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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Deepak Chopra El libro de los secretos

Deepak Chopra




El libro
de los secretos





Descubre quiénes somos, de dónde venimos
y por qué estamos en esta vida.

Secreto 1
El misterio de la vida es real

La vida que conoces es una delgada capa de acontecimientos que cubre una realidad más profunda. En ésta, eres parte de cada experiencia que ocurre, ocurrió y ocurrirá. En la realidad profunda sabes exactamente quién eres y cuál es tu propósito. No hay confusión ni conflictos con ninguna persona.
Tu propósito en la vida es fomentar la expansión y crecimiento de la creación. Cuando te miras, sólo ves amor.
Sin embargo, el misterio de la vida no reside en estas cuestiones sino en cómo sacarlas a la superficie. Si alguien me pidiera una prueba del misterio de la vida, la más clara sería la enorme distancia entre la realidad profunda y la vida cotidiana. Desde que nacemos recibimos constantes señales que sugieren la existencia de un mundo distinto en nuestro interior. ¿Has experimentado estos momentos de asombro? Ocurren al escuchar música hermosa o cuando el esplendor de la naturaleza nos provoca un estremecimiento. También cuando vemos con el rabillo del ojo algo familiar (la luz del amanecer, un árbol meciéndose con el viento, el rostro de un ser querido mientras duerme) y sabemos que en ese instante la vida es más de lo que parece.
Hemos pasado por alto innumerables señales porque no forman un mensaje claro. He conocido a un número prodigioso de personas con experiencias espirituales asombrosas: de niños vieron el alma de su abuela elevarse al momento de su muerte o seres de luz durante una fiesta de cumpleaños, viajaron más allá de sus cuerpos físicos o fueron recibidos tras acudir a la escuela por un familiar que acababa de morir en un accidente automovilístico. (Un hombre me contó que había sido un “niño de la burbuja” durante los primeros diez años de su vida: viajaba en su burbuja sobre la ciudad y hacia tierras desconocidas.) Millones de personas -no exagero, es el testimonio de encuestas públicas- se han visto cubiertas por una luz blanca iridiscente; o han escuchado una voz que saben proviene de Dios; o tuvieron guardianes invisibles en su infancia, amigos secretos que los protegían durante el sueño.
Con el tiempo me di cuenta de que son más las personas que han tenido estas experiencias (viajes a una realidad separada de ésta por un tenue velo de incredulidad) que quienes no. Para correr el velo debes cambiar tus percepciones.
Se trata de un cambio personal, totalmente subjetivo, pero muy real.
¿Cómo empezarías a resolver un misterio que está en todas partes pero que, de alguna manera, no forma un mensaje articulado? Un gran detective como Sherlock Holmes partiría de una deducción elemental: algo desconocido quiere darse a conocer. Un misterio renuente a mostrarse se retiraría cada vez que nos acercáramos. El misterio de la vida no se comporta así: sus secretos se revelan inmediatamente si sabes en qué dirección mirar. Pero, ¿cuál es ésta?
La sabiduría del cuerpo es un buen punto de acceso a las dimensiones ocultas de la vida: es totalmente invisible, pero innegable. Los investigadores médicos empezaron a aceptar este hecho a mediados de los años ochenta. Anteriormente se consideraba que la capacidad de la inteligencia era exclusiva del cerebro, pero entonces se descubrieron indicios de inteligencia en el sistema inmune y luego en el digestivo.
Ambos se valen de moléculas mensajeras especiales que circulan por todos los órganos llevando información hacia y desde el cerebro, pero que también actúan de manera autónoma. El glóbulo blanco que distingue entre bacterias invasoras y partículas inofensivas de polen realiza una decisión inteligente pese a que viaja en el flujo sanguíneo lejos del cerebro.
Hace diez años parecía absurdo hablar de inteligencia en los intestinos. Se sabía que el revestimiento del tracto digestivo posee miles de terminaciones nerviosas, pero se les consideraba simples extensiones del sistema nervioso, un medio para mantener la insulsa tarea de extraer sustancias nutritivas del alimento. Hoy sabemos que, después de todo, los intestinos no son tan insulsos. Estas células nerviosas que se extienden por el tracto digestivo forman un fino sistema que reacciona a sucesos externos: un comentario perturbador en el trabajo, un peligro inminente, la muerte de un familiar. Las reacciones del estómago son tan confiables como los pensamientos del cerebro, e igualmente complicadas. Las células de colon, hígado y estómago también piensan, sólo que no con el lenguaje verbal del cerebro. Lo que llamamos “reacción visceral” es apenas un indicio de la compleja inteligencia de estos miles de millones de células.
En una revolución médica radical, los científicos han accedido a una dimensión oculta que nadie sospechaba: las células nos han superado en inteligencia durante millones de años. De hecho, su sabiduría, más antigua que la cortical, puede ser el mejor modelo de lo único anterior a ella: el cosmos. Quizá el universo también nos supera en inteligencia.
Adonde quiera que vea, puedo percibir lo que la sabiduría cósmica intenta. Es muy similar a lo que yo pretendo: crecer, expandir, crear; la diferencia es que mi cuerpo coopera con el universo mejor que yo.
Las células no tienen inconveniente en participar en el misterio de la vida. La suya es una sabiduría de pasión y compromiso totales. Intentemos relacionar las cualidades de la sabiduría corporal con las dimensiones ocultas que deseamos descubrir:

La sabiduría que estás viviendo

La inteligencia del cuerpo




1. Tienes un propósito superior.
2. Estás en comunión con la totalidad de la vida.
3. Tu conciencia está siempre abierta al cambio: percibe momento a momento lo que ocurre en tu entorno.
4. Aceptas a los demás como tus iguales, sin prejuicios.
5. Afrontas cada momento con creatividad renovada, sin aterrarte a lo antiguo o lo gastado.
6. Tu ser se mueve al ritmo del universo. Te sientes seguro y atendido.
7. Tu concepto de eficiencia es dejar que el flujo de la vida te traiga lo que necesitas. Fuerza, control y lucha no son tu procedimiento.
8. Sientes conexión con tu origen.
9. Estás comprometido con la generosidad, fuente de toda abundancia.
10. Valoras todos los cambios, incluso el nacimiento y la muerte, en función de la inmortalidad. Lo que menos cambia es lo más real.

Ninguno de estos temas son aspiraciones espirituales; son hechos cotidianos en el plano de las células.
Propósito superior:
cada célula del cuerpo acuerda trabajar por el bien del todo; el bienestar individual es secundario. Si es preciso, morirá para proteger al cuerpo (lo que ocurre con frecuencia). La vida de cualquier célula es muchísimo más breve que la nuestra. Las células de la piel mueren por cientos cada hora, al igual que las inmunológicas que combaten los microbios invasores. El egoísmo resulta inconcebible, incluso cuando la supervivencia de las células está en juego.
Comunión:
cada célula permanece en contacto con todas las demás. Hay células mensajeras que corren en todas direcciones para notificar a los puestos avanzados más lejanos cualquier intención o deseo, por pequeño que sea. Retirarse o negarse a comunicar resulta inconcebible.
Conciencia:
las células se adaptan a cada momento. Son flexibles para responder a cada situación. Mantener hábitos rígidos resulta inconcebible.
Aceptación:
las células reconocen que cada una es igualmente importante. Todas las funciones del cuerpo son interdependientes. Realizarlas de manera aislada resulta inconcebible.
Creatividad:
aunque cada célula cumple funciones específicas (las células hepáticas, por ejemplo, realizan 50 tareas distintas), éstas se combinan de manera creativa. Una persona puede digerir alimentos que nunca había comido, concebir pensamientos nuevos o bailar de un modo nunca visto. Aferrarse a conductas anquilosadas resulta inconcebible.
Estar:
las células obedecen al ciclo universal de reposo y actividad. Aunque este ciclo se manifiesta de distintas formas (niveles hormonales fluctuantes, presión sanguínea, ritmos digestivos), su expresión más obvia es el sueño. Sigue siendo un misterio por qué necesitamos dormir, pero si no lo hacemos sufrimos disfunciones graves. El futuro del cuerpo se incuba en el silencio de la inactividad. La actividad obsesiva o la agresividad resultan inconcebibles.
Eficiencia:
las células operan con la menor cantidad posible de energía. En general, sólo almacenan tres segundos de alimento y oxígeno dentro de la pared celular. Confían totalmente en que se les proveerá. El consumo excesivo de alimento, aire o agua resulta inconcebible.
Conexión:
debido a su herencia genética común, las células saben que, en esencia, son iguales. El hecho de que las células hepáticas sean diferentes de las cardiacas, y las musculares de las cerebrales, no contradice su identidad colectiva, que es inalterable. En el laboratorio, una célula muscular puede transformarse genéticamente en célula cardiaca refiriéndola a su origen genérico. Las células saludables permanecen vinculadas a su origen sin importar cuántas veces se dividan. Vivir en aislamiento resulta inconcebible.
Dar:
la actividad principal de las células es dar, lo que mantiene la integridad del resto. El compromiso total con la concesión produce automáticamente la recepción, la otra mitad de un ciclo natural. El acopio resulta inconcebible.
Inmortalidad:
las células se reproducen para transmitir a su descendencia, sin restricciones, su conocimiento, experiencia y talentos. Es una clase de inmortalidad práctica: someterse a la muerte en el plano físico, pero vencerla en el no físico. La brecha generacional resulta inconcebible.
Es lo que mis células han convenido. ¿No es un pacto plenamente espiritual? La primera cualidad -seguir un propósito superior- corresponde a los atributos espirituales de renunciación o desprendimiento; dar es devolver a Dios lo que es de Dios; la inmortalidad coincide con la creencia en la vida después de la muerte. Sin embargo, al cuerpo no le conciernen los apelativos adoptados por la mente. Para él, estas cualidades son simplemente la manera en que funciona la vida, el resultado de la expresión biológica de la inteligencia cósmica a lo largo de billones de años. El misterio de la vida manifestó su potencial pleno con gran paciencia y cuidado: aun hoy, el acuerdo que mantiene unido mi cuerpo parece un secreto porque, a juzgar por las apariencias, no existe. Más de 250 clases de células realizan sus actividades diarias (las 50 funciones que cumplen las células hepáticas son exclusivas de ellas y no se superponen a las de las células musculares, renales, cardiacas o cerebrales) y sería catastrófico que tan sólo una de ellas se malograra. El misterio de la vida ha encontrado el modo de expresarse perfectamente por mi conducto.
Relee la lista de cualidades y presta atención a lo señalado como “inconcebible”: egoísmo, incomunicación, aislamiento, consumo excesivo, actividad obsesiva y agresividad. Si nuestras células no se comportan de este modo, ¿por qué lo hacemos nosotros? ¿Por qué si la avaricia provoca la destrucción de las células (la avaricia es el principal pecado de las células cancerígenas), la consideramos buena para nosotros?
¿Por qué nuestro consumo desemboca en una epidemia de obesidad mientras nuestras células reducen el suyo al mínimo? La conducta que aniquilaría a nuestros cuerpos en un día es la que los seres humanos hemos adoptado. Hemos traicionado la sabiduría de nuestro cuerpo y, peor aún, ignorado el modelo de una vida espiritual perfecta.
Este libro no nació de la idea de que los seres humanos son débiles o incompetentes en lo espiritual. Nació durante una crisis familiar que me infundió esperanzas renovadas.
Mi padre murió hace unos años cuando nadie lo esperaba.
Enérgico a sus 81 años, había pasado ese día de enero viendo la investidura del nuevo presidente estadounidense. Aunque se había retirado de su prolongada práctica médica como cardiólogo, seguía activo y había pasado la noche discutiendo casos clínicos con un grupo de alumnos.
Mi madre dormía en otra habitación debido a su mala salud, y no escuchó cuando Krishan se fue a la cama. Sin embargo, después de media noche, ella aún no podía conciliar el sueño y él apareció en su puerta en ropa de cama apenas una tenue silueta en la oscuridad- y le dijo que se iba. Mi madre comprendió inmediatamente. Él le dio un beso y dijo que la amaba. Entonces, volvió en silencio a su cuarto, donde sólo penetraban los sonidos nocturnos de los grillos, las aves tropicales y la ciudad de Delhi. Se acostó, invocó a Dios tres veces y murió.
La confusión reinó en mi familia. Mi hermano menor y yo volamos de Estados Unidos a India tan pronto como pudimos. Al cabo de unas horas, luego de vestir el cuerpo de mi padre para el funeral y esparcir flores de caléndula sobre él, lo bajamos por las escaleras hacia donde esperaba el cortejo en el cual se mezclaban lamentaciones de mujeres con cantos sagrados. Poco tiempo después me encontraba sobre una pila de cenizas en el ghatde incineración, en la ribera del río, cumpliendo el deber del primogénito: hacer trizas con un palo los restos del cráneo de su padre para liberarlo simbólicamente de los lazos con su vida terrenal.
No pude evitar la idea de que él, la persona a quien más amé en mi vida y que jamás pensé perder tan pronto, había desaparecido completamente. Sin embargo, la conciencia tan clara y serena con la que murió nos evitó los dolores más profundos del duelo. Aunque sabía que el cuerpo y la personalidad de Krishan Chopra habían desaparecido, mis emociones no descansarían hasta comprender en todo detalle en qué se había convertido. El misterio lo había transformado, y me di cuenta de que yo y todos sufrimos esa transformación. El misterio nos mantiene unidos y el misterio nos dispersa.
En lugar de investigar el misterio de la vida en tanto aspecto íntimo de nuestro ser, actuamos como si no existiera.
Todos hemos sufrido por esta omisión, y en nuestro horizonte se perfila aún más sufrimiento, quizá más intenso que el hasta ahora conocido. Mi padre partió de un mundo hundido en las profundidades de la oscuridad. Para cuando comience el noticiario de esta noche habrán surgido problemas en todas partes” como siempre, y las explicaciones no se acercarán siquiera a la sabiduría de una sola célula. Muchas personas se desaniman y evitan el desafío de tanto sufrimiento.
Otras suponen que deben cambiar su situación y buscar algo nuevo -relación, empleo, religión o maestro- para sentirse vivos de nuevo.
¿Crees que las células de tu cuerpo aceptarían esta lógica derrotista? Si el lugar en que estás no es suficientemente bueno, el amor, la salud y Dios permanecerán siempre fuera de tu alcance. Después de generaciones de vivir en el caos, ¿estamos preparados para permitir que el misterio nos salve?
¿Hay alguna otra manera?




CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR
EL PRIMER SECRETO







A cada secreto sigue un ejercicio que te permitirá aplicarlo en tu vida. La lectura incide en el nivel del pensamiento, pero los niveles del sentimiento y la acción permanecen intactos. Los tres deben fundirse para que tu realidad personal cambie.
El primer secreto consiste en dejar que la sabiduría del cuerpo señale el camino. Escribe hoy mismo diez de las cualidades mencionadas y cómo pondrías en práctica cada una.
Anótalas en una hoja aparte que te guiará durante el día.
Puedes dedicar una jornada a cada cualidad o escribirlas y practicar todas las que te sean posibles. El propósito no es que seas “una mejor persona”; no partas de la idea de que eres débil o incapaz. La intención es extender la zona de confort de tu cuerpo hacia el comportamiento y el sentimiento.
Asegúrate de que tus palabras expresen aspiraciones cercanas a tu corazón, que te hagan sentir tú mismo. Por ejemplo:
Propósito superior.
Estoy aquí para servir. Estoy aquí para inspirar. Estoy aquí para amar. Estoy aquí para vivir mi verdad.
Comunión.
Mostraré mí aprecio a alguien a quien nunca lo he expresado. Pasaré por alto la tensión y seré amigable con alguien que me ha ignorado. Expresaré al menos un sentimiento que me ha hecho sentir culpable o avergonzado.
Conciencia.
Dedicaré diez minutos a observar y guardar silencio. Me sentaré a solas con el único fin de sentir mi cuerpo. Si alguien me molesta, me preguntaré qué hay detrás de mi ira y no dejaré de prestar atención hasta que desaparezca la incomodidad.
Aceptación.
Dedicaré cinco minutos a pensar en las cualidades de alguien que me desagrada. Leeré sobre alguna comunidad que considero intolerante e intentaré ver el mundo a su manera. Me miraré al espejo y me describiré exactamente como si fuera la madre o el padre perfecto que me gustaría haber tenido (empezando con la frase: “Para mí eres hermoso”.
Creatividad.
Imaginaré cinco cosas que puedo hacer y que mi familia jamás esperaría, y realizaré al menos una. Esbozaré una novela basada en mi vida (todos los sucesos serán verdaderos, pero nadie adivinará que yo soy el protagonista). Inventaré algo que el mundo necesita desesperadamente.
Ser.
Pasaré media hora en un lugar tranquilo, percibiendo únicamente qué se siente existir. Me recostaré en el pasto y sentiré cómo la tierra se remueve lánguidamente bajo mí cuerpo. Inhalaré tres veces y dejaré que el aire salga lo más suavemente posible.
Eficiencia.
Evitaré controlar al menos dos cosas y veré qué sucede. Observaré una rosa y reflexionaré en la posibilidad de hacer que se abra más rápida o bellamente de lo que lo hace; luego me preguntaré si mi vida ha florecido con tal eficiencia. Me acostaré en un lugar tranquilo cerca del océano o con una grabación de sus sonidos- y respiraré a su ritmo.
Conexión.
Cuando esté con alguien y mi mirada se desvíe, la dirigiré de nuevo a sus ojos. Miraré con aprecio a alguien cuya importancia no he reconocido. Expresaré solidaridad a alguien que la necesita, de preferencia a un desconocido.
Dar.
Compraré el almuerzo y lo daré a una persona necesitada -o iré a una cafetería y comeré con ella-. Elogiaré a una persona por una cualidad de la que se sienta orgullosa. Dedicaré hoy a mis hijos todo el tiempo que deseen.
Inmortalidad.
Leeré un texto sagrado sobre el alma y la promesa de la vida después de la muerte. Escribiré cinco cosas por las que quiero ser recordado. Me sentaré y experimentaré en silencio el lapso entre la inhalación y la exhalación, sintiendo la eternidad en el momento presente.






Ejercicio 2:
¿accidente o inteligencia?




Cada uno de los secretos de este libro se refieren a la existencia de una inteligencia invisible que opera bajo la superficie visible de la vida. El misterio de la vida no es la expresión de accidentes aleatorios sino de una inteligencia omnipresente.
¿Es posible creer en esta inteligencia, o seguiremos aceptando sucesos azarosos y causas fortuitas?
Lee los siguientes hechos inexplicados y señala si conocías o no la existencia de esos misterios.
  • Sí O No Las aves que habitan el desierto cercano al Gran Cañón entierran miles de piñones en lugares muy dispersos al borde del desfiladero. En invierno, cada una encuentra los que enterró, aun bajo una gruesa capa de nieve.
  • Sí O No Los salmones que nacen en una pequeña corriente que alimenta el Río Columbia, al noroeste del Pacífico, nadan hacia el mar. Luego de varios años de recorrer vastas extensiones del océano, regresan para reproducirse justo al lugar donde nacieron, sin equivocarse jamás.
  • Sí O No A niños de distintos países se les leyó un texto en Japonés y se les preguntó si consideraban que habían escuchado palabras sin sentido o un bello poema en este idioma. Todos los niños japoneses contestaron correctamente pero, de manera significativa, también la mayoría de los de otros países, quienes nunca habían escuchado una palabra de este idioma en sus vidas.
  • Sí O No Una persona siente el momento exacto en que su gemelo idéntico muere en un accidente a miles de kilómetros de distancia.
  • Sí O No Las luciérnagas de Indonesia, que se cuentan por millones, son capaces de sincronizar sus destellos en un área de varios kilómetros cuadrados.
  • Sí O No En África, ciertos árboles podados en exceso pueden avisar a otros situados a kilómetros de distancia que incrementen la cantidad de tanina en sus hojas, sustancia química que las vuelve incomibles para los animales. Estos árboles reciben el mensaje y modifican su composición química.
  • Sí O No Gemelos separados al momento de nacer se encuentran años después y descubren que se han casado con mujeres del mismo nombre y en el mismo año, y que tienen el mismo número de hijos.
  • Sí O No La hembra del albatros vuelve con alimento al lugar de crianza y encuentra a sus polluelos entre cientos de miles de aves idénticas en una playa atestada.
  • Sí O No Una vez al año, durante la luna llena, millones de cangrejos herradura salen a la playa a aparearse. Todos responden al mismo llamado desde las profundidades del océano donde la luz no llega jamás.
  • Sí O No Cuando las moléculas de aire hacen vibrar tus tímpanos -de manera similar a un palo que golpea un platillo- escuchas voces que reconoces y palabras que comprendes.
  • Sí O No Aislados, el sodio y el cloro son venenos mortales. Combinados forman la sal, sustancia fundamental para la vida.
  • Sí O No Para leer esta frase, varios millones de neuronas de tu corteza cerebral deben formar de manera instantánea una estructura completamente original e inédita.
No hay calificación para este ejercicio, pero tenlo a mano hasta que termines el libro. Entonces reléelo y verifica sí tus creencias cambiaron y puedes explicar estos hechos con base en los secretos espirituales considerados.


















Secreto 2
El mundo está en ti


Para resolver el misterio de la vida sólo necesitamos cumplir un mandamiento: vivir como una célula. Sin embargo, no lo hacemos, y la razón resulta evidente: tenemos nuestra manera de hacer las cosas. Nuestras células se alimentan del mismo oxígeno y glucosa que nutrieron a las amibas hace dos billones de años, pero nosotros preferimos los alimentos de moda, grasosos, azucarados y frívolos. Pese a que nuestras células cooperan entre sí -con base en lineamientos establecidos por la evolución en los helechos del periodo cretáceo, nosotros encontramos un nuevo enemigo en el planeta cada década, cada año, cada mes. Lo mismo podemos decir de otras desviaciones de la sabiduría exacta, completa y casi perfecta de nuestros cuerpos.
Estos ejemplos reflejan una situación de mayor alcance.
Para volver a la sabiduría de la célula debemos aceptar que vivimos las consecuencias de elecciones ajenas. Se nos enseñaron hábitos y creencias que ignoran por completo el misterio de la vida. Estas creencias están contenidas unas en otras, como esas cajas chinas que contienen siempre otra más pequeña:
Hay un mundo material.
El mundo material está lleno de objetos, sucesos y personas.
Yo soy una de esas personas y no tengo una posición más elevada que las demás.
Para descubrir quién soy debo explorar el mundo material.
Este conjunto de creencias resulta limitante. En él no hay lugar para ningún acuerdo espiritual; ni siquiera para el alma.
¿Para qué integrar el misterio de la vida en un sistema que sabe de antemano qué es real? Por más convincente que parezca el mundo material -y para vergüenza de la ciencia moderna-, nadie ha podido demostrar que es real. Las personas comunes no están al tanto de los avances de la ciencia, por lo que este grave problema no es conocido. No obstante, cualquier neurólogo puede decirte que el cerebro no ofrece ninguna prueba de que el mundo exterior existe en verdad, y sí muchas de que no existe.
Todo lo que el cerebro hace es recibir señales incesantes relacionadas con el equilibrio químico, el consumo de oxígeno y la temperatura del cuerpo. A lo anterior se suma una corriente discontinua de impulsos nerviosos. Esta enorme cantidad de información no procesada tiene su origen en estallidos químicos que producen cargas eléctricas. Éstas viajan en todas direcciones por una intrincada red de finísimas células nerviosas, y una vez que llegan al cerebro (como un corredor que lleva un mensaje a Roma desde los límites del imperio) la corteza las combina y forma un conjunto aún más complejo de señales eléctricas y químicas.
La corteza no nos dice nada sobre este procesamiento perpetuo de información, que es lo único que ocurre dentro de la materia gris. Nosotros sólo percibimos el mundo material con todas sus imágenes, sonidos, sabores, olores y texturas.
El cerebro nos ha gastado una broma, un admirable juego de prestidigitación, pues no existe conexión entre la información no procesada del cuerpo y nuestra percepción subjetiva de un mundo exterior.
En lo que a nosotros concierne, el mundo exterior podría ser un sueño. Cuando estoy dormido y sueño, veo un mundo de sucesos tan vivido como el que veo durante la vigilia (aparte de la vista, mis otros cuatro sentidos están presentes de manera irregular, pero al menos un pequeño porcentaje de personas tiene los cinco: pueden tocar, saborear, escuchar y oler con tanta intensidad como cuando están despiertos). Sin embargo, cuando abro los ojos en la mañana, sé que esos sucesos tan reales fueron producto de mi mente. Nunca he tomado el sueño por realidad porque doy por hecho que los sueños no son reales.
¿Mi cerebro tiene un sistema para crear el mundo de los sueños y otro para crear el de la vigilia? No; en términos de función cerebral, el mecanismo de los sueños no se esfuma cuando despierto. La misma corteza visual localizada en la parte trasera de mi cabeza, hace que vea un objeto -un árbol, un rostro, e! cielo en la memoria, en un sueño, en una foto o justo frente a mí. La ubicación de la actividad neuronal cambia ligeramente entre una situación y otra, por lo que puedo distinguir entre un sueño, una foto y el objeto; pero el proceso fundamental siempre es el mismo: estoy creando un árbol, un rostro o el cielo a partir de una maraña de nervios que lanzan estallidos químicos y cargas eléctricas por todo el cuerpo. Por más que me esfuerce, jamás encontraré un patrón de sustancias químicas y cargas eléctricas con forma de árbol” de rostro o de ninguna otra cosa. Todo lo que hay es una tormenta de actividad electroquímica.
Este embarazoso problema -la incapacidad de demostrar la existencia de un mundo exterior- socava la base del materialismo. Es así como llegamos al segundo misterio espiritual: no estás en el mundo; el mundo está en ti.
La única razón por la que las piedras son sólidas es que el cerebro interpreta una ráfaga de señales eléctricas como tacto; la única razón por la que el sol brilla es que el cerebro interpreta otra ráfaga de señales eléctricas como vista. No hay luz solar en mi cerebro, cuyo interior es tan oscuro como una caverna de piedra caliza sin importar cuan iluminado esté el mundo exterior.
En el momento en que digo que el mundo entero se crea en mí, me doy cuenta de que tú podrías decir lo mismo. ¿Estoy en tu sueño, tú estás en el mío, o estamos todos atrapados en una extraña combinación de las versiones de cada uno sobre los acontecimientos? Para mí, éste no es un problema sino la esencia de la espiritualidad. Todos somos creadores. El misterio de cómo se combinan todos estos puntos de vista individuales -de modo que tu mundo y el mío armonicen- es lo que lleva a las personas a buscar respuestas espirituales. No hay duda de que la realidad está llena de conflictos, pero también de armonía. Es liberador darse cuenta de que como creadores generamos cada aspecto, bueno o malo, de nuestra experiencia. Así, cada uno es el centro de la creación.
Antiguamente, estas ideas se aceptaban de manera espontánea. Hace siglos la doctrina de la realidad única constituía el centro de la vida espiritual. Religiones, pueblos y tradiciones discrepaban muchísimo, pero todos coincidían en que el mundo es una creación indivisa e imbuida de una inteligencia, un diseño creativo. El monoteísmo llamó a esta realidad única Dios; India, Brahma; China, Tao. En todos los casos, el individuo vivía dentro de esta inteligencia infinita, y sus actos constituían el diseño total de la creación. No tenía que emprender búsquedas espirituales para encontrar la realidad única: su vida estaba inmersa en ella. El creador permeaba por igual cada partícula de la creación, y la misma chispa divina animaba toda forma de vida.
En la actualidad tildamos esta perspectiva como “mística” porque trata con lo invisible. Pero si nuestros ancestros hubieran conocido el microscopio, ¿no habrían encontrado en la conducta de las células la comprobación de su misticismo? La creencia en una realidad inclusiva ubica a cada individuo en el centro de la existencia. El símbolo místico de esta situación es un círculo con un punto en el centro: el individuo (punto) es en realidad infinito (círculo). Es como la pequeña célula cuyo punto de ADN la vincula con billones de años de evolución.
¿Pero podemos considerar al concepto de la realidad única como místico? Durante el invierno veo por mi ventana al menos un capullo colgando de una rama. Dentro de él una oruga se ha convertido en crisálida, la cual surgirá en primavera como mariposa. Todos conocemos esta transformación porque la vimos de niños o porque leímos The Very Hungry Caterpillarde Eric Carie. Pero lo que ocurre en el interior del capullo sigue siendo un misterio. Los órganos y tejidos de la oruga se disuelven” forman una sopa amorfa y toman la estructura de una mariposa, la cual no guarda ningún parecido con la oruga.
La ciencia no se explica cómo se desarrolló esta metamorfosis. Resulta imposible imaginar que los insectos la descubrieran por accidente: la complejidad química necesaria para convertir una oruga en mariposa es insólita; la transformación requiere miles de pasos interconectados minuciosamente. (Es como si llevaras tu bicicleta a reparar y te entregaran a cambio un avión.)
Pero algo sabemos sobre cómo se conforma esta delicada cadena de sucesos. Dos hormonas, juvenil y ecdisona, regulan lo que a simple vista parece la disolución de la oruga.
Ambas indican a las células dónde ir y cómo cambiar: unas deben morir, otras consumirse a sí mismas y unas más convertirse en ojos, antenas y alas. Esto denota un ritmo frágil -y milagroso- con un delicado equilibro entre creación y destrucción. El ritmo depende de la duración del día, que a su vez deriva del movimiento de traslación de la Tierra. Así pues, el ritmo del cosmos ha estado íntimamente ligado al nacimiento de las mariposas durante millones de años.
La ciencia se concentra en las moléculas, pero en este asombroso ejemplo una inteligencia las utiliza para lograr sus objetivos. El objetivo en este caso es formar una nueva criatura sin desperdiciar ingredientes.
(Si hay una sola realidad no podemos decir, como hace la ciencia, que la duración del día provoca que las hormonas de la crisálida desencadenen la metamorfosis. La duración del día y las hormonas provienen de la misma fuente creativa y conforman la realidad única. Esa fuente utiliza ritmos cósmicos o moléculas según su conveniencia. Así como la duración del día no provoca cambios en las hormonas, éstas no motivan que el día cambie: ambas están vinculadas a una inteligencia oculta que las crea simultáneamente. Si en un sueño o pintura un niño golpea una pelota de béisbol, ésta no sale volando por los aires. Cada sueño o pintura forma una unidad indivisible.)
Otro ejemplo: dos proteínas que evolucionaron hace millones de años, la actina y la miosina, permiten a los músculos de las alas de los insectos contraerse y relajarse. Gracias a ellas los insectos aprendieron a volar. SÍ una de estas moléculas está ausente, las alas crecen pero no baten, y por tanto son inútiles. Las mismas proteínas son responsables del latido del corazón humano, y cuando una está ausente, el pulso es ineficiente, débil y, en última instancia, puede sobrevenir un ataque cardiaco.
La ciencia se maravilla de que las moléculas se adaptan a lo largo de millones de años. ¿No hay aquí una intención más profunda? Todos anhelamos volar, liberarnos de las limitaciones. ¿No es éste el mismo impulso que expresó la naturaleza cuando los insectos empezaron a volar? La prolactína que genera leche en el pecho de una madre es la misma que impulsa al salmón a nadar contra corriente para reproducirse y cambiar el agua salada por la dulce. La insulina de una vaca es idéntica a la de una amiba: sirve para metabolizar carbohidratos, aunque una vaca es millones de veces más compleja que una amiba. Por todo esto, no hay nada místico en el concepto de una realidad totalmente interconectada.
¿Cómo fue que la creencia en la realidad única se vino abajo? Había una alternativa que también colocaba a cada individuo en el centro de su propio mundo. Sin embargo, e vez de incluirlo lo hacía sentir solo y aislado, impulsado por el deseo personal y no por una fuerza vital compartida o por la comunión de las almas. Es la opción a la que llamamos ego, hedonismo” ley del karma o -para usar un lenguaje religioso- expulsión del paraíso. Ha penetrado hasta tal grado nuestra cultura que seguir al ego no parece ya una elección. Desde niños hemos sido educados en la norma del “primero yo, después yo y finalmente yo”. La competencia nos enseña que debemos luchar por lo que deseamos. La amenaza de otros egos -que se sienten tan aislados y solos como nosotros-, está siempre presente: nuestros planes podrían frustrarse si alguien se nos adelantara.
Mi intención no es censurar al ego ni responsabilizarlo de que las personas no sean felices, sufran o no encuentren su verdadero yo, a Dios o al alma. Se dice que el ego nos obnubila con sus exigencias, avaricia, egoísmo e inseguridad interminables, lo cual es un punto de vista común pero errado. Lanzarlo a la oscuridad, convertirlo en enemigo, sólo agudiza la división y la fragmentación. Si sólo existe una realidad, debe abarcar todo. Excluir al ego es tan imposible como suprimir el deseo.
La decisión de vivir en aislamiento -algo que las células jamás eligen, excepto las cancerígenas- originó un género especial de mitología. En todas las culturas se habla de una edad de oro enterrada en un oscuro pasado. Este relato de perfección degrada a los seres humanos, quienes creyeron que eran defectuosos por naturaleza, que todos portamos la marca del pecado, que Dios no mira con buenos ojos a estos hijos descarriados. El mito da a una elección la apariencia de designio. La separación cobró vida propia, pero ¿desapareció la posibilidad de la realidad única?
Para reconquistar la realidad única debemos aceptar que el mundo está en nosotros. Este secreto espiritual se basa en la naturaleza del cerebro, cuya función es crear el mundo en todo momento. Si tu mejor amigo te llama por teléfono desde Tíbet, el sonido de su voz es una sensación en tu cerebro; si se presenta en tu casa, su voz seguirá siendo una sensación en la misma parte de tu cerebro, y lo mismo ocurrirá cuando tu amigo se haya ido y su voz resuene en tu memoria. Una estrella en el cielo parece lejana aunque también es una sensación en otra zona de tu cerebro. Por tanto, la estrella está en ti. Ocurre lo mismo cuando degustas una naranja, tocas una tela aterciopelada o escuchas a Mozart: toda experiencia se origina en tu interior.
En este momento, la vida centrada en el ego resulta totalmente convincente, razón por la cual ni todo el dolor y sufrimiento que provoca nos decide a abandonarla. El dolor lastima pero no muestra la salida. El debate sobre cómo terminar la guerra, por ejemplo, ha resultado estéril porque se funda en la idea de que somos individuos aislados; como tales, nos enfrentamos a “ellos”, los innumerables individuos que quieren lo mismo que nosotros.
La violencia se basa en la oposición nosotros-ellos. “Ellos” nunca se van ni se dan por vencidos; luchan por proteger sus intereses. Mientras unos y otros tengamos intereses distintos, el ciclo de violencia perdurará. Las consecuencias funestas de esta postura pueden observarse en el organismo: en un cuerpo saludable, todas las células se reconocen en las demás. Cuando esta percepción se corrompe y ciertas células se convierten en “el otro”, el cuerpo arremete contra sí, situación conocida como trastorno inmunológico, y provoca afecciones terribles como artritis reumatoide y lupus. La agresión de un ser contra sí mismo se fundamenta en un concepto erróneo, y aunque la medicina puede proporcionar cierto alivio al cuerpo, es imposible curarlo sin corregir primero el concepto equívoco.
Una acción categórica en favor de la paz es renunciar al interés personal de una vez por todas, lo que arranca la violencia de raíz. Esta idea puede resultar desconcertante; nuestra reacción inmediata es: “¡Pero yo soy mi interés personal en el mundo!” Por fortuna, esto no es exacto: el mundo está en ti, no al revés. A esto se refería Cristo cuando nos apremió a alcanzar el reino de Dios y preocuparnos por lo mundano después. Dios posee todo en virtud de haber creado todo; si tú y yo creamos las percepciones que interpretamos como realidad, nos pertenecen también.
La percepción es el mundo; el mundo es percepción.
Esta idea echa por tierra el drama de “nosotros contra ellos”. Todos formamos parte del único proyecto trascendente: la creación de la realidad. Defender otros intereses -dinero, propiedades, posición- sólo tendría sentido si fueran esenciales. Pero el mundo material es consecuencia; nada en él es esencial. El único interés personal valioso es la habilidad de crear libremente, con plena conciencia de cómo se crea la realidad.

