos los trasmundos.
¡Creedme, hermanos míos! Fue el cuerpo el que desesperó del cuerpo, - con los dedos del espíritu trastornado palpaba las últimas paredes.
¡Creedme, hermanos míos! Fue el cuerpo el que desesperó de la tierra, - oyó que el vientre del ser le hablaba.
Y entonces quiso meter la cabeza a través de las últimas pa­redes, y no sólo la cabeza50, - quiso pasar a «aquel mundo». Pero «aquel mundo» está bien oculto a los ojos del hombre, aquel inhumano mundo deshumanizado, que es una nada ce­leste; y el vientre del ser no habla en modo alguno al hombre, a no ser en forma de hombre.
En verdad, todo «ser» es difícil de demostrar, y difícil resul­ta hacerlo hablar. Decidme, hermanos míos, ¿no es acaso la más extravagante de todas las cosas la mejor demostrada?
Sí, este yo y la contradicción y confusión del yo continúan hablando acerca de su ser del modo más honesto, este yo que crea, que quiere, que valora, y que es la medida y el valor de las cosas.
Y este ser honestísimo, el yo - habla del cuerpo, y continúa queriendo el cuerpo, aun cuando poetice y fantasee y revolo­tee de un lado para otro con rotas alas.
El yo aprende a hablar con mayor honestidad cada vez: y cuanto más aprende, tantas más palabras y honores encuen­tra para el cuerpo y la tierra.
Mi yo me ha enseñado un nuevo orgullo, y yo se lo enseño a los hombres: ¡a dejar de esconder la cabeza en la arena de las cosas celestes, y a llevarla libremente, una cabeza terrena, la cual es la que crea el sentido de la tierra!
Una nueva voluntad enseño yo a los hombres: ¡querer ese camino que el hombre ha recorrido a ciegas, y llamarlo bue­no y no volver a salirse a hurtadillas de él, como hacen los en­fermos y moribundos!
Enfermos y moribundos eran los que despreciaron el cuer­po y la tierra y los que inventaron las cosas celestes y las gotas de sangre redentoras51: ¡pero incluso estos dulces y sombríos venenos los tomaron del cuerpo y de la tierra!
De su miseria querían escapar, y las estrellas les parecían demasiado lejanas. Entonces suspiraron: «¡Oh, si hubiese ca­minos celestes para deslizarse furtivamente en otro ser y en otra felicidad!» - ¡entonces se inventaron sus caminos furtivos y sus pequeños brebajes de sangre!52.
Entonces estos ingratos se imaginaron estar sustraídos a su cuerpo y a esta tierra. Sin embargo, ¿a quién debían las con­vulsiones y delicias de su éxtasis? A su cuerpo y a esta tierra.
Indulgente es Zaratustra con los enfermos. En verdad, no se enoja con sus especies de consuelo y de ingratitud. ¡Que se transformen en convalecientes y en superadores, y que se creen un cuerpo superior!
Tampoco se enoja Zaratustra con el convaleciente si éste mira con delicadeza hacia su ilusión y a medianoche se desli­za furtivamente en torno a la tumba de su dios: mas enferme­dad y cuerpo enfermo continúan siendo para mí también sus lágrimas.
Mucho pueblo enfermo ha habido siempre entre quienes poetizan y tienen la manía de los dioses; odian con furia al hombre del conocimiento y a aquella virtud, la más joven de todas, que se llama: honestidad.
Vuelven siempre la vista hacia tiempos oscuros: entonces, ciertamente, ilusión y fe eran cosas distintas; el delirio de la razón era semejanza con Dios, y la duda era pecado.
Demasiado bien conozco a estos hombres semejantes a Dios: quieren que se crea en ellos, y que la duda sea pecado. Demasiado bien sé igualmente qué es aquello en lo que más creen ellos mismos.
En verdad, no en trasmundos ni en gotas de sangre reden­tora: sino que es en el cuerpo en lo que más creen, y su propio cuerpo es para ellos su cosa en sí53.
Pero cosa enfermiza es para ellos el cuerpo: y con gusto es­caparían de él. Por eso escuchan a los predicadores de la muerte, y ellos mismos predican trasmundos.
Es mejor que oigáis, hermanos míos, la voz del cuerpo sano: es ésta una voz más honesta y más pura.
Con más honestidad y con más pureza habla el cuerpo sano, el cuerpo perfecto y cuadrado54: y habla del sentido de la tierra.

Así habló Zaratustra.

47 Hinterweltler. Término forjado por Nietzsche y que ya había em­pleado una vez en Humano, demasiado humano, II, «Opiniones y sentencias varias». Aquí se traduce literalmente por «tras­mundanos», pues parecen innecesarias y artificiales las traduc­ciones que ordinariamente se han dado: «De los creyentes en ul­tramundos», «De los alucinados de un mundo pretérito», «De los visionarios del más allá», etc. Nietzsche formó esta palabra por analogía con Hinterwäldler, de uso corriente, que significa: el que habita en el Hinterwald (la parte de detrás del bosque), pero tam­bién: «troglodita», «provinciano», «hombre inculto». El «tras­mundano» es, evidentemente, el «metafísico».
48 Zaratustra describe aquí las ideas de Nietzsche en su primera época (véase sobre todo El nacimiento de la tragedia), que estuvo muy influida por Schopenhauer y Wagner.
49 Véase antes el Prólogo de Zaratustra, y la nota 8.
50 Mit dem Kopf durch die Wand (gehen) es una frase hecha alemana que significa literalmente «(querer atravesar) la pared con la cabe­za», pero que alude a las personas muy tercas, «cabezotas» (tanto, que se empeñan en algo imposible, a saber: «atravesar la pared con la cabeza»). Al variar ligeramente la frase, mediante la adición del adjetivo letzte («últimas» paredes, es decir, los límites de este mundo), Nietzsche ironiza sobre los trasmundanos.
51 La «sangre redentora» es expresión bíblica. Véase 1 Pedro, 1, 19. En La genealogía de la moral Nietzsche re­procha a Wagner el que se dejase seducir por la «sangre redento­ra». Véase la nota 72 de La genealogía de la moral.
52 Alusión al cáliz y a la Ultima Cena. Véase el Evangelio de Mateo, 26, 27: «Bebed de él todos, que ésta es mi sangre.»
53 La «cosa en sí» es término procedente de Kant y contra el polemi­za Nietzsche en numerosas ocasiones. De él se deriva la expresión propia del idealismo alemán «en sí y para sí» (an sich und für sich). Más adelante, en la cuarta parte, La ofrenda de la miel, Zaratustra se burlará de esta última expresión, hablando de «en mí y para mí».
54 El poeta griego Simónides dice en uno de sus «trenos» (el 542 en la numeración de D. L. Page): «Es difícil llegar a ser un hombre ex­celente, cuadrado de manos, de pies, de inteligencia, terminado sin reproche...» Tanto Platón en el Protágoras (339 b) como Aris­tóteles en su Retórica (1411 b 26) citan esta metáfora de Simóni­des. De cualquiera de ellos pudo tomar Nietzsche esta imagen, que también repite más tarde; véase, en esta primera parte, Del hijo y del matrimonio, y en la cuarta parte, El saludo.

De los despreciadores del cuerpo

A los despreciadores del cuerpo quiero decirles mi pala­bra. No deben aprender ni enseñar otras doctrinas, sino tan sólo decir adiós a su propio cuerpo - y así enmudecer.
«Cuerpo soy yo y alma» - así habla el niño. ¿Y por qué no hablar como los niños?
Pero el despierto, el sapiente, dice: cuerpo soy yo íntegra­mente, y ninguna otra cosa; y alma es sólo una palabra para designar algo en el cuerpo.
El cuerpo es una gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pas­tor55.
Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón, hermano mío, a la que llamas «espíritu», un pequeño instru­mento y un pequeño juguete de tu gran razón.
Dices «yo» y estás orgulloso de esa palabra. Pero esa cosa aún más grande, en la que tú no quieres creer, - tu cuerpo y su gran razón: ésa no dice yo, pero hace yo.
Lo que el sentido siente, lo que el espíritu conoce, eso nun­ca tiene dentro de sí su final. Pero sentido y espíritu querrían persuadirte de que ellos son el final de todas las cosas: tan va­nidosos son.
Instrumentos y juguetes son el sentido y el espíritu: tras ellos se encuentra todavía el sí-mismo56. El sí-mismo busca también con los ojos de los sentidos, escucha también con los oídos del espíritu.
El sí-mismo escucha siempre y busca siempre: compara, subyuga, conquista, destruye. El sí-mismo domina y es el do­minador también del yo.
Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido - llámase sí-mismo. En tu cuerpo habita, es tu cuerpo.
Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría. ¿Y quién sabe para qué necesita tu cuerpo precisamente tu mejor sabiduría?
Tu sí-mismo se ríe de tu yo y de sus orgullosos saltos. «¿Qué son para mí esos saltos y esos vuelos del pensamiento?, se dice. Un rodeo hacia mi meta. Yo soy las andaderas del yo y el apuntador de sus conceptos.»
El sí-mismo dice al yo: «¡siente dolor aquí!» Y el yo sufre y reflexiona sobre cómo dejar de sufrir - y justo para ello debe pensar.
El sí-mismo dice al yo: «¡siente placer aquí!» Y el yo se ale­gra yreflexiona sobre cómo seguir gozando a menudo - y jus­to para ello debe pensar.
A los despreciadores del cuerpo quiero decirles una pala­bra. Su despreciar constituye su apreciar57. ¿Qué es lo que creó el apreciar y el despreciar y el valor y la voluntad?
El sí-mismo creador se creó para sí el apreciar y el despre­ciar, se creó para sí el placer y el dolor. El cuerpo creador se creó para sí el espíritu como una mano de su voluntad.
Incluso en vuestra tontería y en vuestro desprecio, despre­ciadores del cuerpo, servís a vuestro sí-mismo. Yo os digo: también vuestro sí-mismo quiere morir y se aparta de la vida. Ya no es capaz de hacer lo que más quiere: - crear por encima de sí. Eso es lo que más quiere, ése es todo su ardiente de­seo.
Para hacer esto, sin embargo, es ya demasiado tarde para él: - por ello vuestro sí-mismo quiere hundirse en su ocaso, des­preciadores del cuerpo.
¡Hundirse en su ocaso quiere vuestro sí-mismo, y por ello os convertisteis vosotros en despreciadores del cuerpo! Pues ya no sois capaces de crear por encima de vosotros.
Y por eso os enojáis ahora contra la vida y contra la tierra. Una inconsciente envidia hay en la oblicua mirada de vuestro desprecio.
¡Yo no voy por vuestro camino, despreciadores del cuerpo! ¡Vosotros no sois para mí puentes hacia el superhombre! –

Así habló Zaratustra.

55 Véase la nota 23.
56 Selbst. Se traduce aquí, no por yo, como a veces se hace, sino por sí-mismo. Nietzsche contrapone Ich (yo) y Selbst (sí-mismo), como puede verse en el párrafo siguiente y, en general, en todo este capítulo.
57 Véase Más allá del bien y del mal 78: «Quien así mismo se desprecia continúa apreciándose, sin embar­go, a sí mismo en cuanto despreciador».

De las alegrías y de las pasiones58

Hermano mío, si tienes una virtud, y esa virtud es la tuya, entonces no la tienes en común con nadie. Ciertamente, tú quieres llamarla por su nombre y acari­ciarla; quieres tirarle de la oreja y divertirte con ella.
¡Y he aquí que tienes su nombre en común con el pueblo y que, con tu virtud, te has convertido en pueblo y en rebaño! Harías mejor en decir: «inexpresable y sin nombre es aque­llo que constituye el tormento y la dulzura de mi alma, y que es incluso el hambre de mis entrañas».
Sea tu virtud demasiado alta para la familiaridad de los nombres: y si tienes que hablar de ella, no te avergüences de balbucear al hacerlo.
Habla y balbucea así: «Éste es mi bien, esto es lo que yo amo, así me agrada del todo, únicamente así quiero yo el bien. No lo quiero como ley de un Dios, no lo quiero como pre­cepto y forzosidad de los hombres: no sea para mí una guía hacia super-tierras y hacia paraísos.
Una virtud terrena es la que yo amo: en ella hay poca inte­ligencia, y lo que menos hay es la razón de todos.
Pero ese pájaro ha construido en mí su nido: por ello lo amo y lo aprieto contra mi pecho, - ahora incuba en mí sus áureos huevos.»
Así debes balbucir y alabar tu virtud.
En otro tiempo tenías pasiones y las llamabas malvadas. Pero ahora no tienes más que tus virtudes: han surgido de tus pasiones.
Pusiste tu meta suprema en el corazón de aquellas pasiones: entonces se convirtieron en tus virtudes y alegrías.
Y aunque fueses de la estirpe de los coléricos o de la de los lujuriosos, o de los fanáticos de su fe o de los vengativos:
Al final todas tus pasiones se convirtieron en virtudes y to­dos tus demonios en ángeles.
En otro tiempo tenías perros salvajes en tu mazmorra: pero al final se transformaron en pájaros y en amables canto­ras.
De tus venenos has extraído tu bálsamo, has ordeñado a tu vaca Tribulación, - ahora bebes la dulce leche de sus ubres. Y ninguna cosa malvada surgirá ya de ti en el futuro, a no ser el mal que surja de la lucha de tus virtudes.
Hermano mío, si eres afortunado tienes una sola virtud, y nada más que una: así atraviesas con mayor ligereza el puente.
Es una distinción tener muchas virtudes, pero es una pesa­da suerte; y más de uno se fue al desierto y se mató porque es­taba cansado de ser batalla y campo de batalla de virtudes.
Hermano mío, ¿son males la guerra y la batalla? Pero ese mal es necesario, necesarios son la envidia y la desconfianza y la calumnia entre tus virtudes.
Mira cómo cada una de tus virtudes codicia lo más alto de todo: quiere tu espíritu íntegro, para que éste sea su heraldo, quiere toda tu fuerza en la cólera, en el odio y en el amor.
Celosa está cada virtud de la otra, y cosa horrible son los ce­los. También las virtudes pueden perecer de celos.
Aquel a quien la llama de los celos lo circunda acaba vol­viendo contra sí mismo el aguijón envenenado, igual que el escorpión.
Ay, hermano mío, ano has visto nunca todavía a una virtud calumniarse y acuchillarse a sí misma?
El hombre es algo que tiene que ser superado: y por ello tie­nes que amar tus virtudes, - pues perecerás a causa de ellas.

Así habló Zaratustra.

58 Von den Freudenschaften und Leidenschaften. Por analogía con Leidenschaft (pasión), Nietzsche crea aquí la palabra Freudens­chaft, derivándola de Freude (alegría). Con ello subraya el ele­mento Leiden (sufrimiento) del término Leidenschaft. «Pasión» implica aquí, pues, simultáneamente dos significados: pasión (como movimiento afectivo) y padecimiento.

Del pálido delincuente

Vosotros, jueces y sacrificadores, no queréis matar hasta que el animal haya inclinado la cabeza? Mirad, el pálido delin­cuente ha inclinado la cabeza: en sus ojos habla el gran despre­cio.
«Mi yo es algo que debe ser superado: mi yo es para mí el gran desprecio del hombre»: así dicen esos ojos.
El haberse juzgado a sí mismo constituyó su instante supre­mo: ¡no dejéis que el excelso recaiga en su bajeza!
No hay redención alguna para quien sufre tanto de sí mis­mo, excepto la muerte rápida.
Vuestro matar, jueces, debe ser compasión y no venganza. ¡Y mientras matáis, cuidad de que vosotros mismos justifi­quéis la vida!
No basta con que os reconciliéis con aquel a quien matáis. Vuestra tristeza sea amor al superhombre: ¡así justificáis vuestro seguir viviendo!
«Enemigo» debéis decir, pero no «bellaco»; «enfermo» de­béis decir, pero no «bribón»; «tonto» debéis decir, pero no «pecador».
Y tú, rojo juez, si alguna vez dijeses en voz alta todo lo que has hecho con el pensamiento: todo el mundo gritaría: «¡Fue­ra esa inmundicia y ese gusano venenoso!»
Pero una cosa es el pensamiento, otra la acción, y otra la imagen de la acción. La rueda del motivo no gira entre ellas. Una imagen puso pálido a ese pálido hombre. Cuando rea­lizó su acción él estaba a la altura de ella: mas no soportó la imagen de su acción, una vez cometida ésta.
Desde aquel momento, pues, se vio siempre como autor de una sola acción. Demencia llamo yo a eso: la excepción se in­virtió, convirtiéndose para él en la esencia.
La raya trazada sobre el suelo hechiza a la gallina; el golpe dado por el delincuente hechizó su pobre razón - demencia después de la acción llamo yo a eso.
¡Oíd, jueces! Existe todavía otra demencia: la de antes de la acción. ¡Ay, no me habéis penetrado bastante profundamente en esa alma!
Así habla el rojo juez: «¿por qué este delincuente asesinó? Quería robar». Mas yo os digo: su alma quería sangre, no robo: ¡él estaba sediento de la felicidad del cuchillo!
Pero su pobre razón no comprendía esa demencia y le per­suadió. «¡Qué importa la sangre!, dijo; ¿no quieres al menos cometer también un robo? ¿Tomarte una venganza?»
Y él escuchó a su pobre razón: como plomo pesaba el dis­curso de ella sobre él, - entonces robó, al asesinar. No quería avergonzarse de su demencia.
Y ahora el plomo de su culpa vuelve a pesar sobre él, y de nuevo su pobre razón está igual de rígida, igual de paralizada, igual de pesada.
Con sólo que pudiera sacudir su cabeza, su peso rodaría al suelo: mas ¿quién sacude esa cabeza?
¿Qué es ese hombre? Un montón de enfermedades, que a través del espíritu se extienden por el mundo: allí quieren ha­cer su botín.
¿Qué es ese hombre? Una maraña de serpientes salvajes, que rara vez tienen paz entre sí, - y entonces cada una se va por su lado, buscando botín en el mundo.
¡Mirad ese pobre cuerpo! Lo que él sufría y codiciaba, esa pobre alma lo interpretaba para sí, - lo interpretaba como placer asesino y como ansia de la felicidad del cuchillo.
A quien ahora se pone enfermo asáltalo el mal, lo que aho­ra es mal: el enfermo quiere causar daño con aquello que a él le causa daño. Pero ha habido otros tiempos, y otros males y bienes.
En otro tiempo eran un mal la duda y la voluntad de sí­mismo. Entonces el enfermo se convertía en hereje y en bru­ja: como hereje y como bruja sufría y quería hacer sufrir.
Pero esto no quiere entrar en vuestros oídos: perjudica a vuestros buenos, me decís. ¡Mas qué me importan a mí vues­tros buenos!
Muchas cosas de vuestros buenos me producen náuseas, y, en verdad, no su mal. ¡Pues yo quisiera que tuvieran una de­mencia a causa de la cual pereciesen, como ese pálido delin­cuente!
En verdad, yo quisiera que su demencia se llamase verdad o fidelidad o justicia: pero ellos tienen su virtud para vivir largo tiempo y en un lamentable bienestar.
Yo soy un pretil junto a la corriente59: ¡agárreme el que pue­da agarrarme! Pero yo no soy vuestra muleta. -

Así habló Zaratustra.

59 Sobre los «pretiles junto a la corriente» puede verse luego, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 8, y la nota 375.

Del leer y el escribir

De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escri­be con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu.
No es cosa fácil el comprender la sangre ajena: yo odio a los ociosos que leen.
Quien conoce al lector no hace ya nada por el lector. Un si­glo de lectores todavía - y hasta el espíritu olerá mal.
El que a todo el mundo le sea lícito aprender a leer corrom­pe a la larga no sólo el escribir, sino también el pensar.
En otro tiempo el espíritu era Dios60, luego se convirtió en hombre, y ahora se convierte incluso en plebe.
Quien escribe con sangre y en forma de sentencias, ése no quiere ser leído, sino aprendido de memoria.
En las montañas el camino más corto es el que va de cum­bre a cumbre: mas para ello tienes que tener piernas largas. Cumbres deben ser las sentencias: y aquellos a quienes se ha­bla, hombres altos y robustos.
El aire ligero y puro, el peligro cercano y el espíritu lleno de una alegre maldad: estas cosas se avienen bien.
Quiero tener duendes a mi alrededor, pues soy valeroso. El valor que ahuyenta los fantasmas se crea sus propios duen­des,- el valor quiere reír.
Yo ya no tengo sentimientos en común con vosotros: esa nube que veo por debajo de mí, esa negrura y pesadez de que me río, - cabalmente ésa es vuestra nube tempestuosa.
Vosotros miráis hacia arriba cuando deseáis elevación. Y yo miro hacia abajo, porque estoy elevado.
¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado? Quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias, de las del teatro y de las de la vida61.
Valerosos, despreocupados, irónicos, violentos - así nos quiere la sabiduría: es una mujer y ama siempre únicamente a un guerrero62.
Vosotros me decís: «la vida es difícil de llevar». Mas ¿para qué tendríais vuestro orgullo por las mañanas y vuestra resig­nación por las tardes?
La vida es difícil de llevar: ¡no me os pongáis tan delica­dos! Todos nosotros somos guapos, borricos y pollinas de carga63.
¿Qué tenemos nosotros en común con el capullo de la rosa, que tiembla porque tiene encima de su cuerpo una gota de ro­cío?
Es verdad: nosotros amamos la vida no porque estemos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar64.
Siempre hay algo de demencia en el amor. Pero siempre hay también algo de razón en la demencia65.
Y también a mí, que soy bueno con la vida, paréceme que quienes más saben de felicidad son las mariposas y las burbu­jas de jabón, y todo lo que entre los hombres es de su misma especie.
Ver revolotear esas almitas ligeras, locas, encantadoras, vo­lubles - eso hace llorar y cantar a Zaratustra.
Yo no creería más que en un dios que supiese bailar.
Y cuando vi a mi demonio lo encontré serio, grave, profun­do, solemne: era el espíritu de la pesadez66 - él hace caer a to­das las cosas.
No con la cólera, sino con la risa se mata 67. ¡Adelante, ma­temos el espíritu de la pesadez!
He aprendido a andar: desde entonces me dedico a correr. He aprendido a volar: desde entonces no quiero ser empuja­do para moverme de un sitio.
Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí.

Así habló Zaratustra.

60 Véase el Evangelio de Juan, 4, 24: «Dios es espíritu.» En la cuarta parte, La fiesta del asno, 1, el papa jubilado critica­rá la frase «Dios es espíritu».
61 Los tres párrafos que van desde «Vosotros miráis...» hasta aquí fueron colocados por Nietzsche como motto al frente de la tercera parte de esta obra (véase p. 221).
62 El tercer tratado de La genealogía de la moral lleva a su frente, como motto, esta frase. Nietzsche dice en el prólogo que ese tercer tratado, titulado «¿Qué significan los idea­les ascéticos?», es todo él «un comentario» del citado párrafo.
63 Reminiscencia irónica del Evangelio de Mateo, 21, 5: «Y los discí­pulos... trajeron la borrica y el pollino» (preparativos para la en­trada de Jesús en Jerusalén).
64 Juego de palabras, en alemán, entre vivir (leben) y amar (lieben).
65 Paráfrasis de Hamlet, acto II, escena 2: «Ocurrencias felices que suele tener la demencia, y que ni la más sana razón y lucidez po­drían soltar con tanta fortuna» (palabras de Polonio a Hamlet).
66 Véase, en la tercera parte, De la visión y del enigma, así como Del espíritu de la pesadez, donde Nietzsche desarrolla con detalle el significado del «espíritu de la pesadez».
67 En la cuarta parte, La fiesta del asno, el más feo de los hom­bres recordará a Zaratustra esta enseñanza.

Del árbol de la montaña68

El ojo de Zaratustra había visto que un joven lo evitaba. Y cuando una tarde caminaba solo por los montes que ro­dean la ciudad llamada «La Vaca Multicolor»: he aquí que en­contró en su camino a aquel joven, sentado junto a un árbol en el que se apoyaba y mirando al valle con mirada cansada. Za­ratustra agarró el árbol junto al cual estaba sentado el joven y dijo:
Si yo quisiera sacudir este árbol con mis manos, no podría. Pero el viento, que nosotros no vemos, lo maltrata y lo do­bla hacia donde quiere. Manos invisibles son las que peor nos doblan y maltratan69.
Entonces el joven se levantó consternado y dijo: «Oigo a Za­ratustra, y en él estaba precisamente pensando.» Zaratustra re­plicó:
«¿Y por eso te has asustado? - Al hombre le ocurre lo mis­mo que al árbol.
Cuanto más quiere elevarse hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, - hacia el mal.»
«¡Sí, hacia el mal!, exclamó el joven. ¿Cómo es posible que tú hayas descubierto mi alma?»
Zaratustra sonrió y dijo: «A ciertas almas no se las descu­brirá nunca a no ser que antes se las invente».
«¡Sí, hacia el mall, volvió a exclamar el joven.
Tú has dicho la verdad, Zaratustra. Desde que quiero ele­varme hacia la altura ya no tengo confianza en mí mismo, y ya nadie tiene confianza en mí, - ¿cómo ocurrió esto?
Me transformo demasiado rápidamente: mi hoy refuta a mi ayer. A menudo salto los escalones cuando subo, - esto no me lo perdona ningún escalón.
Cuando estoy arriba, siempre me encuentro solo. Nadie habla conmigo, el frío de la soledad me hace estremecer. ¿Qué es lo que quiero yo en la altura?
Mi desprecio y mi anhelo crecen juntos; cuanto más alto subo, tanto más desprecio al que sube. ¿Qué es lo que quiere éste en la altura?
¡Cómo me avergüenzo de mi subir y tropezar! ¡Cómo me burlo de mi violento jadear! ¡Cómo odio al que vuela! ¡Qué cansado estoy en la altura!»
Aquí el joven calló. Y Zaratustra miró detenidamente el ár­bol junto al que se hallaban y dijo:
«Este árbol se encuentra solitario aquí en la montaña; ha crecido muy por encima del hombre y del animal.
Y si quisiera hablar, no tendría a nadie que lo comprendie­se: tan alto ha crecido.
Ahora él aguarda y aguarda, - ¿a qué aguarda, pues? Habi­ta demasiado cerca del asiento de las nubes: ¿acaso aguarda el primer rayo?»70.
Cuando Zaratustra hubo dicho esto el joven exclamó con ademanes violentos: «Sí, Zaratustra, tú dices verdad. Cuando yo quería ascender a la altura, anhelaba mi caída, ¡y tú eres el rayo que yo aguardaba! Mira, ¿qué soy yo des­de que tú nos has aparecido? ¡La envidia de ti es lo que me ha destruido!» - Así dijo el joven, y lloró amargamente71.
Mas Zaratustra lo rodeó con su brazo y se lo llevó consigo. Y cuando habían caminado un rato juntos, Zaratustra co­menzó a hablar así:
Mi corazón está desgarrado. Aún mejor que tus palabras es tu ojo el que me dice todo el peligro que corres.
Todavía no eres libre, todavía buscas la libertad. Tu bús­queda te ha vuelto insomne y te ha desvelado demasiado. Quieres subir a la altura libre, tu alma tiene sed de estrellas. Pero también tus malos instintos tienen sed de libertad.
Tus perros salvajes quieren libertad; ladran de placer en su cueva cuando tu espíritu se propone abrir todas las prisio­nes72.
Para mí eres todavía un prisionero que se imagina la liber­tad: ay, el alma de tales prisioneros se torna inteligente, pero también astuta y mala.
El liberado del espíritu tiene que purificarse todavía. Mu­chos restos de cárcel y de moho quedan aún en él: su ojo tiene que volverse todavía puro.
Sí, yo conozco tu peligro. Mas por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes de ti tu amor y tu esperanza!
Todavía te sientes noble, y noble te sienten todavía también los otros, que te detestan y te lanzan miradas malvadas. Sabe que un noble les es a todos un obstáculo en su camino.
También a los buenos un noble les es un obstáculo en su ca­mino: y aunque lo llamen bueno, con ello lo que quieren es apartarlo a un lado.
El noble quiere crear cosas nuevas y una nueva virtud. El bueno quiere las cosas viejas, y que se conserven.
Pero el peligro del noble no es volverse bueno, sino insolen­te, burlón, destructor.
Ay, yo he conocido nobles que perdieron su más alta espe­ranza. Y desde entonces calumniaron todas las esperanzas elevadas.
Desde entonces han vivido insolentemente en medio de breves placeres, y apenas se trazaron metas de más de un día.
El espíritu es también voluptuosidad” - así dijeron. Y en­tonces se le quebraron las alas a su espíritu: éste se arrastra ahora de un sitio para otro y mancha todo lo que roe.
En otro tiempo pensaron convertirse en héroes: ahora son libertinos. Pesadumbre y horror es para ellos el héroe.
Mas por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes al héroe que hay en tu alma! ¡Conserva santa tu más alta espe­ranza! -

Así habló Zaratustra.

68 Éste es uno de los capítulos de mayor impregnación evangélica en su ambientación. Recuerda sobre todo la conversación de Jesús con el joven rico (véase el Evangelio de Mateo, 19, 16 y ss.), pero también el hecho de que Jesús encontrase a algunos de sus prime­ros discípulos debajo de un árbol; véase el Evangelio de Juan, 1, 48: «Contestó Jesús, y le dijo: Antes de que Felipe te llamase, te vi cuando estabas debajo de la higuera. Natanael le contestó: Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Contestó Jesús y le dijo: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Co­sas mayores has de ver.»
69 Reminiscencia del Evangelio de Juan, 3, 8: «El viento sopla donde quiere; oyes el ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va.»
70 Véase, en la cuarta parte, Del hombre superior, 6, donde vuelve a aludirse a lo aquí indicado.
71 Como en varias otras ocasiones, Nietzsche utiliza aquí la expre­sión evangélica con que se caracteriza el llanto de Pedro tras ne­gar a Jesús; véase el Evangelio de Mateo, 26, 75: «Y enseguida can­tó un gallo. Pedro se acordó de las palabras de Jesús: “Antes que cante el gallo me negarás tres veces”. Y saliendo fuera, lloró amargamente».
72 Véase antes, De las alegrías y de las pasiones, y más tarde, so­bre todo, Del hijo y del matrimonio, donde se desarro­lla este mismo pensamiento.

De los predicadores de la muerte73

Hay predicadores de la muerte: y la tierra está llena de se­res a quien hay que predicar que se alejen de la vida.
Llena está la tierra de superfluos, corrompida está la vida por los demasiados. ¡Ojalá los saque alguien de esta vida con el atractivo de la «vida eterna»!
«Amarillos»: así se llama a los predicadores de la muerte, o «negros». Pero yo quiero mostrároslos todavía con otros co­lores.
Ahí están los seres terribles, que llevan dentro de sí el ani­mal de presa y no pueden elegir más que o placeres o autola­ceración. E incluso sus placeres continúan siendo autolacera­ción.
Aún no han llegado ni siquiera a ser hombres, esos seres te­rribles: ¡ojalá prediquen el abandono de la vida y ellos mismos se vayan a la otra!74.
Ahí están los tuberculosos del alma: apenas han nacido y ya han comenzado a morir, y anhelan doctrinas de fatiga y de re­nuncia.
¡Querrían estar muertos, y nosotros deberíamos aprobar su voluntad! ¡Guardémonos de resucitar a esos muertos y de las­timar a esos ataúdes vivientes!
Si encuentran un enfermo, o un anciano, o un cadáver, en­seguida dicen: «¡la vida está refutada!»
Pero sólo están refutados ellos, y sus ojos, que no ven más que un solo rostro en la existencia.
Envueltos en espesa melancolía, y ávidos de los pequeños incidentes que ocasionan la muerte: así es como aguardan, con los dientes apretados.
O: extienden la mano hacia las confituras y, al hacerlo, se burlan de su niñería: penden de esa caña de paja que es su vida y se burlan de seguir todavía pendientes de una caña de paja75
Su sabiduría dice: «¡tonto es el que continúa viviendo, mas también nosotros somos así de tontos! ¡Y ésta es la cosa más tonta en la vida!» -
«La vida no es más que sufrimiento» - esto dicen otros, y no mienten: ¡así, pues, procurad acabar vosotros! ¡Así, pues, procurad que acabe esa vida que no es más que sufrimiento!
Y diga así la enseñanza de vuestra virtud: «¡tú debes matar­te a ti mismo! ¡Tú debes quitarte de en medio a ti mismo!»76
«La voluptuosidad es pecado, - así dicen los unos, que pre­dican la muerte - ¡apartémonos y no engendremos hijos!»
«Dar a luz es cosa ardua, - dicen los otros - ¿para qué dar a luz? ¡No se da a luz más que seres desgraciados!» Y también éstos son predicadores de la muerte.
«Compasión es lo que hace falta - así dicen los terceros. ¡Tomad lo que yo tengo! ¡Tomad lo que yo soy! ¡Tanto menos me atará así la vida!»
Si fueran compasivos de verdad, quitarían a sus prójimos el gusto de la vida. Ser malvados - ésa sería su verdadera bon­dad.
Pero ellos quieren librarse de la vida: ¡qué les importa el que, con sus cadenas y sus regalos, aten a otros más fuerte­mente todavía! -
Y también vosotros, para quienes la vida es trabajo salvaje e inquietud: ¿no estáis muy cansados de la vida? ¿No estáis muy maduros para la predicación de la muerte?
Todos vosotros que amáis el trabajo salvaje y lo rápido, nuevo, extraño, - os soportáis mal a vosotros mismos, vues­tra diligencia es huida y voluntad de olvidarse a sí mismo.
Si creyeseis más en la vida, os lanzaríais menos al instante. ¡Pero no tenéis en vosotros bastante contenido para la espera - y ni siquiera para la pereza!
Por todas partes resuena la voz de quienes predican la muerte: y la tierra está llena de seres a quienes hay que predi­car la muerte.
O «la vida eterna»: para mí es lo mismo, - ¡con tal de que se marchen pronto a ella!

Así habló Zaratustra.

73 Un amplio desarrollo de las ideas que aparecen en este capítulo pue­de verse en La genealogía de la moral.
74 Dahinfahren. Nietzsche utiliza aquí el término empleado por Lu­tero en su traducción de la Biblia para indicar el «tránsito» (a la otra vida).
75 Alusión a Pascal: «El hombre es una caña que piensa.»
76 Más adelante, De la muerte libre, puede verse un am­plio desarrollo de esta idea.

De la guerra y el pueblo guerrero

No queremos que con nosotros sean indulgentes nues­tros mejores enemigos, ni tampoco aquellos a quienes ama­mos a fondo. ¡Por ello dejadme que os diga la verdad!
¡Hermanos míos en la guerra! Yo os amo a fondo, yo soy y he sido vuestro igual. Y yo soy también vuestro mejor enemi­go. ¡Por ello dejadme que os diga la verdad!
Yo sé del odio y de la envidia de vuestro corazón. No sois bastante grandes para no conocer odio y envidia. ¡Sed, pues, bastante grandes para no avergonzaros de ellos!
Y si no podéis ser santos del conocimiento, sed al menos guerreros de él. Éstos son los acompañantes y los precursores de tal santidad.
Veo muchos soldados: ¡muchos guerreros es lo que quisie­ra yo ver! «Uni-forme» se llama lo que llevan puesto: ¡ojalá no sea un¡-formidad lo que con ello encubren!
Debéis ser de aquellos cuyos ojos buscan siempre un ene­migo - vuestro enemigo. Y en algunos de vosotros hay un odio a primera vista.
¡Debéis buscar vuestro enemigo, debéis hacer vuestra guerra, y hacerla por vuestros pensamientos! ¡Y si vuestro pensa­miento sucumbe, vuestra honestidad debe cantar victoria a causa de ello!
Debéis amar la paz como medio para nuevas guerras. Y la paz corta más que la larga77.
A vosotros no os aconsejo el trabajo, sino la lucha. A voso­tros no os aconsejo la paz, sino la victoria. ¡Sea vuestro traba­jo una lucha, sea vuestra paz una victoria!
Sólo se puede estar callado y tranquilo cuando se tiene una flecha y un arco: de lo contrario, se charla y se disputa. ¡Sea vuestra paz una victoria!
¿Vosotros decís que la buena causa es la que santifica inclu­so la guerra? Yo os digo: la buena guerra es la que santifica toda causa.
La guerra y el valor han hecho más cosas grandes que el amor al prójimo. No vuestra compasión, sino vuestra valen­tía es la que ha salvado hasta ahora a quienes se hallaban en peligro.
«¿Qué es bueno?», preguntáis. Ser valiente es bueno78. De­jad que las niñas pequeñas digan: «ser bueno es ser bonito y a la vez conmovedor».
Se dice que no tenéis corazón: pero vuestro corazón es au­téntico, y yo amo el pudor de vuestra cordialidad. Vosotros os avergonzáis de vuestra pleamar, y otros se avergüenzan de su bajamar.
¿Sois feos? ¡Bien, hermanos míos! ¡Envolveos en lo sublime, que es el manto de lo feo!
Y si vuestra alma se hace grande, también se vuelve altane­ra, y en vuestra sublimidad hay maldad. Yo os conozco.
En la maldad el altanero se encuentra con el debilucho. Pero se malentienden recíprocamente. Yo os conozco.
Sólo os es lícito tener enemigos que haya que odiar, pero no enemigos para despreciar. Es necesario que estéis orgullosos de vuestro enemigo: entonces los éxitos de él son también vuestros éxitos79.
Rebelión - ésa es la nobleza en el esclavo. ¡Sea vuestra no­bleza obediencia! ¡Vuestro propio mandar sea un obedecer!
«Tú debes» le suena a un buen guerrero más agradable que «yo quiero»80, y a todo lo que os es amado debéis dejarle que primero os mande.
¡Sea vuestro amor a la vida amor a vuestra esperanza más alta: y sea vuestra esperanza más alta el pensamiento más alto de la vida!
Pero debéis permitir que yo os ordene vuestro pensamien­to más alto - y dice así: el hombre es algo que debe ser supe­rado.
¡Vivid, pues, vuestra vida de obediencia y de guerra! ¡Qué importa vivir mucho tiempo! ¡Qué guerrero quiere ser trata­do con indulgencia!
¡Yo no os trato con indulgencia, yo os amo a fondo, herma­nos míos en la guerra! -

Así habló Zaratustra.

77 En la cuarta parte, Coloquio con los reyes, los reyes recor­darán a Zaratustra estas palabras.
78 En el mismo capítulo citado en la nota anterior, los reyes di­cen a Zaratustra. «Nadie ha dicho hasta ahora palabras tan belico­sas como: “¿Qué es bueno? Ser valiente es bueno”. La buena guerra es la que santifica toda causa. Oh, Zaratustra, la sangre de nuestros padres se agitaba en nuestro cuerpo al oír tales palabras.»
79 El propio Zaratustra cita más adelante esta enseñanza suya; véase, en la tercera parte, De las tablas viejas y nuevas, 21.
80 La contraposición entre «tú debes» y «yo quiero» ha sido desarro­llada antes en esta misma parte, De las tres transformaciones, Zaratustra volverá a mencionarla en la parte tercera, De tablas viejas y nuevas, 9.

Del nuevo ídolo

En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.
¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abridme ahora los oídos, pues voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos. Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos81. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se des­liza de su boca: «Yo, el Estado, soy el pueblo.»
¡Es mentira! Creadores fueron quienes crearon los pueblos y suspendieron encima de ellos una fe y un amor: así sirvieron a la vida.
Aniquiladores son quienes ponen trampas para muchos y las llaman Estado: éstos suspenden encima de ellos una espa­da y cien concupiscencias.
Donde todavía hay pueblo, éste no comprende al Estado y lo odia, considerándolo mal de ojo y pecado contra las cos­tumbres y los derechos.
Esta señal os doy82: cada pueblo habla su lengua propia del bien y del mal: el vecino no la entiende. Cada pueblo se ha in­ventado su lenguaje propio en costumbres y derechos.
Pero el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y diga lo que diga, miente - y posea lo que posea, lo ha ro­bado.
Falso es todo en él; con dientes robados muerde, ese mor­dedor. Falsas son incluso sus entrañas.
Confusión de lenguas del bien y del mal: esta señal os doy como señal del Estado. ¡En verdad, voluntad de muerte es lo que esa señal indica! ¡En verdad, hace señas a los predicado­res de la muerte!
Nacen demasiados: ¡para los superfluos fue inventado el Es­tado!
¡Mirad cómo atrae a los demasiados! ¡Cómo los devora y los masca y los rumia!
«En la tierra no hay ninguna cosa más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios» - así ruge el monstruo. ¡Y no sólo quienes tienen orejas largas yvista corta se postran de ro­dillas!
¡Ay, también en vosotros, los de alma grande, susurra él sus sombrías mentiras! ¡Ay, él adivina cuáles son los corazo­nes ricos, que con gusto se prodigan!
¡Sí, también os adivina a vosotros, los vencedores del viejo Dios! ¡Os habéis fatigado en la lucha, y ahora vuestra fatiga continúa prestando culto al nuevo ídolo!
¡Héroes y hombres de honor quisiera colocar en torno a sí el nuevo ídolo! ¡Ese frío monstruo - gusta de calentarse al sol de buenas conciencias!
Todo quiere dároslo a vosotros el nuevo ídolo, si vosotros lo adoráis83: se compra así el brillo de vuestra virtud y la mirada de vuestros ojos orgullosos.
¡Quiere que vosotros le sirváis de cebo para pescar a los de­masiados! ¡Sí, un artificio infernal ha sido inventado aquí, un ca­ballo de la muerte, que tintinea con el atavío de honores divinos!
Sí, aquí ha sido inventada una muerte para muchos, la cual se precia a sí misma de ser vida: ¡en verdad, un servicio ínti­mo para todos los predicadores de la muerte!
Estado llamo yo al lugar donde todos, buenos y malos, son bebedores de venenos: Estado, al lugar en que todos, buenos y malos, se pierden a sí mismos: Estado, al lugar donde el len­to suicidio de todos - se llama «la vida».
¡Ved, pues, a esos superfluos! Roban para sí las obras de los inventores y los tesoros de los sabios: cultura llaman a su la­trocinio - ¡y todo se convierte para ellos en enfermedad y molestia!
¡Ved, pues, a esos superfluos! Enfermos están siempre, vo­mitan su bilis y lo llaman periódico84. Se devoran unos a otros y ni siquiera pueden digerirse.
¡Ved, pues, a esos superfluos! Adquieren riquezas y con ello se vuelven más pobres. Quieren poder y, en primer lugar, la palanqueta del poder, mucho dinero, - ¡esos insolventes!
¡Vedlos trepar, esos ágiles monos! Trepan unos por encima de otros, y así se arrastran al fango y a la profundidad.
Todos quieren llegar al trono: su demencia consiste en cre­er - ¡que la felicidad se sienta en el trono! Con frecuencia es el fango el que se sienta en el trono - y también a menudo el tro­no se sienta en el fango.
Dementes son para mí todos ellos, y monos trepadores y fa­náticos. Su ídolo, el frío monstruo, me huele mal: mal me huelen todos ellos juntos, esos idólatras.
Hermanos míos, ¿es que queréis asfixiaros con el aliento de sus hocicos y de sus concupiscencias? ¡Es mejor que rompáis las ventanas y saltéis al aire libre!
¡Apartaos del mal olor! ¡Alejaos de la idolatría de los super­fluos!
¡Apartaos del mal olor! ¡Alejaos del humo de esos sacrifi­cios humanos!
Aún está la tierra a disposición de las almas grandes. Vacíos se encuentran aún muchos lugares para eremitas solitarios o en pareja, en torno a los cuales sopla el perfume de mares si­lenciosos.
Aún hay una vida libre a disposición de las almas grandes.
En verdad, quien poco posee, tanto menos es poseído: ¡alaba­da sea la pequeña pobreza!85.
Allí donde el Estado acaba comienza el hombre que no es superfluo: allí comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible.
Allí donde el Estado acaba, - ¡miradme allí, hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del superhombre? –

Así habló Zaratustra.

81 Sobre la caracterización del Estado como monstruo puede verse también, más adelante, la conversación de Zaratustra con el «pe­rro de fuego»: segunda parte, De grandes acontecimientos.
82 «Esta señal os doy» es frase bíblica que aparece en Isaías, 7, 14: «Pues bien, el Señor mismo os dará una señal: He aquí que la vir­gen concebirá y parirá un hijo.» También los Evangelios utilizan repetidas veces la expresión «dar una señal».
83 Cita del Evangelio de Mateo, 4,9: «Todo esto te daré si, postrándo­te ante mí, me adoras» (palabras del Tentador a Jesús).
84 Sobre la caracterización del «periódico» véase también, en la ter­cera parte, Del pasar de largo.
85 Sobre la «pequeña pobreza» puede verse, en la cuarta parte, La Cena, donde el adivino «cita» esta frase de Zaratustra y le da una explicación irónica.

De las moscas del mercado

Huye, amigo mío, a tu soledad! Ensordecido te veo por el ruido de los grandes hombres, y acribillado por los aguijo­nes de los pequeños.
El bosque y la roca saben callar dignamente contigo. Vuel­ve a ser igual que el árbol al que amas, el árbol de amplias ra­mas: silencioso y atento pende sobre el mar.
Donde acaba la soledad, allí comienza el mercado; y donde comienza el mercado, allí comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas.
En el mundo las mejores cosas no valen nada sin alguien que las represente: grandes hombres llama el pueblo a esos actores.
El pueblo comprende poco lo grande, esto es: lo creador. Pero tiene sentidos para todos los actores y comediantes de grandes cosas.
En torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo: - gira de modo invisible. Sin embargo, en torno a los come­diantes giran el pueblo y la fama: así marcha el mundo.
Espíritu tiene el comediante, pero poca conciencia de es­píritu. Cree siempre en aquello que mejor le permite llevar a los otros a creer - ¡a creer en él!
Mañana tendrá una nueva fe, y pasado mañana, otra más nueva. Sentidos rápidos tiene el comediante, igual que el pue­blo, y presentimientos cambiantes.
Derribar - eso significa para él: demostrar. Volver loco a uno - eso significa para él: convencer. Y la sangre es para él el mejor de los argumentos86.
A una verdad que sólo en oídos delicados se desliza lláma­la mentira y nada. ¡En verdad, sólo cree en dioses que hagan gran ruido en el mundo!
Lleno de bufones solemnes está el mercado - ¡y el pueblo se gloría de sus grandes hombres! Éstos son para él los señores del momento.
Pero el momento los apremia: así ellos te apremian a ti. Y también de ti quieren ellos un sí o un no. ¡Ay!, ¿quieres colo­car tu silla entre un pro y un contra?
¡No tengas celos de esos incondicionales y apremiantes, amante de la verdad! Jamás se ha colgado la verdad del brazo de un incondicional.
A causa de esas gentes súbitas, vuelve a tu seguridad: sólo en el mercado le asaltan a uno con un ¿sí o no?
Todos los pozos profundos viven con lentitud sus expe­riencias: tienen que aguardar largo tiempo hasta saber qué fue lo que cayó en su profundidad.
Todo lo grande se aparta del mercado y de la fama: aparta­dos de ellos han vivido desde siempre los inventores de nue­vos valores.
Huye, amigo mío, a tu soledad: te veo acribillado por moscas venenosas. ¡Huye allí donde sopla un viento áspero, fuerte! ¡Huye a tu soledad! Has vivido demasiado cerca de los pe­queños y mezquinos. ¡Huye de su venganza invisible! Contra ti no son otra cosa que venganza.
¡Deja de levantar tu brazo contra ellos! Son innumerables, y no es tu destino el ser espantamoscas.
Innumerables son esos pequeños y mezquinos; y a más de un edificio orgulloso han conseguido derribarlo ya las gotas de lluvia y los yerbajos.
Tú no eres una piedra, pero has sido ya excavado por mu­chas gotas. Acabarás por resquebrájarteme y por rompér­teme en pedazos bajo tantas gotas.
Fatigado te veo por moscas venenosas, lleno de sangrientos rasguños te veo en cien sitios; y tu orgullo no quiere ni siquie­ra encolerizarse.
Sangre quisieran ellas de ti con toda inocencia, sangre es lo que sus almas exangües codician - y por ello pican con toda inocencia.
Mas tú, profundo, tú sufres demasiado profundamente in­cluso por pequeñas heridas; y antes de que te curases, ya se arrastraba el mismo gusano venenoso por tu mano.
Demasiado orgulloso me pareces para matar a esos golo­sos. ¡Pero procura que no se convierta en tu fatalidad el sopor­tar toda su venenosa injusticia!
Ellos zumban a tu alrededor también con su alabanza: imper­tinencia es su alabanza87. Quieren la cercanía de tu piel y de tu sangre.
Te adulan como a un dios o a un demonio; lloriquean de­lante de ti como delante de un dios o de un demonio. ¡Qué im­porta! Son aduladores y llorones, y nada más.
También suelen hacerse los amables contigo. Pero ésa fue siempre la astucia de los cobardes. ¡Sí, los cobardes son as­tutos!
Ellos reflexionan mucho sobre ti con su alma estrecha, - ¡para ellos eres siempre preocupante! Todo aquello sobre lo que se reflexiona mucho se vuelve preocupante.
Ellos te castigan por todas tus virtudes. Sólo te perdonan de verdad - tus fallos.
Como tú eres suave y de sentir justo, dices: «No tienen ellos la culpa de su mezquina existencia». Mas su estrecha alma piensa: «Culpable es toda gran existencia.»
Aunque eres suave con ellos, se sienten, sin embargo, des­preciados por ti; y te pagan tus bondades con daños encu­biertos.
Tu orgullo sin palabras repugna siempre a su gusto; se re­gocijan mucho cuando alguna vez eres bastante modesto para ser vanidoso.
Lo que nosotros reconocemos en un hombre, eso lo hace­mos arder también en él. Por ello ¡guárdate de los pequeños!
Ante ti ellos se sienten pequeños, y su bajeza arde y se pone al rojo contra ti en invisible venganza.
¿No has notado cómo solían enmudecer cuando tú te acer­cabas a ellos, y cómo su fuerza los abandonaba, cual humo de fuego que se extingue?
Sí, amigo mío, para tus prójimos eres tú la conciencia mal­vada: pues ellos son indignos de ti. Por eso te odian y quisie­ran chuparte la sangre.
Tus prójimos serán siempre moscas venenosas; lo que en ti es grande - eso cabalmente tiene que hacerlos más venenosos y siempre más moscas.
Huye, amigo mío, a tu soledad y allí donde sopla un viento áspero, fuerte. No es tu destino el ser espantamoscas. -

Así habló Zaratustra.

86 Sobre la sangre como argumento de la verdad puede verse, en la se­gunda parte, De los sacerdotes; Nietzsche desarrolla esta idea también en el 53 de El Anticristo.
87 Véase Más allá del bien y del mal: «En el elogio hay más entrometimiento que en la censura».

De la castidad

Y o amo el bosque. En las ciudades se vive mal; hay en ellas demasiados lascivos.
¿No es mejor caer en las manos de un asesino que en los sueños de una mujer lasciva?
Y contempladme esos hombres: sus ojos lo dicen - no co­nocen nada mejor en la tierra que yacer con una mujer. Fango hay en el fondo de su alma; ¡y ay si su fango tiene además espíritu!
¡Si al menos fueran perfectos en cuanto animales! Mas del animal forma parte la inocencia.
¿Os aconsejo yo matar vuestros sentidos? Yo os aconsejo la inocencia de los sentidos.
¿Os aconsejo yo la castidad? La castidad es en algunos una virtud, pero en muchos es casi un vicio.
Éstos son sin duda continentes: mas la perra Sensualidad mira con envidia desde todo lo que hacen.
Incluso hasta las alturas de su virtud y hasta la frialdad del espíritu los sigue ese, bicho con su insatisfacción.
¡Y con qué buenos modales sabe mendigar la perra Sensua­lidad un pedazo de espíritu cuando se le deniega un pedazo de carne!
¿Vosotros amáis las tragedias y todo lo que destroza el co­razón? Mas yo desconfío de vuestra perra.
Para mí tenéis ojos demasiado crueles, y miráis lasciva­mente a los que sufren. ¿Es que vuestra voluptuosidad no ha hecho más que enmascararse, y se llama compasión?
Y también os propongo esta parábola: no pocos que quisie­ron expulsar a su demonio fueron a parar ellos mismos den­tro de los cerdos88.
A quien la castidad le resulte dificil se le debe desaconsejar: para que no se convierta ella en el camino hacia el infierno - es decir, hacia el fango y la lascivia del alma89.
¿Hablo yo de cosas sucias? Para mí no es esto lo peor.
Al hombre del conocimiento le disgusta bajar al agua de la verdad no cuando está sucia, sino cuando no es profunda.
En verdad, hay personas castas de raíz: son dulces de cora­zón, ríen con más gusto y más frecuencia que vosotros.
Se ríen incluso de la castidad y preguntan: «¡Qué es casti­dad!
¿No es castidad una tontería? Pero esa tontería ha venido a nosotros, y no nosotros a ella.
Hemos ofrecido albergue y corazón a ese huésped: ahora habita en nosotros, - ¡que se quede todo el tiempo que quie­ra!»

Así habló Zaratustra.

88 Alusión al Evangelio de Mateo, 9,28-32: «Llegó él a la orilla de en­frente, a la región de los gadarenos. Desde el cementerio salieron a su encuentro dos endemoniados; eran tan peligrosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. De pronto empezaron a gritar: “¿Quién te mete a ti en esto, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?” Una gran piara de cerdos estaba hozando a distancia. Los demonios le dijeron: “Si nos echas, mándanos a la piara”. Jesús les dijo: “Id”. Salieron y se fue­ron a los cerdos. De pronto la piara se abalanzó al lago, acantilado abajo, y murió ahogada.»
89 Paráfrasis de 1 Corintios, 7, 1-2: «Bueno es al hombre no tocar mujer: mas, por evitar la fornicación, tenga cada uno su mujer y cada una tenga su marido.»

Del amigo

Uno siempre a mi alrededor es demasiado» - así piensa el eremita. «Siempre uno por uno - ¡da a la larga dos!»
Yo y mí están siempre dialogando con demasiada vehe­mencia: ¿cómo soportarlo si no hubiese un amigo?
Para el eremita el amigo es siempre el tercero: el tercero es el corcho que impide que el diálogo de los dos se hunda en la profundidad.
Ay, existen demasiadas profundidades para todos los ere­mitas. Por ello desean ardientemente un amigo y su altura. Nuestra fe en otros delata lo que nosotros quisiéramos creer de nosotros mismos. Nuestro anhelo de un amigo es nuestro delator.
Y a menudo no se quiere, con el amor, más que saltar por encima de la envidia. Y a menudo atacamos y nos creamos un enemigo para ocultar que somos vulnerables.
«¡Sé al menos mi enemigo!» - así habla el verdadero respe­to, que no se atreve a solicitar amistad.
Si se quiere tener un amigo hay que querer también hacer la guerra por él: y para hacer la guerra hay que poder ser enemigo.
En el propio amigo debemos honrar incluso al enemigo. ¿Puedes tú acercarte mucho a tu amigo sin pasarte a su ban­do?
En nuestro amigo debemos tener nuestro mejor enemigo. Con tu corazón debes estarle máximamente cercano cuando le opones resistencia.
¿No quieres llevar vestido alguno delante de tu amigo? ¿Debe ser un honor para tu amigo el que te ofrezcas a él tal como eres? ¡Pero él te mandará al diablo por esto!
El que no se recata provoca indignación: ¡tanta razón tenéis para temer la desnudez! ¡Sí, si fueseis dioses, entonces os se­ría lícito avergonzaros de vuestros vestidos!90
Nunca te adornarás bastante bien para tu amigo: pues de­bes ser para él una flecha y un anhelo hacia el superhombre.
¿Has visto ya dormir a tu amigo - para conocer cuál es su aspecto?91 ¿Pues qué es, por lo demás, el rostro de tu amigo? Es tu propio rostro, en un espejo grosero e imperfecto.
¿Has visto ya dormir a tu amigo? ¿No te horrorizaste de que tu amigo tuviese tal aspecto? Oh, amigo mío, el hombre es algo que tiene que ser superado.
Un el adivinar y en el permanecer callado debe ser maestro el amigo: tú no tienes que querer ver todo. Tu sueño debe des­cubrirte lo que tu amigo hace en la vigilia.
Un adivinar sea tu compasión: para que sepas primero si tu amigo quiere compasión. Tal vez él ame en ti los ojos firmes y la mirada de la eternidad.
Ocúltese bajo una dura cáscara la compasión por el amigo, debes dejarte un diente en ésta. Así tendrá la delicadeza y la dulzura que le corresponden.
¿Eres tú aire puro, y soledad, y pan, y medicina para tu amigo? Más de uno no puede librarse a sí mismo de sus pro­pias cadenas y es, sin embargo, un redentor para el amigo.
¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo. ¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos92.
Durante demasiado tiempo se ha ocultado en la mujer un esclavo y un tirano. Por ello la mujer no es todavía capaz de amistad: sólo conoce el amor.
En el amor de la mujer hay injusticia y ceguera frente a todo lo que ella no ama. Y hasta en el amor sapiente de la mu­jer continúa habiendo agresión inesperada y rayo y noche al lado de la luz.
La mujer no es todavía capaz de amistad: gatas continúan siendo siempre las mujeres, y pájaros. O, en el mejor de los ca­sos, vacas.
La mujer no es todavía capaz de amistad. Pero decidme, varones, ¿quién de vosotros es capaz de amistad?
¡Cuánta pobreza, varones, y cuánta avaricia hay en vuestra alma! Lo que vosotros dais al amigo, eso quiero darlo yo has­ta a mi enemigo, y no por eso me habré vuelto más pobre.
Existe la camaradería: ¡ojalá exista la amistad!

Así habló Zaratustra.

90 Reminiscencia de la frase de Séneca (carta 31): Deus nudus est (Dios está desnudo).
91 Véase la nota 31.
92 Zaratustra condensa en este párrafo la doctrina griega sobre la amistad expuesta por Platón en La república (576 a) y por Aristó­teles en la Etica a Nicómaco (1161 a 30 - b 10).

De las mil metas y de la «única» meta93

Muchos países ha visto Zaratustra, y muchos pueblos: así ha descubierto el bien y el mal de muchos pueblos. Ningún poder mayor ha encontrado Zaratustra en la tierra que las pa­labras bueno y malvado.
Ningún pueblo podría vivir sin antes realizar valoraciones; mas si quiere conservarse, no le es lícito valorar como valora el vecino.
Muchas cosas que este pueblo llamó buenas son para aquel otro afrenta y vergüenza: esto es lo que yo he encontrado. Muchas cosas que eran llamadas aquí malvadas las encontré allí adornadas con honores de púrpura.
Jamás un vecino ha entendido al otro: siempre su alma se asombraba de la demencia y de la maldad del vecino.
Una tabla de valores está suspendida sobre cada pueblo. Mira, es la tabla de sus superaciones; mira, es la voz de su vo­luntad de poder94.
Laudable es aquello que le parece difícil; a lo que es indis­pensable y a la vez difícil llámalo bueno; y a lo que libera in­cluso de la suprema necesidad, a lo más raro, a lo dificilísimo, - a eso lo ensalza como santo.
Lo que hace que él domine y venza y brille, para horror y envidia de su vecino: eso es para él lo elevado, lo primero, la medida, el sentido de todas las cosas.
En verdad, hermano mío, si has conocido primero la nece­sidad y la tierra y el cielo y el vecino de un pueblo: adivinarás sin duda la ley de sus superaciones y la razón de que suba por esa escalera hacia su esperanza.
«Siempre debes ser tú el primero y aventajar a los otros95: a nadie, excepto al amigo, debe amar tu alma celosa» - esto provocaba estremecimientos en el alma de un griego: y con ello siguió la senda de su grandeza.
«Decir la verdad y saber manejar bien el arco y la flecha» - esto le parecía precioso y a la vez difícil a aquel pueblo96 del que proviene mi nombre - el nombre que es para mí a la vez precioso y difícil.
«Honrar padre y madre y ser dóciles para con ellos hasta la raíz del alma»: ésta fue la tabla de la superación que otro pueblo suspendió por encima de sí, y con ello se hizo pode­roso y eterno97.
«Guardar fidelidad y dar por ella el honor y la sangre aun por causas malvadas y peligrosas»: con esta enseñanza se do­meñó a sí mismo otro pueblo98 y domeñándose de ese modo quedó pesadamente grávido de grandes esperanzas.
En verdad, los hombres se han dado a sí mismos todo su bien y todo su mal. En verdad, no los tomaron de otra parte, no los encontraron, éstos no cayeron sobre ellos como una voz del cielo.
Para conservarse, el hombre empezó implantando valores en las cosas, - ¡él fue el primero en crear un sentido a las co­sas, un sentido humano! Por ello se llama «hombre», es decir: el que realiza valoraciones99.
Valorar es crear: ¡oídlo, creadores! El valorar mismo es el tesoro y la joya de todas las cosas valoradas.
Sólo por el valorar existe el valor: y sin el valorar estaría va­cía la nuez de la existencia. ¡Oídlo, creadores!
Cambio de los valores - es cambio de los creadores. Siem­pre aniquila el que tiene que ser un creador.
Creadores lo fueron primero los pueblos, y sólo después .los individuos; en verdad, el individuo mismo es la creación más reciente.
Los pueblos suspendieron en otro tiempo por éncima de sí una tabla del bien. El amor que quiere dominar y el amor que quiere obedecer crearon juntos para sí tales tablas.
El placer de ser rebaño es más antiguo que el placer de ser un yo: y mientras la buena conciencia se llame rebaño, sólo la mala conciencia dice: yo.
En verdad, el yo astuto, carente de amor, el que quiere su propia utilidad en la utilidad de muchos: ése no es el origen del rebaño, sino su ocaso.
Amantes fueron siempre, y creadores, los que crearon el bien y el mal. Fuego de amor arde en los nombres de todas las virtudes, y fuego de cólera.
Muchos países ha visto Zaratustra, y muchos pueblos: nin­gún poder mayor ha encontrado Zaratustra en la tierra que las obras de los amantes: «bueno» y «malvado» es el nombre de tales obras.
En verdad, un monstruo es el poder de ese alabar y censu­rar. Decidme, hermanos míos, ¿quién me domeña ese mons­truo? Decidme, ¿quién pone en cadenas las mil cervices de ese animal?
Mil metas ha habido hasta ahora, pues mil pueblos ha ha­bido. Sólo falta la cadena que ate las mil cervices, falta la úni­ca meta. Todavía no tiene la humanidad meta alguna.
Mas decidme, hermanos: si a la humanidad le falta todavía la meta, ¿no falta todavía también - ella misma? -

Así habló Zaratustra.

93 Suele traducirse este título por: «De las mil y una metas.» Como se verá por el desarrollo de todo el capítulo y sobre todo por los pá­rrafos finales, Nietzsche no se ha querido dejar llevar por la expre­sión popular en todos los idiomas: «las mil y una», sino que, como él mismo dice: «Mil metas ha habido hasta ahora, pues mil pueblos ha habido. Sólo falta la cadena de las mil cervices, falta la única meta.» La versión aquí dada, «De las mil metas y de la úni­ca meta», se apoya en el hecho de haber escrito Nietzsche: Von tausend und Einem Ziele, en lugar de: Von tausend und einem Zie­le, como habría escrito si hubiera querido decir: «De las mil y una metas.»
94 Primera aparición de la expresión «voluntad de poder»; a este concepto se le dedicará sobre todo, en la segunda parte, el capítu­lo titulado De la superación de sí mismo.
95 Esta divisa del honor de la sociedad aristocrática griega tiene su expresión clásica en el verso 208 del libro VI de La Ilíada: «Siem­pre ser el mejor y estar por encima de los demás». Idénticas pala­bras se repiten en el verso 784 del libro XI, donde aparecen como consejo del anciano Peleo a su hijo Aquiles.
96 El pueblo persa. Véase también Ecce homo: «Decir la verdad y disparar bien con flechas, ésa es la virtud persa».
97 El pueblo judío. Véase Éxodo, 20,12: «Honra a tu padre y a tu ma­dre, para que vivas largos años en la tierra que Yahvé, tu Dios, va a darte».
98 El pueblo alemán.
99 Nietzsche basa esta afirmación suya en su creencia de que la pala­bra alemana Mensch (hombre) viene del latín mensuratio (medi­da). Esta misma opinión la aduce también en La genealogía de la moral.

Del amor al prójimo

Vosotros os apretujáis alrededor del prójimo y tenéis hermosas palabras para expresar ese vuestro apretujaros. Pero yo os digo: vuestro amor al prójimo es vuestro mal amor a vosotros mismos.
Cuando huis hacia el prójimo huís de vosotros mismos, y quisierais hacer de eso una virtud: pero yo penetro vuestro «desinterés».
El tú es más antiguo que el yo; el tú ha sido santificado, pero el yo, todavía no: por eso corre el hombre hacia el pró­jimo.
¿Os aconsejo yo el amor al prójimo? ¡Prefiero aconsejaros la huida del prójimo y el amor al lejano!100
Más elevado que el amor al prójimo es el amor al lejano y al venidero; más elevado que el amor a los hombres es el amor a las cosas y a los fantasmas.
Ese fantasma que corre delante de ti, hermano mío, es más bello que tú; ¿por qué no le das tu carne y tus huesos ? Pero tú tienes miedo y corres hacia tu prójimo.
No conseguís soportaros a vosotros mismos y no os amáis bastante: por eso queréis seducir al prójimo a que ame, y do­raros a vosotros con su error.
Yo quisiera que no soportaseis a ninguna clase de prójimo ni a sus vecinos; así tendríais que crear, sacándolo de vosotros mismos, vuestro amigo y su corazón exuberante.
Invitáis a un testigo cuando queréis hablar bien de vosotros mismos; y una vez que lo habéis seducido a pensar bien de vo­sotros, también vosotros mismos pensáis bien de vosotros.
No miente tan sólo aquel que habla en contra de lo que sabe, sino ante todo aquel que habla en contra de lo que no sabe. Y así es como vosotros habláis de vosotros en sociedad, y, al mentiros a vosotros, mentís al vecino.
Así habla el necio: «el trato con hombres estropea el carác­ter, especialmente si no se tiene ninguno».
El uno va al prójimo porque se busca a sí mismo, y el otro, porque quisiera perderse. Vuestro mal amor a vosotros mis­mos es lo que os trueca la soledad en prisión.
Los más lejanos101 son los que pagan vuestro amor al próji­mo; y en cuanto os juntáis cinco, siempre tiene que morir un sexto.
Yo no amo tampoco vuestras fiestas102: demasiados come­diantes he encontrado siempre en ellas, y también los espec­tadores se comportaban a menudo como comediantes.
Yo no os enseño el prójimo, sino el amigo. Sea el amigo para vosotros la fiesta de la tierra y un presentimiento del su­perhombre.
Yo os enseño el amigo y su corazón rebosante. Pero hay que saber ser una esponja si se quiere ser amado por corazones re­bosantes.
Yo os enseño el amigo en el que el mundo se encuentra ya acabado, como una copa del bien, - el amigo creador, que siempre tiene un mundo acabado que regalar.
Y así como el mundo se desplegó para él, así volverá a ple­gársele en anillos, como el devenir del bien por el mal, como el devenir de las finalidades surgiendo del azar.
El futuro y lo lejano sean para ti la causa de tu hoy: en tu amigo debes amar al superhombre como causa de ti.
Hermanos míos, yo no os aconsejo el amor al prójimo: yo os aconsejo el amor al lejano.

Así habló Zaratustra.

100 Náchste, Fernste. La circunstancia de que derNächste (el prójimo) sea en alemán un superlativo (nahe, cerca: Nachbar, vecino; Nächste, prójimo, o, si se quiere, el «más próximo de todos») permite a Nietzsche ampliar verbalmente la distancia entre los dos ex­tremos y decir: der Fernste (el más lejano de todos), en lugar de der Ferne (el lejano), que sería, en castellano, lo contrario del prójimo (próximo). El «amor al prójimo» es un precepto bíblico: Levítico, 19, 18; Evangelio de Mateo, 22, 39; Evangelio de Marcos, 12, 31: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.»
101 Véasela nota anterior.
102 Véase Amós, 5, 21: «Yo, odio y aborrezco vuestras fiestas» (pala­bras de Yahvé a los hebreos).

Del camino del creador

Quieres marchar, hermano mío, a la soledad? ¿Quieres buscar el camino que lleva a ti mismo? Deténte un poco y es­cúchame.
«El que busca, fácilmente se pierde a sí mismo. Todo irse a la soledad es culpa»: así habla el rebaño. Y tú has formado parte del rebaño durante mucho tiempo.
La voz del rebaño continuará resonando dentro de ti. Y cuando digas «yo ya no tengo la misma conciencia que voso­tros», eso será un lamento y un dolor.
Mira, aquella conciencia única dio a luz también ese dolor: y el último resplandor de aquella conciencia continúa brillan­do sobre tu tribulación.
Pero ¿tú quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino hacia ti mismo? ¡Muéstrame entonces tu derecho y tu fuerza para hacerlo!
¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que se mueve por sí misma?103 ¿Pue­des forzar incluso a las estrellas a que giren a tu alrededor?
¡Ay, existe tanta ansia de elevarse! ¡Existen tantas convulsiones de los ambiciosos! ¡Muéstrame que tú no eres un ansio­so ni un ambicioso!
Ay, existen tantos grandes pensamientos que no hacen más que lo que el fuelle: inflan y producen un vacío aún mayor. ¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento do­minante, y no que has escapado de un yugo.
¿Eres tú alguien al que le sea lícito escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó de sí su último valor al arrojar su servi­dumbre.
¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos de­ben anunciarme con claridad: ¿libre para qué?
¿Puedes prescribirte a ti mismo tu bien y tu mal y suspen­der tu voluntad por encima de ti como una ley? ¿Puedes ser juez para ti mismo y vengador de tu ley?
Terrible cosa es hallarse solo con el juez y vengador de la propia ley. Así es arrojada una estrella al espacio vacío y al so­plo helado de hallarse solo.
Hoy sufres todavía a causa de los muchos, tú que eres uno solo: hoy conservas aún todo tu valor y todas tus esperanzas. Mas alguna vez la soledad te fatigará, alguna vez tu orgullo se curvará y tu valor rechinará los dientes. Alguna vez grita­rás «¡estoy solo!».
Alguna vez dejarás de ver tu altura y contemplarás dema­siado cerca tu bajeza; tu sublimidad misma te aterrorizará como un fantasma. Alguna vez gritarás: «¡Todo es falso»104!
Hay sentimientos que quieren matar al solitario; ¡si no lo consiguen, ellos mismos tienen que morir entonces! Mas ¿eres tú capaz de ser asesino?
¿Conoces ya, hermano mío, la palabra «desprecio»? ¿Y el tormento de tu justicia, de ser justo con quienes te despre­cian?
Tú fuerzas a muchos a cambiar de doctrina acerca de ti; esto te lo hacen pagar caro. Te aproximaste a ellos y pasaste de largo: esto no te lo perdonan nunca.
Tú caminas por encima de ellos105: pero cuanto más alto su­bes, tanto más pequeño te ven los ojos de la envidia. El más odiado de todos es, sin embargo, el que vuela.
«¡Cómo vais a ser justos conmigo! - tienes que decir - yo elijo para mí vuestra injusticia como la parte que me ha sido asignada.»
Injusticia y suciedad arrojan ellos al solitario: pero, herma­no mío, si quieres ser una estrella, ¡no tienes que iluminarlos menos por eso!
¡Y guárdate de los buenos y justos! Con gusto crucifican a quienes se inventan una virtud para sí mismos, - odian al so­litario.
¡Guárdate también de la santa simplicidad!106 Para ella no es santo lo que no es simple; también le gusta jugar con el fuego - con el fuego de las hogueras para quemar seres humanos.
¡Y guárdate también de los asaltos de tu amor! Con demasia­da prisa tiende el solitario la mano a aquel con quien se en­cuentra.
A ciertos hombres no te es lícito darles la mano, sino sólo la pata: y yo quiero que tu pata tenga también garras.
Pero el peor enemigo con que puedes encontrarte serás siempre tú mismo; a ti mismo te acechas tú en las cavernas y en los bosques.
¡Solitario, tú recorres el camino que lleva a ti mismo! ¡Y tu camino pasa al lado de ti mismo y de tus siete demonios!
Un hereje serás para ti mismo, y una bruja y un hechicero y un necio y un escéptico y un impío y un malvado.
Tienes que querer quemarte a ti mismo en tu propia llama: ¡cómo te renovarías si antes no te hubieses convertido en ce­niza!
Solitario, tú recorres el camino del creador: ¡con tus siete demonios quieres crearte para ti un Dios!
Solitario, tú recorres el camino del amante: te amas a ti mismo y por ello te desprecias como sólo los amantes saben despreciar.
¡El amante quiere crear porque desprecia! ¡Qué sabe del amor el que no tuvo que despreciar precisamente aquello que amaba!
Vete a tu soledad con tu amor y con tu crear, hermano mío; sólo más tarde te seguirá la justicia cojeando.
Vete con tus lágrimas a tu soledad, hermano mío. Yo amo a quien quiere crear por encima de sí mismo y por ello perece. –

Así habló Zaratustra.