Puedo entender a quienes encuentran tan repugnante al ego que quieren deshacerse de él. Sin embargo, el ataque al ego es sólo un disfraz sutil del ataque a uno mismo. Su destrucción no serviría de nada aun si pudiera lograrse. Es vital mantener la maquinaria creativa intacta. Cuando lo despojamos de sus sueños feos, inseguros y violentos, el ego deja de ser feo, inseguro y violento, y toma su lugar como parte del misterio.
La realidad única nos ha revelado un valioso secreto: quien crea es más importante que el mundo entero. De hecho, es el mundo. Vale la pena hacer una pausa para asimilarlo. De todas las ideas liberadoras que pueden cambiar la vida de una persona, quizá ésta sea la más poderosa. Pero para llevarla a la práctica” para ser auténticos creadores, debemos liberarnos de múltiples condicionamientos. Nadie nos pidió que creyéramos en un mundo material, pero aprendimos a considerarnos seres limitados. El mundo exterior debe ser mucho más poderoso; él marca la pauta, no nosotros; él está primero y nosotros muy por detrás.
El mundo exterior no te proporcionará respuestas espirituales mientras no asumas tu papel de creador de la realidad. Esto parecerá extraño al principio, pero establecerá un nuevo conjunto de creencias:
Todo lo que experimento es un reflejo de mí.
Por tanto, no tiene sentido tratar de escapar. No hay a dónde ir, y como creador de mi realidad, no me interesaría huir aun si pudiera.
Mi vida es parte de todas las demás.
Mi conexión con todos los seres vivientes me impide tener enemigos. No siento necesidad de oponerme, resistirme, vencer o destruir.
No necesito controlar nada ni a nadie.
Puedo inducir cambios transformando lo único que está bajo mi control: yo.




CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR
EL SEGUNDO SECRETO


Para vivir el segundo secreto con toda su fuerza empieza por considerarte cocreador de todo lo que te ocurre. Un ejercicio simple es contemplar lo que te rodea: conforme tu mirada se pose en una silla, un cuadro o el color de las paredes, piensa:
Esto es un reflejo de mí. Esto también es un reflejo de mí” Permite que tu conciencia asimile todo, y pregúntate:
¿Veo orden o desorden?
¿Veo mi singularidad?
¿Veo lo que siento en realidad?
¿Veo lo que quiero en realidad?

No todos los objetos de tu entorno responderán claramente a estas preguntas. Si bien un departamento iluminado y de alegres colores representa un estado de ánimo muy distinto al de otro subterráneo y oscuro, un escritorio atestado de papeles puede tener varios significados: desorden interior, temor a las responsabilidades, exceso de obligaciones, desdén por los asuntos cotidianos, etcétera. Esta pluralidad se explica porque todos manifestamos y ocultamos al mismo tiempo quiénes somos. A veces expresamos nuestros sentimientos y otras nos distanciamos de ellos, nos negamos o utilizamos válvulas de escape aceptadas por la sociedad. El sofá que compraste sólo porque estaba de oferta, la pared blanca que no te importó pintar de otro color y el cuadro que no retiras porque es un obsequio de tus suegros, son también símbolos de tus sentimientos. Sin entrar en detalles, es posible echar un vistazo al espacio vital de una persona y determinar con bastante exactitud si está satisfecha o insatisfecha con la vida, si tiene una identidad firme o débil, si es conformista o inconformista, si prefiere el orden al caos, si se siente confiado o desahuciado.
Ahora pasa a tu círculo social. Cuando estés con tu familia o amigos, escucha con tu oído interno lo que ocurre.
Pregúntate:
¿Escucho felicidad?
¿La presencia de estas personas me hace sentir vivo y animado?
¿Percibo un trasfondo de cansancio?
¿Se trata de un encuentro rutinario o hay una verdadera interacción entre las personas?
Las respuestas te ayudarán a valorar tu mundo y lo que ocurre en tu interior: quienes te rodean, al igual que los objetos, son un espejo. Ahora concéntrate en el noticiario nocturno, y en vez de pensar que los sucesos ocurren “allá afuera”, refiérelos a tu persona. Pregúntate:
¿El mundo que veo es seguro o amenazador?
¿El noticiario me produce temor y consternación o me divierte y entretiene?
Cuando se trata de una noticia mala, ¿presto atención sólo para entretenerme?

¿Qué parte de mí representa este programa, la que pasa incesantemente de un problema a otro o la que busca respuestas?
Este ejercicio desarrolla una nueva clase de conciencia: empiezas a romper el hábito de considerarte una entidad aislada. Descubres que el mundo entero está en tu interior.


Ejercicio 2: lleva el mundo a casa



Que seas un creador no significa que tu ego lo sea. El ego está inextricablemente unido a tu personalidad, la cual, obviamente, no creó todo lo que te rodea. La creación no ocurre en ese nivel. Intentemos acercarnos al creador interior reflexionando sobre una rosa.
Busca una rosa roja y sostenía frente a ti. Huélela y piensa:
Sin mí, esta flor no tendría aroma”. Mira su intenso color rojo y piensa: “Sin mí, esta flor no tendría color”. Acaricia los pétalos aterciopelados y piensa: “Sin mí, esta flor no tendría textura”. Sí no mera por tus sentidos -vista, oído, tacto, gusto y olfato- la rosa no sería más que átomos vibrando en el vacío.
Ahora reflexiona en el ADN contenido en cada célula de la rosa. Visualiza billones de átomos engarzados en esta doble hélice y piensa: “Mi ADN está mirando el ADN de esta flor. No se trata de un observador mirando un objeto; es una forma de ADN observando otra forma de ADN”. Observa cómo el ADN empieza a relucir hasta convertirse en vibraciones invisibles de energía. Piensa: “La rosa se ha desvanecido; ha vuelto a ser energía primigenia. Yo me he desvanecido y soy de nuevo energía primigenia. Ahora, un campo de energía está mirando otro campo de energía”.
Finalmente, observa cómo las ondas de energía de cada uno se mezclan hasta desvanecer el límite que los separa, como olas que se alzaran y cayeran en la vasta superficie de un mar infinito. Piensa: “Toda la energía proviene de una fuente y vuelve a ella. Cuando miro una rosa, una porción minúscula del infinito se eleva de la fuente para experimentarse a sí misma”.
Este ejercicio nos ha permitido conocer la realidad: un campo de energía infinito y silencioso experimentó mediante un destello al objeto (rosa) y al sujeto (observador) sin ir a ningún lado. La conciencia simplemente contempló un aspecto de su belleza eterna. Su único móvil fue crear un momento de alegría. Tú y la rosa fueron los polos opuestos de ese momento, pero no estaban separados: un mismo trazo creativo los fundió en uno.






Secreto 3
Cuatro senderos
llevan a la unidad



Los secretos espirituales restantes -la mayoría- se fundamentan en la existencia de la realidad única. Si aún crees que se trata simplemente de una idea caprichosa, tu experiencia de vida no cambiará. La realidad única no es una idea: es la puerta a una participación totalmente novedosa en la vida. Imagina a una persona que no conoce los aviones y sube a uno. Cuando la nave despega, este individuo cae presa del pánico: “¿Qué nos sostiene? ¿Qué pasará si el avión pesa demasiado? El aire no pesa, ¡y el avión está hecho de acero!” Hundido en sus percepciones, el pasajero pierde el control y queda atrapado en una experiencia que puede resultar desastrosa.
En la cabina, el piloto se siente más retajado porque fue entrenado para volar: conoce la nave y los controles que manipula. No hay razón para que sienta pánico, aunque el temor de una falla mecánica siempre está presente. De sobrevenir un desastre, estaría fuera de su control.
Ahora piensa en el diseñador de aviones, quien puede construir cualquier nave con base en principios aerodinámicos. Él tiene más control que el piloto porque, si continúa experimentando, puede concebir un avión que jamás se estrelle (quizá un planeador con alerones que no permitan el descenso sin importar el ángulo de vuelo).
Esta progresión de pasajero a diseñador simboliza un viaje espiritual. El pasajero está atrapado en el mundo de los cinco sentidos; el vuelo se le antoja imposible porque cuando compara el acero y el aire, no puede concebir que aquél se sostenga. El piloto conoce los principios de la aerodinámica, los cuales trascienden los cinco sentidos y se basan en una ley más profunda de la naturaleza: el principio de Bernoulli.
Según éste, el aire que fluye sobre una superficie curva provoca elevación. El diseñador trasciende aún más: manipula las leyes de la naturaleza para obtener el efecto que desea. En otras palabras, está más cerca de la fuente de la realidad y no actúa como víctima de los cinco sentidos ni como participante pasivo de la ley natural, sino como cocreador con la naturaleza.
Tú puedes emprender este viaje pues no sólo es simbólico: el cerebro, que elabora cada visión, sonido, sensación táctil, sabor y olor que experimentas, es una máquina cuántica. Sus átomos están en contacto directo con las leyes naturales y, mediante la magia de la conciencia, convierte cualquier deseo en una señal que envía a la fuente de la ley natural. La definición más simple de conciencia es conocimiento: son sinónimos. En cierta ocasión, durante una conferencia de negocios, un ejecutivo me pidió una definición práctica y concreta de conciencia. Pensé contestarle que es imposible definirla, pero dije casi sin querer: “Conciencia es el potencial de la creación”. Pude ver cómo el rostro del ejecutivo se iluminó. A mayor conciencia, mayor potencial para crear. La conciencia pura, que subyace a todo, es potencial puro.
Pregúntate: ¿quieres ser víctima de los cinco sentidos o cocreador? Tus opciones son:



Camino a la creación
  • Dependencia de los cinco sentidos. Separación, dualidad” centrado en el ego, vulnerable al miedo, apartado de la fuente, limitado al tiempo y el espacio.
  • Dependencia de la ley natural. Bajo control, menos vulnerable al temor, aprovecha los recursos naturales, inventivo, consciente, explora los límites del tiempo y el espacio.
  • Dependencia de la conciencia. Creativo, conocimiento profundo de la ley natural, cercano a la fuente, los límites se desvanecen, las intenciones se convierten en resultados trasciende el tiempo y el espacio.

Lo único que cambia en el viaje que lleva de la separación a la realidad única es la conciencia. Cuando dependes de los cinco sentidos consideras al mundo físico como la realidad primaria. En él, tú quedas en segundo plano porque te ves como un objeto sólido formado por átomos y moléculas. La única función de tu conciencia es observar el mundo que está “allá fuera”.
Los cinco sentidos son extremadamente engañosos: nos dicen que el sol se levanta por el Oriente y se oculta por el Occidente, que la Tierra es plana, que un objeto metálico no puede sostenerse en el aire. El siguiente nivel de conciencia depende de las leyes naturales y se alcanza mediante el pensamiento y la experimentación. El observador no se deja engañar: puede descubrir la ley de la gravedad utilizando las matemáticas y la experimentación. (Newton no tuvo que esperar hasta sentarse bajo un árbol y ver caer una manzana; realizó mentalmente un experimento usando imágenes y los números correspondientes. Einstein siguió el mismo método cuando imaginó el funcionamiento de la relatividad.)
Cuando el cerebro humano especula sobre las leyes naturales, el mundo material sigue estando “allá fuera”. Tenemos más poder sobre la naturaleza, pero si este nivel de conciencia fuera el más elevado (como piensan muchos científicos), Utopía sería un logro tecnológico.
No obstante, el cerebro no puede prescindir de sí mismo por siempre. Las leyes naturales que mantienen los aviones en el aire también rigen los electrones del cerebro. Tarde o temprano debemos preguntarnos: “¿Quién soy” quién realiza estos pensamientos?” Es la pregunta que nos lleva a la conciencia pura. Si vaciamos al cerebro de todo pensamiento -como durante la meditación- descubrimos que la conciencia no está hueca ni es pasiva. Más allá de los límites del tiempo y el espacio ocurre un proceso -uno solo-: la creación se crea a sí misma utilizando la conciencia a manera de arcilla. La conciencia se convierte en las cosas del mundo objetivo y en las experiencias del mundo subjetivo. Si descomponemos cualquier experiencia en sus elementos primordiales, lo que obtenemos son ondas invisibles en el campo cuántico.
No hay diferencia, y gracias a un pase mágico supremo, el cerebro humano participa en el proceso creativo. Basta prestar atención y concebir un deseo para poner en marcha la creación.
Para lograr esto debemos saber qué estamos haciendo. La víctima de los cinco sentidos (el hombre pre-científico) y el estudioso de las leyes naturales (científicos y filósofos) son tan creativos como quienes experimentan la conciencia pura (sabios, santos, chamanes, siddhas, brujos), pero creen en limitaciones autoimpuestas. Y porque creen en ellas las vuelven realidad. Esta es la maravilla y la paradoja del viaje espiritual: sólo adquirirás pleno poder cuando te des cuenta de que has utilizado ese poder todo el tiempo para restringirte. Tú eres el prisionero, el carcelero y el héroe que abre la celda, todos a la vez.
Nuestro instinto siempre lo supo. En los cuentos de hadas hay un vínculo mágico entre víctimas y héroes. La rana sabe que es un príncipe y que basta un toque mágico para volverlo a su forma original. En la mayoría de estas historias, la víctima está en peligro y es incapaz de romper el hechizo por sí mismo. La rana necesita un beso; la princesa dormida, alguien que atraviese el seto de espinas; Cenicienta, un hada madrina con una varita mágica. En estos cuentos se refleja nuestra creencia en la magia -convicción de las partes más antiguas de nuestro cerebro-, así como el pesar por no dominarla.
Este dilema ha frustrado a todos los que han querido abrazar la realidad única. Aun cuando se adquiere sabiduría y comprobamos que nuestro cerebro produce todo lo que nos rodea, resulta difícil localizar el interruptor que pone en marcha la creación. Pero es posible hacerlo. Detrás de cada experiencia hay alguien que experimenta y sabe qué está ocurriendo. Si logro colocarme en el lugar de quien experimenta, estaré en el punto fijo alrededor del cual gira el mundo. El proceso para llegar ahí comienza aquí y ahora.
Las experiencias se manifiestan en una de cuatro formas: sentimiento, pensamiento, acción o, simplemente, sensación de ser. Hay momentos inesperados en los cuales quien experimenta posee con mayor viveza estas cuatro formas. Cuando esto ocurre sentimos un cambio, una ligera diferencia respecto a la realidad ordinaria. La siguiente es una lista de esos cambios sutiles tomados de una libreta que llevé conmigo durante varias semanas:
SENTIMIENTOS:
Un sentimiento de ligereza en mi cuerpo.
Una sensación de fluidez en mi cuerpo.
La sensación de que todo está bien, de que ocupo un lugar en el mundo.
Una sensación de tranquilidad absoluta.
La sensación de detenerme, de manera similar a un automóvil.
La sensación de aterrizar en un lugar suave y seguro.
La sensación de que no soy lo que parecía ser, que he estado representando un papel que no corresponde a mi verdadero yo.
La sensación de que hay algo más allá del cielo o detrás del espejo.


PENSAMIENTOS:
Sé más de lo que creo saber.”
Necesito descubrir qué es real”
Necesito descubrir quién soy en realidad “
Mi mente es menos inquieta; quiere tranquilizarse.
Mis voces interiores se han vuelto silenciosas.
MÍ diálogo interno se ha detenido de súbito.


ACCIONES:
Siento de repente que mis actos no me pertenecen.
Siento un poder mayor que actúa por mi conducto.
Mis acciones parecen simbolizar quién soy y por qué estoy aquí.
Estoy actuando con integridad total.
Renuncié al control y aquello que quise simplemente vino a mí.
Renuncié a la lucha, y en vez de que las cosas se derrumbaran, mejoraron.
Mis acciones son parte de un plan que no puedo distinguir pero sé que existe.



SENSACIONES DE SER:



  • Me doy cuenta de que estoy protegido.
  • Me doy cuenta de que mi vida tiene un propósito”, de que soy importante.
  • Percibo que los sucesos aleatorios no son tales sino que representan pautas sutiles.
  • Me doy cuenta de que soy único.
  • Me doy cuenta de que la vida se hace cargo de sí misma.
  • Me siento atraído al centro de las cosas.
  • Me doy cuenta y me maravillo de que la vida es infinitamente valiosa.



Esta lista parece abstracta porque todo se refiere a la conciencia. No registré ninguno de los miles de pensamientos, sentimientos y acciones que se referían a cuestiones externas. Como cualquier persona, yo estaba pensando en mi próxima cita o apresurándome para llegar a ella, atrapado en el tránsito, sintiéndome feliz o malhumorado, confuso o seguro, concentrado o distraído. Todo es como el contenido de una maleta mental que llenamos con miles de asuntos, pero la conciencia no es la maleta ni lo que guardamos en ella.
La conciencia sólo es ella misma: pura, viva, alerta, silente y llena de potencial. En ocasiones experimentamos ese estado de pureza y surge alguno de los indicios mencionados u otro similar. Algunos son palpables; surgen como sensaciones innegables en el cuerpo. Otros brotan en un nivel más sutil que es difícil describir. Un destello de algo atrapa repentinamente nuestra atención. Cualquiera de estas señales es un hilo que puede conducirte más allá de pensamientos, sentimientos o acciones. Si sólo hay una realidad, todas las pistas deben llevar al sitio donde las leyes de la creación actúan libremente: la conciencia pura.
Una vez que tienes un indicio prometedor, ¿cómo puedes liberarte del control del ego? El ego defiende encarnizadamente su visión del mundo, y todos sabemos cuan vagas y fugaces son las experiencias que no se adaptan a nuestro sistema de creencias. Sir Kenneth Clark, reconocido historiador inglés de arte, relata en su autobiografía la Revelación que tuvo cuando estaba en una iglesia: supo con absoluta certeza que una presencia omnipresente lo llenaba. Percibió, más allá del pensamiento, una realidad sublime, luminosa, amorosa y sagrada.
En ese momento tuvo que elegir entre seguir esta realidad trascendental o volver al arte. Prefirió el arte, sin remordimientos. Aunque incomparable con aquella realidad más elevada, éste era su amor terrenal. Eligió una de dos infinitudes: la de los objetos bellos sobre la conciencia invisible. (Hay una ingeniosa caricatura que muestra dos señales en la bifurcación de un sendero. Una apunta hacia “Dios” y la otra hacia “Debates sobre Dios”. En este caso podríamos cambiarlas por “Dios” y “Pinturas de Dios”.)
Muchas personas han hecho elecciones similares. Para que el mundo físico que conoces sucumba uno de los indicios debe expandirse. Los hilos de la experiencia deben urdir una nueva pauta pues, como hebras independientes, son demasiado frágiles para competir con el drama de placer y dolor al que estamos habituados.
Revisa de nuevo la lista. Los límites entre las categorías son difusos. Entre sentir que estoy seguro y saber que estoy seguro, por ejemplo, hay una diferencia mínima. Puedo actuar como si tuviera la certeza de estar a salvo hasta que compruebo, sin lugar a dudas, que mi existencia ha estado segura desde que nací. Es lo que significa urdir una nueva pauta.
Puedo tramar conexiones similares con cualquier ítem de la lista. Al conectar pensamiento, sentimiento, acción y ser, quien experimenta se hace más real; aprendo a colocarme en su lugar. Entonces pongo a prueba esta nueva realidad y verifico sí tiene la fuerza suficiente para remplazar una imagen antigua y obsoleta de mí.
Te propongo que hagas una pausa y pongas esto en práctica. Elige algún ítem significativo -una sensación o pensamiento que recuerdes- y conéctalo con las demás categorías.
Por ejemplo: “Me doy cuenta de que soy único”. Esto significa que no existe nadie exactamente como tú. ¿Qué sentimiento corresponde a ese descubrimiento? Quizá uno de fortaleza y amor propio, o de ser como una flor con aroma” forma y color únicos. También sientes que destacas y estás orgulloso de ello. De aquí puede surgir el pensamiento: “No tengo que imitar a otras personas”, que te libera de las opiniones de los demás sobre ti. Asimismo surge el deseo de actuar con integridad, de mostrar al mundo que sabes quién eres. En consecuencia de una pequeña sensación emerge una pauta completamente nueva: has encontrado el camino de la conciencia expandida. SÍ exploras cualquier atisbo de la conciencia comprobarás cuan rápido se expande; un solo hilo te llevará a un exuberante tapiz. Pero esta metáfora no explica cómo cambiar la realidad. Para dominar la conciencia pura debes aprender a vivirla.
Cuando una experiencia es tan poderosa que nos motiva a cambiar las pautas de nuestra vida, la llamamos revelación.
El valor de una revelación no reside en lo novedoso o emocionante de la experiencia. Imagina que vas caminando por la calle y te cruzas con un extraño. Sus ojos se encuentran y por alguna razón se establece una conexión. No es sexual o romántica; ni siquiera sospechas que esta persona pudiera significar algo en tu vida. La revelación te dice que tú eres ese desconocido, tu experiencia se funde con la de él. Puedes llamarlo sentimiento o pensamiento, no importa; lo revelador es la expansión súbita. Eres lanzado fuera de tus estrechos límites, al menos por un instante, y eso es lo que cuenta. Has vislumbrado otra dimensión. Comparada con el hábito de encerrarte tras las murallas del ego, esta nueva dimensión es más libre y ligera. Tienes la sensación de que no cabes en tu cuerpo.
Otro ejemplo: cuando contemplamos a un niño jugando, completamente abstraído y despreocupado, es difícil no sentirnos sacudidos. ¿No es cierto que su inocencia parece palpable en ese momento? ¿Puedes sentir -o anhelas sentir- la dicha del juego? ¿No te parece que el cuerpecito del niño es frágil como una pompa de jabón, pero que estalla con la fuerza de la vida, de algo inmenso, eterno, invencible? En un fascinante texto hindú titulado Sufras de Shiva, que data de hace cientos de años, es posible encontrar listas similares de revelaciones. Cada una es un atisbo de libertad y confronta de manera directa a quien experimenta sin interferencias: contemplamos a una mujer hermosa y de repente vemos la belleza, miramos hacia el cielo y de súbito vemos el infinito.
Ninguna persona, por más estrecha que sea tu relación con ella, puede descifrar el significado de tus revelaciones. El secreto reside única y exclusivamente en ti. En el título de la obra mencionada, las palabras sufra y Shiva significan hilo y Dios, respectivamente. Es decir, son las hebras que conducen a la fuente eterna.
Los Sufras de Shiva tienen un contexto más amplio que requiere seguir el camino abierto por una revelación. Según la tradición védica, cada persona elige entre cuatro caminos que corresponden a sentimiento, pensamiento, acción y ser.
A estos caminos se les llamó yoga, palabra sánscrita que significa “unión”, debido a que la unidad -la fusión con la realidad única- era su meta. Con el tiempo, los yogas se utilizaron para definir el sendero adecuado al temperamento de cada persona, aunque de hecho es posible seguir varios o todos a la vez:
Bhakti yoga lleva a la unidad mediante el amor a Dios.
Karma yoga lleva a la unidad mediante la acción desinteresada.
Jyana yoga lleva a la unidad mediante el conocimiento.
Raja yoga lleva a la unidad mediante la meditación y la renunciación.
El nombre del cuarto camino significa literalmente “camino regio a la unión”. Este elogio se debe a la creencia de que la meditación trasciende los otros tres caminos. Pero el cuarto camino también es inclusivo: al seguirlo recorremos los cuatro a la vez. La meditación va directamente a la esencia del ser, y esa esencia es la que el amor a Dios, la acción desinteresada y el conocimiento pretenden alcanzar.
Estos caminos no son exclusivos de Oriente. Los yogas fueron las semillas, los medios que pusieron la unidad a nuestro alcance. Todos podemos seguir el camino del sentimiento porque todos tenemos sentimientos. Ocurre lo mismo con pensamiento, acción y ser. El yoga propone que la unidad es posible para todos, desde cualquier nivel. De hecho, la unidad está presente en cada momento de la vida cotidiana. Nada de lo que me ocurre está fuera de la realidad única, nada se desperdicia ni es aleatorio en el plan cósmico.
Veamos cómo podemos vivir cada camino:
El sentimiento señala el camino cuando experimentas y expresas amor. En este sendero, las emociones personales se expanden hasta abarcar todo. El amor a uno mismo y a la familia se transfigura en amor a la humanidad. En su expresión más elevada, es tan poderoso que invita a Dios a manifestarse. El corazón anhelante encuentra la paz máxima al unirse con el corazón de la creación.
El pensamiento señala el camino cuando tu mente se tranquiliza y deja de especular. En este camino acallas el diálogo interno en favor de claridad y quietud. Tu mente necesita claridad para comprobar que no tiene que estar controlada.
El pensamiento puede convertirse en conocimiento, esto es, en sabiduría. Con una mayor claridad, tu intelecto analiza cualquier problema y descubre la solución. Conforme tu conocimiento se expande, las preguntas personales se desvanecen. Lo que tu mente quiere en realidad es conocer el misterio de la existencia. Las preguntas tocan la puerta de la eternidad, y en ese momento sólo el Creador puede responderlas.
En este camino, la plenitud llega cuando tu mente se funde con la de Dios.
La acción señala el camino cuando te rindes. En él se reduce el control del ego sobre los actos. Ya no te desenvuelves impulsado por deseos egoístas. Al principio es inevitable actuar por uno mismo, pues aun conducirse con desinterés produce satisfacción personal. Sin embargo, con el tiempo las acciones se independizan del ego. Una fuerza externa induce tus movimientos. En sánscrito, esta fuerza universal recibe el nombre de Dharma. El camino de la acción se resume en una frase: el karma da paso al Dharma. En otras palabras, el interés personal desaparece mediante la realización de las acciones de Dios. Este camino alcanza su plenitud cuando te rindes de manera tan completa que Dios se encarga de todo lo que haces.
El ser señala el camino cuando desarrollas un yo independiente del ego. Al principio, el sentido del “yo” se relaciona con fragmentos de tu identidad real. “Yo” es la suma de todo lo que te ha ocurrido desde que naciste. Esta identidad superficial se revela como una ilusión, una máscara que oculta un “yo” mayor presente en todos. Tu identidad real es una sensación de existencia pura y simple a la que llamaremos “yo soy”. Todas las criaturas comparten el mismo “yo soy”, y la plenitud ocurre cuando tu ser abarca tanto que incluye a Dios en tu sensación de estar vivo. La unidad es un estado en el que nada queda fuera del “yo soy”.
En Occidente, el yoga es considerado un camino de renunciación, una forma de vida que exige separarse de la familia y las pertenencias. Los yoguis que deambulaban con platillos para limosnas en todos los pueblos de India simbolizaban esta clase de vida. Pero esta imagen no significa necesariamente renunciación, la cual ocurre en el interior y es independiente de nuestras posesiones materiales. Internamente tomamos una decisión crucial: Estoy comenzando de nuevo. En otras palabras, a lo que se renuncia es a viejas percepciones, no a las pertenencias.
Si tu corazón está harto de la violencia y la división del mundo, tu única opción es comenzar de nuevo. Dejar de concentrarte en los reflejos y dirigirte a la fuente. El universo, como cualquier espejo, es neutral: refleja lo que está frente a él, sin juicios ni distorsiones. Cuando te convenzas de ello habrás dado el paso decisivo hacia la renunciación; habrás abandonado la creencia de que el mundo exterior tiene poder sobre ti. Como ocurre siempre en el sendero a la unidad, vivir esta verdad es lo que la hará verdadera.






CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR
EL TERCER SECRETO


Para encontrar el camino a tu fuente debes permitir que la vida siga el curso que desee. Toda experiencia tiene niveles mezquinos y sutiles; éstos son más delicados, vivos y significativos que aquellos. A manera de ejercicio, advierte cuando alcances niveles sutiles en tu conciencia, y compáralos con los mezquinos. Por ejemplo:
  • Amar a alguien es más sutil que guardarle rencor o rechazarlo.
  • Aceptar a alguien es más sutil que criticarlo.
  • Promover la paz es más sutil que fomentar ira y violencia.
  • Ver a alguien sin juzgarlo es más sutil que criticarlo.
SÍ te permites sentirlo, el aspecto sutil de cada experiencia tranquilizará tu mente y reducirá el estrés, el pensamiento errático y la presión en el nivel emocional. La experiencia sutil es pacífica y armoniosa. Te sientes en paz; no estás en conflicto con nadie; no hay dramas desproporcionados ni necesidad de ellos.
Cuando lo hayas identificado, comienza a favorecer el aspecto sutil de tu vida. Valora este nivel de conciencia; sólo si lo haces crecerá. SÍ favoreces los niveles mezquinos, el mundo te devolverá el reflejo de tu percepción y seguirá siendo divisivo, perturbador, estresante y amenazador. En el nivel de la conciencia, la elección es tuya: en la diversidad infinita de la creación, cada percepción da origen a un mundo que la refleja.



Ejercicio 2: meditación
Cualquier experiencia que te ponga en contacto con el nivel silencioso de la conciencia puede llamarse meditación. Tal vez hayas descubierto espontáneamente alguna rutina que te produzca una paz profunda. Si no, puedes adoptar algunas de las prácticas formales de meditación de las distintas tradiciones espirituales. La más sencilla es la que se desarrolla mediante la respiración;
Siéntate en silencio y con los ojos cerrados en una habitación iluminada con luz tenue y libre de distracciones (teléfono, llamadas a la puerta). Luego de permanecer así unos minutos, toma conciencia de tu respiración. Nota cómo el aire entra de manera suave y natural, y cómo sale de igual manera. No intentes modificar el ritmo de tu respiración ni hacerla más profunda o superficial.
Al concentrarte en tu respiración te sintonizas con la conexión mente-cuerpo, la fina coordinación de pensamiento y prana (energía sutil de la respiración). Algunas personas se concentran mejor en su respiración si repiten un sonido: una sílaba al exhalar y otra al inhalar. El sonido ah-hum se utiliza tradicionalmente para este propósito. (También puedes adoptar los mantras o sonidos rituales que encontrarás en cualquier libro sobre espiritualidad oriental.)
Practica esta meditación durante diez o veinte minutos dos veces al día. Notarás que tu cuerpo se relaja. Como solemos acumular enormes cantidades de cansancio y estrés, es posible quedarse dormido. No te preocupes si esto ocurre, o si al calmarse tu mente surge una sensación o pensamiento.
Confía en la tendencia natural del cuerpo a liberar el estrés.
Esta meditación no implica peligro ni produce efectos secundarios negativos en una persona saludable. (Un dolor o incomodidad continua podrían ser síntomas de una enfermedad no diagnosticada; si estas sensaciones persisten, consulta al médico.)
El efecto relajante perdurará y te sentirás más consciente de ti mismo. Tal vez comprendas algo de repente o surja súbitamente un momento de inspiración. Quizá te sientas más centrado; pueden presentarse chispazos imprevistos de energía o conciencia. Los efectos varían de persona a persona, por lo que debes mantenerte abierto a lo que venga. No obstante, el propósito general de la meditación es el mismo para todos: aprender a relacionarse con la conciencia, el nivel más puro de la experiencia.













































Secreto 4
Ya eres lo que deseas ser






A los 21 años, cuando estudiaba medicina en Nueva Delhi, tuve que elegir entre dos tipos de amigos. Los del tipo materialista se levantaban al mediodía y asistían a fiestas en las que se bebía Coca-Cola y se bailaba al compás de los discos de los Beatles. Habían descubierto los cigarrillos y las mujeres, así como la manera de beber alcohol de contrabando.
Los del tipo espiritual se levantaban al amanecer para ir al templo (aproximadamente a la hora en que los materialistas regresaban tambaleándose a sus casas y sufriendo la resaca), comían arroz en un plato y bebían agua o té, normalmente en el mismo tazón.
En ese momento no me parecía extraño que todos los materialistas fuéramos hindúes y que todos los del tipo espiritual fueran occidentales. Los hindúes ansiábamos salir de casa e ir a algún lugar en el que hubiera Coca-Cola, buen tabaco y whisky a bajo precio y en abundancia. Los occidentales no dejaban de preguntar dónde se hallaban los santos de India, aquellos que podían levitar y curar leprosos con sólo tocarlos. Yo me uní a los materialistas, de los que había muchos en mi clase. Ninguno de los nacidos en India se consideraba un buscador espiritual.
Hoy no elegiría entre dos tipos de personas; todos somos buscadores. Buscar significa ir en pos de algo. La búsqueda de mis condiscípulos hindúes era la más fácil, pues obtener dinero y objetos finos es fácil; por el contrario, los occidentales de tipo espiritual casi nunca encontraban al santo que buscaban. Yo pensaba que esto se debía a lo escasos que son los santos, pero ahora me doy cuenta de que lo que derrotaba su sed de una vida superior era la búsqueda en sí. Las tácticas que obtienen whisky y discos de los Beatles fracasan miserablemente cuando se va en pos de la santidad.
Aquí el secreto espiritual es éste: tú eres lo que estás buscando. Tu conciencia proviene de la unidad. En lugar de buscar fuera de ti mismo, encuentra la fuente de la unidad y comprende lo que eres.
Búsqueda” es una palabra que se utiliza frecuentemente en relación con la espiritualidad, y muchos se enorgullecen de llamarse buscadores. Con frecuencia son los mismos que alguna vez persiguieron vehementemente dinero, sexo, alcohol o trabajo, y ahora esperan encontrar con la misma intensidad adictiva a Dios, el alma o el ser superior. El problema es que la búsqueda parte de una premisa errónea. No me refiero a la creencia de que el materialismo es corrupto y la espiritualidad pura. Es cierto que el materialismo puede volverse una obsesión, pero lo importante es que la búsqueda está condenada al fracaso porque te conduce fuera de ti. Da lo mismo que el objetivo sea Dios o el dinero. Una búsqueda productiva exige desechar la idea de ganar un trofeo. Esto significa actuar sin la esperanza de alcanzar un yo ideal, de llegar a un lugar mejor del que saliste. Partes de ti y en ti están todas las respuestas. Debes desechar la idea de ir desde A hasta B. No hay distancia que recorrer: la meta no está en otro sitio. También debes desechar conceptos establecidos como alto y bajo, bien y mal, sagrado y profano. La realidad única incluye todo en su maraña de experiencias, y lo que buscamos es a quien experimenta, a quien está presente independientemente de cuál sea la experiencia.
Pensando en las personas que se esfuerzan por erigirse en modelos de virtud, alguien acuñó la acertada expresión “materialismo espiritual”, que alude al traslado de los valores que operan en el mundo material al mundo espiritual.





Materialismo espiritual
Errores del buscador




  • Definir una meta.
  • Luchar por alcanzarla.
  • Seguir el camino de otro.
  • Esforzarse por mejorar su persona.
  • Establecer límites temporales.
  • Esperar milagros.



La mejor manera de ser un buscador auténtico es evitar estos escollos.
No definas una meta. El crecimiento espiritual es espontáneo, Los acontecimientos significativos se presentan de improviso, igual que los nimios . Una sola palabra puede abrir tu corazón; una sola mirada puede decirte quién eres en realidad. La conciencia no se alcanza mediante un plan; más bien es como armar un rompecabezas sin conocer la imagen que forma. Los budistas tienen un dicho: “Si en el camino encuentras a Buda, mátalo”. Esto significa que si estás representando un guión espiritual escrito con anterioridad, más vale que lo entierros. Lo único que puedes concebir son imágenes, y las imágenes no son la meta.
No te esfuerces por alcanzar la meta. Si hubiera una recompensa espiritual al final del camino —una olla llena de oro, las llaves del cielo— todos lucharíamos por obtenerla. Valdría la pena cualquier empeño. Pero, ¿sirve de algo que un niño de dos años se esfuerce por cumplir tres?
No, porque el desarrollo surge del interior. No hay una remuneración económica sino una nueva persona. Lo mismo ocurre con el desarrollo espiritual: es tan natural como el crecimiento del niño, pero no en el plano fisiológico sino en el de la conciencia.
No sigas el camino de otro. Hubo un tiempo en que creí que para alcanzar la iluminación debía meditar durante el resto de mi vida utilizando cierto manirá. Estaba siguiendo un mapa trazado miles de años atrás por los sabios de la mayor tradición espiritual hindú. Pero hay que tener cuidado: seguir el mapa de otro puede habituarte a los pensamientos rígidos, los cuales, aun cuando se refieren al espíritu, no favorecen la libertad. Recoge enseñanzas de todas partes. Sé fiel a las que te ayudan a progresar y mantente abierto a los cambios.
    No intentes mejorar tu persona. El progreso personal nos ayuda a superar situaciones negativas como depresión, soledad e inseguridad. Sin embargo, si buscas a Dios o la iluminación porque quieres liberarte de la depresión y la ansiedad, deseas más autoestima o menos soledad, tu búsqueda tal vez no tenga fin. En esta área del conocimiento no hay nada escrito. Algunas personas sienten un gran progreso conforme su conciencia se expande, pero hace falta un fuerte sentido del yo para confrontar los muchos obstáculos y retos del camino. Si te sientes débil o frágil, puedes sentirte aún más débil y frágil al confrontar las energías de las sombras en tu interior. La conciencia expandida tiene un costo —debes renunciar a tus limitaciones— y para quien se siente víctima, esa limitación es tan obstinada que el progreso espiritual es muy lento.
Mientras haya un conflicto en tu interior habrá un gran obstáculo en tu camino. Lo más conveniente es buscar ayuda en el nivel donde está el problema.
    No establezcas límites temporales. He conocido a innumerables personas que renuncian a la espiritualidad porque no alcanzan sus metas con la suficiente rapidez. “Le dediqué diez años. ¿Qué puedo hacer? La vida es corta. A otra cosa.” Lo más seguro es que estos guerreros de fin de semana hayan dedicado sólo un año o un mes a recorrer el camino, y que la ausencia de resultados los haya desanimado. La mejor manera de evitar decepciones es no establecer límites temporales, aunque a muchas personas esto les resta motivación. Pero la motivación no los iba a llevar a su meta. Por supuesto, se requiere disciplina para meditar regularmente, asistir a clases de yoga, leer textos inspiradores y mantener presente nuestra visión. Para adquirir el hábito de la espiritualidad hace falta dedicación. Pero si nuestra visión no se despliega cada día, inevitablemente nos distraeremos. En vez de establecer límites temporales, procúrate apoyo para el crecimiento espiritual mediante maestros personales, grupos de diálogo, compañeros que compartan el sendero contigo, retiros regulares, un diario. Serás menos susceptible a las decepciones.
    No esperes milagros. No importa cómo definas milagro: la aparición repentina del amor perfecto, la cura de una enfermedad mortal, ser ungido por un gran líder espiritual, el éxtasis perpetuo. Quien espera un milagro deja a Dio todo el trabajo: distingue entre nuestro mundo y el mundo sobrenatural, y espera que algún día éste repare en él.
Como sólo hay una realidad, tu tarea es ir más allá de las fronteras de la división y la separación. La expectativa de milagros perpetúa las fronteras y te mantiene lejos de Dios, conectado a él sólo por ilusiones.
Si salvas los escollos del materialismo espiritual te sentirás menos tentado a perseguir metas imposibles. Esta clase de persecución comenzó cuando las personas se convencieron de que Dios reprueba lo que hacemos y espera de nosotros un comportamiento ideal. Resulta difícil imaginar un Dios, por amoroso que sea, que no se sienta decepcionado, enojado» deseoso de vengarse o indignado cuando no estamos a la altura de ese ideal. Las personalidades espirituales más importantes de la historia no sólo fueron cabalmente buenos, también cabalmente humanos. Aceptaban, perdonaban y evitaban juzgar. Creo que la forma más elevada del perdón se alcanza al aceptar que la creación está entretejida de manera inextricable y que toda cualidad imaginable tiene la oportunidad de manifestarse. Necesitamos aceptar de una vez por todas que sólo hay una vida y que cada quien es libre de moldearla mediante sus elecciones. La búsqueda no puede llevarnos de un lugar a otro porque todo está entrelazado. Lo único que siempre será puro y prístino es tu conciencia, una vez que la hayas desbrozado.
Es mucho mas fácil perpetuar la lucha entre el bien y el mal, lo sagrado y lo profano, nosotros y ellos. Pero cuando la conciencia se expande, la pugna de los opuestos se aplaca y surge algo nuevo: un mundo en el que nos sentimos cómodos. El ego te perjudicó al arrojarte a un mundo de contrarios. Éstos siempre están en conflicto —sólo eso saben hacer—, ¿y quién puede sentirse cómodo en medio de un combate? La conciencia ofrece una alternativa más allá de las contiendas.
Anoche mientras dormía tuve un sueño. Las imágenes eran las usuales de un sueño; no las recuerdo bien. De repente percibí la respiración de alguien. Al cabo de un segundo me di cuenta de que era mi esposa, quien se había movido mientras dormía. Yo sabía que se trataba de ella, y también que yo estaba soñando. Por un instante estuve en ambos mundos, y finalmente desperté.
Sentado en la cama, tuve la extraña sensación de que la irrealidad de los sueños carecía de sentido. La vigilia es más real que ellos sólo porque así lo hemos decidido. De hecho, el sonido de la respiración de mi esposa está en mi cabeza, esté soñando o despierto. ¿Cómo puedo distinguir un estado de otro? Alguien más debe estar viendo: un observador que no está despierto, dormido ni soñando. La mayor parte del tiempo estoy tan inmerso en esos estados que no tengo otra perspectiva. El observador silencioso es la versión más simple de mí, la que simplemente es.
Si eliminas todas las distracciones de la vida, lo que queda eres tú. Esta versión de ti no tiene que pensar ni soñar; no necesita dormir para sentirse descansado. Es muy gratificante encontrarla porque vive en un estado de paz, por encima del bullicio y ajena a la batalla de los contrarios. Cuando buscamos estamos respondiendo al llamado silente y sereno de este nivel de nosotros mismos. Buscar es en realidad una manera de recuperarnos.
Pero para recuperarnos es necesario acercarnos lo más posible a cero. La realidad es, en esencia» existencia pura.
Reúnete contigo ahí y podrás crear lo que quieras. El “yo soy” contiene todo lo necesario para hacer un mundo, aunque en sí no es más que un testigo silencioso.
Ya has realizado el ejercicio de mirar una rosa y reducirla desde el estado físico hasta el de energía vibrando en el vacío. La segunda parte del ejercicio consistió en comprobar que tu cerebro puede descomponerse del mismo modo. Entonces, cuando vemos una rosa, ¿es la nada contemplando a la nada?
Así parece, pero el fenómeno real es más sorprendente: estás mirándote a ti mismo. Una parte de tu conciencia, la que llamas “yo”, está mirándose en la forma de una rosa. Ni el objeto ni el observador tienen un núcleo físico. No hay una persona dentro de tu cabeza; sólo un remolino de agua, sal, azúcar y algunas otras sustancias químicas como potasio y sodio. Este remolino —el cerebro— está siempre fluyendo, por lo que cada experiencia viaja por corrientes y remolinos tan rápidos como un río de montaña. Entonces, si el observador silencioso no está en el cerebro, ¿dónde está? Los neurólogos han identificado pautas y ubicaciones para todos los estados de ánimo posibles; sin importar cuál esté experimentando la persona —depresión, euforia, creatividad» alucinación, amnesia, parálisis, deseo sexual o cualquier otro—, el cerebro presenta una pauta característica de actividad distribuida en varios sitios. Sin embargo, no hay ubicación ni pauta para quien tiene esas experiencias: podría no estar en ningún lugar, al menos en ninguno que la ciencia pueda identificar.
No podemos sino sentirnos enormemente emocionados.
Que el tú real no esté en tu cabeza significa que estás en libertad, igual que la conciencia. Esta libertad es ilimitada: puedes crear lo que sea porque estás en cada átomo de la creación. Sea cual sea el deseo de tu conciencia, la materia obedecerá. En efecto, tú estás primero y el mundo después.
Puedo escuchar los gritos airados de quienes afirman que los creyentes de hoy se sienten más poderosos que Dios, quienes en vez de acatar sus leyes definen el mundo a su antojo.
Esta crítica tiene algo de verdad, pero debe contextualizarse.
Piensa en un bebé que ha gateado durante varios meses y descubre de repente un nuevo modo de desplazarse llamado caminar. Todos hemos visto a un niño que descubre sus piernas: su rostro refleja una combinación de inestabilidad y de- terminación, inseguridad y alegría. “¿Podré hacerlo? ¿Será mejor seguir gateando como hasta ahora?” Lo que vemos en la cara del niño son los mismos sentimientos encontrados de quien se encuentra en una encrucijada espiritual. En ambos casos, todo resulta desconocido. El cerebro motiva al cuerpo, el cuerpo transmite información inesperada al cerebro, acciones inéditas empiezan a surgir de la nada, y aunque toda la situación resulta amenazante, la excitación nos impulsa: “No sé a dónde voy, pero debo llegar”.
Todas las experiencias ocurren en el caldero burbujeante de la creación. Cada momento de la vida lanza al cuerpo a una mezcla inestable de mente, emociones, percepciones, conductas y sucesos externos. Tu atención es atraída en todas direcciones. En un momento de despertar espiritual, el cerebro está tan confundido, feliz, inseguro, intranquilo y sorprendido como el bebé que descubre sus piernas. Pero en el nivel del testigo» esta confusa mezcla resulta totalmente diáfana: todo es uno. Piensa de nuevo en el bebé. Cuando avanza vacilante, el mundo se tambalea con él. No hay lugar firme donde plantarse ni oportunidad de decir: “Tengo el control. Esto saldrá tal como lo planeo”. El bebé no tiene más remedio que sumergirse en un mundo pictórico de nuevas dimensiones.
¿Es posible vivir de esta manera, sumergiéndonos en nuevas dimensiones a cada momento? No; es necesario encontrar la estabilidad. Desde la infancia la hemos hallado en el ego, imaginando un “yo” invariable que tiene el control o al menos intenta poseerlo. Pero hay algo mucho más estable: el testigo.




Encuentra al testigo silencioso
Cómo buscar en tu interior.


1. Sigue el flujo de la conciencia.
2. No resistas a lo que ocurre dentro.
3. Ábrete a lo desconocido.
4. No censures ni niegues lo que sientes.
5. Ve más allá de ti mismo.
6. Sé auténtico, expresa tu verdad.
7. Haz del centro tu hogar.

Sigue el flujo. La frase “sigue tu sueño” se ha convertido en una máxima para muchas personas. El principio que la sustenta es que la mejor guía para el futuro es aquello que produce mayor alegría a una persona. Una guía aún más confiable es seguir tu conciencia conforme se desarrolla. En ocasiones, ésta no se identifica con la alegría o con nuestro sueño. Tal vez descubras una necesidad oculta de sentir pesar o una sensación persistente de malestar o descontento con las limitaciones de tu vida actual. Pero la mayoría de las personas no siguen estas señales; buscan mentes externas de felicidad y piensan que su sueño está en ellas. En cambio, si sigues tu conciencia descubrirás que abre un sendero a través del tiempo y el espacio. La conciencia no puede desarrollarse sin desarrollar también los sucesos externos que la reflejan. Así se vinculan deseo y propósito: si sigues tu deseo, el propósito se revela. Hay un flujo que vincula los sucesos desconectados, y tú eres ese flujo. Cuando eras niño, el flujo te llevó de una etapa de desarrollo a la siguiente; ahora puede hacer lo mismo. Nadie puede predecir tu siguiente etapa, ni siquiera tú.
Pero si estás dispuesto a seguir el flujo, el camino te acercará al testigo silencioso, quien reside en la fuente de todos tus deseos.
No resistas a lo que ocurre. Es imposible ser nuevo y viejo al mismo tiempo, pero todos queremos ser los mismos a la vez que realizamos cambios. Ésta es la fórmula perfecta para atascarse. Con el fin de buscar tu verdadero yo debes abandonar imágenes antiguas de ti mismo. Es irrelevante si te agrada quién eres o no. Una persona con autoestima elevada y logros sobresalientes está atrapada por igual en la guerra de contrarios. De hecho, estos individuos suelen pensar que están ganando esa guerra para el lado “bueno”. La parte de ti que se ha liberado de todas las batallas es el testigo. Si quieres encontrarlo» más vale que te prepares: los viejos hábitos centrados en ganar y perder, ser aceptado o rechazado, sentirse en control o disperso, empezarán a cambiar. No te resistas a este cambio; te estás despojando de los adornos del ego y adquiriendo un nuevo sentido del yo.
Ábrete a lo desconocido. Este libro, dedicado al misterio de la vida, vuelve continuamente a lo desconocido. Lo que crees que eres no es real sino una mezcla de sucesos pasados, deseos y recuerdos. Esta mezcolanza tiene vida propia: avanza por el tiempo y el espacio experimentando sólo lo que ya conoce. Una experiencia nueva no es nueva en realidad; es un leve giro de sensaciones bien conocidas. Abrirte a lo desconocido significa arrancar de raíz tus reacciones acostumbradas y hábitos. Observa cuan frecuentemente las mismas palabras salen de tu boca, las mismas preferencias y aversiones dictan lo que haces con tu tiempo, las mismas personas hacen de tu vida una rutina. Toda esta familiaridad es como una concha. Lo desconocido está fuera de ella, y para encontrarlo debes estar dispuesto a recibirlo.
No censures ni niegues lo que sientes. En la superficie, la vida cotidiana es mucho más cómoda que nunca. No obstante, las personas aún llevan vidas de silenciosa desesperación. La fuente de ésta es la represión, la sensación de que no podemos ser lo que queremos ser, sentir lo que queremos sentir, hacer lo que queremos hacer. Un creador no debe estar limitado de esta manera. Ninguna autoridad ejerce esta represión sobre ti; es totalmente autoimpuesta. Cada parte de ti que no puedes enfrentar levanta una barrera entre tú y la realidad. Y sin embargo, las emociones son totalmente privadas. Sólo tú sabes cómo te sientes, y cuando dejas de censurar tus emociones, el efecto supera por mucho la simple sensación de bienestar. El objetivo no es experimentar sólo emociones positivas. La libertad no se alcanza sintiéndose bien; se alcanza siendo fiel a uno mismo. Todos tenemos deudas emocionales con el pasado, en la forma de sentimientos que no pudimos expresar. El pasado no quedará atrás mientras estas deudas no estén saldadas. No debes volver con la persona que te hizo enojar o asustó, con la intención de modificar el pasado. Para esa persona, el impacto no será el mismo que para ti. El propósito de cancelar las deudas emocionales es encontrar tu lugar en el presente.
El ego tiene un repertorio de racionalizaciones para coartar tu libertad emocional:
  • No soy el tipo de persona que tiene esos sentimientos.
  • Debería superarlo.
  • A nadie le interesa saber de estos sentimientos.
  • No tengo derecho a sentir dolor; no es justo para los demás.
  • Sólo abriré viejas heridas.
  • Lo pasado, pasado.
Si te sorprendes diciendo cosas así para evitar enfrentar sentimientos dolorosos, puede que logres mantenerlos reprimidos. Pero cada sentimiento oculto y bloqueado es como un pedazo de conciencia congelada. Mientras no se derrita, seguirás diciendo “Yo soy este dolor” aunque te rehúses a verlo: te tiene en sus garras. Éste es otro obstáculo que debe disolverse entre tú y el testigo silencioso. Debes dedicar tiempo y atención, sentarte con tus sentimientos y permitirles decir lo que deben decir.
Ve más allá de ti mismo. Sí habitas un yo estable y fijo puedes creer que has logrado algo positivo. Las personas suelen decir: “Ahora me conozco a mí mismo”. Lo que en realidad conocen es una imitación de un yo real, una colección totalmente histórica de hábitos, etiquetas y preferencias.
Debes ir más allá de esta identidad creada por ti mismo, para hallar la fuente de energía nueva. El testigo silencioso no es un segundo yo. No es un como traje nuevo que cuelgues en el clóset y te pongas para remplazar el traje raído que has desgastado.
El testigo es una sensación del yo que está más allá de las fronteras. Hay un poema impresionante del gran poeta bengalí Rabindranath Tagore en el que imagina cómo será morir. Él tiene una profunda intuición de que será como una piedra derritiéndose en su corazón:
La piedra se derretirá en lágrimas
porque no puedo permanecer cerrado a ti por siempre
no puedo escapar sin ser conquistado.
Desde el cielo azul un ojo mirará hacia abajo
para convocarme en silencio.
A tus pies recibiré la muerte completa.
Para mí, es la descripción perfecta de ir más allá de uno mismo. Pese a haber vivido con una parte dura en el corazón, no puedes evitar tu yo real. Es el ojo silencioso que mira hacia abajo. (En vez de decir “recibiré la muerte”, el poeta pudo decir “recibiré la libertad” o “recibiré la alegría”) ir más allá de uno mismo significa tomar conciencia, con determinación auténtica, de que tu identidad fija es falsa. Entonces, cuando el ego te exija ver el mundo desde la perspectiva de “qué hay en él para mí”, podrás liberarte respondiendo: “ese yo no está a cargo ya”.
Sé auténtico. ¿Por qué se dice que la verdad nos hará libres? Las personas son excluidas y castigadas todo el tiempo por decir la verdad. Las mentiras triunfan frecuentemente.
Un acuerdo cortés para dejar las cosas como están y no hacer olas ha proporcionado dinero y poder a muchas personas.
Pero “la verdad os hará Ubres” no se pensó como consejo práctico. Detrás de las palabras hay una intención espiritual que dice, en esencia: “Tú no puedes liberarte, pero la verdad sí” En otras palabras, la verdad tiene el poder de hacer a un lado lo falso, y con ello, puede liberarnos. El propósito del ego es mantenerse en marcha. Sin embargo, en los momentos cruciales, la verdad nos habla; nos dice cómo son las cosas en realidad, no todo el tiempo ni para todas las personas, sino en este momento y sólo para nosotros. Debes honrar este impulso si quieres ser libre. Cuando pienso en cómo es un destello de verdad, se me ocurren algunos ejemplos:

  • Saber que no puedes ser lo que otro quiere que seas, sin importar cuánto lo ames.
  • Saber que amas aun cuando da miedo decirlo.
  • Saber que la lucha de otra persona no es tu lucha.
  • Saber que eres mejor de lo que pareces ser.
  • Saber que sobrevivirás.
  • Saber que tienes que seguir tu propio camino.
Cada oración comienza con la palabra saber porque el testigo silencioso es ese nivel en que te conoces, sin importar lo que otros crean que saben. Decir tu verdad no es lo mismo que vociferar todas las cosas desagradables que no has dicho por miedo o cortesía. Estos arrebatos tienen siempre presión y tensión detrás de ellos, están fundados en la frustración, cargan ira y dolor. El tipo de verdad que proviene de aquel que sabe es serena; no se refiere al comportamiento de alguien más; nos da claridad sobre quiénes somos. Valora estos destellos. No puedes hacer que aparezcan pero puedes fomentarlos siendo auténtico y no permitiéndote ser un personaje creado sólo para sentirte seguro y aceptado.
Haz del centro tu hogar. Estar centrado se considera deseable. Cuando las personas se sienten distraídas o dispersas, suelen decir: “Perdí mi centro”. Pero si no hay una persona dentro de tu cabeza, si el sentido que el ego tiene del yo es ilusorio, ¿dónde está el centro?
Paradójicamente, el centro está en todas partes. Es el espacio abierto que no tiene fronteras. En vez de pensar en tu centro como un lugar definido (del modo en que las personas señalan su corazón como el asiento del alma) permanece en el centro de la experiencia. La experiencia no es un lugar; es un foco de atención. Puedes vivir ahí, en el punto fijo alrededor del cual todo gira. Estar descentrado es perder concentración, apartar la mirada de la experiencia o bloquearla. Estar centrado es como decir: “Quiero encontrar mi hogar en la creación”. Te relajas y adoptas el ritmo de tu propia vida, lo cual prepara el escenario para encontrarte a ti mismo en el nivel más profundo. No puedes llamar al testigo silencioso pero puedes acercarte a él rehusándote a perderte en tu propia creación. Cuando me descubro eclipsado por algo, recurro a unos sencillos pasos:
  • Me digo: “Aunque esta situación me perturba, yo soy más que cualquier situación”.
  • Respiro profundamente y centro mi atención en lo que mi cuerpo está sintiendo.
  • Me veo como lo haría otra persona (de preferencia la persona a la que me estoy resistiendo o frente a la que estoy reaccionando).
  • Tomo conciencia de que mis emociones no son guías confiables hacia lo permanente y lo real. Son reacciones momentáneas, y lo más probable es que hayan nacido del hábito.
  • Si estoy al borde de un arranque de reacciones incontrolables, me alejo.