103 Véase antes De las tres transformaciones, la descripción del niño: «Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un jue­go, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimien­to, un santo decir sí».
104 Un desarrollo de esta idea puede verse en La genealogía de la mo­ral, apartado tercero, «¿Qué significan los ideales ascéticos?». También aquí se alude más adelan­te a esto mismo: véase, en la cuarta parte, La sombra.
105 Véase, en la segunda parte, De los doctos.
106 O sancta simplicitas es frase que se dice pronunciada por Juan Hus (1369-1415) cuando, encontrándose sobre la hoguera a que se le había condenado por hereje, vio cómo una viejecilla, movida por su celo religioso, arrojaba más leña a las llamas en que aquél ardía.

De viejecillas y de jovencillas

Por qué te deslizas a escondidas y de manera esquiva en el crepúsculo, Zaratustra? ¿Qué es lo que escondes con tanto cuidado bajo tu manto?
¿Es un tesoro que te han regalado? ¿O un niño que has dado a luz? ¿O es que tú mismo sigues ahora los caminos de los la­drones, tú amigo de los malvados?» -
¡En verdad, hermano mío!, dijo Zaratustra, es un tesoro que me han regalado: es una pequeña verdad lo que llevo conmigo. Pero es revoltosa como un niño pequeño; y si no le tapo la boca, grita a voz en cuello.
Cuando hoy recorría solo mi camino, a la hora en que el sol se pone, me encontré con una viejecilla, la cual habló así a mi alma:
«Muchas cosas nos ha dicho Zaratustra también a nosotras las mujeres, pero nunca nos ha hablado sobre la mujer».
Y yo le repliqué: «Sobre la mujer se debe hablar tan sólo a varones».
«Háblame también a mí acerca de la mujer, dijo ella; soy bastante vieja para volver a olvidarlo enseguida.»
Y yo accedí al ruego de la viejecilla y le hablé así107:
Todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una única solución: se llama embarazo.
El varón es para la mujer un medio: la finalidad es siempre el hijo. ¿Pero qué es la mujer para el varón?
Dos cosas quiere el varón auténtico: peligro y juego. Por ello quiere él a la mujer, que es el más peligroso de los jugue­tes.
El varón debe ser educado para la guerra, y la mujer, para la recreación del guerrero: todo lo demás es tontería.
Los frutos demasiado dulces - al guerrero no le gustan. Por ello le gusta la mujer: amarga es incluso la más dulce de las mujeres.
La mujer entiende a los niños mejor que el varón, pero éste es más niño que aquélla.
En el varón auténtico se esconde un niño: éste quiere jugar. ¡Adelante, mujeres, descubrid el niño en el varón!
Sea un juguete la mujer, puro y delicado, semejante a la pie­dra preciosa, iluminado por las virtudes de un mundo que to­davía no existe.
¡Resplandezca en vuestro amor el rayo de una estrella! Diga vuestra voluntad: «¡Ojalá diese yo a luz el superhom­bre!»
¡Haya valentía en vuestro amor! ¡Con vuestro amor debéis lanzaros contra aquel que os infunde miedo!
¡Que vuestro honor esté en vuestro amor! Por lo demás, poco entiende de honor la mujer. Pero sea vuestro honor amar siempre más de lo que sois amadas y no ser nunca las se­gundas.
Tema el varón a la mujer cuando ésta ama: entonces realiza ella todos los sacrificios, y todo lo demás lo considera carente de valor.
Tema el varón a la mujer cuando ésta odia: pues en el fon­do del alma el varón es tan sólo malvado, pero la mujer es allí mala.
¿A quién odia más la mujer? - Así le dijo el hierro al imán: «A ti es a lo que más odio, porque atraes, pero no eres bastan­te fuerte para retener».
La felicidad del varón se llama: yo quiero. La felicidad de la mujer se llama: él quiere.
«¡Mira, justo ahora se ha vuelto perfecto el mundo!» - así piensa toda mujer cuando obedece desde la plenitud del amor.
Y la mujer tiene que obedecer y tiene que encontrar una pro­fundidad para su superficie. Superficie es el ánimo de la mujer, una móvil piel tempestuosa sobre aguas poco profundas.
Pero el ánimo del varón es profundo, su corriente ruge en cavernas subterráneas: la mujer presiente su fuerza, mas no la comprende. -
Entonces me replicó la viejecilla: «Muchas gentilezas acaba de decir Zaratustra, y sobre todo para quienes son bastante jó­venes para ellas.
¡Es extraño, Zaratustra conoce poco a las mujeres, y, sin embargo, tiene razón sobre ellas! ¿Ocurre esto acaso porque para la mujer nada es imposible?108
¡Y ahora toma, en agradecimiento, una pequeña verdad! ¡Yo soy bastante vieja para ella!
Envuélvela bien y tápale la boca: de lo contrario grita a voz en cuello esta pequeña verdad.»
«¡Dame, mujer, tu pequeña verdad!», dije yo. Y así habló la viejecilla:
«¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!»109

Así habló Zaratustra.

107 Una paráfrasis y ampliación de las ideas sobre la mujer expuestas aquí por Zaratustra pueden verse en Ecce homo.
108 Paráfrasis irónica del Evangelio de Lucas, 1, 37: «Para Dios nada es imposible». Son palabras del ángel Gabriel a María al anunciarle que su pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez.
109 En la tercera parte, La otra canción del baile, Zaratustra usará este látigo para hacer que la vida -«una mujer»- baile.

De la picadura de la víbora

Un día habíase quedado Zaratustra dormido debajo de una higuera, pues hacía calor, y había colocado sus brazos so­bre el rostro. Entonces vino una víbora y le picó en el cuello, de modo que Zaratustra se despertó gritando de dolor110. Al retirar el brazo del rostro vio a la serpiente: ésta reconoció en­tonces los ojos de Zaratustra, dio la vuelta torpemente y qui­so marcharse. «¡No, dijo Zaratustra; todavía no has recibido mi agradecimiento! Me has despertado a tiempo, mi camino es todavía largo.» «Tu camino es ya corto, dijo la víbora con tristeza; mi veneno mata.» Zaratustra sonrió. «¿En alguna ocasión ha muerto un dragón por el veneno de una serpien­te? - dijo. ¡Pero toma de nuevo tu veneno! No eres bastante rica para regalármelo.» Entonces la víbora se lanzó otra vez al­rededor de su cuello y le lamió la herida.
En una ocasión en que Zaratustra contó esto a sus discípu­los, éstos preguntaron: «¿Y cuál es, Zaratustra, la moraleja de tu historia?» Zaratustra respondió así:
Los buenos y justos me llaman el aniquilador de la mo­ral111: mi historia es inmoral.
Si vosotros tenéis un enemigo, no le devolváis bien por mal: pues eso lo avergonzaría. Sino demostrad que os ha he­cho un bien.
¡Y es preferible que os encolericéis a que avergoncéis a otro! Y si os maldicen, no me agrada que queráis bendecir112. ¡Es mejor que también vosotros maldigáis un poco!
¡Y si se ha cometido una gran injusticia con vosotros, co­meted vosotros enseguida cinco pequeñas! Es horrible ver a alguien a quien la injusticia lo oprime sólo a él.
¿Sabíais ya esto? Injusticia dividida es justicia a medias. ¡Y sólo debe cargar con la injusticia aquel que sea capaz de llevarla!
Una pequeña venganza es más humana que ninguna. Y si el castigo no es también un derecho y un honor para el prevari­cador, entonces tampoco me gusta vuestro castigo.
Es más noble quitarse a sí mismo la razón que mantenerla, sobre todo si se la tiene. Sólo que hay que ser bastante rico para hacerlo.
No me gusta vuestra fría justicia; y desde los ojos de vues­tros jueces me miran siempre el verdugo y su fría cuchilla113. Decidme, ¿dónde se encuentra la justicia que sea amor con ojos clarividentes?
¡Inventad, pues, el amor que soporta no sólo todos los cas­tigos, sino también todas las culpas!
¡Inventad, pues, la justicia que absuelve a todos, excepto a los que juzgan!
¿Queréis oír todavía otra cosa? En quien quiere ser radical­mente justo, en ése incluso la mentira se convierte en afabili­dad con los hombres.
¡Mas cómo voy yo a querer ser radicalmente justo! ¡Cómo puedo dar a cada uno lo suyo! Básteme esto: yo doy a cada uno lo mío.
¡En fin, hermanos, cuidad de no ser injustos con ningún eremita! ¡Cómo podría olvidar un eremita! ¡Cómo podría él resarcirse!
Cual un pozo profundo es un eremita. Es fácil arrojar den­tro una piedra; mas una vez que ha llegado al fondo, decidme, ¿quién quiere sacarla de nuevo?
¡Guardaos de ofender al eremita! Pero si lo habéis hecho, ¡entonces matadlo además!

Así habló Zaratustra.

110 Posible reminiscencia de Hamlet, I, 5. La Sombra (el alma del pa­dre de Hamlet) le cuenta a éste: «Ha corrido la voz de que, estan­do yo dormido en mi jardín, me picó una serpiente...»
111 Véase la nota 28.
112 Antítesis de lo que dice el Evangelio de Mateo, 5, 44: «Bendecid a quienes os maldicen.»
113 Véase antes, Del pálido delincuente.

Del hijo y del matrimonio

Tengo una pregunta para ti solo, hermano mío: como una sonda lanzo esta pregunta a tu alma, para saber lo pro­funda que es.
Tú eres joven y deseas para ti hijos y matrimonio. Pero yo te pregunto: ¿eres un hombre al que le sea lícito desear para sí un hijo?
¿Eres tú el victorioso, el domeñador de ti mismo, el sobera­no de los sentidos, el señor de tus virtudes? Así te pregunto. ¿O hablan en tu deseo el animal y la necesidad? ¿O la sole­dad? ¿O la insatisfacción contigo mismo?
Yo quiero que tu victoria y tu libertad anhelen un hijo. Mo­numentos vivientes debes erigir a tu victoria y a tu liberación Por encima de ti debes construir. Pero antes tienes que es­tar construido tú mismo, cuadrado114 de cuerpo y de alma.
¡No debes propagarte sólo al mismo nivel, sino hacia arri­ba! ¡Ayúdete para ello el jardín del matrimonio!115
Un cuerpo más elevado debes crear, un primer movi­miento, una rueda que gire por sí misma, - un creador debes tú crear.
Matrimonio: así llamo yo la voluntad de dos de crear uno que sea más que quienes lo crearon. Respeto recíproco llamo yo al matrimonio, entre quienes desean eso.
Sea ése el sentido y la verdad de tu matrimonio. Pero lo que llaman matrimonio los demasiados, esos superfluos, - ay, ¿cómo lo llamo yo?
¡Ay, esa pobreza de alma entre dos! ¡Ay, esa suciedad de alma entre dos! ¡Ay, ese lamentable bienestar entre dos!116
Matrimonio llaman ellos a todo eso; y dicen que sus matri­monios han sido contraídos en el cielo.
¡No, a mí no me gusta ese cielo de los superfluos! ¡No, a mí no me gustan esos animales trabados en la red celestial!
¡Permanezca lejos de mí también el dios que se acerca co­jeando a bendecir lo que él no ha unido!117
¡No me os riáis de tales matrimonios! ¿Qué hijo no tendría motivo para llorar sobre sus padres?
Digno me parecía a mí ese varón, y maduro para el sentido de la tierra: mas cuando vi a su mujer, la tierra me pareció una casa de insensatos.
Sí, yo quisiera que la tierra temblase en convulsiones cuan­do un santo y una gansa se aparean.
Éste marchó como un héroe a buscar verdades, y acabó trayendo como botín una pequeña mentira engalanada118. Su matrimonio lo llama.
Aquél era esquivo en sus relaciones con otros, y selecciona­ba al elegir. Pero de una sola vez se estropeó su compañía para siempre: su matrimonio lo llama.
Aquél otro buscaba una criada que tuviese las virtudes de un ángel. Pero de una sola vez se convirtió él en criada de una mujer, y ahora sería necesario que, además, se transformase en ángel119.
He encontrado que ahora todos los compradores andan con cuidado y que todos tienen ojos astutos. Pero incluso el más astuto se compra su mujer a ciegas.
Muchas breves tonterías - eso se llama entre vosotros amor. Y vuestro matrimonio pone fin a muchas breves tonte­rías en la forma de una sola y prolongada estupidez.
Vuestro amor a la mujer, y el amor de la mujer al varón: ¡ay, ojalá fuera compasión por dioses sufrientes y encubiertos! Pero casi siempre dos animales se adivinan recíprocamente.
E incluso vuestro mejor amor no es más que un símbolo ex­tático y un dolorido ardor. Es una antorcha que debe ilumina­ros hacia caminos más elevados.
¡Por encima de vosotros mismos debéis amar alguna vez! ¡Por ello, aprended primero a amar! Y para ello tenéis que be­ber el amargo cáliz de vuestro amor120.
Amargura hay en el cáliz incluso del mejor amor: ¡por eso produce anhelo del superhombre, por eso te da sed a ti, crea­dor!
Sed para el creador, flecha y anhelo hacia el superhombre: di, hermano mío, ¿es ésta tu voluntad de matrimonio? Santos son entonces para mí tal voluntad y tal matrimonio. –

Así habló Zaratustra.

114 Véase la nota 54.
115 En la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 24, repetirá Zaratustra este consejo con las mismas palabras.
116 Zaratustra aplica ahora al matrimonio el mismo estribillo «po­breza, suciedad y un lamentable bienestar» que antes había aplica­do al alma, la felicidad, la razón y la virtud. Véase el Prólogo de Za­ratustra, 3.
117 Antítesis de lo que dice el Evangelio de Mateo, 19, 6: «... lo que Dios ha unido». El «dios cojo» es una alusión al dios griego Hefesto, que, como se dice en el párrafo anterior, «traba en una red celestial» a su esposa Afrodita y a Ares, al sorprenderlos en adulterio.
118 Cita irónica de una conocida frase de Goethe al final de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister. «Saúl, hijo de Quis, salió a buscar las pollinas de su padre y encontró un reino». La frase de Goethe es una síntesis de lo narrado en la Biblia, capítulos 9 y 10 de 1 Samuel.
119 Algunos comentaristas han querido ver en estas cuatro sarcásticas viñetas otras tantas alusiones a cuatro matrimonios amigos de Nietzsche. La identificación es peligrosa e insegura. Es posible que las «vivencias» de Nietzsche al contemplar ciertos matrimo­nios se expresasen en esos mismos enunciados. Mas, como ocurre en toda esta obra, Nietzsche transpone sus vivencias a un plano general.
120 «Beber el cáliz» es expresión bíblica. Véase el Evangelio de Mateo, 26,27-29.

De la muerte libre

Muchos mueren demasiado tarde, y algunos mueren demasiado pronto. Todavía suena extraña esta doctrina: «¡Muere a tiempo!»
Morir a tiempo: eso es lo que Zaratustra enseña.
En verdad, quien no vive nunca a tiempo, ¿cómo va a mo­rir a tiempo? ¡Ojalá no hubiera nacido jamás! - Esto es lo que aconsejo a los superfluos.
Pero también los superfluos se dan importancia con su muer­te, y también la nuez más vacía de todas quiere ser cascada.
Todos dan importancia al morir: pero la muerte no es toda­vía una fiesta. Los hombres no han aprendido aún cómo se ce­lebran las fiestas más bellas.
Yo os muestro la muerte consumadora, que es para los vi­vos un aguijón121 y una promesa.
El consumador muere su muerte victoriosamente, rodeado de personas que esperan y prometen.
Así se debería aprender a morir; ¡y no debería haber fiesta alguna en que uno de esos moribundos no santificase los ju­ramentos de los vivos!
Morir así es lo mejor; pero lo segundo es: morir en la lucha y prodigar un alma grande.
Tanto al combatiente como al victorioso les resulta odiosa esa vuestra gesticuladora muerte que se acerca furtiva como un ladrón - y que, sin embargo, viene como señor122.
Yo os elogio mi muerte, la muerte libre, que viene a mí por­que yo quiero.
¿Y cuándo querré? - Quien tiene una meta y un heredero quiere la muerte en el momento justo para la meta y para el heredero.
Y por respeto a la meta y al heredero ya no colgará coronas marchitas en el santuario de la vida.
En verdad, yo no quiero parecerme a los cordeleros: estiran sus cuerdas y, al hacerlo, van siempre hacia atrás.
Más de uno se vuelve demasiado viejo incluso para sus ver­dades y sus victorias; una boca desdentada no tiene ya dere­cho a todas las verdades.
Y todo el que quiera tener fama tiene que despedirse a tiempo del honor y ejercer el difícil arte de - irse a tiempo.
Hay que poner fin al dejarse comer en el momento en que mejor sabemos: esto lo conocen quienes desean ser amados durante mucho tiempo.
Hay, ciertamente, manzanas agrias, cuyo destino quiere aguardar hasta el último día del otoño: a un mismo tiempo se ponen maduras, amarillas y arrugadas.
En unos envejece primero el corazón, y en otros, el espíri­tu. Y algunos son ancianos en su juventud: pero una juventud tardía mantiene joven durante mucho tiempo.
A algunos el vivir se les malogra: un gusano venenoso les roe el corazón. Por ello, cuiden tanto más de que no se les ma­logre el morir.
Algunos no llegan nunca a estar dulces, se pudren ya en el verano. La cobardía es lo que los retiene en su rama.
Demasiados son los que viven, y durante demasiado tiempo penden de sus ramas. ¡Ojalá viniera una tempestad que hiciese caer del árbol a todos esos podridos y comidos de gusanos!
¡Ojalá viniesen predicadores de la muerte rápida! ¡Éstos se­rían para mí las oportunas tempestades que sacudirían los ár­boles de la vida! Pero yo oigo predicar tan sólo la muerte len­ta y paciencia con todo lo «terreno».
Ay, ¿vosotros predicáis paciencia con las cosas terrenas? ¡Esas cosas terrenas son las que tienen demasiada paciencia con vosotros, hocicos blasfemos!
En verdad, demasiado pronto murió aquel hebreo a quien honran los predicadores de la muerte lenta: y para muchos se ha vuelto desde entonces una fatalidad el que él muriese de­masiado pronto.
No conocía aún más que lágrimas y la melancolía propia del hebreo, junto con el odio de los buenos y justos, - el he­breo Jesús123: y entonces lo acometió el anhelo de la muerte.
¡Ojalá hubiera permanecido en el desierto, y lejos de los buenos y justos! ¡Tal vez habría aprendido a vivir y a amar la tierra - y, además, a reír!124
¡Creedme, hermanos míos! Murió demasiado pronto; ¡él mismo se habría retractado de su doctrina si hubiera alcanza­do mi edad! ¡Era bastante noble para retractarse!
Pero todavía estaba inmaduro. De manera inmadura ama el joven, y de manera inmadura odia también al hom­bre y a la tierra. Tiene aún atados y torpes el ánimo y las alas del espíritu.
Pero en el adulto hay más niño que en el joven, y menos me­lancolía: entiende mejor de muerte y de vida.
Libre para la muerte y libre en la muerte, un santo que dice no cuando ya no es tiempo de decir sí: así es como él entien­de de vida y de muerte.
Que vuestro morir no sea una blasfemia contra el hombre y contra la tierra, amigos míos: esto es lo que yo le pido a la miel de vuestra alma.
En vuestro morir deben seguir brillando vuestro espíritu y vuestra virtud, cual luz vespertina en torno a la tierra: de lo contrario, se os habrá malogrado el morir.
Así quiero morir yo también, para que vosotros, amigos, améis más la tierra, por amor a mí; y quiero volver a ser tierra, para reposar en aquella que me dio a luz.
En verdad, una meta tenía Zaratustra, lanzó su pelota: ahora, amigos, sois vosotros herederos de mi meta, a vosotros os lanzo la pelota de oro125.
¡Más que nada prefiero, amigos míos, veros lanzar la pelo­ta de oro! Y por ello me demoro aún un poco en la tierra: ¡perdonádmelo!

Así habló Zaratustra.

121 «El aguijón de la muerte» es expresión bíblica. Véase 1 Corintios, 15, 55: «Muerte, ¿dónde está tu aguijón?» Por contraposición a él, Zaratustra hablará en la tercera parte del «aguijón de la libertad»; véase De tablas viejas, y nuevas.
122 Véase la nota 11.
123 La alusión a «el hebreo Jesús» como un personaje ya fallecido y, por lo tanto, anterior a Zaratustra, es un anacronismo voluntario. No es el único en esta obra.
124 Alusión a lo que se dice en el Evangelio de Lucas, 6, 25: «¡Ay de los que ahora reís, porque vais a lamentaron y llorar». En la cuarta parte, Del hombre superior, 16, vuelve Zaratustra a tratar este tema.
125 La «pelota de oro» es aquí símbolo de la doctrina de Zaratustra. Zaratustra la lanza a sus discípulos para que éstos la recojan y continúen.

De la virtud que hace regalos

Cuando Zaratustra se hubo despedido de la ciudad que su co­razón amaba y cuyo nombre es: «La Vaca Multicolor» - le si­guieron muchos que se llamaban sus discípulos y le hacían compañía126. Llegaron así a una encrucijada: allí Zaratustra les dijo que desde aquel momento quería marchar solo, pues era amigo de caminar en soledad. Y sus discípulos le entrega­ron como despedida un bastón en cuyo puño de oro se enros­caba en torno al sol una serpiente127. Zaratustra se alegró del bastón y se apoyó en él; luego habló así a sus discípulos.
Decidme: ¿cómo llegó el oro a ser el valor supremo? Porque es raro, e inútil, y resplandeciente, y suave en su brillo; siem­pre hace don de sí mismo.
Sólo en cuanto efigie de la virtud más alta llegó el oro a ser el valor supremo. Semejante al oro resplandece la mirada del que hace regalos. Brillo de oro sella paz entre luna y sol.
Rara es la virtud más alta, e inútil, y resplandeciente, y suave en su brillo: una virtud que hace regalos es la virtud más alta.
En verdad, yo os adivino, discípulos míos: vosotros aspi­ráis, como yo, a la virtud que hace regalos. ¿Qué tendríais vo­sotros en común con gatos y lobos?
Ésta es vuestra sed, el llegar vosotros mismos a ser ofrendas y regalos: y por ello tenéis sed de acumular todas las riquezas en vuestra alma.
Insaciable anhela vuestra alma tesoros y joyas, porque vuestra virtud es insaciable en su voluntad de hacer regalos. Forzáis a todas las cosas a acudir a vosotros y a entrar en vo­sotros, para que vuelvan a fluir de vuestro manantial como los dones de vuestro amor.
En verdad, semejante amor que hace regalos tiene que con­vertirse en ladrón de todos los valores; pero yo llamo sano y sagrado a ese egoísmo128.
Existe otro egoísmo, demasiado pobre, un egoísmo ham­briento que siempre quiere hurtar, el egoísmo de los enfer­mos, el egoísmo enfermo.
Con ojos de ladrón mira ése egoísmo todo lo que brilla; con la avidez del hambre mira hacia quien tiene de comer en abundancia; y siempre se desliza a hurtadillas en torno a la mesa de quienes hacen regalos.
Enfermedad habla en tal codicia, y degeneración invisible; desde el cuerpo enfermo habla la ladrona codicia de ese egoísmo. Decidme, hermanos míos: ¿qué es para nosotros lo malo y lo peor? ¿No es la degeneración? - Y siempre adivinamos de­generación allí donde falta el alma que hace regalos.
Hacia arriba va nuestro camino, desde la especie asciende a la super-especie. Pero un horror es para nosotros el sentido degenerante que dice: «Todo para mí».
Hacia arriba vuela nuestro sentido: de este modo es un símbolo de nuestro cuerpo, símbolo de una elevación. Símbo­los de tales elevaciones son los nombres de las virtudes.
Así atraviesa el cuerpo la historia, como algo que deviene y lucha. Y el espíritu - ¿qué es el espíritu para el cuerpo? Heral­do de sus luchas y victorias, compañero y eco.
Símbolos son todos los nombres del bien y del mal: no de­claran, sólo hacen señas. ¡Tonto es quien de ellos quiere sacar saber!
Prestad atención, hermanos míos, a todas las horas en que vuestro espíritu quiere hablar por símbolos: allí está el origen de vuestra virtud.
Elevado está entonces vuestro cuerpo, y resucitado; con sus delicias cautiva al espíritu, para que éste se convierta en creador y en apreciador y en amante y en benefactor de todas las cosas.
Cuando vuestro corazón hierve, ancho y lleno, igual que el río, siendo una bendición y un peligro para quienes habitan a su orilla: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando estáis por encima de la alabanza y de la censura, y vuestra voluntad quiere dar órdenes a todas las cosas, como vo­luntad que es de un amante: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando despreciáis lo agradable y la cama blanda, y no po­déis acostaros a suficiente distancia de los comodones: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando no tenéis más que una sola voluntad, y ese viraje de toda necesidad se llama para vosotros necesidad129: allí está el origen de vuestra virtud.
¡En verdad, ella es un nuevo bien y un nuevo mal! ¡En ver­dad, es un nuevo y profundo murmullo, y la voz de un nuevo manantial!
Poder es ésa nueva virtud; un pensamiento dominante es, y, en torno a él, un alma inteligente: un sol de oro y, en torno a él, la serpiente del conocimiento.

2

Aquí Zaratustra calló un rato y contempló con amor a sus dis­cípulos. Después continuó hablando así: - y su voz se había cambiado.
¡Permanecedme fieles a la tierra, hermanos míos, con el poder de vuestra virtud! ¡Vuestro amor que hace regalos y vuestro conocimiento sirvan al sentido de la tierra! Esto os ruego y a ello os conjuro.
¡No dejéis que vuestra virtud huya de las cosas terrenas y bata las alas hacia paredes eternas! ¡Ay, ha habido siempre tanta virtud que se ha perdido volando!
Conducid de nuevo a la tierra, como hago yo, a la virtud que se ha perdido volando - sí, conducidla de nuevo al cuer­po y a la vida: ¡para que dé a la tierra su sentido, un sentido humano!
De cien maneras se han perdido volando y se han extravia­do hasta ahora tanto el espíritu como la virtud. Ay, en nuestro cuerpo habita ahora todo ese delirio y error: en cuerpo y vo­luntad se han convertido.
De cien maneras han hecho ensayos y se han extraviado hasta ahora tanto el espíritu como la virtud. Sí, un ensayo ha sido el hombre. ¡Ay, mucha ignorancia y mucho error se han vuelto cuerpo en nosotros!
No sólo la razón de milenios - también su demencia hace erupción en nosotros. Peligroso es ser heredero.
Todavía combatimos paso a paso con el gigante Azar, y so­bre la humanidad entera ha dominado hasta ahora el absurdo, el sinsentido.
Vuestro espíritu y vuestra virtud sirvan al sentido de la tie­rra, hermanos míos: ¡y el valor de todas las cosas sea estable­cido de nuevo por vosotros! ¡Por eso debéis ser luchadores! ¡Por eso debéis ser creadores!
Por el saber se purifica el cuerpo; haciendo ensayos con el saber se eleva; al hombre del conocimiento todos los instintos se le santifican; al hombre elevado su alma se le vuelve alegre.
Médico, ayúdate a ti mismo130: así ayudas también a tu en­fermo. Sea tu mejor ayuda que él vea con sus ojos a quien se sana a sí mismo.
Mil senderos existen que aún no han sido nunca recorridos; mil formas de salud y mil ocultas islas de la vida. Inagotados y no descubiertos continúan siendo siempre para mí el hom­bre y la tierra del hombre.
¡Vigilad y escuchad, solitarios! Del futuro llegan vientos con secretos aleteos; y a oídos delicados se dirige la buena nueva.
Vosotros los solitarios de hoy, vosotros los apartados, un día debéis ser un pueblo: de vosotros, que os habéis elegido a vosotros mismos, debe surgir un día un pueblo elegido131: - y de él, el superhombre.
¡En verdad, en un lugar de curación debe transformarse todavía la tierra! ¡Y ya la envuelve un nuevo aroma, que trae salud, - y una nueva esperanza!

3

Cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras calló como quien no ha dicho aún su última palabra; largo tiempo sope­só, dudando, el bastón en su mano. Por fin habló así: - y su voz se había cambiado.
¡Ahora yo me voy solo, discípulos míos! ¡También vosotros os vais ahora solos! Así lo quiero yo.
En verdad, éste es mi consejo: ¡Alejaos de mí y guardaos de Zaratustra! Y aun mejor: ¡avergonzaos de él! Tal vez os ha en­gañado.
El hombre del conocimiento no sólo tiene que poder amar a sus enemigos, tiene también que poder odiar a sus amigos132.
Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo. ¿Y por qué no vais a deshojar vosotros mi corona?
Vosotros me veneráis: pero ¿qué ocurrirá si un día vuestra ve­neración se derrumba? ¡Cuidad de que no os aplaste una esta­tua!133
¿Decís que creéis en Zaratustra? ¡Mas qué importa Zaratus­tra! Vosotros sois mis creyentes, ¡mas qué importan todos los creyentes!
No os habíais buscado aún a vosotros: entonces me encon­trasteis. Así hacen todos los creyentes: por eso vale tan poco toda fe.
Ahora os ordeno que me perdáis a mí y que os encontréis a vosotros; y sólo cuando todos hayáis renegado de 134 volve­ré entre vosotros135.
En verdad, con otros ojos, hermanos míos, buscaré yo en­tonces a mis perdidos; con un amor distinto os amaré enton­ces 136.
Y todavía una vez debéis llegar a ser para mí amigos e hijos de una sola esperanza: entonces quiero estar con vosotros por tercera vez, para celebrar con vosotros el gran mediodía137.
Y el gran mediodía es la hora en que el hombre se encuen­tra a mitad de su camino entre el animal y el superhombre y celebra su camino hacia el atardecer como su más alta espe­ranza: pues es el camino hacia una nueva mañana.
Entonces el que se hunde en su ocaso se bendecirá a sí mis­mo por ser uno que pasa al otro lado; y el sol de su conoci­miento estará para él en el mediodía.
«Muertos están todos los dioses: ahora queremos que viva el superhombre.»138 - ¡sea ésta alguna vez, en el gran mediodía, nuestra última voluntad! -

Así habló Zaratustra.

126 Nietzsche presenta aquí a Zaratustra seguido por sus discípulos en una situación parecida a la que los Evangelios narran de Jesús. Véa­se, por ejemplo, el Evangelio de Lucas, 8, 1: «Jesús iba recorriendo una tras otra las ciudades y aldeas, predicando y anunciando la buena nueva del reino de Dios; y con él iban los Doce y algunas mu­jeres que habían sido curadas de espíritus malos y enfermedades».
127 Este bastón, con su simbolismo de la serpiente, alude al cetro de Esculapio, dios de la medicina en la Antigüedad griega. Zaratus­tra es el médico de las enfermedades de este mundo. Todo este, 1 es un comentario del símbolo del bastón, como puede verse en el párrafo final: «Poder es esa nueva virtud; un pensamiento domi­nante es, y, en torno a él, un alma inteligente: un sol de oro y, en torno a él, la serpiente del conocimiento». La «serpiente del cono­cimiento» es concepto que deriva de la Biblia. Véase Génesis, 3, 5.
128 En la tercera parte, De los tres males, 2 se alude directa­mente a esta enseñanza.
129 La palabra alemana Notwendigkeit (necesidad) está compuesta de Not (necesidad, en el sentido de menesterosidad, «necesidades») y Wende (viraje). Nietzsche separa estos dos componentes y reali za un juego de palabras muy difícil de verter al castellano. Se tra­ta, sin embargo, de un concepto central de Nietzsche. El texto ale­mán dice así: Wenn Ihr Eines Willens Wollende seid, und diese Wende aller Not euch Notwendigkeit heisst. Como acaba de decir­se, la palabra Not significa: necesidad, menesterosidad; y Wende, viraje, en el sentido de dar la vuelta, volver una cosa hacia atrás, re­chazarla y apartarla haciéndola girar. De aquí que a aquello que (ab)wendet (aparta) una Not (necesidad) se lo empezase a llamar en alemán, en el siglo XVI, notwendig (necesario). Se da, pues, la paradoja de que se llama necesario (notwendig) a lo que aleja de nosotros (wenden) la necesidad (Not). Seguramente ahora podrá comprenderse mejor la frase de Nietzsche. Zaratustra dice: vues­tra «necesidad» (Notwendigkeit) debe consistir en que vuestra vo­luntad (Wille), siendo una sola voluntad, constituya el viraje (Wende) de la necesidad, de la menesterosidad (Not). Lo que el hombre necesita es rechazar la necesidad, lo cual se realiza tenien­do una sola voluntad. Lutero no conoce aún la palabra Notwendig­keit, cuya historia en el idioma alemán es bastante complicada.
130 Cita del Evangelio de Lucas, 4, 23: «Seguro que me diréis este pro­verbio: Médico, cúrate a ti mismo» (palabras de Jesús a sus inter­locutores en la sinagoga de Cafarnaum).
131 «Pueblo elegido»: concepto bíblico para designar a Israel. Véase el Salmo 105, 43. Zaratustra establece aquí una antítesis entre «los que se han elegido a sí mismos» y «los elegidos por Dios».
132 Paráfrasis, invirtiendo el sentido, del Evangelio de Mateo, 5, 43-44. «Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos.»
133 Alusión a la fábula narrada por Aristóteles en su Poética (1452 s 7­-10): «También lo fortuito nos maravilla más cuando parece hecho de intento, por ejemplo cuando la estatua de Mitis, en Argos, mató al culpable de la muerte de Mitis, cayendo sobre él mientras asistía a un espectáculo».
134 Paráfrasis, invirtiendo el sentido, del Evangelio de Mateo, 10, 33: «A todo el que me negase delante de los hombres yo le negaré también delante de mi Padre.»
135 En Ecce homo, cita Nietzsche el pasa­je que va desde «Ahora yo me voy solo...» hasta aquí para indicar que Zaratustra no es un «sabio», ni un «santo», ni un «redentor del mundo» a la manera usual.
136 Estos dos últimos párrafos, desde «y solo...» hasta aquí, fueron colocados por Nietzsche como motto al frente de la segunda par­te de esta obra.
137 «El gran mediodía»: primera aparición de este importante concep­to en esta obra. Zaratustra lo describe a grandes rasgos en el párra­fo siguiente. Véase también, en la tercera parte, De la virtud empe­queñecedora, 3, Del pasar de largo, De los tres males, 2, De tablas viejas y nuevas, 3, y 30; y en la cuarta parte, Del hombre superior, 2, y El signo.
138 En la cuarta parte, Del hombre superior, 2, se repite esta frase.