Como ves, no intento sentirme mejor, ser más positivo, acercarme desde el amor o cambiar mi estado. Todos estamos enmarcados por personalidades e impulsados por egos.
Las personalidades del ego están entrenadas por el hábito y el pasado; avanzan como motores autopropulsados. Si puedes observar el mecanismo en marcha sin quedar atrapado en él, descubrirás que posees una segunda perspectiva siempre serena, alerta, objetiva, sintonizada pero no eclipsada. Ese segundo lugar es tu centro. No es un lugar sino un encuentro cercano con el testigo silencioso.






CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR
EL CUARTO SECRETO


Este cuarto secreto se refiere a encontrar tu auténtico yo. Las palabras pueden decir mucho sobre el yo real, pero es necesario un encuentro auténtico para comprender qué es. Tu yo real tiene cualidades que ya estás experimentando todos los días: inteligencia, atención, sincronización, conocimiento.
Siempre que una de estas cualidades entra en juego, estás viviendo más cerca de tu yo real. Por otra parte, cuando te sientes distraído, perdido, confundido, temeroso, disperso o atrapado dentro de los límites del ego, no lo estás.
La experiencia oscila entre estos dos polos; por tanto, una manera de encontrar tu yo real es alejarte del polo opuesto cuando notes que estás ahí. Intenta descubrirte en esos momentos y aléjate de ahí. Elige una experiencia negativa e intensa como las siguientes (si es posible, elige una recurrente):
  • Enojarte mientras conduces.
  • Discutir con tu cónyuge.
  • Molestarte con la autoridad en el trabajo.
  • Perder el control con tus hijos.
  • Sentirte burlado en un acuerdo o transacción.
  • Sentirte traicionado por un amigo cercano.

Distánciate de la situación y revive lo que sentiste entonces. Puedes cerrar los ojos y visualizar el auto que se te atraviesa en el tránsito o al plomero que te pasa una cuenta desproporcionada. Haz lo necesario para que la situación sea vivida en tu mente.
Cuando sientas esa punzada de ira, dolor, recelo, desconfianza o traición, piensa: “Eso es lo que siente mi ego. Entiendo por qué. Estoy muy acostumbrado a ello. Le seguiré la corriente mientras dure”. Ahora deja que el sentimiento corra. Enójate todo lo que tu ego quiera; visualiza fantasías de venganza o autocompasión, o lo que tu ego considere apropiado. Imagina que te hinchas con tu sentimiento; éste se extiende desde ti como la onda de choque de una explosión en cámara lenta.
Sigue esta onda tan lejos como quiera ir; mírala cómo se adelgaza más y más conforme se extiende al infinito, llenando el universo entero si así lo desea. Respira profundamente si lo necesitas, con el Fin de que la onda del sentimiento salga de ti y vaya hacia fuera. No establezcas un tiempo determinado. El sentimiento puede ser tan fuerte que requiera algún tiempo antes de querer expandirse.
Ahora, conforme ves la onda desaparecer hacia el infinito, mírate y verifica si está presente alguno de los siguientes pensamientos:
  • Una risita, el deseo de reírte de ello.
  • Un encogimiento de hombros, como si no importara.
  • Una sensación de calma o paz.
  • Verte como si estuvieras viendo a otra persona.
  • Un profundo suspiro de alivio o agotamiento.
  • Un sentimiento de liberar o dejar ir.
  • Una comprensión súbita de que la otra persona puede tener razón.

Estos sentimientos reveladores surgen en nosotros cuando estamos cruzando la frontera invisible entre el ego y el yo real. Si sigues cualquier emoción lo suficiente, ésta terminará en silencio. Pero es demasiado pedir llegar tan lejos siempre. El objetivo es llegar por lo menos a la frontera, la línea donde las necesidades del ego empiezan a perder su control sobre nosotros.
  • Cuando ríes, pierdes la necesidad de tomarte tan en serio.
  • Cuando encoges los hombros, pierdes la necesidad de inflar las cosas desproporcionadamente.
  • Cuando te sientes calmado, pierdes la necesidad de sentirte perturbado o montar un drama.
  • Cuando puedes verte como si fueras otra persona, pierdes la necesidad de ser el único que cuenta.
  • Cuando sientes alivio o agotamiento, pierdes la necesidad de aferrarte al estrés. (Esto también indica una reconexión con tu cuerpo en vez de vivir en tu cabeza.)
  • Cuando comprendes súbitamente que la otra persona puede tener razón, pierdes la necesidad de juzgar.

Hay otras señales reveladoras de que estás dejando el ego atrás. Si caes en el patrón de sentirte fácilmente ofendido, superior o inferior, querer lo que viene a ti y envidiar lo que otros obtienen, o imaginar que las personas hablan a tus espaldas, puedes manejar cada uno de estos sentimientos tal como lo hiciste en los ejemplos previos. Alivia el sentimiento, permite a tu ego llevarlo tan lejos como quiera, y mira cómo se expande hasta disolverse en la orilla del infinito.
Este ejercicio no disipa todos los sentimientos negativos.
Su propósito es proporcionarte un encuentro cercano con tu yo real. Si lo practicas con esa intención, te sorprenderá cuan fácil será escapar de las emociones que te han controlado durante años.



















Secreto 5
La causa del sufrimiento
es la irrealidad

La razón más común de que las personas se acerquen a la espiritualidad es hacer frente al sufrimiento. No por accidente, sino porque todas las religiones prometen aliviar el dolor: la fe trasciende las penalidades de la carne y el alma es un refugio para el corazón afligido. No obstante, cuando se acercan a Dios, la fe o el alma, muchas personas no encuentran alivio, o sólo el que podría resultar de hablar con un terapeuta. ¿Hay algún poder especial que únicamente se encuentre en la espiritualidad? Para quienes se acercan a ella, la terapia funciona, y las formas más comunes de sufrimiento, ansiedad y depresión responden en el corto plazo a los medicamentos. Cuando la depresión se disipa, ¿hay alguna razón para acercarse al espíritu?
Para responder a estas preguntas debemos comprender, en primer lugar, que dolor no es lo mismo que sufrimiento.
En sí mismo, el cuerpo descarga el dolor espontáneamente, liberándolo cuando se alivia la causa subyacente. El sufrimiento es dolor al que nos aferramos. Proviene del misterioso instinto de la mente de creer que el dolor es bueno, no puede rehuirse o la persona lo merece. Sin todo esto, el sufrimiento no existiría. Hace falta un esfuerzo de la mente para crear sufrimiento, una mezcla de creencia y percepción que la persona supone no controla. Pero aunque el sufrimiento parezca inexorable, lo que nos libera no es atacar al sufrimiento mismo, sino determinar la irrealidad que nos hace aferramos al dolor.
La causa secreta del sufrimiento es la irrealidad misma.
Hace poco vi una prueba dramática de esto en una situación ordinaria. Por casualidad vi uno de esos programas televisivos en que personas nacidas con deformidades físicas reciben un tratamiento gratuito en el que se utilizan todas las capacidades de la cirugía plástica, la odontología y el arte del esteticista.
  • En ese episodio particular, quienes buscaban desesperadamente tratamientos eran gemelas idénticas. Sólo una de ellas quería cambiar su apariencia; la otra no. De adultas, las gemelas ya no eran exactamente iguales. La “fea” de cada pareja se había fracturado la nariz, lastimado los dientes o ganado peso. Lo que me pareció dramático fue cómo estos defectos menores eran comparados con la creencia, compartida por ambas gemelas, de que una era muy hermosa y la otra inquietantemente fea. Las “feas” admitían que no pasaba un día sin que se compararan con sus “hermosas” hermanas. En este programa de televisión podían contemplarse todos los pasos que conducen al sufrimiento:
  • Pasar por alto los hechos.
  • Adoptar una percepción negativa.
  • Reforzar esa percepción mediante el pensamiento obsesivo.
  • Perderse en el dolor sin buscar una salida.
  • Compararse con los demás.
  • Consolidar el sufrimiento mediante relaciones.
Una guía para sufrir incluiría todos estos pasos, que acumulan una sensación de irrealidad que parece totalmente real. Y en consecuencia, las instrucciones para poner fin al sufrimiento invertirían estos pasos y devolverían a la persona a la realidad.
Pasar por alto los hechos.
El principio del sufrimiento es frecuentemente la negativa a ver la situación como es. Hace muchos años, algunos investigadores realizaron un estudio sobre la manera en que las personas hacen frente a las crisis inesperadas. El estudio fue patrocinado por terapeutas que deseaban saber dónde buscan ayuda las personas que están en problemas. Cuando ocurre lo peor (alguien pierde su empleo, es abandonado por su cónyuge, se le diagnostica cáncer) aproximadamente quince por ciento busca alguna clase de ayuda con un consejero, terapeuta o pastor. El resto ve la televisión. Se niegan incluso a mirar el problema o comentarlo con alguien que pudiera ayudar.
A los terapeutas que patrocinaban el estudio les horrorizaba esta negativa, pero no podían evitar preguntarse: “¿No es una reacción natural ver la televisión?” Las personas procuran instintivamente sofocar el dolor con el placer. Buda enfrentó la misma situación hace muchos siglos. En su época, las personas también trataban de suprimir el dolor porque los monzones no llegaban y todos sus cultivos se perdían, o la familia moría por una epidemia de cólera. Sin televisión debían encontrar otros medios de escape, pero la premisa era la misma: el placer es mejor que el dolor; por tanto, debe ser la respuesta al sufrimiento. La sustitución del dolor con el placer es eficaz en el corto plazo. Ambos son sensaciones, y si una tiene la intensidad suficiente puede anular a la otra. Pero Buda no predicaba que la vida es dolorosa a causa del dolor; es dolorosa porque la causa del sufrimiento no ha sido analizada. Imagina a una persona que está sentada junto a una piscina en Miami Beach.
Está mirando su serie favorita de televisión y comiendo chocolate, pero alguien le está haciendo cosquillas con una pluma. Tal vez la persona no sienta mucho dolor pero sí podría estar sufriendo profundamente. La única manera de evitarlo de manera duradera es confrontar la fuente del sufrimiento, siendo el primer paso la disposición de ver qué está ocurriendo realmente.
Percepciones negativas.
La realidad es percepción, y la persona que sufre queda atrapada por percepciones negativas de su propia creación. La percepción mantiene el dolor bajo control no reduciéndolo sino produciendo aún más dolor. Este giro es el que la mayoría de las personas encuentra difícil de comprender. El cuerpo descarga el dolor automáticamente pero la mente puede hacer caso omiso de ese instinto y convertir al dolor en algo “bueno”, con el argumento de que es mejor que otras posibilidades aún peores.
La confusión y el conflicto internos son la razón por la cual a la mente se le dificulta tanto curarse pese a todo el poder que tiene. El poder se ha vuelto contra sí mismo y, en consecuencia, la percepción —que podría terminar con el sufrimiento al instante—, cierra la puerta.
Reforzar una percepción.
Las percepciones son fluidas, a menos que las fijemos en un lugar. El yo es como un sistema en cambio constante que incorpora lo nuevo en lo viejo a cada momento. Sin embargo, sí te obsesionas constantemente con viejas percepciones, éstas se refuerzan con cada repetición.
Analicemos un ejemplo. Anorexia nervosa es el término médico dado a un padecimiento en que la persona, por lo general una muchacha de menos de veinte años, adopta el hambre como forma de vida.
Si entrevistáramos a una adolescente anoréxica que pesa menos de 40 kilogramos y le mostráramos fotografías de cuatro cuerpos, desde lo más delgado a lo más obeso, ella diría que su cuerpo se asemeja al obeso, pese a que en realidad su constitución es esquelética. Si llegáramos al extremo de superponer su rostro en las cuatro fotografías, una anoréxica seguiría considerando al cuerpo más obeso como el suyo. Esta imagen corporal distorsionada desconcierta totalmente a los demás. Resulta extraño mirar en el espejo un esqueleto y ver en su lugar una persona obesa (así como resulta extraño que gemelos idénticos crean que uno es extremadamente feo y el otro hermoso).
En estos casos, la percepción se ha distorsionado por razones ocultas relacionadas con la emoción y la personalidad.
Si a una anoréxica se le muestran fotografías de cuatro gatos, puede distinguir fácilmente cuál es el más obeso. La distorsión viene de un nivel más profundo, donde el yo determina qué es real respecto de uno mismo. Es un círculo vicioso: una vez que el yo determina algo sobre sí mismo, todo en el mundo exterior debe ajustarse a esa decisión. En la mente de la anoréxica, la vergüenza es esencial para lo que ella es, y el mundo no tiene otra opción que devolverle su imagen vergonzosa. Matarse de hambre es la única manera que se le ocurre para hacer que esa chica obesa del espejo desaparezca. Lo que nos lleva a una regla general: la realidad es aquello con lo que te identificas.
Cuando la vida nos resulta dolorosa es porque nos hemos encerrado en algún tipo de identificación errónea, contándonos historias privadas e incuestionables sobre quiénes somos. La cura de la anorexía es marcar de alguna manera la diferencia entre “yo” y esta identificación poderosa y secreta.
Lo mismo vale para todo tipo de sufrimiento, porque cada persona se identifica arbitrariamente con una cosa u otra, las cuales le cuentan una historia inexacta de quién es. Aunque fuéramos capaces de rodearnos de placer a cada minuto del día, la historia equivocada de quiénes somos terminaría trayendo un profundo sufrimiento.
Perderse en el dolor. Las personas tienen umbrales de dolor notablemente distintos. Los investigadores han sometido a sujetos a estímulos iguales, como choques eléctricos en el dorso de la mano, y les han pedido que califiquen la incomodidad sentida en una escala del uno al diez. Durante mucho tiempo se pensó que como el dolor se percibe mediante caminos neurales idénticos, las personas debían percibir las señales de dolor de manera más o menos similar (así como, por ejemplo, casi todos serían capaces de ver la diferencia entre la luz normal y la luz alta de unos faros). Sin embargo, el dolor que algunos pacientes percibieron como diez, a otros les pareció uno. Esto indica no sólo que el dolor tiene un componente subjetivo sino también que la manera en que evaluamos el dolor es completamente individual. No hay un camino universal entre estímulos y respuesta. Una persona puede sentirse profundamente traumatizada por una experiencia que apenas resulta significativa para otra.
Lo extraño acerca de este resultado es que ninguno de los sujetos pensaba que estaba creando una respuesta. Si ponemos accidentalmente la mano sobre una estufa caliente, nuestro cuerpo reacciona instantáneamente. Pero en ese instante el cerebro está evaluando el dolor y dándole la intensidad que percibimos como objetivamente real. Y al no renunciar a su control sobre él, las personas se pierden en el dolor. “¿Qué puedo hacer? MÍ madre murió y estoy desolada. No puedo ni salir de la cama en las mañanas”. En esta declaración parece haber un vínculo directo entre causa (la muerte de un ser querido) y efecto (depresión). De hecho, el sendero entre causa y efecto no es una línea recta; la totalidad de la persona entra en juego, con gran cantidad de factores del pasado. Es como si el dolor entrara en una caja negra antes de que lo sintiéramos, y en esa caja el dolor fuera emparejado con todo lo que somos: nuestra historia completa de emociones, recuerdos, creencias y expectativas. Si eres consciente de ti mismo, la caja negra no está sellada ni oculta. Tú sabes que puedes influir en lo que ocurre dentro de ella. Pero cuando sufrimos, nos maltratamos a nosotros mismos. ¿Por qué el dolor es diez en vez de uno? Simplemente porque es; por eso. El sufrimiento persiste sólo en la medida en que permanecemos extraviados en nuestra propia creación.
Compararse con los demás.
El ego quiere ser el número uno. Por tanto, no tiene más opción que permanecer atrapado en el Juego eterno de compararse con los demás. Como todos los hábitos arraigados, éste es difícil de romper.
Un amigo mío supo hace poco que una mujer a la que conocía había muerto en un accidente automovilístico. Él no la conocía bien, pero sí a todos los amigos de ella. Unas horas después de su muerte, una nube de pesar se cernió sobre ellos.
La mujer era muy querida y había realizado muchas buenas obras; era Joven y estaba llena de optimismo. Por estas razones, las personas se apesadumbraban aún más, y mi amigo, quedó atrapado en ello. “Me vi saliendo de mi auto y siendo arrollado por un conductor de los que atropellan y huyen, como le pasó a ella. Seguía pensando que debía hacer algo más que enviar flores y una tarjeta. Coincidió que la semana del funeral salí de vacaciones, y mi incapaz de divertirme sólo de pensar en la impresión y el dolor de morir así.”
En medio de estas reacciones, mi amigo comprendió súbitamente algo: “Me sentía cada vez más triste hasta que de repente entendí: ‘Ésa no es mi vida. Ella no es yo’. Ese pensamiento me pareció muy extraño. Quiero decir: ¿no es bueno ser compasivo? ¿No debería compartir la pena que sentían todos mis amigos?” En ese momento dejó de compararse con los demás, algo nada sencillo porque todos adquirimos identidad a partir de padres, amigos y cónyuges. Una comunidad entera ha adoptado una residencia fragmentaria en nosotros, compuesta de porciones de otras personalidades.
Nuestro estilo de sufrimiento lo hemos aprendido de los demás. En la medida en que te sientas estoico o débil, bajo control o víctima, desesperado o esperanzado, te estás adhiriendo a reacciones establecidas por alguien más. Desviarnos de sus pautas nos parece extraño, amenazador incluso.
En el caso de mí amigo, rompió una pauta de sufrimiento; cuando se dio cuenta de que era de segunda mano. Anteriormente, quería sentir lo que creía apropiado y lo que le parecía que esperaban de él. Quería adaptarse a la manera en que los demás veían la situación. Mientras te compares con los demás, tu sufrimiento persistirá como una manera de adaptarte.
Consolidar el sufrimiento mediante relaciones.

El dolor es una experiencia universal; por tanto, está presente en todas las relaciones. Nadie sufre solo, y aunque hicieras todo lo posible por sufrir en silencio, tendrías un efecto en quienes te rodean. La razón por la cual a las personas les resulta tan difícil participar en una relación sanadora es que la vida en nuestra familia de origen requería frecuentemente una buena cantidad de inconsciencia. Pasamos por alto lo que no queremos ver; guardamos silencio sobre cosas de las que es demasiado difícil hablar; respetamos límites aun cuando éstos resultan limitantes. En resumen, la familia es donde aprendemos a negar el dolor. Y el dolor negado es otro nombre para el sufrimiento.
Si se les diera a escoger, la mayoría de las personas preferirían mantener sus relaciones a dejar de sufrir. Esto se comprueba en familias abusivas en que las víctimas no se defienden ni se van. (Algunos estados han aprobado leyes que obligan a la policía a arrestar a abusadores domésticos, pese a las protestas de los cónyuges a quienes golpean y torturan. Sin estas leyes, la víctima se pone del lado del abusador más de la mitad de las veces.) Una relación sanadora se basa en la conciencia; en ella, ambos compañeros trabajan para romper viejos hábitos que promueven el sufrimiento.
Se trata de una situación delicada, como la de mi amigo, porque compasión significa que aprecias el sufrimiento que otro está experimentando, además del tuyo. Pero al mismo tiempo debe haber distanciamiento, asegurarse de que ese sufrimiento, sin importar cuan real sea, no es la realidad dominante. Las actitudes que contribuyen a una relación sanadora se vuelven parte de una visión que mantienes para ti y para la otra persona.













Una visión sin sufrimiento
Cómo relacionarse
con una persona que sufre

Te acompaño en tu sentimiento. Sé por lo que estás pasando.
No tienes que sentirte de determinada manera sólo para hacerme feliz.
Te ayudaré a superar esto.
No debes temer que me estás alejando.
No espero que seas perfecto. No me estás decepcionando.
El dolor que sufres no es tu yo real.
Puedes tener el espacio que necesitas, pero no te dejaré solo.
Seré contigo tan auténtico como pueda.
No tendré miedo de ti, aunque tengas miedo de tu dolor.
Haré todo lo que pueda para mostrarte que la vida sigue siendo buena y la felicidad aún es posible.
No puedo hacerme responsable de tu dolor.
No te dejaré aterrarte a tu dolor estamos aquí para superar esto.
Tomaré tu recuperación tan seriamente como mi propio bienestar.
Como puedes ver, estas actitudes presentan algunos escollos sutiles. Cuando te relaciones con alguien que está sufriendo debes ofrecerte y, al mismo tiempo, mantenerte dentro de ciertos límites. “Siento tu dolor, pero no es mío” es una postura difícil. Puede inclinarse hacía cualquier lado.
Puedes involucrarte tanto en el dolor hasta el punto en que lo fomentes, o puedes ocultarte detrás de tus propios límites y dejar fuera a la persona que está sufriendo. Una relación sanadora mantiene un equilibrio adecuado. Ambos deben conservarse alerta y atentos; mantener la mirada en la visión espiritual que está delante; estar dispuestos a tener respuestas nuevas cada día. Sobre todo, comparten un camino que conduce, paso a paso, fuera de la irrealidad.
El objetivo último, si en verdad quieres ser real, es experimentar la existencia en sí. “Yo soy” es esa experiencia. Es al mismo tiempo común y rara, porque todo mundo sabe cómo ser, pero pocos extraen toda la promesa de su propio ser. El “yo soy se pierde cuando empiezas a identificarte con el “yo hago esto, yo tengo aquello, me gusta A pero no B”. Estas identificaciones se vuelven más importantes que la realidad de tu ser puro.
Profundicemos en el vínculo entre sufrimiento e irrealidad. La manera en que olvidamos la paz y claridad del “yo soy” puede dividirse en cinco aspectos. En sánscrito se les conoce como los cinco kleshas, causa fundamental de todas las formas de sufrimiento.
1. No saber qué es real.
2. Aferrarse a lo irreal.
3. Temer lo irreal y rehuirle.
4. Identificarse con un yo imaginario.
5. Temer la muerte.

En este instante, tú y yo estamos haciendo alguna de estas cinco cosas, aunque empezamos hace tanto tiempo que hemos asimilado el proceso por completo. Los cinco kleshas están ordenados en cascada. Una vez que olvidamos qué es real (primer klesha), los demás ocurren automáticamente.
Esto significa que para la mayoría de las personas, sólo la última —temer la muerte— es una experiencia consciente; por tanto, debemos partir de ahí y avanzar hacia arriba.
El temor a la muerte es una fuente de ansiedad que se extiende a muchas áreas. La manera en que nuestra sociedad glorifica la juventud y teme el envejecimiento, nuestra necesidad desesperada de distracción, la venta de cosméticos y tratamientos de belleza, el auge de gimnasios tapizados con espejos de cuerpo entero y la manía por las celebridades, son síntomas del deseo de negar la muerte. La teología intenta convencernos de que hay vida después de la muerte, pero como esa idea debe sustentarse en la fe, la religión obtiene obediencia blandiendo sobre nuestras cabezas la vida después de la muerte. Si carecemos de fe, adoramos al dios equivocado o pecamos contra el correcto, nuestras posibilidades de ser recompensados después de morir se desvanecen. Los conflictos religiosos siguen suscitándose a causa de este asunto que provoca tanta ansiedad: los fanáticos preferirían morir por la fe que vivir aceptando que la fe de otro tiene derecho de existir. “Muero para que no puedas creer en tu Dios” es el legado más corrupto del quinto klesha.
Las personas no temen la muerte por ella misma sino por una razón más profunda: la necesidad de defender un yo imaginario. Identificarse con un yo imaginario es el cuarto klesha, y es algo que todos hacemos. Aun en un nivel superficial, las personas erigen una imagen fundamentada en el ingreso económico y el estatus. Cuando Francisco de Asís, el hijo de un acaudalado comerciante de seda, se despojó de sus ricas vestiduras y renunció al dinero de su padre, no sólo estaba privándose de sus posesiones terrenales sino de su identidad, aquello por lo cual la gente sabía quién era. Según su conciencia, era imposible acercarse a Dios por medio de una imagen falsa de sí.
La imagen propia está muy relacionada con la autoestima, y todos sabemos el alto costo que paga una persona cuando la pierde. Los niños que en la escuela primaria se sentaban en la última hilera y evitaban la mirada del profesor, rara vez llegan a discutir política externa o arte medieval porque muy temprano integraron en su imagen una impresión de ineptitud. Por el contrario, los estudios han demostrado que si a un maestro se le dice que un alumno es excepcionalmente brillante, ese alumno se desempeñará mejor en clase aun cuando su selección haya sido aleatoria. Los niños con bajo ci pueden alcanzar mejores resultados que aquellos con alto ci si tienen la suficiente aprobación por parte de sus maestros. La imagen establecida en la mente del maestro es suficiente para convertirá un alumno mediocre en uno destacado.
La identificación con una imagen falsa de nosotros también provoca sufrimiento de otras maneras. La vida nunca deja de exigir más y más; las exigencias a nuestro tiempo, paciencia, capacidad y emociones pueden ser tan abrumadoras que admitir nuestra incapacidad parece ser lo más honesto. En la imagen equivocada de una persona está enterrada la terrible historia de todo lo que le ha salido mal. Los “No lo haré”, “No puedo hacerlo” y “Me doy por vencido” emanan del cuarto klesha.
El tercer klesha nos dice que aun con una imagen saludable de nosotros, rehuimos las cosas que amenazan nuestros egos. Estas amenazas están en todas partes. Yo temo la pobreza, perder a mi esposa, infringir la ley; temo hacer el ridículo ante alguien cuyo respeto quiero conservar. Para algunas personas, la idea de que sus hijos sigan un mal camino es una grave amenaza para la imagen que tienen de sí mismos.
La frase “En esta familia no hacemos eso”, normalmente significa: “Tu comportamiento es una amenaza para lo que soy”.
Sin embargo no nos damos cuenta de que hablamos en clave. Una vez que nos identificamos con una imagen, por instinto tememos que se derrumbe. La necesidad de protegerme de lo que temo es parte de lo que soy.
El segundo klesha dice que las personas sufren porque se aferran, no importa a qué. Aferrarse a algo es una manera de mostrar que tememos que nos lo quiten. Las personas se sienten violadas cuando un carterista huye con su bolsa, por ejemplo, o si al volver a casa descubren que alguien ha irrumpido en ella. En estas intromisiones, lo importante no son los artículos robados; las bolsas y los enseres domésticos pueden reemplazarse. Sin embargo, la sensación de daño personal suele persistir durante meses y años. Si jala el gatillo preciso, el simple robo de una bolsa puede hacernos perder todo sentido de seguridad personal. Dejamos de sentirnos invencibles. Alguien nos ha despojado de la ilusión de que somos intocables. (El paroxismo producido en todo Estados Unidos por los ataques terroristas al Worid Trade Center mantiene vivo el drama de “nosotros” contra “ellos”, a gran escala. La idea de la invulnerabilidad estadounidense fue revelada como una ilusión. No obstante, no se trataba de un problema nacional; era un problema individual percibido a gran escala.)
El sufrimiento tiene muchos matices y recovecos. La pista nos lleva del miedo a la muerte a un falso sentido del yo y a la necesidad de aferrarse. No obstante, en última instancia, la irrealidad es la única causa de todo el sufrimiento. El problema nunca fue el dolor. De hecho, es todo lo contrario: el dolor existe para que esa ilusión no pueda sostenerse. Si la irrealidad no fuera dolorosa, parecería real siempre.
Los cinco kleshas pueden solucionarse de una vez por todas si abrazamos la realidad única. La diferencia entre “yo soy mi sufrimiento” y “yo soy” es pequeña pero crucial. Este malentendido ha generado mucho sufrimiento. Si pienso que nací, no puedo evitar la amenaza de morir; si pienso que existen fuerzas externas, debo aceptar que pueden hacerme daño; si pienso que soy una persona, veo otras personas por todas partes. Todas estas impresiones son elucubraciones, no hechos. Las impresiones que creamos cobran vida propia mientras no las cambiemos.
Sólo se necesita un parpadeo de la conciencia para perder contacto con la realidad. En verdad no existe nada fuera del ser. Tan pronto como empezamos a aceptar este hecho, todo el propósito de la vida cambia. El único objetivo que vale la pena alcanzar es la libertad absoluta de ser uno mismo, sin ilusiones y creencias falsas.

El quinto secreto trata de cómo detener el sufrimiento. Hay un estado de ausencia de sufrimiento dentro de ti; es conciencia simple y abierta. En contraste, el estado de sufrimiento es complicado porque en sus intentos de luchar contra el dolor, el ego se rehúsa a ver que la respuesta podría ser tan sencilla como simplemente aprender a ser. Cualquier paso que des para dejar de aterrarte a complicaciones, te acercará al estado simple de la sanación. Las complicaciones se presentan como pensamientos, sentimientos, creencias y energías sutiles, manifestaciones de deudas emocionales ocultas y de resistencia.
Para este ejercicio, utiliza cualquier cosa de tu vida que te produzca una profunda sensación de incomodidad, malestar o sufrimiento. Puedes elegir algo que haya persistido durante años o que sea muy importante en tu vida en este momento. No importa si hay algún elemento físico, aunque si eliges un padecimiento físico crónico, no consideres este ejercicio una cura; estamos tratando con las pautas de percepción que te orillan a aterrarte al sufrimiento.
Durante el siguiente mes, siéntate a solas durante al menos cinco, minutos al día con la intención de despejar las siguientes complicaciones:
Desorden.
El caos es complicado; el orden es simple. ¿Tu casa es un desastre? ¿Tu escritorio tiene pilas y pilas de trabajo?
¿Estás permitiendo que otros ensucien y desordenen porque saben que no los responsabilizarás de ello? ¿Has acumulado tanta basura que tu entorno es como un registro arqueológico de tu pasado?
Estrés.
Todo mundo se siente estresado, pero si no puedes desechar completamente tu estrés por las noches y regresar a un estado interno tranquilo, centrado y agradable, estás sobre-estresado. Analiza cuidadosamente las cosas que te producen tensión. ¿El camino a tu trabajo es estresante? ¿Te levantas demasiado temprano sin haber dormido suficiente? ¿Ignoras las señales de agotamiento? ¿Tu cuerpo está estresado debido al sobrepeso o a una falta total de condición? Haz una lista de las cosas que te provocan más estrés y trabaja para reducirlas hasta que sepas sin lugar a dudas que no estas sobre-estresado.
Sufrimiento empático.