Segunda parte de
Así habló Zaratustra

- y sólo cuando todos hayáis renegado de mí volveré entre vosotros.
En verdad, con otros ojos, hermanos míos, buscaré yo entonces a mis perdidos; con un amor distinto os amaré entonces.

Zaratustra, De la virtud que hace regalos
El niño del espejo139

Zaratustra volvió a continuación a las montañas y a la so­ledad de su caverna y se apartó de los hombres: aguardando como un sembrador que ha lanzado su semilla140. Mas su alma se llenó de impaciencia y de deseos de aquellos a quienes amaba: pues aún tenía muchas cosas que darles. Esto es, en efecto, lo más difícil, el cerrar por amor la mano abierta y el conservar el pudor al hacer regalos141.
Así transcurrieron para el solitario meses y años; mas su sa­biduría crecía y le causaba dolores por su abundancia.
Una mañana se despertó antes de la aurora, estuvo medi­tando largo tiempo en su lecho y dijo por fin a su corazón:
«¿De qué me he asustado tanto en mis sueños, que me he despertado? ¿No se acercó a mí un niño que llevaba un es­pejo?
Oh Zaratustra - me dijo el niño -, ¡mírate en el espejo!”
Y al mirar yo al espejo lancé un grito, y mi corazón quedó aterrado: pues no era a mí a quien veía en él, sino la mueca y la risa burlona de un demonio.
En verdad, demasiado bien comprendo el signo y la advertencia del sueño: ¡mi doctrina está en peligro, la cizaña quiere llamarse trigo!142
Mis enemigos se han vuelto poderosos y han deformado la imagen de mi doctrina, de modo que los más queridos por mí tuvieron que avergonzarse de los dones que yo les había entre­gado.
¡He perdido a mis amigos; me ha llegado la hora de buscar a los que he perdido! »143 -
Al decir estas palabras Zaratustra se levantó de un salto, pero no como un angustiado que busca aire, sino más bien como un vidente y cantor de quien se apodera el espíritu. Ex­trañados miraron hacia él su águila y su serpiente: pues, seme­jante a la aurora, sobre su rostro yacía una felicidad cercana.
¿Qué me ha sucedido, pues, animales míos? - dijo Zaratus­tra. ¿No estoy transformado? ¿No vino a mí la bienaventuran­za como un viento tempestuoso?
Loca es mi felicidad, y cosas locas dirá: es demasiado joven todavía - ¡tened, pues, paciencia con ella!
Herido estoy por mi felicidad144: ¡todos los que sufren de­ben ser médicos para mí!
¡De nuevo me es lícito bajar a mis amigos y también a mis enemigos! ¡De nuevo le es lícito a Zaratustra hablar y hacer re­galos y dar lo mejor a los amados!
Mi impaciente amor se desborda en ríos que bajan hacia le­vante y hacia poniente145. ¡Desde silenciosas montañas y tempes­tades de dolor desciende mi alma con estruendo a los valles!
Demasiado tiempo he estado anhelando y mirando a lo le­jos. Demasiado tiempo he pertenecido a la soledad: así he ol­vidado el callar.
Me he convertido todo yo en una boca, y en estruendo de arroyo que cae de elevados peñascos: quiero despeñar mis palabras a los valles.
¡Y lo haré aunque el río de mi amor se precipite en lo in­franqueable! ¡Cómo no va a acabar encontrando tal río el ca­mino hacia el mar!
Sin duda hay en mí un lago, un lago eremítico, que se basta a sí mismo; mas el río de mi amor lo arrastra hacia abajo con­sigo - ¡al mar!
Nuevos caminos recorro, un nuevo modo de hablar llega a mí; me he cansado, como todos los creadores, de las vie­jas lenguas. Mi espíritu no quiere ya caminar sobre sanda­lias usadas.
Con demasiada lentitud corre para mí todo hablar: - ¡a tu carro salto, tempestad! ¡E incluso a ti quiero arrearte con el lá­tigo de mi maldad!
Como un grito y una exclamación jubilosa quiero correr sobre anchos mares, hasta encontrar las islas afortunadas146 donde moran mis amigos: -
¡Y mis enemigos entre ellos! ¡Cómo amo ahora a todo aquel a quien me sea lícito hablarle! También mis enemigos forman parte de mi bienaventuranza.
Y si quiero montar en mi caballo salvaje, lo que mejor me ayuda siempre a subir es mi lanza: ella es el servidor constan­temente dispuesto de mi pie: -
¡La lanza que arrojo contra mis enemigos! ¡Cómo les agra­dezco a mis enemigos el que por fin se me permita arrojarla!
Demasiado grande era la tensión de mi nube: entre carca­jadas de rayos quiero lanzar granizadas a la profundidad.
Poderoso se hinchará entonces mi pecho, poderoso exhala­rá su tempestad por encima de los montes: así quedará alivia­do.
¡En verdad, semejantes a una tempestad llegan mi felicidad y mi libertad! Pero mis enemigos deben creer que es el Malig­no147 el que se enfurece sobre sus cabezas.
Sí, también os asustaréis vosotros, amigos míos, a causa de mi sabiduría salvaje148; y tal vez huyáis de ella juntamente con mis enemigos.
¡Ay, si yo supiese atraeros con flautas pastoriles a volver atrás! ¡Ay, si mi leona Sabiduría aprendiese a rugir con dulzu­ra! ¡Y muchas cosas hemos ya aprendido juntos!
Mi sabiduría salvaje quedó preñada en montañas solita­rias; sobre ásperos peñascos parió su nueva, última cría. Ahora corre enloquecida por el duro desierto y busca y busca blando césped - ¡mi vieja sabiduría salvaje!
¡Sobre el blando césped de vuestros corazones, amigos míos! - ¡sobre vuestro amor le gustaría acostar lo más queri­do para ella!

Así habló Zaratustra.

139 En los borradores Nietzsche había previsto para este capítulo el tí­tulo de La segunda aurora.
140 «El sembrador» es imagen evangélica. Véase Evangelio de Mateo, 13, 3 ss.
141 Nietzsche desarrolla con detalle esta idea en esta misma segunda parte, La canción de la noche.
142 Sobre la cizaña y el trigo véase el Evangelio de mateo, 13, 24 y ss. (parábola de la cizaña). También aquí son los «enemigos» del sembrador los que plantan cizaña entre el trigo.
143 La imagen de «salir en busca de los perdidos» es asimismo remi­niscencia evangélica. Véase Evangelio de Lucas, 15,4 y ss. (parábo­la de la oveja perdida).
144 Esta frase es, incluso por su estructura verbal (verwundet bin ich von meinem Glücke), reminiscencia de las muy conocidas, entre wagnerianos, palabras de Brunilda en el tercer acto del Sigfrido:
«Herido me ha quien me despertó» (verwundet hat mich der mich erweckt). Nietzsche cuenta que, cuando fue a visitar por vez prime­ra a Wagner en Tribschen, estuvo «largo tiempo en silencio ante la casa y escuchaba un acorde doloroso, continuamente repetido». Ese acorde correspondía al tema del «despertar de Brunilda».
145 Expresión bíblica. Véase el Salmo 50, 1: «Desde el poniente hasta el levante...»
146 Anticipación del título del apartado siguiente. Véase la nota 149.
147 Expresión bíblica para designar al demonio.
148 El tema de la «sabiduría salvaje» tiene gran importancia como ca­racterización del saber propio de Zaratustra. Véase, en el párrafo siguiente, «leona Sabiduría». Véase también, en esta misma se gunda parte, De los sabios famosos, donde Zaratustra contrapone esta sabiduría suya al saber de los «sabios famosos» que aparecen como «animales de carga». Véase asimismo, en la tercer parte, De tablas viejas y nuevas, 2.

En las islas afortunadas149

Los higos caen de los árboles, son buenos y dulces; y, conforme caen, su roja piel se abre. Un viento del norte soy yo para higos maduros.
Así, cual higos, caen estas enseñanzas hasta vosotros, ami­gos míos: ¡bebed su jugo y su dulce carne! Nos rodea el otoño, y el cielo puro, y la tarde150.
¡Ved qué plenitud hay en torno a nosotros! Y es bello mirar, desde la sobreabundancia, hacia mares lejanos.
En otro tiempo decíase Dios cuando se miraba hacia mares lejanos; pero ahora yo os he enseñado a decir: superhombre.
Dios es una suposición; pero yo quiero que vuestro supo­ner no vaya más lejos que vuestra voluntad creadora.
¿Podríais vosotros crear un Dios? - ¡Pues entonces no me habléis de dioses! Mas el superhombre sí podríais crearlo. ¡Acaso no vosotros mismos, hermanos míos! Pero podríais transformaros en padres y antepasados del superhombre: ¡y sea éste vuestro mejor crear!-
Dios es una suposición: mas yo quiero que vuestro suponer se mantenga dentro de los límites de lo pensable.
¿Podríais vosotros pensar un Dios? - Mas la voluntad de verdad signifique para vosotros esto, ¡que todo sea transfor­mado en algo pensable para el hombre, visible para el hombre, sensible para el hombre! ¡Vuestros propios sentidos debéis pensarlos hasta el final!
Y eso a lo que habéis dado el nombre de mundo, eso debe ser creado primero por vosotros: ¡vuestra razón, vuestra imagen, vuestra voluntad, vuestro amor deben devenir ese mundo! ¡Y, en verdad, para vuestra bienaventuranza, hom­bres del conocimiento!
¿Y cómo ibais a soportar la vida sin esta esperanza, voso­tros los que conocéis? No os ha sido lícito estableceros por nacimiento en lo incomprensible, ni tampoco en lo irracio­nal.
Mas para revelaros totalmente mi corazón a vosotros, ami­gos: si hubiera dioses, ¡cómo soportaría yo el no ser Dios! Por lo tanto, no hay dioses.
Es cierto que yo he sacado esa conclusión; pero ahora ella me saca a mí151. -
Dios es una suposición: mas ¿quién bebería todo el tor­mento de esa suposición sin morir? ¿Su fe le debe ser quitada al creador, y al águila su cernerse en lejanías aquilinas?
Dios es un pensamiento que vuelve torcido todo lo derecho y que hace voltearse a todo lo que está de pie. ¿Cómo? ¿Esta­ría abolido el tiempo, y todo lo perecedero sería únicamente mentira?
Pensar esto es remolino y vértigo para osamentas humanas, y hasta un vómito para el estómago: en verdad, la enfermedad mareante llamo yo a suponer tal cosa.
¡Malvadas llamo, y enemigas del hombre, a todas esas doc­trinas de lo Uno y lo Lleno y lo Inmóvil y lo Saciado y lo Im­perecedero!
¡Todo lo imperecedero - no es más que un símbolo!152 Y los poetas mienten demasiado153. -
De tiempo y de devenir es de lo que deben hablar los mejo­res símbolos; ¡una alabanza deben ser y una justificación de todo lo perecedero!
Crear - ésa es la gran redención del sufrimiento, así es como se vuelve ligera la vida. Mas para que el creador exista son necesarios sufrimiento y muchas transformaciones.
¡Sí, muchos amargos morires tiene que haber en nuestra vida, creadores! De ese modo sois defensores y justificadores de todo lo perecedero.
Para ser el hijo que vuelve a nacer, para ser eso el creador mismo tiene que querer ser también la parturienta y los dolo­res de la parturienta.
En verdad, a través de cien almas he recorrido mi camino, y a través de cien cunas y dolores de parto. Muchas son las ve­ces que me he despedido, conozco las horas finales que desga­rran el corazón.
Pero así lo quiere mi voluntad creadora, mi destino. O, para decíroslo con mayor honestidad: justo tal destino - es el que mi voluntad quiere.
Todo lo sensible en mí sufre y se encuentra en prisiones: pero mi querer viene siempre a mí como mi liberador y portador de alegría.
El querer hace libres154: ésta es la verdadera doctrina acerca de la voluntad y la libertad - así os lo enseña Zaratustra.
¡No-querer-ya y no-estimar-ya y no-crear-ya! ¡Ay, que ese gran cansancio permanezca siempre alejado de mí!
También en el conocer yo siento únicamente el placer de mi voluntad de engendrar y devenir; y si hay inocencia en mi co­nocimiento, esto ocurre porque en él hay voluntad de engen­drar.
Lejos de Dios y de los dioses me ha atraído esa voluntad; ¡qué habría que crear si los dioses - existiesen!
Pero hacia el hombre vuelve siempre a empujarme mi ar­diente voluntad de crear; así se siente impulsado el martillo hacia la piedra.
¡Ay, hombres, en la piedra dormita para mí una imagen, la imagen de mis imágenes! ¡Ay, que ella tenga que dormir en la piedra más dura, más fea!
Ahora mi martillo se enfurece cruelmente contra su pri­sión. De la piedra saltan pedazos: ¿qué me importa?
Quiero acabarlo: pues una sombra155 ha llegado hasta mí -¡la más silenciosa y más ligera de todas las cosas vino una vez a mí!
La belleza del superhombre llegó hasta mí como una som­bra. ¡Ay, hermanos míos! ¡Qué me importan ya - los dioses! –

Así habló Zaratustra.

149 En los borradores Nietzsche había previsto para este capítulo el tí­tulo De los dioses. A pesar de la designación de «afortunadas», Nietzsche no se refiere ciertamente a las islas Canarias ni a unas «islas afortunadas» concretas. Si acaso, Nietzsche las situaba jun­to a Nápoles y aludiría a Ischia y Capri, muy conocidas y amadas por él desde su estancia en Sorrento. En una carta a Peter Gast (12 de agosto de 1883) dice Nietzsche lo siguiente: «Esta isla (Ischia) me obsesiona; cuando usted haya leído Así habló Zaratustra II hasta el final comprenderá con claridad dónde he situado yo mis “islas afortunadas”».
150 Palabras citadas por Nietzsche en Ecce homo para subrayar lo que él llama el tempo delicadamente lento de estos discursos.
151 El verbo alemán ziehen, que significa «sacar» (una conclusión, por ejemplo), «extraer», «arrastrar», permite a Nietzsche este jue­go de palabras, que, desarrollado, diría lo siguiente: Es cierto que yo he «sacado» la conclusión de la inexistencia de Dios; pero a la vez esa inexistencia de Dios me «saca», como conclusión suya, a mí. O lo que es lo mismo: Yo sólo existo en cuanto conclusión de la inexistencia de Dios.
152 Inversión de la frase de Goethe, que dice exactamente lo contrario: «Todo lo perecedero no es más que un símbolo» (Fausto, final, verso 12104). Véase, en esta misma parte, De los poetas, así como la nota 223.
153 En La gaya ciencia, aforismo 84, al final, dice Nietzsche: «¡Para una verdad es más peligroso que un poeta esté de acuerdo con ella que no que la contradiga! Pues como dice Homero: “Mucho mienten los poetas.”» Aristóteles, que cita esta misma frase, afir­ma que se trata de un «proverbio» (Metafísica, 983 a 3). Véase So­lón, fragmento 26 (Hiller). Véase también, en esta misma parte, De los poetas, donde, en diálogo con uno de sus dis­cípulos, Zaratustra desarrolla este «proverbio».
154 Esta misma frase se repite y amplifica en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 16. Es antitética de la frase evangélica: «La verdad os hará libres» (Evangelio de Juan, 8, 32).
155 A esta sombra, llamada más tarde «la sombra de Zaratustra», le es­tará dedicado en la parte tercera, todo un capítulo.

De los compasivos

Amigos míos, han llegado unas palabras de mofa hasta vuestro amigo: «¡Ved a Zaratustra! ¿No camina entre nosotros como si fuésemos animales?»
Pero está mejor dicho así: «¡El que conoce camina entre los hombres como entre animales que son!».
Mas, para el que conoce, el hombre mismo se llama: el ani­mal que tiene mejillas rojas.
¿Cómo le ha ocurrido eso? ¿No es porque ha tenido que avergonzarse con demasiada frecuencia?
¡Oh, amigos míos! Así habla el que conoce: Vergüenza, ver­güenza, vergüenza - ¡ésa es la historia del hombre!
Y por ello el noble se ordena a sí mismo no causar vergüen­za: se exige a sí mismo tener pudor ante todo lo que sufre.
En verdad, yo no soporto a ésos, a los misericordiosos que son bienaventurados en su compasión156: les falta demasiado el pudor.
Si tengo que ser compasivo, no quiero, sin embargo, ser lla­mado así; y si lo soy, entonces prefiero serlo desde lejos.
Con gusto escondo también la cabeza y me marcho de allí antes de ser reconocido: ¡y así os mando obrar a vosotros, amigos míos!
¡Quiera mi destino poner siempre en mi senda a gentes sin sufrimiento, como vosotros, y a gentes con quienes me sea lí­cito tener en común la esperanza y la comida y la miel!
En verdad, yo he hecho sin duda esto y aquello en favor de los que sufren: pero siempre me parecía que yo obraba mejor cuando aprendía a alegrarme mejor.
Desde que hay hombres el hombre se ha alegrado demasia­do poco: ¡tan sólo esto, hermanos míos, es nuestro pecado original!
Y aprendiendo a alegrarnos mejor es como mejor nos olvi­damos de hacer daño a otros y de imaginar daños.
Por eso yo me lavo la mano que ha ayudado al que sufre, por eso me limpio incluso el alma.
Pues me he avergonzado de haber visto sufrir al que sufre, a causa de la vergüenza de él157; y cuando le ayudé, ofendí du­ramente su orgullo.
Los grandes favores no vuelven agradecidos a los hombres, sino vengativos; y si el pequeño beneficio no es olvidado aca­ba convirtiéndose en un gusano roedor.
«¡Sed reacios en el aceptar! ¡Honrad por el hecho de acep­tar!» - esto aconsejo a quienes nada tienen que regalar.
Pero yo soy uno que regala: me gusta regalar, como amigo a los amigos. Los extraños, en cambio, y los pobres, que ellos mismos cojan el fruto de mi árbol: eso avergüenza menos.
¡Mas a los mendigos se los debería suprimir totalmente!158 En verdad, molesta el darles y molesta el no darles.
¡E igualmente a los pecadores, y a las conciencias malvadas! Creedme, amigos míos: los remordimientos de conciencia enseñan a morder.
Lo peor, sin embargo, son los pensamientos mezquinos. ¡En verdad, es mejor haber obrado con maldad que haber pensado con mezquindad!
Es cierto que vosotros decís: «El placer obtenido en malda­des pequeñas nos ahorra más de una acción malvada grande». Pero aquí no se debería querer ahorrar.
Como una llaga es la acción malvada: escuece e irrita y re­vienta, - habla sinceramente.
«Mira, yo soy enfermedad» - así habla la acción malvada; ésa es su sinceridad.
Mas el pensamiento mezquino es igual que el hongo: se arrastra y se agacha y no quiere estar en ninguna parte - has­ta que el cuerpo entero queda podrido y mustio por los pe­queños hongos.
A quien, sin embargo, está poseído por el diablo yo le digo al oído esta frase: «¡Es mejor que cebes a tu diablo! ¡También para ti sigue habiendo un camino de grandeza!» -
¡Ay, hermanos míos! ¡Se sabe de cada uno algo de más! Y muchos se nos vuelven transparentes, mas aun así estamos muy lejos todavía de poder penetrar a través de ellos.
Es difícil vivir con hombres, porque callar es muy difícil159.
Y con quien más inicuos somos no es con aquel que nos re­pugna, sino con quien nada en absoluto nos importa.
Si tú tienes, sin embargo, un amigo que sufre, sé para su su­frimiento un lugar de descanso, mas, por así decirlo, un lecho duro, un lecho de campaña: así es como más útil le serás.
Y si un amigo te hace mal, di: «Te perdono lo que me has hecho a mí; pero el que te hayas hecho eso a ti - ¡cómo podría yo perdonarlo!»
Así habla todo amor grande: él supera incluso el perdón y la compasión.
Debemos sujetar nuestro corazón; pues si lo dejamos ir, ¡qué pronto se nos va entonces la cabeza!
Ay, ¿en qué lugar del mundo se han cometido tonterías mayores que entre los compasivos? iY qué cosa en el mundo ha provocado más sufrimiento que las tonterías de los com­pasivos?
¡Ay de todos aquellos que aman y que no tienen todavía una altura que esté por encima de su compasión!
Así me dijo el demonio una vez: «También Dios tiene su in­fierno: es su amor a los hombres.»
Y hace poco le oí decir esta frase: «Dios ha muerto; a causa de su compasión por los hombres ha muerto Dios»160. -
Por ello, estad prevenidos contra la compasión: ¡de ella continúa viniendo a los hombres una nube! ¡En verdad, yo entiendo de señales del tiempo!
Mas recordad también esta frase: todo gran amor está por encima incluso de toda su compasión: pues él quiere además - ¡crear lo amado!
«De mí mismo hago ofrecimiento a mi amor, y de mi próji­mo igual que de mí»- éste es el lenguaje de todos los creado­res.
Mas todos los creadores son duros. –

Así habló Zaratustra.

156 Cita de la bienaventuranza de Jesús (Evangelio de Mateo, 5, 7): «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.»
157 Véase, en la cuarta parte, El más feo de los hombres, cómo el propio Zaratustra practica esta doctrina al encontrarse con el más feo de los hombres.
158 En la cuarta parte, La Cena, el mendigo voluntario recor­dará a Zaratustra esta frase.
159 Véase, en esta segunda parte, De la redención, donde Zara­tustra aplica irónicamente esta doctrina a sí mismo.
160 Los cuatro párrafos que van desde «Ay, ¿en qué lugar? ...» hasta aquí fueron colocados por Nietzsche como motto al frente de la cuarta parte de esta obra. Y en el capítulo de esa misma parte titulado Jubilado, Zaratustra pregunta con curiosidad al viejo papa si es cierto que Dios murió de esa mane­ra: «de compasión».

De los sacerdotes

Y una vez Zaratustra hizo una señal a sus discípulos y les dijo estas palabras:
«Ahí hay sacerdotes: y aunque son mis enemigos, ¡pasad a su lado en silencio y con la espada dormida!161
También entre ellos hay héroes; muchos de ellos han sufri­do demasiado - : por esto quieren hacer sufrir a otros.
Son enemigos malvados: nada es más vengativo que su hu­mildad. Y fácilmente se ensucia quien los ataca.
Pero mi sangre está emparentada con la suya; y yo quiero que mi sangre sea honrada incluso en la de ellos». -
Y cuando hubieron pasado a su lado le acometió a Zaratus­tra el dolor; y no había luchado mucho tiempo con el dolor cuando empezó a hablar así:
Me da pena de estos sacerdotes. También repugnan a mi gus­to; mas esto es para mí lo de menos desde que estoy entre hom­bres.
Pero yo sufro y he sufrido con ellos: prisioneros son para mí, y marcados. Aquel a quien ellos llaman redentor los arro­jó en cadenas: -
¡En cadenas de falsos valores y de palabras ilusas! ¡Ay, si al­guien los redimiese de su redentor!162
En una isla creyeron desembarcar en otro tiempo, cuando el mar los arrastró lejos; pero mira, ¡era un monstruo dormi­do!163
Falsos valores y palabras ilusas: ésos son los peores mons­truos para los mortales, - largo tiempo duerme y aguarda en ellos la fatalidad.
Mas al fin ésta llega y vigila y devora y se traga aquello que construyó tiendas para sí encima de ella.
¡Oh, contemplad esas tiendas que esos sacerdotes se han construido! Iglesias llaman ellos a sus cavernas de dulzona fragancia.
¡Oh, esa luz falsa, ese aire que huele a moho! ¡Aquí donde al alma no le es lícito - elevarse volando hacia su altura!
Su fe, por el contrario, ordena esto: «¡De rodillas subid la escalera, pecadores!»164
¡En verdad, prefiero ver incluso al hombre carente de pudor que los torcidos ojos de su pudor y devoción!
¿Quién creó para sí tales cavernas y escaleras de penitencia? ¿No fueron aquellos que querían esconderse y se avergonza­ban del cielo puro?
Y sólo cuando el cielo puro vuelva a mirar a través de te­chos derruidos y llegue hasta la hierba y la roja amapola cre­cidas junto a muros derruidos165, - sólo entonces quiero yo volver a dirigir mi corazón hacia los lugares de ese Dios.
Ellos llamaron Dios a lo que les contradecía y causaba do­lor: y en verdad, ¡mucho heroísmo había en su adoración! ¡Y no supieron amar a su Dios de otro modo que clavando al hombre en la cruz!
Como cadáveres pensaron vivir, de negro vistieron su ca­dáver; también en sus discursos huelo yo todavía el desagra­dable aroma de cámaras mortuorias.
Y quien vive cerca de ellos, cerca de negros estanques vive, desde los cuales canta el sapo su canción con dulce melancolía.
Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor: ¡más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor!
Desnudos quisiera verlos: pues únicamente la belleza de­biera predicar penitencia. ¡Mas a quién persuade esa tribula­ción embozada!166
¡En verdad, sus mismos redentores no vinieron de la liber­tad y del séptimo cielo de la libertad! ¡En verdad, ellos mis­mos no caminaron nunca sobre las alfombras del conoci­miento!
De huecos se componía el espíritu de esos redentores; mas en cada hueco habían colocado su ilusión, su tapahuecos, al que ellos llamaban Dios.
En su compasión se había ahogado su espíritu, y cuando se hinchaban y desbordaban de compasión, siempre nadaba en la superficie una gran tontería.
Celosamente y a gritos conducían su rebaño por su vereda: ¡como si hacia el futuro no hubiera más que una sola vereda! ¡En verdad, también estos pastores continuaban formando parte de las ovejasl167
Espíritus pequeños y almas voluminosas tenían estos pas­tores: pero, hermanos míos, ¡qué comarcas tan pequeñas han sido hasta ahora incluso las almas más voluminosas!
Signos de sangre escribieron en el camino que ellos reco­rrieron, y su tontería enseñaba que con sangre se demuestra la verdad168.
Mas la sangre es el peor testigo de la verdad; la sangre enve­nena incluso la doctrina más pura, convirtiéndola en ilusión y odio de los corazones.
Y si alguien atraviesa una hoguera por defender su doctri­na, - ¡qué demuestra eso! ¡Mayor cosa es, en verdad, que del propio incendio salga la propia doctrina!
Corazón tórrido y cabeza fría: cuando estas cosas coinci­den surge el viento impetuoso, el «redentor».
¡Ha habido, en verdad, hombres más grandes y de nacimiento más elevado que aquellos a quienes el pueblo llama re­dentores, esos arrebatadores vientos impetuosos!
¡Y vosotros, hermanos míos, tenéis que ser redimidos por hombres aún más grandes que todos los redentores, si queréis encontrar el camino que lleva a la libertad!
Nunca ha habido todavía un superhombre. Desnudos he visto yo a ambos, al hombre más grande y al más pequeño: -
Demasiado semejantes son todavía entre sí. En verdad, también al más grande lo he encontrado - ¡demasiado huma­no! -

Así habló Zaratustra.

161 «La espada dormida» es imagen que Nietzsche vuelve a usar en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 21.
162 Alusión irónica al último verso de la ópera Parsifal: «Erlösung dem Erlóser» (redención para el Redentor).
163 Reminiscencia de lo que, en Las mil y una noches, le ocurre a Sindbad el marino en su primer viaje: desembarca sobre el lomo de un pez enorme, creyendo que se trata de una isla.
164 Estos tres últimos párrafos transparentan la vivencia nietzschea­na de las iglesias católicas de Italia y, en general, de todo templo. Nietzsche había visto en Roma cómo los peregrinos subían de ro­dillas la Santa Scala; véase carta escrita desde Roma, en mayo de 1883, a F. Overbeck, donde cuenta esto. A este «subir de rodillas» contrapone Zaratustra el «subir volando».
165 Véase, en la tercera parte, Los siete sellos, 2, donde Zara­tustra repite esta misma descripción.
166 «Tribulación embozada» es calificación que Zaratustra volverá a aplicar al sacerdote en la cuarta parte, Jubilado.
167 Sobre el sacerdote como pastor véase la explicación de Nietzsche en La genealogía de la moral.
168 Sobre la sangre como demostración de la verdad puede verse el 53 de El Anticristo.

De los virtuosos

Con truenos y con celestes fuegos artificiales hay que ha­blar a los sentidos flojos y dormidos.
Pero la voz de la belleza habla quedo: sólo se desliza en las almas más despiertas.
Suavemente vibró y rió hoy mi escudo; éste es el sagrado reír y vibrar de la belleza.
De vosotros, virtuosos, se rió hoy mi belleza. Y así llegó la voz de ésta hasta mí: «¡Ellos quieren además - ser paga­dos!»
¡Vosotros queréis ser pagados además, virtuosos! ¿Queréis tener una recompensa a cambio de la virtud, y el cielo a cam­bio de la tierra, y la eternidad a cambio de vuestro hoy?
¿Y os irritáis conmigo porque enseño que no existe ni re­munerador ni pagador? Y en verdad, ni siquiera enseño que la virtud sea su propia recompensa.
Ay, esto es lo que me aflige: mentirosamente se ha situado en el fondo de las cosas recompensa y castigo - ¡y ahora tam­bién en el fondo de vuestras almas, virtuosos!
Mas, semejante al hocico del jabalí, mi palabra debe desgarrar el fondo de vuestras almas; reja de arado169 quiero ser para vosotros.
Todos los secretos de vuestro fondo deben salir a luz; y cuando vosotros yazgáis al sol hozados y destrozados, enton­ces también vuestra mentira estará separada de vuestra ver­dad.
Pues ésta es vuestra verdad: sois demasiado limpios para la suciedad de estas palabras: venganza, castigo, recompensa, retribución.
Vosotros amáis vuestra virtud como la madre a su hijo; pero ¿cuándo se ha oído decir que una madre quisiera ser pa­gada por su amor?
Vuestro sí-mismo más querido es vuestra virtud. Sed de anillo hay en vosotros: para volver a alcanzarse a sí mismo lu­cha y gira todo anillo.
Y semejante a la estrella que se extingue es toda obra de vuestra virtud: su luz continúa estando siempre en camino y en marcha - ¿y cuándo dejará de estar en camino?
Así la luz de vuestra virtud continúa estando en camino aunque ya la obra esté hecha. Ésta puede estar olvidada y muerta: su rayo de luz vive todavía y camina.
Que vuestra virtud sea vuestro sí-mismo, y no algo extra­ño, una piel, un manto: ¡ésa es la verdad que brota del fondo de vuestra alma, virtuosos! -
Mas recientemente hay algunos para quienes la virtud sig­nifica convulsiones bajo un látigo: ¡y, para mí, vosotros habéis escuchado demasiado los gritos de ellos!
Y hay otros que llaman virtud al hecho de que sus vicios se vuelvan perezosos; y cuando su odio y sus celos estiran algu­na vez los miembros, entonces su «justicia» se despabila y se restriega los adormilados ojos.
Y hay otros que son arrastrados hacia abajo: sus demonios los arrastran. Pero cuanto más se hunden, tanto más ardien­tes relucen sus ojos y el ansia de su Dios.
Ay, también los gritos de éstos llegaron hasta vuestros oí­dos, virtuosos: «lo que yo no soy, ¡eso, eso son para mí Dios y virtud!
Y hay otros que llevan mucho peso y por ello rechinan, igual que carros que conducen piedras cuesta abajo: hablan mucho de dignidad y de virtud - ¡a su freno llámanlo virtud!
Y hay otros que son semejantes a relojes a los que se les ha dado cuerda; producen su tic-tac, y quieren que al tic-tac - se lo llame virtud.
En verdad, con éstos me divierto: cuando yo encuentre ta­les relojes les daré cuerda con mi mofa; ¡y ellos deberán enci­ma ronronear!170
Y otros están orgullosos de su puñado de justicia y a causa de ella cometen crímenes contra todas las cosas: de tal mane­ra que el mundo se ahoga en su injusticia.
¡Ay, qué desagradablemente les sale de la boca la palabra «virtud»! Y cuando dicen: «Yo soy justo», esto suena siempre igual que: «¡yo estoy vengado!171»
Con su virtud quieren sacar los ojos a sus enemigos; y se elevan tan sólo para humillar a otros172.
Y también hay quienes se sientan en su charca y hablan así desde el cañaveral: «Virtud - es sentarse en silencio en la charca.
Nosotros no mordemos a nadie y nos apartamos del cami­no de quien quiere morder; y en todo tenemos la opinión que se nos da.»
Y también hay quienes aman los gestos y piensan: la virtud es una especie de gesto.
Sus rodillas adoran siempre, y sus manos son alabanzas de la virtud, pero su corazón nada sabe de ello.
Y también hay quienes consideran virtud el decir: «La vir­tud es necesaria»; pero en el fondo creen únicamente que la policía es necesaria.
Y muchos que son incapaces de ver lo elevado en los hom­bres llaman virtud a ver ellos muy de cerca su bajeza: así lla­man virtud a su malvada mirada173.
Y algunos quieren ser edificados y elevados, y llaman a eso virtud; y otros quieren ser derribados - y también lo llaman virtud.
Y de este modo casi todos creen participar de la virtud; y al menos quiere cada uno ser experto en «bien» y «mal»174.
Mas Zaratustra no ha venido para decir a todos estos men­tirosos y necios: «¡Qué sabéis vosotros de virtud! ¡Qué po­dríais vosotros saber de virtud!»
Sino para que vosotros, amigos míos, os canséis de las vie­jas palabras que habéis aprendido de los necios y mentirosos: Os canséis de las palabras «recompensa», «retribución», «castigo», «venganza en la justicia» -
Os canséis de decir: «Una acción es buena si es desinteresa­da».
¡Ay, amigos míos! Que vuestro sí-mismo esté en la acción como la madre está en el hijo: ¡sea ésa vuestra palabra acerca de la virtud!
En verdad, os he quitado sin duda cien palabras y los jugue­tes más queridos a vuestra virtud; y ahora os enfadáis conmi­go como se enfadan los niños.
Estaban ellos jugando a orillas del mar, - entonces vino la ola y arrastró su juguete al fondo: ahora lloran.
¡Pero la misma ola debe traerles nuevos juguetes y arrojar ante ellos nuevas conchas multicolores!
Así serán consolados; e igual que ellos, también vosotros, amigos míos, tendréis vuestros consuelos - ¡y nuevas conchas multicolores! -

Así habló Zaratustra.

169 La reja del arado es el título que Nietzsche pensó dar en un prin­cipio a su obra Aurora.
170 En esta misma segunda parte, De los doctos, repetirá Zaratus­tra esta irónica metáfora de los relojes, aplicándola allí a los «doctos».
171 Nietzsche puede afirmar que, en alemán, «yo soy justo» suena igual que «yo soy vengado», valiéndose de la semejanza fonética existente en aquella lengua entre ambas expresiones: ich bin ge­recht (yo soy justo), ich bin gerácht (yo estoy vengado).
172 Paráfrasis del Evangelio de Mateo, 23, 12: «Pues el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado.»
173 En Más allá del bien y del mal hace Nietzsche la siguiente variación sobre este pensamien­to: «Quien no quiere ver lo elevado de un hombre fija su vista de un modo tanto más penetrante en aquello que en él es bajo y su­perficial -traicionándose a sí mismo con ello.» La variación fun­damental está en el paso de «no ser capaz de ver» (aquí) a «no que­rer ver» (allí).
174 Véase, en la parte tercera, De tablas viejas y nuevas, 2, donde Zaratustra volverá a reprobar la vieja presunción de los hombres de saber ya hace mucho tiempo qué es el bien y el mal para ellos.

De la chusma

La vida es un manantial de placer; pero donde la chusma va a beber con los demás, allí todos los pozos quedan envene­nados.
Por todo lo limpio siento inclinación; pero no soporto ver los hocicos de mofa y la sed de los impuros.
Han lanzado sus ojos al fondo del pozo: ahora me sube del pozo el reflejo de su repugnante sonrisa.
El agua santa la han envenenado con su lascivia; y como lla­maron placer a sus sucios sueños, han envenenado incluso las palabras.
Se enfada la llama cuando ellos ponen al fuego sus húme­dos corazones; también el espíritu borbotea y humea cuando la chusma se acerca al fuego.
Dulzona y excesivamente blanda se pone en su mano la fruta: al árbol frutal su mirada lo vuelve fácil de desgajar por el viento y le seca el ramaje.
Y más de uno que se apartó de la vida, se apartó tan sólo de la chusma: no quería compartir pozo y llama y fruta con la chus­ma.
Y más de uno que se marchó al desierto y padeció sed con los animales rapaces, únicamente quería no sentarse con ca­melleros sucios en torno a la cisterna.
Y más de uno que vino como aniquilador y como graniza­da para todos los campos de frutos, sólo quería meter su pie en la boca de la chusma y así tapar su gaznate.
Y el bocado que más se me ha atragantado no es saber que la vida misma necesita enemistad y muerte y cruces de tortu­ra: -
Sino que una vez pregunté, y casi me asfixié con mi pregun­ta: ¿Cómo? ¿La vida tiene necesidad también de la chusma? ¿Se necesitan pozos envenenados, y fuegos malolientes, y sueños ensuciados, y gusanos en el pan de la vida?
¡No mi odio, sino mi náusea es la que se ha cebado insacia­blemente en mi vida! ¡Ay, a menudo me cansé del espíritu cuando encontré que también la chusma es rica de espíritu!
Y a los que dominan les di la espalda cuando vi lo que ellos llaman ahora dominar: chalanear y regatear por el poder - ¡con la chusma!
Entre pueblos de lengua extraña he habitado con los oídos cerrados: para que la lengua de su chalaneo permaneciese ex­traña a mí, y su regatear por el poder.
Y tapándome la nariz he pasado con disgusto a través de todo ayer y todo hoy: ¡en verdad, todo ayer y todo hoy hiede a chusma que escribe!
Igual que un lisiado que se hubiera quedado sordo y ciego y mudo: así viví yo largo tiempo, para no vivir con la chusma del poder, de la pluma y de los placeres.
Fatigosamente subía escaleras mi espíritu, y con cautela; li­mosnas de placer fueron su alivio; apoyada en el bastón se arrastraba la vida para el ciego.
¿Qué me ocurrió, sin embargo? ¿Cómo me redimí de la náusea? ¿Quién rejuveneció mis ojos? ¿Cómo volé hasta la al­tura en la que ninguna chusma se sienta ya junto al pozo?
¿Mi propia náusea me proporcionó alas y me dio fuerzas que presienten las fuentes? ¡En verdad, hasta lo más alto tuve que volar para reencontrar el manantial del placer!
¡Oh, lo encontré, hermanos míos! ¡Aquí en lo más alto bro­ta para mí el manantial del placer! ¡Y hay una vida de la cual no bebe la chusma con los demás!
¡Casi demasiado violenta resulta tu corriente para mí, fuente del placer! ¡Y a menudo has vaciado de nuevo la copa queriendo llenarla!
Y todavía tengo que aprender a acercarme a ti con mayor modestia: con demasiada violencia corre aún mi corazón a tu encuentro: -
Mi corazón, sobre el que arde mi verano, el breve, ardiente, melancólico, sobrebienaventurado: ¡cómo apetece mi cora­zón estival tu frescura!
¡Disipada se halla la titubeante tribulación de mi primavera! ¡Pasada está la maldad de mis copos de nieve de junio! ¡En vera­no me he transformado enteramente y en mediodía de verano!
Un verano en lo más alto, con fuentes frías y silencio biena­venturado: ¡oh, venid, amigos míos, para que el silencio resul­te aún más bienaventurado!
Pues ésta es nuestra altura y nuestra patria: en un lugar de­masiado alto y abrupto habitamos nosotros aquí para todos los impuros y para su sed.
¡Lanzad vuestros ojos puros en el manantial de mi placer, amigos míos! ¡Cómo habría él de enturbiarse por ello! ¡En respuesta os reirá con su pureza!
En el árbol Futuro construimos nosotros nuestro nido; ¡águilas deben traernos en sus picos alimento a nosotros los so­litarios!175
¡En verdad, no un alimento del que también a los impuros les esté permitido comer! ¡Fuego creerían devorar y se abrasa­rían los hocicos!
¡En verdad, aquí no tenemos preparadas moradas para im­puros! ¡Una caverna de hielo significaría para sus cuerpos nuestra felicidad, y para sus espíritus!
Y cual vientos fuertes queremos vivir por encima de ellos, vecinos de las águilas, vecinos de la nieve, vecinos del sol: así es como viven los vientos fuertes.
E igual que un viento quiero yo soplar todavía alguna vez entre ellos, y con mi espíritu cortar la respiración a su espíri­tu: asílo quiere mi futuro.
En verdad, un viento fuerte es Zaratustra para todas las hondonadas; y este consejo da a sus enemigos y a todo lo que esputa y escupe: «¡Guardaos de escupir contra el viento!»176

Así habló Zaratustra.

175 Reminiscencia de 1 Reyes, 17, 6: «Los cuervos le llevaban [a Elías] pan por la mañana y carne por la tarde.» Aquí son águilas las que llevan la comida a los solitarios.
176 En Ecce homo cita Nietzsche un largo fragmento de este capítulo (desde «¿Pero qué me ha sucedido?»... hasta aquí) como ejemplo de la manera de hablar Zaratustra sobre «la redención de la náusea».

De las tarántulas177

Mira, ésa es la caverna de la tarántula! ¿Quieres verla a ella misma? Aquí cuelga su tela; tócala, para que tiemble. Ahí viene dócilmente: ¡bien venida, tarántula! Negro se asienta sobre tu espalda tu triángulo y emblema; y yo conoz­co también lo que se asienta en tu alma.
Venganza se asienta en tu alma: allí donde tú muerdes, se forma una costra negra; ¡con la venganza produce tu veneno vértigos al alma!
Así os hablo en parábola a vosotros los que causáis vértigos a las almas, ¡vosotros los predicadores de la igualdad! ¡Tarán­tulas sois vosotros para mí, y vengativos escondidos!
Pero yo voy a sacar a luz vuestros escondrijos: por eso me río en vuestra cara con mi carcajada de la altura.
Por eso desgarro vuestra tela, para que vuestra rabia os in­duzca a salir de vuestras cavernas de mentiras, y vuestra ven­ganza destaque detrás de vuestra palabra «justicia».
Pues que el hombre sea redimido de la venganza: ése es para mí el puente hacia la suprema esperanza y un arco iris después de prolongadas tempestades.
Mas cosa distinta es, sin duda, lo que las tarántulas quieren. «Llámese para nosotras justicia precisamente esto, que el mundo se llene de las tempestades de nuestra venganza» - así hablan ellas entre sí.
«Venganza queremos ejercer, y burla de todos los que no son iguales a nosotros» - esto se juran a sí mismos los corazo­nes de tarántulas.
«Y “voluntad de igualdad” - éste debe llegar a ser en ade­lante el nombre de la virtud; ¡y contra todo lo que tiene poder queremos nosotros elevar nuestros gritos!»
Vosotros predicadores de la igualdad, la demencia tiránica de la impotencia es lo que en vosotros reclama a gritos «igual­dad»: ¡vuestras más secretas ansias tiránicas se disfrazan, pues, con palabras de virtud!
Presunción amargada, envidia reprimida, tal vez presun­ción y envidia de vuestros padres: de vosotros brota eso en forma de llama y de demencia de la venganza.
Lo que el padre calló, eso habla en el hijo; y a menudo he encontrado que el hijo era el desvelado secreto del padre.
A los entusiastas se asemejan: pero no es el corazón lo que los entusiasma, - sino la venganza. Y cuando se vuelven suti­les y fríos, no es el espíritu, sino lo envidia lo que los hace su­tiles y fríos.
Sus celos los conducen también a los senderos de los pen­sadores; y éste es el signo característico de sus celos - van siempre demasiado lejos: hasta el punto de que su cansancio tiene finalmente que echarse a dormir incluso sobre nieve.
En cada una de sus quejas resuena la venganza, en cada uno de sus elogios hay un agravio; y ser jueces les parece la bienaventuranza.
Mas yo os aconsejo así a vosotros, amigos míos: ¡desconfiad de todos aquellos en quienes es poderosa la tendencia a impo­ner castigos!
Ése es pueblo de índole y origen malos; desde sus rostros miran el verdugo y el sabueso.
¡Desconfiad de todos aquellos que hablan mucho de su justi­cia! En verdad, a sus almas no es miel únicamente lo que les fal­ta.
Y si se llaman a sí mismos «los buenos y justos», no olvidéis que a ellos, para ser fariseos, no les falta nada más que - ¡po­der!
Amigos míos, no quiero que se me mezcle y confunda con otros.
Hay quienes predican mi doctrina acerca de la vida: y a la vez son predicadores de la igualdad, y tarántulas.
Su hablar en favor de la vida, aunque ellos están sentados en su caverna, esos arañas venenosas, y apartados de la vida: dé­bese a que ellos quieren así hacer daño.
Quieren así hacer daño a quienes ahora tienen el poder: pues entre éstos es donde mejor acogida sigue encontrando la predicación acerca de la muerte.
Si fuera de otro modo, los tarántulas enseñarían algo dis­tinto: y justamente ellos fueron en otro tiempo los que mejor calumniaron el mundo y quemaron herejes.
Con estos predicadores de la igualdad no quiero ser yo mezclado ni confundido. Pues a mí la justicia me dice así: «los hombres no son iguales»178.
¡Y tampoco deben llegar a serlo! ¿Qué sería mi amor al su­perhombre si yo hablase de otro modo?
Por mil puentes y veredas deben los hombres darse prisa a ir hacia el futuro, y débese implantar entre ellos cada vez más guerra y desigualdad: ¡así me hace hablar mi gran amor!
¡Inventores de imágenes y de fantasmas deben llegar a ser en sus hostilidades, y con sus imágenes y fantasmas deben combatir aún unos contra otros la batalla suprema!
Bueno y malo, y rico y pobre, y elevado y minúsculo, y to­dos los nombres de los valores: ¡armas deben ser, y signos rui­dosos de que la vida tiene que superarse continuamente a sí misma!
Hacia la altura quiere edificarse, con pilares y escalones, la vida misma: hacia vastas lejanías quiere mirar, y hacia biena­venturada belleza, - ¡por eso necesita altura!
¡Y como necesita altura, por eso necesita escalones, y con­tradicción entre los escalones y los que suben! Subir quiere la vida, y subiendo, superarse a sí misma.
¡Y ved, amigos míos! Aquí, donde está la caverna de la ta­rántula, levántanse hacia arriba las ruinas de un viejo templo - ¡contempladlo con ojos iluminados!
¡En verdad, quien en otro tiempo elevó aquí en piedra sus pensamientos como una torre, ése sabía del misterio de toda vida tanto como el más sabio!
Que existen lucha y desigualdad incluso en la belleza, y guerra por el poder y por el sobrepoder: esto es lo que él nos enseña aquí con símbolo clarísimo179.
Igual que aquí bóvedas y arcos divinamente se derrumban, en lucha a brazo partido: igual que con luz y sombra ellos, los llenos de divinas aspiraciones, se oponen recíprocamente -
¡Así, con igual seguridad y belleza, seamos tambien noso­tros enemigos, amigos míos! ¡Divinamente queremos opo­nernos unos a otros en nuestras aspiraciones! -
¡Ay! ¡A mí mismo me ha picado la tarántula, mi vieja ene­miga! ¡Divinamente segura y bella me ha picado en el dedo! «Castigo tiene que haber, y justicia - así piensa ella: ¡no debe cantar él aquí de balde cánticos en honor de la enemis­tad!»
¡Sí, se ha vengado! Y ¡ay!, ¡ahora, con la venganza, produci­rá vértigo también a mi alma!
Mas para que yo no sufra vértigo, amigos míos, ¡atadme fuertemente aquí a esta columna!180 ¡Prefiero ser un santo es­tilita que remolino de la venganza!
En verdad, no es Zaratustra un viento que dé vueltas, ni un remolino; y si es un bailarín, ¡nunca será un bailarín picado por la tarántula!181 -

Así habló Zaratustra.

177 Este apartado es un ejemplo más de la «atmósfera italiana» de esta segunda parte de Así habló Zaratustra. De ese modo se en­tiende igualmente la alusión final a la «tarantela».
178 Véase, en esta segunda parte, De los doctos.
179 Variación sobre el fragmento 51 (Diels-Kranz) de Heraclito: «No entienden cómo, al diverger, se converge consigo mismo: armonía propia del tender en direcciones opuestas, como la del arco y la de la lira».
180 Reminiscencia clásica: también Ulises pide a sus compañeros que lo aten al mástil de la nave para no ser arrastrado por los cantos de las sirenas. Véase Odisea, canto XII.
181 La traducción castellana manifiesta sólo uno de los dos sentidos que tiene simultáneamente la expresión alemana Tarantel­-Tänzer: el que baila la tarantela y el que gira bailando por haber sido picado por una tarántula. A la picadura de la tarántula se le atribuían antiguamente extraños efectos nerviosos; y también a la danza llamada «tarantela» se le atribuían poderes curativos con­tra esa picadura.

De los sabios famosos

Al pueblo habéis servido, y a la superstición del pueblo, todos vosotros, sabios famosos! - ¡y no a la verdad! Y precisa­mente por esto se os tributaba veneración.
Y también por esto se soportaba vuestra incredulidad, ya que ésta era un ardid y un camino indirecto para llegar al pueblo. Así deja el señor plena libertad a sus esclavos y se di­vierte además con la petulancia de éstos.
Mas quien al pueblo le resulta odioso, como se lo resulta un lobo a los perros: ése es el espíritu libre, el enemigo de las ca­denas, el que no adora, el que habita en los bosques.
Arrojarlo de su cobijo - eso es lo que ha significado siem­pre para el pueblo el «sentido de lo justo»: contra él continúa azuzando a sus perros de más afilados dientes.
«Pues la verdad está aquí: ¡ya que aquí está el pueblo! ¡Ay, ay de los que buscan!» - así se viene diciendo desde siempre.
A vuestro pueblo queríais darle razón en su veneración: ¡a eso lo llamasteis «voluntad de verdad» vosotros, sabios famosos! Y vuestro corazón se decía siempre a sí mismo: «del pueblo he venido: de allí me ha venido también la voz de Dios»182.
Duros de cerviz y prudentes, como el asno, habéis sido siempre vosotros en cuanto abogados del pueblo.
Y más de un poderoso que quería marchar bien con el pue­blo enganchó delante de sus corceles - un asnillo, un sabio fa­moso.
¡Y ahora yo quisiera, sabios famosos, que por fin arrojaseis totalmente de vosotros la piel de león!
¡La piel del animal de presa, de manchas multicolores, y las melenas del que investiga, busca, conquista!
¡Ay, para que yo aprendiera a creer en vuestra «veracidad» tendríais primero que hacer pedazos vuestra voluntad venera­dora!
Veraz - así llamo yo a quien se marcha a desiertos sin dio­ses y ha hecho pedazos su corazón venerador.
En medio de la arena amarilla, y quemado por el sol, cier­tamente mira a hurtadillas, sediento, hacia los oasis abun­dantes en fuentes, en donde seres vivos reposan bajo oscuros árboles.
Pero su sed no le persuade a hacerse igual a aquellos como­dones: pues donde hay oasis, allí hay también imágenes de ídolos.
Hambrienta, violenta, solitaria, sin dios: así es como se quiere a sí misma la voluntad leonina.
Emancipada de la felicidad de los siervos, redimida de dio­ses y adoraciones, impávida y pavorosa, grande y solitaria: así es la voluntad del veraz.
En el desierto han habitado desde siempre los veraces, los espíritus libres, como señores del desierto; pero en las ciuda­des habitan los bien alimentados y famosos sabios, - los ani­males de tiro.
Siempre, en efecto, tiran ellos, como asnos, - ¡del carro del pueblo!
No es que yo me enfade por esto con ellos: mas para mí si­guen siendo servidores, y uncidos, aunque brillen con arreos de oro.
Y a menudo han sido servidores buenos y dignos de ala­banza. Pues así habla la virtud: «¡Si tienes que ser servidor, busca a aquel a quien más aprovechen tus servicios!
El espíritu y la virtud de tu señor deben crecer por el hecho de ser tú su servidor: ¡así creces tú mismo junto con el espíri­tu y con la virtud de aquél!»
Y en verdad, ¡vosotros sabios famosos, vosotros servidores del pueblo! Vosotros mismos habéis crecido junto con el espí­ritu y con la virtud del pueblo - ¡y el pueblo mediante voso­tros! ¡En vuestro honor digo yo esto!
Mas pueblo seguís siendo vosotros para mí, incluso en vuestras virtudes, pueblo de ojos miopes, - ¡pueblo que no sabe qué es espíritu!
Espíritu es la vida que se saja a sí misma en vivo183: con el propio tormento aumenta su propio saber - ¿sabíais ya esto?
Y la felicidad del espíritu es ésta: ser ungido y ser consagra­do con lágrimas para víctima del sacrificio - ¿sabíais ya esto? Y la ceguera del ciego y su buscar y tantear deben seguir dando testimonio del poder del sol al que miró - ¿sabíais ya esto?
¡Y el hombre que conoce debe aprender a edificar con montañas! Es poco que el espíritu traslade montañas184 - ¿sa­bíais ya esto?
Vosotros conocéis sólo chispas del espíritu: ¡pero no veis el yunque que él es, ni la crueldad de su martillo!
¡En verdad, no conocéis el orgullo del espíritu! ¡Pero aún menos soportaríais la modestia del espíritu, si alguna vez ella quisiera hablar!
Y nunca todavía os ha sido lícito arrojar vuestro espíritu a una fosa de nieve; ¡no sois bastante ardientes para ello! Por esto tampoco conocéis los éxtasis de su frialdad.
Para mí vosotros os tomáis en todo demasiadas confianzas con el espíritu; y de la sabiduría hacéis con frecuencia un asi­lo y un hospital para malos poetas.
No sois águilas: por ello no habéis experimentado tampo­co la felicidad que hay en el terror del espíritu. Y quien no es pájaro no debe hacer su nido sobre abismos.
Me resultáis tibios185: pero fría es la corriente de todo cono­cimiento profundo. Gélidos son los pozos más íntimos del es­píritu: un alivio para manos y trabajadores ardientes.
Respetables estáis ahí para mí, y tiesos, y con la espalda de­recha, ¡vosotros, sabios famosos! - a vosotros no os empujan un viento y una voluntad poderosos.
¿No habéis visto jamás una vela caminar sobre el mar, re­dondeada e hinchada y temblorosa por el ímpetu del viento? Igual que la vela, temblorosa por el ímpetu del espíritu, ca­mina mi sabiduría sobre el mar - ¡mi sabiduría salvaje!
Pero vosotros servidores del pueblo, vosotros sabios famo­sos, - ¡cómo podríais vosotros marchar junto a mí! -

Así habló Zaratustra.

182 Alusión a la conocida frase vox populi, vox Dei (la voz del pueblo es la voz de Dios).
183 El «concienzudo del espíritu» dirá más tarde a Zaratustra, en la conversación que mantendrá con él, que fue precisamente esa en­señanza la que lo indujo a seguirlo. Véase, en la cuarta parte, La sanguijuela. Véase también, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 7.
184 «Trasladar montañas» es expresión bíblica. Véase el Evangelio de Mateo, 17, 20: «Tenéis poca fe. Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza le diríais a aquella montaña de allí que vinie­ra y vendría».
185 Alusión ala frase del Apocalipsis, 3,15-16: «¡Ojalá fueras frío o ca­liente! Mas como eres tibio, y ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.»

La canción de la noche186

Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtido­res. Y también mi alma es un surtidor187.
Es de noche: sólo ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante.
En mí hay algo insaciado, insaciable, que quiere hablar. En mí hay un ansia de amor, que habla asimismo el lenguaje del amor.
Luz soy yo: ¡ay, si fuera noche! Pero ésta es mi soledad, el es­tar circundado de luz.
¡Ay, si yo fuese oscuro y nocturno! ¡Cómo iba a sorber los pechos de la luz!
¡Y aun a vosotras iba a bendeciros, vosotras pequeñas es­trellas centelleantes y gusanos relucientes allá arriba! - y a ser dichoso por vuestros regalos de luz.
Pero yo vivo dentro de mi propia luz, yo reabsorbo en mí todas las llamas que de mí salen.
No conozco la felicidad del que toma; y a menudo he soña­do que robar tiene que ser aún más dichoso que tornar188.
Ésta es mi pobreza, el que mi mano no descansa nunca de dar; ésta es mi envidia, el ver ojos expectantes y las despejadas noches del anhelo.
¡Oh desventura de todos los que regalan! ¡Oh eclipse de mi sol! ¡Oh ansia de ansiar! ¡Oh hambre ardiente en la saciedad!
Ellos toman de mí: ¿pero toco yo siquiera su alma? Un abis­mo hay entre tomar y dar; el abismo más pequeño es el más difícil de salvar189.
Un hambre brota de mi belleza: daño quisiera causar a quienes ilumino, saquear quisiera a quienes colmo de regalos: - tanta es mi hambre de maldad.
Retirar la mano cuando ya otra mano se extiende hacia ella; semejante a la cascada, que sigue vacilando en su caída: - tanta es mi hambre de maldad.
Tal venganza se imagina mi plenitud; tal perfidia mana de mi soledad.
¡Mi felicidad en regalar ha muerto a fuerza de regalar, mi virtud se ha cansado de sí misma por su sobreabundancia!
Quien siempre regala corre peligro de perder el pudor; a quien siempre distribuye fórmansele, a fuerza de distribuir, callos en las manos y en el corazón.
Mis ojos no se llenan ya de lágrimas ante la vergüenza de los que piden; mi mano se ha vuelto demasiado dura para el tem­blar de manos llenas.
¿Adónde se fueron la lágrima de mi ojo y el plumón de mi corazón? ¡Oh soledad de todos los que regalan! ¡Oh taciturni­dad de todos los que brillan!
Muchos soles giran en el espacio desierto: a todo lo que es oscuro háblanle con su luz, - para mí callan.
Oh, ésta es la enemistad de la luz contra lo que brilla, el re­correr despiadada sus órbitas.
Injusto en lo más hondo de su corazón contra lo que brilla: frío para con los soles, - así camina cada sol.
Semejantes a una tempestad recorren los soles sus órbitas, ése es su caminar. Siguen su voluntad inexorable, ésa es su frialdad.
¡Oh, sólo vosotros los oscuros, los nocturnos, sacáis calor de lo que brilla! ¡Oh, sólo vosotros bebéis leche y consuelo de las ubres de la luz!
¡Ay, hielo hay a mi alrededor, mi mano se abrasa al tocar lo helado!190 ¡Ay, en mí hay sed, que desfallece por vuestra sed!
Es de noche: ¡ay, que yo tenga que ser luz! ¡Y sed de lo noc­turno! ¡Y soledad!
Es de noche: ahora, cual una fuente, brota de mí mi deseo, - hablar es lo que deseo.
Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor
Es de noche: ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante. –

Así cantó Zaratustra.

186 Títulos anteriores previstos por Nietzsche para este apartado fue­ron: Luz soy yo y La canción de la soledad. El propio Nietzsche hace en Ecce homo interesantes consideraciones sobre este poema. Le llama «el inmortal lamento de estar condenado, por la sobrea­bundancia de luz y poder, por la propia naturaleza solar, a no amar». Y después de trascribirlo íntegramente añade: «Nada igual se ha compuesto nunca, ni sentido nunca, ni sufrido nunca, así sufre un dios, un Dioniso. La respuesta a este ditirambo del ais­lamiento solar en la luz sería Ariadna... ¡Quien sabe, excepto yo, qué es Ariadna!»... Véase Ecce homo.
187 La alusión a los «surtidores» es, una vez más, reminiscencia italia­na, y se refiere a la fontana del Tritone, obra de Bernini, que ador­na la piazza Barberini en Roma. Es Nietzsche mismo el que dice esto: «En una loggia situada sobre la mencionada piazza (Barbe­rini], desde la cual se domina Roma con la vista y se oye, allá aba­jo en el fondo, murmurar la fontana, fue compuesta aquella can­ción, la más solitaria que jamás se ha compuesto, La canción de la noche.»
188 En Hechos de los Apóstoles, 20, 35, dice Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Efeso: «Hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en tomar.» Esta fra­se atribuida a Jesús por Pablo no la han conservado los Evangelios. Nietzsche invierte la sentencia: la infelicidad, dice, la otorga el dar; es mejor tomar; y aun mejor, robar y arrebatar. Véase, en la tercera parte, El retorno a casa, y, en la cuarta parte, El mendigo voluntario.
189 Véase, en la tercera parte, El convaleciente.
190 Una variación de esta idea puede verse en Más allá del bien y del mal: «¡Es tan frío, tan gélido, que al tocarlo nos quemamos los dedos! ¡Toda mano que lo agarra se es­panta! - Y justo por ello no son pocos los que lo tienen por ardien­te.»

La canción del baile

Un atardecer caminaba Zaratustra con sus discípulos por el bosque; y estando buscando una fuente he aquí que lle­gó a un verde prado a quien árboles y malezas silenciosamen­te rodeaban: en él bailaban, unas con otras, unas muchachas. Tan pronto como las muchachas reconocieron a Zaratustra dejaron de bailar; mas Zaratustra se acercó a ellas con gesto amistoso y dijo estas palabras
«¡No dejéis de bailar, encantadoras muchachas! No ha lle­gado a vosotras, con mirada malvada, ningún aguafiestas, ningún enemigo de muchachas.
Abogado de Dios soy yo ante el diablo: mas éste es el espí­ritu de la pesadez. ¿Cómo habría yo de ser, oh ligeras, hostil a bailes divinos? ¿O a pies de muchacha de hermosos tobillos?
Sin duda soy yo un bosque y una noche de árboles oscuros: sin embargo, quien no tenga miedo de mi oscuridad encon­trará también taludes de rosas debajo de mis cipreses.
Y asimismo encontrará ciertamente al pequeño dios que más querido les es a las muchachas: junto al pozo está tendi­do, quieto, con los ojos cerrados.
¡En verdad, se me quedó dormido en pleno día, el haragán! ¿Es que acaso corrió demasiado tras las mariposas?
¡No os enfadéis conmigo, bellas bailarinas, si castigo un poco al pequeño dios! Gritará ciertamente y llorará, - ¡mas a risa mueve él incluso cuando llora!
Y con lágrimas en los ojos debe pediros un baile; y yo mis­mo quiero cantar una canción para su baile:
Una canción de baile y de mofa contra el espíritu de la pe­sadez, mi supremo y más poderoso diablo, del que ellos dicen que es “el señor de este mundo”»191. -
Y ésta es la canción que Zaratustra cantó mientras Cupido y las muchachas bailaban juntos:

En tus ojos he mirado hace un momento, ¡oh vida!192 Y en lo insondable me pareció hundirme.
Pero tú me sacaste fuera con un anzuelo de oro; burlona­mente te reíste cuando te llamé insondable.
«Ése es el lenguaje de todos los peces, dijiste; lo que ellos no pueden sondar, es insondable.
Pero yo soy tan sólo mudable, y salvaje, y una mujer en todo, y no virtuosa:
Aunque para vosotros los varones me llame ‘la profunda’, o ‘la fiel’, ‘la eterna’, ‘la llena de misterio’.
Vosotros los varones, sin embargo, me otorgáis siempre como regalo vuestras propias virtudes - ¡ay, vosotros virtuo­sos!»
Así reía la increíble; mas yo nunca la creo, ni a ella ni a su risa, cuando habla mal de sí misma.
Y cuando hablé a solas con mi sabiduría salvaje, me dijo en­colerizada: «Tú quieres, tú deseas, tú amas, ¡sólo por eso ala­bas tú la vida!»
A punto estuve de contestarle mal y de decirle la verdad a la encolerizada; y no se puede contestar peor que «diciendo la verdad» a nuestra propia sabiduría.
Así están, en efecto, las cosas entre nosotros tres. A fondo yo no amo más que a la vida - ¡y, en verdad, sobre todo cuando la odio!
Y el que yo sea bueno con la sabiduría, y a menudo dema­siado bueno: ¡esto se debe a que ella me recuerda totalmente a la vida!
Tiene los ojos de ella, su risa, e incluso su áurea caña de pescar: ¿qué puedo yo hacer si las dos se asemejan tanto?
Y una vez, cuando la vida me preguntó: ¿Quién es, pues, ésa, la sabiduría? - yo me apresuré a responder: «¡Ah sí!, ¡la sabidu­ría!
Tenemos sed de ella y no nos saciamos, la miramos a través de velos, la intentamos apresar con redes.
¿Es hermosa? ¡Qué se yo! Pero hasta las carpas más viejas continúan picando en. su cebo.
Mudable y terca es; a menudo la he visto morderse los la­bios y peinarse a contrapelo.
Acaso es malvada y falsa, y una mujer en todo; pero cabal­mente cuando habla mal de sí es cuando más seduce.»
Cuando dije esto a la vida ella rió malignamente y cerró los ojos. «¿De quién estás hablando?, dijo, ¿sin duda de mí?
Y aunque tuvieras razón, - ¡decirme eso así a la cara! Pero ahora habla también de tu sabiduría.»
¡Ay, y entonces volviste a abrir tus ojos, oh vida amada! Y en lo insondable me pareció hundirme allí de nuevo. -

Así cantó Zaratustra. Mas cuando el baile acabó y las mucha­chas se hubieron ido de allí sintióse triste.
«Hace ya mucho que se puso el sol, dijo por fin; el prado está húmedo, de los bosques llega frío.
Algo desconocido está a mi alrededor y mira pensativo. ¡Cómo! ¿Tú vives todavía, Zaratustra?
¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué? ¿Hacia dónde? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿No es tontería vivir todavía? -
Ay, amigos mios, el atardecer es quien así pregunta desde mí. ¡Perdonadme mi tristeza!
El atardecer ha llegado: ¡perdonadme que el atardecer haya llegado!»

Así habló Zaratustra.

191 Así llama el Evangelio de Juan, 12, 31, al demonio (palabras de Je­sús a Andrés y Felipe, anunciando su glorificación por la muerte): «Ahora comienza un juicio contra el orden presente, y ahora el se­ñor de este mundo será arrojado fuera. Pero yo, cuando me levan­ten de la tierra, tiraré de todos hacia mí».
192 Con estas mismas palabras comenzará también La otra canción del baile, en la tercera parte de esta obra.

La canción de los sepulcros193

Allí está la isla de los sepulcros, la silenciosa; allí están también los sepulcros de mi juventud. A ella quiero llevar una corona siempre verde de vida».
Con este propósito en el corazón atravesé el mar. -
¡Oh vosotras, visiones y apariciones de mi juventud! ¡Oh vosotras, miradas todas del amor, vosotros instantes divinos! ¡Qué aprisa habéis muerto para mí! Me acuerdo de vosotros hoy como de mis muertos.
De vosotros, muertos queridísimos, llega hasta mí un dul­ce aroma que desata el corazón y las lágrimas. En verdad, ese aroma conmueve y alivia el corazón al navegante solitario.
Aún continúo siendo el más rico y el más digno de envidia - ¡yo el más solitario! Pues yo os tuve a vosotros, y vosotros me tuvisteis a mí: decid, La quién le cayeron del árbol, como a mí, tales manzanas de rosa?194
Aún continúo siendo heredero de vuestro amor, y tierra que en recuerdo vuestro florece con multicolores virtudes sil­vestres, ¡oh vosotros amadísimos!
Ay, estábamos hechos para permanecer próximos unos a otros, oh propicios y extraños prodigios; y vinisteis a mí y a mi deseo no como tímidos pájaros - ¡no, sino como confiados al confiado!
Sí, hechos para la fidelidad, como yo, y para delicadas eter­nidades: y ahora tengo que denominaros por vuestra infideli­dad, oh miradas e instantes divinos: ningún otro nombre he aprendido todavía.
En verdad, demasiado aprisa habéis muerto para mí, voso­tros fugitivos. Pero no huisteis de mí, tampoco yo huí de vo­sotros: inocentes somos unos para otros en nuestra infideli­dad.
¡Para matarme a os estrangularon a vosotros, pájaros cantores de mis esperanzas! Sí, contra vosotros, queridísi­mos, disparó la maldad siempre sus flechas - ¡para dar en mi corazón!
¡Y acertó! Porque vosotros erais lo más querido a mi cora­zón, mi posesión y mi ser-poseído: ¡por eso tuvisteis que mo­rir jóvenes y demasiado pronto!
Contra lo más vulnerable que yo poseía dispararon ellos la flecha: ¡lo erais vosotros, cuya piel es semejante a una suave pelusa, y, más todavía, a la sonrisa que fenece a causa de una mirada!
Pero estas palabras quiero decir a mis enemigos: ¡qué son todos los homicidios al lado de lo que me habéis hecho!
Algo peor me habéis hecho que todos los homicidios; algo irrecuperable me habéis quitado: - ¡así os hablo a vosotros, enemigos míos!
¡Pues habéis asesinado las visiones y los amadísimos prodi­gios de mi juventud! ¡Me habéis quitado mis compañeros de juego, los espíritus bienaventurados! En recuerdo suyo depo­sito esta corona y esta maldición.
¡Esta maldición contra vosotros, enemigos míos! ¡Pues acortasteis mi eternidad, así como un sonido se quiebra en noche fría! Casi tan sólo como un relampagueo de ojos divi­nos llegó hasta mí, - ¡como un instante!
Así dijo una vez en hora favorable mi pureza: «Divinos de­ben ser para mí todos los seres».
Entonces caísteis sobre mí con sucios fantasmas, ¡ay, adón­de huyó aquella hora favorable!
«Todos los días deben ser santos para mí» - así habló en otro tiempo la sabiduría de mi juventud195: ¡en verdad, pala­bras de una sabiduría gaya!
Pero entonces vosotros los enemigos me robasteis mis no­ches y las vendisteis a un tormento insomne: ay, ¿adónde huyó aquella sabiduría gaya?
En otro tiempo yo estaba ansioso de auspicios felices: enton­ces hicisteis que se me cruzase en el camino un búho monstruo­so, repugnante. Ay, ¿adónde huyó entonces mi tierna ansia?
A toda náusea prometí yo en otro tiempo renunciar: enton­ces transformasteis a mis allegados y prójimos en llagas puru­lentas. Ay, ¿adónde huyó entonces mi más noble promesa?
Como un ciego recorrí en otro tiempo caminos bienaven­turados: entonces arrojasteis inmundicias al camino del ciego: y él sintió náuseas del viejo sendero de ciegos.
Y cuando realicé mi empresa más dificil y celebraba la vic­toria de mis superaciones: entonces hicisteis gritar a quienes me amaban que yo era quien más daño les hacía.
En verdad, ése fue siempre vuestro obrar: transformasteis en hiel mi mejor miel y la laboriosidad de mis mejores abejas.
A mi benevolencia enviasteis siempre los mendigos más insolentes; en torno a mi compasión amontonasteis siempre a aquellos cuya desvergüenza no tenía curación. Así heristeis a mi virtud en su fe.
Y si yo llevaba al sacrificio lo más santo de mí: al instante vuestra «piedad» añadía sus dones más grasientos: de tal ma­nera que en el vaho de vuestra grasa quedaba sofocado hasta lo más santo de mí.
Y en otro tiempo quise bailar como jamás había bailado yo hasta entonces: más allá de todos los cielos quise bailar. En­tonces persuadisteis a mi cantor más amado.
Y éste entonó una horrenda y pesada melodía; ¡ay, la tocó a mis oídos como un tétrico cuerno!
¡Cantor asesino, instrumento de la maldad, inocentísimo! Ya estaba yo dispuesto para el mejor baile: ¡entonces asesinas­te con tus sones mi éxtasis!
Sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas: - ¡y ahora mi símbolo supremo se me ha quedado inexpreso en mis miembros!
¡Inexpresa y no liberada quedó en mí la suprema espe­ranza! ¡Y se me murieron todas las visiones y consuelos de mi juventud!
¿Cómo soporté aquello? ¿Cómo vencí y superé tales heri­das?196 ¿Cómo volvió mi alma a resurgir de esos sepulcros?
Sí, algo invulnerable, insepultable hay en mí, algo que hace saltar las rocas: se llama mi voluntad. Silenciosa e incambiada avanza a través de los años.
Su camino quiere recorrerlo con mis pies mi vieja voluntad; duro de corazón e invulnerable es para ella el sentido.
Invulnerable soy únicamente en mi talón197. ¡Todavía si­gues viviendo ahí y eres idéntica a ti misma, pacientísima! ¡Siempre conseguiste atravesar todos los sepulcros!
En ti vive todavía lo irredento de mi juventud; y como vida y juventud estás tú ahí sentada, llena de esperanzas, sobre amarillas ruinas de sepulcros.
Sí, todavía eres tú para mí la que reduce a escombros todos los sepulcros: ¡salud a ti, voluntad mía! Y sólo donde hay se­pulcros hay resurrecciones. -

Así cantó Zaratustra.