Infectarse con los padecimientos de otros provoca sufrimiento. Habrás cruzado la línea de la empatia al sufrimiento si te sientes peor luego de ser compasivo con alguien. Si honestamente no puedes presenciar situaciones negativas sin asumir un dolor que no es tuyo, sal de ahí. Perder de vista tus límites no te convierte en una “buena persona”.



Negatividad.
El bienestar es un estado simple al que cuerpo y mente regresan de manera natural. La negatividad impide este regreso haciéndonos habitar en el malestar. ¿Chismorreas con placer sobre las desgracias de los demás? ¿Pasas tiempo con personas que se quejan y critican constantemente? ¿Ves todos los desastres y catástrofes que ofrecen los noticiarios de televisión? No tienes obligación de tomar parte en estas fuentes de negatividad; aléjate y presta atención a algo más positivo.
Inercia.
Inercia significa dejarse llevar por viejos hábitos y condicionamientos. Sean cuales sean las causas de depresión, ansiedad, trauma, inseguridad o pesar, dichos estados perduran si adoptas una actitud pasiva. “Las cosas son así” es el lema de la inercia. Toma conciencia de que “no hacer nada” es, de hecho, la manera en que te has entrenado para dejar las cosas como están. ¿Te sientas y te abandonas al sufrimiento? ¿Rechazas consejos que podrían ayudarte, antes de considerarlos? ¿Sabes cuál es la diferencia entre aferrarse y airear genuinamente tus sentimientos con intención de sanarlos?
Examina la rutina de tu sufrimiento y libérate de ella.
Relaciones tóxicas.
Sólo hay tres clases de personas en tu vida: las que te dejan solo, las que te ayudan y las que te lastiman. Las personas que te dejan solo consideran tu sufrimiento una molestia o inconveniencia; prefieren mantener su distancia para sentirse mejor. Quienes te ayudan tienen la fuerza y la conciencia necesarias para hacer con tu sufrimiento más de lo que tú puedes hacer solo. Quienes te lastiman quieren que la situación siga igual porque no les interesa tu bienestar. Analiza honestamente cuántas personas de cada categoría hay en tu vida. Esto no es lo mismo que contar amigos y familiares cariñosos. Valora a los demás únicamente según se relacionan con tus dificultades.
Luego de realizar un conteo realista, toma la siguiente actitud:
    No volveré a contar mis problemas a quien prefiere dejarme solo. No es bueno para ellos ni para mí. No quieren ayudar, así que no les pediré que lo hagan.
    Compartiré mis problemas con quienes quieren ayudarme. No rechazaré ofertas sinceras de ayuda por orgullo, inseguridad o duda. Pediré a estas personas que se unan a mí en mi sanación y haré de ellas una parte mayor de mi vida.
    Pondré distancia entre mí y quienes buscan lastimarme.
No tengo que confrontarlos, hacerlos sentir culpables ni convertirlos en causa de mi autocompasión. Pero no me permitiré absorber su efecto tóxico, y si eso implica mantener mi distancia, lo haré.
Creencias.
Examina los motivos posibles por los que quieres sufrir. ¿Rechazas que hay algo mal? ¿Crees que no mostrar tu sufrimiento te hace una mejor persona? ¿Disfrutas la atención que recibes cuando estás enfermo o afligido? ¿Te sientes seguro estando solo y sin tomar decisiones difíciles?
Los sistemas de creencias son complejos: mantienen el yo que queremos presentar al mundo. Es mucho más sencillo no tener creencias, lo que significa estar abierto a la vida tal como se cruce por tu camino, avanzando con tu inteligencia interna en vez de con juicios almacenados. Si estás bloqueado por tu sufrimiento y vuelves a los mismos viejos pensamientos una y otra vez, un sistema de creencias te ha atrapado.
Sólo terminando con tu necesidad de aterrarte a estas creencias puedes escapar de la trampa.

Energía y sensaciones.
Confiamos en nuestros cuerpos para que nos digan cuándo estamos sufriendo dolor; y el cuerpo, como la mente, sigue pautas familiares. Los hipocondríacos, por ejemplo, consideran la primera señal de malestar como un mensaje claro de que están gravemente enfermos. En tu caso, también estás considerando sensaciones familiares y utilizándolas para confirmar tu sufrimiento.
Muchas personas deprimidas, por ejemplo, interpretan el agotamiento como depresión. Como no han dormido bien o han trabajado de más, interpretan la fatiga como síntoma de depresión. La manera de manejar estas sensaciones es despojarlas de la interpretación. En vez de estar triste, considera esto como la energía de la tristeza. Como el cansancio, la tristeza tiene un componente corporal que puede descargarse.
En vez de ser una persona ansiosa, maneja la energía de la ansiedad.
Todas las energías se descargan del mismo modo:
    Respira profundamente, permanece sentado en silencio, y percibe la sensación en tu cuerpo.
    Percibe la sensación sin juzgarla. Sólo retenla.
    Permite a los sentimientos, pensamientos o energías que quieran surgir, que lo hagan. Esto por lo general significa escuchar la voz de la ansiedad, la ira, el temor o el dolor de haber sido lastimados. Permite que las voces digan lo que quieran decir. Escucha y comprende qué está ocurriendo.
    Deja que la energía se disperse todo lo que pueda. No exijas una descarga completa. Piensa que tu cuerpo soltará la energía acumulada que pueda.
    Luego de unas horas, o al día siguiente, repite todo el procedimiento.

Éste parece un régimen muy estricto, pero lo único que se te pide es que dediques cinco minutos al día a cualquiera de estas áreas. Los pasos pequeños producen grandes resultados. La conciencia simple es la normal en la naturaleza; el sufrimiento y las complicaciones que lo mantienen en marcha no son naturales, y mantener toda esa complejidad es un gasto inútil de energía. Al esforzarte todos los días por alcanzar un estado más simple, estás haciendo lo mejor que alguien puede hacer para terminar con el sufrimiento: arrancar las raíces de la irrealidad.



















Secreto 5
La libertad doma la mente

¿Amas a tu mente? No he conocido a nadie que lo haga. Las personas con cuerpos o rostros hermosos suelen amar el don que recibieron de la naturaleza (aunque también puede ocurrir lo contrario: las personas más hermosas físicamente pueden aislarse por inseguridad o temor de ser considerados vanidosos). La mente es la parte de nosotros más difícil de amar porque nos sentimos atrapados en ella; no siempre, sino cuando tenemos problemas. El temor, de alguna manera, logra pasearse por la mente a voluntad. La depresión oscurece la mente; la ira la hace estallar en confusión incontrolable.
Las culturas antiguas tienden a repetir la noción de que la mente es inquieta y poco fiable. En India, la metáfora más común compara a la mente con un elefante salvaje, y se dice que calmar la mente es como amarrar al elefante a una estaca. En el budismo, se la compara con un mono que se esfuerza por ver el mundo con los cinco sentidos. Los monos son célebres por ser impulsivos e inconstantes, capaces de hacer cualquier cosa sin previo aviso. La psicología budista no pretende domar al mono sino conocer sus costumbres, aceptarlas y entonces trascender a una conciencia más elevada, más allá de la inconstancia de la mente.
Las metáforas no te llevarán a donde puedas amar la mente; debes encontrar por ti mismo la experiencia real de paz y calma. El secreto para hacerlo es liberar la mente. Cuando es libre, la mente se tranquiliza. Renuncia a su inquietud y se convierte en un canal para la paz. Esta solución parece oponerse al sentido común, porque nadie afirmaría que un elefante salvaje o un mono pueden domarse liberándolos. Dirían que el animal libre sólo se haría más salvaje, pero este secreto se basa en la experiencia: la mente es “salvaje” porque tratamos de confinarla y controlarla. En un nivel más profundo hay un orden completo. Ahí, pensamientos e impulsos fluyen en armonía con lo que es correcto y mejor para cada persona.
Entonces, ¿como podemos liberar a la mente? Primero debemos comprender cómo quedó atrapada. La libertad no es una condición a la que podamos acceder abriendo simplemente una puerta o rompiendo unos grilletes. La mente es su propio grillete, como supo el poeta William Blake al contemplar a las personas en las calles de Londres:
En el sollozo de cada hombre
En el grito temeroso de cada infante
En cada voz, en cada prohibición
Escucho las esposas que forjan la mente.

En su intento por comprender cómo la mente se atrapa a si misma, los antiguos sabios hindúes concibieron el concepto clave samskara (derivado de dos palabras sánscritas que significan “fluir juntos”). Un samskara es un surco en la mente que permite a los pensamientos fluir en la misma dirección.
La psicología budista hace un uso sofisticado del concepto al describir los samskaras como huellas en la mente que tienen vida propia. Tus samskaras personales, desarrollados a partir de recuerdos, te fuerzan una y otra vez a reaccionar de la misma manera limitada, privándote de libre albedrío (esto es, de elegir como la primera vez).
La mayoría de las personas desarrollan una identidad con base en samskaras sin saber que lo están haciendo. Pero las pistas son inconfundibles. Piensa en las personas propensas a ataques de ira. Estos arranques constan de varias etapas: primero hay algún síntoma físico: compresión en el pecho, inicio de dolor de cabeza, taquicardia, respiración superficial. Entonces se produce un impulso. La persona siente que la ira se acumula como el agua tras un dique. La presión es tanto física como emocional; el cuerpo quiere deshacerse del malestar y la mente desea liberar los sentimientos reprimidos. En este momento la persona busca una excusa para lanzar un ataque a gran escala. La excusa puede fabricarse a partir de cualquier pequeña infracción: una actividad no realizada por los hijos, un mesero lento, un dependiente poco obsequioso.
Finalmente aparece la erupción de cólera, y sólo hasta que se calma, la persona se da cuenta del daño que ha hecho. El ciclo termina con remordimientos y el propósito de no estallar de nuevo. La vergüenza y la culpa entran en Juego prometiendo aplacar el impulso en el futuro; por su lado, la mente reflexiona racionalmente sobre la insensatez de ventilar la ira con tal imprudencia.
A quienes sufren ataques de ira les resulta difícil reclamar el poder de elegir. Cuando el impulso comienza a producir humo, la presión debe hallar escape. Con frecuencia, sin embargo, hay connivencia, un acuerdo tácito de que la ira tome el control. En algún momento de su pasado, estas personas decidieron adoptar la ira como un mecanismo para enfrentar las dificultades. La vieron en acción en sus familias o en la escuela; relacionaron poder con intimidación, e identificaron a esta última como el único medio para acceder al poder. Estas personas suelen ser incapaces de expresarse verbalmente, y sus explosiones de enojo se convierten en sustituto de palabras y pensamientos. Una vez que adquirieron este hábito dejaron de buscar otras vías. La cólera que quisieran controlar está unida a ellas por la necesidad y el deseo; no saben cómo obtener lo que desean sin ella.
Ésta es la anatomía del samskara en toda su variedad. Podemos sustituir la palabra ira con muchas otras: ansiedad, depresión, adicción sexual, abuso de estupefacientes, compulsión obsesiva, y todas demostrarán cómo los samskaras privan a las personas de libre albedrío. Incapaces de eludir sus recuerdos tóxicos, se adaptan a ellos agregando más y más capas de impresiones. Las capas más bajas, colocadas en la infancia, continúan enviando sus mensajes, razón por la cual los supuestos adultos se sienten como niños impulsivos y asustados cuando se ven en el espejo. El pasado todavía no ha sido elaborado lo suficiente; los samskaras gobiernan la mente con base en un caos de experiencias viejas y caducas.


Los recuerdos almacenados son como microchips programados para enviar el mismo mensaje una y otra vez. Cuando te descubres mostrando una reacción fija, el mensaje ya fue enviado: no tiene caso tratar de cambiar el mensaje. No obstante, así es como la mayoría de las personas intenta domar a la mente. Reciben un mensaje que no les gusta y su reacción es una de estas tres:

Manipulación

Control

Negación

Sí los analizas cuidadosamente, resulta claro que estos tres comportamientos se presentan después del hecho: consideran el desorden de la mente como causa de angustia, no como síntoma. Estas supuestas soluciones tienen terribles efectos negativos.

La manipulación consiste en obtener lo que quieres ignorando o dañando los deseos de los demás. Los manipuladores utilizan el encanto personal, la persuasión, la coacción, las artimañas y la falsa información. La idea subyacente es: “Debo engañar a las personas para obtener lo que quiero”.
Cuando están realmente inmersos en sus maniobras, los manipuladores incluso llegan a imaginar que están haciendo un favor a sus víctimas. Después de todo, ¿a quién no le gustaría ayudar a una persona tan divertida? Puedes descubrirte cayendo en este comportamiento cuando no escuchas a otras personas, ignoras lo que quieren y crees que tus deseos no tienen un costo para los demás. También hay señales externas. La presencia de un manipulador trae tensión, estrés, quejas y conflicto ante una situación. Algunas personas practican manipulaciones pasivas: montan escenarios del tipo “pobre de mí” para provocar lástima en los demás. O pueden buscar culpables haciéndoles pensar que lo que quieren está mal. La manipulación termina cuando dejas de asumir que tus deseos son lo más importante. Entonces puedes reconectarte con los demás y confiar en que sus deseos pueden coincidir con los tuyos. Cuando no hay manipulación, las personas sienten que lo que desean cuenta. Confían en que estás de su lado; no eres visto como actor o vendedor. Nadie se siente engañado.

El control consiste en imponer tu manera de hacer las cosas a situaciones y personas. El control es la gran máscara de la inseguridad. Quienes utilizan este comportamiento sienten un miedo mortal a dejar a los demás ser como son, así que el controlador constantemente hace exigencias que mantienen a los demás fuera de equilibrio. La idea subyacente es: “SÍ siguen prestándome atención, no se irán”. Cuando te descubres urdiendo excusas para tu comportamiento y culpando a los demás, o cuando sientes que nadie te agradece o reconoce lo suficiente, la culpa no es de ellos: estás exhibiendo una necesidad de controlar. Las señales externas de este comportamiento provienen de quienes tratas de controlar: se sienten tensos y recelosos, se quejan de no ser escuchados, te llaman perfeccionista o Jefe intransigente. El control empieza a capitular cuando aceptas que tu punto de vista no es necesariamente el correcto. Puedes detectar tu necesidad de controlar si adviertes cuándo te quejas, culpas, insistes en que sólo tú tienes la razón y esgrimes una excusa tras otra para demostrar que estás libre de culpa. Una vez que dejas de controlarlas, las personas que te rodean empiezan a respirar con libertad, se relajan y ríen, se sienten libres de ser quienes son sin esperar tu aprobación.

La negación es rehuir el problema en lugar de enfrentarlo.
Los psicólogos consideran a la negación el más infantil de los tres comportamientos, porque está íntimamente relacionado con la vulnerabilidad. La persona se siente incapaz de resolver problemas, como un niño. El temor está vinculado con la negación, al igual que una necesidad infantil de amor ante la inseguridad. La idea subyacente es; “No debo considerar lo que, por principio de cuentas, no puedo cambiar”. Puedes descubrirte practicando la negación cuando experimentas falta de concentración, fallas de memoria, postergación, renuencia a confrontar a quienes te dañan, fantasía, falsas esperanzas y confusión. La principal señal externa es que los demás no confían en ti o no te buscan cuando se requiere una solución. Al desconcentrarte, la negación te defiende con la ceguera. ¿Cómo se te podría acusar de fallar en algo que ni siquiera ves? La negación se supera enfrentando las verdades dolorosas. El primer paso es expresar cómo te sientes. Para la persona que presenta una profunda negación, los sentimientos que la hagan pensar que está insegura son, en general, los que debe enfrentar. La negación comienza a ceder cuando te sientes concentrado, alerta y dispuesto a participar a pesar de tus temores.

Cada uno de estos comportamientos intenta demostrar un imposible: la manipulación que puedes forzar a cualquiera a hacer lo que quieres; el control que nadie puede rechazarte a menos que tú lo dispongas; la negación que las cosas malas desaparecerán si no las ves. Lo cierto es que las demás personas pueden negarse a hacer lo que quieres, abandonarte sin una buena razón, y provocar problemas, los veas o no. Es imposible predecir durante cuánto tiempo seguiremos intentando demostrar lo contrario, pero sólo cuando admitimos la verdad, el comportamiento termina por completo.

Lo siguiente que debemos saber sobre los samskaras es que no son silenciosos. Esas profundas impresiones en la mente tienen voz; escuchamos sus reiterados mensajes como palabras en nuestra cabeza. ¿Es posible distinguir cuáles voces son verdaderas y cuáles falsas? Ésta es una pregunta importante porque es imposible pensar sin escuchar algunas palabras en nuestra cabeza.

A principios del siglo XIX un oscuro pastor de Dinamarca conocido como Maestro Adier, fue expulsado de su iglesia.
Se le condenó por desobedecer a las autoridades, pues afirmó que había recibido una revelación directamente de Dios.
Muchos pensaron que Adier había perdido la razón. Desde el pulpito aseveró que si hablaba con voz aguda y chillona estaba transmitiendo una revelación, y que si lo hacía con su voz normal, grave, se trataba de él.

Este extraño comportamiento hizo dudar a la congregación de la cordura del pastor y no tuvieron más alternativa que echarlo. Las noticias del caso llegaron al gran filósofo danés Sóren Kierkegaard, quien formuló la pregunta fundamental: ¿es posible demostrar que alguien escucha la voz de Dios? ¿Qué comportamiento o indicio externo permitiría distinguir entre una revelación auténtica y una falsa? El infortunado clérigo probablemente sería declarado esquizofrénico en nuestros días. Kierkegaard concluyó que Adier no hablaba con la voz de Dios; sin embargo, también opinó que nadie sabe de dónde provienen las voces interiores. Simplemente las aceptamos, así como al torrente de palabras que llena nuestras cabezas.

Una persona profundamente religiosa puede afirmar incluso que cada voz interna es la voz de Dios. Pero hay algo indudable: todos escuchamos las voces internas de un coro que clama. Fastidian, elogian, engatusan, juzgan, advierten, sospechan, descreen, confían, se quejan, expresan esperanza, amor y miedo, sin ningún orden particular. Es demasiado simplista afirmar que todos tenemos un lado bueno y uno malo; todos tenemos miles de aspectos configurados por nuestras experiencias pasadas. Es imposible calcular cuántas voces estoy escuchando. Siento que algunas se remontan a mi infancia; suenan como huérfanos de mis experiencias más remotas y me suplican que los recoja. Otras son voces adultas y ásperas, y en ellas escucho a personas que me juzgaron o castigaron. Cada voz cree que merece toda mi atención, sin importarle que las otras piensen lo mismo. No hay un yo central que se eleve por encima del alboroto y sofoque ese tumulto de opiniones, exigencias y necesidades. Aquella voz a la que en determinado momento presto más atención se convierte en Mi voz, sólo para ser desalojada cuando desplazo mí atención. La anarquía de este incesante ir y venir prueba cuan fragmentado estoy.

¿Cómo puede domarse este coro que clama? ¿Cómo puedo recuperar un sentido del yo adecuado a una realidad? La respuesta, de nuevo, es la libertad, pero en un sentido muy peculiar. Debes liberarte de las decisiones. La voz que habla en tu cabeza desaparecerá una vez que dejes de elegir. Un samskara es una elección que recuerdas del pasado. Cada elección te cambió un poco. El proceso inició cuando naciste y continúa hasta hoy. En vez de combatirlo, todos creemos que debemos seguir haciendo elecciones; como resultado, seguimos agregando nuevos samskaras y reforzando los viejos. (En el budismo, a esto se le llama rueda de samskara porque las mismas reacciones regresan una y otra vez. En sentido cósmico, la rueda de samskara lleva a las almas de una vida a la siguiente, las viejas huellas nos impulsan a enfrentar los mismos problemas aun más allá de la muerte.) Kierkegaard escribió que la persona que ha encontrado a Dios se libera de las elecciones. ¿Pero qué se siente que Dios tome decisiones por uno? Creo que tendríamos que estar profundamente conectados con Dios para responder esa pregunta.

No obstante, en un estado de conciencia simple, las elecciones más evolutivas parecen llegar espontáneamente. Aunque el ego agoniza con cada detalle de una situación, una parte más profunda de tu conciencia sabe qué hacer, y sus elecciones surgen con elegancia y coordinación perfectas. ¿No es cierto que todos hemos experimentado destellos de claridad en los que súbitamente sabemos qué hacer? Conciencia sin elecciones es otra manera de nombrar la conciencia libre. Al liberar a tu elector interno, reclamas tu derecho a vivir sin fronteras, actuando según la voluntad de Dios con total confianza.

¿Quedamos atrapados por el simple hecho de elegir? Ésta es una idea sorprendente porque se opone a un comportamiento de toda la vida. Todos hemos vivido la vida con una elección a la vez. El mundo exterior es como un enorme bazar que ofrece una deslumbrante colección de posibilidades, y todos compramos de acuerdo con lo que consideramos mejor para nosotros. La mayoría de las personas se conocen a sí mismas por lo que trajeron en su bolsa de compras: casa, empleo, cónyuge, auto, hijos, dinero. Sin embargo, cada vez que elegimos A en lugar de B, nos forzamos a dejar atrás alguna parte de la realidad única. Nos definimos por preferencias selectivas y completamente arbitrarias.

La alternativa consiste en dejar de concentrarnos en los efectos y buscar las causas. ¿Quién es tu elector interno? Esta voz es una reliquia del pasado, suma de viejas decisiones que persisten más allá de su tiempo. En este momento vives con la carga de tu yo pasado, que ya no está vivo. Debes proteger los millares de elecciones que integran el yo muerto. No obstante, el elector podría tener una vida mucho más libre. Si las elecciones ocurrieran en el presente y fueran plenamente valoradas justo ahora, no habría nada a qué aferrarse y el pasado no se acumularía hasta convertirse en una carga aplastante.

La elección debería ser un flujo. De hecho, el cuerpo indica que es la manera más natural de existir. Como vimos antes, las células sólo conservan el alimento y el oxígeno necesarios para sobrevivir unos cuantos segundos. No acumulan energía porque nunca saben qué pasará a continuación. Las respuestas flexibles son mucho más importantes
para la supervivencia que el aprovisionamiento. Desde cierto punto de vista, esto las hace completamente vulnerables; sin embargo, por más frágil que parezca una célula, no pueden ignorarse dos billones de años de evolución.

Todos sabemos elegir; pocos sabemos dejar ir. Pero sólo dejando ir cada experiencia podemos abrir espacio para la siguiente. La habilidad en dejar ir puede aprenderse; una vez aprendida, disfrutarás vivir mucho más espontáneamente.




Dejar ir
Cómo elegir sin quedar atrapado



  • Aprovecha al máximo cada experiencia.
  • No te obsesiones con decisiones correctas o incorrectas.
  • No defiendas una imagen propia.
  • Supera los riesgos.
  • No tomes decisiones si tienes dudas.
  • Ve las posibilidades en todo lo que pase.
  • Encuentra la corriente.



Aprovechar al máximo cada experiencia.
Vivir plenamente se exalta por todas partes en la cultura popular. Basta encender la televisión para ser asaltados por mensajes como: “Es lo mejor que un hombre puede tener”, “Es como tener un ángel a tu lado”, “Cada movimiento es suave, cada palabra es la justa. No quiero perder ese sentimiento jamás” “Tú miras, ellos sonríen. Tú ganas, ellos se van a casa”. ¿Qué se está vendiendo aquí? Una fantasía de placer sensual total, estatus social, atracción sexual, y la imagen de un triunfador.
Por cierto, todas estas frases provienen del mismo comercial de rastrillos para afeitar, pero vivir plenamente es parte de casi todas las campañas publicitarias. Lo que no se menciona, sin embargo, es qué significa en realidad experimentar algo plenamente. En vez de buscar sobrecargas sensoriales que duren por siempre, descubrirás que las experiencias necesitan abordarse en el nivel del significado y la emoción.
El significado es esencial. Si este momento te importa en verdad, lo vivirás plenamente. La emoción incorpora la dimensión de sintonía y participación: una experiencia que toca tu corazón hace que el significado sea mucho más personal. La sensación física pura, el estatus social, la atracción sexual y el sentirse como un ganador son, en general, superficiales, razón por la cual las personas las ansían repetidamente. Si convives con atletas que han ganado cientos de juegos, o con solteros sexualmente activos que se han acostado con cientos de parejas, descubrirás rápidamente dos cosas: 1) La cantidad no cuenta mucho; en el fondo, el atleta no suele sentirse como un ganador; el conquistador sexual no suele sentirse profundamente atractivo o valioso. 2) Cada experiencia ofrece recompensas progresivamente menores; la emoción de ganar o seducir es cada vez menos excitante y dura menos.
Experimentar plenamente éste o cualquier momento significa participar de manera total. Por ejemplo, conocer a una persona puede ser una experiencia totalmente efímera y sin sentido a menos que accedas a su mundo, encuentres algo que sea significativo en su vida e intercambies al menos un sentimiento sincero. La sintonía con otros es un flujo circular: tú te proyectas hacia las personas y las recibes cuando responden. Observa cuan pocas veces sucede esto. Te mantienes apartado y te aíslas; envías sólo las señales más superficiales y recibes poco o nada.
El mismo círculo debe estar presente aun cuando no haya nadie más. Analiza la manera en que tres personas pueden contemplar la misma puesta de sol. La primera está obsesionada con un negocio y no repara siquiera en ella, aunque sus ojos están registrando los fotones que caen en su retina; la segunda piensa: “Bonita puesta de sol. No hemos tenido una así en mucho tiempo”; la tercera es un pintor que empieza inmediatamente un boceto del paisaje. Las diferencias entre las tres es que la primera persona no envió ni recibió nada; la segunda permitió que su conciencia recibiera la puesta de sol pero no pudo transmitir nada; su respuesta fue automática; la tercera fue la única que cerró el círculo: interiorizó la puesta de sol y la convirtió en una respuesta creativa que envió su conciencia hacia el mundo para dar algo.
Si en verdad quieres experimentar plenamente la vida, debes cerrar el círculo.
Decisiones correctas e incorrectas.
Si te obsesionas por tomar la decisión correcta, estás asumiendo que el universo te recompensará por una cosa y te castigará por otra. Ésta es una asunción equivocada porque el universo es flexible: se adapta a todas tus decisiones. Correcto e incorrecto son sólo ideas. Inmediatamente escucho fuertes objeciones emocionales a esto. ¿Qué hay del marido perfecto? ¿Qué hay del empleo perfecto? ¿Qué hay del auto perfecto? Todos estamos habituados a actuar como clientes con las personas, los empleos y los autos: queremos el mejor rendimiento por nuestro dinero. Pero en realidad, las decisiones que calificamos correctas e incorrectas son arbitrarias. El marido perfecto es uno entre cientos o miles de hombres con quienes podrías compartir una vida satisfactoria. El mejor empleo es imposible de definir, pues resulta bueno o malo según decenas de factores que entran en juego después de elegirlo. (¿Quién sabe de antemano cómo son los colegas, cuál es el clima corporativo, si tendrás la idea correcta en el momento indicado?) Y el mejor auto puede verse involucrado en un accidente dos días después de comprarlo.
El universo no tiene un programa definido. Una vez que tomas cualquier decisión, él opera alrededor de esa decisión. No hay correcto o incorrecto, sólo una serie de posibilidades que pueden cambiar con cada pensamiento, sentimiento y acción que experimentes. Si esto suena demasiado místico, considera de nuevo tu cuerpo. Todos los signos vitales importantes —temperatura corporal. Frecuencia cardiaca, consumo de oxígeno, nivel hormonal, actividad cerebral, etcétera— cambian en el momento en que decides hacer algo. El metabolismo de un corredor no puede ser tan lento como el de alguien que está leyendo, porque sin un consumo mayor de aire y una frecuencia cardiaca más alta, el corredor se sofocaría y sufriría un colapso o espasmos musculares.
Las decisiones son señales que indican a tu cuerpo, mente y entorno que se muevan en determinada dirección. Puede suceder que después te sientas insatisfecho con la dirección elegida, pero obsesionarse con las decisiones correctas o incorrectas es lo mismo que no seguir ninguna. No olvides que tú eres el elector: eres mucho más que cualquier decisión individual que hayas tomado o tomes en el futuro.






Defender una imagen propia.
A lo largo de los años has construido una imagen idealizada que llamas “yo” y defiendes. Esta imagen incluye todas las cosas que deseas te conciernan. De ella están desterrados todos los aspectos vergonzosos, culpables y amenazantes que ponen en peligro tu confianza en ti. Pero esos mismo aspectos que intentas rechazar regresan como las voces más insistentes, más exigentes de tu cabeza. Ese destierro da lugar al caos de tu diálogo interno y> por tanto, tu ideal se erosiona aun cuando haces todo lo posible por verte bien y sentirte bien contigo mismo.
Para sentirte en verdad bien contigo mismo, renuncia a tu imagen propia. Inmediatamente te sentirás más abierto, permeable y relajado. Vale la pena recordar un comentario sorprendente del renombrado maestro espiritual hindú Nisargadatta Maharaj: “Si te observas, sólo tienes un yo cuando tienes problemas” Si esto te parece increíble, imagina que vas caminando por un vecindario en una zona peligrosa de la ciudad. A tu alrededor hay personas cuya mirada te pone nervioso. El sonido de acentos extraños te recuerda que eres diferente a ellas y sientes peligro. La percepción de amenaza provoca que te batas en retirada; te apartas y constriñes. Esta táctica abre una brecha aún mayor entre tú y lo que temes.
Pero esa retirada al yo aislado y constreñido no te protege de nada. Es imaginaria. Y al aumentar la brecha impides que ocurra lo único que podría servirte: la expansión a una sensación mayor de tranquilidad. Maharaj sostiene que lo que llamamos “yo” es una contracción alrededor de un núcleo vacío, cuando en realidad fuimos hechos para ser libres y expansivos en nuestra conciencia.
Se dedica mucho tiempo en la autoayuda a convertir una mala imagen propia en buena. Aunque esto suena razonable, todas las imágenes propias tienen el mismo inconveniente: te recuerdan quién fuiste, no quién eres. La idea misma del yo está cimentada en recuerdos, y esos recuerdos no son tú. SÍ te liberas de tu imagen propia, serás libre de elegir como si fuera la primera vez.
La imagen propia mantiene la realidad a raya, particularmente en el nivel emocional. Muchas personas no admiten lo que en realidad sienten. Su imagen propia les dicta que, por ejemplo, estar enojados o mostrar ansiedad no es permisible. Estos sentimientos no se ajustan a “el tipo de persona que quiero ser”. Ciertas emociones parecen demasiado peligrosas para conformar tu propia imagen ideal, por lo cual adoptas un disfraz que las excluye. La ira y el temor reprimidos pertenecen a esta categoría, pero también la alegría inmensa, el éxtasis y la espontaneidad despreocupada. Te liberas del control de la propia imagen cuando:
  • Sientes lo que sientes.
  • Las cosas dejan de ofenderte.
  • Dejas de evaluar cómo te hace ver una situación.
  • No excluyes personas a las que te sientes superior o inferior.
  • Dejas de preocuparte de lo que piensen de ti los demás.
  • Dejas de obsesionarte por el dinero, el estatus o las pertenencias.
  • Dejas de sentir la necesidad de defender tus opiniones.