193 Otro título previsto por Nietzsche para este apartado en sus ma­nuscritos era La fiesta de los muertos. Ciertos comentaristas han querido ver en La canción de los sepulcros una sumaria enumera­ción de las diversas desilusiones y afrentas, reales o imaginarias, sufridas por Nietzsche en su vida. El propio título es sin duda una reminiscencia de la isla de San Michele, cementerio de Venecia, llamada también «isla de los muertos», y que ciertamente Nietzsche veía desde su ventana cuando en Venecia residía en Funda­menta Nuove. El «buho monstruoso y repugnante» representaría al filólogo (Wilamowitz von Möllendorff) que se atravesó en su carrera de catedrático universitario. El «cantor más amado», que, sin embargo, le entona una «horrenda y pesada melodía», sería Wagner, que le había insultado en su artículo Público y populari­dad, publicado en los Bayreuther Blätter (Hojas de Bayreuth); y así sucesivamente.
194 Sobre las «manzanas de rosa» véase luego la nota 416.
195 La primera edición de La gaya ciencia llevaba como motto esta cita de Emerson: «El poeta y el sabio consideran amigas y sagra­das todas las cosas, útiles todas las vivencias, santos todos los días, divinos todos los hombres.» En la segunda edición sustituyó esta cita por los cuatro versos siguientes:

Yo habito en mi propia casa,
jamás he imitado a nadie en nada,
y siempre me he reído además de todo maestro
que no se haya reído de sí mismo
Sobre la puerta de mi casa.
No es esta la única cita, literal o variada, que Nietzsche hace de Emerson en esta obra.
196 Nietzsche remeda aquí unas palabras de Isolda en el acto segun­do, escena segunda, de Tristán e Isolda. Dice Isolda:
Wie ertrug ich's nur?
Wie ertrag ich's noch?
¿Cómo soporté aquello?
¿Cómo continúo soportándolo?
197 Al revés de Aquiles, vulnerable únicamente en su talón.

De la superación de sí mismo198

Voluntad de verdad» llamáis vosotros sapientísimos> a lo que os impulsa y os pone ardorosos?
Voluntad de volver pensable todo lo que existe: ¡así llamo yo a vuestra voluntad!
Ante todo queréis hacer pensable todo lo que existe: pues dudáis, con justificada desconfianza, de que sea pensable.
¡Pero debe amoldarse y plegarse a vosotros! Así lo quiere vuestra voluntad. Debe volverse liso y someterse al espíritu, como su espejo y su imagen reflejada.
Ésa es toda vuestra voluntad, sapientísimos, una voluntad de poder; y ello aunque habléis del bien y del mal y de las va­loraciones.
Queréis crear el mundo ante el que podáis arrodillaros: ésa es vuestra última esperanza y vuestra última ebriedad.
Los no sabios, ciertamente, el pueblo, - son como el río so­bre el que avanza flotando una barca199: y en la barca se asien­tan solemnes y embozadas las valoraciones.
Vuestra voluntad yvuestros valores los habéis colocado so­bre el río del devenir; lo que es creído por el pueblo como bueno y como malvado me revela a mí una vieja voluntad de poder.
Habéis sido vosotros, sapientísimos, quienes habéis colo­cado en esa barca a tales pasajeros y quienes les habéis dado pompa y orgullosos nombres, - ¡vosotros y vuestra voluntad dominadora!
Ahora el río lleva vuestra barca: tiene que llevarla. ¡Poco importa que la ola rota eche espuma y que colérica se oponga a la quilla!
No es el río vuestro peligro y el final de vuestro bien y vuestro mal, sapientísimos: sino aquella voluntad misma, la voluntad de poder, - la inexhausta y fecunda voluntad de vida.
Mas para que vosotros entendáis mi palabra acerca del bien y del mal200: voy a deciros todavía mi palabra acerca de la vida y acerca de la índole de todo lo viviente.
Yo he seguido las huellas de lo vivo, he recorrido los cami­nos más grandes y los más pequeños, para conocer su índole.
Con centuplicado espejo he captado su mirada cuando te­nía cerrada la boca: para que fuesen sus ojos los que me habla­sen. Y sus ojos me han hablado.
Pero en todo lugar en que encontré seres vivientes oí ha­blar también de obediencia. Todo ser viviente es un ser obediente.
Y esto es lo segundo: Se le dan órdenes al que no sabe obe­decerse a sí mismo. Así es la índole de los vivientes.
Pero esto es lo tercero que oí: que mandar es más difícil que obedecer. Y no sólo porque el que manda lleva el peso de to­dos los que obedecen, y ese peso fácilmente lo aplasta: -
Un ensayo y un riesgo advertí en todo mandar; y siempre que el ser vivo manda se arriesga a sí mismo al hacerlo.
Aún más, también cuando se manda a sí mismo tiene que expiar su mandar. Tiene que ser juez y vengador y víctima de su propia ley.
¡Cómo ocurre esto!, me preguntaba. ¿Qué es lo que persuade a lo viviente a obedecer y a mandar y a ejercer obedien­cia incluso cuando manda?
¡Escuchad, pues, mi palabra, sapientísimos! ¡Examinad se­riamente si yo me he deslizado hasta el corazón de la vida y hasta las raíces de su corazón!
En todos los lugares donde encontré seres vivos encontré voluntad de poder; e incluso en la voluntad del que sirve en­contré voluntad de ser señor.
A servir al más fuerte, a eso persuádele al más débil su vo­luntad, la cual quiere ser dueña de lo que es más débil todavía: a ese solo placer no le gusta renunciar.
Y así como lo más pequeño se entrega a lo más grande, para disfrutar de placer y poder sobre lo mínimo: así también lo máximo se entrega y por amor al poder - expone la vida.
Ésta es la entrega de lo máximo, el ser riesgo y peligro y un juego de dados con la muerte.
Y donde hay inmolación y servicios y miradas de amor: allí hay también voluntad de ser señor. Por caminos tortuosos se desliza lo más débil hasta el castillo y hasta el corazón del más poderoso - y le roba poder.
Y este misterio me ha confiado la vida misma. «Mira, dijo, yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo.
En verdad, vosotros llamáis a esto voluntad de engendrar o instinto de finalidad, de algo más alto, más lejano, más vario: pero todo eso es una única cosa y un único misterio.
Prefiero hundirme en mi ocaso antes que renunciar a esa única cosa; y, en verdad, donde hay ocaso y caer de hojas, mira, allí la vida se inmola a sí misma - ¡por el poder!
Pues yo tengo que ser lucha y devenir y finalidad y contra­dicción de las finalidades: ¡ay, quien adivina mi voluntad, ése adivina sin duda también por qué caminos torcidos tiene él que caminar!
Sea cual sea lo que yo crea, y el modo como lo ame, - pron­to tengo que ser adversario de ello y de mi amor: así lo quiere mi voluntad.
Y también tú, hombre del conocimiento, eras tan sólo un sendero y una huella de mi voluntad: ¡en verdad, mi voluntad de poder camina también con los pies de tu voluntad de ver­dad!
No ha dado ciertamente en el blanco de la verdad quien disparó hacia ella la frase de la `voluntad de existir201: ¡esa vo­luntad - no existe!
Pues: lo que no es, eso no puede querer; mas lo que está en la existencia, ¡cómo podría seguir queriendo la existencia!
Sólo donde hay vida hay también voluntad: pero no volun­tad de vida, sino - así te lo enseño yo - ¡voluntad de poder!
Muchas cosas tiene el viviente en más alto aprecio que la vida misma; pero en el apreciar mismo habla - ¡la voluntad de poder!» -
Esto fue lo que en otro tiempo me enseñó la vida: y con ello os resuelvo yo, sapientísimos, incluso el enigma de vuestro corazón.
En verdad, yo os digo: ¡Un bien y un mal que sean impere­cederos - no existen! Por sí mismos deben una y otra vez su­perarse a sí mismos.
Con vuestros valores y vuestras palabras del bien y del mal ejercéis violencia, valoradores: y ése es vuestro oculto amor, y el brillo, el temblor y el desbordamiento de vuestra propia alma.
Pero una violencia más fuerte surge de vuestros valores, y una nueva superación: al chocar con ella se rompen el huevo y la cáscara.
Y quien tiene que ser un creador en el bien y en el mal202: en verdad, ése tiene que ser antes un aniquilador y quebrantar valores.
Por eso el mal sumo forma parte de la bondad suma: mas ésta es la bondad creadora. -
Hablemos de esto, sapientísimos, aunque sea desagrada­ble. Callar es peor; todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas.
¡Y que caiga hecho pedazos todo lo que en nuestras verda­des - pueda caer hecho pedazos! ¡Hay muchas casas que construir todavía!

Así habló Zaratustra.

198 En sus manuscritos Nietzsche había previsto para este capítulo también el título: Del bien y del mal. En él desarrolla ampliamen­te Nietzsche el tema de la «voluntad de poder», ya aparecido an tes; véase, en Los discursos de Zaratustra, el titulado De las mil me­tas y de la única meta; y la nota 94.
199 Posible alusión irónica a La nave de los locos, el poema alegórico y satírico de Sebastian Brant.
200 Recuérdese lo dicho en la nota 198 sobre el primitivo título de este apartado.
201 La expresión «voluntad de existir» es de Schopenhauer.
202 En Ecce homo, «¿Por qué soy un destino?», 2, cita Nietzsche esta frase, con una significativa varia­ción: donde aquí dice: «tiene que» (muss), allí dice: «quiere» (will).


De los sublimes

Silencioso es el fondo de mi mar: ¡quién adivinaría que esconde monstruos juguetones!
Imperturbable es mi profundidad: mas resplandece de enigmas y risas flotantes.
Hoy he visto un sublime, un solemne, un penitente del es­píritu203: ¡oh, cómo se rió mi alma de su fealdad!
Con el pecho levantado, y semejante a quienes están aspi­rando aire: así estaba él, el sublime, y callaba:
Guarnecido de feas verdades, su botín de caza, y con mu­chos vestidos desgarrados; también pendían de él muchas es­pinas - pero no vi ninguna rosa.
Aún no había aprendido la risa ni la belleza. Sombrío vol­vía este cazador del bosque del conocimiento.
De luchar con animales salvajes volvía a casa: mas desde su seriedad continúa mirando un animal salvaje - ¡un animal no vencido aún!
Ahí continúa estando, como un tigre que quiere saltar; pero a mí no me agradan esas almas tensas, a mi gusto le re­pugnan todos esos contraídos.
¿Y vosotros me decís, amigos, que no se ha de disputar so­bre el gusto y el sabor? ¡Pero toda vida es una disputa por el gusto y por el sabor!204
Gusto: es el peso y, a la vez, la balanza y el que pesa; ¡y ay de todo ser vivo que quisiera vivir sin disputar por el peso y por la balanza y por los que pesan!
Si este sublime se fatigase de su sublimidad: entonces co­menzaría su belleza, - sólo entonces quiero yo gustarlo y en­contrarlo sabroso.
Y sólo cuando se aparte de sí mismo saltará por encima de su propia sombra - y, ¡en verdad!, penetrará en su sol. Demasiado tiempo ha estado sentado en la sombra, pálidas se le han puesto las mejillas al penitente del espíritu; casi mu­rió de hambre a causa de sus esperas.
Desprecio hay todavía en sus ojos; y náusea se esconde en su boca205. Ahora reposa, ciertamente, pero su reposo no se ha tendido todavía al sol.
Debería hacer como el toro; y su felicidad debería oler a tierra y no a desprecio de la tierra.
Como un toro blanco quisiera yo verlo, resoplando y mu­giendo mientras marcha delante del arado: ¡y su mugido de­bería alabar además todo lo terreno!
Oscuro es todavía su rostro; la sombra de la mano juega so­bre él. Ensombrecido está todavía el sentido de sus ojos.
Su acción misma es todavía la sombra sobre él: la mano os­curece al que actúa. Aún no ha superado su acción.
Es verdad que yo amo en él la nuca de toro: mas ahora quiero ver también incluso los ojos de ángel.
También su voluntad de héroe tiene todavía que olvidarla: un elevado debe ser él para mí, y no sólo un sublime: - ¡el éter mismo debería elevarlo a él, el falto de voluntad!
Él ha domeñado monstruos, ha resuelto enigmas: pero aún debería redimir a sus propios monstruos y enigmas, en hijos celestes debería aún transformarlos.
Su conocimiento no ha aprendido todavía a sonreír y a no tener celos; aún no se ha vuelto tranquila en la belleza su cau­dalosa pasión.
En verdad, no en la saciedad debería callar y sumergirse su ansia, ¡sino en la belleza! El encanto forma parte de la magna­nimidad de los magnánimos.
Con el brazo apoyado sobre la cabeza: así debería reposar el héroe, así debería superar incluso su reposo.
Pero cabalmente al héroe lo bello le resulta la más dificil de todas las cosas. Inconquistable es lo bello para toda voluntad violenta.
Un poco más, un poco menos: justo eso es aquí mucho, es aquí lo más.
Estar en pie con los músculos relajados y con la voluntad desuncida: ¡eso es lo más difícil para todos vosotros, los su­blimes!
Cuando el poder se vuelve clemente y desciende hasta lo vi­sible: belleza llamo yo a tal descender.
Y de nadie quiero yo belleza tanto como precisamente de ti, violento: sea tu bondad tu última superación de ti mismo.
De todo mal te creo capaz: por ello quiero yo de ti el bien. ¡En verdad, a menudo me he reído de los debiluchos que se creen buenos porque tienen zarpas tullidas!
A la virtud de la columna debes aspirar: más bella y más de­licada se va tornando, pero en lo interior más dura y más ro­busta, cuanto más asciende.
Sí, sublime, alguna vez también tú debes ser bello y presen­tar el espejo a tu propia belleza.
Entonces tu alma se estremecerá de ardientes deseos divi­nos; ¡y habrá adoración incluso en tu vanidad!
Éste es, en efecto, el misterio del alma: sólo cuando el héroe la ha abandonado acércase a ella, en sueños, - el super-héroe.

Así habló Zaratustra.

203 El «penitente del espíritu» alude irónicamente, entre otros, a Wagner. Es un concepto importante en esta obra, que aquí apare­ce por vez primera. Se lo vuelve a citar más adelante, en De los poe­tas, y alcanza su pleno desarrollo en la cuarta parte, El mago.
204 Véase Humano, demasiado humano, II, «Opiniones y sentencias mezcladas», el 170, titulado «Los alemanes en el teatro», al final: «¡Bienaventurados los que tienen un gusto, aunque sea un mal gusto! - y no sólo bienaventurado, sino también sabio es cosa que sólo se puede llegar a ser en virtud de esa cualidad: por eso los griegos, que en tales cuestiones eran muy finos, designaron al sa­bio con una palabra que significa el hombre de gusto, y llamaron a la sabiduría, tanto artística como cognoscitiva, “gusto” (Sophia).»
205 Véase la nota 9.

Del país de la cultura206

Demasiado me había adentrado yo volando en el futuro: un estremecimiento de horror se apoderó de mí.
Y cuando miré a mi alrededor, he aquí que el tiempo era mi único contemporáneo.
Entonces huí hacia atrás, hacia el hogar - y cada vez más aprisa: así llegué a vosotros, hombres del presente, y al país de la cultura.
Por vez primera llevaba yo conmigo unos ojos para veros, y buenos deseos: en verdad, con anhelo en el corazón llegué.
Mas, ¿qué me ocurrió? A pesar de mi angustia - ¡tuve que echarme a reír! ¡Nunca habían visto mis ojos algo tan abiga­rrado!
Yo reía y reía mientras el pie aún me temblaba, así como el corazón: «¡Ésta es sin duda la patria de todos los tarros de co­lores!» - dije.
Con cincuenta chafarrinones teníais pintados el rostro y los miembros: ¡así estabais sentados, para mi asombro, hom­bres del presente!
¡Y con cincuenta espejos a vuestro alrededor, que halaga­ban el juego de vuestros colores y lo reproducían!
¡En verdad, no podríais llevar mejor máscara, hombres del presente, que vuestro propio rostro! ¡Quién podría - reconoceros!
Emborronados con los signos del pasado, los cuales esta­ban a su vez embadurnados con otros signos: ¡así os habéis es­condido bien de todos los intérpretes de signos!
Y aun cuando se sea un escrutador de riñones207: ¡quién creerá que vosotros tenéis riñones! De colores parecéis estar amasados, y de papeles encolados.
Todas las épocas y todos los pueblos miran abigarrada­mente desde vuestros velos; todas las costumbres y todas las creencias hablan abigarradamente desde vuestros gestos208.
Quien os quitase velos y aderezos y colores y gestos: toda­vía tendría bastante para espantar a los pájaros con el resto.
En verdad, yo mismo soy el pájaro espantado que una vez os vio desnudos y sin colores; y me escapé volando de allí cuando el esqueleto me hizo señas amorosas.
¡Preferiría ser jornalero en el submundo y entre las sombras del pasado!209 - ¡más gruesos y rellenos que vosotros son cier­tamente los habitantes del submundo!
¡Esto, sí, esto es amargura para mis intestinos, el no sopor­taros ni desnudos ni vestidos a vosotros, los hombres del pre­sente!
Todas las cosas siniestras del futuro, y todas las que alguna vez espantaron a pájaros extraviados, más confortables son, en verdad, y más familiares que vuestra «realidad».
Pues habláis así: «Nosotros somos enteramente reales, y ajenos a la fe y a la superstición»: así hincháis el pecho - ¡ay, aunque ni siquiera tenéis pechos!
Sí, ¡cómo ibais a poder creer vosotros, gentes salpicadas de múltiples colores! - ¡si sois estampas de todo lo que alguna vez fue creído!
Refutaciones ambulantes sois de la fe misma, y una dislocación de todos los pensamientos. Indignos de fe: ¡así os llamo yo a vosotros, reales!
Todas las épocas han parloteado unas contra otras en vues­tros espirítus; ¡y los sueños y parloteos de todas las épocas eran más reales incluso que vuestra vigilia!
Estériles sois: por eso os falta a vosotros la fe. Pero el que tuvo que crear, ése tuvo siempre también sus sueños proféti­cos y sus signos estelares - ¡y creía en la fe! -
Puertas entreabiertas sois vosotros, junto a las cuales aguardan sepultureros. Y ésta es vuestra realidad: «Todo es digno de perecer»210.
¡Ay, cómo aparecéis ante mí, estériles, con qué costillas tan flacas! Y algunos de vosotros se han dado sin duda cuenta de ello.
Y dijeron: «¿Es que un dios nos ha sustraído secretamente algo mientras dormíamos? ¡En verdad, bastante para formar­se con ello una mujercilla!211
¡Asombrosa es la pobreza de nuestras costillas!», así han hablado ya algunos de los hombres del presente.
¡Sí, risa me causáis, hombres del presente! ¡Y especialmen­te cuando os asombráis de vosotros mismos!
¡Y ay de mí si no pudiera yo reírme de vuestro asombro y tuviera que tragarme todas las repugnantes cosas de vuestras escudillas!
Pero quiero tomaros a la ligera, pues yo tengo que llevar co­sas pesadas; ¡y qué me importa el que escarabajos y gusanos voladores se posen sobre mi carga!
¡En verdad, no por ello me ha de pesar más! Y no de vosotros, hombres del presente, debe llegarme a mí la gran fatiga. -
¡Ay, adónde debo ascender yo todavía con mi anhelo! Des­de todas las altas montañas busco con la vista el país de mis padres y de mis madres212.
Pero no he encontrado hogar en ningún sitio: un nómada soy yo en todas las ciudades, y una despedida junto a todas las puertas.
Ajenos me son, y una burla, los hombres del presente, ha­cia quienes no hace mucho me empujaba el corazón; y deste­rrado estoy del país de mis padres y de mis madres.
Por ello amo yo ya tan sólo el país de mis hijos213, el no des­cubierto, en el mar remoto: que lo busquen incesantemente ordeno yo a mis velas.
En mis hijos quiero reparar el ser hijo de mis padres: ¡y en todo futuro - este presente!

Así habló Zaratustra.

206 Otro título previsto por Nietzsche en sus manuscritos para este apartado era: De los hombres del presente.
207 Expresión bíblica; véase el Salmo 7,10: «Dios, justo, escrutador del corazón y de los riñones». Aquí es una parábola del «psicólogo», entendido en el sentido de Nietzsche. Véase Ecce homo.
208 Nietzsche se burla aquí del «historicismo», tal como lo había ata­cado ya en la segunda de sus Consideraciones intempestivas, titu­lada Sobre la utilidad y la desventaja de la ciencia histórica para la vida.
209 Paráfrasis de las palabras de Aquiles a Ulises en la Odisea, canto XI, versos 489-491: «No intentes consolarme de la muerte, ilustre Ulises; preferiría ser labrador y servir a otro, a un hombre indigen­te que tuviera pocos caudales para mantenerse, a reinar sobre los muertos, que ya no son nada.»
210 Palabras de Mefistófeles en el Fausto, versos 1339-1340. Véase, en esta segunda parte, De la redención, y la nota 259.
211 Alusión a Génesis, 2, 21: «Entonces Yahvé Dios hizo caer un pro­fundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas... y con ella formó una mujer.»
212 Vaterland, Mutterland: «patria» y «matria» sería también otra traducción posible de esas dos palabras alemanas. Mas este intento de lograr en castellano el mismo juego verbal que en alemán queda roto por el Kinderland que aparece a continuación. De ahí la traducción: «país de los padres», «país de las madres» y «país de los hijos».
213 Véase la nota anterior. Al «país de los hijos» vuelve Nietzsche a aludir en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 12, y 28. En La pedagogía social como programa politico Orte­ga alude a esta idea (véase Obras Completas, 1): «Hay, em­pero, otra noción de patria. No la tierra de los padres, decía Nietzsche, sino la tierra de los hijos. Patria no es el pasado y el pre­sente... Es algo que todavía no existe...»

Del inmaculado conocimiento214

Cuando ayer salía la luna me pareció que iba a dar a luz un sol: tan abultada y grávida yacía en el horizonte.
Pero me mintió con su preñez; y antes creería yo en el hom­bre de la luna que en la mujerz'215.
Ciertamente, poco hombre es también ese tímido noctámbu­lo. En verdad, con mala conciencia deambula sobre los tejados. Pues es lascivo y celoso el monje que hay en la luna, lascivo de la tierra y de todas las alegrías de los amantes.
¡No, no me gusta ese gato sobre los tejados! ¡Me repugnan todos los que rondan furtivamente las ventanas entornadas! Piadosa y silente camina sobre alfombras de estrellas: - mas no me gustan, en el varón, esos pies sigilosos, en los que ni siquiera una espuela mete ruido.
El paso de todo hombre honesto habla; pero el gato se escu­rre furtivo por el suelo. Mira, gatuna y deshonesta avanza la luna. -
¡Esta parábola os ofrezco a vosotros los sensibles hipócri­tas, a vosotros los hombres del «puro conocimiento»! ¡A vo­sotros yo os llamo - lascivos!
También vosotros amáis la tierra y las cosas terrenas: ¡os he adivinado bien! - pero vergüenza hay en vuestro amor, y mala conciencia, - ¡os parecéis a la luna!
A que despreciéis a la tierra ha persuadido alguien a vues­tro espíritu, pero no a vuestras entrañas: ¡mas éstas son lo más fuerte en vosotros!
Y ahora vuestro espíritu se avergüenza de estar a merced de vuestras entrañas, y a causa de su propia vergüenza recorre caminos tortuosos y embusteros.
«Para mí sería lo más elevado - así se dice a sí mismo vues­tro mendaz espíritu - mirar a la tierra sin codicia y sin tener la lengua colgando, como el perro:
¡Ser feliz en el contemplar, con una voluntad ya muerta, ajeno a la rapacidad y a la avaricia del egoísmo - frío y gris en todo el cuerpo, mas con ebrios ojos de luna!»
«Lo más querido sería para mí - así se seduce a sí mismo el seducido - amar la tierra tal como la ama la luna, y sólo con los ojos palpar su belleza.
Y el conocimiento inmaculado de todas las cosas sea para mí el no querer nada de las cosas: excepto el que me sea lícito yacer ante ellas como un espejo de cien ojos.216» -
¡Oh, sensibles hipócritas, lascivos! A vosotros os falta la inocencia en el deseo: ¡y por eso ahora calumniáis el desear! ¡En verdad, no como creadores, engendradores, gozosos de devenir amáis vosotros la tierra!
¿Dónde hay inocencia? Allí donde hay voluntad de engen­drar. Y el que quiere crear por encima de sí mismo, ése tiene para mí la voluntad más pura.
¿Dónde hay belleza? Allí donde yo tengo que querer con toda mi voluntad; allí donde yo quiero amar y hundirme en mi ocaso, para que la imagen no se quede sólo en imagen.
Amar y hundirse en su ocaso: estas cosas van juntas desde la eternidad. Voluntad de amor: esto es aceptar de buen gra­do incluso la muerte. ¡Esto es lo que yo os digo, cobardes!
¡Pero ahora vuestro castrado bizquear quiere llamarse «contemplación»! ¡Y lo que se deja palpar con ojos cobardes debe ser bautizado con el nombre de «bello»! ¡Oh, mancilla­dores de nombres nobles!
Mas ésta debe ser vuestra maldición, inmaculados, hom­bres del puro conocimiento, el que jamás daréis a luz: ¡y ello aunque yazcáis abultados y grávidos en el horizonte!
En verdad, vosotros os llenáis la boca con palabras nobles: iy nosotros debemos creer que el corazón os rebosa, embus­teros?217
Pero mis palabras son palabras pequeñas, despreciadas, torcidas: me gusta recoger lo que en vuestros banquetes cae debajo de la mesa218.
¡Con ellas puedo siempre todavía - decir la verdad a los hi­pócritas! ¡Sí, mis espinas de pescado, mis conchas y mis car­dos deben - cosquillear las narices a los hipócritas!
Aire viciado hay siempre en torno a vosotros y a vuestros banquetes: ¡vuestros lascivos pensamientos, vuestras menti­ras y disimulos están, en efecto, en el aire!
¡Osad primero creeros a vosotros mismos - a vosotros y a vuestras entrañas! El que no se cree a sí mismo miente siempre.
Una máscara de un dios habéis colgado delante de vosotros mismos, «puros»: en una máscara de un dios se ha introduci­do, arrastrándose, vuestra asquerosa lombriz.
¡En verdad, vosotros engañáis, «contemplativos»! También Zaratustra fue en otro tiempo el chiflado de vuestras pieles di­vinas; no adivinó las enroscadas serpientes de que estaban llenas esas pieles.
¡En otro tiempo me imaginé ver jugar el alma de un dios en vuestros juegos, hombres del puro conocimiento! ¡En otro tiempo me imaginé que no había mejor arte que vuestras artes!
La distancia me ocultaba la inmundicia de serpientes y su mal olor: y que aquí rondaba, lasciva, la astucia de un lagarto.
Pero me aproximé a vosotros: entonces llegó a mí el día - y ahora él viene a vosotros, - ¡se acabaron los amores con la luna!
¡Mirad! ¡Atrapada y pálida se encuentra ahí la luna - antela aurora!
¡Pues ya llega ella, la incandescente, - llega su amor a la tie­rra! ¡Inocencia y deseo propio de creador es todo amor solar!
¡Mirad cómo se eleva impaciente sobre el mar! ¿No sentís la sed y la ardiente respiración de su amor?
Del mar quiere sorber, y beber su profundidad llevándose­la a lo alto: entonces el deseo del mar se eleva con mil pechos.
Besado y sorbido quiere ser éste por la sed del sol; ¡en luz quiere convertirse, y en altura y en huella de luz, y en luz mis­ma!
En verdad, igual que el sol amo yo la vida y todos los mares profundos.
Y esto significa para mí conocimiento: todo lo profundo debe ser elevado - ¡hasta mi altura!

Así habló Zaratustra.

214 El título alemán, Von der unbefleckten Erkenntnis, es, por su seme­janza fonética, una parodia de Von der unbefleckten Empfängnis ­(De la Inmaculada Concepción). Otro título pensado por Nietzsche en sus manuscritos para este apartado decía: A los contempla­tivos.
215 Juego de palabras en alemán, basado en que en este idioma Mond (luna) es de género masculino. Por otro lado, la creencia de que «hay un hombre en la luna», cuyo rostro puede percibirse en ella, es leyenda popular e infantil común a varios pueblos.
216 Un amplio desarrollo del «conocimiento objetivo» como espejo puede verse en el 207 de Más allá del bien y del mal.
217 Paráfrasis del Evangelio de Mateo, 12, 34: «De lo que rebosa el co­razón habla la boca.»
218 Alusión al Evangelio de Lucas, 16, 21 (parábola del hombre rico y el mendigo Lázaro): «Lázaro deseaba hartarse de lo que caía deba­jo de la mesa del rico.»

De los doctos

M ¡entras yo yacía dormido en el suelo vino una oveja a pacer de la corona de hiedra de mi cabeza, - pació y dijo: «Za­ratustra ha dejado de ser un docto».
Así dijo, y se marchó hinchada y orgullosa219. Me lo ha con­tado un niño.
Me gusta estar echado aquí donde los niños juegan, junto al muro agrietado, entre cardos y rojas amapolas.
Todavía soy un docto para los niños, y también para los car­dos y las rojas amapolas. Son inocentes, incluso en su maldad.
Mas para las ovejas he dejado de serlo: así lo quiere mi des­tino - ¡bendito sea!
Pues ésta es la verdad: he salido de la casa de los doctos: y además he dado un portazo a mis espaldas.
Durante demasiado tiempo mi alma estuvo sentada ham­brienta a su mesa; yo no estoy adiestrado al conocer como ellos, que lo consideran un cascar nueces.
Amo la libertad, y el aire sobre la tierra fresca; prefiero dor­mir sobre pieles de buey que sobre sus dignidades y respeta­bilidades.
Yo soy demasiado ardiente y estoy demasiado quemado por pensamientos propios: a menudo me quedo sin aliento. Enton­ces tengo que salir al aire libre y alejarme de los cuartos llenos de polvo.
Pero ellos están sentados, fríos, en la fría sombra: en todo quieren ser únicamente espectadores, y se guardan de sentar­se allí donde el sol abrasa los escalones.
Semejantes a quienes se paran en la calle y miran boquia­biertos a la gente que pasa: así aguardan también ellos y mi­ran boquiabiertos a los pensamientos que otros han pensado.
Si se los toca con las manos, levantan, sin quererlo, polvo a su alrededor, como si fueran sacos de harina; ¿pero quién adi­vinaría que su polvo procede del grano y de la amarilla delicia de los campos de estío?
Cuando se las dan de sabios, sus pequeñas sentencias yver­dades me hacen tiritar de frío: en su sabiduría hay a menudo un olor como si procediese de la ciénaga: y en verdad, ¡yo he oído croar en ella a la rana!
Son hábiles, tienen dedos expertos: ¡qué quiere mi sencillez en medio de su complicación! De hilar y de anudar y de tejer entienden sus dedos: ¡así hacen los calcetines del espíritu!
Son buenos relojes: ¡con tal de que se tenga cuidado de dar­les cuerda a tiempo! Entonces señalan la hora sin fallo y, al ha­cerlo, producen un discreto ruido220.
Trabajan igual que molinos y morteros: ¡basta con echarles nuestros cereales! - ellos saben moler bien el grano y conver­tirlo en polvo blanco.
Se miran unos a otros los dedos y no se fían del mejor. Son hábiles en inventar astucias pequeñas, aguardan a aquellos cuya ciencia anda con pies tullidos, - aguardan igual que ara­ñas.
Siempre les he visto preparar veneno con cautela; y siem­pre, al hacerlo, se cubrían los dedos con guantes de cristal.
También saben jugar con dados falsos; y los he encontrado jugando con tanto ardor que al hacerlo sudaban.
Somos recíprocamente extraños, y sus virtudes repugnan a mi gusto aún más que sus falsedades y sus dados engañosos.
Y cuando yo habitaba entre ellos habitaba por encima de ellos. Por esto se enojaron conmigo.
No quieren siquiera oír decir que alguien camina por, enci­ma de sus cabezas; y por ello colocaron maderas y tierra e in­mundicias entre mí y sus cabezas.
Así amortiguaron el sonido de mis pasos: y, hasta hoy, quienes peor me han oído han sido los más doctos de to­dos221.
Entre ellos y yo han colocado las faltas y debilidades de to­dos los hombres: - «techo falso» llaman a esto en sus casas.
Mas, a pesar de todo, con mis pensamientos camino por encima de sus cabezas; y aun cuando yo quisiera caminar so­bre mis propios errores, continuaría estando por encima de ellos y de sus cabezas.
Pues los hombres no son iguales: así habla la justicia 222 , ¡y lo que yo quiero, eso a ellos no les ha sido lícito quererlo!