Superar los riesgos. Mientras el futuro siga siendo impredecible, toda decisión implica algún nivel de riesgo. Por lo menos, ésa es la historia aceptada universalmente. Se nos dice que ciertos alimentos nos ponen en riesgo de sufrir ataques al corazón y cáncer, por ejemplo, y lo más lógico es cuantificar el riesgo y mantenernos cerca de los números más
bajos. Pero la vida no puede cuantificarse. Por cada estudio que demuestra un hecho cuantificable sobre las cardiopatías (por ejemplo, que las personas que beben un litro de leche al día son 50 por ciento menos propensos a sufrir ataques al corazón severos), hay otro estudio que demuestra que el estrés eleva el riesgo de sufrir cardiopatías sólo si la persona es susceptible a él (hay quienes lo disfrutan).
El riesgo es mecánico. Supone que no hay inteligencia detrás de las situaciones, sólo un cierto número de factores que producen cierto resultado. Tú puedes superar los riesgos si sabes que hay inteligencia infinita operando en la dimensión oculta de tu vida. En el nivel de esta inteligencia, tus elecciones siempre están respaldadas. El propósito de evaluar los riesgos sería ver si tu línea de acción es razonable; el análisis de los riesgos no debe desestimar los factores más importantes, evaluados en el nivel de la conciencia profunda;
  • ¿Siento que esta elección es adecuada para mí?
  • ¿Me interesa lo que conduce a esta elección?
  • ¿Me agradan las personas implicadas?
  • ¿Esta decisión es buena para mi familia en conjunto?
  • ¿Esta decisión es apropiada en esta etapa de mi vida?
  • ¿Me siento justificado moralmente para tomar esta decisión?
  • ¿Esta decisión me ayudará a crecer?
  • ¿Tendré oportunidad de ser más creativo y sentirme inspirado por lo que estoy a punto de hacer?

Cuando estas cosas salen mal las elecciones no resultan.
Los riesgos pueden ser pertinentes pero no decisivos. Quienes pueden evaluar sus elecciones en el nivel profundo de la conciencia se alinean con la inteligencia infinita, y por tanto tienen más posibilidades de éxito que quienes hacen muchos cálculos.
En caso de duda. Es difícil dejar ir cuando no sabes sí tomaste la decisión correcta. La duda persiste y nos ata al pasado. Muchas relaciones terminan en divorcio debido a la falta de compromiso, pero esa falta de compromiso no se desarrolló con el tiempo; estaba presente desde el principio y nunca se resolvió. Es importante no tomar decisiones fundamentales si tienes dudas. El universo favorece las acciones cuando han comenzado. Esto significa que al tomar una dirección, pones en marcha un mecanismo que es muy difícil revertir. ¿Puede una mujer casada sentirse soltera simplemente porque así lo desea? ¿Puedes sentir que no eres hijo de tus padres simplemente porque crees que sería mejor tener otros?
En ambos casos, los lazos con una situación, una vez dada, son fuertes. Sin embargo, cuando tienes dudas, detienes momentáneamente al universo: no favorece ninguna dirección en particular.
Esta pausa tiene un aspecto bueno y otro malo. El bueno es que te das espacio para tomar conciencia de más cosas, y con más conciencia, el futuro puede ofrecerte nuevas razones para actuar de una u otra manera. El aspecto malo es que la inercia no es productiva: sin elecciones no puedes crecer ni evolucionar. Si las dudas persisten, debes liberarte del estancamiento. La mayoría de las personas lo alcanza zambulléndose en la siguiente elección, viviendo la vida al azar: “Esto no funcionó. Lo mejor será que haga otra cosa, no importa qué”.
Por lo general, las personas que eligen de manera arbitraria (incursionando imprudentemente por la casa vecina, el próximo empleo, la siguiente relación que se presenta) resultan ser calculadoras en exceso. Pasan tanto tiempo evaluando los riesgos, analizando pros y contras, y valorando las peores situaciones posibles, que ninguna elección parece correcta y la frustración los impulsa a terminar en el punto muerto. Irónicamente, estos saltos irracionales a veces funcionan. El universo tiene más cosas guardadas para nosotros de las que podemos predecir, y las malas elecciones con frecuencia se resuelven favorablemente porque nuestras aspiraciones ocultas saben a dónde vamos.
Aun así, la duda resulta destructiva para esa cualidad que la conciencia intenta llevar a ti: el conocimiento. En un nivel profundo, tú eres el conocedor de la realidad. La duda es síntoma de que no te has vinculado con tu conocedor interno.
Normalmente significa que te estás dejando fuera de ti mismo cuando debes hacer una elección. Tu decisión estará basada en factores externos. Para la mayoría de las personas, los factores externos más fuertes se reducen a lo que otras piensan, porque adaptarse es el camino de la menor resistencia.
Pero adaptarse es como asumir la inercia. La aceptación social es el menor común denominador del yo: es tú como unidad social en vez de tú como persona única. Descubre quién eres en realidad; que adaptarte sea lo último que pienses. Ello ocurrirá o no ocurrirá, pero en cualquier caso ya no tendrás más dudas sobre ti.
No existe una fórmula para eliminar las dudas porque el encuentro con el conocedor interior es una tarea personal. Debes comprometerte a expandir tu conciencia. No dudes de esto. Si miras hacia dentro y sigues el camino que lleva a tu inteligencia interna, el conocedor estará ahí esperándote.
Ver las posibilidades.
Sería mucho más fácil dejar ir los resultados si cada elección resultara bien. ¿Y por qué no debiera ser así? En la realidad única no hay oportunidades malgastadas, sólo nuevas oportunidades. Pero a la personalidad centrada en el ego le gusta que las cosas estén conectadas. Llegar en segundo lugar hoy es mejor que haber llegado en tercer lugar ayer, y mañana quiero llegar en primero. Esta clase de pensamiento lineal refleja una concepción burda del progreso. El crecimiento real ocurre en muchas dimensiones. Lo que te ocurre puede influir en tu manera de pensar, sentir, relacionarte con los demás, comportarte en una situación determinada, adaptarte al entorno, percibir el futuro o a ti mismo. Todas estas dimensiones deben evolucionar para que tú lo hagas. Intenta ver las posibilidades en todo lo que ocurra. Sí no consigues lo que esperabas o deseabas, pregúntate; “¿Hacia dónde debo ver?” Esta actitud resulta muy liberadora. En una dimensión u otra, todos los sucesos de la vida se resuelven en una de dos cosas: o son buenos para ti, o plantean lo que necesitas ver para crear el bien en ti. En la evolución ganas de todas maneras, aseveración que proviene no de un optimismo ciego sino de lo que, de nuevo, observamos en el cuerpo. Todo lo que ocurre dentro de una célula es parte de su operación saludable o una señal de que se debe rectificar. La energía no se gasta al azar ni caprichosamente sólo para ver qué ocurre. La vida también se corrige a sí misma de este modo. Como elector puedes actuar por capricho; puedes seguir caminos arbitrarios o irracionales. Pero la maquinaría subyacente de la conciencia no se altera. Ella sigue obedeciendo los mismos principios;
  • Adaptarse a tus deseos.
  • Mantener todo en equilibrio.
  • Armonizar tu vida individual con la vida del cosmos.
  • Hacerte consciente de lo que haces.
  • Mostrarte las consecuencias de tus actos.
  • Hacer tu vida tan real como sea posible.

Como tienes libre albedrío, puedes ignorar estos principios por completo. Todos lo hacemos en un momento u otro. Pero no puedes alterarlos. La vida depende de ellos. Son la base de la existencia, aunque tus deseos vayan o vengan, y la base de la existencia es inmutable. Una vez que asimilas esta verdad, puedes alinearte con cualquier posibilidad que se cruce en tu camino, confiando en que la ganancia segura es la actitud que la vida ha mostrado durante billones de años.
Encontrar la corriente de la alegría.
Mi imaginación quedó cautivada por un episodio de las aventuras de Carlos Castañeda, cuando su maestro Don Juan lo envía con una bruja que tiene la capacidad de adoptar la percepción de cualquier criatura. La bruja permite a Castañeda sentirse exactamente como una lombriz de tierra. ¿Qué percibe él? Enorme excitación y poder. En vez de ser la minúscula criatura ciega que la lombriz parece a ojos humanos. Castañeda se siente como una excavadora que aparta cada grano de tierra como si se tratara de una roca: es imponente y poderoso. En vez de parecerle un trabajo pesado, la excavación es motivo de euforia, la euforia de alguien que puede mover montañas con su cuerpo.
En tu vida hay una corriente de alegría igualmente elemental e inamovible. Una lombriz nada más se conoce a sí misma, por lo que no puede desviarse de la corriente de la alegría. Tú puedes dispersar tu conciencia en cualquier dirección, y con ello, distraerte de la corriente. No podrás dejar ir tu imagen ni tu mente inquieta hasta que sientas, sin lugar a dudas, una alegría palpable en ti mismo. El renombrado maestro espiritual J. Krishnamurti comentó de pasada algo que me resultó conmovedor. Las personas no se dan cuenta, dijo, de cuan importante es despertar cada mañana con una canción en el corazón. Cuando leí eso, hice una prueba. Pedí en mi interior escuchar la canción, y durante algunas semanas, sin otra participación de mi voluntad, percibí una canción; era lo primero que venía a mi mente cuando despertaba.
Pero también sé que Krishnamurti hablaba metafóricamente: la canción significa alegría en la existencia, una alegría independiente de buenas o malas elecciones. Pedirte esto a ti mismo es lo más fácil y lo más difícil. Pero no permitas que pase de largo, no importa cuan compleja se haga tu vida. Mantén ante ti la visión de liberar tu mente, y cuando lo logres, serás acogido por una corriente de felicidad.




CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR
EL SEXTO SECRETO


El sexto secreto trata sobre la vida sin elecciones. Como todos tomamos nuestras decisiones muy en serio, adoptar esta actitud requiere un cambio importante. Puedes empezar hoy con un sencillo ejercicio. Siéntate unos minutos y evalúa algunas de las elecciones más importantes hechas a lo largo de los años. Toma una hoja de papel y traza dos columnas encabezadas así: “Buena elección” y “Mala elección”.
En cada columna escribe al menos cinco elecciones relacionadas con los momentos que consideres más memorables y decisivos de tu vida hasta ahora. Probablemente empezarás con los momentos decisivos que compartimos casi todas las personas (la relación importante que se vino abajo, el empleo que rechazaste o que no obtuviste, la decisión de elegir una profesión), pero asegúrate de incluir elecciones privadas que sólo tú conoces (la pelea de la que huiste, la persona que no te atreviste a confrontar, el momento de valor cuando venciste un temor profundo).
Cuando tengas tu lista, piensa en una cosa buena que haya resultado de malas elecciones y una cosa mala que haya resultado de elecciones buenas. Este ejercicio permite desechar etiquetas y entrar en contacto con la flexibilidad real de la vida. Si prestas atención, comprobarás que no sólo una sino muchas cosas buenas resultaron de malas decisiones, mientras que muchas cosas malas están enmarañadas en decisiones buenas. Por ejemplo, puedes tener un empleo maravilloso pero estar involucrado en una relación terrible en el trabajo, o haber chocado tu auto mientras te dirigías a él. Puedes estar feliz de ser madre pero saber que ello restringe drásticamente tu libertad personal. Puedes ser soltero y estar muy satisfecho de todo lo obtenido por ti mismo, pero también te has perdido del crecimiento que resulta de estar casado con alguien a quien amas profundamente.
Ninguna de las decisiones que has tomado te lleva en línea recta adonde estás ahora. Echaste un vistazo a algunos caminos y avanzaste algunos pasos antes de dar marcha atrás.
Seguiste algunos caminos sin salida y otros que se perdieron luego de muchas intersecciones. En última instancia, todos están conectados con los demás. Libérate de la idea de que tu vida consiste en elecciones buenas y malas que conducen tu destino en línea recta. Tu vida es producto de tu conciencia. Toda elección deriva de esto, así como todo paso hacia el crecimiento.











Secreto 7
Todas las vidas
son espirituales


Una de las peculiaridades de la vida moderna es que las personas que discrepan violentamente en cuanto a creencias religiosas llevan vidas similares. El célebre comentario de Nietzsche acerca de que Dios ha muerto debería cambiarse por Dios es opcional. Si el gobierno vigilara 24 horas al día tanto a quienes consideran que acatan la ley divina como a quienes no piensan siquiera en el reglamento de Dios, imagino que la suma total de virtud y corrupción, amor y odio, paz y violencia, sería exactamente la misma. De hecho, la balanza de la intolerancia y la falta de amor probablemente se inclinaría hacia las personas que más alardean de ser religiosas en cualquier sociedad.
No digo esto con afán de polemizar. Pero es como si el universo tuviera sentido del humor, pues en un nivel profundo es imposible no tener una vida espiritual. Tú y yo estamos tan imbuidos en la creación de un mundo como lo está un santo. No puedes ser despedido del trabajo de crear un mundo, que es la esencia de la espiritualidad. Y no puedes renunciar a ese trabajo aun cuando rehúses presentarte. El universo vive a través de ti en este momento. Con o sin creencia en Dios, la cadena de sucesos que lleva de la conciencia silenciosa a la realidad física permanece intacta. El sistema operativo del universo funciona para todos por igual, y opera con base en principios que no requieren tu cooperación.
Sin embargo, si decides llevar una vida espiritual consciente, ocurre un cambio. Los principios del sistema operativo, las reglas de la creación, se vuelven personales. Ya hemos mencionado muchas de las reglas de la creación; analicemos ahora cómo podemos alinear lo universal con lo personal.
UNIVERSAL
1. El universo es un espejo de la conciencia.

PERSONAL
1. Los sucesos de tu vida reflejan quién eres.

Nada en estas afirmaciones remite a la religión; no hay vocabulario espiritual implicado. No obstante, este primer principio es la base para decir que la religión —cuya etimología latina significa “reunir”— une al Creador con su creación. El mundo físico refleja una mente; lleva intención e, inteligencia en cada átomo.
UNIVERSAL
2. La conciencia es colectiva. Todos la extraemos de una fuente común.


PERSONAL
2. Las personas presentes en tu vida reflejan aspectos de ti mismo.

En este principio vemos el origen de todos los mitos y arquetipos, héroes y hazañas. La psique colectiva comparte un nivel de conciencia que va más allá de los individuos.
Cuando ves a las demás personas como aspectos de ti mismo, en realidad estás viendo rostros de arquetipos míticos. Somos un ser humano con innumerables máscaras; cuando las eliminamos queda la esencia, el alma, la chispa divina.


UNIVERSAL
3. La conciencia se expande en sí misma.

PERSONAL
3. Aquello a lo que prestes atención crecerá.

En la realidad única, la conciencia se crea a sí misma, o lo que es igual, Dios esta dentro de su creación. No hay ningún lugar fuera de la creación donde pueda estar la divinidad: omnipresencia significa que dondequiera que exista un lugar, ahí estará Dios. Pero mientras Dios presta atención a una infinidad de mundos, los seres humanos utilizan la atención selectivamente. La ponemos en un lugar y la retiramos de otro. Al prestar atención agregamos la chispa divina, y esa parte de nuestra experiencia, sea positiva o negativa, crecerá.
La violencia engendra violencia, pero también el amor engendra amor.
UNIVERSAL
4. La conciencia crea con base en un plan.

PERSONAL
4. Nada es aleatorio; tu vida está llena de señales y bolos.

La guerra entre religión y ciencia es antigua y casi se ha extinguido; pero en cierto punto, ninguna de las dos está dispuesta a ceder. La religión ve en el pían de la naturaleza la prueba de un creador. La ciencia ve en la aleatoriedad de la naturaleza la prueba de que no hay ningún plan. No obstante, nunca ha existido una cultura basada en el caos, incluida la subcultura de la ciencia. La conciencia mira al universo y encuentra un plan por todas partes, aun si los espacios que lo separan parecen desorganizados y aleatorios. Para el individuo es imposible no ver orden: cada aspecto de la vida, empezando con la familia, se basa en él. Tu cerebro está construido para percibir patrones (incluso una mancha de tinta parece la imagen de algo, no importa cuánto te esfuerces por tratar de no verla), porque fueron necesarios patrones de células para hacer un cerebro. La mente es, en última instancia, una máquina para elaborar significado, aun cuando coquetea con el sin sentido, como nuestro siglo ha hecho tan bien.
UNIVERSAL
5. Las leyes físicas operan eficientemente con el mínimo esfuerzo.


PERSONAL:
5. En todo momento, el universo te da los mejores resultados posibles.

La naturaleza ama la eficiencia, lo cual es muy extraño en algo que supuestamente opera al azar. Cuando dejas caer una pelota, ésta cae en línea recta al piso sin desviarse. Cuando dos moléculas con potencial para unirse se encuentran, siempre se unen: no hay lugar para la indecisión. Este gasto mínimo de energía, conocido como ley del menor esfuerzo, también se aplica a los seres humanos. Es seguro que nuestros cuerpos no pueden evitar la eficiencia de los procesos químicos que ocurren en cada célula, por lo que es probable que todo nuestro ser esté regido por el mismo principio. Causa y efecto no sólo están vinculados; lo están de la manera más eficiente posible. Este argumento también se aplica al crecimiento personal: la idea es que todos actúan lo mejor que pueden desde su nivel de conciencia.


UNIVERSAL
6. Las formas simples se desarrollan en formas más complejas.

PERSONAL
6. Tu conciencia interna siempre está evolucionando.

Este principio resulta desconcertante para religiosos y científicos por igual. Muchas personas religiosas piensan que Dios creó el mundo a su imagen, lo que implica que la creación no tenía a dónde ir después de ello (excepto quizá perder su perfección inicial). Los científicos aceptan que la entropía, tendencia de la energía a disiparse, es inexorable.
Así, en ambos sistemas es un problema que el ADN sea un billón de veces más complejo que los primeros átomos primigenios; que la corteza humana haya crecido formidablemente durante los últimos 50000 años; que la vida surgiera de sustancias químicas inertes, y que todos los días nuevos pensamientos salen de la nada. La entropía no deja de envejecernos, provocar que los autos se oxiden y que las estrellas se enfríen y mueran. Pero el impulso de la evolución es igualmente inexorable. La naturaleza decidió evolucionar, sea cual sea nuestra opinión al respecto.
UNIVERSAL
7. El conocimiento asimila más y más del mundo.

PERSONAL
7. La dirección de la vida es de la dualidad a la unidad.

Según una idea muy extendida, las culturas antiguas veían una creación unificada, mientras nosotros vemos un mundo fragmentado y dividido. Se ha culpado de ello al declive de la fe y a la ausencia de mitos, tradiciones y vínculos sociales. Pero yo creo que ocurre justo lo contrario: la antigua manera de entender apenas explicaba una mínima parte de todos los fenómenos de la naturaleza, mientras que la física
actual está a punto de llegar a una “teoría de todo”. El eminente físico John Wheeler destaca algo crucial cuando dice que, antes de Einsteín, los seres humanos pensaban que veían a la naturaleza “allá fuera”, como a través de una ventana, tratando de descubrir qué hacía la naturaleza. Gracias a Einstein, nos dimos cuenta de que estamos inmersos en la
naturaleza; el observador cambia la realidad por el acto mismo de observar. Así, a pesar de un extendido sentimiento de alienación psicológica (resultado de que la tecnología haya sobrepasado nuestra capacidad de mantener vivo el significado), la dualidad de hombre y naturaleza está reduciéndose con cada generación.


UNIVERSAL
8. La evolución desarrolla cualidades de supervivencia que se ajustan perfectamente al entorno.

PERSONAL
8. Si te abres a la fuerza de la evolución, ella te llevará adonde quieres ir.

La adaptación es algo maravilloso porque avanza por saltos cuánticos. Cuando algunos dinosaurios ancestrales desarrollaron plumas, dieron con una adaptación que sería perfecta para el vuelo alado. Las células exteriores de sus cuerpos, que eran duras y escamosas, fueron útiles como armadura pero no ayudaban a remontar el vuelo. Es como si la evolución se planteara un problema nuevo y diera un salto creativo para solucionarlo. El uso de escamas fue abandonado por un nuevo mundo de vuelo alado (y esas mismas escamas darían un salto en otra dirección al convertirse en pelo, permitiendo el desarrollo de mamíferos peludos). Tanto la ciencia como la religión se preocupan por esto. A la ciencia no le gusta la idea de que la evolución sabe hacia dónde va; se supone que las mutaciones darwinianas deberían ser aleatorias. A la religión no le gusta la idea de que la creación perfecta de Dios cambia cuando se requiere algo nuevo. No obstante, éste es un caso donde las explicaciones han quedado al margen. Sin lugar a dudas, el mundo físico se adapta mediante saltos creativos que ocurren en un nivel más profundo. A este nivel puedes llamarle genético o consciente, como prefieras.
UNIVERSAL
9. El caos favorece la evolución

PERSONAL
9. La mente fragmentada no puede llevarte a la unidad, pero debes usarla para recorrer el camino.

El caos es una realidad, pero también lo es el orden y el crecimiento. ¿Cuál es el preponderante? La ciencia no ha llegado a una conclusión porque más de 90 por ciento del universo físico está compuesto de materia oscura y misteriosa: como no ha sido observada, sigue abierta la pregunta de cuál será el destino del cosmos. La religión se planta firmemente al lado del orden por la sencilla razón de que Dios creó el mundo a partir del caos. Según la ciencia, hay un delicado equilibrio entre creación y destrucción, el cual se ha mantenido durante billones de años. No obstante, como las fuerzas cósmicas en gran escala no han sido capaces de destruir el delicado tejido que urdió el origen de la vida, podría concluirse razonablemente que la evolución utiliza el caos, igual que un pintor utiliza los colores revueltos en su caja. En el nivel personal, es imposible que alcances la unidad mientras estés regido por el torbellino de pensamientos e impulsos de tu cabeza, pero puedes usar tu mente para que ella encuentre su propia fuente. La unidad es el propósito oculto al que se dirige la evolución, utilizando la mente fragmentada como herramienta para recorrer el camino. Al igual que el cosmos, la superficie de la mente parece caótica, pero hay una represa de progreso operando debajo.
UNIVERSAL
10. Muchos niveles invisibles están envueltos en el mundo físico.

PERSONAL
10. Vives en muchas dimensiones a la vez; la impresión de estar atrapado en el tiempo y el espacio es una ilusión.

Con todo su corazón, los pioneros de la física cuántica, incluido Eínstein, no querían crear dimensiones nuevas más allá del tiempo y el espacio. Ellos querían explicar el universo como parecía ser. No obstante, las teorías actuales de las superstrings* utilizan al menos once dimensiones para explicar el mundo visible. La religión siempre ha sostenido que Dios habita un mundo más allá de los cinco sentidos; la ciencia necesita el mismo reino trascendente para explicar por qué unas partículas separadas por billones de años luz pue-
(* Éstas explican el mundo físico combinando la teoría general de la relatividad y
la mecánica cuántica, antes consideradas incompatibles. (N. del T.))
den actuar coordinadamente, por qué la luz puede comportarse como partícula y como onda, y por qué los hoyos negros pueden transferir materia más allá del control de la gravedad y el tiempo. En última instancia, la existencia de multidimensiones es irrefutable. En el nivel más simple, debe haber algún lugar de donde salieron el espacio y el tiempo durante el BigBang y , por definición, ese algún lugar no puede estar en el tiempo y el espacio. aceptar que tú, como ciudadano de un universo multidímensional, eres multídimensional, no tiene nada de místico. Es la mejor hipótesis que puede proponerse dados los hechos.
Podría decirse que estos diez principios representan las maneras de concebir el sistema operativo que mantiene en marcha la realidad única. En verdad, todo esto resulta inconcebible, y nuestros cerebros no están preparados para operar en lo inconcebible. No obstante, pueden adaptarse a vivir inconscientemente. Todas las criaturas de la Tierra están sujetas a las leyes de la naturaleza; sólo los humanos pensamos;
¿En qué me afecta todo esto?” Si prefieres desentenderte y decides vivir como si la dualidad fuera real, no verás la manera en que estos diez principios se relacionan contigo. La ironía cósmica es que estas mismas leyes seguirían rigiendo tu vida aunque no las reconozcas.
La alternativa de ser conscientes o no, nos lleva a la posibilidad de la transformación. Nadie discute que la vida es cambio. Pero, ¿es posible que, mediante la simple modificación de su conciencia, una persona provoque una transformación profunda y no sólo un cambio superficial? Transformación y cambio son dos cosas distintas, como puede verse en los cuentos de hadas. La pobre chica a quien su malvada madrastra obliga a permanecer en casa fregando el piso mientras sus hermanastras van al baile, no se supera asistiendo a la escuela nocturna. Es el toque de una varita mágica el que transporta a Cenicienta instantáneamente al palacio como una criatura completamente transformada.
Según la lógica del cuento de hadas, el cambio es demasiado lento, demasiado gradual, demasiado prosaico para satisfacer los anhelos simbolizados por la rana que sabe que es un príncipe o por el patito feo que se convierte en cisne.
Hay más de un elemento fantástico en el toque de magia que ofrecerá instantáneamente una vida libre de problemas. Y más importante aún: esta fantasía encubre la manera en que ocurre la verdadera transformación.
La clave de la transformación auténtica es que la naturaleza no avanza paso a paso. Da saltos cuánticos todo el tiempo, y cuando lo hace, no realiza una simple combinación de viejos ingredientes. Algo aparece por primera vez en la creación, una propiedad emergente. Por ejemplo, sí analizamos el hidrógeno y el oxígeno, son ligeros, gaseosos, invisibles y secos. Hizo falta una transformación para que esos dos elementos se combinaran y crearan agua y, cuando esto ocurrió, surgió un conjunto completamente nuevo de posibilidades, siendo la más importante, desde nuestro punto de vista, la vida misma.
La humedad del agua es un ejemplo perfecto de propiedad emergente. En un universo sin agua sería imposible obtener la humedad mezclando otras propiedades existentes.
Las mezclas sólo producen cambios; no son suficientes para transformar. La humedad surgió en la creación como algo completamente nuevo. Cuando lo analizamos con atención, resulta evidente que cada enlace químico produce una propiedad emergente. (Ya he mencionado el ejemplo del sodio y el cloro, dos venenos que cuando se combinan producen sal, otro elemento básico de la vida.) Tu cuerpo —que enlaza millones de moléculas cada segundo— depende de la transformación. Los procesos de respiración y digestión, por nombrar sólo dos ejemplos, se valen de la transformación. A la comida y al aire no simplemente se les revuelve sino que se les somete exactamente a los enlaces químicos necesarios para mantenernos vivos. El azúcar extraída de una naranja viaja al cerebro y sirve de combustible a un pensamiento. La propiedad emergente en este caso es la novedad del pensamiento: jamás en la historia del universo se habían combinado moléculas con ese resultado. El aire que entra por tus pulmones se combina de mil maneras para producir células que nunca han existido tal como existen en ti; y cuando utilizas oxígeno para moverte, tus músculos realizan acciones que, por muy similares que sean a las de otras personas, son expresiones tuyas únicas.
Si la transformación es la norma, la transformación espiritual es una extensión de lo que la vida ha estado haciendo todo el tiempo. Aunque sigas siendo quien eres, puedes dar un salto cuántico en tu conciencia, y la señal de que ese salto ha sido real será alguna propiedad emergente nunca experimentada en el pasado.




Propiedades emergentes espirituales

  • Claridad de conciencia
  • Cognición
  • Veneración por la vida
  • Ausencia de violencia
  • Ausencia de miedo

  • Integridad

Éstas pueden considerarse transformaciones espirituales porque ninguna puede obtenerse simplemente recombinando viejos ingredientes del yo. Al igual que la humedad del agua» cada una aparece como por alquimia: la escoria de la vida diaria se convierte en oro.
Claridad significa estar consciente de ti mismo todo el tiempo: mientras estás despierto, duermes o sueñas. En vez de estar eclipsada por las circunstancias externas, tu conciencia siempre está abierta a sí misma. La claridad es atenta y despreocupada.
Cognición significa estar en contacto con el nivel de la mente donde se responden todas las preguntas. Está relacionada con el genio, aunque la cognición no se concentra en música, matemáticas ni otros temas específicos. Tu área de conocimiento es la vida misma y el movimiento de la conciencia en todos los niveles. La cognición es sabia, segura e inquebrantable pero humilde.
Veneración por la vida significa estar en contacto con la fuerza vital. Sientes que el mismo poder fluye por ti y por todos los seres vivos; incluso el polvo que flota en un rayo de luz baila al mismo ritmo. Por tanto, la vida no se limita a las plantas y los animales: todo posee una vitalidad radiante y animada. La veneración es cálida, conectada y excitante.
Ausencia de violencia significa estar en armonía con todas las acciones. No hay oposición entre lo que haces y lo que hacen los demás. Tus deseos no chocan con el bienestar de los otros. Cuando miras alrededor, ves conflictos en el mundo en general pero no en tu mundo. Irradias paz como un campo de fuerza que somete al conflicto en tu entorno. La no violencia es pacífica, quieta y ajena a la oposición.
Ausencia de miedo significa seguridad total. El miedo es un susto del pasado; nos recuerda el momento en que dejamos un lugar seguro y nos encontramos en otro vulnerable.
El Bhagavad Gita dice que el miedo nace de la separación, sugiriendo que la causa original del miedo fue la pérdida de la unidad. En última instancia, esa separación no es la expulsión del paraíso sino la pérdida de lo que somos. La ausencia de miedo es, por tanto, ser tú mismo.
Integridad significa incluir todo, no excluir nada. En este momento experimentamos la vida dividida en trozos de tiempo, de experiencia, de actividad. Nos aferramos a nuestro limitado sentido del yo para evitar que estos trozos se desmoronen. Pero es imposible hallar continuidad de este modo, por más que el ego se esfuerce en mantener a la vida de una pieza. La totalidad es un estado más allá de la personalidad.
Surge cuando el “yo soy” que aplicas a ti es el mismo “yo soy” en todas partes. La totalidad es sólida, eterna, sin principio ni fin.
La transformación auténtica, a mi manera de ver, depende del surgimiento de estas propiedades como tu experiencia personal. Son cualidades primigenias inmersas en la conciencia; no fueron inventadas por los seres humanos ni proyectadas por carencia, necesidad o hambre. Es imposible experimentarlas obteniendo más de lo que ya tienes. Ser lo más generoso posible con los demás y evitar causarles daño no es lo mismo que no violencia en sentido espiritual. Mostrar valentía ante el peligro no es lo mismo que ausencia de miedo. Sentirse estable e íntegro no es lo mismo que totalidad.
Hay que remarcar que por más inalcanzables que parezcan estas cosas, son completamente naturales: son extensiones de un proceso de transformación que ha estado contigo toda tu vida. Cada uno somos ya una propiedad emergente del universo, una creación totalmente nueva a partir de los genes de nuestros padres. Pero hay una magia más profunda. En el nivel químico, los genes de tus padres sólo se recombinaron; tú obtuviste algunos de uno y algunos de otro. La supervivencia de cierto acervo genético se extendió para incluir una nueva generación, no se descompuso súbitamente en una sustancia nueva y desconocida.
De alguna manera, la naturaleza utilizó esos viejos elementos para realizar una hazaña alquímica: tú no eres una réplica genética reconfigurada. Tus genes son sólo la estructura que soporta una experiencia única. El ADN es la manera en que el universo toma conciencia de sí mismo. Hicieron falta ojos para que el universo viera su apariencia; oídos para escuchar sus sonidos, etcétera. Para asegurarse de no perder interés, el universo te creó para tomar conciencia de sí mismo de una manera que no había existido. Así, eres una expresión de eternidad y de este preciso instante, ambos a la vez.
Transformarse es como embarazarse. La mujer que decide tener un bebé toma una decisión personal y al mismo tiempo se somete a una poderosísima fuerza de la naturaleza. Por un lado, ejerce el libre albedrío; por el otro, queda atrapada en una serie inexorable de acontecimientos. Una vez que tiene una semilla fertilizada en su vientre, la naturaleza toma el control; engendrar un bebé es algo que haces y al mismo tiempo algo que te ocurre. Lo mismo puede decirse de cualquier otra transformación auténtica. Tú puedes hacer la decisión personal de ser espiritual, pero cuando el espíritu toma el control, quedas atrapado en fuerzas superiores a ti. Es como si un cirujano fuera llamado al quirófano para una cirugía y descubriera que el paciente en la mesa de operaciones es él mismo.
Hemos revisado los diez principios que integran el sistema operativo de la realidad única. Pero la mayoría de las personas están inmersas en otro sistema operativo: el de la dualidad. Viven asumiendo que son individuos separados, aislados, en un cosmos aleatorio donde lo que ocurre “aquí dentro” no se refleja “allá fuera”. Entonces, ¿cómo puede una persona cambiar de un sistema operativo al otro? La unidad es totalmente distinta de la dualidad, pero no tienes que esperar el final de este viaje para vivir como si estuvieras en el siguiente. Justo ahora estás viviendo como si la limitación y la separación debieran ser verdad; por tanto, no estás dejando espacio para que no sean verdad. Aun así, una inteligencia oculta preserva el orden increíble de la vida al tiempo que permite que el cambio se arremoline en aparente caos.
Si exponemos una célula viva a la luz del sol en un día fresco de primavera, se marchitaría y convertiría en polvo; su ADN se esparciría en el viento. No obstante, esa aparente fragilidad ha sobrevivido a dos billones de años de constantes ataques del ambiente. Para comprobar que nuestra existencia está protegida por la misma inteligencia, es necesario alinearnos con ella. Entonces se revelará una ley universal: la totalidad permanece, no importa cuánto cambie.
Tu tarea consiste en hacer que la totalidad sea más real en tu vida. Mientras permanezcas en el nivel donde prevalece el cambio, no tienes posibilidades de llegar a ser verdaderamente nuevo. La dualidad mantiene su sistema operativo en todo momento, y mientras estés conectado a él, parecerá real, factible, fidedigno y comprobable. El otro sistema operativo, que se basa en la totalidad, funciona mucho mejor que al que estás acostumbrado. La totalidad también es real, factible, fidedigna y comprobable. Con la finalidad de orientarnos, analicemos algunas situaciones familiares y veamos cómo las abordaría cada sistema.
Imagina que llegas un día al trabajo y escuchas un rumor acerca de que en tu empresa habrá un recorte de personal.
Nadie sabe si tu empleo está en riesgo, pero podría estarlo.
En el sistema operativo de la dualidad entran en juego los siguientes supuestos:
Podría perder lo que necesito para sostenerme.
Alguien tiene el control de mi destino.
Enfrento algo impredecible y desconocido.
No merezco un revés como éste.
Podría resultar lastimado sí la situación no me favorece.
Estos pensamientos son comunes cuando nos encontramos en un momento de crisis. Algunas personas toleran el peligro mejor que otras, y tú has enfrentado muchas situaciones similares con mayor o menor éxito. Pero estas preocupaciones sólo son parte de un sistema operativo. Están programadas en el software del ego y su fijación absoluta en mantener todo bajo control. Lo que está en juego aquí no es la pérdida del empleo sino la pérdida del control. La amenaza externa revela cuan frágil es la realidad del ego.
Planteemos ahora la misma situación en el sistema operativo programado desde la totalidad o realidad única. Llegas al trabajo y escuchas que en la empresa habrá recorte de personal. Entonces entran en juego los siguientes supuestos:
  • Mi ser más profundo ha creado esta situación.
  • Pase lo que pase, hay una razón.
  • Estoy sorprendido, pero este cambio no afecta lo que soy.
  • Mi vida se desenvuelve de acuerdo con lo que es mejor para mí y para mi desarrollo.
  • No puedo perder lo que es real. Los factores externos se asentarán a su tiempo.
  • Pase lo que pase, no puedo sufrir ningún daño.
Resulta claro que el segundo sistema operativo proporciona una sensación de mayor seguridad. La totalidad es segura; la dualidad no. El resguardo contra las amenazas externas es permanente cuando no existen factores externos, cuando sólo eres tú ocupando dos mundos —interno y externo— que se acoplan a la perfección.
Los escépticos dirán que este sistema operativo nuevo no es más que un asunto de percepción, que vernos como creadores de nuestra realidad no significa que lo seamos. Pero lo somos. La realidad cambia cuando nosotros lo hacemos, y cuando modificamos nuestra percepción de estar divididos, la realidad única cambia con nosotros. La razón por la que no todos lo notan es que el mundo centrado en el ego —con sus exigencias, presiones, dramas y excesos— es sumamente adictivo, y como cualquier adicción, necesita una dosis diaria y la negación de que hay una manera de escapar de ella.
Al adherirte a la realidad única, la adicción no terminará inmediatamente, pero dejarás de alimentarla. Tu ego y personalidad, que te ofrecen una visión limitada de quién eres, recibirán el mensaje de que deben dejar de asirse y aferrarse.
El condicionamiento que te decía cómo ganarle a “ellos” ya no te ayudará a sobrevivir. El apoyo que obtenías de fuentes externas, familia, amigos, estatus, posesiones y dinero, ya no te hará sentir seguro.
Por fortuna, la percepción es bastante flexible para liberarse de la adicción a la dualidad. Cualquier suceso puede considerarse un producto del centro creativo interno. En este preciso instante puedo pensar en cualquier faceta de mi vida y decir, “yo lo hice”. Desde aquí sólo falta un paso para preguntar “¿Por qué lo hice” y “¿Qué quiero hacer en vez de eso?”
Analicemos otro ejemplo. Vas en tu auto de regreso a casa y te detienes en un semáforo; pero el vehículo de atrás no para y golpea el tuyo. Saltas a confrontar al otro conductor, pero éste no se disculpa. De manera hosca te proporciona la información de su aseguradora. En un sistema operativo entran en juego las siguientes premisas:
A esta persona no le importa qué es mejor para mí.
Si está mintiendo, tendré que hacerme cargo de todos los gastos.
Yo soy la parte afectada y él debe reconocerlo.
Tal vez tenga que forzarlo a cooperar.
Cuando estas ideas entren en juego» considera la posibilidad de que el accidente de transito no las haya causado. Ellas estaban grabadas en tu mente, esperando el momento de ser requeridas. No estás viendo la situación como es en realidad sino a través de tu percepción programada. En un sistema operativo diferente, las siguientes premisas son igualmente válidas:
Este accidente no fue un accidente; es un reflejo de mí.
Esta persona es un mensajero.
Cuando descubra por qué sucedió esto, revelaré algún aspecto de mí.
Necesito prestar más atención a cierto tipo de energía oculta o atascada. Cuando me haya hecho cargo de ella, me alegraré de que este accidente haya ocurrido.
¿Te parece que este segundo punto de vista es imposible o poco realista? No es más que la manera natural de percibir la situación desde la perspectiva de la realidad única. La primera perspectiva fue grabada en tu mente por las circunstancias de tu infancia; tuviste que ser entrenado para considerar a los demás como extraños y asumir que los accidentes son sucesos aleatorios. En vez de partir de una conciencia tan limitada, puedes abrirte a posibilidades más amplias. La segunda perspectiva es más generosa contigo y con el otro conductor. No son antagonistas sino actores en igualdad de condiciones en un escenario que intenta comunicarles algo. La perspectiva más amplia no implica culpa o violencia. Responsabiliza por igual a cada involucrado y les brinda idénticas oportunidades de crecimiento. Un accidente automovilístico no es bueno ni malo; es una oportunidad para reivindicar quién eres: un creador. Si el resultado final es un acercamiento a tu ser verdadero, habrás crecido y hasta tu deseo de ganar se verá satisfecho por la experiencia de la realidad única.
Aunque insistas en que lo único que está en juego en este caso es el dinero —y que la confrontación es la única manera de obtenerlo—, esa perspectiva no es la realidad sino el refuerzo de una percepción. ¿Acaso el dinero neutraliza consecuencias como la ira, la culpa o el sentirse víctima de los demás?
La totalidad presenta un mundo unificado, pero no sabrás qué se siente vivir en un mundo así hasta que te adhieras a un sistema operativo nuevo. El paso del sistema operativo viejo al nuevo constituye un proceso al cual debemos comprometernos todos los días. Nuestra adicción compartida a la dualidad es absoluta; no excluye nada. Lo bueno es que ningún aspecto de la vida es inmune a la transformación.
Cada cambio que realices, por pequeño que sea, se extenderá a toda la existencia. Literalmente, el universo estará pendiente de lo que hagas y te brindará apoyo. Desde su punto de vista, la formación de una galaxia no es menos trascendental que la evolución de un individuo.




CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR
EL SÉPTIMO SECRETO


La séptima lección trata de la alquimia. Desde cualquier perspectiva, la alquimia es mágica. Es imposible convertir hierro en oro calentándolo, golpeándolo, moldeándolo o combinándolo con cualquier sustancia conocida. Éstos son simples cambios físicos. Del mismo modo, nunca lograrás una transformación interna tomando tu viejo yo y martillándolo con críticas, caldeándolo con experiencias excitantes, transformando su aspecto o conectándolo con personas nuevas.
Entonces, ¿cómo funciona la magia?
Funciona de acuerdo con los principios que integran el sistema operativo del universo. Cuando te conformas conscientemente a ellos, abres la puerta de la transformación.
Escribe la manera en que los diez principios se aplican a ti en lo personal y empieza a vivirlos. Llévalos contigo; reléelos de vez en cuando. Es mejor concentrarse en un principio cada día que incluir demasiados a la vez. Éstos son ejemplos de cómo puedes aplicar estos principios universales en tu vida cotidiana:
Los sucesos que ocurren en mi vida reflejan quién soy.
Hoy pondré en práctica un ejercicio. Todo lo que llame mi atención está tratando de decirme algo. Si me siento enojado con alguien, veré si lo que me desagrada de esa persona es algo que existe en mí. Si escucho una conversación al pasar, consideraré esas palabras como un mensaje personal. Quiero descubrir mi mundo interior.

Las personas que hay en mí vida reflejan aspectos de mí.
Soy la combinación de todas las personas importantes para mí. Voy a considerar a mis amigos y familiares como una imagen grupal de mí. Cada uno representa una característica que deseo ver en mí o quiero rechazar, aunque en realidad soy la imagen completa. Obtendré todo el conocimiento posible de esas personas que amo intensamente o que me desagradan intensamente: unos reflejan mis mayores aspiraciones, los otros, mis mayores miedos de lo que hay en mí.
Aquello a lo que preste atención crecerá.
Haré un inventario de cómo estoy utilizando mi atención. Tomaré nota de cuánto tiempo dedico a la televisión, los juegos de vídeo, la computadora, los pasatiempos, las habladurías, un trabajo que no me interesa, un trabajo que me apasiona, las actividades que me fascinan y las fantasías de evasión o de lo que quiero lograr. De esta manera sabré qué aspectos de mi vida crecerán. Entonces preguntaré: “¿Qué quiero que crezca en mi vida?” Esto me dirá a dónde debo dirigir mi atención.
Nada es aleatorio; mi vida está llena de señales y símbolos.
Buscaré pautas en mi vida. Estas pautas pueden estar en cualquier parte: en lo que los demás me dicen, en cómo me tratan, en cómo respondo a las situaciones. Yo tejo el tapiz de mi mundo todos los días, y necesito saber qué diseño estoy haciendo. Buscaré señales que me muestren mis creencias ocultas. ¿Aprovecho las oportunidades de éxito o fracaso? esto simboliza si tengo poder personal o no. Buscaré señales sobre si creo que soy amado y merezco amor o no.
En todo momento, el universo me da los mejores resultados posibles.
Hoy me concentraré en los dones de que gozo.
Me concentraré en lo que va bien. Apreciaré este mundo de luz y sombra. Recibiré con dignidad el don de la conciencia.
Repararé en cómo mi nivel de conciencia me hace percibir el mundo que estoy cocreando.
Mi conciencia siempre está evolucionando.
¿En dónde estoy Justo ahora? ¿Cuánto he avanzado en el camino que elegí? Aunque no vea resultados inmediatos fuera de mí, ¿siento que estoy creciendo por dentro? Hoy enfrentaré estos cuestionamientos y preguntaré honestamente en dónde estoy. Experimentaré mí conciencia no como una corriente de pensamientos sino como el potencial para llegar a ser lo que quiero ser. Contemplaré mis limitaciones y confines con la intención de expandirme más allá de ellas.
La dirección de la vida es de la dualidad a la unidad.
Hoy quiero sentirme seguro y en casa. Quiero saber qué se siente simplemente ser, sin defensas ni deseos. Apreciaré el flujo de la vida por lo que es: mi yo verdadero. Repararé en esos momentos íntimos conmigo mismo, cuando siento que “yo soy” es suficiente para sostenerme por siempre. Me acostaré sobre el pasto mirando al cielo, sintiéndome uno con la naturaleza, expandiéndome hasta que mi ser desaparezca en el infinito.

Si me abro a la fuerza de la evolución, ella me llevará adonde quiero ir.
Hoy lo dedicaré a pensar en mí a largo plazo. ¿Cuál es mi visión de la vida? ¿Cómo se relaciona conmigo? Quiero que mi visión se desarrolle sin obstáculos. ¿Está ocurriendo esto? Si no, ¿dónde estoy obstaculizándola? Analizaré las creencias que parecen detenerme más. ¿Dependo de otros en vez de responsabilizarme de mi evolución? ¿Me he permitido concentrarme en recompensas externas que sustituyen crecimiento interno? Hoy volveré a consagrarme a la conciencia interna, sabiendo que ése es el hogar, el impulso evolutivo que mantiene en marcha el universo.
La mente fragmentada no puede llevarme a la unidad, pero debo usarla para recorrer el camino.
¿Qué significa unidad para mí? ¿Qué experiencias de unidad puedo evocar? Hoy recordaré la diferencia entre ser uno conmigo y estar disperso. Encontraré mi centro, mi paz, mi capacidad para ir con el flujo. Los pensamientos y deseos que me impulsan no son la realidad última. Son sólo una manera de volver a la realidad. Recordaré que los pensamientos vienen y van como hojas en el viento, pero el centro de la conciencia es para siempre. Mi objetivo es vivir desde ese centro.
Vivo en muchas dimensiones a la vez; la impresión de estar atrapado en el tiempo y el espacio es una ilusión.
Hoy me experimentaré más allá de las limitaciones. Apartaré tiempo para estar presente conmigo en silencio. Conforme respire, veré mi ser extenderse en todas direcciones. Cuando me asiente en mi silencio interior, pediré a las imágenes que vengan a mi mente y se unan con mi ser. Incluiré todo y a todos los que vengan a mi mente, diciendo: “Tú y yo somos uno en el nivel del ser. Ven, únete a mí más allá del drama del tiempo y el espacio”. Del mismo modo, experimentaré el amor como una luz que parte de mi corazón y se extiende hasta donde alcance mi conciencia; cuando surjan imágenes en mi mente, enviaré amor y luz en su dirección.



























Secreto 8
El mal no es tu enemigo

El fracaso más grave de la espiritualidad está relacionado con el mal. Personas idealistas y cariñosas que jamás lastimarían a otra persona, se ven arrastradas a la vorágine de la guerra.
Doctrinas que predican la existencia de un Dios organizan campañas para matar infieles. Religiones de amor degeneran en odio partisano contra los herejes y contra quienes amenazan la fe. Aun si piensas que tienes la verdad última en tus manos, no hay garantía de que escaparás al mal. Ha ocurrido más violencia en nombre de la religión que por cualquier otro motivo. De aquí el amargo aforismo: Dios transmitió la verdad, y el Demonio dijo: “Yo la organizaré”.
También está el fracaso más sutil de la pasividad: cruzar los brazos y dejar que el mal haga lo que quiera. Tal vez esto refleje una creencia secreta de que el mal es, en última instancia, más poderoso que el bien. A uno de los personajes más espirituales del siglo xx se le preguntó cómo debía enfrentar Inglaterra la amenaza del nazismo.
Él contestó:
Quiero que combatan al nazismo sin armas. Me gustaría que dejaran sus armas por ser inútiles para salvarse o salvar a la humanidad. Invitarán a Herr Hitler y al Signor Mussolini a que tomen lo que quieran de los países que ustedes llaman propios. Déjenlos tomar posesión de su hermosa isla, con sus muchos edificios hermosos. Entregarán todo esto, pero no sus almas ni sus mentes.
El autor de este pasaje fue Mahatma Gandhi, y sobra decir que su “carta abierta” a los británicos fue recibida con sorpresa e indignación. No obstante, Gandhi estaba siendo fiel al principio de ahimsa o no violencia. Él había usado exitosamente la no violencia para convencer a los británicos de conceder la libertad a India, y al rehusarse a ir a la guerra contra Hitler —posición que mantuvo durante toda la Segunda Guerra Mundial—, era coherente con sus creencias espirituales. ¿Hubiera servido el ahimsa para disuadir a Hitler, un hombre que había declarado que “la guerra es la madre de todas las cosas?” Nunca lo sabremos. Sin duda, la pasividad tiene un lado oscuro. La Iglesia católica tuvo uno de sus periodos más oscuros durante los años que permitió que millones de judíos fueran asesinados bajo el nazismo, hasta el extremo de que ocurrieron redadas de judíos italianos ante las ventanas del Vaticano.
Así pues, reconozcamos que la espiritualidad no ha podido enfrentar al mal en innumerables ocasiones. Apartándose de doctrinas que sólo han propagado el mal, la realidad única abre un nuevo camino, pues si hay sólo una realidad, el mal no tiene un poder especial ni una existencia separada.
No existe un Satanás cósmico que rivalice con Dios, e incluso la guerra entre el bien y el mal es una ilusión nacida de la dualidad. En última instancia, bien y mal son formas que la conciencia puede adoptar según elija. En ese sentido, el mal no es distinto del bien. La similitud se remonta a su origen.
De dos bebés nacidos el mismo día, uno puede crecer para cometer el mal y otro para hacer el bien, pero no es verdad que uno haya sido creado malo. El potencial del bien y el mal existen en la conciencia de ambos y, conforme crezcan, sus conciencias serán moldeadas por muchas fuerzas.
Estas fuerzas son tan complejas que resulta absurdo decir que alguien es únicamente malo. Permíteme enumerar las fuerzas que moldean a todos los recién nacidos:
    Orientación de los padres, o falta de ella.
    Presencia o ausencia de amor.
    Dinámica familiar.
    Presión de los compañeros en la escuela y presión social durante toda la vida.
    Tendencias y reacciones personales.
    Creencias inculcadas y enseñanzas religiosas.
    Karma.
    La marea de la historia.



Modelos de conducta.
Conciencia colectiva.
El atractivo de mitos, héroes e ideales.
    Karma.
    La marea de la historia.

Cada una de las fuerzas de esta lista influye en tus elecciones y te empuja de manera invisible a actuar. Como la realidad está entrelazada en todas estas influencias, también lo está el mal. Todas estas fuerzas influyen para que surja el bien o el mal. Si tu héroe de la niñez fue Stalin, no percibirás al mundo como si tu héroe hubiera sido Juana de Arco. Si eres protestante, tu vida no hubiera sido la misma bajo la persecución de los hugonotes que en un suburbio estadounidense de hoy. Imagina que una persona es como un edificio al que cientos de líneas eléctricas transmiten innumerables mensajes, los cuales permiten desarrollar una gran cantidad de proyectos. Cuando vemos un edificio lo consideramos una cosa, un solo objeto. Pero su vida interior depende de los cientos de señales que recibe.
Tu vida también.
En y por sí misma, ninguna de estas fuerzas es mala. Pero cada persona elige bajo esta variedad de influencias. Creo que toda inclinación al mal se reduce a una elección hecha en la conciencia. Y esas elecciones parecían buenas cuando se hicieron. Ésta es la gran paradoja de los actos malignos, pues, con raras excepciones, las personas que actúan con maldad pueden encontrar sus motivos en decisiones que eran las mejores en determinada situación. Los niños víctimas de abuso, por ejemplo, frecuentemente terminan como adultos que abusan de sus propios hijos. Uno pensaría que serían los últimos en recurrir a la violencia familiar por haber sido sus víctimas. Pero en sus mentes no hay disponibles opciones no violentas. La dinámica del abuso, que actúa sobre ellos desde la primera infancia, es demasiado poderosa y eclipsa el libre albedrío.
Las personas con distintos estados de conciencia no compartirán la misma definición de bien y mal. Un claro ejemplo es la esclavización social de las mujeres en todo el mundo, la cual parece totalmente equivocada en el mundo moderno pero es alimentada en muchos países por tradición, venia religiosa, valor social y prácticas familiares que se remontan a siglos atrás. Hasta hace muy poco, incluso las víctimas de esas fuerzas consideraban el papel de la mujer indefensa, obediente e infantil como “bueno”.
El mal depende del nivel de conciencia de cada uno.
Para asimilar este mensaje, considera estas siete definiciones del mal. ¿Con cuál estás de acuerdo instintivamente?






¿Cuál es el peor mal?
Siete perspectivas

1. El peor mal es lastimar físicamente a alguien, o poner en peligro su supervivencia.
2. El peor mal es esclavizar económicamente a las personas, privándolas de cualquier oportunidad de triunfar y prosperar.
3. El peor mal es destruir la paz y provocar desorden.
4. El peor mal es aprisionar la mente de las personas.
5. El peor mal es destruir la belleza, la creatividad y la libertad de explorar.
6. Con frecuencia, el peor mal es difícil de distinguir del bien, pues toda la creación es relativa.
7. El mal no existe, sólo hay pautas cambiantes de conciencia en una danza eterna.

La enorme mayoría de las personas probablemente elegiría las dos primeras definiciones, porque el daño físico y la privación resultan inquietantes. En este nivel de conciencia, el mal significa no ser capaz de sobrevivir o de ganarse la vida, y el bien significa seguridad física y económica. En los siguientes dos niveles, el mal no es físico sino mental. El temor más grande no es verse privado de alimento sino perder la libertad de pensamiento y ser forzado a vivir en el caos y el malestar. El bien significa paz interior y libre flujo del entendimiento y la intuición. Los siguientes dos niveles son aún más refinados; se relacionan con la creatividad y la visión. El temor más grande es no poder expresarse o ser forzado considerar a otros como malos. Una persona profundamente espiritual no considera el bien y el mal como categorías rígidas sino que ha empezado a aceptar que Dios tenía un propósito al crear ambos. El bien es libre expresión, apertura a todas las cosas nuevas, veneración por aspectos oscuros y luminosos de la vida. Finalmente, el último nivel considera la dinámica completa del bien y el mal, la luz y la oscuridad, como una ilusión. Cada experiencia nos une con el creador; vivimos como cocreadores inmersos en la conciencia de Dios.
La realidad única acepta todas estas definiciones, como debe ser, porque todo lo que la conciencia percibe es real para quien percibe. El mal es parte de una Jerarquía, una escalera de crecimiento en la que todo cambia según el peldaño en que estemos. Asimismo, el proceso de crecimiento nunca termina.
Está operando en ti en este preciso instante.
SÍ despiertas un día y descubres súbitamente que odias a alguien, que una situación no tiene otra salida que la violencia, que el amor no es una opción, considera cuan sutilmente llegaste a esa postura. Hizo falta todo un mundo que te arrojara o arrojara a alguien más a los brazos de lo que se considera bien o mal. Una vez interiorizadas estas fuerzas, tú reflejas el mundo tal como él te refleja a ti. Esto es lo que significa, en términos prácticos, tener el mundo en ti.
Pero el mal no puede ser tu enemigo; sólo puede ser un aspecto más de ti. Cada aspecto del ser es digno de amor y compasión. Cada aspecto es necesario para la vida, y ninguno es excluido o desterrado a la oscuridad. En principio, esta postura puede parecer aun más ingenua que la pasividad de Gandhi, pues en apariencia se nos pide amar y comprender a un asesino como lo haríamos con un santo. Jesús enseñó justo esa doctrina. Pero trasladar el amor y la compasión a situaciones difíciles ha sido esencial en el gran fracaso de la espiritualidad: la violencia hace que el amor se venga abajo, convirtiéndose en temor y odio. Pero quien hace esto no es el mal. Son las fuerzas que operan en la conciencia. Aquí es donde el bien y el mal se hacen iguales. Puedo dar un ejemplo asombroso de lo que quiero decir.
En 1971 se pidió a algunos alumnos de la Universidad de Stanford que participaran como voluntarios en un inusitado experimento de desempeño de papeles. Un grupo de alumnos representaría a los guardias de una prisión y estaría a cargo de otro grupo que representaría a los prisioneros.
Aunque se entendía que todo era ficción, se dispuso de una cárcel y los dos grupos vivieron Juntos durante el experimento. Según el plan, todos desempeñarían sus papeles durante dos semanas, pero a los seis días el experimento de la prisión tuvo que darse por terminado. ¿El motivo? Los jóvenes elegidos por su salud mental y valores morales se convirtieron, por un lado, en guardias sádicos y fuera de control, y por otro, en víctimas deprimidas por un estrés intolerable.
Los profesores encargados del experimento estaban sorprendidos pero no podían negar lo ocurrido. El investigador en jefe, Philip Zimbardo, escribió: “Mis guardias repetidamente desnudaban, encapuchaban, encadenaban, privaban de comida o de implementos para dormir a sus prisioneros; los incomunicaban y los hacían lavar los excusados con las manos descubiertas”. Aquellos que no cayeron en un comportamiento tan atroz no hicieron nada por detener a los que sí. (El paralelismo con los infames actos de los guardias estadounidenses en Irak, en 2004, indujo a Zimbardo a sacar de nuevo a la luz el experimento de Stanford, después de más de 30 años.) Los guardias cayeron en todos los extremos salvo la tortura física abierta. Zimbardo recuerda con tristeza: “Conforme el tedio por su trabajo aumentaba, empezaron a utilizar a los prisioneros como juguetes e idearon juegos cada vez más humillantes y degradantes para ellos. Con el tiempo, estas distracciones tomaron un giro sexual; por ejemplo, hacían que los prisioneros simularan actos de sodomía entre sí. Cuando me di cuenta de ese comportamiento anormal, clausuré la prisión de Stanford”.
¿De dónde provino este comportamiento incontrolado?
Por comodidad solemos decir que está presente en algunas “manzanas podridas”, pero el experimento de Stanford sugiere algo más turbador: el mal existe en todos como una sombra, por la sencilla razón de que el mundo está en todos.
Haber sido educados como buenas personas se opone a la sombra del mal, por supuesto, y si revisamos la lista de las fuerzas que moldean la conciencia, cada persona presentará un mapa distinto de influencias. Pero aun si tienes la fortuna de hacer buenas elecciones, debes reconocer que, en alguna parte de ti, la sombra existe.
La sombra fue formada por las mismas situaciones cotidianas que moldearon nuestra conciencia, y es liberada por situaciones nuevas semejantes. Si de niño sufriste abusos, la compañía de niños puede despertar esos recuerdos. Los investigadores de Stanford elaboraron una lista de situaciones que orillan a las personas a hacer cosas que llamaríamos malas o, al menos, ajenas a nuestro ser real. Yo la he desarrollado a la luz de lo que conocemos sobre el dualismo y la separación.


Incubación del mal
Situaciones que liberan las energías de la sombra

  • Eliminación del sentido de compromiso.
  • Anonimato.
  • Entornos deshumanizadores.
  • Ejemplo de mal comportamiento por parte de iguales.
  • Testigos pasivos.
  • Estratos rígidos de poder.
  • Caos y desorden imperantes.
  • Ausencia de significado.
  • Autorización implícita para hacer daño.
  • Mentalidad “nosotros contra ellos”.
  • Aislamiento.
  • Falta de responsabilidad.