De los poetas

Desde que conozco mejor el cuerpo, - dijo Zaratustra a uno de sus discípulos - el espíritu no es ya para mí más que un modo de expresarse; y todo lo ‘imperecedero’ - es también sólo un símbolo»223.
«Esto ya te lo he oído decir otra vez, respondió el discípu­lo; y entonces añadiste: “mas los poetas mienten demasia­do?”224. ¿Por qué dijiste que los poetas mienten demasiado?»
«¿Por qué?, dijo Zaratustra. ¿Preguntas por qué? No soy yo de esos a quienes sea lícito preguntarles por su porqué.
¿Es que mi experiencia vital es de ayer? Hace ya mucho tiempo que viví las razones de mis opiniones.
¿No tendría yo que ser un tonel de memoria si quisiera te­ner conmigo también mis razones?
Ya me resulta demasiado incluso el retener mis opiniones; y más de un pájaro se escapa volando.
A veces encuentro también en mi palomar un animal que ha venido volando y que me es extraño, y que tiembla cuando pongo mi mano sobre él.
Sin embargo, ¿qué te dijo en otro tiempo Zaratustra? ¿Qué los poetas mienten demasiado? - Mas también Zaratustra es un poeta.
¿Crees, pues, que dijo entonces la verdad? ¿Por qué lo crees?»225.
El discípulo respondió: «Yo creo en Zaratustra». Mas Zara­tusara movió la cabeza y sonrió.
La fe no me hace bienaventurado226, dijo, y mucho menos, la fe en mí.
Pero en el supuesto de que alguien dijera con toda seriedad que los poetas mienten demasiado: tiene razón, - nosotros mentimos demasiado.
Nosotros sabemos también demasiado poco y aprende­mos mal: por ello tenemos que mentir.
¿Y quién de entre nosotros los poetas no ha adulterado su propio vino? Más de una venenosa mixtura ha sido fabricada en nuestras bodegas, y más de una cosa indescriptible se ha hecho en ellas227.
Y como nosotros sabemos poco, nos gustan mucho los po­bres de espíritu, ¡especialmente si son mujercillas jóvenes! Hasta codiciamos las cosas que las viejecillas se cuentan por las noches. A eso lo llamamos lo eterno-femenino228 que hay en nosotros.
Y como si hubiese un especial acceso secreto al saber, que queda obstruido para quienes aprenden algo: así nosotros creemos en el pueblo y en su «sabiduría».
Y todos los poetas creen esto: que quien, tendido en la hierba o en repechos solitarios, aguza los oídos, ése llega a saber algo de las cosas que se encuentran entre el cielo y la tierra.
Y si a ellos llegan delicados movimientos, los poetas opinan siempre que la naturaleza misma se ha enamorado de ellos: Y que se desliza en sus oídos para decirles cosas secretas y enamoradas lisonjas: ¡de ello se glorían y se envanecen ante todos los mortales!
¡Ay, existen demasiadas cosas entre el cielo y la tierra con las cuales sólo los poetas se han permitido soñar!229
Y, sobre todo, por encima del cielo: ¡pues todos los dioses son un símbolo de poetas, un amaño de poetas!230.
En verdad, siempre somos arrastrados hacia lo alto231 - es de­cir, hacia el reino de las nubes: sobre éstas plantamos nuestros multicolores peleles y los llamamos dioses y superhombres: -
¡Pues son justamente bastante ligeros para tales sillas! -to­dos esos dioses y superhombres.
¡Ay, qué cansado estoy de todo lo insuficiente, que debe ser de todos modos acontecimiento!232 ¡Ay, qué cansado estoy de los poetas!

Cuando Zaratustra dijo esto, su discípulo se enojó con él, pero calló. También Zaratustra calló; y sus ojos se habían vuelto hacia dentro, como si mirasen hacia remotas lejanías. Finalmente suspiró y tomó aliento.
Yo soy de hoy y de antes233, dijo luego; pero hay algo dentro de mí que es de mañana y de pasado mañana y del futuro.
Me he cansado de los poetas, de los viejos y de los nuevos: superficiales me parecen todos, y mares poco profundos.
No han pensado con suficiente profundidad: por ello su sentimiento no se sumergió hasta llegar a las razones pro­fundas.
Un poco de voluptuosidad y un poco de aburrimiento: eso ha sido la mejor incluso de sus reflexiones.
Un soplo y un deslizarse de fantasmas me parecen a mí to­dos sus arpegios; ¡qué han sabido ellos hasta ahora del ardor de los sonidos! -
No son tampoco para mí bastante limpios: todos ellos en­sucian sus aguas para hacerlas parecer profundas.
Con gusto representan el papel de conciliadores: ¡mas para mí no pasan de ser mediadores y enredadores, y mitad de esto y mitad de aquello, y gente sucia! -
Ay, yo lancé ciertamente mi red en sus mares y quise pescar buenos peces; pero siempre saqué la cabeza de un viejo dios.
El mar proporcionó así una piedra al hambriento234. Y ellos mismos proceden sin duda del mar.
Es cierto que en ellos se encuentran perlas: pero tanto más se parecen ellos mismos a crustáceos duros. Y en vez de alma he encontrado a menudo en ellos légamo salado.
También del mar han aprendido su vanidad: ¿no es el mar el pavo real de los pavos reales?235.
Incluso ante el más feo de todos los búfalos despliega él su cola, y jamás se cansa de su abanico de encaje hecho de plata y seda.
Ceñudo contempla esto el búfalo, pues su alma prefiere la arena, y más todavía la maleza, y más que ninguna otra cosa, la ciénaga.
¡Qué le importan a él la belleza y el mar y los adornos del pavo real! Ésta es la parábola que yo dedico a los poetas.
¡En verdad, su espíritu es el pavo real de los pavos reales y un mar de vanidad!
Espectadores quiere el espíritu del poeta: ¡aunque sean bú­falos! -
Mas yo me he cansado de ese espíritu: y veo venir el día en que también él se cansará de sí mismo.
Transformados he visto ya a los poetas, y con la mirada di­rigida contra ellos mismos.
Penitentes del espíritu236 he visto venir: han surgido de los poetas.



De grandes acontecimientos237

Hay una isla en el mar - no lejos de las islas afortunadas de Zaratustra - en la cual humea constantemente una monta­ña de fuego; de aquella isla dice el pueblo, y especialmente las viejecillas del pueblo, que está colocada como un peñasco de­lante de la puerta del submundo: y que a través de la montaña misma de fuego desciende el estrecho sendero que conduce hasta esa puerta del submundo238.
Por el tiempo en que Zaratustra habitaba en las islas afor­tunadas ocurrió que un barco echó el ancla junto a la isla en que se encuentra la montaña humeante; y su tripulación bajó a tierra para cazar conejos. Hacia la hora del mediodía, cuan­do el capitán y su gente estuvieron reunidos de nuevo, vieron de pronto que por el aire venía hacia ellos un hombre, y que una voz decía con claridad: «¡Ya es tiempo! ¡Ya ha llegado la hora!» Y cuando más cerca de ellos estuvo la figura - pasó vo­lando a su lado igual que una sombra, en dirección a la mon­taña de fuego - reconocieron, con gran consternación, que era Zaratustra; pues todos ellos lo habían visto ya, excepto el capitán, y lo amaban a la manera como el pueblo ama, es decir: con un sentimiento en que amor y temor están mezclados a partes iguales.
«¡Mirad!, dijo el viejo timonel, ¡ahí va Zaratustra al infier­no!»239-
Por los mismos días en que estos marineros habían desem­barcado en la isla de fuego se difundió el rumor de que Zara­tustra había desaparecido; y cuando se preguntaba a sus ami­gos, éstos contaban que se había embarcado de noche sin de­cir adónde iba240.
Se produjo así cierta intranquilidad; al cabo de tres días se añadió a ella el relato de los marineros - y entonces todo el pueblo se puso a decir que el diablo se había llevado a Zara­tustra. Sus discípulos se reían ciertamente de tales habladu­rías; y uno de ellos llegó a decir: «Yo creo más bien que es Za­ratustra el que se ha llevado al diablo». Pero en el fondo de su alma todos ellos estaban llenos de preocupación y de anhelo: por ello grande fue su alegría cuando al quinto día Zaratustra apareció entre ellos.241
Y éste es el relato de la conversación de Zaratustra con el pe­rro de fuego242.
La tierra, dijo él, tiene una piel; y esa piel tiene enfermeda­des. Una de ellas se llama, por ejemplo: «hombre».
Y otra de esas enfermedades se llama «perro de fuego»: acerca de éste los hombres han dicho y han dejado que les di­gan muchas mentiras.
Para sondear ese misterio atravesé el mar: y he visto desnu­da la verdad, ¡creedme!, desnuda de pies a cabeza.
En cuanto al perro de fuego, ahora sé de qué se trata; y asimismo sé qué son todos esos demonios de las erupciones y conmociones, de los que no sólo las viejecillas sienten miedo.
¡Sal de ahí, perro de fuego, sal de tu profundidad!, exclamé, ¡y confiesa lo profunda que es tu profundidad! ¿De dónde sa­cas lo que expulsas por la nariz?
¡Tú bebes en abundancia del mar: eso es lo que tu salada elocuencia delata! ¡Verdaderamente, para ser un perro de la profundidad, tomas tu alimento en demasía de la superficie!
A lo sumo te considero el ventrílocuo de la tierra: y siempre que he oído hablar a los demonios de las erupciones y las con­mociones los encontré idénticos a ti: salados, embusteros y poco profundos243.
¡Vosotros entendéis de aullar y de oscurecer todo con ceni­za! Sois los mejores bocazas que existen y habéis aprendido hasta la saciedad el arte de hacer hervir el fango.
Donde vosotros estáis, allí tiene que haber siempre fango en las cercanías, y muchas cosas porosas, cavernosas, compri­midas: quieren salir a la libertad.
«Libertad» es lo que más os gusta aullar: pero yo he dejado de creer en «grandes acontecimientos» tan pronto como se presentan rodeados de muchos aullidos y mucho humo.
¡Y créeme, amigo ruido infernal! Los acontecimientos más grandes - no son nuestras horas más estruendosas, sino las más silenciosas.
No en torno a los inventores de un ruido nuevo: en torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo; de modo inaudible gira244.
¡Y confiésalo! Pocas eran las cosas que habían ocurrido cuando tu ruido y tu humo se retiraban. ¡Qué importa que una ciudad se convierta en una momia y que una estatua yaz­ca en el fango!245.
Y ésta es la palabra que digo todavía a los derribadores de estatuas. Sin duda la tontería más grande es arrojar sal al mar y estatuas al fango.
En el fango de vuestro desprecio yacía la estatua: ¡pero su ley es precisamente que el desprecio haga renacer en ella vida y viviente belleza!
Con rasgos divinos se yergue ahora, y con la seducción propia de los que sufren; y ¡en verdad!, ¡incluso os dará las gracias por haberla derribado, derribadores!
Éste es el consejo que doy a los reyes y a las Iglesias y a todo lo que es débil por edad y por virtud - ¡dejaos derribar! ¡Para que vosotros volváis a la vida, y para que vuelva a vosotros - la vir­tud! -
Así hablé yo ante el perro de fuego: entonces él me inte­rrumpió gruñendo y preguntó: «¿Iglesia? ¿Qué es eso?»
¿Iglesia?, respondí yo, eso es una especie de Estado, y, cier­tamente, la especie más embustera de todas. ¡Mas cállate, pe­rro hipócrita! ¡Tú conoces perfectamente sin duda tu especie!
Lo mismo que tú, es el Estado un perro hipócrita; lo mismo que a ti, gústale a él hablar con humo y aullidos, - para hacer creer, como tú, que habla desde el vientre de las cosas.
Pues él, el Estado, quiere ser a toda costa el animal más im­portante en la tierra; y también esto se lo cree a él la gente. –
Cuando hube dicho esto, el perro de fuego hizo gestos como si se hubiera vuelto loco de envidia. «¿Cómo?, gritó, ¿el animal más importante en la tierra? ¿Y también esto se lo cree a él la gente?» Y tanto fue el vapor y tantas las horribles voces que de su garganta salieron que yo pensé que iba a asfixiarse de rabia y de envidia.
Por fin se calmó, y su jadeo fue disminuyendo; pero tan pronto como estuvo callado, dije yo riendo:
«Te enojas, perro de fuego: ¡así, pues, tengo razón en lo que he dicho sobre ti!
Y para seguir teniéndola, oye algo de otro perro de fuego: éste habla verdaderamente desde el corazón de la tierra.
Oro sale de su boca al respirar, y lluvia de oro: así lo quiere su corazón. ¡Qué le importan a él la ceniza y el humo y el léga­mo caliente!
La risa sale revoloteando de él como una nube multicolor; ¡desdeña el gargareo y los escupitajos y el retortijón de tus en­trañas!
Pero el oro y la risa - los toma del corazón de la tierra: pues, para que lo sepas, - el corazón de la tierra es de oro.»
Cuando el perro de fuego oyó esto, no soportó el seguir es­cuchándome. Avergonzado escondió el rabo entre las pier­nas, dijo ¡guau!, ¡guau! con voz abatida y se sumergió, arras­trándose, en su caverna. -
Esto es lo que Zaratustra contó. Mas sus discípulos apenas le escuchaban: tan grande era su deseo de contarle la historia de los marineros, los conejos y el hombre volador.
«¡Qué debo pensar de todo esto!, dijo Zaratustra. ¿Soy yo acaso un fantasma?
Habrá sido mi sombra. ¿Habéis oído ya algo del caminante y su sombra?246
Una cosa es segura: tengo que atarla corta, - pues de lo contrario perjudicará mi reputación.»
Y de nuevo movió Zaratustra la cabeza y se maravilló: «¡Qué debo pensar de todo esto!», volvió a decir.
«Por qué gritó el fantasma: ¡Ya es tiempo! ¡Ya ha llegado la hora!
¿De qué - ha llegado la hora?» -



El adivino

Y vi venir247 una gran tristeza sobre los hombres. Los mejo­res se cansaron de sus obras.
Una doctrina se difundió, y junto a ella corría una fe: “¡Todo está vacío, todo es idéntico, todo fue!248.
Y desde todos los cerros el eco repetía: “¡Todo está vacío, todo es idéntico, todo fue!”
Sin duda nosotros hemos cosechado: mas ¿por qué se nos han podrido todos los frutos y se nos han ennegrecido? ¿Qué cayó de la malvada luna la última noche?
Inútil ha sido todo el trabajo, en veneno se ha transforma­do nuestro vino, el mal de ojo ha quemado nuestros campos y nuestros corazones, poniéndolos amarillos.
Todos nosotros nos hemos vuelto áridos; y si cae fuego so­bre nosotros, nos reduciremos a polvo, como la ceniza: - aún más, nosotros hemos cansado hasta al mismo fuego.
Todos los pozos se nos han secado, también el mar se ha re­tirado. ¡Todos los suelos quieren abrirse, mas la profundidad no quiere tragarnos!
«Ay, dónde queda todavía un mar en que poder ahogarse”: así resuena nuestro lamento - alejándose sobre ciénagas planas.
En verdad, estamos demasiado cansados incluso para mo­rir; ahora continuamos estando en vela y sobrevivimos - ¡en cámaras sepulcrales!» -

Así oyó Zaratustra hablar a un adivino249; y su vaticinio le lle­gó al corazón y se lo transformó. Triste y cansado iba de un si­tio para otro; y acabó pareciéndose a aquellos de quienes el adivino había hablado.
En verdad, dijo a sus discípulos, de aquí a poco250 llegará ese largo crepúsculo. ¡Ay, cómo salvaré mi luz llevándola al otro lado!
¡Que no se me apague en medio de esta tristeza! ¡Debe ser luz para mundos remotos e incluso para noches remotísimas!
Contristado de este modo en su corazón iba Zaratustra de un lado para otro; y durante tres días no tomó bebida ni co­mida, estuvo intranquilo y perdió el habla. Por fin ocurrió que cayó en un profundo sueño. Mas sus discípulos estaban sentados a su alrededor, en largas velas nocturnas, y aguarda­ban preocupados a ver si se despertaba y recobraba el habla y se curaba de su tribulación.
Y éste es el discurso que Zaratustra pronunció al despertar; su voz llegaba a sus discípulos como desde una remota lejanía. ¡Oídme el sueño que he soñado, amigos, y ayudadme a adi­vinar su sentido!
Un enigma continúa siendo para mí este sueño; su sentido está oculto dentro de él, aprisionado allí, y aún no vuela por encima de él con alas libres.
Yo había renunciado a toda vida, así soñaba. En un vigilan­te nocturno y en un guardián de tumbas me había convertido yo allá arriba en el solitario castillo montañoso de la muerte.
Allá arriba guardaba yo sus ataúdes: llenas estaban las ló­bregas bóvedas de tales trofeos de victoria. Desde ataúdes de cristal me miraba la vida vencida.
Yo respiraba el olor de eternidades reducidas a polvo: sofo­cada y llena de polvo yacía mi alma por el suelo. ¡Y quién ha­bría podido airear allí su alma!
Una claridad de medianoche me rodeaba constantemente, la soledad se había acurrucado junto a ella; y, como tercera cosa, un mortal silencio lleno de resuellos, el peor de mis amigos.
Yo llevaba llaves, las más herrumbrosas de las llaves; y entendía de abrir con ellas la más chirriante de todas las puertas.
Semejante a irritado graznido de cornejas corría el soni­do por los largos corredores cuando las hojas de la puerta se abrían: hostilmente chillaba aquel pájaro, no le gustaba ser despertado.
Pero más espantoso era todavía y más oprimía el corazón cuando de nuevo se hacía el silencio y alrededor enmudecía todo y yo estaba sentado solo en medio de aquel pérfido callar.
Así se me iba y se me escapaba el tiempo, si es que tiempo había todavía: ¡qué sé yo de ello! Pero finalmente ocurrió algo que me despertó.
Por tres veces resonaron en la puerta golpes como truenos, y por tres veces las bóvedas repitieron el eco aullando: yo marché entonces hacia la puerta.
¡Alpa!, exclamé, ¿quién trae su ceniza a la montaña? ¡Alpa! ¡Alpa! ¿Quién trae su ceniza a la montaña?
Y metí la llave y empujé la puerta y forcejeé. Pero no se abrió ni lo ancho de un dedo:
Entonces un viento rugiente abrió con violencia sus hojas: y entre agudos silbidos y chirridos arrojó hacia mí un negro ataúd:
Y en medio del rugir, silbar y chirriar, el ataúd se hizo pe­dazos y escupió miles de carcajadas diferentes.
Y desde mil grotescas figuras de niños, ángeles, lechuzas, necios y mariposas grandes como niños algo se rió y se burló de mí y rugió contra mí.
Un espanto horroroso se apoderó de mí: me arrojó al sue­lo. Y yo grité de horror como jamás había gritado.
Pero mi propio grito me despertó: - y volví en mí. -
Así contó Zaratustra su sueño251, y luego calló: pues aún no sabía la interpretación de su sueño. Pero el discípulo al que él más amaba252 se levantó con presteza, tomó la mano de Zara­tustra y dijo:
«¡Tu vida misma nos da la interpretación de ese sueño, Za­ratustra!
¿No eres tú mismo el viento de chirriantes silbidos que arranca las puertas de los castillos de la muerte?
¿No eres tú mismo el ataúd lleno de maldades multicolores y de grotescas figuras angelicales de la vida?
En verdad, semejante a mil infantiles carcajadas diferentes penetra Zaratustra en todas las cámaras mortuorias, riéndo­se de esos guardianes nocturnos y vigilantes de tumbas, y de todos los que hacen ruido con sombrías llaves.
Tú los espantarás y derribarás con tus carcajadas; su des­mayarse y su volver en sí demostrarán tu poder sobre ellos.
Y aunque vengan el largo crepúsculo y la fatiga mortal, en nuestro cielo tú no te hundirás en el ocaso, ¡tú, abogado de la vida!
Nuevas estrellas nos has hecho ver, y nuevas magnificencias nocturnas; en verdad, la risa misma la has extendido como una tienda multicolor sobre nosotros.
Desde ahora brotarán siempre risas infantiles de los ataú­des; desde ahora un viento fuerte vencerá siempre a toda fati­ga mortal: ¡de esto eres tú mismo para nosotros garante y adi­vino!
En verdad, con ellos mismos has soñado, con tus enemigos: ¡éste fue tu sueño más dificil!
¡Mas así como te despertaste de entre ellos y volviste en ti, así también ellos deben despertar de sí mismos - ¡y volver a ti!»253 -
Así dijo aquel discípulo; y todos los demás se arrimaron entonces a Zaratustra y le tomaron de las manos y querían persuadirle a que abandonase el lecho y la tristeza y retorna­se a ellos. Mas Zaratustra permaneció sentado en su lecho, rí­gido y con una mirada extraña. Como alguien que retorna a casa desde un remoto país extranjero, así miraba él a sus dis­cípulos y examinaba sus rostros; y aún no los reconocía. Mas cuando ellos lo levantaron y lo pusieron en pie, he aquí que de repente sus ojos cambiaron; comprendió todo lo que había ocurrido, se acarició la barba y dijo con fuerte voz:
¡Bien! Eso llegará en su momento; ahora procurad, discí­pulos míos, que comamos una buena comida, ¡y pronto! ¡Así pienso hacer penitencia por mis malos sueños!
- Mas el adivino debe comer y beber a mi lado`: ¡y en ver­dad, quiero mostrarle todavía un mar en que puede ahogar­se!»

Así habló Zaratustra. Luego estuvo mirando largo tiempo al rostro del discípulo que había hecho de intérprete del sueño, y mientras miraba movía la cabeza. -



De la redención

Un día en que Zaratustra estaba atravesando el gran puente lo rodearon los lisiados y los mendigos253 , y un joroba­do le habló así:
«¡Mira, Zaratustra! También el pueblo aprende de ti y co­mienza a creer en tu doctrina: mas para que acabe de creerte del todo se necesita aún una cosa - ¡tienes que convencernos primero a nosotros los lisiados! ¡Aquí tienes ahora una her­mosa colección, y, en verdad, una ocasión que se puede aga­rrar por más de un pelo! Puedes curar a ciegos y hacer correr a paralíticos; y a quien lleva demasiado sobre su espalda podrías sin duda también quitarle un poco: - ¡éste, piensoyo, se­ría el modo idóneo de hacer creer a los lisiados en Zaratus­tra!»
Mas Zaratustra replicó así al que había hablado: «Si al joro­bado se le quita su joroba, se le quita su espíritu - así enseña el pueblo. Y si al ciego se le dan sus ojos, verá demasiadas co­sas malas en la tierra: de modo que maldecirá a quien lo curó. Y el que haga correr al paralítico le causa el mayor de todos los perjuicios: pues apenas pueda correr, sus vicios, desbocados, lo arrastran consigo - así enseña el pueblo a propósito de los lisiados. ¿Y por qué no iba Zaratustra a aprender también del pueblo, si el pueblo aprende de Zaratustra?
Mas, desde que estoy entre hombres, para mí lo de menos es ver: “A éste le falta un ojo, y a aquél una oreja, y a aquel tercero la pierna, y otros hay que han perdido la lengua o la nariz o la ca­beza”.
Yo veo y he visto cosas peores, y hay algunas tan horribles que no quisiera hablar de todas, y de otras ni aun callar qui­siera, a saber: seres humanos a quienes les falta todo, excepto una cosa de la que tienen demasiado - seres humanos que no son más que un gran ojo, o un gran hocico, o un gran estóma­go, o alguna otra cosa grande, - lisiados al revés los llamo yo.
Y cuando yo venía de mi soledad y por vez primera atrave­saba este puente: no quería dar crédito a mis ojos, miraba y miraba una y otra vez y acabé por decir: “¡Esto es una oreja!, ¡una sola oreja, tan grande como un hombre!”. Miré mejor: y, realmente, debajo de la oreja se movía aún algo que era peque­ño y mísero y débil hasta el punto de dar lástima. Y verdade­ramente la monstruosa oreja se asentaba sobre una pequeña varilla delgada - ¡y la varilla era un hombre! Quien mirase con una lente podría haber reconocido aún un pequeño ros­tro envidioso; y también que en la varilla se balanceaba una hinchada almita. Y el pueblo me decía que la gran oreja era no sólo un hombre, sino un gran hombre, un genio. Mas yo ja­más he creído al pueblo cuando ha hablado de grandes hom­bres - y mantuve mi creencia de que era un lisiado al revés, que tenía muy poco de todo, y demasiado de una cosa.»
Cuando Zaratustra hubo dicho esto al jorobado y a aque­llos de quienes éste era portavoz y abogado volvióse con pro­fundo mal humor hacia sus discípulos y dijo:
«¡En verdad, amigos míos, yo camino entre los hombres como entre fragmentos y miembros de hombres!
Para mis ojos lo más terrible es encontrar al hombre destroza­do y esparcido como sobre un campo de batalla y de matanza.
Y si mis ojos huyen desde el ahora hacia el pasado: siempre encuentran lo mismo: fragmentos y miembros y espantosos azares - ¡pero no hombres!
El ahora y el pasado en la tierra - ¡ay!, amigos míos - son para mí lo más insoportable; y no sabría vivir si no fuera yo además un vidente de lo que tiene que venir.
Un vidente, un volente, un creador, un futuro también, y un puente hacia el futuro - y, ay, incluso, por así decirlo, un lisia­do junto a ese puente: todo eso es Zaratustra.
Y también vosotros os habéis preguntado con frecuencia: “¿Quién es para nosotros Zaratustra? ¿Cómo lo llamare­mos?” Y lo mismo que yo, vosotros os habéis dado pregun­tas por respuesta.
¿Es uno que hace promesas? ¿O uno que las cumple? ¿Un conquistador? ¿O un heredero? ¿Un otoño? ¿O la reja de un arado? ¿Un médico? ¿O un convaleciente?
¿Es un poeta? ¿O un hombre veraz? ¿Un libertador? ¿O un domeñador? ¿Un bueno? ¿O un malvado?256
Yo camino entre los hombres como entre los fragmentos del futuro: de aquel futuro que yo contemplo.
Y todos mis pensamientos y deseos257 tienden a pensar y reunir en unidad lo que es fragmento y enigma y espantoso azar.
¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar! Redimir a los que han pasado, y transformar todo “Fue” en un “Así lo quise” - ¡sólo eso sería para mí redención!258.
Voluntad - así se llama el libertador y el portador de ale­gría: ¡esto es lo que yo os he enseñado, amigos mios! Y ahora aprended también esto: la voluntad misma es todavía un pri­sionero.
El querer hace libres: pero ¿cómo se llama aquello que mantiene todavía encadenado al libertador?
Fue”: así se llama el rechinar de dientes y la más solita­ria tribulación de la voluntad. Impotente contra lo que está hecho - es la voluntad un malvado espectador para todo lo pasado.
La voluntad no puede querer hacia atrás; el que no pueda quebrantar el tiempo ni la voracidad del tiempo - ésa es la más solitaria tribulación de la voluntad.
El querer hace libres: ¿qué imagina el querer mismo para li­berarse de su tribulación y burlarse de su prisión?
¡Ay, todo prisionero se convierte en un necio! Neciamente se redime también a sí misma la voluntad prisionera.
Que el tiempo no camine hacia atrás es su secreta rabia. “Lo que fue, fue” - así se llama la piedra que ella no puede re­mover.
Y así ella remueve piedras, por rabia y por mal humor, y se venga en aquello que no siente, igual que ella, rabia y mal hu­mor.
Así la voluntad, el libertador, se ha convertido en un cau­sante de dolor: y en todo lo que puede sufrir véngase de no po­der ella querer hacia atrás.
Esto, sí, esto solo es la venganza misma: la aversión de la vo­luntad contra el tiempo y su “Fue”.
En verdad, una gran necedad habita en nuestra voluntad; ¡y el que esa necedad aprendiese a tener espíritu se ha converti­do en maldición para todo lo humano!
El espíritu de la venganza: amigos míos, sobre esto es sobre lo que mejor han reflexionado los hombres hasta ahora; y donde había sufrimiento, allí debía haber siempre castigo.
Castigo” se llama a sí misma, en efecto, la venganza: con una palabra embustera se finge hipócritamente una buena conciencia.
Y como en el volente hay el sufrimiento de no poder querer hacia atrás, - por ello el querer mismo y toda vida debían - ¡ser castigo!
Y ahora se ha acumulado nube tras nube sobre el espíritu: hasta que por fin la demencia predicó: “¡Todo perece, por ello todo es digno de perecer!259
Y la justicia misma consiste en aquella ley del tiempo se­gún la cual tiene éste que devorar a sus propios hijos260”: así predicó la demencia.
Las cosas están reguladas éticamente sobre la base del de­recho y el castigo. Oh, ¿dónde está la redención del río de las cosas y del castigo llamado ‘Existencia’?” Así predicó la de­mencia.
¿Puede haber redención si existe un derecho eterno? ¡Ay, irremovible es la piedra `Fue': eternos tienen que ser también todos los castigos!” Así predicó la demencia.
Ninguna acción puede ser aniquilada: ¡cómo podría ser anulada por el castigo! Lo eterno en el castigo llamado ‘Exis­tencia’ consiste en esto, ¡en que también la existencia tiene que volver a ser eternamente acción y culpa!
A no ser que la voluntad se redima al fin a sí misma y el que­rer se convierta en no-querer-”: ¡pero vosotros conocéis, hermanos míos, esta canción de fábula de la demencia!
Yo os aparté de todas esas canciones de fábula cuando os enseñé: “La voluntad es un creador”261.
Todo ‘Fue’ es un fragmento, un enigma, un espantoso azar - hasta que la voluntad creadora añada: “¡pero yo lo quise así!”
-Hasta que la voluntad creadora añada: “¡Pero yo lo quiero así! ¡Yo lo querré así!”
¿Ha hablado ya ella de ese modo? ¿Y cuándo lo hará? ¿Se ha desuncido ya la voluntad del yugo de su propia tontería?
¿Se ha convertido ya la voluntad para sí misma en un liber­tador y en un portador de alegría? ¿Ha olvidado el espíritu de venganza y todo rechinar de dientes?
¿Y quién le ha enseñado a ella la reconciliación con el tiem­po, y algo que es superior a toda reconciliación?
Algo superior a toda reconciliación tiene que querer la vo­luntad que es voluntad de poder - : sin embargo ¿cómo le ocurre esto? ¿Quién le ha enseñado incluso el querer hacia atrás?»
- En este momento de su discurso ocurrió que Zaratustra se detuvo de repente, y semejaba del todo alguien que estuvie­se aterrorizado al máximo. Con ojos horrorizados miró a sus discípulos; sus ojos perforaban como con flechas los pensa­mientos de éstos e incluso los trasfondos de tales pensamien­tos. Mas pasado un poco de tiempo volvió ya a reír y dijo con voz bondadosa:
«Es difícil vivir con hombres, porque callar es muy difícil. Sobre todo para un charlatán»262. -
Así habló Zaratustra. El jorobado había escuchado la con­versación y había cubierto su rostro al hacerlo; mas cuando oyó reír a Zaratustra, alzó los ojos con curiosidad y dijo len­tamente:
«¿Por qué Zaratustra nos habla a nosotros de modo distin­to que a sus discípulos?»
Zaratustra respondió: «¡Qué tiene de extraño! ¡Con joroba­dos es lícito hablar de manera jorobada!»
«Bien, dijo el jorobado; y con discípulos es lícito charlar de manera discipular263.
Mas ¿por qué Zaratustra habla a sus discípulos de manera distinta - que a sí mismo?» -



De la cordura respecto a los hombres

No la altura: la pendiente es lo horrible!
La pendiente, donde la mirada se precipita hacia abajo y la mano se agarra hacia arriba. Aquí se apodera del corazón el vértigo de su doble voluntad.
Ay, amigos, ¿adivináis también la doble voluntad de mi cora­zón?
Esto, esto es mi pendiente y mi peligro, el que mi mirada se precipite hacia la altura y mi mano quiera sostenerse y apo­yarse - ¡en la profundidad!
Al hombre se aferra mi voluntad, con cadenas me ato a mí mismo al hombre, pues me siento arrastrado hacia arriba, hacia el superhombre: hacia allí tiende mi otra voluntad264.
Y para esto vivo ciego entre los hombres; como si no los co­nociese: para que mi mano no pierda del todo su fe en algo es­table.
Yo no os conozco a vosotros, hombres: ésta es la tiniebla y éste es el consuelo que me han rodeado a menudo.
Estoy sentado junto a la puerta de la ciudad, expuesto a to­dos los bribones, y pregunto: ¿quién quiere engañarme?
Ésta es mi primera cordura respecto a los hombres, el dejar­me engañar, a fin de no tener que mantenerme en guardia frente a los engañadores265.
Ay, si yo me mantuviera alerta frente al hombre: ¡cómo po­dría ser éste un ancla para mi globo! ¡Demasiado fácilmente me vería arrastrado a lo alto y a lo lejos!
Ésta es la providencia que domina mi destino, el que yo no tenga que tener cautela.
Y quien no quiera morir de sed entre los hombres tiene que aprender a beber de todos los vasos; y quien quiera permane­cer puro entre los hombres tiene que entender de lavarse in­cluso con agua sucia.
Y así me hablé yo a menudo para consolarme: «¡Bien! ¡Adelante! ¡Viejo corazón! Una infelicidad se te ha malogrado: ¡disfruta eso como tu - felicidad! »
Y ésta es mi segunda cordura respecto a los hombres: yo trato con más indulgencia a los vanidosos que a los orgullosos.
¿No es la vanidad ofendida la madre de todas las tragedias? Pero cuando el orgullo es ofendido, allí brota ciertamente algo aún mejor que el orgullo.
Para que la vida sea buena de contemplar, su espectáculo tiene que ser bien representado: y para ello se necesitan bue­nos comediantes.
Buenos comediantes me han parecido todos los vanidosos: representan la comedia y quieren que la gente guste de verlos, - todo su espíritu está en esa voluntad.
Ellos se ponen en escena, se inventan a sí mismos; en su proximidad amo yo contemplar la vida, - se me cura así la melancolía.
Por ello trato con indulgencia a los vanidosos, pues son para mí médicos de mi melancolía y me atan al hombre como a un espectáculo.
Y además: ¡quién mide en el vanidoso toda la profundidad de su modestia! Yo soy bueno y compasivo con él a causa de su modestia.
De vosotros quiere él aprender a creer en sí mismo; se ali­menta de vuestras miradas, devora la alabanza que llega de vuestras manos.
Cree incluso vuestras mentiras, si mentís bien acerca de él: pues en lo más hondo su corazón suspira: «¡qué soy yo!»
Y si la verdadera virtud es la que se ignora a sí misma: ¡el vanidoso ignora su modestia!
Y ésta es mi tercera cordura respecto a los hombres, el no permitir a vuestro temor que me quite el gusto de contemplar a los malvados.
Y soy feliz de ver las maravillas que un sol ardiente encoba: tigres y palmeras y serpientes de cascabel.
También entre los hombres hay hermosas crías de un sol ar­diente, y muchas cosas hay dignas de ser admiradas en los malvados.
Es cierto que así como vuestros sapientísimos no me pare­cen tan sabios, así también encontré que la maldad de los hombres está por debajo de su fama266.
Y a menudo me he preguntado, moviendo la cabeza: ¿por qué seguir cascabeleando, serpientes de cascabel?
¡En verdad, también para el mal hay todavía un futuro! Y el sur más ardiente no ha sido aún descubierto para el hombre.
¡Cuántas cosas llámanse ya ahora la peor de las maldades, que, sin embargo, sólo tienen doce pies de ancho y tres meses de duración! Alguna vez vendrán al mundo, sin embargo, dragones mayores.
Pues para que no le falte al superhombre su dragón, el su­perdragón, que sea digno de él: ¡para ello muchos soles ar­dientes tienen aún que abrasar la húmeda selva virgen!
Vuestros gatos salvajes tienen primero que convertirse en tigres, y vuestros sapos venenosos, en cocodrilos: ¡pues el buen cazador debe tener una buena caza!
¡Y en verdad, oh buenos y justos! Muchas cosas hay en vo­sotros que causan risa, ¡y ante todo vuestro miedo de lo que hasta ahora se ha llamado «demonio»!
¡Tan extraños sois a lo grande en vuestra alma que el super­hombre os resultará temible en su bondad!
¡Y vosotros, sabios y sapientes, huiríais de la quemadura de sol que produce la sabiduría, quemadura en la que el super­hombre baña con placer su desnudez!
¡Vosotros, los hombres supremos con que mis ojos tropeza­ron! Ésta es mi duda respecto a vosotros y mi secreto reír: ¡apuesto a que a mi superhombre lo llamaríais – demonio!267.
Ay, me he cansado de estos hombres, los más elevados y los mejores de todos: desde su «altura» sentía yo deseos de mar­char hacia arriba, lejos, fuera, ¡hacia el superhombre!
Un espanto se apoderó de mí cuando vi desnudos a estos hombres, los mejores de todos268: entonces me brotaron las alas para alejarme volando hacia futuros remotos.
Hacia futuros más remotos, hacia sures más meridionales que los que artista alguno haya soñado jamás: ¡hacia allí don­de los dioses se avergüenzan de todos los vestidos!
Mas a vosotros, prójimos y semejantes, yo os quiero ver dis­frazados y bien adornados, y vanidosos, y dignos, como «los buenos y justos». -
Y disfrazado quiero yo mismo sentarme entre vosotros, -para conoceros mal a vosotros y a mí: ésta es, en efecto, mi úl­tima cordura respecto a los hombres.



La más silenciosa de todas las horas

Qué me ha ocurrido, amigos míos? Me veis trastornado, acuciado, dócil a pesar mío, dispuesto a marchar - ¡ay, a ale­jarme de vosotros!
Sí, una vez más tiene Zaratustra que volver a su soledad: ¡pero esta vez el oso vuelve de mala gana a su caverna!
¿Qué me ha ocurrido? ¿Quién me lo ordena? - Ay, mi irri­tada señora lo quiere así, me ha hablado: ¿os he dicho ya algu­na vez su nombre?
Ayer al atardecer me habló mi hora más silenciosa: ése es el nombre de mi terrible señora.
Y esto es lo que ocurrió, - ¡pues tengo que deciros todo, para que vuestro corazón no se endurezca269 contra el que se va de repente!
¿Conocéis el terror del que se adormece? -
Hasta las puntas de los pies tiembla, debido a que el suelo le falla y los sueños comienzan.
Ésta es la parábola que os digo. Ayer, en la hora más silen­ciosa, el suelo me falló: comenzaron los sueños.
La aguja avanzaba, el reloj de mi vida tomaba aliento -, jamás había oído yo tal silencio a mi alrededor: de modo que mi corazón sintió terror.
Entonces algo me habló sin voz270: «¿Lo sabes, Zaratustra?»
Y yo grité de terror ante ese susurro, y la sangre abandonó mi rostro: pero callé.
Entonces algo volvió a hablarme sin voz: «¡Lo sabes, Zara­tustra, pero no lo dices!» -
Y yo respondí por fin, como un testarudo: «¡Sí, lo sé, pero no quiero decirlo!»
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¿No quieres, Za­ratustra? ¿Es eso verdad? ¡No te escondas en tu terquedad!» -
Y yo lloré y temblé como un niño, y dije: «¡Ay, lo querría, mas cómo poder! ¡Dispénsame de eso! ¡Está por encima de mis fuerzas!»
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¡Qué importas tú, Zaratustra! ¡Di tu palabra y hazte pedazos!» -
Y yo respondí: «Ay, ¿es mi palabra? ¿Quién soy yo? Yo estoy aguardando a uno más digno; no soy siquiera digno de hacer­me pedazos contra él»271.
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¿Qué importas tú? Para mí no eres aún bastante humilde. La humildad tiene la piel más dura de todas». -
Y yo respondí: «¡Qué cosas no ha soportado ya la piel de mi humildad! Yo habito al pie de mi altura: ¿cuál es la altura de mis cimas? Nadie me lo ha dicho todavía. Pero conozco bien mis valles».
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «Oh Zaratustra, quien ha de trasladar montañas272 traslada también valles y hondonadas». -
Y yo respondí: «Mi voz no ha transladado aún montañas, y lo que he dicho no ha llegado a los hombres. Yo he ido sin duda a los hombres, pero todavía no he llegado hasta ellos»273.
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¡Qué sabes tú de eso! El rocío cae sobre la hierba cuando la noche está más ca­llada que nunca». -
Y yo respondí: «Ellos se burlaron de mí cuando encontré mi propio camino y marché por él; y, en verdad, mis pies tembla­ban entonces.
Y así me dijeron: ¡has olvidado el camino, y ahora olvidas también hasta el andar!»
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¡Qué importa su burla! Tú eres uno que ha olvidado el obedecer: ¡ahora debes mandar!
¿No sabes quién es el más necesario de todos? El que man­da grandes cosas.
Realizar grandes cosas es difícil: pero más difícil es man­darlas.
Esto es lo más imperdonable en ti: tienes poder, y no quie­res dominar.» -
Y yo respondí: «Me falta la voz del león para mandar».
Entonces algo me habló de nuevo como un susurro: «Las pa­labras más silenciosas son las que traen la tempestad. Pensa­mientos que caminan con pies de paloma dirigen el mundo274.
Oh Zaratustra, debes caminar como una sombra de lo que tiene que venir: así mandarás y, mandando, precederás a otros.» -
Y yo respondí: «Me avergüenzo».
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «Tienes que ha­certe todavía niño y no tener vergüenza.
El orgullo de la juventud está todavía sobre ti, tarde te has hecho joven: pero el que quiere convertirse en niño tiene que superar incluso su juventud.» -
Y yo reflexioné durante largo tiempo, y temblaba. Pero acabé por decir lo que había dicho al comienzo: «No quiero».
Entonces oí risas a mi alrededor. ¡Ay, cómo esas risas me desgarraron las entrañas y me hendieron el corazón!
Y por última vez algo me habló: «¡Oh Zaratustra, tus frutos están maduros, pero tú no estás maduro para tus frutos! Por ello tienes que volver de nuevo a la soledad: pues debes ponerte tierno aún.» -
Y de nuevo oí risas que huían: entonces lo que me rodeaba quedó silencioso, como con un doble silencio. Yo yacía por el suelo, y el sudor me corría por los miembros.
-Ahora habéis oído todo, y por qué tengo yo que regresar a mi soledad. No os he callado nada, amigos míos.
Pero también me habéis oído decir quién sigue siendo el más silencioso de todos los hombres - ¡y quiere serlo!
¡Ay, amigos míos! ¡Yo tendría aún algunas cosas que deci­ros, yo tendría aún algunas que daros!275 ¿Por qué no las doy? ¿Acaso soy avaro? -

Y cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras lo asaltó la violencia del dolor y la proximidad de la separación de sus amigos, de modo que lloró sonoramente; y nadie sabía conso­larlo. Y durante la noche se marchó solo y abandonó a sus amigos276.



Tercera parte de
Así habló Zaratustra

Vosotros miráis hacia arriba cuando deseáis elevación. Y yo miro hacia abajo, porque estoy elevado.
¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado?
Quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias, de las del teatro y de las de la vida.

Zaratustra, Del leer y el escribir, I.

El caminante

Fue alrededor de la medianoche cuando Zaratustra em­prendió su camino sobre la cresta de la isla para llegar de madru­gada a la otra orilla: pues en aquel lugar quería embarcarse. Ha­bía allí, en efecto, una buena rada, en la cual gustaban echar el ancla incluso barcos extranjeros; éstos recogían a algunos que querían dejar las islas afortunadas y atravesar el mar. Mientras Zaratustra iba subiendo la montaña pensaba en las muchas ca­minatas solitarias que había realizado desde su juventud y en las muchas montañas y crestas y cimas a que ha había ascendido.
Yo soy un caminente yun escalador de montañas, decía a su corazón, no me gustan las llanuras, y parece que no puedo es­tarme sentado tranquilo largo tiempo.
Y sea cual sea mi destino, sean cuales sean las vivencias que aún haya yo de experimentar, - siempre habrá en ello un ca­minar y un escalar montañas: en última instancia uno no tie­ne vivencias más que de sí mismo277.
Pasó ya el tiempo en que era lícito que a mí me sobrevinie­ran acontecimientos casuales; ¡y qué podría ocurrirme toda­vía que no fuera ya algo mío!
Lo único que hace es retornar, por fin vuelve a casa - mi propio sí-mismo y cuanto de él estuvo largo tiempo en tierra extraña y disperso entre todas las cosas y acontecimientos ca­suales.
Y una cosa más sé: me encuentro ahora ante mi última cumbre y ante aquello que durante más largo tiempo me ha sido ahorrado. ¡Ay, mi más duro camino es el que tengo que subir! ¡Ay, he comenzado mi caminata más solitaria!
Pero quien es de mi especie no se libra de semejante hora: de la hora que le dice: «¡Sólo en este instante recorres tu cami­no de grandeza! ¡Cumbre y abismo - ahora eso está fundido en una sola cosa!
Recorres tu camino de grandeza: ¡ahora se ha convertido en tu último refugio lo que hasta el momento se llamó tu último peligro!
Recorres tu camino de grandeza: ¡ahora es necesario que tu mejor valor consista en que no quede ya ningún camino a tus espaldas!
Recorres el camino de tu grandeza: ¡nadie debe seguirte aquí a escondidas! Tu mismo pie ha borrado detrás de ti el ca­mino, y sobre él está escrito: Imposibilidad.
Y si en adelante te faltan todas las escaleras, tienes que sa­ber subir incluso por encima de tu propia cabeza: ¿cómo que­rrías, de otro modo, caminar hacia arriba?
¡Por encima de tu propia cabeza y más allá de tu propio cora­zón! Ahora lo más suave de ti tiene aún que convertirse en lo más duro.
Quien siempre se ha tratado a sí mismo con mucha indul­gencia acaba por enfermar a causa de ello. ¡Alabado sea lo que endurece! ¡Yo no alabo el país donde corren - manteca y miel278
Es necesario aprender a apartar la mirada de sí para ver muchas cosas: - esa dureza necesítala todo aquel que escala montañas.
Mas quien tiene ojos importunos como hombre del cono­cimiento, ¡cómo iba a ver ése en todas las cosas algo más que los motivos superficiales de ellas!
Tú, sin embargo, oh Zaratustra, has querido ver el fondo y el trasfondo de todas las cosas: por ello tienes que subir por encima de ti mismo, - ¡arriba, cada vez más alto, hasta que in­cluso tus estrellas las veas por debajo de ti!
¡Sí! Bajar la vista hacia mí mismo e incluso hacia mis estre­llas: ¡sólo esto significaría mi cumbre, esto es lo que me ha quedado aún como mi última cumbre! -

Así iba diciéndose Zaratustra a sí mismo al ascender, con­solando su corazón con duras sentenzuelas: pues tenía el corazón herido como nunca antes. Y cuando llegó a la cima de la cresta de la montaña, he aquí que el otro mar yacía allí extendido ante su vista: entonces se detuvo y calló largo rato. La noche era fría en aquella cumbre, y clara y estre­llada.
Conozco mi suerte, se dijo por fin con pesadumbre. ¡Bien! Estoy dispuesto. Acaba de empezar mi última soledad.
¡Ay, ese mar triste y negro a mis pies! ¡Ay, esa grávida desa­zón nocturna! ¡Ay, destino y mar! ¡Hacia vosotros tengo aho­ra que descender!
Me encuentro ante mi montaña más alta y ante mi más lar­ga caminata: por eso tengo primero que descender más bajo de lo que nunca descendí:
- ¡Descender al dolor más de lo que nunca descendí, hasta su más negro oleaje! Así lo quiere mi destino: ¡Bien! Estoy dispuesto.
¿De dónde vienen las montañas más altas?, pregunté en otro tiempo. Entonces aprendí que vienen del mar.
Este testimonio está escrito en sus rocas y en las paredes de sus cumbres. Lo más alto tiene que llegar a su altura desde lo más profundo. - Así dijo Zaratustra en la cima del monte, donde hacía frío; mas cuando se acercó al mar y se encontró por fin únicamen­te entre los escollos, el camino lo había cansado y vuelto aún más anheloso que antes.
Todo continúa aún dormido, dijo; también el mar duerme. Ebrios de sueño y extraños miran sus ojos hacia mí.
Pero su aliento es cálido, lo siento. Y siento también que sueña. Y soñando se retuerce sobre duras almohadas.
¡Escucha! ¡Escucha! ¡Cómo gime el mar a causa de recuer­dos malvados! ¿O tal vez a causa de expectativas malvadas?
Ay, triste estoy contigo, oscuro monstruo, y enojado conmi­go mismo por tu causa.
¡Ay, por qué no tendrá mi mano bastante fortaleza! ¡En verdad, me gustaría redimirte de sueños malvados! –

Y mientras Zaratustra hablaba así, se reía de sí mismo con melancolía y amargura. «¡Cómo! ¡Zaratustra!, dijo, ¿quieres consolar todavía al mar cantando?
¡Ay, Zaratustra, necio rico en amor, sobrebienaventurado de confianza! Pero así has sido siempre: siempre te has acerca­do confiado a todo lo horrible.
Has querido incluso acariciar a todos los monstruos. Un vaho de cálida respiración, un poco de suave vello en las ga­rras -: y enseguida estabas dispuesto a amar y a atraer.
El amor es el peligro del más solitario, el amor a todas las cosas, ¡con tal de que vivan! ¡De risa son, en verdad, mi nece­dad y mi modestia en el amor!» -

Así habló Zaratustra, y rió por segunda vez: entonces pensó en sus amigos abandonados -, y como si los hubiera ofendido con sus pensamientos, enojóse consigo mismo a causa de és­tos. Y pronto ocurrió que el que reía se puso a llorar: - de có­lera y de anhelo lloró Zaratustra amargamente279.



De la visión y enigma 280

Cuando se corrió entre los marineros la voz de que Zaratus­tra se encontraba en el barco, - pues al mismo tiempo que él había subido a bordo un hombre que venía de las islas afortu­nadas - prodújose una gran curiosidad y expectación. Mas Zaratustra estuvo callado durante dos días, frío y sordo de tristeza, de modo que no respondía ni a las miradas ni a las preguntas. Al atardecer del segundo día, sin embargo, aunque todavía guardaba silencio, volvió a abrir sus oídos: pues había muchas cosas extrañas y peligrosas que oír en aquel barco, que venía de lejos y que quería ir aún más lejos. Zaratustra era amigo, en efecto, de todos aquellos que realizan largos viajes y no les gusta vivir sin peligro. Y he aquí que, por fin, a fuer­za de escuchar, su propia lengua se soltó y el hielo de su cora­zón se rompió: - entonces comenzó a hablar así:

A vosotros los audaces buscadores e indagadores, y a quien­quiera que alguna vez se haya lanzado con astutas velas a ma­res terribles, -
a vosotros los ebrios de enigmas, que gozáis con la luz del crepúsculo, cuyas almas son atraídas con flautas a todos los abismos laberínticos:
- pues no queréis, con mano cobarde, seguir a tientas un hilo; y allí donde podéis adivinar, odiáis el deducir -
a vosotros solos os cuento el enigma que he visto, - la visión del más solitario -
Sombrío281 caminaba yo hace poco a través del crepúsculo de color de cadáver, - sombrío y duro, con los labios apreta­dos. Pues más de un sol se había hundido en su ocaso para mí.
Un sendero que ascendía obstinado a través de pedregales, un sendero maligno, solitario, al que ya no alentaban ni hier­bas ni matorrales: un sendero de montaña crujía bajo la obs­tinación de mi pie.
Avanzando mudo sobre el burlón crujido de los guijarros, aplastando la piedra que lo hacía resbalar: así se abría paso mi pie hacia arriba.
Hacia arriba: - a pesar del espíritu que de él tiraba hacia abajo, hacia el abismo, el espíritu de la pesadez, mi demonio y enemigo capital.
Hacia arriba: - aunque sobre mí iba sentado ese espíritu, mitad enano, mitad topo; paralítico; paralizante; dejando caer plomo en mi oído282, pensamientos-gotas de plomo en mi cerebro.
«Oh Zaratustra, me susurraba burlonamente, silabeando las palabras, ¡tú piedra de la sabiduría! Te has arrojado a ti mismo hacia arriba, mas toda piedra arrojada - ¡tiene que caer!
¡Oh Zaratustra, tú piedra de la sabiduría, tú piedra de hon­da, tú destructor de estrellas! A ti mismo te has arrojado muy alto, - mas toda piedra arrojada - ¡tiene que caer!
Condenado a ti mismo, y a tu propia lapidación: oh Za­ratustra, sí, lejos has lanzado la piedra, - ¡mas sobre ti cae­rá de nuevo!»
Calló aquí el enano; y esto duró largo tiempo. Mas su silen­cio me oprimía; ¡y cuando se está así entre dos, se está, en ver­dad, más solitario que cuando se está solo!
Yo subía, subía, soñaba, pensaba, - mas todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su terrible tormento lo deja rendido, y a quien un sueño más terrible todavía vuelve a despertarlo cuando acaba de dormirse. -
Pero hay algo en mí que yo llamo valor: hasta ahora éste ha matado en mí todo desaliento. Ese valor me hizo al fin dete­nerme y decir: «¡Enano! ¡Tú! ¡O yo!» -
El valor es, en efecto, el mejor matador, - el valor que ata­ca: pues todo ataque se hace a tambor batiente.
Pero el hombre es el animal más valeroso: por ello ha ven­cido a todos los animales. A tambor batiente ha vencido inclu­so todos los dolores; pero el dolor por el hombre es el dolor más profundo.
El valor mata incluso el vértigo junto a los abismos: ¡y en qué lugar no estaría el hombre junto a abismos! ¿El simple mirar no es - mirar abismos?
El valor es el mejor matador: el valor mata incluso la com­pasión. Pero la compasión es el abismo más profundo: cuan­to el hombre hunde su mirada en la vida, otro tanto la hunde en el sufrimiento.
Pero el valor es el mejor matador, el valor que ataca: éste mata la muerte misma, pues dice: «¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Otra vez! »283.
En estas palabras, sin embargo, hay mucho sonido de tam­bor batiente. Quien tenga oídos, oiga. -

2

«¡Alto! ¡Enano!, dije. ¡Yo! ¡O tú! Pero yo soy el más fuerte de los dos -: ¡tú no conoces mi pensamiento abismal! ¡Ése - no podrías soportarlo!» -
Entonces ocurrió algo que me dejó más ligero: ¡pues el enano saltó de mi hombro, el curioso! Y se puso en cuclillas sobre una piedra delante de mí. Cabalmente allí donde nos habíamos detenido había un portón.
«¡Mira ese portón! ¡Enano!, seguí diciendo: tiene dos caras. Dos caminos convergen aquí: nadie los ha recorrido aún has­ta su final.
Esa larga calle hacia atrás: dura una eternidad. Y esa larga calle hacia adelante - es otra eternidad.
Se contraponen esos caminos; chocan derechamente de cabeza: -y aquí, en este portón, es donde convergen. El nom­bre del portón está escrito arriba: ‘Instante’.
Pero si alguien recorriese uno de ellos - cada vez y cada vez más lejos: ¿crees tú, enano, que esos caminos se contradicen eternamente?”
«Todas las cosas derechas mienten, murmuró con desprecio el enano. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo.» «Tú, espíritu de la pesadez, dije encolerizándome, ¡no to­mes las cosas tan a la ligera! O te dejo en cuclillas ahí donde te encuentras, cojitranco, - ¡y yo te he subido hasta aquí!
¡Mira, continué diciendo, este instante! Desde este portón llamado Instante corre hacia atrás una calle larga, eterna: a nuestras espaldas yace una eternidad.
Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá que ha­ber recorrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?
Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú, enano, de este instante? ¿No tendrá también este portón que - haber exis­tido ya?
¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras sí todas las cosas venideras? ¿Por lo tanto - - incluso a sí mismo?
Pues cada una de las cosas que pueden correr: ¡también por esa larga calle hacia adelante - tiene que volver a correr una vez más! -
Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú, cuchicheando ambos jun­to a este portón, cuchicheando de cosas eternas - ¿no tenemos todos nosotros que haber existido ya?
- y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, hacia adelante, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle - ¿no tenemos que retornar eternamente?» -
Así dije, con voz cada vez más queda: pues tenía miedo de mis propios pensamientos y de sus trasfondos. Entonces, de repente, oí aullar a un perro cerca.
¿Había oído yo alguna vez aullar así a un perro? Mi pensa­miento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en remota in­fancia284:
- entonces oí aullar así a un perro. Y también lo vi con el pelo erizado, la cabeza levantada, temblando, en la más si­lenciosa medianoche, cuando incluso los perros creen en fantasmas:
- de tal modo que me dio lástima. Pues justo en aquel mo­mento la luna llena, con un silencio de muerte, apareció por encima de la casa, justo en aquel momento se había detenido, un disco incandescente, - detenido sobre el techo plano, como sobre propiedad ajena: -
esto exasperó entonces al perro: pues los perros creen en la­drones y fantasmas. Y cuando de nuevo volví a oírle aullar, de nuevo volvió a darme lástima.
¿Adónde se había ido ahora el enano? ¿Y el portón? ¿Y la araña? ¿Y todo el cuchicheo? ¿Había yo soñado, pues? ¿Me ha­bía despertado? De repente me encontré entre peñascos salva­jes, solo, abandonado, en el más desierto claro de luna.
¡Pero allí yacía por tierra un hombre! ¡Y allí! El perro saltan­do, con el pelo erizado, gimiendo, - ahora él me veía venir - y entonces aulló de nuevo, gritó: - ¿había yo oído alguna vez a un perro gritar así pidiendo socorro?
Y, en verdad, lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un jo­ven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra285.
¿Había visto yo alguna vez tanto asco y tanto lívido espanto en un solo rostro? Sin duda se había dormido. Y entonces la ser­piente se deslizó en su garganta y se aferraba a ella mordiendo.
Mi mano tiró de la serpiente, tiró y tiró: - ¡en vano! No conseguí arrancarla de allí. Entonces se me escapó un grito: «¡Muerde! ¡Muerde!
¡Arráncale la cabeza! ¡Muerde!» - éste fue el grito que de mí se escapó, mi horror, mi odio, mi náusea, mi lástima, todas mis cosas buenas y malas gritaban en mí con un solo grito. -
¡Vosotros, hombres audaces que me rodeáis! ¡Vosotros, buscadores, indagadores, y quienquiera de vosotros que se haya lanzado con velas astutas a mares inexplorados! ¡Voso­tros, que gozáis con enigmas!
¡Resolvedme, pues, el enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del más solitario!286.
Pues fue una visión y una previsión: - ¿qué vi yo entonces en símbolo? ¿Y quién es el que algún día tiene que venir aún?287
¿Quién es el pastor a quien la serpiente se le introdujo en la garganta? ¿Quién es el hombre a quien todas las cosas más pe­sadas, más negras, se le introducirán así en la garganta?
- Pero el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la ser­piente -: y se puso en pie de un salto288. -
Ya no pastor, ya no hombre, - ¡un transfigurado, ilumina­do, que reía! ¡Nunca antes en la tierra había reído hombre al­guno como él rió!
Oh hermanos míos, oí una risa que no era risa de hom­bre, - - y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca.
Mi anhelo de esa risa me devora: ¡oh, cómo soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora! -



De la bienaventuranza no querida 289

Con tales enigmas y amarguras en el corazón cruzó Za­ratustra el mar. Mas cuando estuvo a cuatro días de viaje de las islas afortunadas y de sus amigos, había superado todo su do­lor -: victorioso y con pies firmes se hallaba erguido de nue­vo sobre su destino. Y entonces Zaratustra habló así a su con­ciencia jubilosa:

Solo estoy de nuevo, y quiero estarlo, solo con el cielo puro y el mar libre; y de nuevo me rodea la tarde.
En una tarde encontré por vez primera en otro tiempo a mis amigos, en una tarde también la vez segunda290: - en la hora en que toda luz se vuelve más silenciosa.
Pues lo que de felicidad se encuentra aún en camino entre el cielo y la tierra, eso búscase como asilo un alma luminosa: a causa de la felicidad se ha vuelto toda luz más silenciosa ahora.
¡Oh tarde de mi vida! En otro tiempo también mi felicidad descendió al valle para buscarse un asilo: allí encontró esas al­mas abiertas y hospitalarias
¡Oh tarde de mi vida! ¡Qué no he entregado yo a cambio de tener una sola cosa: este viviente plantel de mis pensamientos y esta luz matinal de mi más alta esperanza!
Compañeros de viaje buscó en otro tiempo el creador, e hi­jos de su esperanza: y ocurrió que no pudo encontrarlos, a no ser que él mismo los crease.
Así estoy en medio de mi obra, yendo hacia mis hijos y vol­viendo de ellos: por amor a sus hijos tiene Zaratustra que consumarse a sí mismo.
Pues radicalmente se ama tan sólo al propio hijo291 y a la propia obra; y donde existe gran amor a sí mismo, allí hay se­ñal de embarazo: esto es lo que he encontrado.
Todavía verdean mis hijos en su primera primavera, unos junto a otros y agitados por vientos comunes, árboles de mi jardín y de mi mejor tierra.
¡Y en verdad!, ¡donde se apiñan tales árboles, allí existen is­las afortunadas!
Pero alguna vez quiero trasplantarlos y ponerlos separados unos de otros: para que cada uno aprenda soledad, y tenaci­dad, y cautela.
Nudoso y retorcido y con flexible dureza deberá estar en­tonces para mí junto al mar, faro viviente de vida invencible.
Allí donde las tempestades se precipitan en el mar y la trompa de las montañas bebe agua, allí debe realizar cada uno alguna vez sus guardias de día y de noche, para su examen y conocimiento.
Conocido y examinado debe ser, para que se sepa si es de mi especie y de mi procedencia, - si es señor de una voluntad larga, callado aun cuando habla, y de tal modo dispuesto a dar, que al dar tome. -
- para que algún día llegue a ser mi compañero de viaje y concree y concelebre las fiestas junto con Zaratustra292 -: al­guien que me escriba mi voluntad en mis tablas: para más plena consumación de todas las cosas.
Y por amor a él y a su igual tengo yo mismo que consumar­me a mí: por ello me aparto ahora de mi felicidad y me ofrez­co a toda infelicidad - para mi último examen y mi último co­nocimiento.
Y en verdad era llegado el tiempo de irme; y la sombra del caminante y el instante más largo y la hora más silenciosa - to­dos me decían: «¡Ya ha llegado la hora!»293
El viento me soplaba por el agujero de la cerradura y decía: «¡Ven!» La puerta se me abría arteramente y decía: «¡Ve!»
Mas yo yacía encadenado al amor de mis hijos: el ansia me tendía esos lazos, el ansia de amor, de llegar a ser presa de mis hijos y perderme en ellos.
Ansiar - esto significa ya para mí: haberme perdido. ¡Yo os tengo, hijos míos! En este tener, todo tiene que ser seguridad y nada tiene que ser ansiar.
Pero encobándome yacía sobre mí el sol de mi amor, en su propio jugo cocíase Zaratustra, - entonces sombras y dudas se alejaron volando por encima de mí.
De frío e invierno sentía yo ya deseos: «¡Oh, que el frío y el invierno vuelvan a hacerme crujir y chirriar!», suspiraba yo: - entonces se levantaron de mí nieblas glaciales.
Mi pasado rompió sus sepulcros, más de un dolor enterra­do vivo se despertó -: tan sólo se había adormecido, oculto en sudarios.
Así me gritaron todas las cosas por signos: «¡Ya es tiempo!» Mas yo - no oía: hasta que por fin mi abismo se movió y mi pensamiento me mordió.
¡Ay, pensamiento abismal, que eres mi pensamiento! ¿Cuán­do encontraré la fuerza para oírte cavar, y no temblar yo ya?
¡Hasta el cuello me suben los latidos del corazón cuando te oigo cavar! ¡Tu silencio quiere estrangularme, tú abismal­mente silencioso!
Todavía no me he atrevido nunca a llamarte arriba: ¡ya es bastante que conmigo - te haya yo llevado! Aún no era yo bas­tante fuerte para la última arrogancia y petulancia del león.
Bastante terrible ha sida ya siempre para mí tu pesadez: ¡mas alguna vez debo encontrar la fuerza y la voz del león, que te llame arriba!
Cuando yo haya superado esto, entonces quiero superar algo todavía mayor; ¡y una victoria será el sello de mi consu­mación! -
Entretanto vago todavía por mares inciertos; el azar me adula, el azar de lengua lisa; hacia adelante y hacia atrás miro -, aún no veo final alguno.
Todavía no me ha llegado la hora de mi última lucha -, ¿o acaso me llega en este momento? ¡En verdad, con pérfida be­lleza me contemplan el mar y la vida que me rodean!
¡Oh tarde de mi vida! ¡Oh felicidad antes del anochecer! ¡Oh puerto en alta mar! ¡Oh paz en la incertidumbre! ¡Cómo desconfío de todos vosotros!
¡En verdad, desconfío de vuestra pérfida belleza! Me parezco al amante, que desconfía de la sonrisa demasiado aterciopelada.
Así como el celoso rechaza lejos de sí a la más amada, sien­do tierno incluso en su dureza -, así rechazo yo lejos de mí esta hora bienaventurada.
¡Aléjate, hora bienaventurada! ¡Contigo me llegó una bie­naventuranza no querida! Dispuesto a mi dolor más profun­do me encuentro aquí: - ¡a destiempo has venido!
¡Aléjate, hora bienaventurada! Es mejor que busques asilo allí -¡entre mis hijos! ¡Apresúrate!, ¡y bendícelos con mi feli­cidad antes del anochecer!
Ya se aproxima el anochecer: el sol se pone. ¡Vete - felicidad mía! -

Así habló Zaratustra, y aguardó a su infelicidad durante toda la noche: mas aguardó en vano. La noche permaneció clara y silen­ciosa, y la felicidad misma se le fue acercando cada vez más. Ha­cia la mañana Zaratustra rió a su corazón y dijo burlonamente: «La felicidad corre detrás de mí. Esto se debe a que yo no corro detrás de las mujeres. Pero la felicidad es una mujer».


Antes de la salida del sol

Oh cielo por encima de mí, tú puro! ¡Profundo! ¡Abismo de luz! Contemplándote me estremezco de ansias divinas.
Arrojarme a tu altura - ¡ésa es mi profundidad! Cobijarme en tu pureza - ¡ésa es mi inocencia!
Al dios su belleza lo encubre: así me ocultas tú tus estrellas No hablas: así me anuncias tu sabiduría.
Mudo sobre el mar rugiente has salido hoy para mí, tu amor y tu pudor dicen revelación a mi rugiente alma.
El que hayas venido bello a mí, encubierto en tu belleza, el que mudo me hables, manifiesto en tu sabiduría:
¡Oh, cómo no iba yo a adivinar todos los pudores de tu alma! ¡Antes del sol has venido a mí tú, el más solitario de to­dos!
Somos amigos desde el comienzo: comunes nos son la tris­tura y la pavura y la hondura295; hasta el sol nos es común.
No hablamos entre nosotros, pues sabemos demasiadas cosas -: callamos juntos, sonreímos juntos a nuestro saber.
¿No eres tú acaso la luz para mi fuego? ¿No tienes tú el alma gemela de mi conocimiento?
Juntos aprendimos todo; juntos aprendimos a ascender por encima de nosotros hacia nosotros mismos, y a sonreír sin nubes: -
- a sonreír sin nubes hacia abajo, desde ojos luminosos y desde una remota lejanía, mientras debajo de nosotros la coacción y la finalidad y la culpa exhalan vapores como si fuesen lluvia.
Y cuando yo caminaba solo: ¿de quién tenía hambre mi alma por las noches y en los senderos errados? Y cuando yo subía montañas, ¿a quién buscaba siempre en las montañas sino a ti?
Y todo mi caminar y subir montañas: una necesidad era tan sólo, y un recurso del desvalido: - ¡volar es lo único que mi entera voluntad quiere, volar dentro de ti!
¿Y a quién odiaba yo más que a las nubes pasajeras y a to­das las cosas que te manchan? ¡Y hasta a mi propio odio odia­ba yo, porque te manchaba!
Estoy enojado con las nubes pasajeras, con esos gatos de presa que furtivamente se deslizan: nos quitan a ti y a mí lo que nos es común, - el inmenso e ilimitado decir sí y amén.
Estamos enojados con esas mediadoras y entrometidas, las nubes pasajeras: mitad de esto mitad de aquello, que no han aprendido a bendecir ni a maldecir a fondo.
¡Prefiero estar sentado en el tonel bajo un cielo cubierto, prefiero estar sentado sin cielo en el abismo, que verte a ti, cie­lo de luz, manchado con nubes pasajeras!
Y a menudo he sentido deseos de sujetarlas con los denta­dos alambres áureos del rayo, y golpear los timbales, como el trueno, sobre su panza de caldera: -
- ser un encolerizado timbalero, porque me roban tu ¡sí! y ¡amén!, ¡cielo por encima de mí, tú puro! ¡Luminoso! ¡Abismo de luz! - porque te roban mi ¡sí! y ¡amén!
Pues prefiero el ruido y el trueno y las maldiciones del mal tiempo a esta circunspecta y dubitante quietud gatuna; y tam­bién entre los hombres, a los que más odio es a todos los que andan sin ruido, y a todos los medias tintas, y a los que son como dubitantes e indecisas nubes pasajeras.
¡Y «el que no pueda bendecir, debe aprender a malde­cir»!296. - esta luminosa enseñanza me cayó de un cielo lumi­noso, esta estrella brilla en mi cielo hasta en las noches negras.
Mas yo soy uno que bendice y que dice sí, con tal de que tú estés a mi alrededor, ¡tú puro!, ¡luminoso!, ¡tú abismo de luz! - a todos los abismos llevo yo entonces, como una bendición, mi decir sí.
Me he convertido en uno que bendice y que dice sí, y he lu­chado durante largo tiempo, y fui un luchador, a fin de tener un día las manos libres para bendecir.
Pero ésta es mi bendición: estar yo sobre cada cosa como su cielo propio, como su techo redondo, su campana azur y su eterna seguridad: ¡bienaventurado quien así bendice!
Pues todas las cosas están bautizadas en el manantial de la eternidad y más allá del bien y del mal; el bien y el mal mismos no son más que sombras intermedias y húmedas tribulacio­nes y nubes pasajeras.
En verdad, una bendición es, y no una blasfemia, el que yo enseñe: «Sobre todas las cosas está el cielo Azar, el cielo Ino­cencia, el cielo Casualidad y el cielo Arrogancia».
«De casualidad» - ésta es la más vieja aristocracia del mun­do297, yo se la he restituido a todas las cosas, yo la he redimido de la servidumbre a la finalidad.
Esta libertad y esta celestial serenidad yo las he puesto como campana azur sobre todas las cosas al enseñar que por encima de ellas y a través de ellas no hay ninguna «voluntad eterna» que - quiera.
Esta arrogancia y esta necedad púselas yo en lugar de aque­lla voluntad cuando enseñé: «En todas las cosas sólo una es imposible - ¡racionalidad!»
Un poco de razón, ciertamente, una semilla de sabiduría, esparcida entre estrella y estrella, - esa levadura está mezclada en todas las cosas298: ¡por amor a la necedad hay mezclada sabiduría en todas las cosas!
Un poco de sabiduría sí es posible; mas ésta fue la bienaven­turada seguridad que encontré en todas las cosas: que prefie­ren - bailar sobre los pies del azar.
Oh cielo por encima de mí, ¡tú puro!, ¡elevado! Ésta es para mí tu pureza, ¡que no existe ninguna eterna araña y ninguna eterna telaraña de la razón: -
- que tú eres para mí una pista de baile para azares divinos, que tú eres para mí una mesa de dioses para dados y jugado­res divinos!299 -
Pero ¿te sonrojas? ¿He dicho tal vez cosas que no pueden decirse? ¿He blasfemado queriendo bendecirte?
¿O acaso es el pudor compartido el que te ha hecho enroje­cer? - ¿Acaso me ordenas irme y callar porque ahora - viene el día?
El mundo es profundo -: y más profundo de lo que nun­ca ha pensado el día300. No a todas las cosas les es lícito tener palabras antes del día. Pero el día viene: ¡por eso ahora nos separamos!
Oh cielo por encima de mí, ¡tú pudoroso!, ¡ardiente! ¡Oh tú felicidad mía antes de la salida del sol! El día viene: ¡por eso ahora nos separamos! -

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