¿Son estas situaciones intrínsecamente malas? En comparación con la primera lista, ésta parece tener un elemento maligno. Dejando a un lado las prisiones, en las que uno espera que lo peor de la naturaleza humana se manifieste, como médico he presenciado abusos similares en los hospitales. Sin lugar a dudas, los hospitales no son malos; fueron establecidos para hacer el bien. Pero la sombra no se relaciona con quién es bueno o malo. Se relaciona con energías confinadas que buscan una salida, y en los hospitales abundan las situaciones antes mencionadas: los pacientes están indefensos antela autoridad de doctores y enfermeras, son deshumanizados por la rutina fría y mecánica, están aislados de la sociedad, son “casos” anónimos entre otros miles, etcétera.
Si se presentan las circunstancias adecuadas, la energía de la sombra de cualquier persona saldrá a la superficie.
Concentrémonos entonces en la sombra, el área donde la conciencia se ha distorsionado hasta el grado en que podemos realizar elecciones malignas. (Ten en mente la palabra “podemos”, pues aun en las condiciones más deshumanizadoras, hay personas buenas que siguen siendo buenas, esto es, que son capaces de resistir o controlar la liberación de su energía de las sombras.) El famoso psicólogo suizo C. G. Jung fue el primero que utilizó “la sombra” como término médico, pero yo quiero hablar en general de los lugares ocultos donde reprimimos aquello de lo que nos sentimos culpables o avergonzados. Llamaré a este lugar la sombra, y creo que pueden decirse algunas verdades sobre ella:
  • La sombra es personal y universal al mismo tiempo.
  • Cualquier cosa puede guardarse ahí.
  • Todo lo que se guarda en la oscuridad se distorsiona.
  • La intensidad de las energías de la sombra es una manera de hacerse notar.
  • Cuando dirigimos nuestra .conciencia a cualquier energía» ésta se distiende.
  • La sombra en sí no es mala, y por tanto, no es tu enemigo.
  • Si analizamos cada concepto, podremos modificar la temerosa designación de lo demoníaco —casi siempre en otra persona— como encarnación del mal.
La sombra es personal y universal al mismo tiempo. Todos albergamos una patrón único de vergüenza y culpa. Cosas simples como la desnudez, el acto sexual, la ira y la ansiedad dan origen a sentimientos terriblemente complejos. En una sociedad, ver a la propia madre desnuda puede resultar trivial, mientras que en otra podría ser una experiencia tan traumática que sólo podría enfrentarse enterrándola en la sombra. No hay una diferencia clara entre sentimientos personales, familiares y sociales. Los tres se mezclan y entrelazan. Pero aun si sientes vergüenza por haber golpeado a un pendenciero en el patio de la escuela cuando tenías siete años, y otra persona piensa que haber hecho lo mismo fue un momento importante en el desarrollo de su valentía personal, tener una sombra es tanto universal como personal. La psique humana cuenta con un escondite; y para la mayoría de las personas ese lugar es absolutamente necesario, dada la enorme dificultad de enfrentar nuestros impulsos más oscuros y humillaciones más profundas.
Cualquier cosa puede guardarse ahí. La bóveda de seguridad del banco donde guardas tus pertenencias más preciadas es como la mazmorra de una prisión. Lo mismo puede decirse de la sombra. Aunque generalmente se utiliza el término para describir un escondite de energías negativas, tienes el poder de convertir lo positivo en negativo y viceversa. Cierta vez conocí a dos hermanas que habían sido muy cercanas de niñas pero que en su vida adulta se distanciaron. Una era exitosa maestra universitaria; la otra trabajaba en una agencia de empleados eventuales y se había divorciado dos veces.
La hermana exitosa dice que su niñez fue maravillosa; la otra dice que la suya fue traumática. “¿Recuerdas cuando papá te encerraba en el baño durante seis horas luego de hacer algo malo?”, escuché que la hermana desdichada decía a la otra.
Eso fue decisivo para mí. Sólo podía imaginar cuan enojada y desesperada te sentías.”
La hermana feliz parecía muy sorprendida. “¿Por qué no me preguntaste acerca de ello? Me gustaba estar sola; me recogía y me contaba historias imaginarias. El incidente no significaba nada” De igual modo, nuestras historias siguen caminos separados e idiosincrásicos. El mismo incidente no tenía ninguna carga emocional para una hermana, mientras que para la otra era fuente de ira y vergüenza. Las escenas de violencia pueden dar origen al arte más elevado —piensa en Guernica de Picasso— y las virtudes sagradas pueden dan lugar a los peores horrores —piensa en la crucifixión de Jesús—. En el inconsciente hay una población entera de impulsos sin examinar. El mismo alumno de Stanford que se envilece como guardia sadista puede albergar también un talento artístico que no surgirá a menos que la situación adecuada permita a la mente inconsciente liberar lo que retiene.
Todo lo que se guarda en la oscuridad se distorsiona. La conciencia, como el agua dulce, está hecha para fluir, y donde no puede hacerlo» se estanca. En tu mundo interno hay innumerables recuerdos e impulsos reprimidos. Tú no les permites fluir, o lo que es lo mismo, liberarse, y por tanto no tienen otra opción que estancarse. Los impulsos buenos mueren por no llevarlos a la práctica. El amor se hace tímido y temeroso cuando no se expresa. El odio y la ansiedad crecen hasta el infinito. La característica fundamental de la conciencia es que puede organizarse en nuevos patrones y diseños. Si no permites que tu conciencia vaya adonde necesita ir, el resultado es energía desorganizada. Por ejemplo, si preguntas a las personas qué sienten por sus padres, un tema que la mayoría de los adultos rechazan como cosa del pasado, encontrarás que sus recuerdos de la infancia son una mezcla confusa. Los sucesos triviales sobresalen como traumas enormes, otros miembros de la familia son reducidos a caricaturas, los sentimientos auténticos son difíciles o imposibles de excavar. Así, cuando un paciente acude a un psiquiatra para curar una dolorosa herida de la infancia, con frecuencia son necesarios meses o años para separar los hechos de la fantasía.
La intensidad de las energías de la sombra es una manera de hacerse notar. Ocultar algo no es lo mismo que matarlo. Las energías de la sombra permanecen vivas. Aunque te rehúses a verlas, no se han extinguido. De hecho, su deseo de vivir se vuelve aún más desesperado. Para llamar la atención de sus padres, un niño ignorado mostrará un comportamiento cada vez más extremo: primero, una llamada de atención, luego un grito, luego un berrinche. Las energías de la sombra siguen la misma pauta. Resulta razonable, por ejemplo, pensar que un ataque de pánico es un temor oculto haciendo un berrinche. Ese mismo temor llamó primero la atención de manera normal, pero cuando la persona se rehusó a notarlo, el llamado se convirtió en un grito y finalmente terminó como un ataque frontal. El temor y la ira son expertos en incrementar el voltaje hasta el grado en que sentimos que son fuerzas externas, malignas y demoníacas, independientes de nuestra voluntad. En realidad son sólo aspectos de la conciencia que adquirieron una intensidad inhumana debido a la represión. Ésta dice: “Si no te veo, me dejarás en paz”.
A lo que la sombra responde: “Puedo hacer cosas que te obligarán a verme”.
Cuando dirigimos nuestra conciencia a cualquier energía, ésta se distiende. Ello es consecuencia natural de la última afirmación. SÍ una energía exige tu atención, prestarle atención empezará a satisfacerla. Un niño ignorado no se conforma con una mirada. Toma tiempo cambiar cualquier conducta, para bien o para mal, y, al igual que los niños, nuestras energías de la sombra se atascan en pautas y hábitos.
Pero esto no cambia la verdad general de que si llevas luz a la sombra, sus distorsiones empiezan a atenuarse y, con el tiempo, a sanar. ¿Hay tiempo y paciencia suficientes para realizar concienzudamente este trabajo? No hay una respuesta fija para esto. La depresión, por ejemplo, es una respuesta compleja que puede curarse mediante comprensión, compasión, paciencia, atención cariñosa de otras personas, voluntad y terapia profesional. O se puede tomar una pastilla y quitarse de problemas. La elección es personal y varía de persona a persona.
Afecciones aparentemente incurables como el autismo infantil han sido sanadas por padres que dedican mucho tiempo y atención para sacar a un niño de la oscuridad. La oscuridad era una distorsión de la conciencia que necesitaba luz para curarse. La sombra en todas sus formas requiere conciencia en la forma de luz y amor, y el único límite para la curación es la medida en que estemos dispuestos a consagrarnos al proyecto.
La sombra en sí no es mala, y por tanto, no es tu enemigo. Si las afirmaciones anteriores son ciertas, ésta debe serlo también. Me doy cuenta de que para muchas personas hay una enorme barrera en la forma de “el otro”, alguien fuera de ellos mismos cuya maldad es incuestionable. Hace cincuenta años, “el otro” vivía en Alemania y Japón; hace treinta años vivía en la Unión Soviética; hoy vive en Medio Oriente. A estas personas les resulta más fácil explicar el mal si no pierden de vista a “el otro”. Sin un enemigo, tendrían que enfrentar la presencia del mal en ellas mismas. ¡Qué cómodo es saber de antemano que estamos del lado de los ángeles!
Ver la sombra en uno mismo desarma toda la idea de “el otro” y nos acerca a la afirmación del poeta romano Terencio:
Nada humano me es ajeno. No obstante, ¿es posible eliminar tan rápidamente el mal absoluto? Las encuestas muestran que la mayoría de las personas cree en la existencia de Satanás, y muchas sectas religiosas creen firmemente que el demonio anda suelto en el mundo y modifica secretamente la historia mediante sus obras malignas. No parece que el bien tenga oportunidad de vencer al mal; tal vez su combate sea eterno y nunca se resuelva. De cualquier forma, tú puedes elegir en qué lado deseas estar. Este hecho elimina el absoluto del mal absoluto pues, por definición, el mal absoluto vencería siempre y no encontraría obstáculos en la fragilidad de las elecciones humanas. Sin embargo, la mayoría de las personas no acepta esta conclusión. Contemplan el drama del bien y el mal como si él y no ellos tuvieran el poder, hipnotizados por imágenes de la última epidemia de crimen, guerra y catástrofe.
Ni tú ni yo podemos resolver como individuos el problema de la maldad en gran escala, y esta sensación de impotencia magnifica la creencia de que, al fin y al cabo, el bien no vencerá. Pero para lidiar con el mal hay que mirarlo, no con horror ni como si fuera un espectáculo, sino con la atención que prestarías a cualquier problema que te interesara
seriamente. Para muchas personas es tabú mirar al mal; el tema de la mayoría de las películas de terror es que si te acercas demasiado, recibirás lo que mereces. Pero los hechos relacionados con la maldad personal son más triviales que terroríficos. En todos nosotros hay impulsos alimentados por un sentido de la injusticia. O sentimos que alguien nos ha hecho un daño imperdonable por el que albergamos rencores y resentimientos.
Cuando eres tratado injustamente o sufres un daño en lo personal, la emoción natural es la ira. Si esta ira no puede salir se encona y crece en la sombra. Arremeter mientras la contienes resulta inútil. Esta ira conduce a un ciclo de violencia. La culpa puede hacerte sentir como una mala persona simplemente por tener un impulso o abrigar un pensamiento. Eso significa estar en un doble aprieto: si arremetes y regresas el daño que recibiste, habrás hecho algo malo, pero si mantienes la ira dentro de ti, puedes sentirte igualmente malo.
No obstante, la violencia puede domarse descomponiéndola en fragmentos manejables. Las emociones negativas se alimentan de ciertos aspectos de la sombra que son manejables:
  • La sombra es oscura. Todos tenemos una sombra debido al contraste natural entre oscuridad y luz.
  • La sombra es secreta. Almacenamos impulsos y sentimientos que queremos mantener en privado.
  • La sombra es peligrosa. Los sentimientos reprimidos tienen el poder de convencernos de que pueden matarnos o volvernos locos.
  • La sombra está envuelta en el mito. Durante generaciones, las personas la han considerado guarida de dragones y monstruos.
  • La sombra es irracional. Sus impulsos luchan contra la razón; son explosivos y obstinados.
  • La sombra es primitiva. Es indigno de una persona civilizada explorar este ámbito, apesta a osario, a prisión, a manicomio, a baño público.
La negatividad recibe su poder del hecho de que se alimenta de todas estas características a la vez: una maldad secreta, oscura, primitiva, irracional, poderosa y mítica es mucho menos convincente si la descompones en una característica a la vez. Pero este proceso de fragmentación del mal no resultará convincente mientras no lo apliques a ti mismo.
Hagámoslo entonces. Piensa en un tema candente en este momento: el terrorismo. Desde cualquier punto de vista, infligir terror en personas inocentes es un acto de cobardía y maldad infame. Ahora relaciónalo contigo. Imagínate tan encendido por la intolerancia y el odio religioso, que estás dispuesto a matar. (Si el terrorismo no tiene una carga suficientemente fuerte para ti en lo personal, examina algún sentimiento que puedas tener basado en el racismo, la venganza o el abuso doméstico, cualquier tema que provoque un impulso asesino en ti.)
No importa cuan maligno sea tu impulso, puede descomponerse en pasos para resolverlo:
Oscuridad.
Pregúntate si en verdad eres tú quien tiene ese impulso, el tú que ves en el espejo cada mañana.
La oscuridad se combate permitiendo entrar la luz. Freud llamó a esto remplazar el Ello con el Ego, lo que significa que el “Ello” (lo indomable en nosotros) necesita ser acarreado de vuelta al reino del “Yo” (la persona que sabes eres). Dicho de manera más sencilla: la conciencia necesita ir al lugar donde no se le permitió entrar.
Reserva.
Revela tu impulso maligno a alguien en quien confíes.
La reserva se combate enfrentando honestamente las cosas que parecen vergonzosas o culpables. Abordas todos tus sentimientos frontalmente, sin negación.
Peligro.
Libera tu ira en voz alta y mantente con ella mientras disminuye. Proponte que esta liberación no sea simplemente dar rienda suelta a tu furia sino en verdad dejarla ir.
El peligro se combate desactivando la bomba; esto es: encuentras la ira explosiva que acecha en tu interior y la disipas. La ira es el instinto primario de los impulsos malignos. Como todos los impulsos, se presenta con distintas intensidades, e incluso una furia intensa puede desinflarse hasta convertirse progresivamente en furia controlada, ira justificada, indignación y, finalmente, en ofensa personal. La ofensa personal no es difícil de disipar una vez que logras liberar la intensidad acumulada que se convierte en furia incontrolable.
Mito.
Piensa en un héroe que manejara tus sentimientos de manera diferente y siguiera siendo heroico. La violencia es parte del heroísmo, pero también lo son muchas otras características positivas.
El mito es imaginativo y creativo. Por tanto, puedes pensar en cualquier mito y darle un giro distinto: Satanás se convierte en un personaje cómico en los milagros medievales, un ardid que lleva directamente a los cómicos villanos de las películas de James Bond. El mito no es sino metamorfosis; por tanto, este nivel nos presenta una manera poderosa de convertir a los demonios en ayudantes de los dioses, o en enemigos vencidos de los ángeles. Irracionalidad. Concibe el mejor argumento para no dejarte llevar por tu ira. No lo hagas emocionalmente: imagínate como un consejero adulto de un adolescente caprichoso que está a punto de arrumar su vida. ¿Qué le dirías para que entrara en razón?
La irracionalidad se combate con persuasión y lógica. Las emociones son mucho más apasionantes y poderosas que la razón, pero no serán capaces de escapar de su mundo, donde sólo los sentimientos prevalecen, mientras el proceso de pensamiento no les de una razón para sentirse de otro modo. Por sí mismos, sin la mente, los sentimientos se mantienen iguales y crecen en intensidad con el tiempo. Un ejemplo común: imagina que estás enojado porque un niño de gorra roja rayó tu auto. El niño corre y escapa. Al día siguiente lo ves y lo alcanzas, pero cuando se da vuelta, descubres que es otro niño. La ira se convierte en embarazo porque la mente pudo introducir una idea simple: persona equivocada.
Primitivismo.
Sin excusas ni racionalizaciones, expresa tu furia como una bestia desbocada: gruñe» aúlla, retuércete, suelta tu cuerpo. Permite que lo primitivo sea primitivo, dentro de límites seguros.
Los sentimientos primitivos se combaten en su propio nivel, como vestigios del cerebro primario. Te quitas el disfraz de persona civilizada. Este nivel de conciencia es aún más profundo que el de la emoción: el área más primitiva de todas, conocida como cerebro reptil, interpreta el estrés como una lucha de vida o muerte por la supervivencia. En este nivel experimentas tu sentido “razonable” de la injusticia como pánico ciego y ferocidad ciega.
Aunque tus impulsos no alcancen nunca la violencia, los impulsos ordinarios se intensifican en la sombra, donde no puedes verlos. Siempre que te sientas resentido o enojado sin motivo, al borde de las lágrimas sin razón, sin poder explicar por qué súbitamente tomaste una decisión precipitada, estás sintiendo los efectos de la energía que se acumula de manera encubierta en la sombra.
La sombra se ha acostumbrado a estar reprimida; por tanto, el acceso a esta región de la mente no es sencillo. El ataque frontal tampoco funciona. La sombra sabe cómo resistir; puede azotar la puerta y ocultar su energía oscura todavía más. Si recuerdas el concepto de catarsis de la tragedia griega, se pensaba que sólo al provocar un temor profundo en el público, éste podría abrirse y sentir piedad. La catarsis es una forma de purificación. En este caso se lograba de manera indirecta, haciendo ver al público acciones aterradoras de la vida de un personaje en el escenario. Pero este truco no siempre funciona. Tú puedes ver una película de terror y salir del cine completamente impasible, con el cerebro superior rezongando: “He visto esos efectos especiales antes”. (Del mismo modo, las noticias televisivas, después de 50 años de transmitir imágenes horripilantes de guerra y violencia, han hecho poco menos que habituar a sus espectadores a ellas, o peor, las han convertido en entretenimiento.) Sin embargo, la descarga es natural para el cuerpo, y por el simple hecho de observar estas energías de la sombra les damos acceso al nivel consciente de la mente.
Las personas asumen que el lado oscuro de la naturaleza humana tiene un poder incontenible; Satanás ha sido enaltecido como el equivalente de un dios negativo. Pero cuando se le descompone, el mal resulta ser una respuesta distorsionada a situaciones cotidianas. Imagina que es de noche y estás en una casa a solas. En algún lugar de la casa se produce un ruido. Inmediatamente reconoces el crujido de una puerta que se abre. Cada uno de tus sentidos se pone en alerta máxima y tu cuerpo se congela. Con dificultad reprimes el impulso de gritar, pero eres presa de una terrible ansiedad. Un ladrón! ¡Un asesino! Todos hemos sufrido segundos agonizantes como éstos, sólo para descubrir que el crujido se debía a una tabla suelta o a la llegada inesperada de alguien. Pero, ¿qué ocurrió realmente en ese momento de pánico?
Tu mente tomó un insignificante trozo de información del entorno y le adjudicó un significado. El crujido de una puerta no tiene significado en sí mismo, pero si inconscientemente albergas temores de ser atacado en la oscuridad —y es imposible no albergar temores como ésos— el salto de un trozo de información sensorial a la ansiedad máxima parece automático. Pero en el intervalo entre el ruido y tu reacción se coló una interpretación, y fue la intensidad de ésta (“¡Alguien está entrando! ¡Me va a asesinar!”) la que creó el peligro.
Mi planteamiento es que el mal nace de la separación entre cuerpo y mente. No existe un poderoso gobernante en el reino del mal. Satanás comenzó como un momento de estímulo sensorial que se salió totalmente de control. Piensa en el miedo a volar, una de las fobias más comunes. Las personas que la padecen suelen recordar vividamente cuándo comenzó. Iban en un vuelo y de repente —tal como con el crujido de la puerta— un ruido o una sacudida del avión hipersensibilizó su percepción. Sensaciones insignificantes como la vibración de la cabina o el sonido irregular del motor, repentinamente se volvieron siniestras.
Entre estas sensaciones y la reacción del miedo, hubo un intervalo de una fracción de segundo. Aunque pequeño, dicho intervalo dio lugar a que una interpretación (“¡Vamos a estrellarnos! ¡Voy a morir!”) se adhiriera violentamente a lo que el cuerpo estaba sintiendo. Un instante después, los síntomas típicos de la ansiedad —manos sudorosas, boca seca, pulso acelerado, mareos y náusea— contribuyeron a la persuasión de la amenaza.
Los fóbicos recuerdan ese primer momento de pánico incontrolable sin ser capaces de dividirlo en segmentos. Por lo tanto, no se dan cuenta de que ellos crearon esa reacción. El temor fue consecuencia de los siguientes ingredientes:
Situación.
A una situación normal se le matiza con algo inusual o ligeramente estresante.
Respuesta corporal.
Experimentamos una reacción física relacionada con el estrés.
Interpretación.
A estos síntomas físicos se les interpreta como señales de peligro, y de manera inconsciente, la mente salta a la conclusión de que el peligro debe ser real. (La mente inconsciente es precisa; ésta es la razón por la que las pesadillas parecen tan amenazadoras como los sucesos reales.)
Decisión.
La persona elige pensar: “Estoy asustado ahora”.
Como estos ingredientes se fusionan rápidamente, parecen una sola respuesta cuando en realidad es una cadena de breves acontecimientos. Cada eslabón de la cadena es una elección. La razón por la que no damos a cada sensación una interpretación reside en que la mente humana fue construida para encontrar significados en todas partes. Las fobias pueden tratarse dirigiendo lentamente al individuo fóbico por esa primera cadena de sucesos y permitiéndole elaborar nuevas interpretaciones. Al retrasar la respuesta y darle tiempo a la persona para analizarla, el nudo del miedo puede desatarse. Gradualmente, los ruidos asociados con el vuelo regresan a su terreno neutral e inofensivo.
El fugaz intervalo entre sensación e interpretación es el lugar de nacimiento de la sombra. Cuando entras en el intervalo y ves cuan intangible es todo, los fantasmas empiezan a dispersarse.
Actualmente el terrorismo está muy presente en la mente de las personas, por lo que no podemos pasar por alto el asunto de la maldad colectiva. Las dos preguntas más perturbadoras son: ¿cómo fue que las personas comunes consintieron en participar en tal maldad? y ¿cómo fue que personas inocentes llegaron a ser víctimas de tales atrocidades?
El experimento de la prisión de Stanford y nuestro examen de la sombra se acercan a responder estas preguntas, aunque no puedo dar una respuesta que satisfaga a todos: siempre que surge el tema de la verdad, todos nos vemos confrontados por nuestras propias sombras. ¿Qué pude haber hecho por Auschwitz?, dice una voz en nuestro interior, generalmente en tono culpable y acusatorio. Ninguna respuesta revertirá el pasado, pero es importante darse cuenta de que no debe esperarse eso de ninguna respuesta.
El mejor enfoque a propósito de la violencia colectiva no es seguir recordándola sino renunciar completamente a ella en tu interior, de manera que el pasado se purifique a través de ti. Mi mejor respuesta a “¿cómo fue que personas comunes consintieron en participar en tal maldad?”, está en las páginas que acabas de leer. El mal nace en el intervalo. El intervalo no es propiedad privada de nadie, contiene respuestas y temas colectivos. Cuando una sociedad entera acepta el tema de “los intrusos” que causan todos los problemas, el mal tiene en cada individuo un padre y una madre.
No obstante, en todos los casos de maldad colectiva hubo individuos que no se identificaron con el impulso común; se resistieron, huyeron, se escondieron e intentaron salvar a los demás. Es la elección individual la que determina si nos sintonizamos con el tema y consentimos en llevarlo a cabo.
La segunda pregunta, “¿cómo fue que personas inocentes llegaron a ser víctimas de tales atrocidades?”, es más difícil porque la mente de casi todos ya está cerrada. Quien pregunta no quiere una respuesta nueva. Hay demasiada ira justificable, demasiada certeza de que Dios volvió la espalda, de que nadie quiso arriesgar su vida para detener el terrible mal hecho a otros. ¿Estás seguro de estas cosas? Estar seguro es lo opuesto a estar abierto. Cuando me pregunto por qué murieron seis millones de Judíos o por qué fallecieron multitudes igualmente inocentes en Ruanda, Camboya o en la Rusia estalinista, mí motivo es liberarme en primer lugar de mi ansiedad.
Mientras me invada la angustia, la ira Justificada o el horror, mi capacidad de elegir estará totalmente inhabilitada.
Lo que debería elegir con toda libertad es la purificación, una vuelta a la inocencia hecha posible por la impresión causada ante lo que ocurre cuando no se cultiva la inocencia. Tú y yo somos responsables por nuestra participación en los elementos del mal aun cuando no los llevemos a cabo en gran escala. Creer en ellos mantiene activa nuestra participación.
Es nuestro deber no creer en la inocuidad de la ira, los celos y el enjuiciamiento de los demás.
¿Hay alguna razón mística por la que una persona inocente se convierte en blanco del mal? Por supuesto que no.
Las personas que hablan del karma de las víctimas como si algún destino oculto hubiera provocado esa lluvia de destrucción, hablan desde la ignorancia. Cuando una sociedad entera participa en la maldad colectiva, el caos externo refleja el desorden interno. La sombra ha hecho erupción a gran escala. Cuando esto ocurre, las víctimas quedan atrapadas en la tormenta, no porque tengan algún karma oculto, sino porque aquélla es tan violenta que traga a todos.
No considero que la relación del bien y el mal sea una lucha de absolutos; el mecanismo descrito, en el que las energías de la sombra acumulan poder privando a la persona de libre albedrío, me resulta muy convincente. Puedo ver que esas energías oscuras operan en mí, y tomar conciencia es el primer paso para iluminar la oscuridad. La conciencia puede reelaborar cualquier impulso. Por tanto, no acepto que existan personas malas, sólo personas que no han enfrentado sus sombras. Siempre hay tiempo para hacerlo, y nuestras almas están abriendo caminos constantemente para dejar entrar la luz. Mientras esto ocurra, el mal nunca será esencial para la naturaleza humana.







CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR
EL OCTAVO SECRETO





El octavo secreto trata sobre la “energía oscura” de la mente, para tomar una expresión utilizada en física. La sombra está fuera de la vista. Para encontrarla debes consagrarte a un viaje de descenso. Piensa que este viaje consiste en regresar para recuperar partes de tu vida que abandonaste porque te sentías muy avergonzado o culpable por ellas. La ira que surge de la sombra está vinculada con sucesos del pasado que nunca se resolvieron. Ahora, esos sucesos han quedado atrás, pero sus residuos emocionales no.
La vergüenza, la culpa y el temor no pueden abordarse mediante el pensamiento. La sombra no es una región de pensamientos y palabras. Aun cuando recuerdes repentinamente esas emociones, estás utilizando una parte del cerebro superior —la corteza— que no puede alcanzar la sombra. El viaje de descenso empieza sólo cuando encuentras la puerta al cerebro primario, donde la experiencia se organiza no con base en la razón sino en sentimientos intensos.
Hay un drama desarrollándose en tu cerebro primario (identificado con el sistema límbico, que procesa las emociones, y el cerebro reptil, que reacciona en función de amenaza y supervivencia puras). En este drama, muchos asuntos que serían interpretados razonablemente por el cerebro superior (quedar atrapado en el tránsito, perder en un negocio, ser ignorado para un ascenso en el trabajo o rechazado por una chica al invitarla a salir) desencadenan respuestas irracionales. Sin que te des cuenta, los acontecimientos cotidianos provocan que tu cerebro primario llegue a las siguientes conclusiones:
  • Estoy en peligro. Puedo morir.
  • Debo atacar.
  • Estoy muy lastimado, nunca me recuperaré.
  • Estas personas merecen morir.
  • Me están haciendo sufrir.
  • No merezco existir.
  • No hay esperanza; estoy perdido en la oscuridad para siempre.
  • Estoy maldito.
  • Nadie me ama.
Para comunicar estos sentimientos tuve que verbal izarlos, pero en realidad la manera más apropiada de verlos es como energía: fuerzas pujantes e impulsivas con ímpetu propio.
No importa cuan ajeno te sientas a estas energías de la sombra, están en ti. Si no fuera así, estarías en un estado de libertad y alegría ilimitadas. Estarías en la unidad, el estado de inocencia que se recupera cuando la energía oculta de la sombra ha sido purificada.
Hoy puedes empezar a encontrar el camino hacia la sombra mediante tus sentimientos. Las energías de la sombra se manifiestan cuando:
  • No puedes hablar de tus sentimientos.
  • Te sientes fuera de control.
  • Sientes un ataque de pánico o terror.
  • Quieres sentir intensamente, pero tu mente se pone en blanco.
  • Rompes en llanto sin razón.
  • Sientes una aversión irracional contra alguien.
  • Una discusión razonable termina en riña.
  • Atacas a alguien sin provocación.
Hay muchas otras maneras en que la sombra se entrelaza con las situaciones cotidianas, pero éstas se cuentan entre las más comunes. Lo que tienen en común es que se rebasa un límite: una situación controlada provoca inesperadamente ansiedad, ira o temor. La siguiente vez que experimentes esto, verifica si te sientes culpable o avergonzado de ti mismo; sí es así tocaste, aunque sea brevemente, la sombra.
Permitir una erupción de sentimientos irracionales no es lo mismo que liberarlos. Dar rienda suelta a tus emociones no es lo mismo que purificarlas. No confundas arrebato con catarsis. La energía de la sombra se purifica mediante los siguientes pasos:
  • Surge el sentimiento negativo (ira, pesar, ansiedad, hostilidad, resentimiento, autocompasión, desesperanza).
  • Tú pides liberarlo.
  • Experimentas el sentimiento y lo sigues adonde quiera ir.
  • El sentimiento se va a través de la respiración, el sonido o las sensaciones corporales.
  • Sientes liberación y comprendes el significado del sentimiento.

El último paso es el decisivo: cuando una energía de la sombra se va, la resistencia desaparece y ves algo que no veías antes. La comprensión y la liberación van de la mano. El viaje de descenso consiste en hallar tu sombra muchas, muchas veces. Emociones tan intensas como vergüenza y culpa se revelan sólo un poco cada vez, y conviene que así sea. Sé paciente contigo y sin importar cuan poco creas haber liberado, di: “Ésa es toda la energía que estaba dispuesta a soltarse ahora”.
No tienes que esperar erupciones violentas de la sombra.
Dedica un tiempo a una “meditación de la sombra” en el que te permitas sentir lo que quiera surgir. Entonces puedes comenzar el proceso de pedir que se libere.


Ejercicio 2: la escritura como catalizador



Otro catalizador para llegar a las energías de la sombra es la escritura automática: toma una hoja de papel y empieza escribiendo la oración; “Me estoy sintiendo muy ___ ahora”. Llena el espacio en blanco con cualquier sentimiento que surja —de preferencia uno negativo que hayas guardado ese día—, y sigue escribiendo. No te detengas, escribe lo más rápido que puedas y anota cualquier palabra que quiera fluir.
Otras oraciones para iniciar este ejercicio:
Lo que debí decir fue ___.”
No puedo esperar decirle a alguien que yo ___.”
Nadie puede impedirme decir la verdad acerca de ___”
Nadie quiere escucharme decir esto, pero ___.”
Mediante estos catalizadores, te estás dando permiso de expresarte, pero lo más importante es tener un sentimiento prohibido. Por eso las palabras no importan. Una vez que accedas al sentimiento podrá empezar el trabajo real de liberación. Necesitas seguir adelante, sentirlo plenamente, pedir su liberación, y seguir adelante hasta que logres comprenderte un poco más. Tal vez sea necesario un poco de práctica antes de lograr una liberación profunda, pero los muros de la resistencia se vendrán abajo paso a paso. La sombra está sutilmente entrelazada en la vida cotidiana. Pero nunca tan oculta que no puedas sacarla a la luz,

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